La jovencita parecía super niña. la mujer barbada levantó al elefante. El hombre bala regresó disfrazado de hombre pájaro. Los payasos acróbatas hicieron que el público riera hasta morir. Cuando el primer gallo cantó, el pueblo fantasma se hizo transparente, y del circo solo quedó la lona destrozada por la lluvia del tiempo.
El silbato sonaba a las seis cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos después volvía a pitar y marcaba el inicio de labores de la empresa. Un día no me desperté, e imaginaba que un buque rompía sobre el oleaje de un rio embravecido. El capitán eludía los gigantescos árboles que la tormenta había segado y desviaba la nave para llevarla hacia el río que cruza el patio de la escuela, para que los niños conocieran el barco y al marinero pata de palo. Del entresueño se abría paso la voz de mi madre que me apuraba a que me levantase a desayunar, cuando preparaba las preguntas para entrevistar al capitán y a Pata de palo, el marinero con su cotorro parlanchín.
Esa tarde llegó su padre y media hora después el esposo. Fernando, su pareja, traía puestos unos lentes oscuros. Se vieron en la sala de estar y cruzaron un saludo parco. Unos segundos después el padre le dijo en tono jocoso y burla.
—¡Qué bien se le ven esas gafas! y sin esperar contestación, volvió con el mismo acento: — ¿Qué, anda de clandestino?
—Para nada suegro, me lastimé un ojo y solo sigo recomendaciones del médico. —Vaya vaya, así parece de la mafia.
Noches después, poco antes del parto, ya en el dormitorio, el esposo le confiesa.
—Hace unos días, por el mercado, encontré a una querida amiga de años y le dio tanto gusto verme que me plantó un beso cerca de la boca.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada, nada, pero creo que tu papá nos vio. ¿Te contó algo?
—Mi padre nunca me dice nada.
—Cómo te he visto seria.
— Qué otra cara puedo tener…me gustaría que cargaras mi panza unos minutos.
El esposo se dio la vuelta y minutos después ya roncaba.
Revuelcan los olores de fritangas, música y luces de color. Ella camina con caderas de danzón. Calza un vestido que no esconde la sinuosidad de su cuerpo. Lo sabe, y sonríe. Busca un varón, un macho alfa.
Sabe que la siguen, se da la vuelta y sonríe. Se miran, se entienden y acuerdan ir a un privado.
La mañana llegó abrupta, la mujer con caderas de danzón ya no estaba. En el baño había un drama. Un grito implosivo, el alfa tomó conciencia que no tenía a su amigo. Para orinar tuvo que sentarse.
Mueve la cabeza, se dice que es una pesadilla. El tiempo le dice que no, que es ahora una mujercita.
Tiene dos opciones: matarse o aceptar lo que ya es, generalmente pasa lo segundo y al tiempo algunas se convierten en lesbianas, otras, transforman y subliman su realidad y las encuentras como excelentes muchachas que disfrutan del retozo y que luchan por conseguir un trato igual al de los varones. Defienden lo que antes tanto asco y odio les causaba.
Ese día regresábamos de haber recogido la boleta de calificaciones. Dice Roberto ¿qué les parece si cuando lleguemos a casa ponemos una cara de triste?
—para qué, — le contesta Enrique.
—para divertirnos y ver qué cara ponen las mamás.
—¿Y luego? Pregunté.
—Pues luego le enseñamos la boleta y nos reiremos todos.
Días después nos vimos comprando la masa de maíz. Enrique sacó la plática y comentó que su mamá se había dado cuenta de que la estaba engañando y soltó la carcajada. Roberto tomó la masa y se fue.
—¨Pues le fue mal a Roberto…
—¿Cómo sabes?
—Su mamá fue a la casa y platicó con mi mamá. Yo hice como que leía. —¿A ti, tu hijo no te quiso ver la cara de tonta?, verás que el chamaco no me quería enseñar la boleta y le digo, se me hace que reprobaste cabrón, y le vi los ojos tristones a punto de reventar en lágrimas y se me subió lo Matilde a la cabeza y que le doy con la chancla y fue entonces que me enseñó la boleta y vi que estaba aprobado. Entendí que me quería engañar y que le doy tres más en las nalgas, y le dije: ¡para que no se te ocurra decirme mentiras! Y da gracias a Dios que no le cuente a tu padre.
Actualmente los tres estamos en el sindicato de obreros y Roberto preside la comisión de verdad y ética.
Una mañana, a la mitad del invierno me levanté a escuchar la alborada. Respiré la envoltura del frío y me despertó entre la enramada el canto del sinsonte. Tenía el color de rosa en el cielo de mis ojos y el murmullo de las hojas columpiándose en mis oídos.
Bajo la tierra los sapos sueñan con la lluvia. El cielo arde, y el río es un charco de piedras.
Sólo hay sol.
De la noche a la mañana, el día rompe ruidoso. Sin que nadie lo predijese, con la ausencia de los santos, el agua despertó a los tambores del tejado.
La gente salió a bailar bajo el torrente. A los ancianos los pusieron bajo la chorrera y eran niños descubriendo el agua. Más de alguno se fue como esos barquitos de papel que la corriente se los lleva y terminan deshaciéndose.
Yo di todo, menos el hastío. Me entregué a cien kilómetros por hora, mientras bailabas con las puntas del pie. Escogí mal, es indudable. ¿Y hoy cómo convenzo a mi corazón de que estuve equivocado? Los días son monótonos. Solo yo sabía de mi zozobra, pero aprendí que la sonrisa diaria no contiene el disfraz para devolver el brillo que tuvieron los ojos.
