Subir, subir,
hasta la cima;
sentirse dios
por un instante;
y después arrepentirse
de la blasfemia.

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Subir, subir,
hasta la cima;
sentirse dios
por un instante;
y después arrepentirse
de la blasfemia.

Tomado del Fb
Liu Yuejin es un cocinero. Un día, tras perder su bolso y mientras lo buscaba, encuentra otro lleno de secretos que involucran a personalidades de la alta esfera social. Los bajos fondos de mugre y sopa clara se entremezclan con las enormes villas de urbanizaciones privadas, las inmensas y modernas construcciones y los altos funcionarios corruptos.
Proliferan las desgracias de los protagonistas, meros peones prescindibles de una partida en la que están presentes los mejores ingredientes de la tradicional novela negra: corrupción, crimen, chantaje, sexo, dinero, violencia, muerte… ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano por unos cientos de billetes?
Los personajes de «El pequeño gran salto de Liu», saltando de un lado a otro con el único objetivo en sus vidas de llenar cada día el estómago, se convierten en simples briznas de paja en el huracán de la corrupción de altos vuelos.
http://stmargaretsaspley.co.uk/libro/B079G4TPG6.html

Pintor Javier Molina
Tomado de ciudadseva.com

Estos días tenemos en marcha otra de las escenas del taller de escritura, y por eso quiero aprovechar para publicar una entrada hablando de algunas de las claves para escribir un cuento, un relato corto o un microcuento como los del taller.

