La cuenta cuentos de Rubén García García

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Ella contaba cuentos en el reclusorio. Con su voz nos llevaba a tierras del nunca jamás. Algunas internas, las más bellas, hacían todo lo posible para que el grupo de guardias dejara que Lía se extendiese más allá del tiempo permitido. Lía era un viento fresco en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja, del abuso y el fusil.

Soy lobo por Rubén garcía García

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Terminaba el arreglo de la oficina escolar dirigida por monjas, cuando repiqueteo el teléfono.

—Sí… a escasos metros la superiora dejó la lectura y paró el rabillo de la oreja.

—Soy lobo. Habla lobo. —Era la primera vez que escuchaba aquella voz, pero el alias le era conocido. La voz le cayó con la fuerza de un martillo y la hizo tartamudear. Sabía que la superiora la tenía en el foco. ´

—¿eres tú, alada? Engoló la voz, la hizo firme y le respondió.

—Habla usted a la dirección de la escuela ¿se le ofrece algo?

—Sí, eres tú, así es como imaginé tu voz: clara, con un siseo musical… ¿sabes dónde estoy?, sin esperar la respuesta prosiguió, estoy en tu ciudad, he cruzado el mar para venir a verte y estar a tu lado.

Con fuerza colgó el teléfono, pero no pudo evitar que la palidez se apropiara de su rostro juvenil.

—¿Quién era novicia?

—Teléfono equivocado, Superiora.

Sor Angélica movió la cabeza mentalmente y se dijo “la novicia cree que nací ayer” y continuó con sus quehaceres.

El bebé de Rubén García García

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Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba con indiferencia. Él lloraba. El cuarto de hotel sórdido y frío. Esperaba a su madre. Como no venía dejé al bebé en un montículo, con la creencia de que ella se percataría. El hartazgo lo calmé caminando a donde fuese. Ya lejos del pueblo me llegó el presentimiento de que la madre no vería al niño y creció en mi pecho el peso de una montaña sobre mi corazón. Corrí. Exhausto lo encontré sano y salvo y sentí la luz como si se abriera el día, después de meses de no ver al sol. Trote con él en mis brazos buscando alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legitima de que el bebé me necesitaba y yo necesitaba de él. Lo apretaba y él se apretaba contra mí. Yo corría por caminos de lodo y piedras y buscaba en aquel pueblo un lugar donde comprar agua y leche… Cuando vi al bebé comer fue un momento de gloria y luz para mi y lo acerqué a mi cuello dándole golpes suaves sobre su espalda. Cuando eructó, lo puse a mi lado y nos tendimos. Lo vi sonreír y dormirse y también me vi dormir.

El gato de Rubén García García

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En el enorme hospital habían observado que un gato blanco con una estrella negra habitaba. Por la noche entraba en algún cuarto y el enfermo horas o días después fallecía. Lo miraban con respeto, lo mimaban y alimentaban con lo mejor del menú. Cuando se encaramaba sobre alguna vitrina con su cabeza inmóvil y mirando hacia arriba no dudaron en compararlo con un pequeño dios. El hospital parecía un cuartel. Por la mañana se pasaba visita y era agradable hasta que llegaba el “el general”. Se hacia el silencio. Lo saludaban con más miedo que respeto. Se aparecía cuando nadie lo esperaba, a media noche llegaba a supervisar con su mirada porcina, dando órdenes con un por favor falso. Gloria, una enfermera hastiada, fue a su oficina y entró al anexo donde el pequeño tirano descansaba. Siempre al alba, se sentó, le dijo: ”¡qué quiere!” Cuando vio que ella se desnudaba comprendió. Una hora después el director dormía como bebé al lado de un gato blanco con una estrella negra.

