El día del padre de Rubén García García

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El anciano movió la cabeza rala de pelo y contestó: tiene razón amigo, me casé muy, pero muy joven, por eso tengo ya bisnietos. Era un hombre apreciado. Mi moral y candidez estaban fuera de toda duda. ¿Qué cómo fue que me casé? esa es otra historia. ¿quiere que se la cuente? Es algo atrevida. Verá, iba por un barrio que no conocía. Se hacía de noche, Tras de mí intuía que unos pasos me seguían. Por el taconeo de las zapatillas deduje que era una mujer dispuesta. ¡Y no me equivoqué! En la soledad de un callejón me puso de espaldas a la pared y usted se imaginará. A ella la obligaron a casarse… para salvar mi honra. Tiene razón. Eran otros tiempos. Los tiempos de mamá Carlota o lo que es lo mismmo: cuando a los perros los amarraban con chorizo.

La duda texto numero dos de Rubén García García

Después de escucharlo me sosegué. Qué no soy mayor de edad, qué soy una niñata, qué me dejé llevar por la pasión. La decisión la tomé yo. Yo fui quien se lo pidió. En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba escondida la palabra «cógeme». Posteriormente lo supe, pero era una palabra vana, sin peso. Hace dos meses tuve que decirla apremiada por mi deseo. Me explotó como un flash y tomé conciencia de todo el significado.

Me ha dicho al oído que quiere bañarse conmigo y me sonrojo. Le digo que sí, pero seré yo quien lo bañe y él a su vez lo hará en reciprocidad. Hace diez, once años años llevaba mis muñecos a la tina y chapoteando el agua los fregaba con jabón para luego vestirlos y llevarlos a su cuna.
Los dos estamos desnudos. Con delicadeza talla mi cabello y lo enjuaga. Con la esponja me ha frotado el cuello, los hombros, la espalda y frota mis pechos que responden y se erectan. Soy muy sensible y eso él lo sabe. Confieso que estando dormida con una almohada entre mis piernas me desperté a media noche porque sentí algo raro que me corrió de mi panza hacia las piernas. Le dije a mi mamá, no me hizo caso, solo chasqueó la boca y me contestó que debía de ser un calambre por mis clases de ballet.

Tiempo después me hice novia de un niñato que se me quedaba mirando y recibía de él besos en las manos y el más atrevido en la frente. El más reciente fue un moreno de ojos verdes que pertenecía a un grupo musical. Él me enseñó a besar y a ponerme la piel de gallina cuando alguna vez me acariciaba los senos. Después me exigía que tuviésemos intimidad y lo mandé a volar. Ahora que tengo más vida, quizá hubiese accedido si me hubiese tenido paciencia. Ahora frota mis muslos, temeroso, por encima del vello ensortijado de mi pubis, no se atreve a más. Abro mis piernas y le pido que pase la esponja, lo hace con temor. Le tomo la mano y lo hacemos los dos. Me he dado la vuelta y su mano amplia recorre mis nalgas, abre mi surco y agrega abundante jabón. Llevo su mano e higienizo mi parte anal. La espuma desaparece con la regadera de mano. Me estremezco. Es una mezcla de placer y violación a mi intimidad.
Me agrada que sus manos se deslicen por mi cadera y me diga “que piel tan delicada tienes”. Besa y muerde quedo mis glúteos.
Soy yo quien lo baña, froto su pelo oscuro. Mi cabeza lle ga hasta su nariz. Su espalda es amplia, definida con sus crestas y valles, que contrasta su moreno blanco con el color cobre de su cara y la negritud de sus ojos. Su ombligo es profundo y tiene forma de coma. La cintura es la de un hombre que hace ejercicio. Mientras lo baño él acaricia mi pelo, sus manos me peinan. Le he tomado su pene y a medida que le paso la esponja se ha estirado. Se nota que está haciendo un esfuerzo por evitar la erección. Lo miro y le sonrío como diciéndole no te preocupes. No está circuncidado, así que le bajo el prepucio para hacerle la limpieza. La maestra que nos dio educación sexual nos enseñó a reconocer la piel sana de un miembro. Al subir y bajar el prepucio el aparato creció casi al doble y me sorprendí, que en esa primera vez tuviese dentro de mí, tanto espacio. “te gusta». Y sin hablar me toma de la nuca, en una clara insinuación. (lo rechacé, no por falta de deseos o asco, sino que ya llegaría el momento) Me hice la loca y terminé de bañarlo. Él me toma del mentón y me besa con ternura. Sus manos sobaron mis nalgas y sin secarnos nos fuimos hasta llegar a la cama. Pensé que el sexo era inminente, pero no, solo me abrazo y dejó su miembro entre mis piernas y me aprieta contra su pecho.

