Walt Witman, mañana, aniversario luctuoso

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú
puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre.No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.

Resultado de imagen de Walt Whitman

Walter Whitman nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, un caserío rural de Huntington, en el centro de Long Island, Nueva York. Descendiente de varias generaciones de americanos con orígenes ingleses y holandeses, fue el segundo de nueve hijos del matrimonio formado por el carpintero y granjero Walter Whitman y Louisa Van Velsor Whitman. Desde su nacimiento, el poeta sería llamado “Walt” para evitar confusiones con su progenitor. Walt creció en un hogar con una religiosidad cercana a las ideas de los cuáqueros, según los cuales cada persona lleva en su interior una brizna de divinidad. El poeta nunca abandonaría esa convicción. El sincero patriotismo del padre se reflejó en los nombres escogidos para tres de sus vástagos: Andrew Jackson, George Washington y Thomas Jefferson. El poeta bromearía más adelante, asegurando que mantenía un estrecho parentesco con los padres fundadores de la nación.

La hermana de Shakespeare *Woolf, Virginia

 
La hermana de Shakespeare *
Woolf, Virginia, Un cuarto propio, Buenos Aires, Ediciones Sur, 1980. Traducción de Jorge Luis Borges.
(…) Hubiera sido imposible, completa y enteramente imposible, que una mujer compusiera las piezas de Shakespeare en el tiempo de Shakespeare. Imaginemos, ya que los hechos son tan difíciles de atrapar, qué hubiera sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana, maravillosamente dotada, llamada Judith, supongamos. Shakespeare iba, es muy probable –su madre era una heredera-, a un liceo, donde aprendería latín –Ovidio, Virgilio y Horacio- y los elementos de la gramática y la lógica. Era, quien no lo sabe, un muchacho travieso que robaba conejos, tal vez mató un ciervo, y tuvo, antes de lo debido, que casarse con una mujer de la vecindad, que le dio un hijo, también antes de lo debido. Esa aventura lo llevó a Londres a buscar fortuna. Tenía, parece, inclinación por el teatro; empezó cuidando caballos en la puerta.
Pronto consiguió trabajo en el teatro, tuvo éxito como actor, y vivió en el centro del universo, frecuentando a todo el mundo, conociendo a todo el mundo, ejerciendo su arte en las tablas, ejercitando su agudeza en las calles, y haciéndose admitir hasta en el palacio real. Mientras tanto, su bien dotada hermana, supongamos, se quedaba en casa. Era tan audaz, tan imaginativa, tan impaciente de ver el mundo como él. Pero no la mandaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática y lógica, menos aún de leer a Virgilio y Horacio. Hojeaba de vez en cuando un libro, uno de su hermano, quizá, y leía unas cuantas páginas. Pero entonces, venían los padres y le decían que fuera a zurcir las medias o atendiera el guiso y no malgastara su tiempo con libros y papeles. Le hablaría claro pero bondadosamente, porque eran personas de peso que sabían las condiciones de vida propias de una mujer y querían a su hija. En verdad, lo más verosímil es que la adorara su padre.
Quizá garabateó algunas páginas a escondidas, en el desván de las manzanas, pero tuvo buen cuidado de esconderlas o prenderles fuego. Sin embargo, antes de los veinte años, decidieron comprometerla con el hijo de un vecino clasificador de lana. Dijo a gritos que odiaba el matrimonio, y su padre la azotó severamente. Entonces dejó de reírla. Le rogó que no lo disgustara y no lo avergonzara en aquel asunto del casamiento. Le daría un collar de cuentas y una linda enagua, le dijo; y tenía lágrimas en los ojos. ¿Cómo desobedecerlo? ¿Cómo partirle el corazón? La fuerza de su vocación la impulsó. Hizo un atadito de sus cosas, se deslizó una noche de verano por una cuerda y tomó el camino de Londres. No había cumplido aún diecisiete años. Los pájaros que cantaban en los cercos eran más musicales. Tenía la más pronta imaginación, un don como su hermano para la música de las palabras. Como él, tenía inclinación por el teatro. Se paró en la puerta del teatro; dijo que quería representar. Los hombres se le rieron en la cara. El empresario –un hombre gordo de labio caído- soltó la carcajada. Rezongó algo sobre perros bailando y mujeres representando –no ha mujer, dijo, que pueda ser actriz. –Insinuó- lo que ustedes imaginan. Ella no tenía dónde aprender. ¿Podía acaso buscar su comida en una taberna o rondar las calles a medianoche?
Sin embargo, su inclinación era novelística y quería alimentarse infinitamente de vidas de hombre y de mujeres y del estudio de sus modos de ser. Al fin –porque era muy joven, muy parecida de rostro a Shakespeare el poeta, con los mismos ojos grises y las cejas arqueadas- al fin Nick Greene el empresario se apiadó de ella; un buen día, se encontró encinta y entonces -¿quién medirá el calor y la violencia de un corazón de poeta, arraigado y envuelto en el cuerpo de una mujer?- se mató una noche de invierno y tace enterrada en alguna encrucijada donde ahora se detienen los ómnibus frente al Elefante y la Torre.
Así, más o menos, hubiera sido la historia, me parece, si una mujer en tiempo de Shakespeare, hubiera tenido el genio de Shakespeare. Porque el genio de Shakespeare no nace de gente de trabajo, ineducada y servil. (…)”
* El subtitulado es nuestro.
 Un cuarto propio, Buenos Aires, Ediciones Sur, 1980. Traducción de Jorge Luis Borges.

Déjenlo todo de André Breton

Dejen Dada.

Dejen su esposa, dejen su amante.

Dejen sus esperanzas y sus temores.

Abandonen a sus hijos en medio del bosque.

Suelten el pájaro en mano por los cien que están volando.

Dejen si es necesario una vida cómoda, aquello que se les presenta como una situación con porvenir.

Salgan a los caminos.

Resultado de imagen de soltar el pájaro pintura

Camus, Albert, El extranjero, fragmento

 

“Todo fue muy rápido después. La audiencia se levantó. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche reconocí en un breve instante el olor y el color de la noche de verano. En la oscuridad de la cárcel rodante encontré uno por uno, surgidos de lo hondo de mi fatiga, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de cierta hora en la que me ocurría sentirme feliz. El grito de los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de los vendedores de emparedados, la queja de los tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo esto recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía bien antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hace ya mucho tiempo, me sentía contento. Entonces me esperaba siempre un sueño ligero y sin pesadillas. Y sin embargo, había cambiado, pues a la espera del día siguiente fue la celda lo que volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.

 

(Mondovi, Argelia, 1913 – Villeblerin, Francia, 1960) Novelista, dramaturgo y ensayista francés. Nacido en el seno de una modesta familia de emigrantes franceses, su infancia y gran parte de su juventud transcurrieron en Argelia. Inteligente y disciplinado, empezó estudios de filosofía en la Universidad de Argel, que no pudo concluir debido a que enfermó de tuberculosis.

Albert Camus

Formó entonces una compañía de teatro de aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado por trabajadores. Luego ejerció como periodista durante un corto período de tiempo en un diario de la capital argelina, mientras viajaba intensamente por Europa. En 1939 publicó Bodas, conjunto de artículos que incluyen numerosas reflexiones inspiradas en sus lecturas y viajes. En 1940 marchó a París, donde pronto encontró trabajo como redactor en Paris-Soir.

Albert Camus empezó a ser conocido en 1942, cuando se publicaron su novela corta El extranjero, ambientada en Argelia, y el ensayo El mito de Sísifo, obras que se complementan y que reflejan la influencia que sobre él tuvo el existencialismo. Tal influjo se materializa en una visión del destino humano como absurdo, y su mejor exponente quizá sea el «extranjero» de su novela, incapaz de participar en las pasiones de los hombres y que vive incluso su propia desgracia desde una indiferencia absoluta, la misma, según Camus, que marca la naturaleza y el mundo.

Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial se implicó en los acontecimientos del momento: militó en la Resistencia y fue uno de los fundadores del periódico clandestino Combat, y de 1945 a 1947, su director y editorialista. Sus primeras obras de teatro, El malentendido y Calígula, prolongan esta línea de pensamiento que tanto debe al existencialismo, mientras los problemas que había planteado la guerra le inspiraron Cartas a un amigo alemán.

