Caliope por Rubén García García

Sendero

—Has clamado por el don de la ficción. Y ahora, ante mi ofrenda, frunces el ceño.

Bajé la mirada.

—Te lo agradezco, amada diosa. Pero duele más lo que llega tarde que lo que nunca llega.

El murmullo del agua llenaba el silencio. Calíope, con su mirada melancólica, comprendía mi desvelo.

—El tiempo es implacable —murmuré.

A lo lejos, Caronte aguardaba en su barca. Impaciente.

—¿Para qué el arado si la tierra ya se ha endurecido?

Calíope sonrió con tristeza. En su mano brillaba una moneda dorada.

Alaska uno por Rubén García García

Sendero

No fue el frío del mar lo que me consumió, sino ella.

Sus ojos —dos pozos de barro cubiertos de ceniza— se colaban en mis sueños, entre ola y ola.

El capitán me encerró en la bodega después de que gritara su nombre durante una tormenta.

«Esa mujer te está matando», rugió, escupiendo su saliva amarga.

Él no entendió que no era una mujer, sino lo que quedaba de una.

El sauce llorón por Rubén García García

Sendero

todos los días, Narciso venía a mirarse en las aguas del río. Quizá no tenía con quién jugar y platicaba consigo mismo. O tal vez sufría de tristeza vital.
Una tarde en que el arroyo corría con pereza, se inclinó demasiado y se hundió para siempre.

Yo lo amé desde que lo vi. Desde aquella tarde gris, mis ramas no han dejado de llorar.

Los prejuicios por Rubén García García

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Llegaron los recuerdos como un tren que arriba a la estación con las puertas abiertas. Encontré sábanas, soledad, gente que ascendía a la montaña, y otros que iban hacia la ciudad en busca de trabajo. Me vi corriendo en la pradera, como una yegua que retoza sobre la hierba húmeda, imaginando tener bajo mi vientre el peso de una piel distinta a la mía. Con el tejido en las manos, me pregunto, ¿por qué no lo hice? Sigo siendo la mujer que todas las tardes se encamina hacia la iglesia al repique de las campanas, mientras en el atrio los niños juegan con las palomas.

La casona de la abuela por Rubén García García

Sendero

La casona de la abuela por Rubén García García

«¡Nada! No dejaré nada que lo haga imaginar que hay en la habitación una respiración diferente a la mía».

El teléfono repiquetea. Es él. Su timbre melódico suena a inocencia fingida. Respiro hondo y contesto.

—¿Qué estás haciendo, amada mía?

—Voy a preparar la receta de tu abuelita —respondo, ahogando el temblor en mi voz.

Cuelga sin más. Yo sigo con lo mío. Afilo tijeras, navajas, cuchillos, agujas de tejer. Anoche, en una discusión banal, vi en sus ojos un brillo de maldad. Todo tiene su sitio en la casona.

Resuenan mis tacones y las losetas del sótano están flojas. Él debe saberlo. Pero no sabe que yo lo sé. Cuando se abra su juego, no seré yo quien tiemble.

Negritud por Rubén García García

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Negritud

Compré un vestido negro, discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón y fina caída.

Por fin lo lucí, con un maquillaje sobrio.

Mi esposo y yo, en este último “ahora”, solo coincidíamos en nuestra capacidad innata de ocultar las emociones. Él deseaba mi muerte y yo la suya. No había dinero de por medio, solo odio. Un odio profundo.

Es cierto, lucí con glamur en el velatorio. Mis familiares exclamaban: «¡Qué hermosa se ve! Hasta parece que está dormida».

llegó el otoño, ¡Oh!

Sendero

El viento gélido hacía volar las hojas del árbol, mientras un sol anaranjado se filtraba entre las ramas con su luz tenue. Respiré el perfume húmedo de la arboleda, y las palabras brotaron sin pensarlo:

—¡Oh, el otoño! Apenas terminé de exclamar, su imagen irrumpió en mi mente como un relámpago. No pude contenerme:

—¡Oh, Toño!

Recuerdos avasalladores me arrastraron al parque central. Negué con la cabeza —no por rechazo, sino por la intensidad de lo que sentía— y murmuré:

—No, Toño…Un jadeo escapó de mis labios. La tarde se tiñó de sombras, y mis deseos devoraron mis temores. Con voz quebrada, exclamé:

—Te dije que no…Pero no pude resistirme. Suspiré cuando sus labios caminaron por el perfil de mi cuello. Escuchaba los latidos de mi cuerpo, acelerados y furiosos, como tambores en la noche. Finalmente, murmuré:

— sigue…Toño… Los ruidos del bosque se desvanecieron. Ni el miedo a la oscuridad importaba ya. Solo existía el placer de sentir el otoño, de sentirme viva… de sentir a Toño.

Vincent van Gogh

¿Dónde está mi mamá? por Rubén García García

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—¿Qué tal las enchiladas de la fonda?

—Mejor estaban las de mamá. —El niño esbozó una sonrisa fugaz, como si por un instante volviera a sentir el aroma de aquellas enchiladas y escuchara su voz: ¿Quieres otra?

—Ya vendrá. Fue a ver a su abuela, que está enferma. —El padre habló sin convicción, evitando mirarlo. El niño frunció el ceño. Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se había ido, y eso que su sueño era ligero.

—De eso ya tiene un mes y no viene.

—Ya vendrá, ten paciencia. El fin de semana nos vamos a buscarla.

—Eso me dijiste hace ocho días, y te fuiste con el «Mastique» a la cantina. —El niño lo miró fijamente, sus palabras tenían una mezcla de enojo y tristeza—. Algo le hiciste a mamá para que ya no quiera volver.