Anoche llegué con dolor en el cuello y ella, como de recién casados lo hacía, me dijo «¡acuéstate boca abajo!». Preparó sus aceites y pomadas y desde que deslizó su mano sobre mi piel llegó el alivio. Tenía magia en sus manos. «Dobla tu cabeza, lo más que puedas, solo sentirás un piquetito». Efectivamente, solo eso fue lo último que sentí. Ya no más dolor. ¡buena para dar masajes!
Me enterraron en el sótano. Cosa graciosa, en este lugar yo me hacía el muerto para no ser descubierto en el juego de las escondidas.
Lo veía y no daba crédito, era yo, más flaco que un perro de pueblo. Tenía ausencia de deseos, solo uno me punzaba. Buscaba el rectángulo de una tumba. Cuando veía que iban a enterrar a alguien, era tanta fatiga, que me daban ganas de pedirle al difunto que me hiciera un lugar. Una noche me tiré sobre la loza de una sepultura. Por la madrugada sentí como unas manos que me pasaban a otra tumba, y a otra, y a otra… y así hasta que me desperté. Una luz brillante donde iban y venían, algunos vestidos de blanco otros de azul. Cuchicheaban. “Mira tú, el que se iba a morir, ya resucitó. Está respirando solo, sin ayuda. Este ya la hizo”. Después recordé que solo fue un sueño que tuve hace años. Sigo envuelto en una bolsa, dentro de un frigorífico, con el deseo de encontrar una tumba tibia y no este frío artificial que a diario me vuelve a matar.
¡Se viene el agua!, se viene el agua. ¡metan la ropa!, ¡metan la ropa! Llegó la lluvia con sus gotas gordas. No dio tiempo de nada y las señoras están encabronadas. En el campo, el maíz bailó de gusto al son de la brisa. Por la mañana los chamacos se harán los desaparecidos, pero se les puede ver brincando en los charcos para joder a los gusarapos.
En el patio la abuela espanta a las palomas que se cagan por donde quiera y roban el girasol de los cotorros.
Me abrazó y dijo: «ya es tiempo de hablar con tus padres, de esa manera podemos ser como cualquier pareja». Eso me emocionó y lo besé con pasión en la boca y fue uno, luego otro y su palma se deslizó por mi espalda hasta sentir que sus dedos se cerraban en mis nalgas. ¡No sé cuánto tiempo pasaría para volver a verlo!, asi que me dejé llevar por los brotes de luz y calor de nuestra piel. Cuatro horas de deseo, de ser explorada por un varón al que amo, de saber parte por parte donde exhalo intensidad, de saciar mi curiosidad y ejecutar decenas de poses para conocer mis puntos de placer. Para el disfrute sublime es indispensable dejar a un lado todo lo que pueda inhibirlo. Fuera vergüenza. Fuera nausea, fuera todo pensamiento y emoción que trastorne el movimiento de ir hacía lo profundo y luego brotar como ave hacia las alturas. Correr hacia el cielo y desgajarte en lluvia de luces.
Tuve el impulso de pararme y vestirme. Creí que el tiempo me había rebasado y tenía un compromiso en las primeras horas. La tranquilidad sobrevino cuando vi a mi esposa que dormía profundamente. Volví a acostarme y al cubrirme con la frazada, miré el reloj. Oprimí el botón de luz y me llevó a la lejanía, y un rostro. Cerré los ojos, y escuché los latidos de mi pulso. Conté mentalmente la frecuencia del corazón y rebasaba lo normal, como si hubiese estado caminando de prisa. Respiré hondo y traté de continuar el sueño. Una pregunta brotó entre la oscuridad. ¿Por qué mi corazón latía más de prisa? ¿Acaso sería mi presión, o era el stress cotidiano? Soñaba o platicaba conmigo mismo, no lo sé, pero vino a mí el olor de café recién hecho. A Sonia le encantaba el café, aspiraba el humo y decía: “En este momento puedo hacer locuras.» Yo reía, pensaba que era una broma, pero después de repetirlo, empecé a dudar. Una mañana, en el archivo la besé una, dos y tres veces y seguimos y seguimos hasta que gritó…»tengo citas pendientes” y se fue corriendo. Un fin de semana tuve que ir a su departamento para darle unos documentos que necesitaría para una reunión de negocios, Tomé el café, que me ofrecía y ella sólo agua. “Entonces, no me acompañaras con un café y le dí mi taza, dio tres sorbos y de manera espontánea, me tomó de los hombros, me jaló la oreja y exclamó: “Tienes una fragancia rica” Dos horas después ambos estábamos bajo la misma regadera. La acompañé y pasamos un domingo increíble. El aroma de café se alejaba y volví a encender la luz del reloj y solo habían transcurridos dos minutos. Fui al baño… y volví a acostarme.
El carnicero arrea al puerco grande, lo fuetea con una vara para que siga caminando. Apenas si puede, es tanto su peso que parece ahogarse si da unos pasos hacia adelante. “¡déjalo descansar!” grita una señora. ¡Solo finge! Y vuelve a golpearlo. Tal vez no simula, en realidad le duele que su vida se acabe a la vuelta de la esquina. Mañana es la plaza y la gente pedirá, como todos los domingos, cueritos a medio cocer y chicharrones.
El padre se percató que su hija adolescente lo vio cuando retiraba el brazo de la cintura de aquella mujer. Lo pensó mucho antes de decirle a su madre, pero se detuvo. En la cena, el padre sacó de su portafolio un presente para su hija. Eras un móvil de última generación.
—No se lo merece, —exclamó la madre—, sus calificaciones dejan mucho que desear.
—Es para que se aplique más. —dijo el padre.
Mientras acariciaba el equipo pensaba que el silencio era la mejor decisión. Nada agradable sería escuchar reclamos y gritos de sus padres, que la desconcentrarían del estudio. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina.