Nasrudín* y el sabio gramático

A veces Nasrudín trasladaba pasajeros en su bote. Un día, un exigente y solemne sabio alquiló sus servicios para que lo transportara hasta la orilla opuesta de un ancho río. Al comenzar el cruce, el erudito le preguntó si el viaje sería muy movido.

-Eso depende talvez según…- le contestó Nasrudín.

-¿ Nunca aprendió usted gramática ? –

– No- dijo el Mulá Nasrudín.

– En ese caso, ha desperdiciado la mitad de su vida.-

El Mulá no respondió.

Al rato se levantó una terrible tormenta y el imperfecto bote de Nasrudín comenzó a llenarse de agua. Nasrudín se inclinó hacia su pasajero:

– Aprendió usted alguna vez a nadar ?

– No – contestó el sabio gramático.

– En ese caso, amigo, ha desperdiciado TODA su vida, porque nos estamos hundiendo !!!

*.-El Mullah Nasrudín es reconocido dentro de la tradición sufí como una especie de sabio idiota. Las apreciaciones que se hacen sobre él son variadas y curiosas. Se lo presenta como muy estúpido, increíblemente inteligente, o poseedor de secretos místicos. Los derviches utilizan sus enseñanzas para ilustrar las ridículas características que puede llegar a tener la mente humana. Para el sufismo, el verdadero conocimiento comienza por aceptar el hecho de aparentar ser un idiota frente al promedio de la gente normal. Solamente si pasamos por la práctica de asumir nuestra idiotez y mostrarla frente al mundo, podemos llegar a percibir la verdadera realidad. El Mullah Nasrudin es considerado un gran maestro del sufismo, justamente por tener el perfil de un loco, aunque siempre enseñe —con su supuesta locura— los verdaderos secretos de la vida.

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Fragmentos: «una extraña historia al este del río» de Nagai Kafu 

Una extraña historia al este del río (fragmento)

«Desde los dieciséis años hasta hoy, a los diecinueve, Kimie había sido perseguida por las demandas incesantes de esas frivolidades. No había tenido tiempo de considerar profundamente qué clase de emoción era el amor serio. De vez en cuando dormía sola en la habitación alquilada, pero su principal deseo en esas noches era compensar su falta de sueño crónica. Al mismo tiempo, empezaba a imaginar los nuevos placeres por venir, que, naturalmente, iba a disfrutar una vez recuperada de su fatiga. En ese círculo vicioso, una vez dormida, la impresión de cualquier otro tema por muy grave que fuera, se convertía en tenue e insustancial, como si estuviera soñando. Cuando se despertaba, trataba de diferenciar qué era realidad y qué era sueño. Para Kimie, nada resultaba tan agradable en esos momentos como esa mezcla de sentimientos y sensaciones.
Ese día, Kimie también se hundía en ese placer tras despertarse de su ligero sueño, y se resistía a levantar la cabeza de la almohada, a pesar de ser consciente de que eran casi las tres de la tarde. Miró a su alrededor, y vio en el suelo el quimono y el obi que ella misma había arrojado desordenadamente la noche anterior. A esa habitación de cuatro tatamis y medio de la parte posterior del primer piso, después de haberse ido el bailarín Kimura, había llegado el importador de automóviles Yata y este se había ido dejando una contraventana corrediza abierta. La lámpara del techo que Yata se había olvidado de apagar proyectaba la sombra del arreglo floral en la pared del tokonoma, igual que la noche anterior. Junto a los sonidos lánguidos de alguien que ensayaba una canción y las voces de los vendedores ambulantes, una brisa se colaba por la estrecha abertura de la ventana y acarició un lado del rostro que Kimie había apoyado directamente sobre el tatami. En un momento dulce como este, deseó que Yata o cualquier otro hombre estuviera ahí. De ser así, lo provocaría con todo el ardor de su cuerpo. Se sintió desgarrada por sus fantasías, que iban en aumento. Cerrando suavemente los ojos, se abrazó a su propio pecho con todas las fuerzas. Acto seguido, dio un profundo suspiro y se retorció. En ese instante, se oyó deslizar silenciosamente la puerta. Un hombre entró en la habitación y se puso delante del biombo. Era Yoshio Kimura, el mismo en quien Kimie había estado pensando con pesar desde la noche anterior. «

El Poder de la Palabra
epdlp.com 

 

Kimie dejó la postura formal, deslizando las piernas a un lado para acomodarse, y apoyó el codo en el alféizar de la ventana. Con la mejilla apoyada en la palma de la mano, volvió el rostro hacia el interior de la habitación, dejando que la brisa soplara contra su cabello. Kawashima, que estaba bajo los efectos del alcohol, al observar a Kimie desde donde él estaba sentado, no pudo evitar que una imagen fugaz atravesara su mente: el cabello de la chica cayendo desordenadamente de la almohada al suelo