Su novela La peste (1947) supone un cierto cambio en su pensamiento: la idea de la solidaridad y la capacidad de resistencia humana frente a la tragedia de vivir se impone a la noción del absurdo. La peste es a la vez una obra realista y alegórica, una reconstrucción mítica de los sentimientos del hombre europeo de la posguerra, de sus terrores más agobiantes. El autor precisó su nueva perspectiva en otros escritos, como el ensayo El hombre en rebeldía (1951) y en relatos breves como La caída y El exilio y el reino, obras en que orientó su moral de la rebeldía hacia un ideal que salvara los más altos valores morales y espirituales, cuya necesidad le parece tanto más evidente cuanto mayor es su convicción del absurdo del mundo.

Si la concepción del mundo lo emparenta con el existencialismo de Jean-Paul Sartre y su definición del hombre como «pasión inútil», las relaciones entre ambos estuvieron marcadas por una agria polémica. Mientras Sartre lo acusaba de independencia de criterio, de estirilidad y de ineficacia, Camus tachaba de inmoral la vinculación política de aquél con el comunismo.

De gran interés es también su serie de crónicas periodísticas Actuelles. Tradujo al francés La devoción de la cruz, de Calderón de la Barca, y El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. En 1963 se publicaron, con el título de Cuadernos, sus notas de diario escritas entre 1935 y 1942. Galardonado en 1957 con el Premio Nobel de Literatura, falleció en un accidente de automóvil.

Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Albert Camus. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/camus.htm el 24 de marzo de 2020.

La mano de Goetz von Berlichingen, Jean Ray (1887-1964)

Habitábamos en Gante, en el Ham, una casa grande y antigua, tan grande que yo estaba convencido de poder extraviarme en ella en el transcurso de mis desobedientes incursiones a los pisos superiores. Hoy existe aún; pero sobre ella pesan el silencio y el polvo del olvido, ya que no hay nadie que quiera habitarla con cariño.

Dos generaciones de marinos y de viajantes vivieron en ella, y, como el puerto está cerca, la llamada de las sirenas armoniza bien con las inmensas resonancias de los sótanos y los ecos empobrecidos de la calle sin alegría que es el Ham. Elodie, nuestra anciana criada, que estableció para su uso particular un calendario de santos propicios a las fiestas y a los ágapes familiares, había canonizado, en cierto modo, a algunos de nuestros amigos y visitantes, y, entre ellos, el más aureolado de gloria fue sin duda mi tío Frans-Pieter Kwansuys. Este hombre de bien y de alma grande no era tío mío, sino, todo lo más, primo lejano de mi madre.

Sin embargo, su gloria, de darle ese nombre tan íntimo, recaía sobre nosotros. Los días en que Elodie hacía pato asado o doraba a fuego lento los panecillos de melaza, él tomaba parte en el festín, porque era «de buen paladar» y discurría agradablemente a propósito de manjares, salsas y especias.

Frans-Pieter Kwansuys había vivido doce años en Alemania, se había casado allí y allí había enterrado, después de diez años de gran cariño, a su mujer y a su felicidad. Se había traído, aparte de sus queridos recuerdos cuyo secreto guardaba celosamente, el amor a los libros y a la sabiduría: un discurso de Goethe; una excelente traducción de la Jobsiade, ese poema heroico-cómico de Zacharie, tan agradable que parece digno, por su humor y su inspiración, de Holberg; algunas páginas sueltas de la extraña novela picaresca de Christian Reuter, Schelmuffski’s Abenteuer; un fragmento de un tratado de espagírica, de Kurt Auerbach, y algunas empalagosas imitaciones del Tagebuch eines Beobachters seines selbst, de Lovater. Hoy, toda esa literatura polvorienta es mía, porque me la legó mi tío Kwansuys, con la esperanza de que, un día, pudiese sacarle algún provecho.

¡Ay! No he respondido a esta última esperanza y solamente el grito desesperado de Goetz von Belichingen…, aquel formidable héroe de un siglo atormentado que el discurso de mi querido tío sobre Goethe sacó a luz de forma tan curiosa…, queda vivo en mi memoria:

«¡Escribir! Eso no es más que un ocio atareado…»

Por cinco veces, sirviéndose de lápices de colores diferentes, mi tío subrayó esta frase. ¡Silencio y polvo!.. ¡Qué difícil es animar todo esto!.. Y si lo hago, es por culpa de la señal que recibo desde el fondo de las tinieblas.

El tío Kwansuys vivía en una casa vecina a la nuestra, en ese largo y desagradable Ham, sempiternamente crepuscular. Era menos grande que la nuestra, pero más oscura aún y más sonora durante los días de vendaval y lluvia. Sin embargo, habíase sustraído al ambiente taciturno, a la frialdad de las «cocinas bodegas» y a la oscuridad de los pasillos, una habitación alta y clara, tapizada de amarillo, calentada por una espléndida estufa Marlbach e iluminada por una lámpara de doble mecha que bajaba de la moldura central del techo con ayuda de un triple cable dorado. Durante el día, la masiva mesa ovalada desaparecía bajo los libros y las carpetas repletas de láminas; pero por la noche, a la hora de la cena, se cubría con un mantel blanco bordado en azul y naranja, y se cargaba de hermosa porcelana de Tournai y de cristal de Bohemia.

Se comían cosas exquisitas en aquellos platos y se bebían, en altas copas, vinos del Rin y del Bordelais. Alrededor de esta mesa, el tío Kwansuys reunía amigos que le eran queridos por la atención y la gran admiración que prestaban a sus discursos. Aún los veo, felices de atracarse de pierna de cordero asada al ajillo, de pollo salado, de raya adobada y de pastel de oca; pero también satisfechos, al parecer, de escuchar las doctas palabras de su anfitrión.

Eran cuatro: monsieur van Piperzele, que era doctor en algo, aunque no en medicina; el dulce y tímido Finjaer; el grueso y plácido Binus Compernolle, y el capitán Coppejans. Coppejans era ya tan capitán como Frans Kwansuys tío mío. Había navegado y poseía el título de capitán de barco de cabotaje. Elodie le consideraba como buen consejero y hombre de gran talento, lo cual continuó creyendo, sin sombra de pruebas. Una noche en que monsieur van Piperzele cortaba la tarta de macarrones y el capitán Coppejans escanciaba el ron, el kummel y el chartreuse verde en las copas, el tío continuó su discurso sobre Goethe en el punto en que lo interrumpiera la antevíspera, es decir, el día en que comieron la cabeza de ternera con salsa de tortuga. «Continuó con la obra maestra de Goethe, el admirable Goetz von Berlichingen. Fue, pues, durante uno de los valerosos ataques de este hombre de honor contra el obispo de Bamberg, los mercaderes de Nuremberg o los burgueses de Colonia cuando Goetz perdió la mano derecha.

Un hábil artesano en metales le hizo una mano de quíntuples resortes con la cual podía seguir manejando la espada.

En este punto, el dulce Finjaer intervino:

—Una obra maestra de la mecánica, diríase.

—Recuerdo —dijo el capitán Coppejans— que a mi timonel, Petrus D’hont, se le quedó aprisionado el puño entre el cabrestante y el cable de hierro, y la mano quedó cortada totalmente. Luego, llevaba un gancho de hierro; lo cual quiere decir que en nuestra época no se sabe hacer manos parecidas a la de Goetz.

El tío Kwansuys inclinó la cabeza en señal de condescendencia a esas vanas palabras.

—Recordad, amigos míos —dijo—, estas palabras dignas de la eternidad del bronce, con que acaba el drama de Goethe: «¡Hombre noble! ¡Hombre generoso! ¡Maldito sea el siglo que te ha rechazado!»

Al decir esto, mi tío se quitó las gafas y guiñó los ojos. El doctor van Piperzele, servil como de costumbre, le imitó, como si participase algún secreto con él.

—Este hermoso final, ¡ay!, no está de acuerdo con la verdad, y lo deploro —continuó el orador—. Goetz von Berlichingen, considerado como rebelde, fue encerrado en la cárcel de Augsburgo, en donde permaneció dos años. El emperador le concedió inmediatamente la libertad de retirarse a sus tierras y de vivir en el castillo de Juxthausen, a cambio de su palabra de caballero de no salir jamás de sus dominios ni de volver a tomar las armas en provecho del partido que fuese. Quince años más tarde, Carlos Quinto le relevó de su promesa, y Goetz, ebrio de felicidad, siguió al emperador a Francia, España y los Países Bajos. Tras la abdicación del soberano en Yuste, Goetz retornó a Alemania, donde murió siete años después. Ahora bien…

Nuevo guiño, imitado por monsieur van Piperzele.

