Acrotomofilia de Herson Barona 

Hola, me llamo Laura y tengo 22 años. Hace unos meses tuve un accidente en el que perdí una pierna, esto me impide conocer personas y encontrar a mi verdadero amor. Me gustaría entrar en contacto con hombres jóvenes (de 18 a 28 años) a los que no les importe mi condición.

Lista de respuestas:

Tu impedimento no está en la pierna que te falta, sino en tu mente. A una persona hay que amarla por su alma, no por su físico. Quiero ser tu amigo, me gustaría guiarte para que aprendas a ver el mundo desde otra perspectiva y puedas recuperar la confianza en ti misma. Recuerda, las limitaciones te las pones tú, no tu cuerpo. Recibe un fuerte abrazo. Mario.

enviado por nifunifa

Me llamo Max y me gustaría saber más sobre ti. ¿Cómo eres?, ¿qué te gusta hacer?, ese tipo de cosas, tú sabes ;). Pienso que el hecho de que tengas solamente una pierna no te hace menos deseable o sexy que las chicas con dos; es más, encuentro muy atractivas a las cojas.

enviado por maxxx

Soy un chico de París, siempre me gustaron mujeres amputadas en pierna derecha. Me gustaría conocer y cotorrear (como dicen en México) para surgir algo. También me gusta la cultura latino. Soy serio en mi mensaje. Es posible de contactar a mi mail michellink006@yahoo.fr.

enviado por michel_06

Yo adoro a las mujeres amputadas. La falta de una pierna no te impide pasarla bien, yo sé lo que te digo XD. Te mando un beso.

enviado por eldifuso

 

Hola, Laura. Tengo que decir que me avergüenza leer algunas de las respuestas que has recibido, pero yo te entiendo, a mí también me amputaron una pierna y he sufrido mucho por eso. Tengo 20 años y quiero hacer amistad, no quiero amargarme porque aunque me falte una parte del cuerpo, me sobra corazón. La vida sigue.

enviado por perinola_

Mi no me importa tu situacion si quiere comunicar con migo. Soy serbio Aleksandor Mijkailovic busco damas amputadas. Tengo pregunta cuanto pierna perdio abajo de rodilla o mas ariba rodilla. Escriba me besos.

enviado por alekmijk

Laura, me da pena decirlo pero yo soy un niño, tengo 10 años y me van a amputar. A mí no me gusta. Dime, ¿duele mucho? Me gustaría que fuéramos amigos, no tengo con quién platicar.

rnviado por pakebola

http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php/component/content/?task=view&id=274&Itemid=1

 

 

enviado por pokebola144

Händel de Lydia Davis

Hay un problema en mi matrimonio: simplemente no me gusta Georg Friedrich Händel tanto como a mi marido. Es una verdadera barrera entre nosotros. Envidio a una pareja que conocemos, por ejemplo, ambos aman a Händel tanto que a veces viajan en avión hasta Texas solo para escuchar una de sus operas interpretada por un tenor en particular. Incluso han convertido a otra de nuestras amigas en común en una admiradora de Händel. Estoy sorprendida porque la última vez que ella y yo hablamos de música, me dijo que a quien realmente admiraba era a Hank Williams. Los tres juntos tomaron un tren a Washington D.C. este año para escuchar a Giulio Cesare in Egitto. Yo prefiero a los compositores del siglo diecinueve y particularmente a Dvořák. Pero soy bastante abierta a todo tipo de música y normalmente si estoy en contacto con algo lo suficiente, termina por gustarme. Pero aunque mi marido ponga música de Händel todas las noches si no hago algo para evitarlo, no he podido hacer que Händel me guste. Afortunadamente, acabo de descubrir que hay un terapeuta no tan lejos de aquí, en Lenox, Massachusetts, que se especializa en Terapia de Händel, y voy a darle una oportunidad. (Mi marido no cree en la terapia y yo sé que él no iría a una Terapia de Dvořák conmigo aun cuando existiese una).

George Frideric Handel | Christian History

Beatriz Espejo: El emparedado

Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada.

Son jarocho

Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.

Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.

—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.

—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.

Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.

—¿De dónde vino? —pregunté.

—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.

—Pues no lo sé —dije sinceramente.

—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.

—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.

—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?

—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.

—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral…

Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.

Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, sua­vemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no te­nías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar se­gura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.

El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.

Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.

Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.

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Cordero asado de Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada -. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo dela Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Una hermosa mujer detrás de la ventana | Foto Premium

23. «La mujer del almacén», de Kathernine Mansfield — manologo

a través de 23. «La mujer del almacén», de Kathernine Mansfield — manologo

 

