La última consulta de Rubén García García

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Lo breve es enorme de Rubén García García

Sendero

Miraba el mar. Cada ola era un verso. El imberbe pensaba: «seré mejor que Amado Nervo». Al tiempo, la espuma se hizo rala y musitaba entre dientes «trataré de escribir tan bien como él». En el otoño de su vida se percató que su mejor endecasílabo estaba a considerable distancia de los versos del poeta. Cerca de su ocaso, percibió enorme lo breve, y despidió a la inmensidad con una patada en el trasero y rengueando decía: ¡Hay de aquel que piense y sienta que el mar le queda pequeño para hacer buches!

En tu adiós de Rubén García García

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Llegué hasta la “madre”. Dejé trabajo en la oficina y en el portafolio venía otro tanto. Urgía un trago. Desde ayer barrunté que el clima cambiaría. Mis huesos eran el termómetro. Prendí la televisión y sintonicé una canal de jazz. Mi esposa no tardaría en llegar del gimnasio. Escuché que la puerta exterior se abría, hice a un lado la cortina y sí era ella. la lluvia se iniciaba. Frente al Portón se estacionó un carro que no era el suyo. Sentí su beso distante en la mejilla y se fue directo al dormitorio. En la maleta empezó a acomodar su ropa interior.

¿Te vas de viaje?

No. Me voy de la casa. Lo nuestro no funciona.

Hace una semana no decías lo mismo.

No quería hacerte sentir mal. Pero si me sirvió para confirmar que lo que anhelo no está aquí.

Y a dónde iras.

Eso no es de tu incumbencia. A su tiempo tendrás noticias.

La lluvia había arreciado y el chiflido del viento se hacía escuchar. La vi decidida, no teníamos hijos.

 Entendí los besos descuidados y los gemidos, como si regresaran aquellos momentos.

 La puerta del clóset al cerrarse dejó el olor de vainilla, con el que aromatizabas su ropa interior.

Sentado, con el vaso de ron, escuché que había cerrado la maleta.

Después del trueno, con voz menos alterada.

—¡Qué!, ¿No vas a decir nada?

—Ya lo decidiste —Me tembló la quijada, cerré la boca. Afuera, la lluvia azotaba al mango.

—Por favor, devuélveme los mil dolares que te facilité —tragué saliva y saqué mi cartera, tomé quinientos dolares y se los di.

—Tengo tu número de cuenta, en la quincena, te los deposito. 

—Los necesito en este momento.

—¡No los tengo! Espérate a que cobre. Hizo una mueca y miró hacia la ventana. El sonido de un claxon detonó, me sobresalté. ella abrió la puerta y gritó:

—¡Espérame! —Me levanté lento, y miré el carro, la luz del foco solo me dio oportunidad de reconocer un auto pequeño. Estaba por abrir la puerta llevando su maleta, cuando se regresó y abrazándome me dijo:

—Al corazón no se le gobierna. 

Salió de la puerta, yo tras de ella. En la cajuela del coche metió su maleta y se introdujo en el asiento del copiloto.  Vi con tristeza como se dejaba besar y el arrancón del auto que poco a poco se perdía en la calle lluviosa y solitaria.

Seguí tomando hasta que el sueño me venció, por la mañana la televisión me despertó con sus ofertas de mercado.

Sonó el teléfono y era ella.  Me recordó la deuda y ya para colgar, me dijo que se encontraba muy bien.

Una semana después fui al gimnasio. Me atendió la misma secretaria, los mismos compañeros. Se me acercó el instructor y me dijo: “Ahora lo atenderé yo, la compañera pidió unos días de permiso” Poco a poco fui entrando en calor y ya en la salida me tope con Gloria, una amiga en común con la que siempre hacíamos ejercicio, platicando cuentos, chanzas y bromas.

—¿Y tu mujer? ¿está malita?  le iba a contestar afirmativamente, pero vi en su boca el embrión de una sonrisa. 

—No está enferma, salió de la ciudad, le contesté.