Nagai Kafu

Abandonarse a la pasión de Hiromi kawakami-fragmento-

Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Mezaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Tenían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.
Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos volver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lugar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un camino bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.
No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.
No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, parece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que sufría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.
Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A veces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedumbre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le parecían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.
Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bastante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiempo. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.
El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cualquier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restaurantes donde tratan a todos los clientes por igual.
—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para picar—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió hacia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la costumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprovechando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pelaba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante laborioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.
—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cuarentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballito, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el comedor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito. «¿Quieres bajar?», me preguntaba al final. Entonces yo fingía protestar un poco y él me bajaba al suelo. Mi tío no tenía trabajo. Cuando ya había cumplido los cuarenta y cinco, se casó con una mujer diez años mayor que él, se fue de casa y dejó de visitarnos a menudo. Se ve que ahora es pescador y vive con su mujer en casa de su patrón, en una preciosa zona junto al río.
—¿A ti te gustan los huevos crudos, Mezaki? ¿Los sorbes a través de un agujero en la cáscara?
—Primero casco el huevo, separo la yema de la clara y bato sólo la clara hasta que queda espumosa, así. —Mezaki me lo enseñó moviendo rápidamente la mano derecha, en la que sujetaba los palillos. Al final de la demostración, se llevó una galera a la boca y dio un trago de sake—. Cuan
do he terminado de batir la clara, bato también la yema y la mezclo con la clara hasta obtener un líquido uniforme, como si fuera agua. Luego añado un poco de salsa de soja. —El montón de cáscaras iba creciendo al mismo ritmo que disminuía el de las galeras. Entonces Mezaki me acercó la cara—. ¿Tú sorbes directamente los huevos crudos, Sakura? Por tu cara diría que sí. Lo haces, ¿verdad?
—No, no lo hago.
Empezamos a repetir la misma pregunta y respuesta: «¿Lo haces?», «No, no lo hago», mientras la mesa se llenaba de botellas de sake vacías. «Vamos a cerrar», nos avisó el dueño, pero aún nos quedamos bebiendo un rato más, y no nos levantamos hasta que hubo quitado la cortinita que colgaba en la puerta de entrada, apagado los fogones y limpiado la barra. Cuando salimos al camino bordeado de farolas, la luna brillaba arriba en el cielo, redonda.
—Aquí no hay nada, vamos a dar un paseo—dijo Mezaki mientras echaba a andar delante de mí meneando las caderas, como cuando habíamos llegado al restaurante. Cada vez que pasaba bajo una farola, su sombra aparecía detrás de él, y luego se proyectaba delante de su cuerpo. Cuando salía del círculo luminoso, la sombra desaparecía en la oscuridad. Yo también meneaba las caderas, como él.
—Tengo un poco de miedo, Sakura—me dijo al cabo de un rato, y se puso a mi lado—. Me da miedo la oscuridad. Antes creía que de la oscuridad podía salir cualquier cosa, por eso me daba miedo. Ahora la temo porque sé que no hay nada en su interior. —Mezaki tenía la costumbre de acercarme la cara al hablar, y notaba su aliento en mi mejilla. Recuerdo que, cuando nos conocimos, decidí que no me caía bien. Pero luego, a medida que me iba contando aque
llas historias que le parecían tan interesantes, fui cambiando de opinión. Su aliento era dulce y húmedo como el de un perrito—. Dondequiera que vayas, en los lugares oscuros sólo hay oscuridad, y eso me da miedo. ¿A ti no, Sakura?
—No. No especialmente. A mí lo que me da miedo es…—dije, y me di cuenta de que había olvidado qué era. Lo tenía en la punta de la lengua, pero no me acordaba. Un perro ladró lejos de allí. Cuando uno empieza a ladrar, los demás lo imitan, como si le respondieran. Quizá no era un perro doméstico. Quizá ni siquiera era un perro, sino algún tipo de animal salvaje que no sabíamos identificar. Cuando los ladridos cesaron, las ranas empezaron a croar. Sus voces surgían de los márgenes del camino. Se oían tan cerca que parecía que pudiéramos alcanzarlas alargando el brazo.
—Las ranas tienen una voz muy potente para su tamaño, ¿no crees? Si las personas tuviéramos ese tono de voz, seríamos insoportables—rió Mezaki mientras me cogía la mano. Sus manos estaban calientes, y me di cuenta de que yo las tenía muy frías. Siempre tengo las manos, la espalda y la frente frías.
—¿Todavía tienes miedo, Mezaki? ¿Te sientes mejor si te doy la mano?
Él rió de nuevo. Eran unas carcajadas guturales que sonaban como el tañido de una campanilla de porcelana. Ya no había casas y las farolas escaseaban cada vez más, pero el camino no parecía tener fin. Me pareció distinguir una montaña entre la oscuridad que se expandía frente a nosotros, pero tal vez sólo fuera una ilusión óptica.
—¿Dónde estamos, Mezaki?
—Pues… no lo sé, lo mismo me preguntaba yo, pero no sabría decirlo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Una vez, cuando era pequeña, me perdí. Mi tío, al que he mencionado antes, me llevó al hipódromo. Un mar de gente
http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Abandonarse_a_la_pasion.pdf
hiromi

Sabras que te quiero, autor:Teddy fregoso

Nació un 24 de diciembre en Degollado, Jalisco. Teddy Fregoso recuerda una infancia feliz,. Tuvo la ilusión y luchó por llegar a ser torero. Teddy confiesa: “Viajando, entonces en tren o camión y con la ilusión de ser torero, noté la facilidad que tenía para rimar y musicalizar mis pensamientos. Quien me ayudó en este proceso fue el Mtro. Rafael Hernández”. (Puertoriqueño) realizó estudios de arte dramático y educación de la voz.Inicia  como compositor en la Ciudad de México, sus primeras obras fueron: Porque eres así, Leonor, No puedo contigo y Eso es amor. Teddy Fregoso también llegó a componer algunas canciones en coautoría, como Qué pena, con Héctor González de la Barrera y Yo creo en ti, con Gabriel Ruiz.
Gracias a Manuel Bernal y Ricardo López Méndez, personalidades del medio radiofónico y buenos amigos de Teddy, exploró otra faceta convirtiéndose en locutor un día de abril de 1945, cuando empezó a trabajar en la XEBS de la Ciudad de México.
 «Me dediqué a la parte comercial de la radio y a promover la música. En esa forma, abrí la puerta a todos los artistas de México al iniciar la primera estación de radio en español en Los Ángeles: KALI, 1420 kc en Pasadena, CA.”.
El tema que le ha dado mayores satisfacciones es Sabrás que te quiero, que entre sus múltiples versiones destacan las de Vicente Fernández, Javier Solís, Raúl Shaw Moreno, Los Ángeles Negros, Plácido Domingo, Richard Clayderman y José José, entre otros.
Recuerda con gran emoción el reconocimiento a su canción Porque eres así, al ser el bolero más ejecutado en la radio de los Estados Unidos en el año 2000, al revivirla Charlie Zaa.
Teddy Fregoso recibió, en 2008, el Reconocimiento Trayectoria que otorga la Sociedad de Autores y Compositores de México, por sus 50 años como compositor.
El maestro Fregoso falleció el 11 de enero de 2015.

Una historia de terror para las féminas mosquito, autoría de Mater Natura

Les presento a Evarcha culicivora, la araña vampiro. ¿Porqué este nombre? Resulta que esta araña originaria de Kenia, sólo se alimenta del mosquito Anopheles gambiae, vector de la malaria en la región, y tiene preferencia en alimentarse de hembras que recién se han alimentado (a su vez) de sangre humana. Científicos han estudiado su comportamiento y han notado que su preferencia, además de por olfato, es por posición de los mosquitos (ya que cambian la postura cuando están recien alimentados), también sostienen que después de un festin de sangre, los machos cambian su aroma y son mas atractivos para las hembra.

