La luz

La luz del faro aluza al viento

que persigue a la red,

a las sirenas y a las olas.

Tiemblan los peces.

En la memoria de la noche

se oyen pasos de viejos naufragios.

El mar contempla a las almas

que abrazadas al viejo tablón

sucumben al ojo espumoso del remolino.

El astrónomo R. tagore

-¡Oh, si pudiéramos coger la luna, al anochecer, cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo! -no dije más que eso.
Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí:
-No he conocido a nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿cómo podríamos cogerla?
Yo dije:
-¡El tonto eres tú, Dadá! Cuando, desde la ventana, Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe, ¿te parece que está muy lejos?
Pero Dadá replicó:
-Pobre ignorante, ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?
Yo dije:
-Podrías cogerla perfectamente con las manos.
Dadá se echó a reír y me dijo:
-¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no!
Yo dije:
-Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos, ¿te parece que su cara es muy grande?
Pero Dadá repite:
-Eres un pobre tonto.

 

RabindranathTagore

 

 

 

http://relatosexpres.blogspot.com/2014/08/el-astronomo-rabindranath-tagore.html

Escritores de la India

Para los lectores de mi generación, India es aquel lugar mítico en el que transcurrían las narraciones de Rudyard Kipling, y para saber cosas de ese enorme subcontinente asiático aquel viejo inglés conservador y tan a menudo reaccionario sigue siendo una de las mejores opciones. Lo es en ‘Kim’ y en ‘El libro de la selva’, y sobre todo en las docenas de historias agrupadas en impagables colecciones de relatos.
Quien viaje a India y quiera aprovechar de verdad su estancia, no debería despreciar a Kipling ni a E. M. Forster (Pasaje a la India), otro británico fascinado por aquel país de países. A día de hoy, por fortuna, el abanico se ha ampliado hasta adquirir dimensiones de fenómeno literario, pues no otra cosa hay que decir de la eclosión de grandísimas novelas escritas, también en inglés por hindúes de nacimiento u origen. La novela angloindia ha conquistado el mundo porque ha producido numerosas obras maestras que han sabido encontrar lectores en todas partes. Combinando lo aprendido con el realismo mágico, y agarrándolo muy fuerte a la tradición británica, el resultado suele estar lleno de frescura y personalidad.
La cumbre de esa novela sigue siendo, pasados los años, una de las primeras obras de Salman Rushdie, Hijos de la medianoche, galardonada con el primer ‘Man Booker Prize’ y luego con el premio especial como ‘Mejor Man Booker Prize del siglo XX’. Es la historia de un chico nacido cuando India cree haber logrado el paraíso con la victoria contra el Imperio, y todo lo que realmente ocurrió tras aquel día de júbilo. Una obra en la que Rushdie, nacido en India pero residente en Inglaterra desde la universidad, reconstruye su país en forma de mosaico abigarrado poblado por mil voces, en una metáfora magnífica de la sociedad tal vez más poliforme que existe sobre la tierra.
Tras Rushdie hay que destacar a Arundhati Roy, una mujer nacida en 1961, que estudió ingeniería y que sólo ha escrito una novela, El dios de las pequeñas cosas, que también obtuvo el ‘Booker’. Sus demás escritos son políticos, de un fuerte compromiso con la lucha, contra la opresión del imperialismo y contra las desigualdades sociales y de castas tan específicas de la India. La novela narra, desde el punto de vista de unos hermanos gemelos nacidos en tiempos actuales, la historia de tres generaciones de una familia del sur de la India, y en ella se mezclan las tensiones políticas, los deseos prohibidos, los conflictos personales…
Una antecesora de Roy es Anita Desai, que abrió el camino de la novela psicológica centrada en el destino de la mujer en un mundo machista, que luego ha continuado otra escritora del sur, a su manera también intimista: Anita Nair, cuya novela El vagón de las mujeres cuenta las historias que diferentes mujeres se narran mutuamente para entretenerse durante un largo viaje de tren en la época en que en los ferrocarriles indios había vagones exclusivos para mujeres. Y son muchas más las buenas novelistas indias, incluso algunas de la diáspora, como Jhumpa Lahiri, segunda generación de emigrantes a Estados Unidos y galardonada con el Pulitzer. Su mundo es el de la permanencia de los vínculos con India, la nostalgia, la llegada de viajeros, novios…
A gran distancia de todos los anteriores se encuentra el camino transitado por Hari Kunzru, un novelista situado en la más rabiante modernidad del siglo XXI. El transformista es un brillante ejercicio de análisis de personalidad en el que un joven indio, repudiado por su familia al averiguar que es en realidad hijo de un británico, se pasa la vida reinventándose, exactamente como la propia India, que de hecho no ha dejado de hacerlo en los últimos cincuenta años de su historia. Igualmente moderno es otro brillante escritor de la generación más joven, cuya obra ha significado, una vez más, un Booker para un autor indio. Me refiero a ‘El tigre blanco’, de Aravind Adiga, que trata de la ruptura entre la India moderna y urbana y la pobre y rural. Una novela divertida e ingeniosa que se lee de una sentada.
https://www.gentleman.elconfidencial.com/personajes/2019-05-19/india-escritores-literatura-rudyard-kipling_1321441/
La literatura india una de las más importantes y antiguas del mundo. Vale la pena señalar que la literatura india está conformada por escritos en varias lenguas como el hindi, el urdu, el sánscrito, el marathi, bengalí, el kannada, el inglés, entre otros. Muchas de las más importantes obras de la India han sido traducidas a diversos idiomas del mundo, y algunas de ellas convertidas en obras de teatro y dramas indios. La historia de la literatura india se remonta a las escrituras en sánscrito y a los vedas.
Hoy conoceremos quienes han sido los más grandes escritores de la India. Empecemos señalando a Rabindranath Tagore, escritor bengalí quien dejó un gran legado de cuentos, novelas y obras de teatro, pero además composiciones musicales. Algunas de las obras más famosas de Tagore son Gitanjali, Gora, Chaturanga, Shesher Kobita, Char Odhay, Noukadubi, Ghare Baire y Kaabooliwala. Vale la pena mencionar que Tagore ganó en el año 1913, el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el primer asiático en recibir el galardón.
Rabindranath-Tagore

https://www.absolutviajes.com/grandes-escritores-de-la-literatura-india/

Rudyard Kipling: La historia de Muhammad Din

¿Quién es el hombre feliz? El que ve en su propia
casa pequeños niños coronados de polvo,
saltando, cayendo y llorando.

