Érase un país donde todos eran ladrones de Italo Calvino

Por la noche, cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a esas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua.
Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque la culpa era suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta; la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.
Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos Se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo, todos seguían siendo ladrones.
Honrado sólo había habido aquel fulano… y no tardó en morirse de hambre.

ladrones

Tomado del fb

Janet Frame, escritora de Nueva Zelanda

La novelista neozelandesa Janet Frame, una de las más importantes representantes de las letras de este país, murió el jueves 29 de enero, a los 79 años. Frame, una de las habituales en las quinielas al Premio Nobel de Literatura, falleció en un centro hospitalario de Dunedin (Isla del Sur), donde permanecía ingresada desde que el 28 de agosto pasado le fuera detectada una leucemia.
La muerte de Janet Frame, que inició su carrera literaria a partir de una juventud marcada por un intento de suicidio y una esquizofrenia diagnosticada equivocadamente, ha causado una gran conmoción en los medios artísticos y políticos de Nueva Zelanda.
La primera ministra, Helen Clark, mostró sus condolencias por el fallecimiento de la escritora y calificó su texto autobiográfico Un ángel en mi mesa como «una extraordinaria historia del triunfo del espíritu humano».
En este sentido, su biógrafo, Michael King, ha señalado que «debido a sus 10 años de experiencias en hospitales psiquiátricos se identificó más con los marginados de la sociedad».
La novelista nació en 1924 en Oamaru y a los 21 años, tras intentar quitarse la vida, sufrió un calvario de 11 años que marcarían su vida y su obra, por una serie de hospitales psiquiátricos y recibió tratamientos para una lobotomía que finalmente se canceló después de que Janet Frame ganase un premio literario por un libro de relatos.
Finalmente, cuando ya había entrado en la treintena, un psiquiatra del Reino Unido diagnosticó que Janet Frame no padecía esquizofrenia, que simplemente era una mujer tímida y algo excéntrica que prefería vivir sola y seguir algunas pautas de conducta diferentes a las de la mayoría.
En 1960, Frame ya despuntaba como una escritora crítica con una sociedad indiferente a los marginados y preocupada por las débiles fronteras entre la cordura y locura.
Los búhos no lloran (1957), su primera obra, llevó a su editor de Estados Unidos, George Braziller, a decir que Frame era, «sin duda, la escritora neozelandesa con más talento desde Katherine Mansfield». Rostros en el agua (1961), Pájaros de lluvia (1968) o Vida en el Maniototo (1979) son algunos títulos de una trayectoria literaria que cubre 11 novelas, varios libros de relatos, un libro de poemas y sus memorias.
Su figura se popularizó mucho después de 1990 cuando la directora neozelandesa Jane Campion llevó a las pantallas de cine la historia de su vida, Un ángel en mi mesa, el mismo título que sus memorias.
Janet Frame estaba en posesión de la Orden de Nueva Zelanda, la Orden del Imperio Británico y había recibido numerosos premios literarios. En 1986, la American Academy of Arts and Letters, nombró a la escritora neozelandesa miembro honorio.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de enero de 20
https://elpais.com/diario/2004/01/30/agenda/1075417209_850215.html
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En algún lugar…

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No me haga reír, no se quien le contó ese chisme, pero aquí ya no hay caníbales. Ayer nos comimos el último…

Cuando el alumno corrige al maestro

En la Facultad de Medicina, el profesor pregunta: “¿Cuántos riñones tenemos?”

-¡Cuatro!”, responde el alumno.

-¿Cuatro?”, replica el profesor, arrogante y abusivo. Ordena a su ayudante:

-Traiga un fardo de pasto, pues tenemos un asno en la sala.

-¡Y para mí un cafecito! -replicó el alumno.

El profesor se enojó y expulsó al alumno de la sala.

Al salir, el alumno tuvo la audacia de corregir al maestro:

-Usted me preguntó cuántos riñones ‘tenemos’. -Tenemos, cuatro: dos míos y dos suyos.

 ‘tenemos’ es una expresión usada para el plural. Que tenga un buen provecho y disfrute del pasto.

Tomado del Fb

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El alumno era el humorista Aparicio Torelly, conocido como el Barón de Itararé (1895-1971)

