¡Ah mi memoria!

Picasso-41

Tengo ansias de poseer una buena memoria,

brillante como set de fotografía.

Alegre como pista de circo.

Una memoria que salte en un triple mortal.

Y logre que la compañera diga:

¿Cómo es posible que recuerde el día que me dio el primer beso?

La verdad es que tengo memoria de espuma.

Mis hechos son terrones de sal que disuelve la humedad;

y tal vez por eso y algo más; amo la palabra.

La madre

Doña Candi era esposa de un vaquero que  sabía de vacas y hacer hijos. Ella tenía como oficio ser mamá. Él, como muchos varones, gustaba de la cerveza, gastar lo ganado en mujeres. Doña Candi, hacia todo lo posible por sostener a la prole. No, nada de pegarles a los hijos, anteponía su amor,  a los maltratos que le propinaba su esposo. ¿Quién me lo decía? Nadie, sólo veía,  lavaba ropa ajena y ayudaba a los pequeños. Nadie me decía nada. De vez en cuando, me ofrecía un café, un bocadillo.  Veía su silencio. sonrisa y su trajín. Sabía, entonces, que esa mujer no escondía celos, rencillas sino un profundo amor para sus hijos.

Tribute-to-Diego

 

De la fugacidad

No es fácil hacerse a la idea,
son cosas de la vida,
los ciclos empiezan y terminan.
A la vida se le persigue,
se va detrás de ella,
tratando de que no nos saque terreno,
en el instante que lo hace,  
el camino se perturba;
Dejamos a un lado nuestras cosas y  partimos,
los que  han  vivido,
nunca estarán  felices,  
¿Cuando has visto una despedida feliz?
Vendrá lo que tenga que venir,
hay cosas inevitables.
Después de eso, 
volverán  las lluvias levantar el olor de la tierra.

paul guy gantner

El retorno

Hay días que pasan sin pena ni gloria, otros vuelven a zarandearte. Días periféricos que sin ser cometas arriban. Te percatas cuando transitas. Me turba ser de nuevo tu presa, estoy oliendo tus abrazos, mi boca memoriosa desfallece. Eres laguna y soy pez, cuello de gacela y tu leona. Desapareces y se que el día menos pensado llegarás.Vivo tiempos periféricos.

vangogh

 

Nació una leyenda

Las hormigas llevaron de toxicología sangre de diabético, que suicidó con pesticida. Murieron en su hormiguero. Sólo vivió una que todo olisqueaba y que habían encarcelado por tener una conducta extraviada. Los “gemidos” que fueron de advertencia se convirtieron en aullidos de dolor. Así nació la leyenda de la hormiga perro.hormiguitas

El paquete

 La señora Andrade, Senadora de la república, mientras hojeaba el periódico del día, súbitamente inició una plática que no tenía relación con el tema que iba a tratar. Los invitados, círculo íntimo, la seguían atentos. Nadie interrumpió, conocían su carácter, y más de algún magistrado fue abochornado por su temperamento y el mazo de su ironía.
Nunca me llevé bien con los hombres, por la razón de que jamás callé; al fuego, respondía con fuego; fuego amigo, irónico, pero fuego al fin. Cultivé relaciones agradables con varones. Recuerdo a uno, quien gustaba sobremanera de la música y era aficionado a la ópera. Confieso que cuando escuchaba los agudos de las sopranos, era más mi desatención que el bello canto. Con paciencia, y gracias a sus enseñanzas fui comprendiendo; paralelo surgió el comentario sobre otros puntos de vista, e inevitablemente de nuestra vida. ¡Claro! Con él tuve confrontaciones sobre temas delicados, lo que enriqueció nuestro paisaje intelectual. En sus cartas, pude apreciar, su mirada de varón, que me hizo visualizar otras perspectivas. Muchos meses después, me dio la noticia de que tendría un regalo. Por cuestiones de trabajo se encontraba lejos de la patria.
En aquellos tiempos, era complicado el correo, pues el país se encontraba confrontado y se corría el peligro de que la paquetería desapareciera. Había pasado más de un mes del envío, cuando recibí del correo el aviso que tenía una caja. Me presenté al servicio postal, abrí el bolso para sacar el comprobante; no aparecía el contrarecibo. Saqué mi credencial, al mismo tiempo que le dije a la encargada:
—Vengo por un paquete.
su contrarecibo, por favor.
—Lo extravié, pero aquí tiene mi identificación, soy catedrática de la universidad.
— Lo siento, sin el documento, no puedo dárselo.
—Viene a mi nombre, yo soy…
—Lo siento, son las reglas, no puedo.
Traté de hacer memoria y ubicar dónde había dejado ese papelito de no más de diez centímetros cuadrados y sí, lo había puesto sobre mi buró. Hablé por teléfono con mis hijos y les pregunté.
—No hay nada mamá.
—Fíjense bien
—ya nos fijamos, no hay nada.
—Pregúntale a Lucha, la señora que hace el aseo.
—Lucha tiene como diez minutos que salió, pues fue a la calle a esperar el camión de la basura.
La ventanilla se había llenado de usuarios y todos sin excepción entregaban su contraseña y se iban sonrientes con su paquete. Esperé, no sé cuánto tiempo a que la dependienta estuviese sin quehacer, para decirle de buena manera que el contra recibo se había extraviado.
— Entonces si así fuese, debe usted hacer un oficio donde detalle el extravío. Y si puede anexar el número con el cual fue hecho el envío, pues mucho mejor. El oficio debe de ser dirigido al C. Jefe de correos, con atención al subjefe del departamento de Envíos y Recepción.
—¿Y el trámite es tardado?
— Generalmente se tarda alrededor de treinta días hábiles. Pues el paquete se traslada a otro departamento, que le llamamos en espera, pues estando aquí, si no lo recogen en la fecha estipulada se reenvía a su lugar de origen.
Me desaparté. Fui a un rincón a suspirar profundo. La señora siguió en su quehacer, pues habían llegado más usuarios. No sé qué pasaba en mi interior. Imaginar que no recibiría el obsequio, me desordenaba. Me di cuenta, que tenía sentimientos que no había visto. Me angustiaba que se perdiese y mi curiosidad de mujer me atormentaba, cosa que no podía creer, pues mi carácter es tranquilo. Estuve a punto de sugerirle aquella mujer de piedra, si con algún obsequio de dinero podría pasar por alto el que no tuviese el contrarecibo, pero su gesto adusto me hizo desistir.
Si yo me hubiese visto, no me habría reconocido. Siempre ecuánime, segura, resuelta y en mis peroratas acerca de la situación del país, las refería por su nombre: corrupción, impunidad tortugismo burocrático. Ahora estaba en una esquina tronando mis dedos, y sin saber que hacer; si salir y buscar algún medio para obtener mi paquete, o quedarme esperando algún milagro. Un algo que llegará o bajase del cielo, pero los minutos transcurrían y no pasaba nada, me sentí por vez primera en mi vida como una absoluta idiota. Cuando me di cuenta, me llené de agua, no podía contener mis lágrimas y si acaso apagué el sollozo con el algodón de mi pañuelo. La sala había quedado en soledad, era ya el momento de cerrar. Cuando escuché que me llamaban.
-Sólo contésteme si desea. Dígame ¿El paquete que reclama se lo manda su novio?
-Sí.
—Haré una excepción, no puedo evitar verme en usted. Así que antes de que me arrepienta, deme su credencial y firme aquí de recibido.
 