—¡Qué coincidencia! mi amiga intima —recargando la voz y alargándola un poco— también se fue de viaje. Y tengo la sospecha de que se fue con una persona que conoces.

—¡Quién! le contesté al bote pronto.

—¿Seguro que no sabes?

—No me digas

—Si te digo…

Era muy temprano para invitarle un wiski, pero la hora adecuada para disfrutar de un café. Tenía compromisos en la oficina. Al despedirme le dije: tenemos cosas en común, ¿tendrás un tiempo libre para invitarte a comer?

El taxista de Rubén García García

—Tomé el taxi. Ordené que me llevara a tal lugar.

—A dónde quiere ir hay manifestaciones.

—¿Alguna otra ruta?

—Pasaríamos por lugares complicados.

—¿Qué quiere decir?

-—Peligrosos y putañeros.

Pasamos los peligrosos, nos internamos en lo que el llama “putañeros”.

—Aquí, si mira usted, los de aquella banqueta son mujeres, y en la contraría son varones vestidos de mujeres. Vea como mueve la bolsa cada quien. La mujer caderea y la bolsa sigue el compás. En la de los varones no sucede. Fíjese la cantidad de clientes que hay; la de ellos está abarrotada, por la de ellas transitan pocos clientes. ¿Por qué será? —se preguntó a sí mismo—, me limité a levantar los hombros. Siguió hablando y se contestó.

—Tal vez sea porque los “mujercitos” tengan las nalgas más duras.

—¿Usted cree? —le pregunté. De inmediato me contestó, como deseando encestar en el último segundo.

—Eso fue lo me dijeron unos clientes.

La duda (cuarta entrega) de Rubén García García

Sendero

Los días previos a la cita con el médico me imaginé que tenía por cabeza un cubo y una pelota rebotaba una y otra vez en las paredes. Había armado los posibles escenarios y me devanaba los sesos de tanto pensar. Sentí que no llegaba a nada y desistí.

El día de la cita, cuando regresé de la escuela mi madre me dijo: “Vas a ir con el médico. Hablé con su secretaría para confirmar”. “¿Tú no vas?” “Me duele mucho la cabeza, la presión la tengo alta. Estaré en reposo. Te acompañará mi amiga Soledad.

Después de que salimos de la consulta me relajé. Pasé sola, me hizo preguntas acerca de mi menstruación. “Todo va bien, así que no le movamos nada sigue con las mismas pastillas”. Me dio una orden para estudios de laboratorio y otra para un ultrasonido, que me los hiciera antes de la próxima consulta, que sería en seis meses.

Estuve a punto de confiar en él y decirle que mantenía relaciones; me arrepentí en el último momento.

La construcción estaba habilitada como un pequeño estudio. El viejo escritorio, el sofá-cama, que era un estorbo para mi madre, encontró cabida. Un librero del abuelo. Lo mejor era que disponía de un baño completo y en funciones. Descubrí al quitar trebejos una puerta de metal, que formaba parte de la barda que limitaba la propiedad. Si la pudiese abrir me llevaría al callejón. Conseguí limpiar el óxido de los años, pero no fue suficiente. Estuve a punto de decirle a mi padre, pero guardé silencio. A diario la empapaba de líquido antioxidante que me vendieron en la ferretería. Tras muchos intentos logré que se moviera. Algo la trababa y es que por la parte de afuera estaba cubierta por yedra, y la ocultaba. Me pregunté: ¿Una puerta disimulada?

Mi desconocido me regaló un móvil, si bien ya tenía el mío, me dijo: “este móvil solo será para hablarnos. Yo me encargaré de que siempre tengas datos”. Encontrar una carita sonriente, un corazón o un hola era suficiente. Le hablaba si me sabía sola “Ten la seguridad que yo no te hablaré, aunque me muera de ganas. Hablarte sería ponerte en riesgo. El día que te sientas segura me presentas a tus padres y formalizamos un noviazgo.