—¡Después de su estancia en los Países Bajos, Goetz no llevaba ya su mano de hierro!

—Se encuentra —comenzó a decir Finjaer— en el museo de…

Mi tío Kwansuys le impuso silencio:

—De Nurenberg, de Viena o de Constantinopla… ¿Qué importa? Puesto que sólo es un guantelete sin vida colocado dentro de una urna de cristal. Esta mano, la verdadera, que permitía a Goetz sostener la espada y hasta la pluma de ave, se perdió o la robaron en…

Alzó la mano y sus ojos arrojaron llamas.

—…en Gantes, la ciudad maravillosa de Carlos Quinto, donde Goetz von Berlichingen permaneció al lado del emperador. Es allí donde se encuentra aún y es allí, por tanto, donde yo iré a buscarla.

No se puede negar a Frans-Pieter Kwansuys, a falta de una verdadera erudición, el espíritu testarudo de la búsqueda o investigación benedictina. Los papeles que yo he examinado después de su muerte me lo demuestran. Pero sus investigaciones me parecieron bastante inútiles, sin un fin determinado, hechas al azar de los hallazgos de biblioteca. Transcribió una parte de los tres volúmenes del valiente escritor flamenco Degrave, quien trató de demostrar, de la forma más seria del mundo, que Homero y Hesiodo eran originarios de Flandes, y quien tradujo del latín, con textos originales a la vista, la disertación del doctor flamenco Paschasius Justus sobre «los juegos de azar y la enfermedad de jugarse el dinero.

Paschasius… Paschasius —le he oído murmurar alguna vez—, ese espíritu curioso del siglo dieciséis, nos hubiese dejado numerosos escritos si el miedo a la hoguera no hubiese obsesionado sus días y sus noches. Adoptó ese nombre por admiración hacia Paschase Radbert, cura de Corbie en el siglo noveno, autor de muy hermosas páginas de Teología. ¡Ah, mi dulce Paschasius!.. ¡Oh, mi viejo amigo, perdido en los siglos huidos!.. ¡Ayúdame, socórreme!..

No puedo decir de qué forma la sombra evocada del doctor magnífico acudió en ayuda de mi tío durante la fatal búsqueda de la mano de hierro. Pero es seguro que tuvo que jugar en ello un papel importante. En el transcurso de la semana que siguió a la memorable noche del discurso, el tío Kwansuys convirtió una parte de las «cocinas-bodegas» en laboratorio. Sólo se le permitía la entrada en ella al tímido Finjaer, porque no cuento mi propia presencia en esos lugares misteriosos, considerada sin duda sin importancia. Es cierto que me hacía útil accionando un pequeño fuelle de forja que hacía elevarse llamitas azules sobre el lecho de brasas de un hornillo. Hacía frío en aquel antro de dudosa ciencia, y los vapores que exhalaban las probetas de grueso cristal olían mal; pero el rostro de mi tío era grave y las sonrosadas mejillas de monsieur Finjaer brillaban de sudor con frecuencia, a pesar de la baja temperatura. Un día, al cabo de cuatro horas, una bola de cristal olía mal; pero el rostro de mi tío, de un hermoso color verde dorado, se elevó hasta el techo.

Monsieur Finjaer lanzó un grito de terror.

—Mire… Oh, mire…

Yo veía mal porque estaba sentado a contraluz, al lado de mi fuelle, pero me parecía que el humo verde había tomado una forma precisa.

—Una araña… No, un cangrejo que corre por el techo— exclamé con horror.

—¡Cállate, pequeño imbécil!— rugió el tío Kwansuys.

La forma se fundió rápidamente y no fue más que un humo en el techo, pero yo vi que el tío y monsieur Finjaer sudaban la gota gorda.

—¡Cuando yo se lo decía, Finjaer!.. ¡Los escritos de estos sabios antiguos no mienten jamás!

—Ha desaparecido— murmuró el bonachón de Finjaer.

—No era más que su sombra, pero ahora sabemos…

No dijo lo que sabía ni Finjaer le hizo ninguna pregunta. Al día siguiente se cerró el laboratorio y yo recibí el fuelle de forja, regalo que no debió gustarme nada, porque lo vendí por ocho pesetas a un estañador. El tío Kwansuys me quería mucho; acaso apreciaba los pequeños servicios que yo le prestaba, exagerando su importancia. Como no andaba bien, sufría de debilidad en una pierna, la izquierda, y más adelante me enteré de que padecía de una enfermedad que se llama planofobia, le acompañaba durante sus breves y raras salidas. Se apoyaba pesadamente en mi hombro y, al cruzar las calles y las plazas, siempre con la mirada fija obstinadamente en el suelo, se dejaba conducir como un ciego. Mientras andábamos, me largaba discursos sobre temas doctos y aprovechables sin duda, de los que lamento mucho haber perdido su recuerdo.

Poco tiempo después del cierre de la bodega-laboratorio y de la venta del fuelle de forja, me rogó que le acompañara a la ciudad. Acepté de buen grado, porque ese servicio me dispensaba de media jornada de clase; los ruegos del tío Kwansuys, eran, además, órdenes para los míos, excelentes personas que vivían con la esperanza de futuras herencias. Mi antigua y huraña ciudad se arropaba, aquel día, en un manto de bruma y de llovizna. El agua del cielo hacía un ruido atareado de ratón sobre la bóveda de algodón verde del inmenso paraguas que yo sostenía con el brazo extendido por encima de nuestras cabezas. Seguíamos por calles lúgubres, atravesando lívidas praderas de lavaderos, provistas de arroyuelos de agua jabonosa y opalina.

—¡Y decir que este pavimento que pisoteamos ha sonado bajo las pisadas de los caballos de Carlos Quinto y de su fiel Goetz von Berlichingen!.. —exclamó mi tío—. ¡Ah!.. Donde las torres se desplomaron envueltas en ceniza y polvo, los adoquines quedaron. Acepta la lección de ello, pequeño mío, pensando que todo lo que se mantiene cerca del suelo tiene la vida larga y dura, y lo que afronta la gloria del cielo está próximo a la muerte y al olvido.

Cerca de la Grauwpoorte, se detuvo para respirar, poniéndose a examinar atentamente las fachadas decrépitas de las casas.

—¿La casa de las señoras Chouts?— preguntó, parándose junto a un portador de pan.

El hombre dejó de silbar una picaresca melodía que hacía más llevadero su triste recorrido.

—Allí, aquella casa con las tres feas cabezas sobre la puerta. Y es cierto que las que están detrás son más feas todavía.

A nuestro campanillazo, la puerta se entreabrió y una nariz roja apareció en la abertura.

—Deseo hablar con las señoras Chouts— dijo mi tío, quitándose cortés el sombrero.

—¿A las tres?— preguntó la nariz roja.

—Claro que sí.

Nos hicieron pasar a un vestíbulo amplio como una calle y negro como una forja, que se llenó inmediatamente de tres sombras más negras aún.

—Si es para vender algo…— clamaron en coro voces agudas.

—Por el contrario, yo deseo comprar algo que perteneció al difunto escudero Chouts, de grata memoria— respondió amablemente mi tío.

Tres sucias cabezas de lechuza surgieron de la oscuridad.

—Podría tratarse —repuso el coro—, aunque no estamos dispuestas a vender nada.

Yo estaba inmóvil al lado de la puerta, con náusea en los labios, porque un espantoso olor a bazofia y encebollado invadía el pasillo. Y es así como las palabras que el tío pronunció a continuación en tono muy bajo y muy rápido se perdieron para mí.

—Entre —aceptó el coro—. El joven esperará en el locutorio.

