El circo por Rubén García García

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La jovencita parecía super niña. La mujer barbada levantó al elefante con un gesto de destreza. El hombre bala regresó disfrazado de hombre pájaro, desafiando la lógica del circo. Los payasos acróbatas hicieron reír al público hasta morir, sus carcajadas flotando en el aire como confeti.

Cuando el primer gallo cantó, el pueblo fantasma se hizo transparente, y del circo solo quedó la lona destrozada, sucia y olvidada, ondeando en el viento como un triste recordatorio de lo que fue.

Negritud por Rubén García García

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Compré un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón y fina caída.

Por fin lo lucí, con un maquillaje sobrio.

Mi esposo y yo, en este último “ahora”, solo coincidíamos en nuestra capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo la suya. No había dinero de por medio, solo odio. Un odio profundo.

Es cierto, lucí con glamur en el velatorio. Mis familiares exclamaban: «¡Qué hermosa se ve! Hasta parece que está dormida».

De lo bueno la mitad por Rubén García García

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Tanto era la insistencia, que de vez en cuando ella lo azotaba con desgano. «más duro, más duro» -suplicaba él. Pero fiel a su sadismo, siempre lo dejaba a la mitad.

Me dije por Rubén García García

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Me dije cuando me dormía:

«gran sueño es la muerte»

Ya cantaron los gallos, sono el silbato de las siete, la tía trastea en la cocina…y nada que me despierto.

El espejo y la pinza por Rubén García García

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¡Qué difícil es mantenerte como un viejo aseado! Hoy, los pelos de la nariz han crecido más. Con un espejo de aumento y una pinza en mano, me preparo. A ver, allí está uno… Trato de apresarlo. Buff, al fin.

Parece que fue ayer cuando mi amante me decía: «Acuéstese, que yo lo depilaré». Recuerdo su risa: cada vez que gritaba, ella acariciaba mi mejilla y frotaba su nariz con la mía. Eran momentos de complicidad, pequeños gestos que parecían enormes.

Ahora, cada vez que desprendo uno, grito y tiento mi piel; solo está la nariz.

El mensajero por Rubén García García

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En la plática por la red, ella era hábil y osada, capaz de dialogar a espaldas de los suyos sin que lo notaran. Me transportaba por su ciudad, me llevaba por cada rincón de su casa y, pícara, decía: «Por si vienes de noche, ya saben cómo entrar». La residencia era un laberinto añejo, con secretos que solo ella conoce.A veces se quedaba en pausa. Sabía que eso significaba peligro: alguien rondaba su espalda. «No te vayas, fuego vengo», escritura. Eran palabras clave. Si decía: «Ve a la cocina y prepárate algún bocadillo, a un lado están las gaseosas», yo entendía que tardeía más tiempo.Pronto encontramos la mejor hora para evitar interrupciones. Si ella no aparece, me inquietaba. Si yo faltaba, pensaba lo peor.Un día nos acostamos virtualmente. «Cuando te leo, siento que tus palabras me recorren y me estremezco. Nunca había experimentado la piel de gallina. Contigo super lo que era».Amarnos sobre las hojas de hierba fue irreal, un sueño, un imposible. Un tiempo, lo entendimos.

Asalto a la cocina por Rubén García García

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Por la madrugada, resonaba el sonido de la leche al ser vertida en el vaso; el pan crujía sonoro en su boca en la silenciosa cocina. En automático, levantaba la frazada y continuaba con su roncar monótono, un ciclo que finalizaba con dos soplos y un chisteo. Ya peinado, revisaba las porciones medidas y comenzaba a ingerir sus alimentos. «Si es disciplinado, en tres meses tendrá ocho kilos menos», le había dicho su nutrióloga. Sin embargo, al pesarse, el número era el mismo que hacía tres meses. Canceló su cita con ella. Diez minutos después, la impresora empezó a gruñir y, escupiendo tres hojas, leía: “La nueva dieta de la luna: baja diez kilos en un mes.”