Munichandra
      Era una pelota de polo vieja, surcada, astillada y abollada. Estaba sobre la repisa de la chimenea entre los tubos de las pipas que Imam Din, el khitmatgar[sirviente] limpiaba para mí.
—¿Quiere todavía esta pelota el Nacido del Cielo? —preguntó Imam Din con deferencia.
Al Nacido del Cielo le daba igual conservarla o no; ¿pero de qué podía servirle una pelota de polo a un khitmatgar?
—Le ruego a su Merced: tengo un pequeño hijo, ha visto esta pelota y la desea para jugar. No la quiero para mí.
Nadie por un instante hubiera acusado al viejo corpulento Imam Din de querer jugar con pelotas de polo. Así pues, llevó el vejestorio hasta la terraza y ahí se escuchó un huracán de alegres chirridos, un golpeteo de pequeños pies y el tac-tac-tac de la pelota rodando por el piso. Evidentemente el pequeño hijo había estado esperando afuera de la puerta para asegurar su tesoro. Pero ¿cómo se las había ingeniado para ver esa pelota de polo?
Al día siguiente, de regreso de la oficina media hora más temprano que de costumbre, llamó mi atención una pequeña figura en el comedor, una menuda y rolliza figura en una ridícula e inadecuada camisa que cubría hasta más o menos la mitad del vientre ligeramente abultado. Vagaba por la habitación con el pulgar en la boca, canturreando para sí mientras miraba las fotografías. Sin duda era el “pequeño hijo”.
Desde luego no tenía nada que hacer en mi cuarto, pero estaba tan absorto en sus descubrimientos que nunca notó mi presencia en la puerta. Entré a la habitación y se sobresaltó tanto que casi le da un ataque. Se sentó en el piso con la respiración entrecortada, sus ojos se abrieron y su boca también. Yo sabía lo que vendría así que huí, seguido por un aullido largo y seco que llegó a los cuartos de los sirvientes mucho más rápido que una orden mía lo hubiera hecho. En diez segundos Imam Din estaba en el comedor. Luego se oyeron desesperados sollozos y al regresar encontré a Imam Din amonestando al pequeño diablillo que usaba la mayor parte de su camisa como pañuelo.
—Este niño —dijo Imam Din juiciosamente— es un budmash [malvado], un gran budmash. Sin ninguna duda irá al jailkhana [prisión] por su comportamiento.
Renovados gritos se escucharon del penitente y una elaborada disculpa de Imam Din hacia mí.
—Dile al niño que el Sahib [señor]no está enojado y llévatelo —le dije.
Imam Din comunicó mi perdón al ofensor, que ahora se había recogido la camisa alrededor del cuello, como una cuerda, y su grito disminuyó a sollozo. Los dos se dirigieron a la puerta.
—Su nombre —dijo Imam Din, como si el nombre fuera parte del crimen— es Muhammad Din y es un budmash.
Libre del presente peligro, Muhammad Din se volvió en los brazos de su padre y dijo gravemente:
—Es cierto que mi nombre es Muhammad Din, Tahib, pero no soy un budmash, ¡soy un hombre!
De ese día data mi conocimiento de Muhammad Din. Nunca más entró a mi comedor, pero en la zona neutral que era el jardín, nos saludábamos con mucha ceremonia, aunque nuestra conversación se limitaba a “Talaam, Tahib”de su parte y “Salaam, Muhammad Din” de la mía. Diario a mi regreso de la oficina, la pequeña camisa blanca y el cuerpecito regordete solían salir de la sombra que producía la reja cubierta de enredadera donde se habían escondido y diario detenía mi caballo para que mi saludo sonara bien claro.
Muhammad Din nunca tuvo compañeros. Solía trotar por todas partes del jardín, dentro y fuera de los arbustos de ricino, en misteriosas misiones personales. Un día tropecé con una de sus artesanías al fondo del jardín. Había enterrado a medias la pelota de polo en el polvo y había dispuesto seis caléndulas marchitas en un círculo a su alrededor. Afuera del círculo había un cuadrado disparejo, trazado con pedacitos de ladrillo rojo alternados con fragmentos de porcelana y todo rodeado por un pequeño borde de polvo. El encargado del pozo de agua disculpó al pequeño arquitecto diciendo que sólo era el juego de un bebé y no desfiguraba mi jardín.
Dios sabe que no era mi intención tocar el trabajo del niño entonces ni después; pero esa tarde, un paseo por el jardín me llevó sin darme cuenta hacia el pequeño monumento; de manera que pisoteé, antes de saberlo, las cabezas de las caléndulas, el borde de tierra y los fragmentos de plato en una confusión tal que no había esperanza de remediarlo. A la mañana siguiente me encontré a Muhammad Din llorando quedo sobre la ruina que yo había dejado. Alguien, cruelmente, le había dicho que el Sahib estaba muy enojado con él por estropear el jardín y que, maldiciendo, había regado esa basura. Muhammad Din trabajó una hora para borrar todo rastro del borde de tierra y de los fragmentos de loza y con un rostro lloroso y lleno de excusas me dijo “Talaam, Tahib” cuando regresé de la oficina. Tras una rápida averiguación de mi parte, Imam Din informó a Muhammad Din que por un especial favor mío le estaba permitido jugar a su gusto, lo que el niño tomó en serio, y trazó el plan para un edificio que habría de eclipsar la creación de la pelota de polo y las caléndulas.
Por algunos meses la rechoncha pequeña excentricidad se revolvió en su humilde órbita entre los arbustos y el polvo; siempre formando magníficos palacios de flores viejas tiradas por el jardinero, guijarros lisos de riachuelo, pedacitos de vidrio roto y plumas arrancadas, imagino, a mis aves; siempre solo y siempre canturreando para sí.
Un día alguien tiró una vistosa concha moteada cerca de la última de sus pequeñas edificaciones; y me pareció que Muhammad Din, inspirado en ella, construiría algo más espléndido de lo ordinario. No fui decepcionado. Meditó por casi una hora y sus canturreos se convirtieron en una alegre canción. Después comenzó a trazar en el polvo; sin duda sería un maravilloso palacio, ya que era de dos pasos de largo y uno de ancho en el plano de la planta baja. Pero el palacio nunca fue terminado.
Al día siguiente no había ningún Muhammad Din al final de la entrada de coches, ni ningún “Talaam, Tahib” para recibirme. Estaba ya acostumbrado al saludo y su omisión me perturbó. Imam Din me dijo que el niño sufría ligeramente de fiebre y necesitaba quinina. Consiguió el medicamento y un doctor inglés.
—No tienen resistencia estos mocosos —dijo el doctor al salir de los cuartos de Imam Din.
Una semana más tarde, aunque me hubiera gustado mucho evitarlo, me topé en el camino al cementerio musulmán con Imam Din, acompañado por un amigo, cargando en sus brazos, envuelto en una tela blanca, lo que quedaba del pequeño Muhammad Din.