Esta especie de salticidae no es peligrosa para el humano, de hecho, es benéfico en las zonas de Kenia y Uganda, ya que bajan poblaciones del mosquito vector de la malaria.

araña vampiro

Tomado del fb

Un viaje llamado vida de Banana Yashimoto- fragmeto-

Guiza es una ciudad extraña, te hace sentir como si el suelo
no tuviera ningún punto de apoyo, por lo que resulta ambigua. Quizá sea porque no fue construida para ser habitada.
Antes que nada, cuando hay una presencia tan peculiar en
una ciudad, es lógico que ella domine la atmósfera.
Una vez le comenté a alguien que había crecido en la falda
del monte Fuji:
–¡Qué envidia ver todos los días de cerca el hermoso
monte Fuji!
Pero para mi sorpresa me respondió:
–Para nada. A mí me daba miedo.
Dijo que su mente infantil se preguntaba qué haría en
caso de erupción, y que lo que experimentaba de todos
modos al ver el monte Fuji, que se erguía más allá del patio
del colegio durante las horas de Educación Física, no era su
belleza sino una inexplicable sensación de miedo. Me imagino que más que miedo sentiría una especie de temor.
En Guiza, cuando un anciano de una perfumería me
aclaraba: «Este es barato, pero tiene exactamente la misma
composición que el Chanel n.º5, ¿eh?» (¿En seriooo?), o
cuando paseaba en camello por el desierto, o almorzaba
o tomaba un delicioso cóctel de frutas frescas en el bar de
un precioso hotel, cada vez que me volvía, allí estaban las
pirámides. Ellas se inmiscuían en las escenas cotidianas proyectando un aspecto claramente distinto. Incluso cuando
no las veía en la oscuridad, sin duda me daba la sensación
de que algo enorme estaba allí y no dejaba de mirar hacia
mí. Sentí más próxima esa presencia mientras estuve lejos
de ella, concentrada en hacer otras cosas, que cuando me
detuve enfrente durante el espectáculo de luz y sonido.
En ese momento decidí que, en efecto, merecía la pena
ver las pirámides al menos una vez en la vida. No sé por qué,
pero aquella construcción es como si hubiera sido creada
proyectada hacia el futuro, y digo yo que quién iba a visitarlas sino nosotros, los seres humanos que están existiendo
ahora en ese futuro. Aunque no sé quién las construyó ni
con qué propósito, no se puede entender nada de su enigma
sin verlas in situ.
El aire seco de Egipto es ideal para enjugar bien el corazón
húmedo de los japoneses. Si alguien va allí cuando está harto, se sentirá renovado. Tengo la sensación de que aquellos
rayos de sol tienen una gran fuerza capaz de penetrar en
el corazón de las personas sin importar el estado en que se
encuentren. Tal vez, las pirámides hayan sido construidas
con esa fuerza.
El Japón que encontré en Australia
Fui a Australia a fin de recopilar material para mi nueva obra
Honeymoon. En realidad, había ideado para esta novela un
argumento como si deambulase por Australia; sin embargo,
mientras escribía, la situación interna de Japón se volvía
cada vez más insoportable, y tal vez eso me hizo centrarme
en elementos tales como los jardines y las vistas de Japón.
Creo que el viaje tiene sentido porque precisamente tenemos una vida diaria a la que regresar, excepto cuando uno
parte por un largo tiempo. Como al final me centré en los
aspectos de la vida cotidiana después del viaje, no llegué a
aprovechar mis aventuras australianas en el desarrollo de la
novela, pero mi estancia transcurrió en un lugar encantador.
Ya que se trataba de un pequeño alojamiento, no voy a
entrar en detalles (se localiza fácilmente si se busca). Era un
albergue de estilo japonés en las montañas cerca de Brisbane,
donde hicimos noche. El propietario era un monje que se dedicaba a elaborar washi1
. Y su mujer preparaba deliciosos platos japoneses a los huéspedes. Estaba rodeado por un bosque de bananos donde había serpientes y sanguijuelas, un paisaje
inimaginable en Japón; pero una vez dentro, era una vivienda
japonesa en todos los aspectos. Aunque las habitaciones eran
de estilo occidental, estaban decoradas con libros y caligrafías
japoneses, de tal manera que me pareció encontrarme en
un albergue de las montañas de Nagano o Yamanashi2
. Y, curiosamente, había un baño de madera de ciprés al aire libre
que era muy de agradecer para descansar la vista y el cuerpo
fatigados del agotador viaje. Mientras reposaba en el agua
caliente en medio del aire limpio de las montañas, me llenó
de una inmensa felicidad el hecho de ser japonesa. Hasta
ese día, yo estaba en la habitación de un hotel y llevaba una
vida totalmente distinta a la de Japón, y comía con tenedor
y cuchillo, pero ese día en un baño al aire libre… no me parecía real. Sentí que mi cuerpo se relajaba. A fin de cuentas,
comprendí que los japoneses tenemos una constitución para
andar descalzos en casa, estirar el cuerpo en la bañera, y que
nos sientan mejor los alimentos ligeros. Todo esto se entiende
mejor cuando uno se encuentra en el extranjero.
Para ir de compras es obligado bajar de la montaña y llegar
a la ciudad; cuidar de una plantación de bananos y extraer
las fibras de los tallos para fabricar papel es muy laborioso,
y la administración de la vivienda y el mantenimiento de la
bañera también debe de resultar agotador. Sin embargo, al
encontrarme con la cultura japonesa en medio de aquella
naturaleza salvaje, aprecié su valor como nunca antes. Y es
que los japoneses poseen una sabiduría maravillosa para
vivir en armonía con la naturaleza, al tiempo que no escatiman el trabajo para lograr el bienestar, y mantienen un
gran espíritu y aman la belleza delicada. Los que vivían en
esa casa tenían un rostro realmente lozano. Decidí que, si
alguna vez vuelvo a Australia, regresaría a ese alojamiento al
final del viaje para refrescarme física y mentalmente antes
de volver a casa.
Otra cosa que me impresionó fue el bufé de fritura.
En teoría, esa cocina debía ser coreana, pero estaba preparada un tanto al azar en todo, en cuanto a los ingredientes,
el modo de cocinarlos y servirlos, por lo que resultaba
divertida. Consistía en que los huéspedes se ponían en fila
delante de una especie de bufé de ensaladas. Pero ese bufé
no era de ensaladas, sino ¡de carne! Una variedad de carne
congelada de pollo, cerdo, ternera y cordero cortada en finas
lonchas y amontonada en sus respectivos recipientes, de los
que cada uno tomaba la cantidad que quisiera. Las verduras
estaban dispuestas de la misma manera, y se aliñaban después con diversos aderezos al gusto de cada cual, como sake,
sal, salsa picante, salsa de soja, vinagre, pimienta molida y
salsa inglesa. Por último, se llevaba ese plato a una enorme
plancha redonda debajo de la cual el fuego crepitaba con
vigor. Allí estaba un joven coreano saludable y fornido, que
tras verter el aceite sobre la plancha, volcó bruscamente
todo el contenido del plato sobre ella, lo salteó con una larga
espátula de hierro haciéndolo chisporrotear, y con el espectáculo de darle la vuelta hábilmente al salteado lo devolvió
al plato. Como se podía repetir las veces que se quisiera,
me divertí tanto pensando en todas las combinaciones:
cordero, brotes de soja y jengibre, y después pollo, repollo
con sal y sake, que al final comí demasiado. Sin embargo, en
esta ocasión también reparé del todo en que era japonesa.
En comparación con los australianos que me rodeaban, mi
aliño era sin duda auténticamente japonés.
1 Papel tradicional japonés.
2 Son las prefecturas de la región de Chūbu, de la isla de Honshū en
Japón, que es la cuna de las casas rurales por su geografía montañosa.
banana-yoshimoto