Pasé una hora interminable en una habitación minúscula de alta ventana de medio punto, cuyos cristales estaban oscurecidos por un adorno bárbaro, acompañado de un sillón de rotén, una rueca de madera negra y de una chimenea roja de moho húmedo. Aplasté siete cucarachas que marchaban en fila india sobre el pavimento azul, pero no pude alcanzar a las que caminaban alrededor de un espejo brillante que lucía en la penumbra como agua fétida de pantano. Cuando el tío Kwansuys regresó, su cara estaba roja como si hubiese estado sentado al lado de un horno al rojo vivo. Las tres cabezas de lechuza le escoltaban maullando cortesías dislocadas. Ya en la calle, el tío se volvió hacia la fachada de las tres máscaras y su rostro tomó una expresión de desprecio y rencor.

—Necias… Brujas del diablo— gruñó.

Me alargó un paquete envuelto en duro papel gris.

—Llévalo con cuidado, pequeño. Es un poco pesado.

Era muy pesado y, a todo lo largo del camino, la cuerda que rodeaba el paquete me hacía daño en los dedos. Mi tío me acompañó a nuestra casa, porque según Elodie, era un día santo y se festejaba comiendo barquillos con mantequilla y bebiendo chocolate en anchas tazas de color azul y rosa. El tío Kwansuys, en contra de sus costumbres, estaba triste y taciturno. Y comía sin ganas. No obstante, un fulgor de alegría danzaba en sus ojos. Elodie engrasaba el molde caliente y vertía en él la pasta de crema, de donde surgían los grandes barquillos cuadrados. De repente, movió la cabeza, rabiosa.

—Ya hay otra vez ratas en la casa —gruñó—. ¡Escuchen a las asquerosas bestias! Dejé mi cuchara con terror al oír un repentino ruido de papel estrujado y roto.

—No sé de dónde puede venir eso —continuó Elodie, dejando errar su mirada por la cocina—. Ese espantoso ruido.

El ruido procedía de un trinchero, que servía para poner todos los objetos que, de momento, no se usaban. Pero aquel día estaba vacío. Sólo el paquete envuelto en papel gris se encontraba allí. Yo iba a hablar cuando los ojos de mi tío se fijaron sobre mí: eran extrañamente elocuentes y leí en ellos una intensa súplica. Me callé y Elodie no insistió. Pero yo sabía que el ruido procedía del paquete y hasta vi… Algo vivía en la prisión de papel y de cuerdas, algo que buscaba la forma de evadirse a fuerza de lentas dentelladas y arañazos. A partir de aquel día, mi tío y sus amigos se reunieron todas las noches, pero yo no asistí siempre, porque no me admitían a esas conferencias, que eran muy serias y sin gran alegría epicúrea. Llegó la noche de Saint-Eloi, que es también la de Sainte-Philarète.

—Philarète había recibido de Dios y de la Naturaleza todo cuanto puede hacer agradable y hermosa la vida —decía mi tío—. Y hay que amar a Saint-Eloi por la alegría que nos proporcionó el buen rey Dagoberto. Sería injusto, pues, no celebrar como es debido una doble fiesta semejante.

Se comió pastel de anchoas, faisanes rellenos de tocino fino, pava trufada, jamón de Mayence con gelatina, y los cinco amigos bebieron grandes cantidades de vino extraídos de honorables botellas selladas con lacre de diferentes colores. A los postres, compuestos de pasteles de crema, mermelada, mazapán y pan de higo, el capitán Coppejans reclamó un ponche. Este humeó en las copas de cristal y los espíritus se llenaron de brumas. Binus Compernolle se escurrió de su silla y se dejó conducir al sofá, donde se durmió inmediatamente, y el bonachón de Finjaer quiso cantar un aria de ópera antigua.

—Se trata de la Vestal de Spontini, que quiero sacar del olvido —declamó—. ¡Es preciso que repare esta injusticia!

No cantó. Pero un instante después se puso en pie, gritando:

—¡Quiero verla! ¿Me oye usted, Kwansuys? ¡Quiero verla! ¡Tengo derecho a verla! ¡Le he ayudado a encontrarla!

—¡Cállese, Finjaer! —gritó, colérico, mi tío—. ¡Está usted borracho!

Pero el buen Finjaer no le escuchaba apenas y abandonó bruscamente la habitación.

—¡Deténganle! ¡Va a cometer una tontería!— gritó mi tío.

—Sí. ¡Deténganle, porque lo hará!— aprobó el doctor von Piperzele, con la boca pastosa y los ojos extraviados.

Se oyeron los pasos de Finjaer perderse por el piso, y mi tío se lanzó en su persecución, arrastrando, muy a disgusto, según me pareció, al servil van Piperzele en su marcha. El capitán Coppejans se encogió de hombros, vació su copa de ponche, la llenó de nuevo y atascó la pipa.

—¡Tonterías!..— murmuró.

Entonces se oyó un grito de terror y sufrimiento, seguido de clamores y del ruido de caída.

Oí gritar a Finjaer:

—Me ha picado… Me ha cortado el dedo… ¡Oooh!

Y al tío gemir:

—Se ha ido… ¿Cómo encontrarla de nuevo, Dios mío!

Coppejans sacudió la ceniza de su pipa, se puso en pie y, abandonando el comedor, subió trabajosamente la escalera de caracol que conducía al hermoso piso. Le seguí, curioso y ansioso a la vez, al interior de una habitación que me fue desconocida hasta aquel día. Estaba casi desprovista de muebles, y vi a mi tío, al doctor Piperzele y a monsieur Finjaer agrupados en torno a una gran mesa central. Finjaer estaba blanco como un sudario y su boca se retorcía de dolor. Su mano derecha colgaba, roja de sangre.

—¡La abrió usted!— decía mi tío con voz aterrada.

—Quería mirarla más de cerca —lloriqueó el bondadoso Finjaer—. ¡Oh, mi mano!.. ¡Oh, cómo me duele!

Entonces vi, colocada sobre la mesa, una cajita de metal, que me pareció pesada y sólida. La tapa estaba levantada y la cajita vacía. El día de San Ambrosio yo estaba enfermo, como todos los niños golosos, porque el día anterior, por ser San Nicolás, se atiborran de dulces, pasteles y otras chucherías. Tuve que levantarme por la noche, con la boca amarga, el vientre descompuesto y grandes ganas de vomitar. Pasado el malestar, miré por la ventana hacia la calle oscura y llena de viento, invadida por el silencio. La casa de mi tío Kwansuys estaba casi enfrente de la nuestra y me quedé asombrado al ver, a aquella hora avanzada, los estores de su dormitorio manchados de luz amarilla.

Está enfermo como yo, me dije, recordando con gran amargura la gran cantidad de pan de higo que había recibido entre mis regalos de San Nicolás. Y de pronto me eché hacia atrás, ahogando un grito de espanto. Una pequeña sombra veloz corría sobre el estor, la sombra odiosa de una araña gigantesca. Subía, bajaba, corría de acá para allá en círculo, y, de pronto, dio un salto, desapareciendo de mi campo visual. Al otro lado de la calle se elevaron entonces voces de auxilio, aterrorizadas, que, sacudiendo el inmenso sueño del Ham, hicieron que se abrieran las ventanas de las casas y después las puertas. Esa fue la noche que encontraron a mi tío Frans-Pieter Kwansuys degollado en su cama.

Según me contaron después, tenía la garganta destrozada y la cara arañada espantosamente. Heredé del tío Kwansuys, pero, naturalmente, era demasiado joven para entrar en posesión de los bienes bastante estimables que me dejaba. Sin embargo, por deferencia hacia mi título de futuro propietario, me dejaron vagar por la casa el día que los abogados hicieron allí el inventario. Encontré el laboratorio frío, negro y ya cubierto de polvo, y me dije que cualquier día quizá encontrara placer en continuar el juego misterioso de las probetas y de los hornillos del pobre espagirista. De repente se me cortó la respiración, los ojos fijos en un objeto agazapado entre dos matraces de cristal, en un rincón. Era un grueso guante de hierro oscuro, que me parecía untado de grasa. Entonces de la bruma de mis recuerdos surgió un pensamiento claro, venido de no sé dónde: la mano de hierro de Goetz von Berlichingen. Sobre la mesa se encontraba una de esas gruesas pinzas que sirven para agarrar las retortas calientes.