APARICIO TORELLI
* periodista; miembro ANL.
 Aparício Torelli , también conocido por el seudónimo Barón de Itararé, nació en São Leopoldo (RS) en 1895. Su madre era uruguaya. Su padre, brasileño, luchó contra la Revolución Federalista, junto con los republicanos castellanos. El conflicto, que involucró a Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná desde febrero de 1893 hasta agosto de 1895, terminó con la victoria de los partidarios del presidente Gaucho, Julio de Castilhos, que contó con el apoyo del gobierno federal.
Torelli vivió en Uruguay en la granja de sus tías hasta 1902, cuando regresó a São Leopoldo para estudiar en el Colegio Nossa Senhora da Conceição. En esta escuela, dirigida por sacerdotes jesuitas, produjo su primer periódico clandestino, The Dry Grass, en el que satirizó a sus maestros. Más tarde estudió medicina en Porto Alegre y durante el curso, en 1916, publicó su primer libro de poemas, Colillas de cigarrillo, en varios versos. En 1919 abandonó la universidad, ya en su cuarto año, y pasó el siguiente período recorriendo las ciudades del interior de Rio Grande do Sul, dando conferencias improvisadas en teatros y cines. Usando los seudónimos Aporelli y AxL, colaboró ​​en ese momento con sonetos para periódicos y revistas, como Kodak, la revista modernista, A Mascara y O Maneco, y, aún en Rio Grande do Sul, fundó el humorístico periódico O Chico.
En 1925 se mudó a Río de Janeiro, luego al Distrito Federal, donde trabajó como periodista para O Globo y más tarde en A Manhã, por Mário Rodrigues. En mayo de 1926 fundó el periódico humorístico The Morning que buscaba imitar a The Morning en el diseño de la primera página y que fue subtitulado «ataque de órganos … de la risa». Sin periodicidad fija, The Morning fue escrita casi en su totalidad por Torelli y su objetivo principal fueron los políticos de la Antigua República, lo que lo llevó a formular frases como: «El misterio de hoy puede ser el ministerio de mañana». Durante la campaña de la Alianza Liberal en 1929 y 1930, The Morning se convirtió en un suplemento del Diario Nocturno en apoyo del movimiento. Con la victoria de la Revolución de 1930, en la que participó, Torelli adoptó el seudónimo Barón de Itararé, en honor a la batalla de Itararé entre las fuerzas legalistas y las revueltas, que no ocurrió. Transformó The Morning en un órgano independiente, «que no se vende, sino que solo se intercambia por quinientos reis». El periódico consistía, entonces, en profecías de fin de año, página literaria, noticias policiales y sección de deportes, siempre con políticos como personajes principales.
En 1933, al frente del equipo de Jornal do Povo, donde también trabajaba, Torelli anunció una serie de informes sobre la vida de João Cândido, quien dirigió el Levantamiento de Chibata, una rebelión de marineros que tuvo lugar en los barcos de la Armada en noviembre de 1910, en protesta contra el castigo corporal y reclamando una mejora salarial, que fue severamente reprimida. Salieron dos de los informes planificados, pero en el tercero, Torelli fue secuestrado por oficiales de la Armada Integral y llevado a Barra da Tijuca, donde fue golpeado y luego abandonado con la cabeza afeitada y en calzoncillos. Su ropa fue entregada a la sala de prensa de O Globo y exhibida.Como resultado de este episodio, tenía un letrero publicado en la puerta de la sala de redacción del periódico People’s Newspaper: «Entra sin llamar».
En octubre de 1934 se creó un grupo en el Distrito Federal que comenzó a estudiar la formación de un frente que defendía un programa nacionalista y antifascista, que luego se constituiría como la Alianza Liberadora Nacional (ANL). Este grupo, del que formaba parte Torelli, también estaba formado por Roberto Sisson, Francisco Mangabeira, Carlos Lacerda, Manuel Venancio Campos da Paz y Benjamim Soares Cabello. Más tarde, Herculino Cascardo, Carlos Amoreti Osorio, Moesia Rolim, Trifino Correia y otros también se unieron. Las reuniones se celebraron inicialmente en el departamento de Amoreti Osorio, en la oficina de Rolim o en The Morning Newsroom. En marzo de 1935, el ANL se lanzó públicamente con la participación de miembros del Partido Comunista Brasileño (PCB), el Partido Comunista de Brasil, el Partido Socialista Brasileño (PSB) y los diversos partidos sociales democráticos estatales, así como los sindicatos. Todavía en 1935, Torelli fue miembro fundador de la Liga de Defensa de la Cultura Popular, vinculada a la ANL. En julio, la ANL fue cerrada por el gobierno.
En noviembre de 1935, una parte de la ANL bajo el liderazgo del PCB inició en Natal, Recife y Río de Janeiro una insurrección armada, que pronto fue reprimida por las fuerzas gubernamentales. Esto fue seguido por una ola de represión de la alianza, y The Morning dejó de circular en 1936, con el arresto de Torelli, acusado de participar en la rebelión. Tras el establecimiento del Estado Novo (1937-1945) en noviembre de 1937, Torelli fue compañero de celda en la prisión de la calle Frei Caneca del escritor Graciliano Ramos, quien lo citó en su libro Memorias de la prisión. En ese momento, Torelli le dijo a Graciliano que inicialmente había adoptado el título de duque de Itararé, y luego se convirtió en el barón «como prueba de modestia». Después de su liberación, fue delegado del Distrito Federal al I Congreso Brasileño de Escritores, que se celebró en São Paulo, patrocinado por la Asociación Brasileña de Escritores, del 22 al 27 de enero de 1945. El congreso, que reunió a un número significativo de intelectuales de diversos tipos. Las tendencias políticas y emitió una declaración a favor de la democracia y las libertades públicas, constituyeron una posición contundente contra el Estado Novo. En el decreto de amnistía del 18 de abril de 1945, por el cual fue beneficiado, Aparicio Torelli declaró: «La amnistía es un acto por el cual los gobiernos resuelven perdonar generosamente las injusticias y crímenes que ellos mismos cometieron».
En agosto de 1945, se unió al comité interino de la Izquierda Democrática (DE), una organización formada por disidentes de la Unión Democrática Nacional (UDN), un partido que había surgido al agregar varias tendencias políticas para oponerse al Estado Novo, pero había comenzado a adoptar posiciones más conservadoras. El ED incluyó, entre otros, Hermes Lima, Herculino Cascardo, Juraci Magalhães, João Mangabeira, Domingos Velasco y José Lins do Rego. Todavía en 1945, Torelli era socio de Arnon de Melo en un proyecto para relanzar The Morning, pero rompió la sociedad al no estar de acuerdo con el apoyo de Arnon a la candidatura de Eduardo Gomes en las elecciones presidenciales de ese año. Recreó The Morning en 1946 y en esta nueva fase el periódico tuvo entre sus colaboradores a Rubem Braga, José Lins do Rego, Aurelio Buarque de Holanda, Carlos Lacerda, Raúl Lima y Pompeu de Sousa. Torelli fue elegido concejal por el Distrito Federal, en la leyenda del PCB, en las elecciones de enero de 1947. Con la cancelación del registro del partido en mayo de 1947 y la posterior anulación de los parlamentarios comunistas en enero de 1948, perdió su mandato. En ese momento, colaboró ​​en el periódico Para Todos, una cultura quincenal brasileña dirigida por Jorge Amado, y también lanzó Almanac. La mañana duró hasta 1957, cuando Torelli dejó el periodismo para dedicarse a viajes durante los cuales daba conferencias. En 1963 visitó la República Popular de China como profesor. Unos años más tarde, enfermo, vivía en su departamento en Río de Janeiro, donde rara vez se iba.
Murió en esa misma ciudad el 27 de noviembre de 1971.