Durante todo el día hizo un calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante. Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar, ¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.
Jo cabalgaba adelante. Llevaba una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un pañuelo blanco con lunares rojos —parecía que acababa de limpiarse la sangre de las narices— le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo. Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:
“No me interesa, porque verás, tengo a mi suegra siempre delante”.
Era el primer día, luego de un mes de estar juntos, en que no le habíamos oído canturrear aquella canción. Su silencio nos ponía melancólicos. Jim iba junto a mí, blanco de polvo, de la cabeza a los pies. Su rostro parecía el de un payaso y sus ojos negros brillaban más que nunca en esa máscara empolvada; a cada rato, sacaba la lengua para humedecerse los labios. Su chaqueta corta, de tela gruesa de algodón y los pantalones azules, sostenidos por un cinturón muy ancho, mostraban su color ante los huecos abiertos en la capa de polvo. Apenas si habíamos cruzado algunas palabras desde el amanecer.
A mediodía nos detuvimos junto al borde barroso de un arroyo para almorzar galletas duras y duraznos.
—Tengo el estómago como buche de gallina —dijo Jo—. Veamos, Jim: tú que eres el guía de nuestro grupo, ¿dónde diablos está ese almacén del que siempre nos hablas? “Por supuesto”, nos dices, “yo conozco un buen almacén, con sus troncos gruesos para atar los caballos y una pradera verde bordeada por un arroyo. Su dueño es un buen amigo mío”, nos has dicho, “un tipo correcto que te ofrece un trago de whisky y luego te da la mano”. Me gustaría ver ese almacén, Jim, aunque sólo fuera para calmar mi curiosidad. No quiero decir con eso que dude de tu palabra, tú lo sabes muy bien, pero…
Jim se echó a reír.
—No olvides que en el almacén hay una mujer, Jo; una hermosa mujer de ojos azules y cabello rubio como el oro, que te ofrece algo mejor que el whisky antes de estrecharte la mano. Métete eso en la cabeza y no lo olvides.
—El calor te debilita la cabeza —comentó Jo, subiendo al caballo. Clavó las espuelas en los ijares y nosotros lo seguimos unos metros más atrás. A poco de andar me quedé medio dormida sobre la silla y, entre sueños, tuve la desagradable sensación de que todos los caballos se detenían. De pronto me vi encima de un caballito de madera y mi madre, que se hallaba detrás de mí, me retaba por levantar tanto polvo de la alfombra. “La has gastado tanto que sus hermosos dibujos desaparecieron”, me decía y se abalanzó sobre mí para darme un golpe en los riñones. Empecé a llorar en voz baja y me desperté asustada y encontré a Jim inclinado sobre mí, sonriendo con malicia.
—Esa sí que es buena —me dijo—. Acabo de sorprenderte. ¿Qué te sucede? ¿En qué mundo andabas?
—Ninguno —le respondí con énfasis, alzando la cabeza—. ¡Gracias a Dios, por fin llegamos a alguna parte!
Estábamos al pie de la colina y, más abajo, se veía un techo de chapa acanalada. Ocupaba el centro de un amplio jardín, distanciado del camino. A su alrededor, una pradera verde se extendía con un arroyo zigzagueante. El paraje estaba aislado por una cantidad de sauces jóvenes. Por la chimenea, ascendía recto un hilillo de humo azul, asomando por un rincón del techo. Mientras observaba la forma de aquel cobertizo vi salir a una mujer seguida por una niña y un perro ovejero. La mujer parecía llevar en la mano una larga vara negra. Nos había visto y estaba haciéndonos alguna seña. Los caballos soltaron un prolongado y sonoro resoplido final. Jo se quitó el ancho sombrero, dio un grito, sacó pecho y empezó a cantar aquello de “no me interesa, porque ya ves…” De repente, el sol reapareció entre las nubes pálidas e iluminó con brillosos resplandores aquella escena. Uno de los rayos acentuó el cabello rubio de la mujer, resplandeció el delantal agitado por el viento y brilló también el rifle que llevaba en la mano. La chiquilla se escondió detrás de su madre, y el perro ovejero, de pelaje blanco y sucio, regresó trotando al cobertizo, con la cola entre las patas. Tiramos de las riendas, los caballos se detuvieron en seco y desmontamos.
—¡Hola! —gritó la mujer—. Creía que eran tres buitres. Mi chica llegó corriendo, azorada. “Mamá”, me dijo, “vienen bajando por la colina tres cosas grises”. Yo me preparé para recibirlas, estén seguros de eso. “Tienen que ser buitres”, le respondí a la chica. No saben la cantidad de buitres que hay por aquí.
La niña nos dirigió la mirada con uno de sus ojos, por detrás de las faldas de su madre, y se ocultó de nuevo.
—¿Dónde está su hombre? —preguntó Jim.
La mujer parpadeó rápidamente, se pasó una mano por la boca y giró la cabeza para observarnos.
—Se fue a la esquila —nos dijo, demorando su respuesta—. Hace casi un mes que anda fuera. Supongo que no permanecerán aquí, ¿verdad? Una tormenta se avecina.
—No se intranquilice, pero nos quedamos —afirmó Jo—. ¿De modo que está sola, señora?
Permaneció quieta, con la cabeza gacha y empezó a acomodar los pliegues del delantal. Luego nos miró de reojo, uno a uno, con una expresión de pajarito hambriento. Me sonreí al pensar en la burla que le había hecho Jim a Jo, hablándole siempre sobre aquella hermosa mujer del almacén. Cierto era que ella tenía los ojos azules y el poco pelo que le quedaba era rubio como el oro viejo, pero no era bonita. Su figura tenía un aspecto ridículo que daba lástima. Al observarla, se tenía la impresión de que bajo su blanco delantal, sólo había palos y alambres retorcidos. Los dientes de delante le faltaban, sus manos largas, agrietadas y enrojecidas, le colgaban inútiles de los brazos y llevaba un par de botas de hombre arrugadas, cubiertas de polvo.
—Voy a soltar los caballos en el prado —dijo Jim—. ¿No tiene por casualidad algún linimento? El pobre Poi tiene una llaga hecha un demonio.
—¡Un momento! —gritó la mujer con algo de histérica. Se quedó en silencio, mirándonos, llena de ira: las narices se le dilataron, temblándole al respirar. Y volvió a gritar con el mismo tono chillón—. Es mejor que no se detengan. Váyanse y se acabó. No quiero que los caballos pasten en mi prado. Tienen que irse; no tengo nada para ofrecerles.
—¡Vaya, que me cuelguen! —dijo Jo sorprendido. Me apartó hacia un costado—. El diablo salió de su cuerpo —murmuró—. Será porque hace tiempo que está sola. Si la tratamos con respeto, volverá a la coherencia.
Pero no fue necesario poner en práctica la propuesta. La mujer había vuelto a sus cabales por sí sola.
—Quédense, si quieren —nos dijo de mala gana, encogiendo los hombros. Luego giró y me dijo—: Si viene conmigo, le daré el linimento para el caballo.
—Muy bien, yo se los llevaré después al prado.
Seguí por el largo sendero que atravesaba el jardín. A ambos lados había plantado repollos y tal vez por eso el lugar olía a agua podrida. También había flores: una fila de amapolas dobles y toda una plantación de arvejillas de olor. Me llamó la atención una porción de tierra removida en medio de las flores, señalada por hileras de conchas y caracoles. Al rato advertí que aquel terreno pertenecía a la niña, porque al pasar frente a él se desprendió de las faldas de su madre y corrió para escarbar esa porción de tierra con una percha rota. El perro atravesaba el umbral de la puerta, matando las pulgas a mordiscos. La mujer lo apartó de nuestro camino, de una patada.
—¡Eh, fuera de aquí, bestia inmunda…! La casa está desordenada. No tuve tiempo de arreglarla… Estuve planchando. ¡Adelante!
La “casa” era tan sólo una habitación amplia cuyas paredes estaban empapeladas con las hojas de viejos diarios londinenses. A primera vista, me pareció que el número más actual era de la época del jubileo de la Reina Victoria. Había una mesa con una tabla de planchar, un cubo de agua, algunos recipientes de madera, un diván desarmado con un forro de crin negro y varias sillas de cañas rotas y apoyadas contra la pared para que no se cayeran. La repisa que se hallaba encima de la estufa estaba adornada con papel encarnado, flores, tallos y hojas secas en floreros cubiertos de polvo y con una imitación de Richard Seddon en colores. Había cuatro puertas: una, por el olor, parecía dar al almacén; la otra, seguramente al patio trasero; en la tercera, que estaba entreabierta, se podía ver una cama. Las moscas, volando en bandada, zumbaban contra el cielo raso. Y sobre las cortinas de la única ventana tenía adheridos papeles matamoscas y un montón de tréboles secos.
De repente me encontré sola en la amplia habitación. La mujer se había ido al almacén a buscar el linimento. Oía sus pasos recios y sus murmullos groseros. Hablaba sola, se preguntaba y se respondía: “Tengo linimento”, decía. “¿Dónde habré puesto la botella? Estará detrás del frasco de los pepinillos… No está”. Desocupé un rincón sobre la mesa para sentarme allí, balanceando las piernas. Oía la lejana voz de Jo, cantando en el prado y los golpes del martillo de Jim clavando las estacas para afirmar la tienda de campaña. Era el momento del crepúsculo. En Nueva Zelanda los días no gozan de la penumbra del poniente: tienen una media hora de luz extraña y siniestra, donde todo es grotesco, deforme y espantoso, como si el alma salvaje del país emergiera de repente sobre antiguos poderes y renegara de lo que contemplaba. Al verme sola en la gran habitación, iluminada por la escabrosa luz del poniente neocelandés, sentí miedo. Aquella mujer tardaba demasiado en encontrar el linimento. ¿Qué estaría haciendo allí dentro? Me pareció que la había oído golpear con las manos alguna mesa y la escuché quejarse otra vez, luego toser y limpiarse la garganta. Tuve deseos de gritar que regresara, pero me contuve y esperé en silencio. “¡Qué vida atroz, Dios mío!”, pensaba yo. “¿Cómo será eso de compartir un día tras otro, con esa niña roñosa y el perro sucio siempre cerca? ¿Qué será eso de planchar aquí y de…? ¡Loca! ¡Claro que está loca! Quisiera saber hace cuánto tiempo que vive aquí. Quisiera que me hablara…”
En ese preciso momento, la mujer asomó su largo perfil por la puerta.
—¿Qué era lo que querían? —me preguntó.
—Linimento.
—¡Ah, me había olvidado! Ya lo encontré. Estaba junto al frasco de pepinillos —al decir esto, me alargó la botella—. Se la ve nerviosa —agregó—. Le voy a preparar unos panecillos dulces para la cena. Hay un poco de lengua en el almacén y si les gusta, cocinaré un repollo.
—Muy bien, gracias —repuse sonriendo—. Luego venga a nuestra tienda, en el prado, y lleve a la niña para que nos acompañe a tomar la merienda.
Sacudió la cabeza, mostrando los labios.
—Oh, no. Creo que no iremos. Les mandaré a la niña con las cosas, cuando termine de cocinar los panecillos. ¿Quiere que le amase algunos más para llevarlos mañana?
—Gracias.
Se quedó de pie en la puerta, apoyada contra el marco.
—¿Qué edad tiene la niña?
—En Navidad cumplirá seis años. Tuve muchos dolores de cabeza con ella, por varias cuestiones. No pude darle leche hasta que la chica tuvo un mes, estaba desnutrida y flaca como una varilla.
—No se parece a usted. ¿Salió a su padre?
Así como se había exaltado antes, cuando nos indujo a que nos fuéramos, ahora se enfadó contra mí.
—¡No! ¡No es verdad! —gritó hecha una furia—. Se parece a mí. Es mi vivo retrato. Hasta un ciego puede verlo. —Luego, se dirigió a la niña, que seguía removiendo su terreno.
—Ven acá, rápido, Else, y deja de remover esa tierra.
Me encontré con Jo pasando sobre el cerco del prado.
—¿Qué tiene la vieja bruja en el almacén? —me preguntó.
—No sé. No entré.
—¡Vaya! ¡Qué tontería! Jim te anda buscando. ¿Qué estuviste haciendo durante todo este tiempo?
—Buscando el linimento. Oye, Jo: qué elegante y bien peinado estás.
Jo se había aseado, traía el pelo reluciente, peinado con raya al medio. Había elegido un saco limpio por encima de la camisa. Me hizo un guiño.
Jim me quitó de las manos la botella de linimento. Me fui sola, a través del prado, donde los sauces se juntan, para bañarme en el arroyo. El agua clara me cubría el cuerpo, suave como el aceite. Entre las hierbas y las raíces de las orillas, el agua formaba orlas de espuma que se agitaban. Me quedé en el agua mirando cómo los sauces movían sus hojas por un momento y luego las dejaba quietas. El aire traía olor a lluvia. Me olvidé de la mujer y de su hija, hasta que regresé a la tienda. Jim estaba tendido sobre el césped, mirando el fuego de la hoguera que acababa de encender. Le pregunté si la chica había traído algo de comer y dónde estaba yo.
—¡Bah! —repuso Jim con disgusto, girando su cuerpo para acostarse de espaldas y observar de cara al cielo—. ¿No te has dado cuenta de que Jo está como embrujado? Se fue al almacén demasiado prolijo y me dijo: “¡Que me cuelguen si esa mujer no es más bonita de noche que de día! De todas maneras, muchacho, es carne de mujer”. Esas palabras me dijo.
—Recuerda que tú tienes la culpa por haber hecho creer a Jo, y a mí también, que había una mujer bella en este almacén.
—No. No se trata de eso. Escucha: no puedo entenderlo. Hace cuatro años pasé por este lugar y permanecí dos días aquí. El marido de esa mujer fue compañero mío cuando ambos deambulábamos por las costas occidentales. Es lo que yo llamo un buen tipo, del tamaño de un toro y con una voz similar a un trombón. La mujer había sido camarera en una cabaña de la costa, hermosa como una muñeca. Cuando estuve en este almacén, cada quince días, la diligencia pasaba. Todo esto era antes de que inauguraran el ferrocarril de Napier. Y puedo asegurar que aquella mujer no perdía el tiempo. Recuerdo que me dijo, en un momento de confesión, que ella besaba de ciento veinticinco maneras diferentes y todas sensuales e irresistibles.