Me apoderé de él y levanté el guantelete. Era tan pesado que mi mano se curvó hacia el suelo. La ventana de la cueva, que se abría a ras del suelo de la calle, daba a un canal de aguas profundas que iba a desembocar más lejos, en el Pas de la Lavandería. Con el brazo extendido llevé allí mi siniestro encuentro. Pero entonces tuve que hacer grandes esfuerzos para no gritar de terror abominable. La mano de hierro se puso a retorcerse con furia, mordiendo las pinzas de madera, cuyas astillas saltaron, y tratando de agarrarme los dedos. Se convulsionó horrorosamente en un gesto de amenaza cuando yo la mantuve encima del agua. Cayó en ella con un ruido enorme, y durante largos minutos, gruesos borbotones agitaron la onda tranquila, como si una respiración monstruosa terminara allí en medio de la desesperación y el sufrimiento.

No me queda mucho más que añadir a la extraña y terrible historia de mi querido tío Kwansuys, que continúo llorando con toda mi alma. No volví a ver más al capitán Coppejans, que volvió al mar y cuyo barco se fue a pique, una noche de tempestad, en los Wadden de la Frise. La herida del bondadoso monsieur Finjaer se gangrenó. Hubo que amputar la mano y luego el brazo, lo que no le salvó, porque al poco tiempo moría después de enormes sufrimientos. Binus Compernolle, convertido en valetudinario muy rápidamente, no abandonó ya su lejana mansión del Muide, donde no recibía a nadie, tan triste y sucio estaba. En cuanto al doctor van Piperzele, al que vi algunas veces, afectó no conocerme ya. Diez años más tarde se hicieron trabajos en el canal de Pas y dos obreros perdieron allí la vida de una forma que aún continúa siendo inexplicable. Hacia la misma época, tres crímenes, que quedaron impunes, ensangrentaron la calle Terre-Neuve, próxima al Ham. Se había construido allí una hermosa casa nueva por cuenta de tres hermanas, que la habitaron en cuanto se marcharon los constructores.

A las tres se las encontraron estranguladas en su cama. Eran las ancianas señoras de Chouts, cuyo conocimiento hice en época lejana. Abandoné la casa del Ham, donde la muerte había entrado y de donde había huido toda alegría. Allí dejé todo lo que me quedaba de la herencia de mi tío: un busto de yeso de un guerrero romano con cota de malla. Pero me llevé sus escritos, que aún hojeo buscando algo; pero ¿qué?

«Jean Ray es considerado con justicia un maestro del relato fantástico. Forma parte de ese crisol de escritores extraños que suelen compartir espacio en antologías exquisitas, hablo de autores como Bloch, Bierce, Machen, Blackwood, Lovecraft, William Hope Hogdson, etc.
Raymundus Joannes de Kremer alias, John Flander, alias King Ray, alias Sailor John y alias Jean Ray, como lo llamaré de aquí en adelante, fue un escritor belga que gestó su obra en la mitad del siglo veinte. A pesar de tener una producción capaz de hacer sombra a los grandes maestros del relato fantástico anglosajón, Jean Ray es un escritor casi para exquisitos, su escasa difusión en nuestra lengua y en la lengua inglesa atentan contra su memoria.
Como todo escritor que se precie de tal, Jean Ray fue un eximio mentiroso, tuvieron que pasar décadas para que se esfumara – como esas nieblas que pueblan sus relatos de marineros borrachos -, el mito que el autor tejió alrededor de su vida. Una vida azarosa sobre las cubiertas de los barcos, traficando armas y alcohol durante la ley seca, peleando contra filibusteros o tentando la muerte en los burdeles más rancios del Asia donde ahogaba su existencia con enormes dosis de opio. Al igual que ese otro maestro de la narrativa (despreciado hasta el hartazgo) Emilio Salgari, Ray creó una vida de tintes aventureros y románticos para suplir la carencia casi total de ellos. Su existencia apócrifa, que pudo firmar Marcel Schwob en un cuento de su magistral Vidas Imaginarias, sostenía que por sus venas corría sangre Sioux proveniente de su abuela materna y que sus primeros cuentos los escribió a bordo de veleros piratas o sobre las mesas desvencijadas de tabernas, perdidas en los ignotos mares asiáticos.
Nació en Gand, Bélgica, el 8 de julio de 1887. A los 36 años Jean Ray inicia su periplo de colaboraciones literarias para la revista l’Ami du Livre. En esa época comienza a mezclarse en negocios sinuosos de contrabando que lo hundirían en el futuro. En 1925 edita su célebre libro de relatos fantásticos: Los cuentos del Whisky, volumen que contiene gemas inolvidables como: Whisky Irlandés, El guardián del cementerio o Los extraños estudios del doctor Paukenschlager. En 1926 es condenado a seis años y seis meses de prisión por contrabando; pero es liberado con anticipación en 1929. A partir de entonces la producción del escritor se intensifica.

Desde 1931 hasta 1938 escribe ininterrumpidamente los fascículos policiales de Harry Dickson. Aceptó el encargo de traducir del neerlandés al francés una serie de novelitas alemanas que relataban las aventuras del inefable detective Harry Dickson (uno de los tantos clones de Sherlock Holmes que prosperaron a principios de siglo), donde la acción imperaba sobre la lógica del relato. Historias recargadas de truculencia, de monos homicidas o de asesinos célebres. Jean Ray consideró que él podía escribir mejores cosas que la basura que le daba el editor para traducir, le propuso su idea a la editorial y esta aceptó con la condición de que respetara el título y que la escena, que ilustraba la cubierta de los fascículos, debía figurar dentro del relato. Jean Ray aceptó gustoso el proyecto e inmortalizó a un personaje, mediocre en su origen, en más de cien novelitas inolvidables por sus climas góticos, crímenes fantásticos y de corte sobrenatural. El canto del vampiro o El templo de Hierro (donde mantiene al lector sobre ascuas con la caída de una nave espacial y su perverso tripulante suelto en la Inglaterra victoriana), son novelitas de lectura imprescindibles para cualquier amante del fantástico.
Jean Ray (1887-1964)
A mitad de la década del 30, Jean Ray comienza a consagrarse como autor de relatos fantásticos y de terror al colaborar en la mítica revista estadounidense Weird Tales, revista que publicó por primera vez autores de la talla de Lovecraft, Robert E. Howard, Clark A. Smith, Kuttner, Bloch, etc. Como también en Terror Tales y en Dime Mysteries. Revistas de temática pulp donde la prosa de Jean Ray, aunque superior a la media, se ajustaba en sus atmósferas opresivas y tenebrosas.
La Segunda Guerra estalla en Europa y las publicaciones en las que el autor colaboraba habitualmente se ven forzadas a cerrar, por lo que Ray considera conveniente encarar obras de más largo aliento. Publica El Gran Nocturno y El crucero de las sombras, antologías de relatos largos. 1944 es un año de capital importancia en la obra de Jean Ray, ya que publica sus dos novelas más importantes. La ciudad del miedo indecible, una novela de corte policial con profundos matices fantásticos y macabros que no alcanza las dosis de genio a que nos tiene habituados el autor y Malpertuis, su óbra maestra, libro considerado como la última novela gótica de la era moderna. Como en muchos relatos del autor, el escenario en sí es uno de los grandes protagonistas de la historia.

A principios de los 60, Jean Ray escribe su última novela: Saint-Judas-de-la-nuit. Por aquellos años comienza a ser considerado por la crítica francesa como un maestro del fantástico. Las ediciones comienzan a sucederse una tras otras y su obra se difunde en otras lenguas. Contribuye el hecho de haber publicado una antología que se conoció como Los veinticinco mejores relatos negros y fantásticos (recopiladas por el también escritor y amigo cercano de Ray, Henri Vernes) que reunía parte de la mejor obra de Jean Ray, cuentos como: La noche de Camberwell, El salterio de Maguncia, La callejuela tenebrosa, El cementerio de Marlyweck, son sencillamente inolvidables y perfectos en su ambientación tenebrosa.
El legado de Jean Ray a la literatura fantástica es tan desmedido como su obra. El viejo cuentista, hacedor de imágenes terribles, muere el 6 de noviembre de 1963 de un ataque cardíaco. Fue enterrado en el cementerio de Westerbegraafplaats, en Gand.»

La jaula de la tía Enedina de Adela Fernández

Desde que tenía ocho años  me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.

Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.

Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.

Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.

Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.

Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.

Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

ADELA FERNÁNDEZ

LA NIÑA CAUTIVA DE COYOACÁN

Adela Fernández y Fernández nació el 6 de diciembre de 1942 Ciudad de México, y allí mismo falleció, el agosto de 2013. Fue una escritora y maestra de teatro, hija del cineasta mexicano Emilio «El Indio» Fernández y la cubana Gladys Fernández.

