El orden de los factores de Pere Calders

Le tocó un entrevistador de aquellos que se quieren lucir con preguntas impertinentes. El invitado al programa era un prohombre ilustre y el locutor le preguntó de pronto:
-¿Sería Usted capaz de dar la vida por una idea?
El entrevistado se abrió de corazón y, ofreciendo el perfil favorecedor a la cámara, dijo:
-No. Me gustaría más encontrar una idea que me salvara la vida.

Tomado del Fb

El pequeño gran salto de Liu de Liu Zhenyun*

Liu Zhenyun nos propone en «El pequeño gran salto de Liu» un juego: atrapar al ladrón. Se trata de una frenética narración tragicómica en la que los robos y la violencia se suceden movidos por la avaricia.

Liu Yuejin es un cocinero. Un día, tras perder su bolso y mientras lo buscaba, encuentra otro lleno de secretos que involucran a personalidades de la alta esfera social. Los bajos fondos de mugre y sopa clara se entremezclan con las enormes villas de urbanizaciones privadas, las inmensas y modernas construcciones y los altos funcionarios corruptos.

Proliferan las desgracias de los protagonistas, meros peones prescindibles de una partida en la que están presentes los mejores ingredientes de la tradicional novela negra: corrupción, crimen, chantaje, sexo, dinero, violencia, muerte… ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano por unos cientos de billetes?

Los personajes de «El pequeño gran salto de Liu», saltando de un lado a otro con el único objetivo en sus vidas de llenar cada día el estómago, se convierten en simples briznas de paja en el huracán de la corrupción de altos vuelos.

http://stmargaretsaspley.co.uk/libro/B079G4TPG6.html

  • Dice que se puede bajar en pdf. ¿será? Busco un fragmento de su obra pero no he tenido suerte, si ustedes  tienen suerte, les pido me manden una copia.