 

Niño de richard kipling

https://www.literatura.us/idiomas/rk_din.html

(Bombay, 1865 – Londres, 1936) Narrador y poeta inglés, controvertido por sus ideas imperialistas y considerado uno de los más grandes cuentistas de la lengua inglesa. Pertenecía a una familia de origen inglés (su padre, John Lockwood Kipling, era pintor y superintendente del Museo de Lahore), y pasó en la India los primeros tiempos de su infancia. A los seis años fue enviado a Inglaterra, donde estudió en el United Services College de Westward Ho, en Devonshire, ambiente que luego describió en la novela Stalky C.


Rudyard Kipling

Vuelto en 1882 a la India, se dedicó al periodismo en calidad de subdirector de The Lahore Civil and Military Gazette y después, entre 1887 y 1889, de The Pioneer. A los veintiún años publicó su primer libro, Departmental Ditties (1866), colección de versos de circunstancias, y a los veintidós el primer volumen de narraciones, Cuentos simples de las colinas (1887), al que siguieron, en 1888-89, otros seis: Tres soldadosBajo los cedros deodarasEl rickshaw fantasmaLa historia de los GadsbyEn blanco y negro y El pequeño Guillermo Winkie.

El incesto en la literatura contemporánea: J. García Ponce (1964)

Haz clic para acceder a 4a9e02ea-d4a9-417a-8f45-31c2203ea96a.pdf

Revista de la UNAM

(Mérida, 1932 – Ciudad de México, 2003) Escritor mexicano. Juan García Ponce cursó estudios de filosofía y letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre 1957 y 1958 fue becario del Centro Mexicano de Escritores, beneficio que también le concedió la prestigiosa Fundación Rockefeller a comienzos de los años sesenta (1960-1961).


Juan García Ponce

Durante diez años (1957-1967) desempeñó el cargo de secretario de redacción en la Revista de la Universidad de México, donde fue adquiriendo un merecido reconocimiento que pronto le permitió trabajar y colaborar en las principales publicaciones culturales del país azteca, como la Revista Mexicana de Literatura(1963-1965) y las mundialmente conocidas Plural (1973-1976) y Vuelta, ambas fundadas por el premio Nobel de Literatura Octavio Paz.

Su incesante actividad editorial le impulsó también a fundar y dirigir la publicación Diagonales. Su obra se hizo pronto merecedora de galardones prestigiosos como el Premio Teatral Ciudad de México (1956), el Premio Elías Souraski (1974) y el Premio Anagrama de Ensayo (1980). En julio de 2001 recibió el Premio Juan Rulfo, uno de los galardones literarios más importantes de Latinoamérica.

De su obra teatral destaca El canto de los grillos (1958), obra que presenta el contraste entre la vida rural en provincias y la vida urbana en México D. F., y la pugna generacional entre los partidarios de la primera (los viejos) y los que se han habituado a la segunda (la juventud). La puesta en escena de El canto de los grillos, realizada por el poeta y dramaturgo Salvador Novo, fue elogiada unánimemente por la crítica y el público, y constituyó uno de los mayores éxitos teatrales de su tiempo.

En su faceta de narrador, Juan García Ponce se inició con recopilaciones de relatos breves: Imagen primera (1963) y La noche (1963). En su primera novela, Figura de paja (1964), combinó elementos realistas e ingredientes fantásticos a la hora de reproducir la atmósfera en la que se desenvuelven sus protagonistas, mientra que La casa en la playa (1966) enfrentó las formas de vida de dos parejas en sus respectivos ambientes de Mérida y Progreso.

En su amplia producción ensayística estudió la obra de Robert MusilJorge Luis BorgesPierre Klossowski y Herbert Marcuse, entre otros autores. Dedicó asimismo numerosos ensayos a la pintura (Paul Klee, de 1965; Nueve pintores mexicanos, de 1968) y a temas diversos.