Como sabéis, uno de los requisitos para participar en el taller es que los textos que nos enviáis no pueden tener más de 750 palabras. La pregunta es: ¿se puede realmente contar una historia con 750 palabras? ¡Por supuesto que sí! Y con muchas menos. Solo hay que tener en cuenta que los mecanismos para contar no funcionan igual que los de la novela.
Veamos cuáles son algunos de esos mecanismos a través de este decálogo para escribir cuentos cortos:
Que no en la anécdota. El cuento no es solo una anécdota, ya que cuenta una historia, pero la narración ha de estar más condensada que en la novela y centrarse en lo que sucede, sin tiempo ni espacio para otras disertaciones.
En el cuento no hay lugar para largas descripciones o extensas divagaciones morales o psicológicas. Esto no quiere decir que el cuento tenga que ser simple y carecer de estos elementos. Pueden estar, pero en forma de subtexto, escondidas entre líneas o dichas directamente con las palabras justas. ¡Es todo cuestión de espacio!
Hace tiempo leí una frase que se me quedó grabada: una novela de ciencia ficción describe un mundo de ciencia ficción; un cuento de ciencia ficción narra hechos de ciencia ficción. Sin embargo, ambos subgéneros narrativos pueden hacernos reflexionar al leerlos.
A veces pecamos de querer contar historias muy ambiciosas que no tienen cabida en un relato corto. Recuerda que el cuento, por lo general, debe ocurrir en un espacio de tiempo breve, tener pocos personajes principales (2 o 3 como mucho) y una localización principal. Si no logras adaptar tu historia a estas premisas, puede que estés ante una novela corta y no de un cuento corto.
Toda idea puede simplificarse siempre, sólo hay que darle una vuelta. Por ejemplo, queremos contar la historia de un hombre que, tras pasarse muchos años dedicado a su trabajo, logró alcanzar el éxito profesional. Fue un tipo importante, ambicioso y que llegó a lo más alto, pero a costa de arriesgar su vida personal. Con el tiempo, cometió una serie de errores y se arruinó, dándose cuenta de lo que realmente era importante.
¿Se puede contar una historia así en apenas 750 palabras? Sí, pero solo si la simplificamos. Para ello, busquemos el instante con mayor fuerza, el momento de impacto de la historia, así sabremos dónde hay que centrarse. Yo creo que el punto álgido lo encontramos cuando se da cuenta de que se equivocó, por ello creo que deberíamos contar la historia cuando ya lo ha perdido todo.
Por ejemplo, Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina del centro de la ciudad, en una zona de oficinas cerca de donde él trabajaba tiempo atrás. Los mismos ejecutivos entre los que él se incluía antes, son ahora los que le ignoran y pasan por su esquina sin mirarle.
Recuerda, cuando tengas tu idea, simplifícala: busca el impacto, el instante.
Este debe de ser el consejo en el que más se insiste en cualquier libro o artículo sobre escritura, ¿verdad? Pero es que resulta fundamental y muchas veces se nos olvida, sobre todo a la hora de escribir cuentos.
Un cuento no es un resumen de una historia, sino una historia en sí. Tomando el mismo ejemplo del punto anterior, podríamos decir que Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina cerca de donde antes trabajaba. Entonces tenía mucho éxito, aunque se acababa de divorciar y no tenía mucho tiempo para sus hijos porque solo le importaba su trabajo, etcétera… ¿Qué es esto? ¿Es una historia o el resumen de una historia? En realidad es lo segundo.
Para narrar la historia tenemos que centrarnos en el instante, en la acción: Fulanito cuenta las monedas de su caja y se da cuenta de que no ha sido una buena mañana. Duda si le alcanzará para tomarse algo caliente… Mostremos lo que ocurre, demos imágenes, enseñemos la historia a través de la acción.
Aún siendo un relato muy corto, todo cuento ha de tener una introducción, un nudo y un desenlace. Por ejemplo: “el mendigo contando las monedas en su esquina y los ejecutivos pasando ante él envueltos en su abrigo” sería la introducción. Es lo que nos sitúa en la historia, en el qué, quién, dónde y cuándo.
El nudo podría ser “el mendigo está preocupado porque necesita tomarse algo caliente pero no le llega el dinero. Sigue pidiendo pero los ejecutivos lo ignoran.” El desenlace sería el final que le demos. Por ejemplo: “alguien se apiada de él y le da el dinero para que se tome el café”.
En el cuento es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Como decíamos antes, no hay lugar para disertaciones, así que olvídate de explicar que el mendigo se siente mal por su situación o que se arrepiente de haber perdido a su familia. Eso ha de quedar implícito en la acción. Deja que el lector lo deduzca.
Por ejemplo, en lugar de explicar que el mendigo tenía familia y la perdió junto con su trabajo, podemos hacer que entre los ejecutivos que cruzan ante él, el mendigo reconoce a su hijo e intenta decirle algo. El hijo se vuelve hacia él con cara de fastidio y, sin reconocer a su padre, le da una moneda, solucionando el problema de tomar algo caliente esa mañana. Pero, obviamente, al mendigo ya no le importa el café.
Del principio al final, cada frase del cuento tiene que estar ahí con una función. Si tienes poco espacio, pocas palabras, aprovéchalas bien. Esto no es necesario hacerlo en la primera escritura, pero sí en la revisión. Desmenúzalo, analiza cada frase, cada elemento, y piensa qué función cumple en la historia. ¿Es imprescindible? Si la esencia del texto se comprende sin esa frase, elimínala.
No des toda la información al inicio. Dosifícala y lleva al lector hasta la última palabra. Si contamos de partida que el mendigo era antes un ejecutivo y que acaba de encontrarse con su hijo, luego nos quedamos sin dinamita.
Siempre que puedas, intenta que al final del texto haya un giro, un golpe de efecto, una sorpresa. Que esté justificada, claro, pero que dé un nuevo sentido al texto.
Es mejor empezar por el mendigo con frío que ha de conseguir dinero para algo caliente. Así creamos un buen punto de partida. Luego podemos contar ya que él antes era uno de esos ejecutivos que ahora le ignoran, porque esto nos produce más curiosidad sobre el personaje. De pronto, reconoce a alguien entre la multitud y llama su atención (más intriga). Esta persona no le reconoce, pero le da dinero, aunque al mendigo ya no le importa el dinero, porque el ejecutivo era su hijo (dejamos el golpe de efecto para el final).
Una de las cosas más difíciles pero también de las más importantes es lograr que el cuento deje huella en el lector. Una vez haya terminado, el texto ha de dejar un eco en su interior, una reflexión, un sentimiento.
Para ello, la última frase es fundamental. Si logramos que contenga un giro o una imagen impactante que arroje luz sobre el resto de la narración, estaremos en el buen camino.
Volviendo al caso del ejemplo, lo ideal es llegar al final sin saber quién es el ejecutivo al que el mendigo ha reconocido y que acaba de darle el dinero. En esa última frase (que además debería ser corta, sencilla y directa para causar mayor impacto) revelaremos que se trata de su hijo (un buen giro final) y dejaremos entrever que el mendigo ya no está preocupado por el dinero (ni lo mira), sino que observa cómo su hijo se aleja sin poder hacer nada para evitar que cometa los mismos errores que él cometió en el pasado.
No tienes espacio para descripciones largas ni disertaciones, pero el cuento también ha de tener ambientación para envolver al lector. Para ambientar en un texto muy corto, usa el tono, el narrador, el lenguaje y selecciona las palabras adecuadas. No es lo mismo decir “ciénaga” que decir “pantano”; tampoco es igual “bruma” que “niebla”. Cada palabra te ayuda a construir la atmósfera. Elígelas con cuidado.
Por ejemplo, para la historia del mendigo, nos encontramos en una ciudad, una mañana de invierno en la que hace mucho frío, pero no es necesario decir todo esto. Podemos ver el frío en el vaho que sale de la boca del personaje o haciendo que se frote las manos envueltas en guantes antes de contar el dinero. Incluso, mejor aún, podemos verlo todo a través de los ejecutivos que entran en sus oficinas envueltos en gruesos abrigos mientras ignoran al mendigo. En esta imagen sabemos que es una ciudad, que es por la mañana, es invierno y hace frío.
Tenemos muy poco espacio para desarrollar nuestra historia y ya hemos dejado claro que cada palabra cuenta, ¿verdad? Pues tengamos algo de picardía y aprovechémoslas bien todas. El título es un espacio extra que puede resultar muy útil. Lo ideal: que sugiera, intrigue y arroje una nueva luz sobre el texto una vez se haya terminado su lectura.
¿Se os ocurre algún título para el relato del mendigo que cumpla estas características?
Por último, nos queda un consejo fundamental para cualquier escritor que quiera dedicarse a escribir cuentos, aunque no tenga que ver con la escritura en sí: tenemos que leer cuentos. Si queremos entender cómo funcionan y cómo se escriben, es fundamental que los conozcamos. Hay que leer a Chéjov, a Horacio Quiroga, a Cortázar, a García Márquez, a Poe, a Borges, a Saki, a Ray Bradbury, a Bioy Casares, a Benedetti, a Monterroso… Tantos cuentos como se pueda.
Y hasta aquí las reglas fundamentales para escribir un relato corto. ¿Qué os han parecido? ¿Alguna más que añadiríais a la lista? Y, ¿qué me decís de los cuentos? ¿Soléis leer muchos? ¿Algún cuento o cuentista que os parezca imprescindible?
¡Feliz escritura!
Cómo nace y se hace un cuento según Borges
Decálogo del perfecto cuentista
Cómo escribir cuentos y cortometrajes