—¡Vamos, Jim! Por supuesto que no se trata de la misma mujer.
—Tiene que serlo…, de otra manera no me lo explico. Lo que yo creo es que su marido se fue y la abandonó. Que engañe a otro con la historia de la esquila. ¡Qué terrible soledad! Los únicos que aparecerán por aquí, de vez en cuando, serán los maoríes.
A pesar de la oscuridad, divisamos el blanco delantal de la niña. Caminaba arrastrándose hacia nosotros, con una enorme canasta al brazo y una olla de leche en la mano. Revisé dentro de la canasta mientras la chica me miraba hacer.
—Ven aquí —le dijo Jim haciéndole gestos con el dedo.
Se acercó. La lámpara que colgaba del techo de la tienda la alumbró de cuerpo entero. Era una pobre criatura escuálida y débil, con el cabello blancuzco y los ojillos tristes. Se había parado con las piernas abiertas y el vientre al aire.
—¿Qué haces durante el día? —le preguntó Jim.
La chica escarbó con el dedo meñique su oreja, miró lo que había sacado y respondió:
—Dibujo.
—¿Eh? ¿Qué dibujas? ¡Deja de escarbarte las orejas!
—Dibujos.
—¿Dónde los haces?
—En papeles llenos de grasa, con el lápiz de mamá.
—¡Vaya! ¡Cuántas palabras de golpe! —Jim la miraba sonriendo, con algo de afecto—. ¿Ovejitas que hacen beee y vaquitas que hacen mu?
—No. Todas las cosas. Los dibujaré a todos antes de que se vayan, a sus caballos y a la tienda y a ésa con ningún vestido en el arroyo —dijo, señalándome a mí—. Yo la veía desde un lugar donde ella no me veía.
—Te felicito —le respondió Jim—. Así llegarás lejos en la pintura.
Entonces, le preguntó algo atrevido:
—¿Dónde está papá?
La chica pareció asustarse y comenzó a balbucear.
—No se lo voy a decir porque no me gusta su rostro. Y volvió a escarbarse la otra oreja.
—Bueno —le dije—. Vete a casa, llévate la canasta y avísale al otro hombre que venga a comer.
—No quiero.
—¡Te voy a dar una cachetada si no obedeces! —la amenazó Jim, con suma violencia.
—¡Ay, ay! Se lo diré a mamá, se lo diré a mamá —dijo la chica y salió corriendo.
Comimos hasta hartarnos. Había llegado la hora del café y los cigarrillos, cuando Jo regresó, muy colorado y contento, con una botella de whisky en la mano.
—Bébanse los dos un trago —nos dijo alzando muy fuerte la voz y sacudiendo la botella en nuestras narices—. ¡Vamos! ¡Levanten las copas!
—Ciento veinticinco maneras distintas… —le murmuré a Jim en el oído.
—¿Eh? ¿Cómo dicen? ¡Basta de eso! —dijo Jo, serio—. ¿Por qué se la agarran siempre conmigo? Parecen niños de escuela dominical en una excursión. Si quieren saberlo, nos ha invitado a los tres para que visitemos su casa esta noche y charlemos. Yo —levantó la mano, como si quisiera detener nuestras felicitaciones antes de tiempo— he sabido tratarla y sé cómo tranquilizarla.
—Te creo —comentó Jim riendo—. Pero ¿te dijo dónde está su marido?
Jo lo miró entre sorprendido e irritado.
—En la esquila. Ella misma te lo dijo, idiota.
La mujer había limpiado y arreglado la habitación, incluso la adornó con un ramo de arvejillas en el centro de la mesa. Fui a sentarme al lado de ella, frente a Jo y Jim. Además de las flores de adorno, sobre la mesa había una lámpara de petróleo, la botella de whisky, vasos y una jarra de agua. La chica, arrodillada en el suelo, dibujaba en un papel de envoltura. Me pregunté, sobresaltada, si acaso no estaría reproduciendo la escena del arroyo.
No había duda de que Jo tenía razón cuando dijo que la mujer se vería mejor de noche. En verdad, esa noche presentaba mejor aspecto. Las hebras de su cabello rubio estaban prolijas, recogidas y alisadas, tenía cierto color en las mejillas y brillaban sus ojos. Y advertimos que sus pies se hallaban apretados, bajo la mesa, por las botas de Jo. Su delantal grasoso había sido reemplazado por una falda de lana negra y una blusa blanca. La chica llevaba una cinta azul en el pelo. Así, en la atmósfera asfixiante de aquella habitación, entre el zumbido de las moscas que giraban en espirales ascendentes hacia el techo y descendían sobrevolando la mesa, nos emborrachamos lentamente.
—Ahora escúchenme —interrumpió la mujer dando puñetazos sobre la mesa—. Hace seis años que me casé y he tenido cuatro abortos. Le dije a mi marido: ¿Quién crees que soy yo para que me tengas aquí? Si estuviéramos en la Costa, te haría colgar por infanticidio. Y le repetía: has doblegado y sometido mi espíritu, me has arruinado el cuerpo, la apariencia. ¿Para qué? ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Para qué? —Se agarró la cabeza con las manos, apoyó los codos sobre la mesa, mirándonos fijamente. Y comenzó a hablar de nuevo, con rapidez—. Durante días enteros, que sumados formaban meses, me torturaban la cabeza aquellas dos benditas palabras. ¿Para qué? A veces estaba aquí, frente a la estufa, cocinando papas, y al levantar la tapa de la cacerola para moverlas, oía las mismas palabras de siempre y no sólo aquel “¿Para qué?”, con las papas y con la chica y con… Quiero decir que… quiero decir… —un ataque de hipo la interrumpió—. ¡Usted sabe lo que quiero decir, señor Jo!
—Lo sé —dijo Jo rascándose la cabeza.
—Lo peor era —continuó la mujer, inclinándose sobre la mesa— que me dejaba sola mucho tiempo. Cuando las diligencias dejaron de venir, se iba por muchos días, semanas y hasta meses, dejándome encargada del almacén. Y después regresaba, contento como en Pascuas. “¡Hola!”, me decía. “¿Cómo has estado? Ven aquí y dame un beso”. Y yo iba. Y cuando me negaba a ser afectuosa, él volvía a irse, a desaparecer sin decir nada. Aunque si yo me mostraba complaciente, también se iba. Cuando lo recibía, esperaba hasta hacerme bailar sobre un dedo y después se despedía: “Bueno; hasta siempre. Ya me voy”. ¿Y creen que yo podía retenerlo? ¡No! Yo, no.
—Mamá —gritó la chica—. Hice un dibujo de todos ellos, bajando por la colina, y de ti y de mí y el perro, abajo.
—¡Cállate! —gritó la mujer.
La luz de un relámpago iluminó en forma eléctrica la habitación y a los pocos segundos se oyó el sacudón del trueno.
—Menos mal que se larga —comentó Jo—. El clima nos ha estado sofocando desde hace tres días.
—¿Dónde está ahora su marido? —insistió Jim, acentuando cada palabra.
Metió la cabeza entre sus brazos, apoyados sobre la mesa, y empezó a lloriquear.
—Se ha ido a la esquila y otra vez me dejó —gritó entre gemidos.
—¡Eh! ¡Cuidado con esos vasos! —exclamó Jo—. Levante la cabeza y tome otro trago. No tiene sentido alguno llorar por maridos ausentes. La has hecho buena, Jim.