Una familia Feliz de Lu Sin

“Escribir sólo cuando uno se siente inspirado. Eso es de veras hacer obra de arte, una obra que, como la luz del sol, irradie de una fuente infinita de claridad y no simplemente la chispa que brota del roce de la piedra con el hierro; sólo entonces el autor es un verdadero artista. Mientras que yo… ¡escribir como lo he hecho!…”
Cuando llegó a este punto de sus reflexiones saltó de la cama. Hacía tiempo que venía diciéndose que era absolutamente necesario escribir algo a fin de obtener un poco de dinero para la casa; aun más, había decidido por anticipado enviar su manuscrito a La Felicidad, revista mensual, porque pagaba mejor que otras publicaciones. Pero tenía que encontrar un tema conveniente, de otro modo podrían rechazar su trabajo. Bueno, iba a encontrar uno… “¿Cuáles son los problemas que inquietan a los jóvenes en la actualidad?… Son muchos, sin duda, pero tal vez la mayor parte de ellos se refiere al amor, al matrimonio, a la familia… Sí, hay muchos jóvenes que viven preocupados de estas cuestiones y las discuten todos los días. Bueno, vamos entonces con la familia. Pero ¿cómo presentarla?… Porque hay que hacer las cosas de modo que esta novela breve no sea rechazada. Pero ¿para qué estar prediciendo desgracias? Sin embargo…”
Saltó del lecho y de cuatro o cinco brincos se aproximó al escritorio; se sentó, sacó del cajón una hoja de papel con cuadrículas verdes y, aunque con cierta sensación de humillación, escribió sin vacilar el título:Una familia feliz.
Hecho esto, su pincel se inmovilizó. Levantó los ojos al cielo raso, pensando en el sitio en que colocaría a esta familia feliz. ¿Pekín? No, un lugar demasiado muerto, hasta el aire que se respira parece muerto. Y aunque esta familia viviera en una casa rodeada de altas murallas, el aire de Pekín no dejaría de llegarle. ¡No, imposible! En Chiangsú y en Chechiang se prevé una guerra de un día a otro. En Fuchián, ni hablar. ¿Sechuán? ¿Guangdong? Están en plena guerra civil.2 ¿Tal vez Shangdong o Jonán?… De ninguna manera, uno de mis personajes podría ser secuestrado y si cualquiera de ambos esposos es apresado por los bandoleros, la familia se convertiría en una familia desgraciada. Por otra parte, las casas situadas dentro de las concesiones de Shanghai o Tientsín cobran alquileres demasiado subidos… ¿Y si los pusiera en el extranjero? No, sería completamente ridículo. No sé tampoco en qué situación están Yunnán y Guichou, pero las comunicaciones son tan difíciles…
Después de haber reflexionado largamente y al no encontrar un solo sitio apropiado, decidió inventar una ciudad que llamaría A. Pero de pronto lo asaltó otra idea: “Existen no pocas personas que están contra el empleo de letras del alfabeto europeo; dicen que reemplazar el nombre de una persona o de un sitio por una inicial, disminuye el interés del lector. Más seguro será que en esta novela me abstenga de hacerlo… Pero ¿qué lugar será mejor, entonces? En Junán hay guerra, en Dalian los alojamientos son muy caros… En Chahar, en Chilin, en Jeilongchiang…, bueno, he oído decir que hay muchos bandidos; no, tampoco sirve esto…”
Volvió a dedicar largos minutos a la reflexión, pero fue inútil; no pudo encontrar un sitio conveniente para su relato. Finalmente decidió que esta familia feliz viviría hipotéticamente en una ciudad llamada A.
“En definitiva, esta familia tiene que vivir en A; se acabó la discusión. La familia se compone naturalmente del marido y la mujer, el señor y la señora, que se han casado por amor. Su contrato de matrimonio comprende una cuarentena de cláusulas muy detalladas, que aseguran a los esposos una igualdad perfecta y una gran libertad. Ambos son muy cultos, pertenecen a la élite intelectual… Haber estudiado en Japón es cosa pasada de moda… Es mejor que hayan estudiado en algún país de Occidente. Él se viste siempre a la europea, con cuello almidonado e impecable. Ella tiene siempre los rizos en la frente, suaves y vaporosos, peinados al estilo de un nido de gorriones. Luce siempre dientes nacarados, pero lleva el vestido chino…”
-No, no, eso no… ¡Veinticinco libras!
Al oír una voz de hombre que venía de bajo la ventana, instintivamente se volvió en esa dirección. Pero las cortinas estaban descorridas y el sol brillaba tan fuerte que la reverberación le causó dolor en los ojos. Pronto oyó ruido de trozos de leña que caían al suelo. “No tengo nada que ver con eso”, pensó volviéndose para continuar en sus reflexiones. “¿Veinticinco libras de qué?… Pertenecen a la élite intelectual, aman la literatura y el arte. Pero como han sido criados en el seno de familias felices, no gustan de las novelas rusas… La mayor parte de las novelas rusas muestran a gente del bajo pueblo y por lo tanto no son adecuadas para esta familia.
“¿Veinticinco libras? No pensemos en esto. ¿Qué leen entonces? ¿Los poemas de Byron, los de Keats? No, eso no, no es seguro… Ah, ya lo tengo, están maravillados con el libro Un marido ideal. Bueno, la verdad es que todavía no he leído ese libro, pero si los profesores de la Universidad lo elogian tanto, supongo que a este matrimonio le encantará. Ambos lo leen, cada uno tiene su ejemplar; hay dos ejemplares de Un marido ideal en el seno de esta familia…”
Experimentó una sensación de vacío en el estómago y, dejando el pincel, se agarró la cabeza con ambas manos, lo que le dio la posición de un globo suspendido de dos columnas. “…Están almorzando”, piensa. “Sobre la mesa hay un mantel de blancura nívea; el cocinero trae los platos, platos chinos. ¿Veinticinco libras de qué? No hay que pensar en esto. ¿Por qué platos chinos? Los occidentales dicen que la cocina china está a la cabeza del progreso, es la más sabrosa, la más sana; es la razón por la cual esta pareja prefiere los platos chinos. El cocinero trae el primer plato. Pero ¿qué puede ser el primer plato?”
-Leña para la lumbre…
Se sobresalta, vuelve la cabeza y ve a la dueña de su propia casa, de pie a su izquierda. Lo mira con ojos sombríos y tristes.
-¿Qué pasa? -pregunta él, descontento de que haya venido a trastornar su creación.
-Hemos agotado la leña para la lumbre y acabo de comprar más. La última vez las diez libras costaban veinticuatro sapecas y hoy cuestan veintiséis. Me propongo darle veinticinco por las diez libras, ¿qué piensas tú?
-Bien, bien, vaya por las veinticinco.
-No nos ha hecho un buen peso. Insiste en que hay veinticinco libras y media y yo pienso insistir en que hay veintitrés libras y media… ¿Qué crees tú?
-Bueno, vaya por las veintitrés libras y media.
-En ese caso, cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince…
¡Oh!… Cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince…, tampoco pudo terminar la multiplicación. Después de una pausa, de súbito cogió con brusquedad el pincel y en la hoja de cuadrículas verdes en que había escrito Una familia feliz, se puso a hacer el cálculo. Después de largos minutos levantó la cabeza y dijo:
-Cincuenta y ocho sapecas.
-Entonces no me alcanza; me faltan ocho o nueve sapecas.
Abrió el cajón de la mesa, sacó todas las monedas que había, cerca de treinta, y las puso sobre la mano tendida de ella. La miró partir y volvió a su escritorio. Su cabeza estaba pesada, como si fuera a estallar, llena de atados de leña. Cinco veces cinco, veinticinco. El cerebro parecía tener números arábigos impresos en todas direcciones. Aspiró profundamente, luego hizo una forzada espiración como si con ese recurso fuera a desocupar su mente de la leña para la lumbre, las cinco veces cinco, veinticinco y los números arábigos. Y, efectivamente, después de ese ejercicio de respiración, se sintió más relajado. Volvió a sus reflexiones, que eran un poco vagas:
“¿Qué platos? No hay nada que impida que esos platos sean extraordinarios. Lomo frito, holoturias con camarones son platos bastante comunes. Estoy empeñado en hacerlos comer ‘duelo entre tigre y dragón’. Pero ¿en qué consiste este plato? Algunos dicen que es un plato cantonés muy rebuscado que sólo se sirve en banquetes importantes y que lo preparan con gato y serpiente. Pero yo vi este plato en el menú de un restaurante en Chiangsú. En Chiangsú no comen a lo mejor gatos ni serpientes. Quizás, como me dijo otro, este plato se hace con ranas y anguilas. Bueno, entonces, ¿de qué provincia tendrían que ser ambos esposos? Tanto peor, dejemos eso de lado. En todo caso, de cualquiera provincia que sean, pueden muy bien comer una mezcla de gato con serpiente o de ranas y anguilas sin que la felicidad de la familia se vea afectada en absoluto, bueno, quedamos en que el primer plato que se les sirve es ‘duelo entre tigre y dragón’. No hay más que hablar sobre esto.
“Ahora que el plato ‘duelo entre tigre y dragón’ se halla al centro de la mesa, los esposos levantan los palillos al mismo tiempo y señalando el plato se miran sonriendo:
“-My dear, please.
“-Please, you eat first, my dear.
“-Oh, no, please you!3
“Y ambos, con sus palillos, sacan al mismo tiempo un trozo de serpiente… No, no, no está bien; la carne de serpiente es demasiado ordinaria; es mejor decir que sacan un trozo de anguila. En tal caso, el ‘duelo entre tigre y dragón’ tiene que componerse de ranas y anguilas. Ambos sacan simultáneamente un pedazo de anguila de igual tamaño. Cinco veces cinco, veinticinco, tres veces cinco… Dejemos eso. Se llevan los trozos a la boca al mismo tiempo…”
Tuvo deseos irreprimibles de volverse para ver lo que ocurría a sus espaldas, porque sentía gran animación, que alguien iba y venía varias veces; pero se contuvo y continuó pensando distraídamente:
“Esto parece un poco sensiblero; no se es tan sentimental en la vida de familia. ¿Por qué tengo todo tan confuso en la cabeza? Temo que no voy a llegar a dar fin a esta historia, a pesar de que tiene un título tan bonito…
“Tampoco es absolutamente necesario que hayan estudiado en el extranjero; pueden haber estudiado en una universidad china, pero ambos tienen diploma universitario y pertenecen a la élite intelectual, a la élite… El marido es escritor, la mujer también escribe, o por lo menos es apasionada por la literatura. O bien ella es poetisa y el marido un apasionado por la poesía; él es feminista. O mejor…”
No resistiendo más, volvió la cabeza.
Junto al estante de libros que se hallaba a sus espaldas se levantaba un montículo de coles: tres abajo, dos al centro y una encima, formando una A gigantesca.
“¡Oh!”, lanzó un suspiro de asombro; el calor le subió a las mejillas y sintió una picazón corriéndole por la espalda. “Pues…” Respiró profundamente como para desembarazarse de la picazón que tenía junto a la columna vertebral y luego continuó:
“…Es necesario que esta casa feliz tenga muchas habitaciones. Hay una despensa donde se pueden meter los repollos y otros elementos por el estilo. El dueño de casa tiene un despacho personal, con estanterías para libros que cubren todos los muros y junto a las cuales no hay coles, naturalmente. Estas estanterías están colmadas de libros, libros chinos, libros extranjeros, entre los que no falta Un marido ideal…, dos ejemplares. El dormitorio es una habitación separada, con un catre de cobre, o bien una cama más corriente; una cama de madera de olmo como las que fabrican los presos de la cárcel número uno no estaría mal; debajo de la cama hay mucha limpieza…” Echó una mirada al suelo debajo de su propia cama; la provisión de leña para la lumbre se había acabado y no se veía sino un trozo de paja trenzada, estirado en el suelo como el cadáver de una serpiente.
“Veintitrés libras y media…” Tuvo el presentimiento de que la leña para la lumbre iba a llegar -cargas y más cargas- y comenzó a dolerle la cabeza. Se levantó precipitadamente de la silla y fue a cerrar la puerta; pero cuando sus manos iban a tocar la perilla pensó que obrar de esa manera equivaldría en realidad a mostrar muy mal humor; en consecuencia, en vez de cerrar la puerta se limitó a bajar la cortina llena de polvo. Se dijo que esta medida, menos extrema que la de encerrarse, le evitaría también los inconvenientes de una puerta abierta; había alcanzado el justo término medio recomendado por los antiguos.
“La puerta del despacho del dueño de casa está, por lo tanto, siempre cerrada”, pensó mientras volvía a sentarse. “Si alguien necesita verlo, golpea la puerta y sólo entra cuando él lo autoriza. Este sistema es muy razonable. Cuando el marido está en su despacho y la mujer quiere ir a hablar de literatura con él, también golpea la puerta… Pero el marido no tiene nada que temer, ni mucho menos que ella vaya a llevarle un montón de coles.
“-Come in, please, my dear4.
“Pero, ¿qué se puede hacer cuando el marido no tiene tiempo para hablar de literatura? ¿La deja llamar discretamente a la puerta sin responderle? No, no es posible. A lo mejor este caso está descrito en Un marido ideal…, de veras debe ser una buena novela. Si me pagan por mi narración, tendré que comprar este libro…”
¡Pam!
Su espalda se enderezó, porque sabía por experiencia que ese “¡pam!” era el ruido que hacía la mano de su mujer al caer sobre la cabeza de la hija pequeña, de tres años.
“En esta familia feliz…”, pensó con la espalda tiesa, oyendo llorar a la niña, “los hijos llegan tarde, más tarde. O bien no llegan, lo cual es mucho más simple para dos personas. Pueden vivir en un cuarto de hotel, en una pensión con todo el servicio comprendido. Por otra parte, sería más simple que no hubiera sino una persona sola…”
Como los llantos de la niña redoblaban en intensidad, se levantó y cruzó la cortina pensando:
“Karl Marx escribió Das Kapital5 entre el ruido del llanto de sus hijos, lo que demuestra que era un gran hombre…”
Atravesó la habitación junto a la suya y abrió la puerta exterior; un fuerte olor a petróleo lo asaltó. La niña estaba tendida de boca, a la derecha de la puerta; al ver a su padre lloró aún con más ganas.
-Vamos, vamos, no llores así, no llores así, mi hijita buena… -Se inclinó para levantarla. Cuando la tenía en los brazos se volvió y vio a su mujer, de pie al otro lado de la puerta. También ella tenía la espalda tiesa y parecía muy enojada, las manos en las caderas, como si estuviera preparándose para hacer ejercicios gimnásticos.
-¡Tú también vienes a fastidiarme! En vez de ayudarme, lo echas todo a perder. Claro, tenías que dar vuelta a la lámpara de petróleo… ¿Cómo vamos a alumbrarnos esta noche?
-Vamos, vamos, hijita, no llores más -poniendo oídos sordos a las enérgicas palabras de su mujer, llevó a la niña a su habitación, sin dejar de acariciarle la cabeza-. Tú eres mi hijita buena -dijo poniéndola en el suelo. Se sentó, instaló a la pequeña entre sus rodillas, y levantando la mano, añadió-: No llores, hijita buena. Papá va a imitar al minino cuando se lava la cara. Mira.
Alargando el cuello, sacó la lengua, hizo como que se humedecía la palma de la mano y luego se la pasó por la cara, dibujando círculos en el aire.
-¡Ah, ja, ja, es la gata Florecilla! -dijo la niña riendo.
-¡Eso es, eso es, Florecilla! -Se pasó aún varias veces más la mano en círculos junto a la cara; la niña lo miraba sonriendo a través de sus lágrimas. De pronto se dio cuenta del parecido que existía entre esa linda carita de niña inocente y la de su mujer, cinco años antes. Los labios muy rojos eran exactamente los mismos, sólo que más pequeños. Había sido en un día de invierno soleado; al oírlo decir que estaba dispuesto a vencer todos los obstáculos y a hacer todos los sacrificios necesarios por ella, ella lo había mirado así, sonriendo a pesar de las lágrimas que nublaban sus ojos. Melancólicamente sentado en su silla, él daba la impresión de un hombre algo borracho.
“Ah, los hermosos labios…”, pensó.
De súbito se levantó la cortina y la leña para la lumbre hizo su entrada.
Recuperó su propio dominio y notó que la niña, aún con lágrimas en los ojos, lo miraba, los labios rojos entreabiertos. “Labios…” Echó una mirada de soslayo, vio que la leña llegaba por brazadas. “…Tal vez bastará que cuente cinco veces cinco, veinticinco, y nueve veces nueve, ochenta y uno, en el futuro, para que sus ojos se vuelvan sombríos y tristes…” Pensando en ello, cogió bruscamente la hoja de las cuadrículas verdes en la que había escrito un título y una serie de cifras, la arrugó y luego la estiró de nuevo y la aprovechó para enjugar los ojos y la nariz de la niña.
-Pórtate bien, anda a jugar sola.
La empujó hacia la puerta y lanzó con violencia la bola de papel arrugado al cesto de los papeles.
Se arrepintió en seguida de la brusquedad con la niña, y se volvió para mirarla alejarse solita. El ruido de la leña que arrojaban bajo la cama lo aturdió. Quiso concentrarse de nuevo y, sentándose a la mesa de trabajo, cerró los ojos, desterró los pensamientos que lo perturbaban y permaneció apaciblemente inmóvil.
La imagen de una flor negra, redonda y plana, con un corazón de color naranja, surgió bajo sus pupilas; pasó flotando del rabillo del ojo izquierdo al ojo derecho y luego desapareció. En seguida fue una flor de un verde vivo con un corazón verde oscuro; finalmente un montículo formado por seis coles, que se alzó ante él con el aspecto de una A gigantesca.
FIN