El mesero vino a tocarnos y dejó el menú debajo de la puerta. Se levantó y fue a recogerlo, Elástico, alto y con una cicatriz cerca del hombro. Los vellos del pecho y de los brazos lo hacían ver como un oso y me recordé al oso jeremías que dormía conmigo de niña. No sé cómo podía contenerse, solo de bañarlo y verlo mi excitación estaba en niveles ascendentes. Me pregunté si mis atributos no serían capaces de motivarlo. Cuando sentí que sus manos apretaban mis glúteos, yo levanté mi cara e hice que descansaran mis pechos en su cuello, Con eso le decía que ya era el momento de atenderme. Volvió a besarme. “ardo en deseos de hacerte mía” “tambien” le dije. “Pero aún no. Traje preservativos, así no te pongo en riesgo ni de un embarazo, ni de alguna enfermedad”. “Si la tuvieses ya habría sentido alguna molestia”. “Dónde trabajo cada seis meses nos hacen un barrido de laboratorio. Hace dos meses nos ganó el deseo, fuimos un par de bonzos y no nos dimos un lugar para platicar. Hoy quiero que sea diferente. Fui tu primer varón y me complace que te hayas sentido satisfecha. Quiero hacerlo pensando que eres mi mujer y yo tu mujero”. Y me hizo soltar una carcajada. Si bien estaba que me derretía, lo que dijo me hizo sentir respetada.

Amor furtivo de Rubén García García

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No había nada que decirse, nuestras miradas exhaustas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio con pechos y pocas caderas, pero dispuesta a casarse con ella.

Obedeciendo al corazón de Rubén García García

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Aquel pollo se subía a los árboles y empezaba a graznar como urraca, a fuerza de exigirse un día se descubrió cantando como pájaro. El gallo más viejo le recriminó que no estuviese practicando el sagrado canto, que anunciaba la llegada del sol, y él se subió al tejado, tomo aire, batió sus alas y se fue volando hacia la montaña.

El tiempo se fue, ella no de Rubén García García

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Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que se mueve en círculos sin que ella te vea llorar.

Un domingo en el mercado de Cox de Rubén García García

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A las doce del día los pasillos del mercado se atestaban de gente. De las rancherías aledañas al pueblo llegaban para vender y otros a comprar. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero por los botines de piel, espuelas, o porta navajas. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta. Su esposa traía una fina yegua y tras de ellos un séquito de vaqueros. Se instalaban en la casa del presidente municipal donde lo esperaban cerveza en mano los principales del pueblo.

El club de los tragones buscaba los tamales de frijol, calabaza o de carne con chile. Una parte se situaban alrededor de la paila del carnicero esperando los chicharrones a medio cocer, o los que crepitaban en la boca. Yo salivaba por unos envueltos en la hoja del maíz, dentro estaban los sesos aderezados con fino chile verde, epazote y finas especies que la esposa del carnicero sabía y era un secreto que había pasado de generación en generación.

A un lado salían esponjosas las tortillas de maíz y una salsa verde de chile pateado con ajo. Olvidaba el atole de capulín o bien la horchata aderezada con canela. Tres vueltas alrededor del parque y regresaba a esperar alguna urgencia.

La seña del murmullo: cansancio de Rubén García García

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Lleva la pelota de ropa ajena que ha lavado en el río. No tarda la noche y sabe que hay que rebuscar en la cocina algunas tortillas que, untadas con frijol y chile, servirán para calmarle el hambre a su marido. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro y galletas se conforma. Tiene que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero esté en el sueño. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.

Rubén García García, La seña del murmullo, BGR Editora, España, 2023.

La duda de Rubén García García

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Yo sé que soy una mujer. Me sucedió meses atrás y lo acepto como parte de mi vida. Nadie sabe nada. Vivo con mis padres y recién terminé la instrucción secundaria. Mi madre prepara maletas. Es un viaje inesperado hacia una ciudad donde una tia abuela pide verla. Quieren mis padres que vaya con ellos, les dije que tenía examen de inglés y que tengo que estudiar. Es una mentira más, la realidad es que deseo estar sola.

La casa está en un barrio tranquilo. Es una construcción antigua, con un patio lleno de frutales y al fondo un departamento por si llegasen visitas. Por la noche se ilumina y se prenden las alarmas. Para acompañarme escucho a los Beatles en mi dormitorio. Al abrir el clóset para acomodar mi ropa interior miro hacia el rincón donde puse la bolsa de mezclilla, la misma que llevé cuando él me abordó. Iba temprano a casa de una compañera y darle una sorpresa. Un día antes, él me pidió informes para dar con un domicilio, se los di. «es que no di con la dirección». Se veía urgido y acepté llevarlo. Sería repetir lo que escribí y que guardo en un archivo secreto; ese día me hice mujer. Antes de despedirnos, en la minucia de un papel, copié apresuradamente el telefono.