Espera con recompensa de Rubén García García

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Te veo luego, espérame, leí en el celular. La espera ha sido larga. La luna parece decirme: “así somos”. Muevo la cabeza, sorbo mi brandy español, escucho a Piazzola. Me levanto y corro hacia la pista haciendo graciosas contorsiones. Abro la puerta y un olor a desinfectante barato entorpece la respiración; sin ningún recato me hago un lugar. Atento a las personas que recién llegan, me interrumpe el mesero con otro brandi.

A punto de retirarme, llega con un vestido largo de fiesta. En su rizada cabellera traía abundante arroz y confeti.

“Pensé que no te encontraría, me escapé de la fiesta, no recordaba que este día era madrina de la boda de mi prima. ¿Me quieres así?”

Uno a uno quité arroces y confeti, por cada beso que le daba en su pelo comía papelitos con cereal.

La voz del maestro de Rubén García García

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«No todas las irritaciones seculares tienen un fin oscuro. Una ostra es capaz de transformar la irritación en una perla. Es una lección que los humanos deberíamos de aprender». Explicaba el maestro a sus discípulos.

«Para mí, dijo la ostra: eso es peor que tener una piedra en el zapato».

La fiesta del becerro de Rubén García García

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La plaza llena y los jinetes caían, uno que otro lograba domar al becerro por lo que el respetable aplaudía. Esperaban el turno del maestro de primaria, ya que la mujer que pretendía se encontraba en las primeras filas. Cuando fue nombrado, se quitó el sombrero, se inclinó con reverencia. Montó, se sujetó y el becerro salió dando coces. En media vuelta el animal lo despidió y fue a caer a los pies de su novia. Ella de inmediato se levantó para auxiliarlo. Muchas voces en el estrado gritaban: ¡ya es tuya, maestro!, ¡Ya es tuya!

El rescate de Rubén García García

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Ayer pasó el vidente Tiresias. Me dio un manojo de hierbas. Al abrazarme me dijo: “buen viaje”. Llegué al inframundo. Los perros me ignoraron y Caronte me dio luz verde. La vi en su sueño profundo y unté en su frente el humor de las raíces. Con dos tablas y una mantilla inmovilicé su cuello. Poco antes de la salida escuchamos ¡A dónde vas! y por reflejo quiso voltear, y no pudo. La empujé hacia la salida y corrimos hasta ver el día. ¡Ella florecía en lágrimas y sonrisas al escuchar “mamá, mamá!, y ser abrazada por sus hijos. Yo sabía cual era mi futuro por haber desafiado a los dioses.

Los rosales de Rubén García García

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Dejé de comentarte, porque me sentí un hombre que hablaba solo. Estabas con tu taza de té meciéndote en el sillón, con tu mirada en la lejanía. Te limitabas a contestarme con monólogos, como desde hace meses lo hacías. Me recluí en los periódicos, y tú en las telenovelas. Desde el balcón veía tu quehacer en el jardín, yo dibujaba. Los hijos, los nietos reunidos era uno de los momentos que disfrutábamos. Tarde nos dimos cuenta que jugábamos en equipos contrarios. ¿Volar? es ridículo. Esta casa la construimos hombro a hombro, es lo que logramos. Aquí viven los años felices, el silencio. Están en mis oídos tus pláticas con el rosal, como lo están en mi lienzo.

Cuando se extraña a un hombre de Rubén García García

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Debo de aceptarlo, él me hace falta. Todavía hace un año, agazapado en las sombras esperaba que se fuese a trabajar, y si ella prendía el radio podía colarme a su dormitorio. Qué brincos daba mi pulso, la boca seca y el ardor por abrazarnos. Salía furtivamente y retornaba a mi vida gris. Hoy llego a cualquier hora, no hay zozobra, ni pulso saltón. Estimado esposo de mi actual mujer, me hace falta tu presencia. Lamento profundamente su accidente.

Hoy me sentí pleno, ardiente, fogoso. Fui una tea en la cama. No la dejé dormir, sabía que en el clóset estaba él finado. Me hace tanto bien, que pondré otras cenizas en su cripta y dejaré aquí la suyas.