La casa tiene alrededor de un siglo. Fue construida por mi bisabuelo. Mii abuelo, lo que es ahora mi estudio, la destino para servidumbre. Un día de no sé qué año se cerró con todo y trebejos. A un lado hay otro cuarto que está cerrado. Ahora me pregunto que habrá allí. Le dije a mi mamá y me mandó con mi papá y no me contestaron. Mi madre tiene fobia a los ratones, así que le dije que en el patio había,  y que habitaban cerca del cuarto de trebejos. A tanta insistencia cedieron para que el cuarto se abriera y se le diese una remozada.

Volvió el albañil y solo pudo abrir la puerta a punta de mazazos. Un espacio que no recibía la luz del sol quien sabe cuántos años. “no te metas” me grito mi madre, deja que se oxigene.

Había de todo, pero lo más valioso fue encontrarme libros y libretas donde se apuntaba desde un kilo de manteca, hasta páginas deslucidas. Las aparte y poco a poco la claridad interrumpió . Encontré otra caja, enterrada por el polvo. Creo que lo más valioso es una caja de madera labrada donde había libretas en mejor estado.

La razón, Grecia, del por qué me aferré a tener un espacio que fuese mío, no fue por capricho, ni por estar en soledad. La razón fue mi mamá. Meses de zozobra por ocultar el telefono de mi desconocido. Mamá no pide permiso para abrir la puerta de la recámara, cuando ella lo dispone entra. Revisa que todo esté en orden, que la cama esté arreglada, que la cortina no esté polvosa, que el clóset se mantenga limpio, y la ropa organizada. Si no le gusta, te enseña cómo se hace y luego vuelve para ver si ya lo hiciste como es. Mi adorado teléfono corría el riesgo de ser encontrado. Es cierto que lo que hace en mi dormitorio lo hará también en donde estudio, pero tendrá menos probabilidad de encontrarlo. Esa es la razón amiga Grecia.

Amiga, mira que la caja limpia es una bella pieza de artesanía. La sorpresa es que tiene un compartimiento oculto donde encontré cartas. Pondré mis ojos en lo que está escrito cuando el tiempo lo permita.. Por el momento mi móvil ya lo escondí en el estudio.

En el silencio de la noche aparto a Grecia de mí. Cierro los ojos y me encuentro con mi desconocido. En la playa, con un sol tenue me lleva abrazada y yo a él. Miramos la infinitud, el borde de las olas con su espuma. En el cielo se oye el grojear de las gaviotas y cerca de nosotros un pelicano hunde su pico y remonta al espacio con un pez. Busca mis labios, lo beso y me dice “me gusta el sabor de tus labios y su mano me recorre el talle para sostenerse en mi cadera. “nada más el sabor de mis labios” le digo inocente. Y su mano me aprieta el muslo en el ángulo de mi nalga. Yo entiendo y regresamos a la cabaña. “Tengo hambre” ¿Hambre de comer? Sí, te quiero comer y me vuelve a besar con deseo.

Lo dejé dormir, fue él quien me hizo navegar entre el rumor, la espuma y mis gritos, que son más evidentes que un my Good. Es cierto, ya conocía la masturbación, yo no la busqué, fue ella quien se presentó una tarde que dormía con una almohada entre las piernas. Pero entre sentirte deseada y con tus piernas amarradas a su cintura hay un sol de distancia.  Me doy cuenta que soy una mujer que disfruta el sexo y me entrego a él. Mi plenitud se la debo a él y me complace como a una diosa. Duerme. Me siento satisfecha. Lo descubro y su extensión reposa. Lo tomo, lo acaricio y él me contesta y se extiende, sin embargo, su dueño duerme. Es como si tuviese vida propia. Me acerco más y lo beso, lamo y me lleno la boca con su pequeño ojo. Lo hago no porque este deseando más, sino por el placer intenso que me ha dado. Ups, ya se despertó y me acaricia el pelo una y otra vez y una y otra vez sigo.

El director médico de Rubén García García

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Terminó su quehacer, fue al baño, orinó, se lavó las manos, la cara, alisó sus cabellos. Frente al espejo escupió su imagen y se dijo “cómo serás pendejo” Esa madrugada al tope del instinto se lanzó. La enfermera nada decía, se dejaba hacer y en el mejor momento, la supervisora los atrapó en fragancia. En la radio sonaba el éxito del momento de Agustin Lara. A las tres de la tarde el interno de pregrado estaba frente al director del hospital. “lea y firme donde está su nombre”. Por actos inmorales era despedido. Balbuceo: “perdón, usted fue joven, perdóneme señor director” “Sí, también fui joven y cometí errores”. —Rojo de la ira, y con voz de pato siguió: “se lo diré una vez. En este enorme hospital hay mujeres bellísimas, hermosas, feas y… Es usted un desprestigio al buen gusto de nuestra sociedad médica. Se le corre por no ser digno de nuestro grupo.

Las arenas de Rubén García García

Sendeo

Por estar de mirón, hipnotizado por el ombligo de la odalisca, se percató que tenía una jambia sobre su cuello cuando escuchó: “nadie puede ver las mujeres de mi sultán” Tragó saliva, o, ¿eran sus huevitos de puberto que se le habían subido a la garganta?

Un grito encabronado se escuchó desde la parte de abajo:

—¡Ya bájate de la azotea pinche chamaco y ve a comprar las tortillas!

En el camino se decía “¡Joder!, las arenas del desierto llegan con espejismo incluido».

Cuestión de principios de Rubén García García

Sendero

Convino con el secuestrador que le daría el doble de lo solicitado, siempre y cuando ya no la regresaran… Ella duplicó la oferta, si desaparecían al esposo. El mafioso aceptó el dinero de ambos y a ella la devolvió al hogar, aduciendo: «¡Quién soy yo, para meterme en la privacidad de una pareja!»

Fragmento de la duda de Rubén Garcia García

Sendero

En el silencio de la noche aparto a Grecia(mi conciencia) de mí. Cierro los ojos y me encuentro con mi desconocido. En la playa, con un sol tenue me lleva abrazada y yo a él. Miramos la infinitud, el borde de las olas con su espuma. En el cielo se oye el grojear de las gaviotas y cerca de nosotros un pelicano hunde su pico y remonta al espacio con un pez. Busca mis labios, lo beso y me dice “me gusta el sabor de tus labios y su mano me recorre el talle para sostenerse en mi cadera. “nada más el sabor de mis labios” le digo inocente. Y su mano me aprieta el muslo en el ángulo de mi nalga. Yo entiendo y regresamos a la cabaña. “Tengo hambre” ¿Hambre de comer? Sí, te quiero comer y me vuelve a besar con deseo.

Lo dejé dormir, fue él quien me hizo navegar entre el rumor, la espuma y mis gritos, que son más evidentes que un my Good. Es cierto, ya conocía la masturbación, yo no la busqué, fue ella quien se presentó una tarde que dormía con una almohada entre las piernas. Pero entre sentirte deseada y con tus piernas amarradas a su cintura hay un sol de distancia.  Me doy cuenta que soy una mujer que disfruta el sexo y me entrego a él. Mi plenitud se la debo a él y me complace como a una diosa. Duerme. Me siento satisfecha. Lo descubro y su extensión reposa. Lo tomo, lo acaricio y él me contesta y se extiende, sin embargo, su dueño duerme. Es como si tuviese vida propia. Me acerco más y lo beso, lamo y me lleno la boca con su pequeño ojo. Lo hago no porque este deseando más, sino por el placer intenso que me ha dado. Ups, ya se despertó y me acaricia el pelo una y otra vez y una y otra vez sigo.

La margarita de Rubén García García

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Sus grandes orejas cayeron cuando se arrodilló. Sus padres lo ocultaron, después, él los encontró sin colmillos y ensangrentados. Dobló la testa y cuando caía en el cementerio escuchó una vocecita.