Me prometí olvidar el suceso y escondí la bolsa. Y hoy la tengo en mis manos. ¿Qué habré sido para él? Desde que pasó, hasta ahora, me lo pregunto y me perturba. Le hablo y me contesta. Casi en monosílabos acordamos.

Nos veremos temprano en el sitio donde nos conocimos. Él trabaja en una ciudad cercana y durante dos meses tengo un desasosiego que me rebasa. Eché a la basura principios, la promesa de no mentir. Por fortuna la menstruación llegó normal. Por las noches pensaba y pensaba y concluía que era mejor cortar de tajo y olvidar. Horas después volvía a pensar en el hombre, en la habilidad que tuvo para que yo aceptase, o quizá él no fue tan hábil y yo si fui permisiva. De inmediato borré la llamada. «una se vuelve precavida cuando la manera de ser deja que desear».

Sería la segunda vez que me encontrase en el mismo parque, con la misma persona. » no es una persona, le nombraste el desconocido, pero es tu hombre, quien te…» La mañana es fresca. Voy hacia la plaza. Vestida con una falda de mezclilla, blusa blanca y la misma bolsa de hace dos meses. Casi por llegar, un carro que reconozco se empareja y abordo. Me contengo y le doy un beso en la mejilla y un hola que desea ser indiferente. Él me acaricia la mano y la mantiene, Eso me complace. Los dos en silencio y hacia la carretera que lleva al mar. «Te invito un helado de chocolate» Me sonreí, fue la frase con la que se inició la relación «Sí, pero que sea de vainilla» Los dos nos sonreímos y se aligeró mi tribulación. Volvió a tomarme de la mano, sentí su calor, su apretón delicado y tierno. Así manejó con una mano hasta que llegamos a la desviación para llegar a una quinta de cabañas con su propio garaje.

Desayunamos. Estábamos con el rumor del mar y salimos a caminar. Abrazados en silencio sentí sus besos dulces que me hablaban de un cariño. Me dieron a entender que había seguido pensando en mí. Besos que poco a poco fueron transformándose en apasionados. No lo rechacé, por el contrario, me sumé a su deseo. Hace dos meses también estuvimos en la playa, solo que en vez de caminar, corríamos. En la soledad se oye el rumor de las olas, el grito de las gaviotas y a lo lejos el silbato de un barco. Me dice: “han pasado dos meses desde la última vez que nos vimos. En estos sesenta días mis emociones y pensamientos han estado alrededor de ti. Ninguna duda tuve de la pasión que sentí. De la que siento, pero eso se pasa y luego me llené de prrguntas. ¿Te causé daño? ¿Qué tanto? ¿se habrán enterado tus padres? ¿ bajó tu regla? Cada quince días he venido a estacionarme en el parque con el propósito de verte y hablar contigo. Cuando escuché tu llamada fue una bendición. Ahora, frente al mar háblame con franqueza y si hay algún problema, lo resolvemos, y esto incluye todo y todo es todo” Me dio un acceso de risa y estuve a punto de llorar. Solo le dije “atrápame” y como la vez primera dejó que corriese un trecho y ya para alcanzarme me tiré sobre la arena, él me siguió y entre carcajadas nos abrazamos. Su beso amigo, amante, apasionado. Sentí su entrega y le di la mía. Te quiero, me dice. Yo tambien, le digo y volvimos a besarnos. Es ilógico pero desconozco muchas cosas de él, solo sé que trabaja en una fundación ecológica. Hoy estamos juntos y me siento feliz a su lado.

Consejos sección de sociales

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Muchas veces se ha escrito que la literatura no es el medio idóneo para tener una vida sin penurias. No insistiremos. Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida, si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es excelente para sostener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice el oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.

Horóscopo de Rubén García García

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Para los nacidos en capricornio se les advierte que la literatura es un espejismo. Los oasis son ilusión. Algunos, que son los menos, toman su reserva de agua y se adentran. Se topan con caravanas y eso les da ánimos para seguir en la búsqueda. Sucede, hay que consignarlo, que si miran a un niño vestido de príncipe platicando con un señor que repara una avioneta se dicen “estoy en el camino”. Entusiasmado sigue, sigue y sigue, hasta que se hace punto. Solo uno que otro se transformará en cocuyo, que en la oscuridad dará un chisguete intermitente de verde luz.