https://ep00.epimg.net/descargables/2014/10/22/5a02fd3fca5122935cbe13172d4153dc.pdf?rel=mas

Yo pude bajar la novela, espero que tengan la misma suerte. Sendero

El diablo de Abe Kobo

Un día encontré una ratonera al fondo del armario. Aunque no recordaba haberla comprado en ningún momento, se me ocurrió probarla, pues se percibía la presencia de ratas desde hacía algunos días; la instalé en un rincón de la habitación con restos de granos de soya fermentada como cebo.
Ese mismo día hubo una presa. Al volver a casa del trabajo, escuché un chillido en la oscuridad. Cuando prendí la luz, vi que quedó atrapado un pequeño animal extraño de color verde azul.
Esta no fue toda mi sorpresa; ese animalito, al voltear a verme, juntó las dos manos como de lagartija y me habló suplicante en un japonés correctísimo, aunque con cierta aspereza:
–¡Sálveme, por favor, se lo ruego, señor! A cambio le voy a satisfacer tres deseos, cualesquiera que sean…
–A ver, déjame decirte que estás cayendo en una contradicción –dije simulando serenidad para controlar la excitación–. Si estás dotado de una capacidad tan envidiable, ¿cómo no te has escapado tú solo de la ratonera?
–Es el castigo que me tocó por un descuido. Hasta satisfacerle tres deseos a mi vencedor, no podré recuperar mi infinita capacidad de transfiguración.
Ciertamente era coherente a su manera. Le quité la tapa, porque de todas maneras no me importaba que me estafara, y resultó que era honesto de verdad.
–Le agradezco muchísimo –dijo con la cara azul, casi morada–. Adelante, señor, ¿cuáles son sus deseos?
–El tiempo, por ejemplo… ¿Qué te parece?
–¿El tiempo?
–El tiempo es oro, como dicen, y estoy tan ocupado todos los días que casi no me queda tiempo para hacer nada, ¿sabes?
–¿Cuánto quiere?
–Cuanto más, mejor…
–De acuerdo, señor.
Al decirlo, el animal alzó los brazos por encima de la cabeza y acercó gradualmente los dedos de las dos manos. En un instante salió de entre las puntas de los dedos una chispa azul que produjo una descarga eléctrica, y se propagó por toda la habitación un fuerte olor a azufre.
–¡No se mueva! –me advirtió el animal con firmeza al verme asustado–. Usted ya dispone de cien veces más de tiempo.
–¿Cien veces más?
–Es lo máximo que le puedo ofrecer. No es tan insignificante como quizás usted crea, ya que la energía está en proporción con el cuadrado de la velocidad, ¿sabe? Con cien veces más de velocidad, tendrá diez mil veces más de energía. Esto quiere decir que usted ya cuenta con una fuerza casi equivalente a la de una avioneta jet… Chist, ¡no se mueva, hágame caso! Un brinco así de golpe puede ser mortal, pues las piernas se harán añicos al destrozar el piso y el cuerpo en reacción saltará al vuelo, quién sabe a dónde, rompiendo el cielo raso como si fuera un cohete.
–¡Carajo, me tendiste una trampa!
–¿Trampa? ¡Cómo se atreve a decir semejante barbaridad! ¿Acaso no sabía esa famosa fórmula: E=1/2 mv2?
–¡Ni la menor idea!
–¡No se mueva, le estoy diciendo!… Pero qué extraño. Esta fórmula está tan divulgada que hasta sale en cualquier texto didáctico a nivel secundaria.
–¡No sé nada de eso! ¡Basta, qué necio eres! Desembrújame ahora mismo, que no soy ningún maniquí… –grité de angustia sin soportar más el estado precario.
–¿Me permite tomarlo como el segundo deseo?
–¡Como quieras! ¡Rápido, hombre!
–Está bien –dijo sonando los dedos–. Relájese, que ya pasó el peligro. Ahora, ¿quiere pasar al último deseo?
Conteniendo las ganas de aplastarlo de un golpe, le repliqué:
–¡Dinero, entonces!
–¿Dinero?
–Ojo por ojo, brutalidad por brutalidad, pues.
–Brutalidad aparte, ¿de veras se conforma con algo tan trivial como el dinero?
–¿Acaso hay otra fórmula inconveniente que te lo impida?
–No, qué va. A mí me da lo mismo si a usted no le importa, señor…
–¡Deja de hacer insinuaciones ambiguas! ¡Dime todo lo que tienes que decir sin dar más rodeos!
–Con mucho gusto se lo digo, si es que lo puedo tomar como el tercer deseo…
Permanecí mudo durante más de diez minutos sin atreverme a romper el silencio. Me sentí mareado, a punto de desmayarme, y terminé gritando desesperado:
–¡Carajo, cuéntame todo!
–Una cosa muy sencilla… –me contestó el animal con un gesto tan ingenuo en su cara como el de una muñeca de plástico–. Sólo quería advertirle que, al hacer tantas compras, no iba a caber todo en esta pequeña habitación, señor.
–¡Maldito diablo!
–¿Diablo? ¡No me insulte, por favor! Soy un extraterrestre auténtico –apenas lo dijo, volteó a hacer una venia de lado–. Hasta aquí la segunda noche de la sección experimental de nuestro curso sobre la psicología terrícola.
Al recorrer la mirada, caí en la cuenta de que había otros dos animalitos del mismo tamaño que cargaban una videocámara para filmarme. En el acto les lancé un tintero. En ese mismo instante se esfumaron tanto la ratonera como los animalitos, dejando tan sólo el eco de una risa sonora…
https://estoespurocuento.wordpress.com/2012/10/01/el-diablo-cuento-de-kobo-abe/