—Señor Jo —suspiró la mujer, levantando la cabeza y secándose las lágrimas con la solapa de su chaqueta blanca—, usted es un tipo decente. Si yo fuera mujer de secretos, le confiaría todo a usted. Y no crea que me opongo a beberme otro vaso de whisky.
La luz de los relámpagos era cada vez más fuerte, lo mismo que la potencia de los truenos. Jim y yo estábamos en silencio. La chica seguía de rodillas, apoyada en el banco y sin moverse. Tenía la punta de la lengua fuera de la boca y, de vez en cuando, soplaba sobre el papel en que dibujaba.
—Es la soledad —exclamó la mujer, dirigiéndose hacia Jo, que la escuchaba con afecto—. Es la tristeza de estar aquí, como una gallina ponedora en su nido.
Jo extendió su brazo sobre la mesa y tomó la mano de la mujer. A pesar de que la posición de los dos parecía muy incómoda, sobre todo al servirse whisky y al beberlo, mantuvieron unidas sus manos, como si estuvieran adheridas.
Me levanté para acercarme a la niña. Ella, por su parte, se incorporó con decisión y se sentó sobre el banco y los papeles de sus dibujos, mirándome con desconfianza.
—No puede verlos —dijo, desafiante.
—Vamos, no seas tonta.
Jim se acercó a nosotros. Los dos habíamos bebido bastante, tomamos a la niña por los brazos y la arrancamos del banco para ver sus dibujos. Los analizamos y, para mi asombro, estaban bien hechos, algo repulsivos y groseros. Eran las composiciones de un lunático, hechas con la habilidad de un lunático. No había duda de que la niña tenía la mente perturbada. Y ahora se mostraba alegre de que viéramos sus dibujos. A medida que los mostraba, sus nervios eran crecientes, reía, temblaba y tiritaba en nuestros brazos con una fuerza muy particular.
—¡Mamá! —gritó en un momento dado, en un punto extremo de la excitación—. Voy a hacerles el dibujo que tú me dijiste que no hiciera nunca. Lo haré ahora.
Con una velocidad inusitada, la mujer se levantó de la mesa, se lanzó hacia su hija y la golpeó con brusquedad en la cabeza, con las dos manos abiertas.
—¡Te daré azotes desnuda si te atreves a decir eso otra vez! —le gritaba, convertida en una fiera.
Jo estaba muy embriagado como para darse cuenta de lo que sucedía. Jim tomó los brazos de la mujer para que no siguiera pegando a la niña. La niña no lloró ni lanzó un solo grito. Al terminar el forcejeo, se acercó pausadamente a la ventana y se quedó allí despegando las moscas del papel.
Todos volvimos a la mesa. Esta vez me senté junto a Jim para que la mujer se ubicara al lado de Jo y se reclinara sobre su pecho. Nos quedamos los cuatro diciendo estupideces. “Este cayó cerca. Otro más, y otro”, y Jo, justo en medio del estruendo de un trueno: “Ahora viene. Ya está. Agárrense. Ya llega”, hasta que empezaron a caer gotas gruesas sobre el techo de chapas acanaladas, que perturbaban.
—Será mejor que esta noche se queden a dormir aquí —dijo la mujer.
—Así es —afirmó Jo que, por otra parte, estaba más que interesado por el ofrecimiento.
—Saquen lo que necesiten de la tienda. Ustedes dos pueden dormir en el almacén junto con la niña, que ya está acostumbrada a dormir allí y no le importará.
—Nunca he dormido ahí, mamá —interrumpió la niña.
—¡Cállate y no digas mentiras! El señor Jo puede dormir aquí.
La distribución de lugares resultó absurda, pero era inútil cambiar su propuesta. Sin duda, Jo y la mujer ya se habían puesto de acuerdo.
Mientras ella organizaba este plan, Jo permaneció inmóvil en su silla, con una seriedad pocas veces vista en él, con los carrillos enrojecidos y jugando con el bigote.
—Préstanos una linterna —dijo Jim—. Iré a buscar las cosas a la tienda.
Salimos juntos. La lluvia nos golpeaba la cara y al caminar sentíamos debajo de nosotros la tierra blanda, como si fueran cenizas. Como niños frente a una aventura, y corriendo por el prado, saltando, gritando, riendo entre el pavoroso estruendo de los truenos.
Al volver al almacén, la niña ya estaba acostada sobre el mostrador. La mujer nos entregó una lámpara y Jo tomó, de manos de Jim, el bolso con su ropa y salió con la cabeza baja, cerrando la puerta.
—¡Buenas noches! —gritó desde el otro lado.
Jim y yo nos dejamos caer sobre dos bolsas de papas, sin poder aguantar la risa. De las vigas del techo colgaban bolsones repletos de cebollas y piernas de jamón. Por doquiera que miráramos se hallaban los anuncios del “Café Camp” y estantes con latas de carne. Nos los mostrábamos uno al otro, tratando de leer los títulos de letras más pequeñas, entre risas e hipos. La niña nos miraba desde el mostrador, sin otra expresión que su mirada triste. De pronto, arrojó a un costado la frazada y saltó al suelo. Se quedó donde había caído, muy seria, con su camisón de franela gris, rascándose el empeine de un pie con la uña del dedo gordo del otro pie. No le prestamos casi nada de atención.
—¿De qué se ríen? —nos preguntó molesta.
—¡De ti! —repuso Jim, rápido—. De ti y de tu tribu, niña mía.
La niña se ofuscó de pronto y se daba golpes con los puños, gritando:
—¡No quiero…, no quiero que se rían de mí! ¡Malos! ¡Malditos!
Jim se acercó a la chica, la alzó con poca firmeza y la arrojó con violencia sobre el mostrador.
—¡Duérmete y calla! O dibuja, si quieres. Aquí tienes lápiz, y usa si quieres el libro de cuentas de tu mamá.
Nos quedamos sentados en silencio, y entre el murmullo de la lluvia oímos claramente los pesados pasos de Jo en el piso de madera de la habitación vecina, luego una puerta que se abría, y un rato después, cerrarse la misma puerta.
—Es la soledad —murmuró Jim.
—¡Pobre de él! ¡Ciento veinticinco distintas maneras de besar, señor mío!
La chica arrancó violentamente una hoja del libro de cuentas de su madre y, desde el mostrador, la arrojó hacia donde estábamos nosotros.
—¡Allí está! —nos dijo con su voz chillona de niña caprichosa—. Aunque no lo quiere mamá, lo hice. Lo hice porque me encerró aquí, con ustedes. El dibujo que ella no quiere que haga. Dijo que me mataría si lo hacía, pero lo hice igual. ¡No me importa! ¡No me importa!
La chica había dibujado a una mujer disparando un rifle contra un hombre y a la misma mujer haciendo un foso en la tierra para enterrar al muerto. Saltó del mostrador y se puso a caminar por el interior del almacén, mordiéndose las uñas. Jim y yo nos quedamos sentados sobre las bolsas, sin decir palabra, al lado del dibujo, hasta que comenzó a aclarar. La lluvia había cesado y la niña dormía respirando con dificultad. Salimos rápidamente del almacén y corrimos hacia el prado, a nuestra tienda. En el cielo color rosa transitaban pequeñas nubes blancas y soplaba un viento frío con olor a hierba mojada. Cuando montamos para partir, Jo salió de la casa y nos hizo señas de que nos fuéramos.
—Los alcanzaré después —gritó.
En el primer recodo del camino, perdimos de vista aquel lugar.