Vivió rodeada de personalidades del mundo artístico, como Diego Rivera, Dolores del Río, María Félix, Columba Domínguez, entre otros. Estudió actuación y dramaturgia en el Centro de Capacitación Cinematográfica y en la Universidad Iberoamericana.

Dejó un legado bibliográfico importante compuesto por 14 libros, entre los que destacan cuentos, poesía, antropología e historia mexicana, dos cortometrajes de cine experimental e innumerables obras de teatro. También impartió cursos de teatro y realizó giras como directora. Además, siguió enriqueciendo el mito y la leyenda de su padre.

Gabriel García Márquez calificó su literatura de «seriecísima, tristísima y oscura» e incluyó “La jaula de la Tía Enedina” entre los diez cuentos latinoamericanos que toda persona debería leer.

Adela Fernández luchó por difundir la cultura en México: «Siempre le dio un lugar destacado a los indígenas, por ello es que trabajó durante muchos años en el Instituto Nacional Indigenista y publicó varias obras para que el pueblo de México supiera lo que significaba la identidad».

Asimismo, compartió el legado que su padre dejó en el cine, abriendo las puertas de La Casa Fuerte donde hacía visitas guiadas para contar infinidad de anécdotas que vivió con grandes actores y cineastas de la Época de oro del cine mexicano con el fin de preservar la legendaria casona legada por su padre en Coyoacán, además de realizar eventos y expos culturales difundiendo el cine nacional y el patrimonio cultural, histórico y artístico de la nación mexicana.

A su muerte, Adela pidió se le recordara «como una mujer fuerte que no se dejó amedrentar por nada ni por nadie, que fue fiel a sus principios y se comprometió con la cultura de México».

Adela Fernández falleció el domingo 18 de agosto de 2013, a los 70 años de edad, víctima de una oclusión intestinal. Sus restos fueron velados y depositados en la Casa Fuerte de Emilio Fernández Romo, en Coyoacán, Ciudad de México. Descansa al lado de su padre «El Indio», en el patio Tláloc, donde se construyó una estela que posee decoraciones de figuras zapotecas de Mitla, (Oaxaca), nahuas (nahui ollin), mayas xicalancas, tutunakú (Tlaloc totonaca).

Resultado de imagen de Adela Fernandez escritora bio

http://eltriunfodearciniegas.blogspot.com/2016/10/adela-fernandez-la-nina-cautiva-de.html

Ficción de Henri Michaux, 

Un cazador para asustar la caza prendió fuego a un bosque. De pronto vio a un hombre que salía de una roca.El hombre atravesó el fuego sosegadamente. El cazador corrió tras él.—Diga, pues, ¿cómo hace para pasar a través de la roca?

—¿La roca? ¿Qué quiere decir con eso?

—También lo vi pasar a través del fuego.

—¿Fuego? ¿Qué significa fuego?

Ese perfecto taoísta, completamente borrado, no veía las diferencias de nada.

 

Resultado de imagen de taoista

Tobermory Saki

Saki es el seudónimo literario de Hector Hugh Munro, cuentrista y novelista británico.
Fue publicado en 1911 en la colección Las crónicas de Clovis. 
 Cómpralo: amazon(kindle)
El cuento está narrado por una tercera persona en el cual se cuenta la historia de un gato al que un científico ha enseñado a hablar; el círculo de amigos de este científico no creen esto – en el cual se encuentra la dueña del gato – y como prueba de ello el científico los asombra poniéndolo a hablar. Así, algunos de los invitados hacen preguntas al gato, lo cual deja en evidencia algunos de los secretos entre ese círculo de amigos, pues el gato ha sido testigo de comentarios que hacen unos de otros.
Incluso, al inicio de la edición que leí de este cuento dice «Una deliciosa historia humorística donde se muestra lo peligroso que puede ser enseñar a un gato a hablar.»
En este cuento, lo que trata de reflejar el autor, es la maldad del ser humano de hacer lo que esté a su alcance por mantener sus secretos a salvo (más como una sátira de la época en la que el autor vivió), con muchísimo estilo y con una historia más bien pintoresca.

 

Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos.

Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era “inteligente”, y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico.

-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?

-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero solo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente solo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un “supergato” de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta.

El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo “ratas”1 aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito.

-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba?

-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta corrección.

Esta vez Clovis dijo claramente “requeterratas”. Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.

-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley.

Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.

Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro.

-¡Caramba, es verdad!

Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.

Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:

-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: “Vamos, Toby; no nos hagas esperar”. Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas.

Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento.

En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té.

Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental.

-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa.

-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable.

-Me temo que derramé bastante -dijo.

-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.

Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.

-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante.

-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.

-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.

-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman “la envidia de Sísifo”, porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.

Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.

El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.

-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos?

No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.

-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos.

No solo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.

-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.

-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión.

-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.

-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.

-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?

El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y… sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor.

La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.

Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.

-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.

Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.

-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.

-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.

-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: “Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día”, y Bertie van Tahn dijo…

En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta.

Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.

-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora.

-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory… por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible.

-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros.

-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos…

Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina.

Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.

La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas.

A las dos Clovis quebró el silencio imperante.

-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.

Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.

Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.

El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.

Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes había abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota.

Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius.

-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.

Fin

Resultado de imagen de tobermory gato

 

La treceava mujer de Lydia Davis

 

En un pueblo de doce mujeres había una treceava. Nadie admitía que vivía allí, no le llegaba correspondencia, nadie hablaba de ella, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no la mojaba, el sol nunca la bañaba, el día nunca despuntaba sobre ella, la noche nunca se desplomaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín lucía descuidado, por su camino nadie transitaba, en su cama nadie dormía, nadie ingería su comida, nadie vestía su ropa; y a pesar de todo ella continuaba viviendo en el pueblo sin resentir lo que este le hacía.

Resultado de imagen de mujer transparente

 

Monos de Clarise Lispector

La primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin empleada, se hacía cola para la carne, el calor había reventado —y fue cuando, muda de perplejidad, vi el regalo entrando a casa, ya comiendo banana, ya examinando todo con gran rapidez y un largo rabo. Parecía más un gran mono todavía no crecido, sus potencialidades eran tremendas. Subía por la ropa colgada en la cuerda, desde donde daba gritos de marinero, y tiraba cáscaras de banana adonde cayeran. Y yo exhausta. Cuando me olvidaba y entraba distraída a la dependencia, el gran sobresalto: aquel hombre alegre allí. Mi hijo menor sabía, antes de que yo lo supiera, que me desharía del gorila: “Y si te prometiera que un día el mono se va a enfermar y a morir, dejarías que se quedara? Y si supieras que de cualquier manera él un día se va a caer de la ventana y a morir allá abajo?” Mis sentimientos desviaban la mirada. La inconsciencia feliz e inmunda del granmonopequeño me hacía responsable de su destino, ya que él mismo no aceptaba culpas. Una amiga entendió de qué amargura estaba hecha mi aceptación, de qué crímenes se alimentaba mi aire soñador, y rudamente me salvó: niños del morro aparecieron en una algarabía feliz, se llevaron al hombre que reía, y en el desvitalizado Año Nuevo a mí por lo menos me regalaron una casa sin mono.

Un año después, acababa de tener una alegría, cuando allí en Copacabana vi el agrupamiento. Un hombre vendía monitos. Pensé en los chicos, en las alegrías que me daban gratis, sin nada que ver con las preocupaciones que también gratis me daban, imaginé una cadena de alegrías: “Quien reciba esta, que se la pase a otro”, y otro a otro, como el bramido en un rastro de pólvora. Y ahí mismo compré a la que se llamaría Lisette.

Casi no cabía en una mano. Tenía falda, aretes, collar y pulsera de baiana. Y un aire de inmigrante que aún desembarca con el traje típico de su tierra. De inmigrante también eran los ojos redondos.