lagartijas

Al borde del abismo de Abe Kobo

…No me dejaré vencer… es una pelea… yo no voy a luchar para perder…
¡Carajo, esta leche es de ayer, ya no sirve! Aun cuando la guardes en la nevera, da lo mismo. La leche está viva, ¿me entiendes?, está viva, es un ser viviente, de verdad. Al estar viva, se digiere a sí misma y se queda sin valor nutritivo. Qué problema, oye… ¿por qué no te fijas en la fecha impresa en el envase ? No gastan el dinero de la impresión solo para ponerle un adorno, ¿sabes? El producto de hoy se debe consumir hoy mismo…
¿Qué hora es?
Pero las nuevas peras locas que acaban de llegar… esas bolas rojas… me sentaron de maravilla… uno dos, uno dos, uno dos… ¿sabes que tengo oídos muy sensibles? Reacciono de inmediato ante cualquier sonido trivial. En el ring las suelas de las botas untadas con resina suenan de una manera muy especial, ¿me entiendes?, y ahí sé en qué estado físico me encuentro. En una ocasión, tuve que volver apurado a la esquina, a mitad de la pelea, para untar las botas con más resina. Y la risa que eso produjo….
Buenas noches… le fue muy bien ayer, señor Kimura… fue magnífico de verdad. Al lado del ring, ¿se fijó?, había una mujer espléndida que le vitoreaba, así…
Qué frase: «¡Me encantas, me encantas!»…
Qué fastidio… Tengo que ganar la pelea…
Últimamente me cuesta tanto la dieta que de noche me despierto soñando con la vianda de arroz. Para colmo, he tenido demasiadas peleas; ya no soporto ese ritmo tan acelerado. ¿Acaso me toman por pan comido?
Claro, sin peleas me aflojaría en el entrenamiento, pero el exceso también me acabará con celeridad. Ya me siento agotado, ¿sabes? Es mejor calidad que cantidad… Cómo me gustaría escoger solo presas fáciles… pero jamás gozaría de semejante lujo…
Carajo, el otro día hasta llegué a la pesada… ya había terminado el chequeo médico… y nunca apareció el contrincante… Cómo lloré, te lo juro… Después de haber sufrido tanto la dieta, ¿ves lo que pasó? Desde luego, el dinero sí lo cobré, pues ya me habían pesado y no podía regresar con las manos vacías. Pero qué decepción, para uno que atraviesa la edad de andar hambriento todo el tiempo; si no fuera por el boxeo, ¿te imaginas?, me hartaría de comida. Al pesar 51 kilos, uno más no me importaría a mí, ni menos a los demás. Al comienzo de la carrera no tuve ningún problema de peso. Con tantos ejercicios que hacía, todo el alimento pronto se me convertía en músculos…
Tantas ofertas en avalancha me harán la vida imposible. Empecé a practicar el boxeo para no morirme de tedio ante una vida demasiado ordinaria, pero me ha resultado tan azaroso que no dejo de angustiarme. Tampoco sería capaz de suicidarme, ¿verdad que no?… No, no sería capaz… Solo un hombre con un cerebro más desarrollado tendría la osadía de hacerlo…
…Oye, te cortaste mucho el pelo, por la parte de arriba… no, no, es mejor ir a la peluquería antes de la pelea… La barba que crece por culpa de la pereza te vuelve doblemente miserable cuando te tumban en el ring…
Uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos… Mira, hoy estoy en muy buenas condiciones…
Oiga, señor Kimura, fíjese que el otro día saqué un oráculo escrito y me tocó uno que decía: «Suerte inesperada». Esa máquina que arroja un cacahuate al colocar una moneda de diez yenes y levantar la manivela, ¿la ubica? Me puse de buen humor y probé otro, pensando que sobrevenía algo extraño. Otra vez lo mismo: «Suerte inesperada». Me dejó atontado y quise probar uno más… y me tocó otra vez la misma frase. No lo podía creer. ¿Verdad que es extraño? Usted sabe que tengo el brazo lesionado, pero me infundió tanta confianza que fui a hablar con el maestro para suplicarle que me ayudara a realizar esta pelea, a como diera lugar. Pero qué tal si la pierdo después de todo esto, qué congoja…
Anda, el sparring
Uno dos, seguidos
¡La derecha, uno dos!
Ahora, jab, jab, jab, jab
Un uppercut directo
Tres derechas, una, dos, tres
Un uppercut derecho
¿Qué sonó ahora?… Ya, la puerta de abajo… hasta la puerta es de acero… El ruido me cayó como un golpe en el vientre.
Ay… estoy despistado hoy. Se me han olvidado muchas cosas. ¿Alguien tiene una toalla de más que me preste? La mía se me quedó en la casa. Quizá soy un tarugo insalvable…
Me levanté de un tiro a las cinco de la mañana, como de costumbre, a pesar de que me habían dicho que hoy podía omitir el trote… Qué torpe soy… Iba a dormir a mis anchas, porque me dijeron que ya no había problemas de peso… Anoche escuché música en la cama para relajarme… el concierto para violín de Tchaikovski… ¿no le parece hermoso?… El canto del cisne también es relajante… Me gusta más el jazz, pero el problema es que me desvela…
Me cuesta levantarme temprano en la mañana, más que todo; como sufro, de verdad… el término «trotar» suena exagerado, pero no me resulta tan pesado correr unos cuantos kilómetros… Al levantarme y vestirme… qué sufrimiento tan terrible… tengo que soportar el sueño y el frío… Ya estoy añorando la llegada del verano… qué pereza…