18 de febrero de 1924
1. Sü Chin-wen fue escritor coetáneo de Lu Sin. Dice Lu Sin que este cuento fue escrito al estilo de “Un compañero ideal”, de ese autor. (N. de los T.)
2. En aquel período había guerra civil entre los caudillos militares en muchos lugares de China. (N. de los T.)
3. -Por favor, querida
-Por favor, come tú primero, querido.
-Oh no, tú, por favor.
4. -Entra, querida, por favor.
5. Das Kapital: El capital.

Tomado de ciudadseva.com

Lu sin

Cómo escribir un cuento corto

Estos días tenemos en marcha otra de las escenas del taller de escritura, y por eso quiero aprovechar para publicar una entrada hablando de algunas de las claves para escribir un cuento, un relato corto o un microcuento como los del taller.

Cómo se escribe un relato corto

Como sabéis, uno de los requisitos para participar en el taller es que los textos que nos enviáis no pueden tener más de 750 palabras. La pregunta es: ¿se puede realmente contar una historia con 750 palabras? ¡Por supuesto que sí! Y con muchas menos. Solo hay que tener en cuenta que los mecanismos para contar no funcionan igual que los de la novela.

Veamos cuáles son algunos de esos mecanismos a través de este decálogo para escribir cuentos cortos:

1. Céntrate en la acción

Que no en la anécdota. El cuento no es solo una anécdota, ya que cuenta una historia, pero la narración ha de estar más condensada que en la novela y centrarse en lo que sucede, sin tiempo ni espacio para otras disertaciones.

En el cuento no hay lugar para largas descripciones o extensas divagaciones morales o psicológicas. Esto no quiere decir que el cuento tenga que ser simple y carecer de estos elementos. Pueden estar, pero en forma de subtexto, escondidas entre líneas o dichas directamente con las palabras justas. ¡Es todo cuestión de espacio!

Hace tiempo leí una frase que se me quedó grabada: una novela de ciencia ficción describe un mundo de ciencia ficción; un cuento de ciencia ficción narra hechos de ciencia ficción. Sin embargo, ambos subgéneros narrativos pueden hacernos reflexionar al leerlos.

2. No quieras abarcarlo todo

A veces pecamos de querer contar historias muy ambiciosas que no tienen cabida en un relato corto. Recuerda que el cuento, por lo general, debe ocurrir en un espacio de tiempo breve, tener pocos personajes principales (2 o 3 como mucho) y una localización principal. Si no logras adaptar tu historia a estas premisas, puede que estés ante una novela corta y no de un cuento corto.

3. Busca una idea y simplifícala

Toda idea puede simplificarse siempre, sólo hay que darle una vuelta. Por ejemplo, queremos contar la historia de un hombre que, tras pasarse muchos años dedicado a su trabajo, logró alcanzar el éxito profesional. Fue un tipo importante, ambicioso y que llegó a lo más alto, pero a costa de arriesgar su vida personal. Con el tiempo, cometió una serie de errores y se arruinó, dándose cuenta de lo que realmente era importante.

¿Se puede contar una historia así en apenas 750 palabras? Sí, pero solo si la simplificamos. Para ello, busquemos el instante con mayor fuerza, el momento de impacto de la historia, así sabremos dónde hay que centrarse. Yo creo que el punto álgido lo encontramos cuando se da cuenta de que se equivocó, por ello creo que deberíamos contar la historia cuando ya lo ha perdido todo.