Cuento corto de Katherine Mansfield y fragmentos de la vida de una escritora excepcional

https://www.textos.info/textos/autor/katherine-mansfield/mas-cortos

Diarios de la agitada vida de Katherine Mansfield

11/04/2018 – 
VALÈNCIA. El Diario de Katherine Mansfield recoge parte de las poco más de tres décadas de su existencia. Esta autora nació en Wellington (Nueva Zelanda) en 1888 dentro de una familia de origen colonial compuesta por sus padres, sus hermanas y dos tías muy jóvenes. El padre de Katherine era un banquero que llegó a presidir el Banco de Nueva Zelanda. Cuando Mansfield tenía apenas cinco años marchó con su familia a un pueblo en el que nacería su hermano Leslie. Katherine recordaría siempre esta infancia repleta de felicidad. Solo cinco años después, cuando apenas contaba con diez, vuelve a la ciudad, a Wellington y publica su primer relato en una revista del colegio. Sería el comienzo de una carrera brillante.
Con apenas 13 años se enamora perdidamente de su profesor de música pero éste le da calabazas. Algo le sucedía a Katherine con su lugar de origen. Se sentía rechazada y diferente a sus vecinos, a los supuestos amigos que debería tener. Es por ello que demandó a sus padres que le dejaran marchar a Londres. Tras alguna discusión que otra, se marchó con sus hermanas, al Queen’s College de Oxford. Este lugar supuso un punto de inflexión en la vida de Katherine pues allí conoció a la que sería su amiga, su amante y su pareja: Ida Baker. Ella estaría presente en su vida, aunque Katherine vivió otros romances: se quedaría embarazada de un chico llamado Garnet Trowell pero los padres de éste no aprueban la relación. Después se enamora de otro profesor, George Bowden. Se casa con él pero en la noche de bodas lo abandona. Baker era el motivo de todo ello. La madre de Katherine decide recluirla en un balneario de Baviera y allí pierde de forma natural al bebé que esperaba. Volverá a Londres y continuará con su tumultuosa vida sexual al mismo tiempo que iba devorando los relatos de Chéjov y siendo consciente de su propia voz como escritora.
En el año 1911 comenzaría su relación con el editor John Middleton Murry con quien se casaría en 1918. Se trataba de una relación abierta que compartía con Baker. Katherine se vería afectada de gonorrea y esto le provocaría una artritis aguda hasta el día de su muerte. En medio de ambos amores, Mansfield se marchará a vivir a Francia con otro hombre. La relación no salió bien. Cuando vuelva a Londres tendrá que enfrentarse a su peor noticia: su hermano Leslie morirá en el frente de la 1ª Guerra Mundial. Justo en esos años empezará Mansfield a escribir unos diarios que nacieron con una vocación menos consciente de la que ella supuso. Fue su marido el que decidió publicarla tras su inesperada muerte. En medio de aquellos años ya se percibía una desazón notable en su vida:
1914
1º de abril. Pasé otro día espantoso. Nada me ayuda o podría ayudarme salvo una persona que pudiera adivinar. Fui a dar un paseo y tuvo cierta vaga alegría que me dieron unos niños y el ruido del agua como olas que se elevan.