Territorio Lolita de A. Clavel reseña de Paola Velasco

“Hace unas cuantas noches soñé con Vladimir Nabokov. […] Ahí, sentado detrás de su escritorio, estaba esperando a que le llevasen a Lolita. Alguien tomaba alguna de entre las muchas niñas reunidas en el cuarto de al lado y se la ponían frente al escritorio. Nabokov negaba con la cabeza. Ésa no era la Lolita verdadera.” El sueño pertenece a Juan García Ponce, ferviente admirador de los erotizados mundos creados por Nabokov y de su perfección literaria; hechizado —y erizado— por la creación máxima del maestro ruso, a la que rindió homenaje en su cuento “Ninfeta”, donde hace eco de las palabras “There is nothing more atrociously cruel than an adored child”, cuando su personaje exclama “¡Nada hay tan peligroso como la inocencia!” El fragmento es sugerente por una razón de la que el soñador —por serlo— no es desde luego consciente: frente al hombre que espera detrás del escritorio, desfila un carrusel de púberes inciertas, niñas entre nueve y catorce años en un acto de exhibición al que no se le puede desprender cierto barniz de meretricio. Su ir y venir tiene como propósito facilitar su elección a la escrutadora mirada masculina. Y si bien los seguidores de Nabokov pensamos que H.H. no busca sexo sino amor (así quebrante los límites de lo permitido) al que la existencia fugaz de su objeto adorado —una niña que pronto dejará de serlo— vuelve trágico, lo cierto es que en el binomio Humbert-Lolita y en sus varios sucedáneos es siempre la perspectiva masculina la que construye a la nínfula, la que determina quién es la verdadera Lolita. En Territorio Lolita, Ana V. Clavel, además de ofrecer una pormenorizada y atractiva recopilación de ejemplos literarios, fotográficos y cinematográficos de la genealogía, parentescos y derivaciones de Lolita, hace hincapié en este aspecto central: ni Nabokov ni quienes le siguen se detienen en las entrañas del personaje, en los resortes internos que mueven a la menor, sus sentimientos, anhelos y deseos propios, si no es desde la voz de su corruptor: desde su mirada anhelante y culpable que nos la presenta las más de las veces como un demonio provocador de fingida inocencia —“Niña descarriada” la llama el supuesto prologador de Lolita—, una mirada que, como bien señala Clavel, transforma al arquetipo en un estereotipo de grandes ventas. Ideal despojado de su original misterio, vuelto fórmula. Repetición. Nabokov acuñó un símbolo poderoso que echó raíces en el imaginario, un mito contemporáneo que tiene ganado un lugar junto a Don Quijote, Romeo y Julieta o Ulises, y cuya penetración en la cultura es tan honda que, por ejemplo, así como del infierno de Dante descendió el adjetivo “dantesco”, en Chile llaman lolas o lolitas a las adolescentes, un vocablo genérico que no tiene ya connotaciones sexuales. Fuera de discusión queda si “Lolita”, el cuento de Heinz von Lichberg escrito en 1916, puede ser considerado precursor de Lolita, a la que defendemos su categoría de prototipo, de primer molde, asunto del que —junto con El hechicero, intento preliminar de Nabokov por darle vida a su nínfula— también se ocupa con un buen análisis Ana V. Clavel. Hilando ejemplos notables, Clavel señala la paradoja: en la vastísima recreación del mito, Lolita permanece como territorio inexplorado. “Virgen” lo llama la autora con una sagacidad que invita a penetrar en la interioridad de la nínfula, no en la llaneza del sentido carnal, sino como metáfora de lo desconocida que resulta a pesar de —y debido a— su vertiginosa reproducción como estereotipo, la adorada Lolita. Si bien Lolita es el corazón de este libro, Clavel explora sus alrededores trazando una genealogía en la que están presentes Caperucita Roja —de la que son bien conocidas las edulcoraciones por las que ha pasado el original para enmascarar cualquier reminiscencia de estupro—; la Alicia de Carroll acompañada por las pequeñas modelos que el autor fotografió desnudas o disfrazadas —entre las que figura Alice Liddell, el espécimen que originó su novela— capturadas por un Carroll empeñado en hacerlas permanecer en la imposible infancia; Brooke Shields, la nínfula cinematográfica de Pretty Baby que a los diez años —dos antes de su debut en esta cinta— posó desnuda para la lente de Gerry Gross en un proyecto de Playboy Press; sin desatender a su contraparte, llamados fáunolos por la autora, como el célebre Peter Pan y Tadzio, encarnación de la belleza en la novela de Mann y llevado a la pantalla por Visconti en la persona de Björn Andrésen, cuya carrera quedó fatalmente marcada por este personaje. Lolita es el sol luminoso en torno al que gravitan sus primos y hermanas menores en un recorrido tan grácil como las figuras que el libro persigue. Pero hay en él una sección interesante que colinda con el tema más por su asociación con el fetiche y porque con ella se pareciera ofrecer una opción de desfogue “aceptable” a los adoradores de nínfulas: las muñecas. El tema puede remontarse a Pigmalión, enamorado de una creación artificial, y toma tintes cada vez más complejos con las muñecas de silicona hiperrealistas de nuestro tiempo —a años luz de las muñecas inflables y que comienzan más bien a acercarse a la inteligencia artificial— llamadas Real Dolls, o Love Dolls en Japón, donde ya existen prostíbulos en los que puede optarse por muñecas sexuales y con las que los nipones establecen relaciones no sólo sexuales sino un vínculo afectivo incomprensible y perturbador para el mundo occidental. Clavel comparte con el lector su asombro ante esta franja de juguetes sexuales de los que, en efecto, aún no se ha inventado uno que pueda sangrar simulando una virgen, aunque a mediados de este año True Company lanzó a Roxxxy, con la que es posible representar una violación. Un mundo oscuro de límites inciertos que no puede sino incitar al debate. El horror por la femme fatale, encarnada en la figura de Lilith dentro del imaginario literario y pictórico del siglo XIX, encontró su contraparte en el amor por las niñas, imagen de la inocencia, del Edén detenido poblado de nínfulas y fáunulos al que Ana V. Clavel nos acerca en su último libro. Territorio sugerente y aún incierto que me recuerda las palabras de García Ponce sobre Balthus: “Sumergidas en su sueño, las niñas […] permanecen aparte, resguardadas en su inconsciente inocencia; pero el artista las mira y lo que es peor […] guía nuestra mirada. Ése es el crimen. […] La culpa de la mirada sustituye a la inocencia de lo mirado”. Territorio Lolita, profunda y amena exploración sobre un tema que sigue fascinando, es también una inteligente apelación de su autora a devolver cierta claridad a nuestra mirada para ver en su real esplendor, con su luz y su fuego, a la verdadera Lolita.