En cuanto a esta, era mujer en miniatura. Tres días estuvo con nosotros. Era de tal delicadeza de huesos. De tal extrema dulzura. Más que los ojos, la mirada era redondeada. Cada movimiento, y los aretes se estremecían; la falda siempre arreglada, el collar rojo brillante. Dormía mucho, pero para comer era sobria y cansada. Sus raras caricias eran solo mordidas leves que no dejaban marca. En el tercer día estábamos en la dependencia admirando a Lisette y el modo en que ella era nuestra. “Un poco demasiado suave”, pensé extrañando a mi gorila. Y de repente mi corazón fue respondiendo con mucha dureza: “Pero eso no es dulzura. Esto es muerte”. La sequedad de la comunicación me dejó quieta. Después les dije a los chicos: “Lisette se está muriendo”. Mirándola, noté entonces hasta qué punto de amor ya habíamos llegado. Envolví a Lisette en una servilleta, fui con los chicos hasta la primera guardia, donde el médico no podía atendernos porque operaba de urgencia a un perro. Otro taxi —Lisette cree que está paseando, mamá otro hospital. Allá le dieron oxígeno.

Y con un soplo de vida, súbitamente se reveló una Lisette que desconocíamos. Con ojos mucho menos redondos, más secretos, más a las risas y en la cara prognata y ordinaria una cierta altivez irónica; un poco más de oxígeno, y le dieron unas ganas de hablar que ella mal aguantaba ser mona; lo era, y mucho tendría para contar. En seguida, sin embargo, sucumbía de nuevo, exhausta.

Más oxígeno y esta vez una inyección de suero a cuya picada reaccionó con una palmadita colérica, de pulsera tintinando. El enfermero sonrió: “Lisette, querida, ¡sosiégate!”

El diagnóstico: no iba a vivir, a menos que tuviese oxígeno a mano y, aun así, improbable. “No se compran monos en la calle”, me censuró él sacudiendo la cabeza, “a veces ya vienen enfermos”. No, había que comprar a la mona adecuada, saber su origen, tener por lo menos cinco años de garantía de amor, saber lo que había hecho y lo que no, como si fuera para casarse. Resolví un instante con los chicos. Y le dije al enfermero: “Usted la está queriendo mucho a Lisette. Así que si usted la deja pasar algunos días cerca del oxígeno, ni bien sane, es suya”. Pero él pensaba. “Lisette es linda” le supliqué yo. “Es hermosa”, aceptó él pensativo. Después suspiró y dijo: “Si curo a Lisette, es suya”. Nos fuimos, con la servilleta vacía.

Al día siguiente llamaron por teléfono, y les avisé a los chicos que Lisette había muerto. El más chico me preguntó: “Crees que murió con los aretes?” Yo le dije que sí. Una semana después el mayor me dijo: “¡Te pareces tanto a Lisette!” “Yo también te quiero”, contesté.

Resultado de imagen de clarice lispector

https://malsalvaje.com/2020/01/05/monos-un-cuento-de-clarice-lispector/

El cuñado de Lydia Davis

 

Era tan sigiloso, tan delgado y pequeño, que apenas notaban su presencia. El cuñado. No sabían de quién era cuñado ni de dónde venía ni si llegaría a marcharse.

Aunque buscaban un hundimiento en el sofá o un desacomodo entre las toallas no podían adivinar dónde dormía por la noche. No dejaba ningún olor tras de sí.

No sangraba, no lloraba, no sudaba. Estaba seco. Hasta su orina se divorciaba de su pene y caía en el inodoro casi antes de abandonar su cuerpo, como bala expelida por una pistola.

Apenas lo veían: si entraban en una habitación él se fugaba igual que una sombra, escabulléndose por el umbral de la puerta, deslizándose por el alféizar. Todo lo que oían de él era una respiración, y aun así no podían garantizar que no se trataba de una brisa fugaz al pasar sobre la grava de afuera.

No les podía pagar. Cada semana dejaba dinero, pero cuando ellos entraban en el cuarto a su modo lento y ruidoso el dinero era sólo una niebla verde y plateada en la bandeja de la abuela, y al momento que querían tomarlo ya no estaba allí.

Pero no les costaba prácticamente nada. Ni siquiera podían decir si comía, ya que tomaba tan poco que no significaba mayor cosa para ellos que tenían un gran apetito. Salía de algún lugar en la noche con una navaja filosa en la mano blanca y de huesos finos y se arrastraba por la cocina, rasurando rodajas de carne, de nueces, de pan, hasta que le pesaba el plato delgado como papel. Llenaba su taza con leche, pero la taza era tan pequeña que no le cabían más de una o dos onzas.

Comía sin hacer ruido, con pulcritud, sin permitir que una sola gota cayera de su boca. No dejaba marca alguna en la servilleta con que se limpiaba los labios. No había mancha alguna en su plato, ni migajas en su tapete, ni rastros de leche en su taza.

Tal vez se habría quedado varios años más si un invierno no le hubiera resultado tan severo. Pero no podía tolerar el frío, así que empezó a desvanecerse. Durante largo tiempo no estuvieron seguros si aún se hallaba en la casa. No había una forma infalible de constatarlo. Pero en los primeros días de primavera asearon el cuarto de huéspedes donde con justa razón él había dormido y donde ya no era más que una especie de vapor. Lo sacudieron del colchón, lo barrieron del piso, lo limpiaron del cristal de la ventana, y nunca supieron qué habían hecho.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras

Resultado de imagen de hombre casi invisible

 

Ella dice…

No hay nueva tecnología capaz de convertir en escritor a alguien que no lo es.

 Ana María Shua 

La imagen puede contener: Ana María Shua II, sonriendo, sentado

Anécdota de ana María Shua

Cuando tenía 10 años la directora de mi escuela me encerró con ella en la dirección para asegurarse de que mis versitos los escribía yo y no mis padres. ¡Cómo lo disfruté! Ella misma me dio el tema, (la calle de mi escuela) y me dijo cómo llevarlo adelante. Todo lo que tuve que hacer fue versificarlo, algo que me resultaba facilísimo. Me lucí inolvidablemente. Esta es la primera estrofa:

 

Silenciosa está la calle

Por el silencio dormida,

Por las hojas arrullada

Y por la brisa mecida.

Lydia Davis: La madre

La chica escribió un cuento. «Sería mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.

Resultado de imagen de madre tóxica caricatura

Apenas nada sabíamos de la escritora norteamericana Lydia Davis (Northampton, Massachussets, 1947) hasta que Seix Barral publicó en el 2011 sus Cuentos completos, en versión del poeta y narrador Justo Navarro, que aparecieron en inglés en el 2009. Pero, además, Lydia Davis ha traducido a su lengua a autores tan significativos como Flaubert, Proust, Maurice Blanchot o Michel Leiris. De todas formas, donde dice cuentos completos, debería decir cuentos y microrrelatos completos, género este último en el que también es una auténtica maestra. Una autora en ambos géneros muy recomendable.

Amor chino de Henri Michaux

El amor chino no es el amor europeo.

La europea ama con transporte, y de pronto olvida al borde del mismo lecho, pensando en la gravedad, en ella misma, o en nada, o bien simplemente conquistada por la “ansiedad blanca”.

La mujer árabe se porta como una ola. La danza del vientre, hay que recordarlo, no es una simple exhibición para los ojos; no, el remolino se instala sobre uno y lo arrastra y lo deja luego como beatificado, sin saber exactamente lo que ha sucedido, ni cómo.

Y ella también empieza a soñar la Arabia se levanta entre los dos. Todo ha concluido.

Con la mujer china, nada de eso. La china es como la raíz del banian, que se encuentra en todas partes, hasta en las hojas. Así, cuando se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse.

(Namur, Bélgica, 24 de mayo de 1899 – París, 18 de octubre de 1984).

La Horla de Guy de Maupassant (1850-1893

8 de mayo.

¡Qué hermoso día! He pasado la mañana tendido sobre la hierba, frente a mi casa, bajo el enorme plátano que le da sombra. Adoro esta región, he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a la forma de hablar, a los perfumes, al del aire mismo. Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.

A lo lejos está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire, enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya. ¡Qué hermosa mañana!

A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso. Luego, dos goletas inglesas de rojas banderas, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo.

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste. ¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman el bienestar en desaliento y la confianza en angustia? Se diría qué el aire está poblado de lo desconocido, de poderes cuya proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado mis nervios y ensombrecido mi alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan del día me ha perturbado al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar, tiene efectos rápidos e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.

¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos ciegos a lo muy grande y lo muy pequeño, lo muy próximo y lo muy lejano, los habitantes de una estrella y los de una gota de agua. Con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza. Con nuestro olfato, más débil que el del perro; con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino. ¡Cuántas cosas descubriríamos con otros órganos que realizaran otros milagros!