Por ejemplo, Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina del centro de la ciudad, en una zona de oficinas cerca de donde él trabajaba tiempo atrás. Los mismos ejecutivos entre los que él se incluía antes, son ahora los que le ignoran y pasan por su esquina sin mirarle.

Recuerda, cuando tengas tu idea, simplifícala: busca el impacto, el instante.

4. No lo cuentes, muéstralo

Este debe de ser el consejo en el que más se insiste en cualquier libro o artículo sobre escritura, ¿verdad? Pero es que resulta fundamental y muchas veces se nos olvida, sobre todo a la hora de escribir cuentos.

Un cuento no es un resumen de una historia, sino una historia en sí. Tomando el mismo ejemplo del punto anterior, podríamos decir que Fulanito es un mendigo que cada mañana pide en una esquina cerca de donde antes trabajaba. Entonces tenía mucho éxito, aunque se acababa de divorciar y no tenía mucho tiempo para sus hijos porque solo le importaba su trabajo, etcétera… ¿Qué es esto? ¿Es una historia o el resumen de una historia? En realidad es lo segundo.

Para narrar la historia tenemos que centrarnos en el instante, en la acción: Fulanito cuenta las monedas de su caja y se da cuenta de que no ha sido una buena mañana. Duda si le alcanzará para tomarse algo caliente… Mostremos lo que ocurre, demos imágenes, enseñemos la historia a través de la acción.

5. Mantén la estructura

Aún siendo un relato muy corto, todo cuento ha de tener una introducción, un nudo y un desenlace. Por ejemplo: “el mendigo contando las monedas en su esquina y los ejecutivos pasando ante él envueltos en su abrigo” sería la introducción. Es lo que nos sitúa en la historia, en el qué, quién, dónde y cuándo.

El nudo podría ser “el mendigo está preocupado porque necesita tomarse algo caliente pero no le llega el dinero. Sigue pidiendo pero los ejecutivos lo ignoran.” El desenlace sería el final que le demos. Por ejemplo: “alguien se apiada de él y le da el dinero para que se tome el café”.

6. No lo des todo, sugiérelo

En el cuento es tan importante lo que se dice como lo que se calla. Como decíamos antes, no hay lugar para disertaciones, así que olvídate de explicar que el mendigo se siente mal por su situación o que se arrepiente de haber perdido a su familia. Eso ha de quedar implícito en la acción. Deja que el lector lo deduzca.

Por ejemplo, en lugar de explicar que el mendigo tenía familia y la perdió junto con su trabajo, podemos hacer que entre los ejecutivos que cruzan ante él, el mendigo reconoce a su hijo e intenta decirle algo. El hijo se vuelve hacia él con cara de fastidio y, sin reconocer a su padre, le da una moneda, solucionando el problema de tomar algo caliente esa mañana. Pero, obviamente, al mendigo ya no le importa el café.

7. Cada frase cuenta

Del principio al final, cada frase del cuento tiene que estar ahí con una función. Si tienes poco espacio, pocas palabras, aprovéchalas bien. Esto no es necesario hacerlo en la primera escritura, pero sí en la revisión. Desmenúzalo, analiza cada frase, cada elemento, y piensa qué función cumple en la historia. ¿Es imprescindible? Si la esencia del texto se comprende sin esa frase, elimínala.

8. Mantén el suspense

No des toda la información al inicio. Dosifícala y lleva al lector hasta la última palabra. Si contamos de partida que el mendigo era antes un ejecutivo y que acaba de encontrarse con su hijo, luego nos quedamos sin dinamita.

Siempre que puedas, intenta que al final del texto haya un giro, un golpe de efecto, una sorpresa. Que esté justificada, claro, pero que dé un nuevo sentido al texto.

Es mejor empezar por el mendigo con frío que ha de conseguir dinero para algo caliente. Así creamos un buen punto de partida. Luego podemos contar ya que él antes era uno de esos ejecutivos que ahora le ignoran, porque esto nos produce más curiosidad sobre el personaje. De pronto, reconoce a alguien entre la multitud y llama su atención (más intriga). Esta persona no le reconoce, pero le da dinero, aunque al mendigo ya no le importa el dinero, porque el ejecutivo era su hijo (dejamos el golpe de efecto para el final).

9. Impacto posterior

Una de las cosas más difíciles pero también de las más importantes es lograr que el cuento deje huella en el lector. Una vez haya terminado, el texto ha de dejar un eco en su interior, una reflexión, un sentimiento.

Para ello, la última frase es fundamental. Si logramos que contenga un giro o una imagen impactante que arroje luz sobre el resto de la narración, estaremos en el buen camino.

Volviendo al caso del ejemplo, lo ideal es llegar al final sin saber quién es el ejecutivo al que el mendigo ha reconocido y que acaba de darle el dinero. En esa última frase (que además debería ser corta, sencilla y directa para causar mayor impacto) revelaremos que se trata de su hijo (un buen giro final) y dejaremos entrever que el mendigo ya no está preocupado por el dinero (ni lo mira), sino que observa cómo su hijo se aleja sin poder hacer nada para evitar que cometa los mismos errores que él cometió en el pasado.

10. Ambienta con poco

No tienes espacio para descripciones largas ni disertaciones, pero el cuento también ha de tener ambientación para envolver al lector. Para ambientar en un texto muy corto, usa el tono, el narrador, el lenguaje y selecciona las palabras adecuadas. No es lo mismo decir “ciénaga” que decir “pantano”; tampoco es igual “bruma” que “niebla”. Cada palabra te ayuda a construir la atmósfera. Elígelas con cuidado.

Por ejemplo, para la historia del mendigo, nos encontramos en una ciudad, una mañana de invierno en la que hace mucho frío, pero no es necesario decir todo esto. Podemos ver el frío en el vaho que sale de la boca del personaje o haciendo que se frote las manos envueltas en guantes antes de contar el dinero. Incluso, mejor aún, podemos verlo todo a través de los ejecutivos que entran en sus oficinas envueltos en gruesos abrigos mientras ignoran al mendigo. En esta imagen sabemos que es una ciudad, que es por la mañana, es invierno y hace frío.

11. La importancia del título

Tenemos muy poco espacio para desarrollar nuestra historia y ya hemos dejado claro que cada palabra cuenta, ¿verdad? Pues tengamos algo de picardía y aprovechémoslas bien todas. El título es un espacio extra que puede resultar muy útil. Lo ideal: que sugiera, intrigue y arroje una nueva luz sobre el texto una vez se haya terminado su lectura.

¿Se os ocurre algún título para el relato del mendigo que cumpla estas características?

12. Una regla extra para escritores de cuento

Por último, nos queda un consejo fundamental para cualquier escritor que quiera dedicarse a escribir cuentos, aunque no tenga que ver con la escritura en sí: tenemos que leer cuentos. Si queremos entender cómo funcionan y cómo se escriben, es fundamental que los conozcamos. Hay que leer a Chéjov, a Horacio Quiroga, a Cortázar, a García Márquez, a Poe, a Borges, a Saki, a Ray Bradbury, a Bioy Casares, a Benedetti, a Monterroso… Tantos cuentos como se pueda.

Y hasta aquí las reglas fundamentales para escribir un relato corto. ¿Qué os han parecido? ¿Alguna más que añadiríais a la lista? Y, ¿qué me decís de los cuentos? ¿Soléis leer muchos? ¿Algún cuento o cuentista que os parezca imprescindible?

¡Feliz escritura!