1915
1º de enero. […] Para este año tengo dos deseos: escribir, ganar dinero. Consideremos. Con dinero podríamos marcharnos como queremos, tener una casa en Londres, ser libres como lo deseamos, y ser independientes y orgullosos con todos. Es sólo la pobreza la que nos mantiene unidos. […]

Podría marcarse 1916 como el año en el que Katherine ya es plenamente consciente de sus posibilidades literarias, de su vocación. Comienza entonces la lucha de escribir, de hacerse leer y de combinar la vida literaria con su pasión amorosa.
1916
22 de enero. [Villa Pauline, Bandol.] Ahora, realmente, ¿qué es lo que de verdad quiero escribir? Me lo pregunto. ¿Soy menos escritora que antes? ¿Es menos urgente la necesidad de escribir? ¿Aún me parece tan natural buscar esa forma de expresión? ¿La ha satisfecho el habla? ¿Pido algo más que relatar, recordar, asegurarme?

Hay veces en que estos pensamientos casi me asustan y casi me convencen. Me digo. Estás ahora tan realizada en tu propio ser, en estar viva, en vivir, en aspirar a un sentido mayor de la vida y un amor más profundo, que lo otro ha desaparecido de ti.

Katherine, pese a su juventud, era una mujer que sabía a ciencia cierta que su talento literario era absoluto, que era cuestión de tiempo que saliera a la luz de modo definitivo. En sus relatos se percibe el gusto por el más mínimo detalle: «Todo artista se corta una oreja y la clava en la puerta para que los demás le griten en su interior». Mansfield escribía con la misma clase de pasión con la que amaba. Con arrebatos y a ráfagas. Después de horas dedicadas a la minuciosidad literaria quedaba tan exhausta que tardaba semanas en volver a ponerse delante de una página en blanco. La obra de la neozelandesa contiene títulos brillantes con muchos tintes autobiográficos: En un balneario alemán, Preludio, Felicidad, Fiesta en el jardín, El nido de la paloma, Algo infantil. En todo ese tiempo, además, escribió su diario:
 Y, por último, deseo llevar una especie de libro de pequeñas notas, que se publique algún día. Eso es todo. Nada de novelas, nada de historias con problemas, nada que no sea simple, abierto.
Los dos últimos años de su vida fueron una auténtica lucha contra el dolor atroz que sufría por su tuberculosis.
1920
19 de diciembre.
Sufrimiento
Deseo que se acepte esto como mi confesión.
(…)
La vida es un misterio. El dolor que atemoriza se atenuará. Debo dedicarme a mi trabajo. Debo poner mi agonía en algo, cambiarla. “La pena se convertirá en alegría”. (…) Vivir… vivir… eso es todo. Y dejar la vida sobre esta tierra como la dejaron Chéjov y Tolstoi.
La mala salud de Mansfield se agravó por una enfermedad venérea. Se marchó a un balneario cerca de Fontainebleau. Allí, a principios de 1923 le visita Murry. Katherine quiso convencerle de que estaba mucho mejor y subió de una sola vez unas escaleras. Esa misma tarde sufrió una hemorragia pulmonar que le costó la vida. Tenía solo 34 años. Apenas tres años después Murry publicó toda su obra y pudimos conocer cómo era la mujer que se escondía detrás de algunas de las obras más deslumbrantes del siglo XX.
1922
Octubre. Importante. Cuando podemos empezar a no tomarnos en serio nuestros fracasos, significa que estamos dejando de tenerles miedo. Es de suma importancia aprender a reírnos de nosotros mismos.
Tomado de:https://valenciaplaza.com/diarios-de-la-agitada-vida-de-katherine-mansfield

LA VELACIÓN DE LOS ANGELITOS O la “kejtzítakua zapícheri” Por Julie Sopetrán

El blog de nuestra amiga Julie tiene una riqueza enorme. Bucear en su  blog es aprender, disfrutar de lo que cuenta con sus fotos y la claridad de su palabra. A los blogueros nos sucede que lo que se cuelga en el ahora es lo que hay que leer, y no, al menos con el contenido escrito que tiene nuestra compañera, los invito a su casa y saldrán con el deseo de volver. 
                                      Niños participando en la noche de muertos con los adultos.     Foto: Julie Sopetrán
Todos los años, el primero de Noviembre, los pueblos del Lago de Pátzcuaro, se preparan para la llegada de los que vienen del otro mundo, y los niños especialmente este día van al panteón, (en España el cementerio,) para celebrar la  “kejtzítakua zapícheri”, que quiere decir Velación de los Angelitos o muertos niños, chiquitos, esta velación se hace en la mañana muy temprano y la hacen los niños y las niñas en sus respectivos lugares.
                                  Velación de Angelitos  –   Foto: Julie Sopetrán
¿Qué hacen los niños? Van a las tumbas y rezan, colocan y encienden sus velas, ponen sus flores, llevan comida, ofrecen a sus muertitos el atole, el pan de muerto, esas figuritas de azúcar, incluso el juguete preferido es muy importante.  Los niños creen que los muertos vienen de un lugar llamado Cumiehchúcuaro, que en los pueblos antiguos era el reino de los muertos.
En forma de X, hacen con carrizo un arco, lo forran de cempasúchil, esa flor amarilla de la que ya he hablado y en purépecha se llama “tiringuini tzitziqui”, en estos arcos o estandartes se cuelgan muchas cosas: frutas, pan, flores, figuras de alfeñiques, calaveritas de azúcar, bebidas que preferían los muertos, detalles personales, etc… Y una vez terminado todo, se coloca en el lugar más alto de la ofrenda o como ellos la llaman la huarzácuri, este arco es el más visto y llamativo cuando se mira en la distancia.
                                     Niño en el cementerio. Foto: Julie Sopetrán