Y qué importa…, me gusta lo que hago, eso es todo. Aunque a veces me parece odioso, en el fondo me gusta, sabes. Si uno lo odiara en serio, no volvería a practicarlo después de haber recibido tantos golpes fuertes. Hay algo que me atrae. Para empezar, es tajante; todo es blanco o negro y puedes definir lo que significa vivir con claridad, ¿no te parece?
¡Jab, jab, jab, jab!
Jab, al fin y al cabo. Disparando el jab, me puedo serenar. Confío en mi golpe directo. Con el jab provoco al contrincante, así. Jab, jab, jab, jab ¡Upper directo!
¿Qué hora es?
Bueno, la pelea comenzará pronto… qué fastidio… casi no lo aguanto…
¿Ves que compré medias rojas? El color rojo nos trae buena suerte, dicen, a los que nacimos en agosto… ¿Sabes que nací en agosto?… El color rojo es para los que cumplimos años en agosto. Por eso compré estas medias rojas… ¿Cómo?… ¿Color blanco?… ¿En serio? Pero usted no nació en agosto, ¿verdad?… Qué malvado es… deje de tomarme el pelo… Qué extraño… ¿las medias rojas no surtirán efecto?…
…Pero estoy en buenas condiciones físicas. He tenido mucha suerte estos días. ¿Vio que me tocó «Suerte inesperada»? Y de noche duermo como un tronco. Ayer me dolía tanto el cuerpo a la hora del masaje que llegué a pensar que se me habían petrificado los músculos, pero después de haber dormido bien, amanecí como un resucitado, como si nada. Será en virtud de la experiencia. Mire con qué agilidad estoy moviendo los brazos en el boxeo de sombras… La victoria es mía, estoy segurísimo. La lesión en el brazo se me curará por completo al comenzar la pelea, ¿no me cree?
Hombre, no voy a perder… Si me derrotan ya estaré fuera de la clasificación…
… ¡Voy bien! Escuché el pitazo muy cerca de los oídos… Esto quiere decir que estoy tranquilo… La resina de las botas también suena como debe ser… Voy a ganar… Ya van cuatro derrotas consecutivas… Sí, me he esforzado, pese a la lesión del brazo… un esfuerzo casi innecesario… Por más que me digan que descanse, que me cuide más el cuerpo, no puedo calmar la ansiedad… El descanso solo serviría para descalificarme… Qué humillación sería… Una vez descalificado, difícilmente saldría a flote… sí, casi imposible… con tanta competencia encima…
Uppercut directo
Al centro, al centro, al centro
¿Qué haces?, golpea, hombre
Eso, eso
Adelante, adelante
Uno dos, uppercut
Lo sé, no me molestes… tengo experiencia…
Del décimo al noveno… del noveno al octavo… del octavo al séptimo… del séptimo al sexto… cada vez que subo un puesto en el ranking, derribo cinco enemigos… me lo dijo el maestro… O sea que el campeón ha derribado, a ver, cinco por diez, cincuenta boxeadores en total… Qué bueno ser campeón, pero qué terrible ser uno de los cincuenta derribados… pero si no eres campeón, eres uno de los derribados… A veces me pongo a reflexionar… Del séptimo al octavo… del octavo al noveno… del noveno al décimo… Qué ciclo tan detestable… Ahora solo estoy boxeando para que los demás suban de ranking… ¿por qué será?… ¿Será que carezco de vocación?…
(Gong)
Ahora, respira hondo
Ese golpe al vientre estuvo bien
Pero no te conformes con uno dos
Uno dos tres cuatro
Relájate, pero no te detengas
Luego, hacia arriba
Cuidado con el jab del enemigo
Muévete bien
Con las piernas ágiles
Métete adentro
Y uno dos tres cuatro
Sin parar, luego hacia arriba
… De veras creo que hoy tengo suerte. Cambié de trabajo el 18 de febrero… llegué ese día a las 8 en punto a la oficina… Estamos en el año 38, para rematar, ¿no ves?… tres veces el número 8, que es de suerte, indica buen futuro. Soy afortunado.
No perderé… Otra derrota me descalificará…
A la derecha, pásate a la derecha
Ahora, el directo
Date prisa
La derecha, hacia adelante
La derecha, la derecha, la derecha, la derecha
Esquívalo, y al vientre
Bien, bien
Tranquilo, vas ganando
¿Sabes que yo anoto todos los acontecimientos del día en mi cuaderno… todo lo que hago durante la jornada…? Sí, todos los días… no he faltado ni un día, te lo juro… Primero la fecha, las horas que duermo, la hora a la que me levanto, la duración de los ejercicios físicos, los kilómetros que corro, el estado físico… Luego, a ver, cómo diría, la bebida antes del desayuno… té japonés, jugo, leche… también la cantidad y los ingredientes de la comida… Viene otra vez la bebida después del desayuno… Claro, lo que como en la oficina, si acaso pruebo algo… Sigue el almuerzo acompañado de alguna bebida… y cuando estoy muy cansado, duermo la siesta… Todo esto lo anoto… todo lo que como y bebo… Luego entro al entrenamiento técnico…
Apunto también la hora de salida de la oficina y la de entrada al gimnasio… el peso según la báscula… En general, comienzo con el boxeo de sombra… y el sparring… claro, sin olvidar el nombre del contrincante… Continúo con el costal… otra vez el boxeo de sombra… tengo que recordar cuántas veces lo hice… la pera… los saltos de la comba, los ejercicios de los músculos abdominales, de contracción y estiramiento, etc. De todo esto anoto cuánto hice… A ver, a ver… el baño, quiero decir, la ducha… la báscula otra vez para terminar, y la hora de salida del gimnasio… La bebida, la cena, la bebida de nuevo… Si acaso pruebo algo más, también lo anoto sin falta… la hora de acostarme… el masaje, si me lo hacen… las vitaminas que tomo… y una que otra observación general…