Shere -Sade de Rosa Beltrán

Tengo un amante 24 años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede darte dinero o lástima. Rex no me da dinero; tampoco lástima. Por eso dice que nuestra pasión, que ha rebasado los límites, corre el peligro de comenzar a extinguirse en cualquier momento.

Noche primera

Hasta antes de conocerlo yo había asistido a dos presentaciones de libros y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado cuando no ocurre nada es cuando realmente están ocurriendo las cosas. Y esa vez ocurrieron del siguiente modo: yo estaba sola, en medio de un salón atestado, preguntándome por qué había decidido torturarme de esa forma cuando me di cuenta de que Rex, un famoso escritor a quien sólo conocía de nombre, estaba sentado junto a mí. Cuando terminó la lectura del primer participante, aplaudí. Acto seguido, Rex levantó la mano, increpó al participante, volvió a acomodarse en su asiento. Con pequeñísimas variantes ésta fue la dinámica de aquella presentación: se leían ponencias, se aplaudía y Rex alababa o destrozaba al hablante, comentando siempre con alguna de las Grandes Figuras que tenía cerca. Alguien leía, Rex criticaba, otro más leía, Rex criticaba, yo aplaudía. Si el minimalismo es previsibilidad y reducción de los elementos al menor número de variantes posible ésta fue la presentación más minimalista en la que he estado. Terminada la penúltima intervención a cargo de una autora feminista, Rex criticó, yo aplaudí, fui al baño. Lo oí decir que la estupidez humana no podía caer más bajo. Al regresar, antes de que se diera por terminado el acto, noté que Rex tenía puesta la mano abierta sobre mi asiento y distraído conversaba con alguien. Cuando señalé el sitio en el que había estado sentada y en el que ahora su mano autónoma y palpitante aguardaba como un cangrejo, Rex clavó la mirada en mí y dijo: “la puse ahí para que se mantuviera caliente”. Dos horas después estábamos haciendo el amor, frenéticamente. Así se dice: “frenéticamente”. También: “enloquecidamente”. En el amor todo son frases prestadas y uno nunca está seguro de decir lo que quiere decir cuando ama. Pero cuando uno quiere con todas sus fuerzas no estar allí y no puede hacerlo, ¿cómo se dice?

Noche tercera

Lo primero que tengo que admitir es que no sé muy bien en qué consiste el decadentismo nihilista porque nunca antes de conocer a Rex me lo había planteado. Según él, ese término define a la Generación X, la más decadente y desdichada de las generaciones de este siglo, a la que desafortunadamente pertenezco. Yo no hice nada para pertenecer a ella. Pero si quisiera ponerme en el plan en el que según Rex debiera, podría arrepentirme sólo de un hecho: haberme sentado junto a él, un escritor tan famoso, en una presentación de libros. La regla de oro entre los asistentes a este tipo de actos es que nadie se involucre con nadie y que las amistades, si es que prospera alguna, estén cimentadas en el más puro interés (te doy, me das; te presento, me presentas; te leo, me lees) o en el descuido. Rex dice que toda relación que no provenga del alcohol es falsa.

Noche séptima

Hoy Rex y yo decidimos algo muy original: que nadie, nunca, se había amado como nosotros. Y para confirmarlo, usamos las frases que usan todos los amantes. Un sólo ser en dos cuerpos distintos. Dos almas gemelas entre una multitud de extraños. Cien vaginas distintas y un sólo coño verdadero.

Noche décima

Ocurrió desde la primera vez, pero me había olvidado de contarlo. Estábamos en el momento culminante, haciendo el amor frenéticamente, como he dicho, y de pronto el cuarto se nos llenó de visitas. La primera que llegó fue la Extremadamente Delgada De Cintura. Rex comenzó a hablar de esta antigua amante suya porque mi postura se la recordaba. Era decidida, ardiente y pelinegra. Había que cogerla muy fuerte de la cintura, a la Extremadamente Delgada, porque si no era capaz de despegar. “Así”, dijo, apretándome. “¡Ah, cómo subía y bajaba aquella mujer!”, añadió, mientras me sostenía, nostálgico. Pero luego de un rato, levantando el índice, me advirtió:

-Podrán imitarla muchas, pero igualarla, ninguna.

