Quedan años por hacer…

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

De Los canales de piedra, de Miguel Ángel Zapata, (2008) dejo este poema casi en prosa en el que nos recuerda que la poesía siempre está allí, al alcance de la mano. Que somos nosotros quienes debemos recoger sus frutos y, sobre todo, que a mirar se aprende y que es casi nuestra obligación el hacerlo.

crear

Poema

Borges había dicho: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente”.

Ahora estamos aquí desorientados mirando el crisantemo, el lirio que no llora ni se lamenta.

Escribimos el ciprés y decidimos que nuestras vidas no son los ríos que van a dar al mar.

El mar es esa bestia amorosa que te entrega todo sin razón.

El poema está aquí, en el árbol de tu casa:

Escúchalo cuando cae de las ramas del Jacinto, cuando sube con el olor de la comida hacia tu boca…

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El búho

El búho alisa sus plumas de la testa,  los mofletes y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza el búho.
La luna canturrea bajo las estrellas.
Y  él, la  acompaña con el tambor de su pensamiento. No quiere disgustarla, sólo desea estar con su recuerdo; cuando pase por su viejo árbol, cantará de pico hacia fuera.
Dentro de él hierven vientos agitando el polvo que el tiempo ha depositado.
Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico; después expele un silbido que solo escuchan  los vampiros.
No es extraño, es la manera en que los búhos suspiran.
Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje siempre da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre  acompañado por sus pensamientos filosóficos que laten en las sienes de su testa.
Es cierto tuvo amores pasados, que fueron y vinieron como esos chubascos que de un de repente pasan y se van.“Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, solía decir, luego de un apetito corporal. Sin embargo , se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías.
La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que él sonreía, pero después, ella se hizo insoportable. Realmente no estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó y, anidó en otras tierras.
Hoy la recuerda en su vejez y,  comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar: el método  magnifica la inmensa soledad en que vive.
Él ya no suspira y,  ahora risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen y canta alargando el tono como lo hace el bandolón.
La luna pasó de prisa.

buho

Galletas navideñas

Ella vio a su amiga Margot poner un chicle en la bolsa del pantalón del maestro y con picardía le cerró el ojo, al tiempo que el dedo índice cruzaba los labios de su boca. Cuando el mentor de primaria, metió la mano para buscar sus llaves, se encontró con el pegajoso chicle. —Tú fuiste Margot. —No maestro, yo hacía mi tarea con Dané. ¿Verdad Dan, que sí? El maestro movió la cabeza y siguió su clase. No dándole mayor importancia. Una mañana, cuando su mamá había dispuesto la ropa que calzaría su papá, impulsivamente puso un chicle en uno de los calcetines. Cuando llegó de la escuela, su papá le preguntó: -¿Fuiste tú quién metió un chicle en mi calcetín? -No papá -¡Segura! Los ojos del padre la veían directamente y ella a diferencia de su amiga, no sostuvo la mirada. —Estás castigada. —No te compraré nada en esta semana previa a la navidad.
«En ese tiempo, si me hubiesen dicho a quien prefieres a mamá o papá, hubiese contestado y aún hoy contestaría que a mi papá.  Giraba mi ser sobre su persona. Que él me hablase cortante o que no mencionara mi nombre después de haber dicho el de mis hermanos, era sofoco».
 Esa tarde noche iba en el auto con su padre. Ella intentaba distraerse con el fulgor de  las figuras navideñas que adornaban las calles de la ciudad . Aparcó el carro  frente a la tienda de pasteles y biscochos. La vitrinas a todo lujo  exhibiendo  las galletas de chocolate que tanto le gustaban y que papá siempre le compraba.
—¡Papá papá cómprame mis galletas!
 —Ya no recuerdas que estás castigada. — Le contestó con voz seca. Ella hizo un silencio.
—Ahora vengo.
—¡No me vas a llevar!
—¡Allí estate! -La niña no pudo más y lloró. Silenciosas lágrimas hicieron camino por sus mejillas. Un lloro diferente, sin gritos, con un dolor que se atoraba en su pecho. Aún sollozaba, cuando un extraño tocó el parabrisas del carro. —¡Niña! niña… estás de suerte, mira que mi hija no quiere galletas de chocolate y me da tristeza tirarlas. Te las regalo. Y dejándoselas en su regazo siguió su camino. Su padre llegó poco después y enfiló hacia el hogar. Ella no se atrevió a decirle que bajo el asiento había unas galletas de chocolate. Durante los años siguientes creyó con firmeza que la fortuna le había sonreído, por haber degustado en la soledad del cuarto aquellas deliciosas galletas. Hoy es navidad y recordó a su padre con su sonrisa abierta y sintiendo  el abrazo que le daba siempre valía mucho más que mil palabras. Ahora entiende que el desconocido que le obsequió las galletas había sido su padre en otra persona.
-¡Danéee, Danéee… ya estás lista! Apúrate o llegaremos tarde para la cena de navidad.
Tomó la foto de su padre y la guardó en el bolso y dijo para sí: Cenarás conmigo papá.

nochebuena

El trato

Seré levedad en tus brazos.