Juana de Rubén García García

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Hay lluvias que empapan y transforman los caminos en lodazales. Es el invierno de la sierra donde los días se atascan. Mi auxiliar salió pródiga para atender con paciencia a los enfermos. Nada raro que fuese amiguera, ya que el consultorio era paso obligado para llegar a la iglesia.

Juana vendía tamales que traía desde su comunidad y llegaba salpicada de lodo. Frente a la puerta de mi consultorio me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía me percataba de que se había lavado con esmero pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.

Juana solo hablaba el totonaco y se ponía a platicar con mi auxiliar. ¿qué se dirían? no lo sé, pero le dije: “se me hace que Juana anda de novia” y ellas volvían a entablar la platica y se soltaban algunas sonrisitas maliciosas. A Juana se le formaba dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros miraban hacia abajo dejando ver sus pestañas rizadas.

Cuando se iba, le preguntaba a mi auxiliar que es lo que habían platicado. Desviaba la plática y sin mirarme, sonreía. “ le dejó dos tamales para que almorzara”

Un día supe de que hablaban y sí, Juana era de armas tomar.

Madre soltera de Rubén García García

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El varón le dijo con su voz gruesa recién estrenada.

Mamá ya me fastidiaron las gordas. (una tortilla de maíz gruesa)

¡Tan sabrosas que son! Calientitas, con manteca, salsa de tomate con chile verde, mmm, dijeron sus hermanas.

Todos terminaron de comer en silencio.

Los días siguientes tuvo gordas en la mañana, en la tarde y en la noche. Tres días después, comiéndose su gorda, le dijo: “mamá que sabrosas están las gordas” “qué bueno que a mi hijo ya le gustan”

El tigre intertextualidad

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El tigre todas las noches visita la cueva que está a la mitad de la montaña. Sigiloso olfatea y escoge a su presa. Un grito y un cuerpo que es arrastrado es lo que se escucha, luego el silencio y el resto vuelven a dormir. Mañana sabran quien fue el alimento de la bestia. Suk, es el jefe de la tribu. «a este paso no quedará nada de nosotros».

En el pequeño valle se disputan el alimento con otras especies. Cada día tienen menos fuerza y más hambre. En el recoveco sacrificaron una cría porcina. Obligó a todas las mujeres a comerlo. Primero crudo y luego sabrían que lengüeteado por el fuego la carne se hacía dócil y mejoraba el sabor.

Meses después había una mejor luz en los recién nacidos y en las madres leche espesa y abundante. Se hicieron activos y al tiempo pelearían por la fuente de agua que tenía otra tribu, Un día descubrieron el poder del ingenio.

Esa noche, como todas las noches, el tigre va por su sagrado alimento. Tan facil como desprender de un árbol el fruto. No aguzó sus sentidos y despreocupado se sume en la oscuridad de la cueva. Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Seis lanzas lo atravesaron. Tuvo suerte, solo una de ellas le atravesó el corazón.

«es hora de recuperar el ojo de agua» Llegaron al manantial. La otra tribu los esperaba con piedras y palos. Ensartada en una lanza traían la cabeza del tigre, que al verla huyeron horrorizados.

Han nacido nuevos críos. El viento anuncia la epifanía de las heladas, pero ahora la cueva es tibia y escandalosa

Crepúsculo de Rubén García García

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En el claroscuro de una fría y lluviosa tarde pasó el vaquero cubierto por la manga de hule. Sombrero texano y con las manos en el fuste. Cansado de la cara y espuelas de plata. A quien no logré divisar fue al caballo; aunque, sí se escuchaban los cascos sobre el trenzado de piedra.

A un año sin mi madre

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Mi madre descansa, es una jacaranda que da flores en otros cielos.

Estás en un horizonte lejano, invisible, tan lejano que no puedo tocar con el pensamiento. Solo mi corazón te imagina sonriendo.

La nave ha dado un vuelta alrededor del sol y aunque no lo creas, aquella lámpara que me regalaste, dispuesta en mi mesa me sigue alumbrando.

Cuando recuerdo las pisadas del gigante cortando leña en los cielos y el rodar de los troncos como preámbulo de un zigzag de luz que estallaba a un lado de la casa. Cobijabas mi temor con tu inmenso abrazo que calmaba los caballos de mi corazón.

Es entonces que prendo la lámpara.

Cuando siento que mis fuerzas son ninguneadas y creo que es hora de que te alcance, la luz se abre en mi cara falleciente y entiendo tu regaño y vuelvo al lápiz y a interrogar la imaginación.

Mi verso es un barquito de hoja rayada de cuaderno que navega por los cauces. Un día, madre, de no sé cuando, volveré al vientre de tu abrazo.