Todo esto lo apunto en mi cuaderno… te lo juro, todos los días… solo para mí… ya que a nadie más le sirve… Bien sabes que la pelea comienza antes de subir al ring… En realidad, uno pelea todos los días… es indispensable la disciplina para superar a los demás…
No me dejaré vencer después de haber hecho todos estos esfuerzos… me he entrenado con una rigurosidad espartana…
(Gong)
Te sale bien el jab
Mejor que en el primer round
Ahora sí es más certero
¿Comprendes?
Ahora, respira hondo, uno dos tres
O.K.
¿Me escuchas?
¿De veras?
No te acerques por el lado izquierdo
De la derecha, de la derecha
Abanicas porque vas a la izquierda
Eso sí está mal, ¿sabes?
De la derecha, del interior
Y no del exterior
De la derecha, del interior, ¿me entendiste?
Muévete bien para meterte adentro
Eso, a la derecha
Un uppercut
Dale un jab, otro
Anímate
Un jab corto, otro corto
Demasiado grande
Más corto, más, más
Ahora a la derecha, métete adentro
Relájate un poco
La izquierda
Ahora al vientre
Carajo, la caída se acelera sin freno… a pesar de que conté treinta patrones en mi mejor momento, ahora solo me quedan siete, dicen… En la oficina ya me siento incómodo… «Deseamos de todo corazón que sigas haciendo esfuerzos hasta ganar el glorioso título de campeón», me han dicho… Qué ingenuidad… Solo uno entre cincuenta llega a ser el campeón… Sin esos cincuenta derrotados no existiría tampoco el campeón… me deberían agradecer por eso… Qué ridiculez…
Es extraño, ahora me pesan más los brazos; cuidado, se me ha caído la defensa… Ayer me dolieron muchísimo durante el masaje… ¿Será que ya no hay esperanza?… No, ya no quiero pelear contra este hombre que golpea tan fuerte… Debo esquivarlo con el juego de piernas antes de que me deje molido… o con un daño en la lengua, así ni podré trabajar en la oficina…
Ay, qué terrible es la caída en el mundo del boxeo… Es como estar colgando de un paracaídas perforado… al agarrarlo con las manos, solo sientes un alivio ilusorio y, en realidad, es lo mismo que soltarlo… Campeón… bueno, es veloz también la caída de un campeón… quizá más que la de un boxeador común… Detrás del campeón se ve el barranco más abrupto… ¿Verdad que sí?… Te precipitas acá o te precipitas allá: es la única diferencia… sí de todas maneras caes al abismo… Qué tristeza…
… A ver, ¿dónde estoy? ¿Será que me quedé dormido? Me siento como en el fondo de un río. Mira pasan muchos peces aquí arriba…
¿Cuatro? ¡Cuatro, dijo?… No se oye nada, porque habla en voz muy baja… ¿O sea que me han tumbado?… Ya veo, siento el olor de la colchoneta… Tranquilo, todavía hay tiempo… ¿Cuatro, verdad?… No te preocupes, todavía me faltan seis segundos… Claro, me he excedido en el entrenamiento… un boxeador clasificado cuando está de capa caída es muy solicitado entre los jóvenes que van en ascenso… pues sirve de peldaño para la promoción… y le sobran ofertas… Yo mismo me fijaba en aquellos boxeadores menguados al iniciar la carrera… A propósito, ¿cómo se llamaba ese boxeador?… El que peleó conmigo cuando yo estaba recién clasificado… Nunca más lo he vuelto a ver… Ya no seguirá activo… Ya me pararé…
No, mejor descanso un poco más. Apenas va por cuatro, ¿verdad? Me quedan nada menos que seis segundos. Ahora mismo me pararía si lo deseara; me incorporaré primero sobre el codo derecho, así, y luego retiraré la pierna derecha para desplazar el peso hacia la rodilla izquierda. Y listo.
Qué bonito… el cielo azul, pero es un azul celeste auténtico… ¿Pero por qué veo el cielo?… ¿Habrá algún resquicio en la bóveda?… Qué pereza… me da pereza pensar en la bóveda… bien… a mí qué me importa…
¡Ahora sí que me levanto! Lo esquivaré con el juego de piernas para darle un golpe por encima del ojo izquierdo. Esa herida todavía no está bien cicatrizada. Apenas estamos en el cuarto round… con una caída no pierdo nada… Yo tengo más experiencia que él, hombre… esto no es nada… lo voy a inmovilizar con mis jabs… ¡Ya me levanto!
Incorporarme sobre el codo derecho… retirar la pierna izquierda… desplazar el peso hacia la rodilla izquierda…
Qué extraño… Me siento como si estuviera dividido en dos, como si fuera dos personas… Ya estoy de pie, ¿verdad?… ¿Dónde está el ring?… Qué ruidoso… ¡Tanto ruido me vuelve loco!…
Ya, ya, claro…
Estas medias rojas, recién estrenadas, no me sirvieron de nada… sí, lo sé… un hombre como yo está destinado a avanzar sobre el camino prohibido… Cuatro años y seis meses después… he vuelto al punto de partida… En casa me hartaré de comida… comeré hasta más no poder, ya olvidándome del cuaderno… También fumaré y beberé… me comeré una fuente entera de gelatina… me dedicaré a hacer todo lo que no he podido… te lo juro, porque me he disciplinado en exceso…
¡Cómo me duele la cabeza! Carajo, tanto dolor no me dejará dormir un par de días… Ay, me duele… voy a explotar… Auxíliame, por favor, te lo suplico…