Las niñas van vestidas con rebozo y largas faldas, debajo del rebozo llevan blusas de seda, lucen vivos colores, y se destacan los zapatos muy brillantes.  Algunas niñas llevan el delantal bordado.  No en todos los lugares llevan el atuendo típico. En otros visten más normales. Los niños cargan las flores y su misión también es encender las velas y arreglar las tumbas. Saltan de un lado a otro, se ríen y parece que juegan, pero en realidad son observados por sus familiares mayores, que les inculcan las buenas costumbres de los antepasados, enseñándoles cómo deben respetar a los muertos sin tenerles miedo y lo esencial que es cumplir con los ritos y las creencias de su cultura. 

Niña con pétalos de flores para adornar la tumba.  Foto: Julie Sopetrán

A lo largo del cementerio, los niños conversan entre si, tocan a veces instrumentos musicales, participan entre ellos de un mismo sentir, cada niño conoce cada tumba de sus familiares y allí se sientan, contemplan, juegan a mirar, a sentir, a ver… A veces ríen, a veces en silencio expresan todo aquello que las personas mayores no saben expresar: su inocencia, su complicidad con lo infinito.
                            Velación de angelitos. Foto: Julie Sopetrán
Le pregunto a uno de los niños a quien está velando y me dice que a su abuelito, un hermano más pequeño y a su mamá.  No hay tristeza en sus ojos, a él le parece natural la muerte y está aprendiendo tradiciones. Sus familiares a un costado del cementerio lo observan, y como a él a otros muchos niños y niñas. Junto a las paredes del lugar sagrado, muchos padres forman corro y ellos, los niños son los protagonistas de esta velación emocionante. Algunas abuelas sentadas sobre los petates de paja, contemplan a los nietos y nietas en sus actos.
La misión fundamental de esta ceremonia es que los niños y las niñas aprendan y mantengan esa unidad familiar dando culto de amor y respeto a quien se ha ido y vuelve de visita en esta fecha.
La ceremonia suele durar unas tres horas, hace fresco, porque es a primera hora de la mañana, a eso de las diez ya ha terminado todo. Los niños regresan a sus casas y en el cementerio queda el color de la infancia impregnado en las flores, en los cirios encendidos, en la comida cubierta con un paño bordado a punto de cruz. Por la noche esos niños volverán con sus familiares a la velación de los adultos. Pero ellos ya han participado recreando su propia velación.
En el cementerio. Foto: Julie Sopetrán
Viviendo esta ceremonia recordé cuando yo era niña, el miedo que sentía a todo lo que estaba relacionado con la muerte. Incluso cuando mis compañeros del colegio iban a jugar cerca del cementerio, yo me iba al otro extremo del pueblo a contemplar las puestas de sol. No. No soportaba pensar que tenía que morir o que alguien de mi familia muriese. No estaba preparada como estos niños de México, para aceptar tan inmenso misterio. He tenido que crecer para contemplarlos a ellos,  y darme cuenta que la muerte tiene un encanto de color y esencia  por descubrir y  ahora, necesito volver a ser niña para verlo y sentirlo sin ningún miedo. Porque la inocencia es ancestral y ante ella lo incompresible se transfigura y lo esencial se hace más visible y concreto. Necesitamos encender una vela, como los niños, para ponernos en contacto con lo más sencillo, que es en suma lo que nos une.