Cómo escribir un cuento corto

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Ejercicio 7: Liu Zhenyun y el amor en los tiempos del móvil

Teléfono móvil comparte con muchas otras novelas de Liu Zhenyun lo que Hong Zicheng define en A History of Contemporary Chinese Literature como una característica esencial de su producción: la profundidad filosófica para indagar, con humor y desenvoltura, en el absurdo y la alienación presentes en la vida cotidiana.
Por: Jesús David Curbelo
Tomado de: Gimnasia de la incertidumbre, Cubaliteraria
22 de febrero de 2018
La aparición en Cuba de una novela de Liu Zhenyun constituye otra tentativa por vencer el antológico desconocimiento de una literatura que, pese a su nutrida nómina de autores notables y su alta calidad estética, apenas resulta familiar en nuestro país más allá de los nombres esenciales de los filósofos Confucio, Mencio y Laozi, de los poetas Li Bai, Du Fu y Wang Wei y del narrador Lu Xun. Sin duda, la dificultad del idioma chino y la escasez de traductores literarios de esa lengua en Cuba deben de haber incidido en que apenas se hayan publicado acá fragmentos de las doctrinas confucianas y taoístas, algunas antologías de poemas y una o dos novelas del iniciador de la literatura china moderna. Y poco más, que yo recuerde. También, desde luego, influye en el fenómeno el asunto de los derechos de autor, que tal vez haya impedido la presencia en los catálogos de editoriales cubanas de los premios Nobel Gao Xingjiang y Mo Yan, o de firmas tan reconocidas en el panorama literario internacional como Bei Dao, Duo Duo, Wang Shuo o el exitoso autor de novelas policíacas Qiu Xiaolong. Por suerte, esta edición de la Feria Internacional de La Habana con China como país invitado permite paliar un poco esas carencias y propiciar el diálogo del lector cubano con una muestra importante de las letras chinas clásicas y contemporáneas.
Liu Zhenyun, considerado por los historiadores literarios Pang Yuan Chi y David Ver-Wei Wang en su Chinese Literature in the Second Half of a Modern Century, una de las mayores figuras del nuevo realismo en los primeros 90, nació en el distrito Nanjin de la provincia de Henan en 1958. Se unió el Ejército de Liberación durante la Revolución Cultural. Más tarde entró a la Universidad de Beijing a estudiar Licenciatura en idioma chino. Ha trabajado como editor en El Diario del Campesino y como profesor del Instituto de Literatura de la Universidad Renmin en Beijing. Y resulta hoy uno de los escritores chinos más reconocidos por la crítica y el público porque ha sabido combinar el rigor en la elección de sus temas (siempre profundamente humanos y polémicos) y en el manejo del idioma, con un enorme éxito de ventas, impulsado por el hecho de que varias obras suyas poseen adaptaciones para el cine y la televisión.
Tapu, su relato inaugural, de 1987, resultó galardonado con el premio a la mejor novela corta en 1988 e inmediatamente fue adaptado para un largometraje homónimo y marcó la tendencia a convertirse en películas bien acogidas por el público, que distingue a varios hitos en la producción narrativa de Liu Zhenyun. Su carrera literaria incluye, entre otras piezas de ficción: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), Me llamo Liu Yuejin (2007), Una palabra vale más que diez mil (2009) y Yo no soy Fan Jinlian (2012). Una palabra vale más que diez mil recibió el importante premio literario Mao Dun (otro célebre narrador chino desconocido en Cuba) y muchos críticos la catalogan como su mejor libro. También la trilogía dedicada a su tierra natal goza de gran prestigio entre la crítica por la manera en que el autor consigue mostrar la pobreza del campesinado chino atrapado entre los arbitrarios poderes políticos y morales de diversas épocas históricas del país. Este conjunto ha permitido que varios estudiosos aludan a la serie como una muestra representativa del nuevo historicismo dentro de la narrativa china. Lin Ning, por ejemplo, habla de cómo difiere la historia tratada en los volúmenes de Liu Zhenyun con aquella aprendida en las aulas de los colegios y recogida en los libros de textos oficiales. Liang Jingjing, por otra parte, equipara a este narrador con Jean Paul Sartre, debido a la insistencia en finales trágicos que evidencian la imposibilidad del hombre de librarse de la soledad que anula todos sus esfuerzos y lo conduce a la alienación.
El origen campesino de Liu Zhenyun y su vívida memoria de sucesos complejos dentro de la historia china como el Gran Salto Adelante, la Gran Hambruna, la Revolución Cultural y el advenimiento de las reformas económicas durante el período gubernamental de Den Xiaoping, hace quizá que sus temas giren muchas veces alrededor de la vida campesina, o de la dura inserción de los campesinos en el ambiente de las grandes ciudades, así como de los contrastes y puntos de contacto entre las miserias materiales y las morales, y del conflicto entre la individualidad y los proyectos colectivistas de administración.
“¡Qué magnífica era la sociedad agrícola!”, dice en un momento Fei Mo, uno de los protagonistas de Teléfono móvil, anonadado por la fuerza con que la posmodernidad y la tecnología han invadido la vida del ciudadano hasta el punto de torcer los caminos de su intimidad y gobernar prácticamente sus actos. Este profesor universitario devenido asesor de un famoso programa televisivo gracias a la insistencia de Yan Shouyi, el personaje principal de la obra, se queja de que en el mundo contemporáneo las personas están muy cerca unas de las otras y apenas se puede respirar.
El comentario alude no solo a las multitudes en las megalópolis, entre las que Beijing resulta un más que aleccionador modelo, sino a las promiscuidades que esa cercanía genera y que laceran al hombre actual en contextos urbanos y rurales, y provocan una intromisión continua de los demás y, sobre todo, de cualquier tipo de poder, en su vida privada. Acerca de esas dicotomías entre lo público y lo personal, entre las apariencias y las realidades, entre las verdades y las mentiras, discurre con sagacidad la narración de Teléfono móvil para proponernos reflexionar alrededor del drama de un universo en que cada vez somos más despersonalizados por la tecnocracia que, sin atender demasiado a ideologías y religiones, mueve los hilos de la matrix donde habitamos.
Esa reflexión pudiera ser el punto medular de este libro: sondear las posibilidades que ofrece la literatura para someter a escrutinio el destino del hombre en el universo y cómo este destino, aunque sigue las líneas básicas esbozadas desde el surgimiento de la humanidad (amor, odio, celos, envidia, angustia ante la muerte, tensas relaciones con las divinidades), encuentra siempre nuevas pruebas que superar en cada época histórica. Ahora, antiguos problemas como la infidelidad, el juego de poderes entre el hombre y la mujer en las relaciones de pareja, la intromisión de la familia y los amigos en los conflictos amorosos y en la repercusión social de estos, son abordados desde la perspectiva tragicómica de que un dispositivo como el teléfono celular, aparte de facilitar la comunicación rápida y constante entre las personas, deviene un adminículo demoníaco que impide ocultar las dobleces de la vida erótico-sentimental porque sus notificaciones de llamadas y mensajes delatan siempre al culpable por más ardides que despliegue para esconder sus andanzas.
El conductor de un célebre programa televisivo que suele tocar temas tendientes al debate, Yan Shouyi, es, además, un donjuán impenitente que se va a la cama con sus admiradoras en detrimento de la estabilidad de su matrimonio. Este, y también los lazos estables que le suceden, se ven al final aniquilados por una serie de desaguisados repletos de una ironía chispeante y lúcida que disecciona las mutaciones del amor en los tiempos del móvil, en los que se han impuesto de forma generalizada el arribismo y la cínica creencia de que el dinero y el carisma para la interacción social son las fuerzas motrices del universo. A la postre, la tercera parte del libro, una simpática historia acerca de cómo se conocieron los abuelos de Yan, modelos de lealtad y amor entre ellos y para con la familia, parece dar la razón a Fei Mo, porque en las postrimerías de la sociedad agrícola, donde ese hecho ocurre, la gente se hacía llegar los mensajes a lo largo y ancho de todo el vasto territorio chino y, aunque demoraba años en volver a su tierra natal, lo hacía para cumplir con el deber filial y buscar la felicidad.
Teléfono móvil comparte con muchas otras novelas de Liu Zhenyun lo que Hong Zicheng define en A History of Contemporary Chinese Literature como una característica esencial de su producción: la profundidad filosófica para indagar, con humor y desenvoltura, en el absurdo y la alienación presentes en la vida cotidiana. Y sirve, además, para que el lector cubano se acerque de forma amena a los meandros de una realidad que, a pesar de las distancias culturales y geográficas, guarda con la nuestra una perturbadora similitud.
LIU. ZHENYUN
http://www.centronelio.cult.cu/noticia/ejercicio-7-liu-zhenyun-y-el-amor-en-los-tiempos-del-móvil