16 de mayo.

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo la angustiosa sensación de un peligro, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo.

Acabo de consultar al médico pues no podía dormir. Ha encontrado mi pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo.

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una amenaza. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo.

¿De qué? Hasta ahora nunca he sentido temor por nada. Abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho, escucho ¿qué? ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en el calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño, como si me ahogara en aguas estancadas. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.

Duermo durante dos o tres horas, y luego es una pesadilla la que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo. Lo comprendo y lo sé, y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta, con todas sus fuerzas para estrangularme. Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo! Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo. Después de esa crisis, repetida todas las noches, duermo por fin hasta el amanecer.

2 de junio.

Mi estado se ha agravado. ¿Qué tengo? El bromuro y las duchas no producen efectos. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía una sangre nueva en mis venas. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo. De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.

Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi el amplio sendero, vacío, pavorosamente vacío. Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio.

He pasado una noche horrible. Voy a irme por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio.

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía. ¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches en el ocaso! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.

Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos, aplastados por bóvedas y galerías superiores. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados. Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:

—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!

—Es un lugar muy ventoso, señor —me respondió.

Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero. El monje me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.

Una de ellas me impresionó. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una fuerte y la débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a quejas humanas, pero los pescadores juran haber encontrado, merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.

—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.

—No sé —me contestó.

Yo proseguí:

—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?

—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.

Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Podía ser un sabio o un tonto. No podía afirmarlo, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio.

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:

—¿Qué tiene, Jean?

—Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.

Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio.

Las crisis vuelven. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio.

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza. Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena. Me acosté y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.

Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía. Al principio no comprendí nada, pero pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomarme. Luego me incorporé. Volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban.

¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces, yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.

¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio.

Pierdo la razón. Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo.

10 de julio.

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo el 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.

El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados. El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada. Por último, el 9 puse sobre la mesa solo agua y leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.

Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción. ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche!

Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio.

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi imaginación, salvo que sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias llamadas sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representan una pieza de Alejandro Dumas. Este autor ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes sensibles. Necesitamos ver hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos poblamos de fantasmas el vacío.

Regresé al hotel, caminando. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible. En lugar de concluir con estas simples palabras: Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas, nos imaginamos misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio.

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: Diviértete. Y se divierte. Se le dice: Ve a combatir. Y va a combatir. Se le dice: Vota por el emperador. Y vota. Después: Vota por la República. Y vota por la República.

Los que dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

16 de julio.

Ayer he visto cosas que me preocuparon. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión. Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.

—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes de la tierra, ya que hay otros secretos en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros, y trata de suplir la impotencia mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas.

»De ahí las creencias en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del creador son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él.

»Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, se han obtenido sorprendentes resultados.

Mi prima, también muy incrédula, sonreía.

El doctor Parent le dijo:

—¿Quiere que la hipnotice, señora?

—Sí; me parece bien.

Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. Me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear. Al cabo de diez minutos dormía.

—Póngase detrás de ella —me dijo el médico.

Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía:

—Esto es un espejo; ¿qué ve en él?

—Veo a mi primo —respondió.

—¿Qué hace?

—Se arregla el bigote.

—¿Y ahora ?

—Saca una fotografía del bolsillo.

—¿Quién aparece en la fotografía?

—Él, mi primo.

¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.

—¿Cómo aparece en ese retrato?

—Se halla de pie, con el sombrero en la mano.

Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo. Las damas decían espantadas: ¡Basta! ¡Basta, por favor!

Pero el médico ordenó:

—Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje.

Luego la despertó.

Mientras regresaba al hotel pensé en la sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta? Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.

No bien regresé, me acosté. Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:

—La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.

Me vestí de prisa y la hice pasar. Se sentó muy turbada y me dijo:

—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.

—¿De qué se trata, prima?

—Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.

—Pero cómo, ¿tan luego usted?

—Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.

Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaban burlando, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección. Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto. Sabía que era muy rica y le dije:

—¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?

Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:

—Sí… sí… estoy segura.

—¿Le ha escrito?

Vaciló otra vez y pensó. Advertí el esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.

-Sí, me escribió.
-¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.
-Recibí su carta esta mañana.
-¿Puede enseñármela?
-No, no… contenía cosas íntimas… personales… y la he quemado.
-Así que su marido tiene deudas.
Vaciló y luego murmuró:
-No lo sé.
Bruscamente le dije:
-Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.

Dio una especie de grito de desesperación:

-¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos…

Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.

-¡Ay! Le suplico… si supiera cómo sufro… los necesito para hoy. Sentí piedad por ella.
-Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.
-¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !
-¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? -le pregunté entonces.
-Sí.
-¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?
– Sí..
-Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.

Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:

-Pero es mi esposo quien me los pide.

Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:

-¿Se ha convencido ahora?
-Sí, no hay más remedio que creer.
-Vamos a ver a su prima.

Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida. El médico le tomó el pulso, la miró con una mano extendida hacia sus ojos, que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético. Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:

-¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.

Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.

-Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .

Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.

Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

19 de julio.

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: Quizá.

21 de julio.
Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino, pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.

30 de julio.

Ayer he regresado a casa.

2 de agosto.

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

4 de agosto.

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El sirviente acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

6 de agosto.

Esta vez no estoy loco. ¡Lo he visto! Ya no tengo dudas. Aún siento frío hasta en las uñas. El miedo me penetra hasta la médula. ¡Lo he visto! A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal. Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.

Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones. Pero, ¿se trataba de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo.

7 de agosto.

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.

Me pregunto si estoy loco. Cuando me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama demencia.

Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera conciencia de mi estado al examinarlo con toda lucidez. Yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.

Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida. Sin embargo, me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal. Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

8 de agosto.

Pasé una noche horrible. No ha aparecido más, pero lo siento cerca. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales. Sin embargo he podido dormir.

9 de agosto.

Nada ha sucedido. pero tengo miedo.

10 de agosto.

Nada.

11 de agosto.

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

12 de agosto, 10 de la noche.

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan sencillo y no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto.

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera desoladora. Carezco de fuerzas, de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.

14 de agosto.

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos. De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

15 de agosto.

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita. ¿Es acaso el fin? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural? ¡Los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.

16 de agosto.

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: ¡Vamos a Ruán!

Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno. Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: ¡A la estación! y grité con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: -A casa-, y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

17 de agosto.

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas surgidos del miedo. Después de leer hasta la una, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.

Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos. ¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles. Somos tan indefensos, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua. Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.

Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente vacío, pero comprendí que él estaba leyendo, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido, la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes. Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!

Entonces, mañana, pasado mañana o cualquiera de estos podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?

18 de agosto.

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento…

19 de agosto.

¡Ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: -Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento. El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.

¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío! Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.

Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión… ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el… el… ¿cómo se llama?… el… parece que me gritara su nombre y no lo oyese… el… sí… grita… Escucho… ¿cómo?… repite… el… Horla… He oído… el Horla… es él… ¡el Horla… ha llegado!…

¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado al cordero; el león ha devorado al búfalo: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!

No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica… yo también quiero… yo podría hacer lo mismo… pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros. Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: ¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe?

Y yo seguía pensando: mis ojos son tan imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio. Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.

¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan torpemente concebida, trabada por órganos fatigados, forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso. Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?

¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!

Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo, va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo. Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados, maravillados.

¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

19 de agosto.

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir. Sabía que vendría a rondar, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces! Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.

Yo acechaba con todos mis sentidos excitados. Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz. Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada, después de dejarla abierta a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.

Como dije antes, simulaba escribir, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo! ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.

Por último, pude distinguirme completamente como todos los días. ¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

20 de agosto.

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance? ¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No, no, decididamente no. Pero entonces ¿qué haré entonces?

21 de agosto.

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas. Me haré una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa.

10 de septiembre.

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido… pero ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.

Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar del frío. Sentí que estaba aquí. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.

De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.

Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.

Miraba mi casa y esperaba. Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, agudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!

Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando. Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver. La casa era una hoguera, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!

De pronto el techo entero se derrumbó y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno… ¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos? ¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura? ¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.

No, no, no hay dudas, no hay dudas. No ha muerto. Entonces, tendré que suicidarme…

Guy de Maupassant (1850-1893)

 

 

 

 

 

Horla-Apparition copy