Diacronía por Rubén García García

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Me atrae tu pelo que se mece al compás de tu paso. Respiro tu aroma de sándalo, mientras el mío se pierde en la distancia. Escucho tu voz, como lluvia que golpea un tejado; un murmullo que me atraviesa y se disuelve. Quiero estar contigo, mirando el barco que se hunde tras el sol que muere. Me he convencido: eres la mujer que habría deseado por y para siempre. Duele que pases y no me mires, si supieras lo que es ser transparente, ser nada.

Espero, paciente como el agua chapoteando a la luz de las lunas. Pendiente hasta el día de tu muerte, cuando, al fin, pueda llevarte a mi ataúd que, lleno de flores, te espera…

El hermano mayor de Rubén García García

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Después de dos años de noviazgo, mi novia decide terminar la relación sin darme explicaciones. Me duele, pero trato de comprenderla. Semanas después, fui a su casa para agradecer a su madre por las atenciones recibidas; siempre me llevé bien con la familia. Durante la charla, me confesó que el nuevo pretendiente de su hija tenía «un no sé qué.» Desvié la conversación, y entonces hablamos de su hija menor, que tiene dificultades con las matemáticas. La madre me pidió si podía ayudarla, “ella tan tímida, me pidió que le dijera. Mi pequeña lo ve como si fuera un hermano mayor.”

Le dije que sí, y con una sonrisa, abrí los brazos en un gesto de agradecimiento. «Qué lindo lo de su niña,» comenté. “Pero, es complicado… usted me entiende.” Para evitar un no, le sugerí que solo podría hacerlo en mi departamento. Justo entonces, ella tuvo que contestar una llamada, lo que me dio la oportunidad de despedirme.

Un mes después, la hermana menor, tan tímida y bella, me envía un mensaje breve: «¿Te molesto si paso después de clases?» Y lo firma con su nombre completo, casi como si fuera una cita formal.

Deseos por Rubén García García

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Tener una buena memoria, brillante como set de fotografía. Alegre como pista de circo. Una memoria que salte en un triple mortal y logre que ella se pregunte:

¿Cómo es posible que recuerdes cómo iba vestida el día que me diste el primer beso?

Aún te falta oler el mar por Rubén García García

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No sentirás dolor, le dice el médico a mi esposa. Estoy cubierto por sedantes y analgésicos. Afuera, el perro aúlla; ¿será presagio o buen deseo? Respiro con dificultad; el frío me cala hasta el tuétano, y, aun así, sudo, como si mi cuerpo expulsara el filo de lo que me daña. No tengo dolor, no tengo dolor, me repito, tratando de ser un paciente disciplinado, como si con ello me diese ánimo.

En medio de esta confusión, sueño. En el sueño, un aroma a hierba triturada me envuelve; el olor es intenso. Llega como descarga, el hipo. En un destello, veo a Don Agustín, con sus ochenta y tantos años, señalando a su sirvienta con un dedo calloso: «¿Usted cree? Esta vieja dice que si tengo hipo por un día es señal de que me voy a morir».

Sigo en el sueño, pero las voces de afuera se filtran. Mi esposa, al escuchar mis quejidos, me toca la frente con su mano tibia y temblorosa. «Está agonizando», murmura con un hilo de voz que se quiebra.

«Es puro hipo, mamá», responde el benjamín, el hijo que más amé, con esa mezcla de inocencia y certeza que solo un púber puede tener. «Ya acabó, mamá. Ciérrale los ojos ahora; si no, quedará con los ojos abiertos. Así descansa él, y nosotros también».

El silencio se rompe con un sollozo distante, un lamento que parece venir de otro mundo. Es la voz de mi madre, desde algún lugar, que susurra con tono firme y sereno: «Aún no es hora. Cierra tus oídos y llénate de vida; vuela entre las montañas, entrégate a las olas del mar y surge como un pájaro que lleva en el pico los aletazos de un pez».

Años después, mi esposa me dirá: «Sentimos que te morías». Su mirada estará cargada de algo más que recuerdos.

El fantasma de la notaría por Rubén García García

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Cuando el personal de la notaría se retira, el fantasma se hace notar. Cambia de lugar los utensilios, enciende la televisión de la sala de espera y provoca leves crujidos en las paredes. Pero el notario, absorto en su labor metódica, no reacciona.