Conjugaciones verbales de Pilar Galán

Conocen también períodos de sequía, los malditos verbos, esos núcleos caprichosos, consentidos, los rema que aglutinan, que dicen, que predican, que atribuyen a Luis que es alto, por ejemplo.
Hay días de noviembre, hay tardes de verano, navidades enteras, en que juegan a esconderse, como niños.
Retumban en las bocas, se columpian en las comisuras, pellizcan la punta de la lengua y tratan de vivir para siempre en nuestros labios.
Malditos verbos, tan exactos, el presente que duele, el pasado, aunque no vale arrepentirse, la certera diferencia entre es y ha sido, el futuro que no llega, el camino que perdemos en todos los imperfectos, el aspecto tan horrible que tienen los condicionales.
Te amaba aún cuando me dejaste, o te amé más que nunca entonces, o te amaré mientras viva, o me fastidia tanto que me olvides, cuando lo que uno quiere decir no es eso, nada de eso, sino
ven,
acude,
dame besos,
ámame,
porque voy a morirme si me dejas, abrázate a mi cuerpo dormido.
Malditos verbos, caprichosos, núcleos de niño mimado, remas consentidos.
Nos sabemos todos los tiempos verbales, las personas,
los modos,
los pretéritos,
las condiciones, las excusas.
Cuando nos dejaríamos morir por un buen subjuntivo,
un imperativo a tiempo,
una súplica, amor,
no me dejes, ven a verme, acaríciame el alma, revuélveme el pelo.
ojalá que tus manos destejieran mi vida.
Malditos verbos, niños mimados, núcleos consentidos.
berrinche

Teléfono movil, fragmento, de Liu Zhenyun, Literatura China

LIU ZHENYUN (Yanjin, 1958) es uno de los autores de mayor éxito comercial en China. Estudió en la Universidad de Pekín y ha recibido importantes reconocimientos por su obra literaria, como el Premio Nacional de Cuento en 1988 y el Premio Mao Dun en 2011. Ha publicado varias novelas y volúmenes de relatos que se han traducidos a los principales idiomas.
Imitando el tono ordinario de Fei Mo, Yan Shouyi trató de consolarlo y dijo: —Maestro Fei, no puede decir eso. «Charlatán» no es una definición adecuada para nosotros, que necesitamos cualquier palabra pronunciada por usted para alimentarnos toda la vida.
Haciendo caso omiso de Yan, Maestro Fei seguía su hilo de pensamiento y suspiró:
—Aparentemente soy un charlatán, en el fondo me siento aburrido y deprimido.
En seguida se anegó en lágrimas. Mirando a Maestro Fei, Yan Shouyi no tenía ni una palabra que decir. Con el tiempo, cuando Yan Shouyi estaba decepcionado, también frecuentaba a Maestro Fei para contarle confidencias. Lo que no podía confesar ante Yu Wenjuian, su mujer, lo hacía con Fei Mo. En algunos asuntos relacionados con las chicas no era capaz de controlarse, no se lo decía a nadie más, a excepción de Fei.
Claro que Maestro Fei también tenía sus horas alegres, como el tiempo que pasaba junto al grupo de Con uno hablando de uno. Todos los miembros del programa respetaban mucho a Maestro Fei, desde Yan Shouyi hasta la joven que atendía la línea activa de teléfono. En la calle, la gente corriente ignoraba quién era Fei Mo, pero en la tele todo el mundo conocía su importancia. Todo el cuerpo del programa era capaz de comprender lo superficial y lo esencial de lo que decía Maestro Fei, que era una persona capaz de calar la esencia de las cosas a través de su apariencia. Parecía que toda la sociedad china era ignorante, menos la televisión. Poco a poco todo el grupo hablaba a imitación del estilo de Maestro Fei, incluso de su ritmo lento: aunque dijese una frase simple, necesitaba dar muchos rodeos, señalar el Este golpeando el Oeste, tratar del perro aludiendo al gallo. Cuando Maestro Fei estaba contento, su conducta parecía la de un niño. Xiao1Ma, guionista del grupo y ex universitaria recién contratada, estaba buscando datos en internet cuando Maestro Fei entró a la oficina con la bolsa bajo el brazo. Ella dijo a bocajarro:
—¡Té!
Maestro Fei se apresuró a dejar a un lado su bolsa y se fue rápidamente, balanceando su cuerpo gordo, con una sonrisa en el rostro, a preparar el té para Xiao Ma, como si un niño de la guardería infantil viera a su maestra. Al principio era suficiente que Fei Mo fuera una vez por semana a la oficina. Sin embargo, con el tiempo, empezó a ir de manera frecuente a la televisión, como si solo allí, en la oficina del grupo, existiera el «calor» y toda la sociedad ya estuviera congelada.
El 11 de febrero, por la mañana, Yan Shouyi condujo su coche hasta la casa de Fei Mo para recogerlo e ir juntos a la televisión a hacer la grabación del programa. Según lo normal y habitual, cuando era recogido en coche, Maestro Fei ya sabía que se trataba del trabajo del programa y siempre tenía la sonrisa en su rostro gordo, y Yan Shouyi solía fingir modestia, le cogía la bolsa y le abría la puerta del coche. Fei Mo siempre lo disfrutaba de manera ostentosa pero, ese día, al salir del pasillo inmediato a la puerta de entrada, se mostraba afligido e hizo caso omiso de la actitud amable y entusiasta con que Yan Shouyi lo recibió. Entonces, este cayó en la cuenta de que Maestro Fei probablemente no había pasado bien la noche con su esposa, cuyo nombre era Li Yan y trabajaba en una compañía de turismo. Empleada, tal como cualquier persona corriente de la sociedad, tenía poco uso de razón y nada de erudición, no conocía la importancia de Fei Mo para el mundo entero. Resulta que en el intercambio de palabras e ideas, la esposa solía molestar y enfadar al marido. Entonces Yan Shouyi descubrió otro defecto de Fei Mo, que a parte de la susceptibilidad típica de los intelectuales, a veces descargaba su ira contra otro que no tenía culpa. Por ejemplo, como la conversación con el director general de la empresa de ordenadores no llegó a ser agradable, descargó su cólera contra el programa; como tuvo lugar un contratiempo con su esposa, desahogó su pena contra otro. Al ver a Fei Mo con la cabeza agachada, ya en el coche, Yan Shouyi condujo con mayor atención y cautela. Ya fuera del barrio, Yan Shouyi le preguntó con cuidado:
—Maestro Fei, ¿qué camino tomamos, la pasional Avenida de La Paz o el racional cuarto anillo?
Fei Mo miraba fuera de la ventanilla y no le hizo caso. Yan Shouyi no tuvo otro remedio que cerrar la boca, atento a la conducción. Cuando el coche tomó el cuarto anillo, Fei Mo, en efecto, se puso a descargar su cólera y dijo:
—Viejo Yan, tengo que criticarte: tienes que aprovechar el tiempo libre para dedicarte a la lectura. Con la falta de conocimientos culturales, te es fácil echar a perder las cosas.
Yan Shouyi se quedó con la boca abierta y luego, preguntó:
—¿Qué he perdido?
—¿Viste el programa de anoche?
El programa de la noche anterior de Con uno hablando de uno se titulaba «¿Por qué hoy en día no somos capaces de inventar?» y era una de las planificaciones de Fei Mo. Se refería a la pereza de nuestro pueblo. A lo largo de cinco mil años de historia de la civilización china, la gente solo había sabido pelearse entre sí, nada más. Antes de la dinastía Song2 se habían inventado la brújula y la pólvora negra. Desde esa época hasta hoy, tanto la lavadora y el frigorífico, como el automóvil y el avión, todos eran inventos ajenos. Sin embargo, los usamos sin vergüenza. Lo que ocurría era que la noche anterior Yan Shouyi había ido a cenar con unos amigos y no había echado un vistazo al programa. Negó con cabeza y fijó los ojos en Fei Mo. Este le preguntó:
—¿Sabes? En el programa hay un error grave. Cuando tienes que improvisar no improvisas y cuando tienes que ceñirte al guión no lo haces. En cuanto a lo que debías decir, no dijiste nada. Ayer eché un vistazo al programa y descubrí el problema. ¿Por qué yo no lo había visto antes? ¿Cómo puedes afirmar que la locomotora de vapor fue invento de Newton?
Yan Shouyi se llevó un susto y preguntó:
—Si no fue Newton, ¿quién fue?
—¡James Watt! ¿Lo sabías?
Yan Shouyi de pronto se dio cuenta de su equivocación. Pero también supuso que la noche anterior en casa de Fei Mo habría sucedido algo. Si el caso de Newton o de Watt hubiera ocurrido en condiciones normales, Fei Mo no se habría puesto tan furioso. Sin embargo, no se atrevió a revelar el secreto y se vio obligado a culparse a sí mismo:
—Es mi culpa. No tengo el gusto de conocer a estas personas.
—¿Acaso con tu excusa se puede resolver todo? En los títulos de crédito aparece mi nombre, ¡de modo que algunos saben que la equivocación se debe a tu ignorancia y los que no lo saben creen que esto es mi invento! —añadió Fei Mo.
En ese momento, Yan Shouyi de repente recordó una cosa más importante que Newton y Watt, y no le hizo caso a Fei Mo. Encendió el intermitente izquierdo para cambiar de dirección, esquivó la corriente de coches de su lado, hizo un viraje del primer carril interior al exterior y paró el coche en el arcén. Fei Mo le lanzó una mirada enojado y le preguntó:
—¿A qué coño quieres jugar?
—Se me olvidó coger el móvil. Probablemente lo dejé en casa.
Debido al mal humor, se sintió impaciente y preguntó:
—¿Qué temes? Ya es hora de hacer la grabación del programa. El tiempo no te es suficiente para volver a casa. Por la tarde tengo algo que hacer.
Yan Shouyi cogió con las dos manos el volante y dijo:
—Hoy por el día Yu Wenjiuan está en casa.
Fei Mo lo comprendió: Yan estaba preocupado porque Yu Wenjiuan podía coger el móvil y descubrir los secretos reflejados en él. De momento, Fei Mo se olvidó del mal humor y comentó:
—¿No ves? No es casual que te hayas equivocado en lo de Watt porque en los últimos días estás distraído, lo cual prueba que no tienes la conciencia tranquila. No es que te critique, solo te advierto que tarde o temprano te ocurrirá algo trágico si sigues haciendo tonterías todo el día fuera de casa.
Echó una mirada seria a Yan Shouyi y dijo:
—¿Cómo sabes que tu amante secreta te llamará por teléfono?
Tocando el volante con los dedos Yan Shouyi suspiró:
—Tienes que estar listo para toda eventualidad.
Fei Mo sacó su propio móvil y se lo tendió a Yan:
—Avisa a esa «diablilla» de lo que ha pasado. Eso es suficiente. No necesitamos dar la vuelta.
Yan insistió:
—Estaría más tranquilo si tuviese mi móvil en el bolsillo, si no estaré muy intranquilo durante el programa.
Acto seguido, hizo un cambio de sentido y se dirigió a su casa. A su lado, Fei Mo se sintió otra vez incómodo y dijo:
—¡Las chicas con las que te codeas, a decir verdad, son más putillas que amantes! Ellas solo provocan problemas.
Traducción: Zhao Deming
1 Tratamiento cariñoso que literalmente significa «pequeño». Se coloca delante del apellido.
2 Entre los años 960 y 1279.
LIU ZHENYUN

http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n116/articulo-6.html

Novelistas contemporáneos chinos

Liu Zhenyun (Yanjin, 1958)
Autor bestseller en China cuyo tema suele ser hacia dónde se mueve su país ante el desconcierto por la irrupción del capitalismo. Sus obras han sido traducidas al español, inglés, francés, alemán, italiano, sueco, ruso, húngaro, árabe, japonés, coreano, vietnamita, entre otros. Además de sus relatos, es autor de varias novelas, muchas adaptadas ya al cine: Las flores amarillas de mi tierra natal (1991), Anecdotario de la convivencia en mi tierra natal (1993), Recordando 1942 (1993), El rostro y las flores de mi tierra (1998), Una sarta de estupideces (2002), Teléfono móvil (2003), El pequeño gran salto de Liu(2007), Yo no soy una mujerzuela (2012) y La palabra que vale por diez mil(2009), esta última ganadora del prestigioso Premio Mao Dun en 2011.
Este año la editorial mexicana Siglo XXI publicará La palabra que vale por diez mil El pequeño gran salto de Liu.

Chi Zijian (Mohe, 1964)
Ganadora de los afamados premios literarios chinos Lu Xun —en tres ocasiones— y Mao Dun, actualmente es una de las escritoras más conocidas y leídas en China y vicepresidenta de la Asociación de Escritores de la provincia de Heilongjiang.
Ha publicado casi sesenta obras, novela principalmente. Su principal temática es, dentro del cotidiano, la vida urbana en sus aspectos más polémicos y escandalosos.
Es también una de las más traducidas a otros idiomas. Algunas de sus obras son El mes de la niebla y el cercado (1996), Baño de agua pura (2000), Bajo el árbol (2001), Todas las noches del mundo (2007), La nieve y los cuervos(2010). En español puede encontrarse la novela A la orilla derecha del río Argún (2008).

Jia Pingwa (Shangluo, 1952)
Uno de los escritores de relato y novela más populares en China, cuya obra ha sido prohibida en varias ocasiones en su país por su explícito contenido erótico.
Ha sido traducido al francés, inglés, alemán, ruso, japonés, coreano y vietnamita, entre otras lenguas. La novela Ducha recibió el Premio Pegassus (1988) y su polémica La capital abandonada recibió el premio francés Femina a la mejor novela extranjera (1997). Hasta ahora está inédito en español.
Algunas de sus obras: Soy campesinoDucha (1987), Noche blanca (1995), Contento (2007), Qinkong (2008), Shangzhou (2008), El viejo horno (2011).

autores chinos contemporáneos, int

Wang Anyi (Nankín, 1954)
Es una de las escritoras contemporáneas más publicadas en su país y con una gran proyección internacional gracias a todas las lenguas a las que se ha traducido su obra. Es una prolífera escritora desde la década de los setenta. Hoy en día es profesora en la Facultad de Lengua y Literatura de la Universidad de Fudan, en Shanghai, y es vicepresidenta de la Asociación de Escritores de China.
Ganadora del Premio Mao Dun en 1996 y del Premio Newman de Literatura China 2017, otorgado por la Universidad de Oklahoma, Estados Unidos. Su temática es la urbe, en donde destaca la ciudad de Shanghai, los sentimientos que desarrollan sus personajes, así como la compleja construcción de sus protagonistas.
Se pueden encontrar en español las novelas: La canción de la pena eternaAmor en un valle encantadoAmor en una colina desnudaAmor en un pequeño pueblo. Otras más son Lapso de tiempo (1988), Vida en patio pequeño (1988), Baotown (1989), Amor en montaсa baldía (1990) y La canción de la pena eterna (2010).