Katherine Mansfield de Nueva Zelanda

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Fiesta en el jardín


Y, después de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cielo sin una nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro pálido velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde habían estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a todos interesan. Cientos, sí, literalmente cientos habían abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran visitado.
No había concluido el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.
-¿Mamá, dónde quieres poner la carpa?
-Mi hija querida, es inútil preguntármelo. He resuelto que este año las niñas se encarguen de todo. Olviden que soy la madre. Trátenme como a un invitado de honor.
Pero Meg no podía vigilar a los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso verde y encima su kimono.
-Tú tendrás que ir, Laura; tú que eres artística.
Allá fue Laura, con su pedazo de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.
Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.
-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.
Pero resultó tan horriblemente afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
-¡Oh, ustedes vienen…! ¿es por la carpa?
-Así es, señorita -replicó el más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole-. Es para eso.
Su sonrisa era tan espontánea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle: “¡Ánimo, no te vamos a comer!” ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de negocios: la carpa.
-Bueno, ¿qué les parece aquel macizo de lilas? ¿Servirá?
Y señalaba el macizo de lilas con la mano que no tenía el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior; el más alto frunció el ceño.
-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.
-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.
-Hum, ¿van a tener una orquesta? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
-Sólo una pequeña orquesta -dijo Laura con dulzura.
Si la orquesta era pequeña, quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto la interrumpió.
-Mire, señorita, ése es el lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
Junto a los karakas. Así los karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la carpa?
Y los escondería. Ya los hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, se llevó el pulgar y el índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvidó los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
Tienen la culpa -decidió, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo… Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: “¿Estás bien ahí, camarada?” “¡Camarada!” El compañerismo, el… el… Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué cómoda se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura dio un gran mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sentía como una pequeña obrera.
-¡Laura, Laura! ¿Dónde estás? ¡El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la casa.
-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.
-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.
-¡Ya lo creo!
De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.
-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y tú? -murmuró Laura.
-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-. Rápido, al teléfono, chica.
El teléfono.
-Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty? Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de sándwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí, ¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; espera. Mamá me llama-. Laura se sentó. -¿Qué, mamá? No oigo.
La voz de la señora Sheridan bajó flotando por la escalera.
-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.
-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
Laura colgó el auricular, levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se enderezó en el asiento. Se quedó quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían abiertas. La casa estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde que conducía a la cocina se abría y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sentía un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así? Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando también. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:
-Le digo que no sé. Espere. Voy a preguntar a la señora.
-¿Qué hay, Sadie? -preguntó Laura entrando en el pasillo.
-Es el florista, señorita.
Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
En ese mismo instante llegó la señora Sheridan.
-Está bien -dijo con calma-. Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?
Apretó el brazo de Laura.
-Pasaba por la florista ayer y los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.
-Pero yo te oí decir que tú no querías intervenir.
Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.
-Queridita, tú no quieres tener una madre lógica, ¿verdad? No hagas eso. Aquí está el hombre.
Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.
-Deposítelos junto a la entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la señora-. ¿No te parece, Laura?
-Oh, sí, mamá.
En el salón, Meg, Josefinafina y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
-Ahora, si pusiéramos este cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
-Bueno.
-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra y… un momento, Hans…
A Josefinafina le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.
-Diga a mamá y a la señorita Laura que vengan en seguida.
-Muy bien, señorita Josefinafina.
Se volvió hacia Meg.
-Quiero ver cómo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar “Esta vida es triste”.
¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.
Esta vida es tris-te,
Una lágrima… un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima… un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces… ¡adiós!
Pero en la palabra “adiós”, y aunque el piano parecía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una brillante sonrisa, terriblemente antipática.
-¿Estoy en voz, mamita? -sonrió.
Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sueño… un despertar.
Pero Sadie interrumpió el canto:
-¿Qué hay, Sadie?
-Por favor, señora, la cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para los sándwiches.
-¿Las tarjetas para los sándwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.
-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
Sadie desapareció.
-Bueno, Laura -dijo la madre rápidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ahí, escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto. Niñas ¿me oyen, o tendré que decírselo a su padre cuando vuelva esta noche a casa? Y… y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.
Al fin el sobre apareció detrás del reloj del comedor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo había ido a parar allí.
-Una de ustedes debe de haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente… queso fresco y cuajada con limón. ¿Lo escribieron?
-Sí.
-Huevo y… -la señora Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece atún, pero no puede ser, ¿verdad?
-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.
-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!
Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.
-Nunca he visto sándwiches tan exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¿Cuántas clases hay? ¿Quince?
-Quince, señorita Josefina.
-Bueno, la felicito.
La cocinera recogió las cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.
-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.
Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.
Sadie los trajo y volvió a la puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar sobrante.
-¿No le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.
-Supongo que sí -respondió la práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.
-Tomen uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará cuenta.
Oh, imposible, ¡pastelitos de crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de batida.
-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa. ¡Son tan simpáticos!
Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
Algo pasaba.
-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien contaba la cosa.
-¿Qué hay, qué ha sucedido?
-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.
-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato.
-¿Sabe, señorita, aquellas casitas allá abajo?
¿Conocerlas? Claro que ella las conocía.
-Bueno, allí vive un muchacho carretero, se llama Scott. A su caballo lo asustó esta mañana un camión y lo tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Murió.
-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.
-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.
Y dirigiéndose a la cocinera:
-Deja una mujer y cinco chicos.
-Josefina, ven acá -Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.
-Josefina -le dijo horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?
¡Suspender todo, Laura! -gritó Josefina atónita-. ¿Qué quieres decir?