http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n116/articulo-6.html
Liu Zhenyun (Yanjin, 1958)
Autor bestseller en China cuyo tema suele ser hacia dónde se mueve su país ante el desconcierto por la irrupción del capitalismo. Sus obras han sido traducidas al español, inglés, francés, alemán, italiano, sueco, ruso, húngaro, árabe, japonés, coreano, vietnamita, entre otros. Además de sus relatos, es autor de varias novelas, muchas adaptadas ya al cine: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), El pequeño gran salto de Liu(2007), Yo no soy una mujerzuela (2012) y La palabra que vale por diez mil(2009), esta última ganadora del prestigioso Premio Mao Dun en 2011.
Este año la editorial mexicana Siglo XXI publicará La palabra que vale por diez mil y El pequeño gran salto de Liu.
Chi Zijian (Mohe, 1964)
Ganadora de los afamados premios literarios chinos Lu Xun —en tres ocasiones— y Mao Dun, actualmente es una de las escritoras más conocidas y leídas en China y vicepresidenta de la Asociación de Escritores de la provincia de Heilongjiang.
Ha publicado casi sesenta obras, novela principalmente. Su principal temática es, dentro del cotidiano, la vida urbana en sus aspectos más polémicos y escandalosos.
Es también una de las más traducidas a otros idiomas. Algunas de sus obras son El mes de la niebla y el cercado (1996), Baño de agua pura (2000), Bajo el árbol (2001), Todas las noches del mundo (2007), La nieve y los cuervos(2010). En español puede encontrarse la novela A la orilla derecha del río Argún (2008).
Jia Pingwa (Shangluo, 1952)
Uno de los escritores de relato y novela más populares en China, cuya obra ha sido prohibida en varias ocasiones en su país por su explícito contenido erótico.
Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, ruso, japonés, coreano y vietnamita, entre otras lenguas. La novela Ducha recibió el Premio Pegassus (1988) y su polémica La capital abandonada recibió el premio francés Femina a la mejor novela extranjera (1997). Hasta ahora está inédito en español.
Algunas de sus obras: Soy campesino, Ducha (1987), Noche blanca (1995), Contento (2007), Qinkong (2008), Shangzhou (2008), El viejo horno (2011).

Wang Anyi (Nankín, 1954)
Es una de las escritoras contemporáneas más publicadas en su país y con una gran proyección internacional gracias a todas las lenguas a las que se ha traducido su obra. Es una prolífera escritora desde la década de los setenta. Hoy en día es profesora en la Facultad de Lengua y Literatura de la Universidad de Fudan, en Shanghai, y es vicepresidenta de la Asociación de Escritores de China.
Ganadora del Premio Mao Dun en 1996 y del Premio Newman de Literatura China 2017, otorgado por la Universidad de Oklahoma, Estados Unidos. Su temática es la urbe, en donde destaca la ciudad de Shanghai, los sentimientos que desarrollan sus personajes, así como la compleja construcción de sus protagonistas.
Se pueden encontrar en español las novelas: La canción de la pena eterna, Amor en un valle encantado, Amor en una colina desnuda, Amor en un pequeño pueblo. Otras más son Lapso de tiempo (1988), Vida en patio pequeño (1988), Baotown (1989), Amor en montaсa baldía (1990) y La canción de la pena eterna (2010).
Mo Yan (Gaomi, 1955)
Conocemos en todo el mundo el nombre de Mo Yan, seudónimo de Guan Moye, por el Premio Nobel de Literatura que recibió en 2012, y que puso a China en el mapa de la literatura internacional. Este famoso escritor ha reconocido en varias ocasiones la influencia de la literatura occidental en su formación, incluyendo a Cortázar y Faulkner entre sus autores favoritos.
Militar de profesión, estudió en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército en los ochenta, década en la que sus historias toman gran fama, aunque también sufrió de censura con su afamada novela Grandes pechos amplias caderas.
Sorgo rojo, Happy Times y Nuan han sido adaptadas al cine y muchas otras se han traducido a varios idiomas, entre ellos el español. Sorgo rojo (1987), Las baladas del ajo (1988), Trece pasos (1989), La república del vino (1992), Grandes pechos, amplias caderas (1996), El suplicio del aroma de sándalo(2001), La vida y la muerte me están desgastando (2006), Rana (2011), Cambios (2010).
Xu Zechen (Jiangsu, 1978)
Autor destacado de la generación post-1970, cuya producción se centra en el retrato de la sociedad urbana en expansión. Actualmente editor de la revista literaria Renmin Wenxue. Ganador de varios premios literarios. Jerusalén(2014) fue considerada entre las diez mejores novelas del año por Asia Weekly.
Sus obras han sido traducidas al inglés, español, francés, holandés, japonés, coreano, italiano, ruso y mongol.
Con una producción de relatos y novela, destacan sus obras Cine al aire libre (2006), Las ruedas son redondas (2008), Corriendo a través de Zhongguancun (2008); Tren nocturno (2009), A la orilla del lago (2010), Una breve historia del tiempo (2012) y Mi amigo Don Quijote (2015).
Sunzi
Autor de El arte de la guerra (Sunzi Bingfa), también conocido como Sun-Tzu. No es un contemporáneo, pero sí un clásico imperdible. Existen centenares de traducciones en español de este título. Tratado militar que data del año 130 a. n. e., refleja la filosofía y estrategia de guerra de esta milenaria cultura; obra imprescindible para entender el pensamiento chino en la antigüedad, pero que sorprendentemente puede ser aplicado a nuestros días en cualquier ámbito.
Mirlo publicó este año en México una edición ilustrada por Marcos Castro con la traducción directa del chino antiguo al español de la investigadora y profesora del Colmex Liljana Arsovska.