Mo Yan (Gaomi, 1955)
Conocemos en todo el mundo el nombre de Mo Yan, seudónimo de Guan Moye, por el Premio Nobel de Literatura que recibió en 2012, y que puso a China en el mapa de la literatura internacional. Este famoso escritor ha reconocido en varias ocasiones la influencia de la literatura occidental en su formación, incluyendo a Cortázar y Faulkner entre sus autores favoritos.
Militar de profesión, estudió en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército en los ochenta, década en la que sus historias toman gran fama, aunque también sufrió de censura con su afamada novela Grandes pechos amplias caderas.
Sorgo rojo, Happy Times y Nuan han sido adaptadas al cine y muchas otras se han traducido a varios idiomas, entre ellos el español. Sorgo rojo (1987), Las baladas del ajo (1988), Trece pasos (1989), La república del vino (1992), Grandes pechos, amplias caderas (1996), El suplicio del aroma de sándalo(2001), La vida y la muerte me están desgastando (2006), Rana (2011), Cambios (2010).

Xu Zechen (Jiangsu, 1978)
Autor destacado de la generación post-1970, cuya producción se centra en el retrato de la sociedad urbana en expansión. Actualmente editor de la revista literaria Renmin Wenxue. Ganador de varios premios literarios. Jerusalén(2014) fue considerada entre las diez mejores novelas del año por Asia Weekly. 
Sus obras han sido traducidas al inglés, español, francés, holandés, japonés, coreano, italiano, ruso y mongol.
Con una producción de relatos y novela, destacan sus obras Cine al aire libre (2006), Las ruedas son redondas (2008), Corriendo a través de Zhongguancun (2008); Tren nocturno (2009), A la orilla del lago (2010), Una breve historia del  tiempo (2012) y Mi amigo Don Quijote (2015).

Sunzi 
Autor de El arte de la guerra (Sunzi Bingfa), también conocido como Sun-Tzu. No es un contemporáneo, pero sí un clásico imperdible. Existen centenares de traducciones en español de este título. Tratado militar que data del año 130 a. n. e., refleja la filosofía y estrategia de guerra de esta milenaria cultura; obra imprescindible para entender el pensamiento chino en la antigüedad, pero que sorprendentemente puede ser aplicado a nuestros días en cualquier ámbito.
Mirlo publicó este año en México una edición ilustrada por Marcos Castro con la traducción directa del chino antiguo al español de la investigadora y profesora del Colmex Liljana Arsovska.

Autores chinos contemporáneos de lectura indispensable

El médico rural Franz kafka

Un médico rural Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la


mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo… El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda. Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules. —¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas. No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado. —Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír. —¡Hola, hermano, hola, hermana! —gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor. —Ayúdalo —dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes. —¡Salvaje! —dije al caballerizo—. ¿Quieres que te azote? Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí. —Suba —me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado. Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente. —Yo conduciré, pues tú no conoces el camino —dije. —Naturalmente —replica—, yo no voy con usted: me quedo con Rosa. —¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla. —Tú vendrás conmigo —digo al mozo—; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje. —¡Arre! —grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: —Doctor, déjeme morir. Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente. —Sí —pienso indignado—; en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo… En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia. —Regresaré en seguida —me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber. La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio, es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia… Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo —¿qué espera, pues, la gente?— se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo. Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial… ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con su cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna. —¿Me salvarás? —murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida. Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada? Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras: “Desvístanlo, para que cure, y si no cura, mátenlo. Sólo es un médico, sólo es un médico…” Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas. —¿Sabes —me dice una voz al oído— que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos. —En verdad —dije yo—, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil. —¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo. —Joven amigo —digo—, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca. —¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme? —Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo. Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve. —¡De prisa! —grité—. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, el nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros: “Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama”. A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

http://www.literatura.us/idiomas/fk_medico.html

Groucho Marx

 

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Groucho Marx

(Nueva York, 1895 – Los Ángeles, 1977) Actor cómico estadounidense. Provenía de una familia de inmigrantes judeo-alemanes que se instaló en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Dedicó toda su vida al mundo del espectáculo humorístico. No en vano, fue su propia madre quien le animó a empezar a actuar en distintos cabarets desde muy joven. Junto con sus hermanos Chico, Harpo, Gummo y Zeppo recorrió casi todos los escenarios de Norteamérica durante más de 25 años, y en 1920 actuó en su primera película, titulada Humor risk.


Groucho Marx

A este film le siguieron otros títulos que hicieron mundialmente famosos a los Hermanos Marx, como Sopa de ganso (Duck soup, 1933), Una noche en la ópera(A night at the opera, 1935), Un día en las carreras (A day at the races, 1937), Los hermanos Marx en el Oeste (Go West, 1940) y Una noche en Casablanca (A night in Casablanca, de 1946); su última película, Amor en conserva (1949), contó con una casi debutante Marilyn Monroe en el reparto. Entre sus múltiples colaboraciones, Groucho Marx trabajó como comentarista cómico en un programa de radio llamado You Bet Your Life. Con motivo de sus apariciones en dicha emisión, recibió el Premio al Mejor Humorista del Año en 1949.

Parte de sus guiones radiofónicos quedaron registrados en la monografía Groucho y Chico, abogados (Flywheel, Shyster and Flywheel), editada por Michael Barson en 1989. La producción literaria de Groucho Marx siguió encuadrada en la misma tónica que caracterizaba sus actuaciones en la gran pantalla. En 1933 publicó Camas (Beds), su primer libro. Otros ensayos conocidos del autor son Many Happy Returns (1942), Groucho y yo (Groucho and Me), de 1959, Memorias de un amante sarnoso (Memoirs of a Mangy Lover), de 1963, The Groucho letters (Las cartas de Groucho), de 1967, y el libro de memorias The Groucho phile; an illustrated life (La figura de Groucho; una biografía ilustrada), de 1976.

Un humor disparatado, mordaz e incluso cínico marcó la vida del cómico estadounidense. La particular «filosofía marxiana», basada en el porte descarado y en la visión hipercrítica de los convencionalismos sociales, ha influido en generaciones de intelectuales del mundo entero. Poco antes de morir, la Academia de Hollywood le concedió un Oscar honorífico, en reconocimiento a toda su carrera cinematográfica.

Bajo el caimito

El viento ronroneaba sobre las plantas y la tarde enterraba su bochorno.

Salíó la luna con su vestido de papel bond.

Bajo el árbol de caimito, llenaba mi cubetita de inmensidad.

 

Las ramas verdes parecían brazos caídos.

Se cerraba el día y llegaba el crepúsculo entre el cuchicheo de las hojas.

La tarde abrió el paraguas y bajo hasta las orejas las alas del sombrero.,

la luna lucía su falda cobre y en su ombligo el dije de Venus..

 

 

Las ramas temblaban con su piel de gallina.

Yo, me entegaba al bing bang de la mecedora,

la misma que me conoció el trasero de niño.

Mañana lloverá. me dijo el grillo de a lado.
Asi es, dijo la chicharra apretando sus alas.

A un costado, pegados a la cerca, los galanes tenían su fiesta;

y cada vez que abría la flor,

se escuchaba la gritería de:otro, otro otro..

.mañana lloverá y me dormí.

mecedora.