Y hundido en esta reflexión fue a servirse un whisky. Al cabo de unos minutos en los que yo misma, una vez caída en una especie de ensueño, pensaba en la pasión tan grande entre Rex y yo, él rompió el silencio:

-Eran unas cuclillas perfectas -dijo, refiriéndose a aquella otra mujer-. Mírame: se me pone la carne de gallina nada más de recordarlo.

Era verdad: la blancura enfermiza de la piel a la que por años no le había dado el sol se había llenado de puntitos.

-Como un émbolo de carne -dijo, casi en estado de trance-. Arriba y abajo, fuera de ella, sobre mí, dando unos alaridos impecables.

Según Rex aquella mujer de las cuclillas tuvo un excelente performance: lo hizo tocar el cielo, sin exagerar, unas seis veces. El mismo día de su entrega, antes de despedirse, la Extremadamente Delgada De Cintura le pidió que le hiciera el amor por detrás.

-Quería hacerme una ofrenda -me explicó Rex, conmovido- un regalo.

Después de esta confesión, para mí insólita, se hizo de nuevo un silencio. Creí que la historia de Rex era una forma más bien oblicua de pedirme algo, así que me abracé a una almohada y me ofrecí, en cuatro patas, de espaldas a él. “No te muevas”, me dijo, y unos segundos más tarde sentí el flash de una cámara. Esperé un poco más, pero nada ocurrió, y tras angustiosos minutos oí que alguien junto a mí roncaba.

Noche 69

-¿Por qué me gusta tanto que me hables de tus antiguas amantes? -mentí.

-Porque la carne es la historia -me explicó Rex, muy serio-. Aunque esto muy pocos lo entienden.

Y luego, acercándose a mi oído me dijo, bajito:

-La carne por la carne no existe.

Noche 104

Dos semanas después me trajo la foto. Junto con una carta que decía: (“adoro la negra estrella de tu frente, pero adoro mil veces más a la otra, la impúdica, ese insondable abismo que nos une”). Todo lo demás eran loas interminables: a mis senos, más blancos y bellos que los de Venus emergiendo del océano; a mis nalgas, redondas, plenas como una pintura de Ingres; a mis muslos, inspiración de Balthus, a mi espalda perfecta y a mi vientre. A cada centímetro de mi cuerpo, siempre en comparación con otras. Nunca, nadie había sido más hermosa que yo: ni los labios, mejillas, cabellos, ni los largos cuellos que me antecedieron podían competir conmigo, según Rex. Freud dice que en toda relación sexual hay en la cama al menos cuatro. En nuestro caso, había cuando menos veinte. O treinta. O eso creí al principio. Poco a poco fui dándome cuenta de que si hubieran llegado las ex amantes de Rex a instalársenos al cuarto habríamos tenido que salirnos por falta de espacio.

-¿No sería bueno que usáramos condón? -sugerí.

Pero Rex fue categórico:

-¿Qué habría sido de los Grandes Amantes de la Historia de haberse andado con esas mezquindades? -dijo.

Acto seguido se levantó de la cama, se vistió y salió azotando la puerta.

Noche 386

Por alguna razón, me siento obligada a aclarar que tuve una infancia feliz, que mi padre me quiso mucho y que no fue machista. O tal vez sí, tal vez fue tan machista como otros. Pero esto nada tiene que ver entre Rex y yo. Lo que me pasa con él es cuestión de simple polaridad: los hombres buenos me aburren, igual que a todas las mujeres de mi generación que, como he dicho, es la X. Esto lo he podido constatar. La “corrección política” no es más que una forma cínica de la hipocresía. Es la pretensión de asepsia en los guantes de médicos con el bisturí oxidado. Y el mundo no es un quirófano.

Noche 514

Por las noches, después de despedirnos, Rex pone mi nombre debajo de su lengua. Allí lo guarda y paladea, como si fuera un chocolate. Para mí, en cambio, sus gestos se diluyen. Cuando no está, su cuerpo sobre mí desaparece. Sólo puedo recordar su voz. Como en una película que vi donde los personajes se dan cita por teléfono sin encontrarse jamás, Rex se me ha vuelto una presencia sonora, incorpórea. Rex es la forma de sus palabras. Y sus palabras, el amor que le han inspirado las mujeres que llegaron antes de mí.

Noche 702

Ayer trajo más mujeres al cuarto. Los nombres me sorprenden más que ellas mismas, me hacen imaginar mil y una posibilidades. La Que Lloró Con Ciorán; La Escorpiona; La Amada Inmóvil; La Monja Desatada. Todas con una historia y un modo de hacer el amor muy específicos.

-Mis mujeres fueron siempre voluntariosas -dice Rex-. Sabían elegir sus posiciones. Arriba, o con las piernas cruzadas, de lado, cada cual según su gusto y preferencias.

Mi papel no hablado era imitarlas. Y más aún: superarlas. Si improvisaba algún gesto, Rex me llevaba sutilmente a la postura de alguna de ellas, La Mujer De Alcurnia Ancestral, por ejemplo, muy derechita sobre él aunque viendo al mundo con mirada desdeñosa, y me contaba su historia. Nunca llegué a conocer sus nombres verdaderos.

-Es por respeto -dijo Rex-. Para evitar que un día vayan a toparse por la calle.

Una tarde, haciendo el amor, tuve un levísimo atisbo de improvisación y al emprender, besando, el camino de su ingle a sus párpados me comparó con Eva. “La primera mujer”, pensé orgullosa, y en respuesta caminé desnuda por todo el cuarto antes de que llegara Jehová y me corriera del paraíso.