Saben, soy impulsiva, y en cuanto me dio el paquete empecé a destruir con mis uñas la cinta adhesiva, estaba en eso, cuando la señora, me dijo, con un cuchillo se resuelve mejor. Así que entre las dos arremetimos contra el paquete y en breves momentos ya habíamos destripado la caja de cartón duro. Del interior salió una hoja blanca garrapateada con una escritura propia de algún jeroglífico de cultura antigua. Desistí de leerla en ese momento, solo vi la sonrisa cómplice, que me guiñaba el ojo y me decía uff parece letra de médico. Parece que la quiere mucho, mire cuantas cosas hermosas le ha mandado. Es usted una mujer afortunada y en ese momento la tomé de los hombros y le di un beso.
Hoy falleció. Así que la plática que teníamos acerca del movimiento obrero, la dejaremos para otro día, voy a despedirme de una amiga.
Espere Senadora, espere, me dijo mi secretario. ¿Ayudó alguna vez a la señora?
No y sí. Ella nunca pidió nada, pero siempre estuve pendiente de ella. Claro que jamás se lo dije. Nunca lo habría aceptado. Ella pensaba que su trabajo era suficiente para ser tomada en cuenta. Las veces que me habló fue para obsequiarme un festejo, como el de su hija cuando graduó de licenciada.
–Senadora, que pasó con su amigo, el que mandó los obsequios?
– Esa es otra historia que sólo me la cuento a mí.

 

mujer llorando

el original se me borro, había dos comentarios uno de mi amiga Ann, y de Blao Blao compañero de años y excelente escritor.

Un hombre observador

La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos de su pelo; me detenía en los signos de incomodidad. Sonreía y decía lo feliz que era conmigo. Mentía.  No se percataba que después de su sonrisa, fruncía el entrecejo. Las últimas veces al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches. Y ésta aunque se oculte un hombre sensible lo percibe.

Tuve momentos de alegría, cosas pequeñas como el hecho de tener su mano entre mi mano. Las veces que la conducía sobre las grandes  avenidas donde la muchedumbre se arrebataba para cruzar la calle, ella caminaba o se detenía a la sutil orden de mi palma. Recordé la luz de su mirada cuando ésta respondía a mi sonrisa. Poco a poco se fue apagando. Tal  vez ella  no lo sabía, o lo disimulaba. Nunca me lo dijo.

Muy en la mañana la niebla reptaba en el piso. la reconocí por su forma de caminar. En una mano llevaba su equipaje, en la otra su bolso; subía y bajaba en  desorden como lo hace las mariposa con el ala rota. Se iba de viaje cuando apenas ayer con su índice me dibujaba en la mejilla  su labio.

El tren partía, me miraba incrédula. La saludé moviendo el pañuelo. aquel que me regaló en un cumpleaños y que estaba bordado con las iniciales de mi nombre.

Monet

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El cuadro

En el cuadro se veía un hombre maduro, el traje gris contrastaba con la oscuridad de la corbata. Su cabeza altiva, sus ojos tenían una luz que parecía diluirse en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.
Pensé que el deseo de romper en llanto era sólo mío, ¡pero no! con el pañuelo enjugaban una lágrima en aquella sala de remates. El cuadro fue vendido. Cuando el dueño  llevaba bajo el brazo, no podíamos soportar.
Al día siguiente amanecimos con la almohada apretada contra el pecho.

picaso

Del recuerdo

Pasé mi niñez en en el trópico, con venero de petróleo. Los directores de la empresa vivían en en casas de lujo edificadas en los hombros de la loma; los obreros calificados vivían en casas de madera canadiense en la planicie, en las afueras habitaban los indígenas, en chozas que tenían paredes de barro y techo de palma. Mi casa era de madera con piso de color ladrillo y un patio sombreado por árboles. Recuerdo a mi madre arrodillada con escobeta y jabón fregando el piso para que sacará su color rojizo. Color de atardecer que miraba encaramado  sobré las ramas de un viejo almendro que le daba por desnudarse dos veces al año.

 

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Hayku

sobre los montes,

nubes negras se juntan.

Flores de hielo.

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sobre los montes,

nubes negras se juntan.

Flores de hielo.

 

 

pasaste de largo

No me diste agua de tus ojos,

luna llena,
un latido.
Pedí ser hilandero de silabas
humus
y atisbar estrellas.
Lavar alboradas,
colorear atardeceres;
Ser niño y jugar con la Osa mayor
Quise ser poeta y pasaste de largo.

inviernoRaulTamaritMPaseoPorElBosqueAcuarela