Conocen también períodos de sequía, los malditos verbos, esos núcleos caprichosos, consentidos, los rema que aglutinan, que dicen, que predican, que atribuyen a Luis que es alto, por ejemplo.
Hay días de noviembre, hay tardes de verano, navidades enteras, en que juegan a esconderse, como niños.
Retumban en las bocas, se columpian en las comisuras, pellizcan la punta de la lengua y tratan de vivir para siempre en nuestros labios.
Malditos verbos, tan exactos, el presente que duele, el pasado, aunque no vale arrepentirse, la certera diferencia entre es y ha sido, el futuro que no llega, el camino que perdemos en todos los imperfectos, el aspecto tan horrible que tienen los condicionales.
Te amaba aún cuando me dejaste, o te amé más que nunca entonces, o te amaré mientras viva, o me fastidia tanto que me olvides, cuando lo que uno quiere decir no es eso, nada de eso, sino
ven,
acude,
dame besos,
ámame,
porque voy a morirme si me dejas, abrázate a mi cuerpo dormido.
Malditos verbos, caprichosos, núcleos de niño mimado, remas consentidos.
Nos sabemos todos los tiempos verbales, las personas,
los modos,
los pretéritos,
las condiciones, las excusas.
Cuando nos dejaríamos morir por un buen subjuntivo,
un imperativo a tiempo,
una súplica, amor,
no me dejes, ven a verme, acaríciame el alma, revuélveme el pelo.
ojalá que tus manos destejieran mi vida.
Malditos verbos, niños mimados, núcleos consentidos.
berrinche