-Suspender la fiesta en el jardín, claro-. ¿POr qué fingía Josefina?
Pero Josefina estaba cada vez más asombrada.
-¿Suspender la fiesta? Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extravagante.
-Pero no es posible celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimeneas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Josefina, en sus andanzas, solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso. Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.
-Estoy pensando lo que será la música de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.
-¡Oh, Laura! -Josefina empezó a irritarse seriamente.
-Si vas a suprimir la música cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno tú. Comprendo como tú-. Sus ojos se endurecieron y miró a su hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea-. No vas a resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos -dijo blandamente.
-¡Borrachón! ¿Quién ha dicho que estaba borracho? -Laura se volvió furiosa hacia Josefina. Dijo justamente lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mamá, ahora mismo.
-Ve, querida -dijo Josefina con un arrullo.
-Mamá, ¿puedo entrar? -Laura hizo girar el picaporte de cristal.
-Por supuesto, querida. Pero ¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada? -La señora Sheridan se volvió hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.
-¿Pero no en el jardín? -interrumpió la madre.
-¡No, no!
-¡Ah, qué susto me has dado! -la señora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.
-Pero escucha, mamá -dijo Laura. Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia-. Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y la gente llegando. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.
-Pero, querida mía, hay que tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están vivos en esos oscuros agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.
-Mamá, ¿no es una falta de consideración de nuestra parte? -preguntó.
-¡Vidita! -la señora Sheridan se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plantó en la cabeza-. ¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé hacer para ti. Es demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita. ¡Mírate! -y levantó su espejo de mano.
-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
Pero ya la señora Sheridan había perdido la paciencia lo mismo que Josefina.
-Laura, te estás volviendo absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
-No entiendo -dijo Laura, y salió apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. Allí, por pura casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y de aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso, irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaré nuevamente después de la fiesta. decidió. Desde todos los puntos de vista le pareció el mejor plan…
Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
¡Querida! -aulló Kitty Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.
Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.
-¡Lorenzo!
-¡Hola! -estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más elegante!
Laura dijo a media voz:
-¿Te parece?… -le sonrió, y no le contó nada.
Poco después empezó a llegar la gente a montones. La orquesta rompió a tocar; los sirvientes de alquiler corrían de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se veían parejas paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped. Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan por una tarde en su vuelo… ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
-¡Laura, querida, qué bien estás!
-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!
-Laura, pareces española. Nunca te he visto más admirable.
Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: “¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta son especiales”. Corrió adonde estaba su padre y suplicó:
-Papaíto querido, ¿le podemos servir algo de beber a la orquesta?
Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
“Nunca hubo fiesta más deliciosa…” “Un gran éxito…” “La más grande…”
Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
-Se acabó, se acabó, gracias al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.
-Toma un sándwich, papaíto. Yo escribí el nombre.
-Gracias -el señor Sheridan se lo comió de un bocado. Tomó otro-. ¿Supongo que no han sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.
-Querido -dijo la señora Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quería suspenderla.
-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.
-¡De todos modos, es un asunto horrible -dijo el señor Sheridan-. Además, el hombre era casado. Vivía en la callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de chiquillos.
Hubo un silencio embarazoso. La señora no sabía qué hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de papá…
De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
-Ya sé -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y, además, se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡Qué suerte que estén listos! ¡Laura! -se levantó de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que está en la escalera.
-Pero, mamá, ¿crees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.
Y otra vez ¡qué raro! parecía sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la pobre mujer?
-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora…
-¡Oh, bueno!
Laura corrió con la canasta. La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
-Llévala tú misma, queridita; corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.
-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la práctica Josefina.
Es cierto, muy a tiempo.
-Entonces sólo la canasta. Pero Laura -la madre la siguió hasta afuera de la carpa-, de ningún modo…
-¿Qué, mamá?
No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.
-Nada, vete pronto.
Empezaba a oscurecer cuando Laura cerró el portón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yacía un muerto, y no podía creerlo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro! Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fue: “Sí, ha sido todo un éxito la fiesta”.
Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.
Hubiera debido ponerse un abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando; ¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería mejor volver?
No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:
-¿Es aquí la casa de la señora Scott?
Y la mujer, sonriendo de un modo raro:
-Aquí es, señorita.
¡Oh, salir de esto! Repetía: “Ayúdame, Dios mío”, mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la cesta y me marcharé, decidió. No voy a esperar que la vacíen.
Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.
Laura preguntó:
-¿Es usted la señora Scott?
Pero con gran horror suyo, la mujer contestó:
-Entre, por favor, señorita -y se encontró encerrada en el pasillo.
-No, no quiero entrar; sólo quería dejar esta cesta. Mamá envió…
La mujer en el pasillo oscuro no pareció oírla.
-Por acá, si gusta, señorita -dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
Llegó a cocina pequeña, bajita y maltrecha, iluminada por una lámpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante el fuego.
-Emilia -dijo la mujer que la dejó entrar-. ¡Emilia!… es una señorita. -Se volvió hacia Laura. Dijo humildemente: -Soy la hermana. Discúlpela, señorita.
-¡Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo… yo sólo quería dejar…
Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí. ¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
-Está bien, querida -dijo la otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra vez-: Discúlpela, señorita -y su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al dormitorio en que yacía el muerto.
-¿No quiere verlo? -dijo la hermana de Emilia, y empujó a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, señorita -y su voz era cariñosa, confidencial. Tiernamente bajó la sábana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.
Laura la siguió.
Ahí estaba un joven dormido, profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la orquesta tocaba, había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz… feliz… Todo está bien, decía el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.
Pero aún así hacía llorar, y Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Sollozó como una niña.
-Perdone mi sombrero -le dijo.
Y no esperó esta vez a la hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
Surgió de la sombra.
-¿Eres tú, Laura?
-Sí.
-Mamá estaba inquieta. ¿Todo fue bien?
¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo, se apretó contra él.
-¿Pero no estás llorando, verdad? -le preguntó el hermano.
Laura movió la cabeza. Estaba llorando.
Lorenzo le pasó un brazo por el cuello:
-No llores -dijo con su voz afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?
-No -sollozó Laura-. Era maravilloso. Pero Lorenzo…
Se detuvo, miró a su hermano.
-La vida es… -tartamudeó-. La vida es…
No podía explicar qué era la vida. No importaba. Él comprendió.
-¿Verdad que es, queridita? -dijo Lorenzo.