Territorio Lolita

Ana clavel

Ana Clavel nació en la Ciudad de México, el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en lengua y literatura hispánicas por la UNAM. Colaboradora de Di, Diluvio de Pájaros, Dosfilos, El Cuento, El Independiente, El Nacional, El Universal, La Jornada, La Orquesta, Nexos, Plural, Poliedro, Punto de Partida, Tierra Adentro, y Unomásuno.
Ana Clavel ha sido becaria del INBA/FONAPAS en narrativa, 1982; del FONCA, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento CREA, 1983, por En un rincón del infierno; premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la UNAM, 1983, por Tu bella boca rojo carmesí; premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1991, por el cuento Cuando María mira el mar (posteriormente Amorosos de atar). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela, 1999, por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata, 2004, de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres”, de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, 2005, por Las violetas son flores del deseo. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología de cuento mexicano finisecular, Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antologia di narratrice mexicana XX secolo.
Obra destacada de Ana Clavel
Novela
Territorio Lolita (2017)
El amor es hambre (2015)
Las ninfas a veces sonríen (2013)
Las violetas son flores del deseo (2007)
El dibujante de sombras (2005)
Cuerpo náufrago (2005)
Los deseos y sus sombras (2000)
Ensayo
A la sombra de los deseos en flor (2008)
Cuento
Amor y otros suicidios (2012)
Paraísos Trémulos (2002)
Amorosos de atar (1991)
Fuera de escena (1984)
Redes sociales
Web: https://anaclavel.com/  
Twitter@anaclavel99  
Facebook: Ana Clavel 

Ana-Clavel-1-800x445

 

https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/09a86ee4-ffcd-44e3-ab40-3c8a2d6142ee/territorio-lolita-de-ana-v-clavel

Dicen los que saben por Daniel E. Sánchez

Cuando me he propuesto escribir según un plan o una escaleta, algo sucede a la mitad del proceso: novelas que se convierten en cuentos; novelas cortas o cuentos que se convierten en novelas, ensayos narrativos, crónica, fragmentos autobiográficos, etcétera. Por eso trabajo con una especie de material primario alrededor de algo que llamaré dos o tres líneas de intuición. Escribo siempre la misma historia y las variantes posibles, que son muchas. No podría, por ejemplo, escribir una novela sobre zombies, o ambientada en la colonia, o sobre la vida interior de un sicario a sueldo del narcotráfico, porque nunca he conocido a uno, gracias a Dios; no podría escribir sobre cualquier cosa que no me haya sucedido o no me hayan contado de primera mano. Reconozco que esto es una limitación, pero entre los escritores también hay tipos, como signos zodiacales; el mío es el de los que escriben el mismo libro a lo largo de su vida.
Para mí no hay una gran diferencia entre el relato, la novela y los otros géneros narrativos. De manera personal prefiero las novelas que están hechas de relatos como El Quijote o Las aventuras del buen soldado Švejk o los libros de relatos que, me parece, pueden leerse como novelas: Winesburg, Ohio, Dublineses o Adiós a Berlín (aunque lo que más me gusta leer son las novelas cortas). Ejemplos hay muchos. Para mí los géneros son una mera convención editorial, o de mercado. Algo en lo que sólo se fijan los estudiantes de letras o las amas de casa. Siento que me quiero ir a dormir cada vez que escucho tonterías como “la muerte de la novela” o “texto híbrido”. Como sucede con los medicamentos, el género no es más que el vehículo (en este caso un pretexto), pues la sustancia activa son las historias, lo que un autor considera tan importante como para ser narrado. Y para mí lo más importante es lo humano; es decir: los personajes. No me gustan los autores que proclaman, por ejemplo, que en un cuento los personajes no deben tener profundidad y que la efectividad del género está en el giro o la anécdota. Peor que éstos son aquellos que se toman a broma la literatura y practican la minificción, y es así porque en ella no puede existir un personaje de verdad, complejo. El lenguaje por el lenguaje mismo me parece un ejercicio de pirotecnia que puede ser muy bueno (e incluso admirable), pero que dura sólo un instante en la vida de un lector, más allá de la primera capa de la memoria, es decir, en aquello que tiene que ver con el alma. Aún no conozco a nadie medianamente inteligente a quien le haya cambiado la vida “El dinosaurio” de Monterroso. Para textos breves, el haikú o el epigrama, es decir, la poesía.
Uno de los momentos más excitantes es cuando comienzo a ver la forma de un libro, de un concepto, entre el cúmulo de material que se acumula día con día. A veces pasan meses sin saber lo que estoy haciendo. Esta es la primera etapa, la de la intuición y lo irracional, lo emocional, la búsqueda de una atmósfera y un tono. Escribo sin parar y sin detenerme a pensar. El material está ahí adentro, es una mezcla de memoria, deseos, de carencias, símbolos. La segunda etapa consiste en buscar el orden intrínseco que desde un principio tenía ese material y que yo ignoraba; en ordenar, como los sucesores del profeta Mahoma lo hicieron con los suras del Corán dictados por el arcángel Gabriel. Ésta es la etapa material, de la edición, las correcciones. Disfruto mucho más ésta porque siento que ya trabajo con algo sólido. Imprimo versiones y corrijo sobre papel, escribo, reescribo pasajes, me lleno los dedos de tinta. Tengo algunas manías: y desde que perdí mi última pluma Parker una consiste en terminarme un bolígrafo desechable en la corrección final de un libro, aunque sé que tal vez deberían ser dos (durante esta segunda parte voy corrigiendo secciones hasta que tengo un conjunto uniforme, luego hago la corrección final). Cuando hago esto mi objetivo es que el libro pueda leerse de una manera fluida, y trato de acortar los pasajes líricos y eliminar las referencias culturales innecesarias; quito los juicios del narrador tal y como ya se recomendaba desde Chéjov. No lo hago por ideología sino porque es la clase de narrativa que a mí me gusta como lector. No me gusta el barroquismo, a menos que provenga de un verdadero maestro, y si algo me molesta es el narrador engreído y sabelotodo que pontifica a la menor provocación. n

Daniel Espartaco Sánchez. Escritor. Su más reciente novela es Autos usados.

Nació en Chihuahua, Chihuahua, el 13 de noviembre de 1977. Poeta. Estudió la Licenciatura en Historia, en la UNAM. Ha sido becario del FONCA en dos ocasiones (1998 y 2004) en el Programa de Apoyo a Jóvenes Creadores, en las especialidades de cuento y poesía; y en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores en la especialidad de novela; obtuvo el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes David Alfaro Siqueiros de Chihuahua, en guión cinematográfico. Ganador del Premio Benemérito de América, en poesía, categoría juvenil, de la UABJ de Oaxaca. Premio José Carlos Becerra de poesía otorgado por la representación del Gobierno del Estado de Tabasco en el Distrito Federal. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2005, en cuento, por El error del milenio. Premio Bellas Artes Narrativa Colima para Obra Publicada 2013 por su libro Autos usados. Su obra está incluida en la antologíaNarcocuentos(Ediciones B, 2014).

Daniel_E._Sánchez

La muerte

Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quien apreciaba mucho. Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la Muerte. Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra, y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche. Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la muerte paseando por los bazares.
– ¿Por qué has asustado a mi sirviente? – preguntó a la Muerte.
– Tarde o temprano te lo vas a llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
– No era mi intención asustarlo -se excusó ella – pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.

berenice

Cita con la Muerte

 

Tres regalos de Gibran Jalil

Cierta vez, en la ciudad de Becharre, vivía un amable príncipe, querido y honrado por todos sus súbditos.
Pero había un hombre, excesivamente pobre, que se mostraba amargo con el príncipe y movía continuamente su lengua, pestilente en sus censuras.
El príncipe lo sabía. Pero era paciente.
Por fin decidió considerar el caso. Y, una noche de invierno, un siervo del príncipe llamó a la puerta del hombre, cargando un saco de harina de trigo, un paquete de jabón y uno de azúcar.
-El príncipe te envía estos regalos como recuerdo -dijo el siervo.
Y el hombre se regocijó, pues creyó que las dádivas eran un homenaje del príncipe. Y, en su orgullo, fue en busca del obispo y le contó lo que el príncipe había hecho, agregando:
-¿No ve cómo el príncipe desea mi amistad?
-Pero el obispo respondió:
-¡Oh! Qué príncipe sabio y qué poco comprendes. Él habla por símbolos. La harina es para tu estómago vacío, el jabón para tu sucia piel y el azúcar para endulzar tu amarga lengua.
Desde aquel día en adelante, el hombre sintió vergüenza hasta de sí mismo, y su odio al príncipe se hizo mayor que nunca. Pero, a quien más odiaba era al obispo que interpretó la dádiva del príncipe.
Sin embargo, desde entonces guardó silencio.

libano

Tres regalos

 