—Tu papá es incapaz de hacerle daño.

—No mientas —replicó el niño, apretando los puños—. Yo vi cómo le pegaste en la panza.

El padre desvió la mirada hacia la ventana, como si lo que viera fuera más importante que las palabras de su hijo. Respiró hondo, pero no dijo nada. El silencio entre ellos pesaba más que cualquier golpe.

Pasífae madre del minotauro por Rubén García García

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Tengo tres días de haber parido al minotauro. El cuerpo lacerado y la matriz desgarrada me duelen, como si estuviera pariendo de nuevo.

El cuarto es sobrio: una ventana pequeña, una mesa con agua y frutas frescas que Dédalo me hace llegar desde la huerta del palacio. Como madre y reina, ordené que solo yo le amamantara. Todos lo ven como un monstruo; para mí, es solo mi hijo.

Antes de dar a luz, Minos llegó a mi dormitorio para echarme en cara el ultraje.

—¿Estás disfrutando del embarazo? —dijo, irónico, cruzándose de brazos.

—Todos se disfrutan, aunque causen dolor; es nuestra matriz dadora de vida. Es el instante donde la madre se eleva a la altura de los dioses.

—¿Debo entender que te sientes satisfecha? —me miraba fijamente.

—Por supuesto que sí —le contesté, enfrentándolo.

—¿Cómo puedes hablar así? Eres la comidilla del pueblo; exigen que te recluyan o que te expulsen de Creta de por vida. —Alzaba la voz, ignorando a la servidumbre.

—No tienes que gritar para que entienda. Piensan así porque no saben que cambiaste el toro nevado de Poseidón por otro cualquiera de tus pastizales.

—Eso lo sabías tú y el cuidador nada más.

—¡Ingenuo! ¿Acaso piensas que Poseidón no lo notaría? ¿Que Helios no ve cada rincón? Su venganza cayó sobre ti, no sobre mí. Yo fui solo un medio para castigarte. ¿De verdad creíste que Poseidón, quien te otorgó el reino de Asterión, se quedaría cruzado de brazos? ¿Que Afrodita no me hechizaría para sentir esa pasión desbordante por el toro, por orden de Poseidón? Y mi dolor no será por las rupturas o el sufrimiento del parto. Mi mayor herida es saber el destino que le aguarda.

Nada duele tanto como ver a un hijo condenado. Duele más que la muerte de un ser amado, porque el futuro se despliega ante ti y solo puedes implorar a los dioses que se apiaden de él. Mi cuerpo podrá sanarlo mi hermana Circe con alguna pócima, pero mi alma de madre… no habrá dios que me consuele. Moriré llevándome la pena de saber que el minotauro encontrará espinas y garfios en su vida. ¿Y qué culpa tiene él? Yo fui solo un vehículo; el origen fue el engaño y la decepción de Poseidón hacia el gran Minos.

La partida de dominó por Rubén García García.

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La tarde se envuelve en una niebla más densa de lo que recuerdo. En la calle del pueblo, las personas se desdibujan como si fueran de papel. Hace una hora, vislumbré a un tío fallecido con quien solía jugar dominó por las noches. Pensé que había sido una ilusión, pero detrás de mí, escuché su voz diciendo: «Te espero en el taller. Abriremos la garrafa de caña que curamos con nanche hace diez años».
Seguí mi camino hacia el rancho y me entretuve deshierbando la milpa. De regreso, recordé la voz y me dije: «A ver si tienes los suficientes huevitos para ir al taller del tío, ¡ja! ¡Claro que iré! A mí nada me espanta». El taller estaba cerrado, pero sabía cómo destrabar la puerta.
Noté que mi mano temblaba y mi corazón me retumbaba en la panza. Al entrar, un quinqué apenas iluminaba la oscuridad. Desde el fondo, la voz de mi tío dijo: «Pensábamos que te habías arrepentido. Mira, aquí está Tencho, tu compañero de juego. Decía que el dominó no era lo mismo sin ti, y a él le debes estar aquí con nosotros. Siéntate, que la garrafa te esperaba para ser abierta y brindar por tu llegada». Tarde, pero comprendí.

Tras de tu aroma por Rubén García García

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Se fue la lluvia. Aún la hoja se mueve en la copa del naranjo. Los azahares del limón caen, manchados de un amarillo pálido. La perra duerme enroscada y, a veces, saca un ojo y mueve la oreja. Miro el cielo: en algunos claros se asoma el azul; en otros, parece una pantalla gris. Este lunes, como todos los lunes, las gallinas no ponen, pero el obrero salió en la madrugada para trabajar en la compañía que inquieta a los diablos del subsuelo. El fuego del quemador en la ciudad es una luz tenue y enana. Camino silbando mientras bajo las escaleras, siguiendo el sonido de tus zapatos sobre las baldosas.

Saludo inoportuno de Rubén García García

Sendero

Sentados en el café, le propuse matrimonio justo cuando una amiga suya entró en escena.

—¿Qué me dijiste?

—¿No escuchaste?

—No, mi amiga me distrajo.

Por supuesto que sí había escuchado; su oído es agudo, lo he comprobado en numerosas ocasiones.

—Solo te dije que la noche te envuelve en una luz especial.

Vi en su rostro una sonrisa forzada y el beso que me dio en la mejilla apenas rozó mi piel, como si temiera dejar una huella.

No puedo evitarlo: cuando alguien o algo interrumpe un momento vital, lo percibo como una advertencia del destino. La vida tiene maneras sutiles de recordarnos que no todo puede ser como lo soñamos.