Berrinche por Rubén García García

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Toma al nieto y va a una loma, donde vive su comadre. La parte baja del pueblo, donde vive, es rodeada por el arroyo. Por el camino le dice:

Se ve mejor la lluvia desde el cerro, que estando encaramados sobre el techo de la casa. — niño está enojado.

—Abuela, yo quería ver cómo navega mi barquito, también escuchar el cacaraqueo de las gallinas cuando la corriente las revuelque y los chillidos del puerco de doña Eduviges que siempre se va a cagar al patio de la casa. La vez pasada tampoco me dejaste ver como se llevaba la corriente a don Marco, el señor que fue a gritarte frente a la casa. ¡Nunca me das gusto! En el cerro no veré nada.

Nepo y la muerte

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Nepo inició sus ejercicios después de los ochenta. Por la noche reflexionó que debería de prepararse para un buen morir. Regularmente dormía seis horas diarias, pero a fuerza de insistencia iría durmiendo dos horas más, de tal manera, que después de dos años llegase a las veinticuatro horas. Con tanto entrenamiento se fue empequeñeciendo, tanto, que la barba le ocultaba los pies.

Una noche la dama de negro le preguntó: ¿qué es lo que más deseas? «quiero morir» Por ahora, eso es imposible. «¿por qué?» antes de hacerse viento le dijo: Nepo, estás sobreentrenado.

La señora de la limpieza no discrimina de Rubén García García

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¡Un mes trabajando el cuento!, a media res había sido la mejor manera de presentarlo. A las tres de la madrugada lo terminé y resolví acostarme. Por la mañana fui a la oficina. La mesa del trabajo lucía brillante. Los libros ordenados, los ceniceros sin cenizas, sin colillas. De mi cuento solo una frase: «Aprovechen el viento, nos despoja del sopor y oxigenamos el espíritu». Era el tiempo de la Olivetti, y la campana del camión de la basura tintineaba lejos, muy lejos.

Salem de Rubén García García

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Salem se recostó sobre su cama y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho. «No tarda en llegar», musitó en voz baja en aquel cuarto de azotea.

De los lavaderos comunales se oía el jugueteo del agua. Las mujeres tallaban la ropa y sus caderas se movían al ritmo del chapoteo. El viento de la tarde dejaba un aroma de limones y el recuerdo de su esposa.

Ella después de comer ordenaba la cocina. Se duchaba y salían rumbo a la alameda. Una nieve de zapote, otra de pitahaya y la noche los detenía en las esquinas oscuras bajo el alboroto de las luces lejanas. Asi fue su primera vez y nunca hubo una segunda. La oscuridad y los besos siempre fueron los mismos.

¡Te quiero así! Y se metía en sus labios, en el limón de sus axilas y el salado de sus ingles. Años donde tocaron el cielo con fuego y sal. Ella murió con felicidad, y con las letras de su nombre en la saliva. El corazón de él se fue con ella. Con el tiempo las mujeres que llegaron después tuvieron que aceptar que Salem se había quedado sin corazón, pero repleto del prodigio sexual para elevar las féminas al borde. Como si ellas fueran un cohete que en la negritud estalla y dispersa corpúsculos multicolores. Así lo sentían.

«No tardará». Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Emocionado por el recuerdo, su sangre se hizo veloz. Esa noche llegó su mujer, lo llevó a la alameda y regresaron para consumirse en caricias que chispearon hasta el amanecer. En la segunda noche se correteo con las mujeres del después. Una dama en la oscuridad le hizo un guiño.

Salem, el viejo, todavía escuchó el chapoteo de las lavanderas, el frenesí de las caderas y el aroma a limón de su mujer amada.

El niño Caramelo de Rubén García García

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Para que no se lo llevaran las hormigas, se hizo muy amigo de un oso de lengua larga y pegajosa.