Una aventura con Pito Pérez de Rubén Romero

Llegué a Urapa, y en este pueblo rabón, situado ya en tierra caliente, me ofrecí como mancebo de botica.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —pregúntame el boticario.
—Jesús Pérez Gaona, para servir a usted… si es que nos
arreglamos.
—¿Qué sabes hacer?
—Píldoras —contesté sin faltar a la verdad, recordando la
frecuencia con que mis dedos exploraban mis fosas nasales.
—¿Y qué más? —inquirió el boticario, midiéndome con la
vista.
—Jarabes medicinales patentados en el extranjero.
—Pues voy a probarte unos días —resolvió el viejo— para
ver si me convienes.
Entré a servir en la botica, animado de los mejores propósitos. Era el boticario hombre de unos cincuenta años; llamábase José de Jesús Jiménez y pesaba ciento treinta kilos, después de haberse sometido a cuanto régimen le recomendaron para adelgazar. Cuando entraba en la botica apenas cabía dentro de ella, y a su paso, movíanse los frascos, los tarros y los botes, como agitados por un temblor de tierra. No dejaba su casa ni para asistir a los actos religiosos ni para concurrir a las juntas del Ayuntamiento, y era de una pereza tan peligrosa para su clientela, que hubiera sido capaz de sustituir en las recetas el jarabe de quina con la valeriana, con tal de no pararse de la silla de brazos en la que acomodaba su nalgatorio, igual que en un molde hecho a su justa medida. Como no podía tener vanidad de su cuerpo de barrica sin aros, o de su rostro, todo él convertido en papada, la tenía de haber cursado su carrera en una de las mejores escuelas del mundo, según pregonaba a toda hora, y a tal grado, que en el centro del rótulo de la botica, que se llamaba Farmacia de la Providencia, había un círculo con una alegoría que representaba los atributos de la medicina, y este
letrero dorado:
  1. de J. Jiménez.
Ex alumno de la Escuela
de Farmacia de
Guadalajara.
Ex Farmacéutico del Hospital
de San Juan de Dios.
Ex discípulo de don Próspero López.
Una mano anónima, ocultándose en las sombras de la noche, escribió debajo de tanto título, este otro:
Ex Cremento.
La mujer del boticario se llamaba Jovita Jaramillo, y por las iniciales de su nombre y las de su señor esposo, a la botica le decían en el pueblo El Cementerio de las Jotas.
Era doña Jovita una mujer como de cuarenta años, flaca y amarilla, pero de facciones correctas y con unos ojos verdes que contrastaban con el color de su piel y con el negro zaino de sus trenzas. En sus doce años de matrimonio no había tenido hijos, y esto seguramente influyó en que se agriara su carácter y en que fuera regañona hasta con su marido que, delante de ella, no alardeaba de cosa alguna.
Oí, cierta vez, que un amigo hizo alusión a la obesidad de mi amo, y él, bajando los ojos para contemplar aquella temblorosa montaña de manteca, suspiró tristemente, exclamando: ¡Hace diez años que no veo a mi Jesusito ni retratado en un espejo!
Comencé a granjearme la voluntad del matrimonio, trabajando afanosamente en cuanto me mandaban. Para proteger sus hábitos de pereza el boticario se sentaba en su silla, y abanicándose con un periódico, pasaba los días diciéndome el contenido de los frascos y la aplicación más usual de los medicamentos. No dejaba de recomendarme que en la preparación de las recetas empleara siempre las substancias similares más baratas, por ejemplo, bicarbonato de sosa en lugar de pricolita, azúcar a cambio de antipirina.
—Los médicos recetan cosas raras —decía—, sobre todo si no tienen un tanto por cierto en nuestras boticas, pero la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimañas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor número de personas. Aquí donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algún dinerillo para mi regalo, haciendo pócimas de simple jarabe y píldoras de inofensivo almidón.  Aprende, Jesús, sigue honradamente mi ejemplo y gozarás de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha.
Escuchando sus consejos comencé a preparar recetas caprichosas y a tomarle gusto al oficio, como el cocinero que pone un poco de fantasía al condimentar sus platos. En la farmacia, teniendo ciertas inclinaciones pictóricas, se pueden emplear sin peligro colorantes que alegren los ojos de los enfermos: el jarabe de rosas, el de grosella en las cucharadas del 1 y del 2, para los niños que padecen colerín. El verde vegetal convierte las píldoras en cabuchones de esmeralda, que las mujeres toman sin repugnancia, por su afición a los adornos y a las joyas. Pero lo que más satisfizo a nuestra clientela fue el uso del alcohol mezclado moderadamente en el agua hervida de las cucharadas, de los pozuelos y de los demás bebedizos.
A las primeras tomas los enfermos se animaban, cantaban, dormían bien, y algunos se escaparon de una muerte segura, con honra y fama para el médico que los asistía. Después, seguían surtiendo las recetas dizque para preservarse de todo género de dolencias. Como si me hubieran contagiado las enfermedades de todo el pueblo, yo daba el punto a tales medicinas, probándolas y saboreándolas lo mismo que los dulceros sus confituras.
En aquel empleo la cosa pintaba bien para mí: dormía en la rebotica, en un catre de tambor, con obligación de atender las llamadas nocturnas, para que don J. de J. no interrumpiera su apacible sueño; me alimentaban con la misma pitanza de los amos: en las comidas del mediodía un plato rebosante de caldo, otro de arroz, carne cocida y frijoles. Al amo le doblaban la ración, y el caldo lo tomaba sorbiéndolo estrepitosamente de una sopera, después de aderezarlo con quince cosas distintas: plátano, sal, limón, chile, granos de granada, orégano, elote, aguacate, pedazos de tortilla, un chorro de vino tinto, otro de aceite, migas de pan francés, rodajas de huevo duro, cebolla y papas cocidas. Él mismo, diariamente, preparaba tan variado mejunje, con un gesto supersticioso de sacerdote que celebra un extraño rito, ante los ojos indiferentes de doña Jovita que no paraba de quejarse de algún mal imaginario. De los platos de antojo quintuplicábanle la ración, y maravilla pensar cómo no se derramaba el pozo de las defecaciones de aquella casa con los frecuentes viajes que a él hacía el señor boticario.
Al alcance de mi mano tenía los frascos de los cordiales y el cajón del dinero que prudentemente soportaba mis acometidas. Por algo le llaman don Prudencio los dependientes de las tiendas.
Además, Urapa es un pueblo chico, de pocos habitantes, y hasta allí era difícil que llegaran las pesquisas de mi amantísima familia para conocer mi paradero. El pueblo, pues resultaba un paraíso, sin la molestia de convivir con los animales de la creación, cada uno encerrado en su casa. Pero no hay paraíso sin tentaciones. ¿Desperté yo, por imprudente, las adormecidas dentro de aquel hogar, al contarles a los amos que en mi pueblo me llamaban Pito Pérez? Quizá por asociación de ideas, una tarde doña Jovita gritó, desde el interior de su cuarto:
—Muchacho, tráeme un poco de linimento.
Con mi cara de santo mojarro llevé el pomo de linimento a la pieza de la patrona que, tendida en su cama, boca abajo, quejábase pesarosamente. Según ella, le dolía un costado, la espalda, el cuello, y no resistía ni el peso de una mosca.
—Es el reuma que me sube y me baja y me pone en un grito
—decía con voz de muchacho consentido—; pero mi esposo no se preocupa por mi salud, ni se acomide a darme una frieguita de algo. ¡Ay! ¡Aay! ¡Aaay! Por caridad úntame un poco de linimento en la espalda. Y doña Jovita se enderezó para aflojarse los broches del corpiño. Mi alma se encendió en una ardiente compasión para aquella infeliz mujer que tanto padecía, y con el pensamiento puesto en Dios, introduje mi mano por la abertura del vestido, comenzando a frotar suavemente la espalda desnuda.
—¡Así , así! —decían la enferma en tono suplicante.
Después, se volteó boca arriba, con los ojos cerrados, diciéndome dulcemente:
—También en la cintura y en el pecho para calmar este dolor que me mata.
Mi mano comenzó a frotar, y al subir tropezó con dos sólidas cúpulas cuyos pezones endureciéronse sensiblemente.
—Así, así —repetía la enferma. Y echándome los brazos al cuello, atrájome sobre su cuerpo dolorido…
Haciendo un juego de palabras, de las cúpulas pasamos a las cópulas. Los efectos de las medicinas fueron sorprendentes y, tarde a tarde, gritaba la enferma desde el fondo de su cuarto, en medio de quejidos lastimeros:
—Muchacho, trai el linimento.
Yo bajaba el frasco de su sitio y me aprestaba a cumplir devotamente con una obra de misericordia. Entretanto, don J. de J. quedaba al frente de la botica, inmóvil en su silla de brazos. Mas un día, uno de esos días aciagos que yo debiera relatar con una voz equivalente a letra bastardilla, coincidieron tres marchantes premiosos, y el farmacéutico, haciendo un esfuerzo sobrehumano, entró en mi busca hasta el interior de la casa. Empujó la puerta de la alcoba, y al mirar lo que miró, quedose de una pieza. El susto me hizo bajar de la cama, como un sonámbulo, mientras doña Jovita rompió a dar alaridos, igual que si le arrancaran las tiras del pellejo.
Salí del cuarto tropezando con los muebles, mientras el boticario despertaba de su asombro y con una elocuencia arrolladora llamaba a su mujer puta, malagradecida y sonsacadora de menores. Sin detenerme a recoger mis exiguos ahorros, abandoné la casa por la puerta del corral, con tanto miedo a las iras de aquel marido coronado, que resolví dejar inmediatamente el pueblo, y si me hubiera sido posible, el globo terráqueo, sin atentar contra la vida.
Aquella noche, caminando por un largo camino, cavilaba tristemente: ¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar con un señuelo! Iba otra vez a la aventura, sin casa ni sostén, y todo por haber olvidado la historia de la mujer de Putifar.
El cansancio del sendero hacíame evocar la vida quieta y regalona de la casa del boticario: los platos sustanciosos, los tragos de la hemoglobina falsificada y los buenos pellizcos al cajón del dinero. ¡Todo perdido para siempre por causa de la insospechada temperatura de la señora doña Jovita!…
—¡Es usted más poeta que yo, Pito Pérez! Y, ¿a dónde fue
usted a parar, después de sus amores con la boticaria?
—Mañana se lo contaré; ahora es preciso que yo vaya a consolar, con unas copitas, las penas que hemos removido. Hablar del pasado es resucitar un muerto, y yo tengo valor de hablar con los muertos únicamente cuando estoy borracho.