Tu serás peso en los míos.

Ese es el trato.

Seré un globo que aspire arropar las nubes.

Tú serás quien desaparezca el trigo de mis labios.

Compartiremos el espacio, la tierra.

Si resulta, nos volveremos cielo, si no seremos tierra.

Pero en la tierra,quiero compartirme contigo.

mujer. picasso

Un cuento de navidad en la selva

En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, traía lentes oscuros, ya que había luna nueva.
― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo.
― ¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También, le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que, cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Pues por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Mire, aquí tengo unos dibujos de Santa.
El Topo quitándose los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas.
― ¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dices Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
― ¡Claro que sí!
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel.
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
― ¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado  hacer su tarea. La noticia corrió de boca en boca. Santa Closs vendría a la selva y daría a los infantes animales que se hubiesen aplicado en sus quehaceres, un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.
― ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. ―Dijo el señor Lechuza.
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―Dijo el Topo.
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camalotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño  llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí, están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
― ¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó, emocionado, Don Sapo.
― ¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los chiquillos del monte, si en la navidad, encontraran en su casa un regalo.
―Pero… ¿Y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos, tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas, con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora, le confecciono su traje de Papa Noel.
― ¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló, sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones, prestos, llegaron
― Está noche traigan juguetes, muchos juguetes. Ordenen a sus familias que cada ratón debe de traer dos.
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
― ¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar- como nuevos- los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron, poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando Mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh! fue entonces, cuando recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO. Don Sapo empezó a practicarla, pero no era convincente, sin embargo, en su corazón retumbaba el JO JO JO
Un camelote fue adaptado como balsa, pero era mucho mejor que ésta. El camalote está reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Hay arbustos que dan calor o frescura y se confunden con otros camelotes, pero lo esencial es que está protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos, parecía decir: véanme; y en otras, tomaba las nubes y se envolvía. En el primer tercio, todo corrió como lo hace la música del agua. Luz de luna, gritos en la lejanía, chicharras en coro. Poco antes de llegar a la mitad del trayecto, la luna se cansó de su desnudez y se envolvió. La noche se hizo densa, la brisa dejó de serlo. Ahora, el viento corría frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse. En la lejanía, se oían silbidos, y el agua del rio  encrespó.
Los ojos de Don Sapo no daban crédito, había  círculos de colores rodando de orilla a orilla. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada, latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre el agua y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas de Agua se formaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos casi cerrados porque podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal, llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo tajo el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante, el Jaguar de una tarascada le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida y dulce. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del rio: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso.
Las Ratas de Agua olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos lagartos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los lagartos nadaban en fila y, lentamente, iban hacia el camalote. La luna abrió un instante, pero volvió a meterse, quedando en la oscuridad una fila de ojos enormes por donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes del camelote se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes piezas de artillería se adelantaron dispuestos a golpear con sus macizas colas al camalote. Derribados de la ínsula, serían victimados con facilidad. Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
-¡Cierren los ojos, cierren los ojos!
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos, prendiendo y apagando su lucecita, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo, llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en los párpados de los lagartos, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Mientras los infantes dormían, fue dejándo a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

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La educación el «coco» de los caciques. Poesía de Gabriel Celaya

Educar es lo mismo que poner un motor a una barca… Hay que medir, pensar, equilibrar… y poner todo en marcha.

a través de “EDUCAR”, de Gabriel Celaya. — La Poesia Toda

En el puerto esperando el barco

Sacudiendo la vivienda,
tropiezo con un detalle.
los recuerdos escapan;
vuelan como palomas.
que nunca van a ninguna parte,
dan vueltas y vueltas;
después vuelven al refugio.
¡Nunca duermen!
Siempre alertas para incitar lo que se fue.
He movido la cabeza
Y digo ¡basta!
¿Cuando llegará el desapego?,
Por la tarde salgo
miro el horizonte, el mar, el ocaso;
no percibo luna diferente,
ni astro que sirva de señal.
¡Dios! el barco que espero
tarda demasiado.
El mar rumia
cuando azota la roca,
si quitara el mar y la roca
la seguiría oyendo dentro de mí.
El barco tarda,
y el desapego no llega.

bahia.impresionismo italiano