Desconcertado por la indiferencia, el fantasma comienza a sollozar en el rincón más oscuro de la oficina. Su llanto tenue resuena como una queja lastimera en el silencio. El notario suspira sin levantar la vista y, entre dientes, murmura:
—Siempre hace lo mismo.

Sin más, continúa con su trabajo.

El día que llegaste por Rubén García García

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La larga fila de las hormigas no intuyó que, a la vuelta del cedro, arribaría intempestivo el aguacero. Las hierbas menguadas se levantaron con florecillas resplandecientes. De un barranco sombrío surgieron en fila las mariposas amarillas, como minúsculos canguros que rozaban el brillo de la hierba. El aire bochornoso se hizo fragante, olía a tierra recién nacida. La nopalera polvosa dejó ver el verde, y entre las espinas del cactus brotaron blancas flores jaspeadas por minúsculos arcoíris.

Ese fue el día en que llegaste. Cansada, me pediste agua. Día a día te fui dando mi silencio, mi palabra y la soledad de mi silbido. Un día te di todo. «No será para siempre» —me dijiste—. Aun así, yo era feliz sin nada; bastaba una caricia de tus ojos para sentir que volaba como una pandorga.

Ahora que ya no estás, el cactus ha vuelto a cerrarse, y el polvo del camino, día a día, le teje una capa. De las mariposas, aquellas gotas de sol, solo queda el rastro fugaz de su vuelo. El gato, cansado de buscarte, solo aleja su mirada hacia el horizonte.

—Ya no mires tanto —le digo, acariciando su cabeza—. Mientras mis ojos buscan en la lejanía, los del corazón peinan tus trenzas y me traen el aroma de manzanilla.

La falsa coma por Rubén García García

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Regresé a casa con más copas de las debidas, recordando apenas haberme despedido de mi esposa con un «luego vengo». Por la noche, llegó mi suegra, viuda que se la pasa viajando en competencias deportivas. Mi mujer le dio nuestra habitación.

De madrugada, al volver, no encendí la luz y en la oscuridad total cumplí con fogosidad. Salí al baño, e instantes después llegó mi esposa. Me quedé con la palabra en la boca cuando dijo: «Llegó mi mamá y está durmiendo en nuestra recámara… Regresa al cuarto y saca tu ropa; veo que ya traes el pijama puesto». Se me bajó la borrachera de golpe.

En la mañana, los gritos de mi esposa me despertaron: su madre no reaccionaba. Llamaron a un médico, y la suegra estuvo ocho días en el hospital en estado de coma. Una mañana despertó buscando los tenis porque tenía competencia. Mi alivio fue total cuando vi que no recordaba nada.

Días después, mientras se subía al avión, me detuvo un momento, aprovechando que mi esposa se había alejado, y susurró: «Todavía tengo la huella de tu boca. Eres un tigre…»

Una palabra intensa por Rubén García García

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No, no soy mayor de edad. Si me ve disfrutando del recreo con mi uniforme, pensará que soy una escolar. Si me observa en una fiesta con mi falda ceñida, tendrá otra impresión, y si llevo un vestido largo y maquillaje, seguramente me mirará de arriba abajo. Soy la misma, pero usted no tiene la capacidad de ver mi interior ni de leer mis pensamientos. Conoce la forma, pero no el fondo. Quizás me siga viendo como a una niña, o tal vez una conversación conmigo le haga cambiar de opinión.

Recuerdo que en la primaria leí en el baño de mujeres una palabra cuyo significado, en ese momento, solo entendía de manera literal. Fue en la secundaria, por mi maestra de biología, cuando supe que se refería a la relación íntima. Tiempo después, la palabra cobró toda su magnitud. Aquella vez, fui yo quien se lo pidió a él, con urgencia, impulsada por un deseo desconocido, algo tan intenso, tan demandante como la sed misma. Una palabra que, en un instante, te hace ver el mismo cielo de Van Gogh.

Tamara de Lempicka fue una artista de origen polaco, nacida el 16 de mayo de 1898 en Varsovia. En cuanto a su importancia, ella es considerada por muchos estudiosos y críticos como una de las figuras principales del movimiento Art Deco.