José Rubén Romero

(Cotija de la Paz, 1890 – Ciudad de México, 1952) Escritor y político mexicano que inscribió una parte de su obra en la línea costumbrista y la otra en la llamada Novela de la Revolución. Durante su juventud participó en el movimiento revolucionario. Más tarde fue comerciante, desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano. Fue cónsul general en Barcelona, ministro plenipotenciario en Brasil y embajador de México en Cuba.

Su primer libro, Apuntes de un lugareño (1932), contiene recuerdos de infancia y juventud. Su debut en la novela fue Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936), que muestra su desencanto por los resultados del conflicto armado. Su libro más famoso es La vida inútil de Pito Pérez (1938), obra inspirada en la picaresca española que mezcla humor y melodrama. En Rosenda (1946), su estilo sencillo y directo se llena de poesía para recrear el ambiente provinciano de su tierra natal.

Horacio

Un día como hoy en el año 8 a.c. murió Quinto Horacio Flaco, simplemente *Horacio*, según los entendidos el más grande poeta lírico y satírico latino. Autor de la frase *Carpe Diem* (aprovecha el día).
La frase se hace famosa en la película “La Sociedad de los poetas muertos”, a raíz de un poema de Walt Whitman. Aquí el poema de Whitman.
*CARPE DIEM*
Aprovecha el día.
No dejes que termine sin haber
crecido un poco, sin haber sido feliz,
sin haber alimentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el
derecho de expresarte, que es casi un deber.
No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario…
No dejes de creer que las palabras y la poesía, sí pueden cambiar al mundo; porque, pase lo que pase, nuestra esencia está intacta.
Somos seres humanos llenos de pasión, la vida es desierto y es oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Y tú puedes aportar una estrofa…
No dejes nunca de soñar, porque sólo en sueños puede ser libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores: el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes, huye…
«Yo emito mi alarido por los tejados de este mundo», dice el poeta;
valora la belleza de las cosas simples, se puede hacer poesía sobre las
pequeñas cosas.
No traiciones tus creencias, todos merecemos ser aceptados.
No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridades.
Piensa que en ti está el futuro, y asume la tarea con orgullo y sin ti miedo.
Aprende de quienes pueden enseñarte.
Las experiencias de quienes se alimentaron de nuestros «Poetas Muertos», te ayudarán a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros, los «Poetas Vivos».
*No permitas que la vida te pase a ti, sin que tú la vivas…*

horacio

Tomado del Fb de la pagina de Nora e. García

Breve manual para recoocer brujas modernas -José Manuel Ortiz Soto-

III (La paradoja del reloj)

Cada noche mi hija me pide llegar a casa media hora más tarde. Para que me dé tiempo de dormir a tu nieta, dice. La comprendo: sé lo incómodo que puede ser para los padres un hijo consentido por los abuelos (yo fui uno de ellos). Al día siguiente, salgo del trabajo dejo pasar dos trenes, camino otras dos vueltas a la manzana y, en lugar de tomar el elevador, subo por las escaleras los tantos pisos. Abro la puerta procurando no hacer ruido, pero apenas pongo un pie en el departamento, la pequeña Ixchel salta de la cama y corre a mi encuentro gritando: ¡Abu! ¡Abu! ¡Abu! Detrás de ella viene mi hija con cara de pocos amigos y me pide llegar a casa media hora más tarde.

bruja-moderna