Zozocolco ver.
Un médico rural Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la

mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda. Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules. —¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas. No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado. —Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír. —¡Hola, hermano, hola, hermana! —gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor. —Ayúdalo —dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes. —¡Salvaje! —dije al caballerizo—. ¿Quieres que te azote? Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí. —Suba —me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado. Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente. —Yo conduciré, pues tú no conoces el camino —dije. —Naturalmente —replica—, yo no voy con usted: me quedo con Rosa. —¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla. —Tú vendrás conmigo —digo al mozo—; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje. —¡Arre! —grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: —Doctor, déjeme morir. Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente. —Sí —pienso indignado—; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo… En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia. —Regresaré en seguida —me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo —¿qué espera, pues, la gente?— se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna. —¿Me salvarás? —murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida. Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada? Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras: “Desvístanlo, para que cure, y si no cura, mátenlo. Sólo es un médico, sólo es un médico…” Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas. —¿Sabes —me dice una voz al oído— que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos. —En verdad —dije yo—, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil. —¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo. —Joven amigo —digo—, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca. —¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme? —Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo. Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve. —¡De prisa! —grité—. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros: “Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama”. A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

(Nueva York, 1895 – Los Ángeles, 1977) Actor cómico estadounidense. Provenía de una familia de inmigrantes judeo-alemanes que se instaló en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Dedicó toda su vida al mundo del espectáculo humorístico. No en vano, fue su propia madre quien le animó a empezar a actuar en distintos cabarets desde muy joven. Junto con sus hermanos Chico, Harpo, Gummo y Zeppo recorrió casi todos los escenarios de Norteamérica durante más de 25 años, y en 1920 actuó en su primera película, titulada Humor risk.

Groucho Marx
A este film le siguieron otros títulos que hicieron mundialmente famosos a los Hermanos Marx, como Sopa de ganso (Duck soup, 1933), Una noche en la ópera(A night at the opera, 1935), Un día en las carreras (A day at the races, 1937), Los hermanos Marx en el Oeste (Go West, 1940) y Una noche en Casablanca (A night in Casablanca, de 1946); su última película, Amor en conserva (1949), contó con una casi debutante Marilyn Monroe en el reparto. Entre sus múltiples colaboraciones, Groucho Marx trabajó como comentarista cómico en un programa de radio llamado You Bet Your Life. Con motivo de sus apariciones en dicha emisión, recibió el Premio al Mejor Humorista del Año en 1949.
Parte de sus guiones radiofónicos quedaron registrados en la monografía Groucho y Chico, abogados (Flywheel, Shyster and Flywheel), editada por Michael Barson en 1989. La producción literaria de Groucho Marx siguió encuadrada en la misma tónica que caracterizaba sus actuaciones en la gran pantalla. En 1933 publicó Camas (Beds), su primer libro. Otros ensayos conocidos del autor son Many Happy Returns (1942), Groucho y yo (Groucho and Me), de 1959, Memorias de un amante sarnoso (Memoirs of a Mangy Lover), de 1963, The Groucho letters (Las cartas de Groucho), de 1967, y el libro de memorias The Groucho phile; an illustrated life (La figura de Groucho; una biografía ilustrada), de 1976.
Un humor disparatado, mordaz e incluso cínico marcó la vida del cómico estadounidense. La particular «filosofía marxiana», basada en el porte descarado y en la visión hipercrítica de los convencionalismos sociales, ha influido en generaciones de intelectuales del mundo entero. Poco antes de morir, la Academia de Hollywood le concedió un Oscar honorífico, en reconocimiento a toda su carrera cinematográfica.
El viento ronroneaba sobre las plantas y la tarde enterraba su bochorno.
Salíó la luna con su vestido de papel bond.
Bajo el árbol de caimito, llenaba mi cubetita de inmensidad.
Las ramas verdes parecían brazos caídos.
Se cerraba el día y llegaba el crepúsculo entre el cuchicheo de las hojas.
La tarde abrió el paraguas y bajo hasta las orejas las alas del sombrero.,
la luna lucía su falda cobre y en su ombligo el dije de Venus..
Las ramas temblaban con su piel de gallina.
Yo, me entegaba al bing bang de la mecedora,
la misma que me conoció el trasero de niño.
Mañana lloverá. me dijo el grillo de a lado.
Asi es, dijo la chicharra apretando sus alas.
A un costado, pegados a la cerca, los galanes tenían su fiesta;
y cada vez que abría la flor,
se escuchaba la gritería de:otro, otro otro..
.mañana lloverá y me dormí.