“Ayer nací, no me aplaste, quiero conocer la vida. No me aplaste”.

El pequeño abrió los ojos y era una margarita quien le hablaba. Barritó y fue en busca de la manada.

La fiesta de Rubén García García

Sendero

La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer. La luz ámbar de los quinqués daban la sensación de estar bajo la luz de luna llena. “Ayer tronó el cañón, entonces habrá baile”

El cazador de parejas ofrecía a los novios: música, ajuar, y la primera ronda para los invitados gratis.

Bajo el techado llegaba la muchachada desde todas las partes. Corría la caña, la cerveza y el zapateado que levantaba polvo y la voz profunda y doliente del violín.

A jorge la dama le dijo que no deseaba bailar con él y se refugió en un doble topo de caña. Instantes después la misma dama le dijo que sí a otro. Enervado sacó la pequeña hoz, se plantó en medio de la pareja y de un zarpazo le abrió la panza y los intestinos se salieron como pequeñas serpientes.

Jorge está amarrado a uno de los postes que sostienen el cielo del bodegón. Al herido lo sacaron a un lado de la pista y el baile siguió y siguió. Los músicos dejaron de tocar al clarear el día. Algunos están drogados por la caña. Hay silencio y dentro del silencio, otra música ha quedado a un lado de la pista: la de las moscas.

Soy terrible de Rubén García García

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A muchos los maté, y a otros los dejé ciegos. Nunca tuve inclinaciones por matar nada más a los ricos, si algún limosnero se topaba conmigo también partía. Los españoles jamás hubiesen conquistado la gran Tenochtitlan sin mí. Pero a todo santo se le llega su fiesta y hoy me tienen encarcelada. Espero que un día algún loco me libere y volveré a ser implacable. Me bautizaron como la peste, pero mi nombre es Yersinia Pestis para servirle.

A punto de naufragio de Rubén García García

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El barco está sin rumbo. el timón no responde. La tormenta arrecia, las olas inmensas, el barco es una cascara. Todo está perdido, ya van diez marinos que se ha tragado el mar. Solo Dios podrá… un ensordecedor tueno y el rayo cae a metros de la cubierta. La ola se ha levantado sobre la vela… cuando se oye, desde el fondo un grito agudo chillón e imperativo. » Es la última vez que te llamo para comer, a la próxima voy a traerte de las greñas y deja de estar jugando en la tina.»

Dejó sus barquitos, tomó de la mano a su imaginación y se fue …

Por favor de Rubén García García

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—Papá, suelta mi mano. Desde hace rato quiero ir al baño y no me dejas. Tengo que lavar tu ropa, asear tu cuarto, la casa, hacer de comer.

—Me hace bien tenerte a mi lado, no quiero cerrar los ojos por el temor de que ya no los pueda abrir. ¡No te vayas hija!

—¿Tienes miedo?

—Y cómo no. Las paladas de tierra que tendré que cargar. ¡No lo soporto!

—Papá, ya viviste mucho. Deja que yo viva; ¡papá, por favor, ya muérete!

La huida de Rubén García García

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No supo ni cómo el berraco se había metido entre sus piernas y lo llevaba hacía la pista de baile. Poco antes un cólico filoso le avisó que ya no había tiempo. ¿Un wáter en aquel pueblo perdido? Llegó por la mañana en la avioneta. Lo esperaba el comité de padres y el director de la escuela. Comió como nunca había comido. Por la noche, aluzados con una planta de gasolina, se daría un baile y lo presentarían como el nuevo maestro. “busque un lugar oscuro y tenga cuidado con los puercos» le dijo el director y le dio un rollo de papel y su lámpara de mano. Tres cosas coincidieron: un trueno rugidor, las ventosidades de una panza en apuros y un cerdo come mierda. Ahora el enorme animal lo llevaba con el trasero descubierto hacia la pista. Lo paseo tan solo una vez. Muy de mañana, sin que nadie lo viera, partió del pueblo.