 

Abe Kobo (Japón)

Breve reseña sobre su obra
Escritor y fotógrafo japonés nacido en Tokio en 1924. Cursó estudios en la Universidad Imperial donde se recibió de médico en 1948. Colaboró como guionista en diversas películas y en 1951 le fue otorgado el Premio Akutagawa, por su novela La pared o El crimen del señor Koruma. Falleció en 1993.
Su primera publicación fue la colección Poemas de un poeta desconocido (1947). Al año siguiente publicó su primera novela La señal de tráfico al final de la calle, pero no fue hasta el año 1962, que obtuvo reconocimiento internacional con la publicación de La mujer de la arena.

Al borde del abismoaparece publicado en Los cuentos siniestros, editado por Eterna Cadencia.

Publicado por Biblioteca Virtual Hispanica en viernes, agosto 31, 2012

Abe_Kobo

José Juan Tablada*

Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla.

luna...

*

México, 1871 – Nueva York, 1945) Poeta mexicano que fue uno de los principales protagonistas de la transición del modernismo a las vanguardias. Tras asistir al Colegio Militar, del que fue expulsado, José Juan Tablada trabajó como empleado ferroviario, pero muy pronto, con apenas veinte años, se inició en el periodismo.


José Juan Tablada

Su actividad en este ámbito se desarrollaría a lo largo de medio siglo, tiempo en el cual llegó a publicar cerca de diez mil artículos. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas mexicanas, como El UniversalEl Mundo Ilustrado y El Imparcial, así como en la prensa de Caracas, Bogotá y La Habana. Parte de sus crónicas (políticas, culturales y de viajes) quedarían reunidas en recopilaciones como Tiros al blanco (1910), Los días y las noches de París (1918) y En el país del sol (1919). Devoto de la cultura y, en especial, de la poesía francesa, en 1898 impulsó la creación de la Revista Moderna, principal órgano del modernismo mexicano, en la que publicó algunos cuentos propios y traducciones de Anatole France y H. G. Wells, entre otros autores.

No fue ajeno a los vaivenes de la Revolución mexicana de 1910: criticó la presidencia de Francisco I. Madero (1911-1913), apoyó la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta (1913-1914) y fue director del Diario Oficial durante su mandato. A la caída de Huerta, su casa fue saqueada por las tropas de Emiliano Zapata y huyó a Nueva York. Durante el régimen del constitucionalista Venustiano Carranza (1917-1920) desempeñó cargos diplomáticos en Caracas y Quito. Residió luego en Estados Unidos, y en México desde 1935, aunque la muerte lo sorprendió en Nueva York, poco después de ser nombrado vicecónsul.

Entre sus poemarios adscritos al modernismo destaca El florilegio (1899). A raíz de un viaje a Japón (1900-1901), José Juan Tablada amplió la segunda edición de este libro (1904) con una serie de haikús, de los que se le considera introductor en lengua española. La concisión del haikú, forma tradicional japonesa formada por tres versos blancos de 5, 7 y 5 sílabas que expresa una fugaz intuición a partir de un contraste de imágenes, resultaba idónea para el temperamento del autor.

De orientación vanguardista son sus libros de poesías Al sol y bajo la luna (1918), Un día (1919), Li-Po y otros poemas (1920) y El jarro de flores (1922). Además del haikú, Tablada cultivó en esta segunda etapa los ideogramas y las innovaciones tipográficas introducidas por Apollinaire en sus Caligramas (1918).

Los principales temas de la obra poética de José Juan Tablada son la naturaleza, la delicadeza de las criaturas naturales y el paisaje mexicano. Su ingenio verbal apunta a composiciones breves, pero incisivas; son visiones rápidas e intensas de la realidad no exentas de una ironía que, ocasionalmente, raya en la ternura. Sometidos a una estricta disciplina formal, sus poemas son ejemplo de contención expresiva, por lo que la rigurosa formalidad del haikú se convirtió en un vehículo perfecto para él.

De entre sus restantes obras cabe citar la novela La resurrección de los ídolos(1924). Proyectó asimismo una memorias de las que sólo llegó a publicar en libro el primer volumen, La feria de la vida (1937), que abarca desde la infancia hasta los primeros signos de madurez.

Sin bromas de Osamu Dazai*

¿Qué iba a ser de mí? Solo pensar en ello me estremecía, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un día salí de mi apartamento en el barrio de Hongô y me dirigí arrastrando el bastón de bambú hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la época del año y me sentía horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no quería vivir más. De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecían allí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca.
Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno. Entre los soportales de esa «Maravilla de Oriente» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podía hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni más ni menos que las puertas del infierno. Pasas a través de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada más que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ¿Qué esperabas? Me senté con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ¿No te lo habían dicho? ¿Cuántas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irías a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ¿Qué es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegándose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lámparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.
Me levanté para escapar de aquella sala y caminé por el andén hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caían unas sobre otras en la aglomeración que se dirigía y salía del tren. Cestas y maletas por todas partes. También bolsos anticuados de viaje que yo tenía por desaparecidos hacía ya tiempo. ¿Los habrían expulsado a todos de su tierra natal?
Los hombres vestían con presunción. Portaban un tenso y agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. Imbéciles.
Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma espléndida y afectada. Sin duda lo había aprendido en una película e imitaba a algún actor extranjero. Salió por la puerta con una única maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. Seguía actuando. Vestía un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. Parecía como si le nacieran en el cuello. Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos días estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.
—¡Eh, tú! ¡Takiya! —Había visto su nombre escrito en la maleta—. Acércate un momento.
Caminé con brío delante de él sin mirarle a la cara. El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la psicología humana y, cuando la gente está distraída, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos. Tratar de tranquilizar a tu víctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.
Caminé hacia la colina de Ueno. Subí despacio por las escaleras de piedra.
—Creo que deberías ponerte en manos de tu viejo camarada —dije.
—Sí señor —contestó él, rígido.
Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori. No había nadie alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendí uno. Miré la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla. Allí estaba él, haciendo un mohín, con toda la ingenuidad de un niño. Empecé a sentir lástima por él y pensé que ya le había tomado el pelo lo suficiente.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Tenía un fuerte acento del campo.
—Tan joven, ¿eh? —Suspiré sin querer—. De acuerdo. Puedes irte.
Iba a explicarle que tan solo quería darle un pequeño susto, pero de pronto me atrapó la tentación —nada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujer— de tomarle un poco más el pelo.
—¿Tienes algo de suelto por ahí?
Se inquietó y al cabo de un momento respondió: «Sí».
—Dame veinte yenes. —La situación resultaba cómica. Sacó el dinero.
—¿Puedo irme ya?
Con su pregunta me daba pie para echarme a reír en su cara y decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no había empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. Debía la renta del apartamento.
—Gracias. No me olvidaré de ti, colega.
Mi suicidio se pospuso un mes más.
*
iNacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña
ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de
once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo
fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud
crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y
sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde
pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de
Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

En 1948, cuando Osamu Dazai (39) se encontraba en la cúspide de su
carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una
joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida.

Osamu Dazai