 

 


(Kathleen Beauchamp; Wellington, Nueva Zelanda, 1888 – Fontainebleau, Francia, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James JoyceD. H. LawrenceVirginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.

Choka a la inmensidad.

Inmensidad
de la sustancia oscura;
del mar profundo,
del mapa astral;
en tus ovarios,
en tu mama que nutre.
Grandeza al hacer vida.

No lleva título,No lleva rimas consonantes
Es posible usar rimas asonantes
Admite todo tipo de recursos líricos y retóricos
La cantidad de versos es variable:
Puede ser tan largo como el poeta guste
La cantidad mínima de versos, dada su configuración métrica, es de 7 versos, para diferenciarlo de un tanka, como ya veremos más adelante
Un chöka debe terminar en un katauta de 3 versos con métrica 5-7-7 y contener 2 o más pares de versos 5-7; de esta cuenta, su métrica mínima es: 5-7, 5-7,5-7-7

Las 25 mejores películas del siglo hasta ahora – The New York Times — » Una Voz en el Silencio «

https://www.nytimes.com/interactive/2017/06/13/arts/25-peliculas.html

a través de Las 25 mejores películas del siglo hasta ahora – The New York Times — » Una Voz en el Silencio «

Veinte años un canción cubana o del mundo

Veinte años’ es una canción del género ‘habanera’ que cuenta una historia de amor que termina en desilusión luego de dos décadas de momentos compartidos. La canción fue escrita por la compositora cubana Guillermina de Aramburu en 1935 y musicalizada por su amiga de la infancia María Teresa Vera, quien la interpretó durante 27 años, transformándola en una joya de la cultura cubana.

Además, el tema cuenta con adaptaciones de decenas de intérpretes entre los que destacan Pablo Milanés, Diego El Cigala y Omara Portuondo, quien siempre la incluye en su repertorio con el Buena Vista Social Club.

La interpretación de Nora e Isaac y su impacto en la audiencia han demostrado que el tema es un clásico de todos los tiempos capaz de renacer en cuántas voces existan dispuestas a interpretarlo.

Tiene ochenta y cuatro años y parece que la hicieron ayer. Y es que las cosas buenas no tienen edad.

Resultado de imagen para Maria teresa vera

María Teresa Vera (Guanajuay, Cuba, 6 de febrero de 1895-La Habana, 17 de diciembre de 1965) es una cantante, compositora y guitarrista cubana.

A muy temprana edad empezó a darse a conocer en los ambientes de bohemia y trova. Empezó a cantar en 1911 y el cantante Manuel Corona le aconsejó que aprendiera a tocar la guitarra . María Teresa conformó un dúo de leyenda junto a Rafael Zequeira y entre 1914 y 1924 grabaron casi 200 canciones, muchas de las cuales fueron exitos populares inmediatos como «A llorar a Papá Montero» . Conoce a Ignacio Piñeiro y le enseña a tocar el contrabajo. En 1926 funda el Sexteto Occidente, dentro de la tradición cubana de sextetos de son. También cantó en el Grupo Típico de Carlos Godínez.

El mérito de Nora e Isac es que la regresaron del tiempo para conocimiento de los jóvenes. Les presento  tres versiones: la de los niños, la de buena vista,  con la voz de Omara y la silvia Pérez que no tenía el gusto, pero me quito el sombrero por su voz y su belleza y la emocionalidad de su interpretación.  Que la disfruten… Encontre otra… se las pongo también…

 

 

 

 

Mi camino y la palabra

Mi camino está cerca del final. Reflexiono que lo mejor de nosotros lo llevamos dentro. Por eso, abro mis ventanas y azuzo los pensamientos para que tengan oportunidad de ser. He vivido entre las hojas de los libros y hoy entre las pantallas. Encontré hospedaje a lado de la palabra. Ella es mi otro corazón. Me complace lanzarla al espacio y admirar sus giros, me embelesa como la flor, el cielo o el mar.