Noche 996

Había perdido la cuenta de la frecuencia con que nos veíamos, dada la relatividad con que había empezado a transcurrir el tiempo y los caprichos de Rex habían crecido, como es lógico. Para llevarlos a cabo comenzó a posponer sus viajes y conferencias, lo que no era poca cosa dados los ingresos que percibía o, más bien, que dejaba de percibir por estar conmigo. Inventaba pretextos cada vez más inverosímiles para no llegar a las citas, para estar lejos de su familia, y comenzó a ejercer sus funciones amatorias como un corredor de bolsa de Wall Street, a tiempo y de modo implacable. Yo era su amante, dijo, se debía a mí. ¿Qué otra cosa podía hacer sino corresponder con el mismo fervor a semejante entrega? De la noche a la mañana me vi obligada a superar las cuclillas de la Extremadamente Delgada, a sostener las piernas en vilo, por horas, como la Escorpiona, a perfeccionar los tiempos de La Rana o a quedarme quieta de perfil, como La Cucharita De Canto. Más frecuentemente, sin importar mi cansancio, debía moverme con frenesí extremo, agitando la melena al viento, como La Medusa De Ayer, la amante que más trabajo le había dado olvidar. Junto con los efectos de mi gimnasia amatoria debía soportar el hambre por horas, incluso días completos, pálida y ojerosa, sostenida sólo del comentario de Chateaubriand de que la Verdadera Amante ha de resistir los embates como una ciudad en ruinas. Por si esto fuera poco, uno de los días en que habíamos hecho el amor durante horas, sin dar tregua a los días anteriores, Rex decidió prender la tele del cuarto de hotel donde nos citábamos. Casi muero de espanto al ver el estoicismo con que Sharon Stone, totalmente desnuda y sentada sobre su amante, se ponía una corbata alrededor del cuello y, sin dejar de moverse, aguantaba la respiración mientras él, hundido en el más puro gozo, la estrangulaba durante el coito.

-Déjale ahí -dijo Rex, sirviéndose otro whiskito- no vayas a cambiarle.

Y luego, mirándome con intención:

-Así luego podemos tomar algunas ideas.

Me levanté como pude y, adolorida, caminé al servibar. Me explicó lo que haría conmigo cuando entrara al baño, cuando me agachara, intentando -inútilmente- vestirme, cuando horas después, me durmiera. “No habrá tregua”, advirtió.

Tomé una lata de Coca-Cola y la acerqué a mi oído. A través de ella pude oír el bombardeo virtual de una ciudad imaginaria.

Noche 1000 y una

Ayer, por la tarde, quise ponerle un ultimátum: o ellas o yo. Fue un momento de desesperación, lo reconozco. Estaba agotada de competir contra otras, quería ser amada por mí. “¡Pero si tú las contienes a todas!”, dijo Rex, emocionado. En ocasiones como ésa siento que no puedo defraudarlo. Lo peor que puede ocurrir es que llegue el día de mañana y que yo, solícita, me vea obligada a superar el placer de las noches anteriores. Lo segundo peor es que, agotado el repertorio, Rex me vea por fin tal como soy y decida entonces que ha llegado el momento fatal de hacerme formar parte del inventario.

Rosa Beltrán - Detalle del autor - Enciclopedia de la Literatura ...

«…En su oportunidad Jorge Volpi, Premio Alfaguara de novela 2018 y Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), describió a la homenajeada como “una de las narradoras más notables de México y de América Latina de los últimos años, con visión al mismo tiempo erudita, irónica y polifacética, para acercarse a muchos de los problemas de nuestro tiempo, como la violencia de género”.

El escritor destacó su inteligencia para la sátira e ironía sutil y al mismo tiempo provocadora, su enorme rigor y esa distancia maligna, constantes en las obra de la autora, quien cursó la licenciatura de Literatura Hispánica en la UNAM y un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de California.

Rosa Beltrán, miembro del Sistema Nacional de Creadores del Fonca y Directora de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, fue descrita por la escritora y periodista Mónica Lavín, como “una cronista natural de tono natural, desenfadado y sincero, que la hace tan próxima a la crónica, que ha fundado una colección en la dirección de literatura de la UNAM alrededor de esta”, recordó.

Ana García Bergua, ofreció un recorrido descriptivo por las novelas de Beltrán, “en cada una de las cuales da muestra de su enorme pericia narrativa”, aseguró la creadora, galardonada en 2003 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José,  en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Entre sus temas recurrentes, también destaca la deformidad del cuerpo humano y sus exigencias, lo que se pone de manifiesto en su obra Efectos secundarios (2011), donde dibuja “a un país convertido en una pesadilla de muertos y descabezados, lo que lleva a la cuestionarse el papel de la literatura en este contacto atroz, cuando lo violento roza lo fantástico”, detalló García Bergua.

Narradora, ensayista y académica, con una gran pasión por la lectura, de la que surge su faceta como editora, desde que fuera subdirectora del suplemento La Jornada Semanal, que sigue siendo evidente en la Dirección de Literatura de la UNAM, donde ha publicado antologías de cuento y crónica, géneros a los que se les presta muy poca atención en nuestro país…»

Nelli Campobello: El ahorcado

Cuentista, poeta y bailarina mexicana. Está considerada la cronista de la Revolución mexicana en el periodo 1916-1920. Se dice que su obra como escritora fue marginada por villista y por mujer. Como bailarina y coreógrafa también publicó estudios sobre el folclore mexicano. Estudiosos como Sergio López Mena han revindicado su obra. En palabras de Mena: «Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello».
Este cuento/crónica pertenece a Cartucho, publicado en 1931, una colección de relatos sobre la Revolución en el norte de México.

El hombre que tenía la mano salida de la ventanilla, amoratada y con las uñas negras -parecía estrangulada-, hablaba tan fuerte que el cigarro de macuchi detrás de la oreja se le movía mucho, parecía que iba a caérsele hasta el suelo; yo tenía ganas de que se le cayera. «Máquinas, la tierra, arados, nada más que maquinarias y más maquinarias», decía abierto de brazos, meciendo sus ideas en el ir del tren. «El Gobierno no sabe, el Gobierno no ve.» Nadie le había contestado. Al llegar el hombre de las sodas, todos pidieron una botella, le ofrecieron. «No, yo nunca bebo agua, en toda mi vida, café, sólo café, el agua me sabe mal -dijo sonando la boca-, cuando lleguemos a Camargo tomaré café.»
Habló en diez tonos distintos, para pedirle a un fantasma la misma cosa: maquinarias.
Santa Rosalía de Camargo Sandías, todos comían sandías; mi nariz pecosa la hundí en una rebanada que me dio Mamá; cuando de pronto, vimos un montón de hombres a caballo junto a un poste de telégrafo, tratando de encaramar una reata; cuando ya la pasaron, le dieron la punta a uno de ellos, picó ijares, el caballo pegó el arranque, en la otra punta estaba el que colgaban. El del caballo estaba a cierta distancia, con la reata tirante, y miraba al poste haciendo un gesto como de uno que lee un anuncio de lejos; fue acercándose poco a poco, hasta dejar al colgado a una altura razonable. Le cortaron el pedazo de reata. Se fueron llevándose la polvareda en las pezuñas de sus caballos. Mamá no dijo nada, pero ya no comió la sandía. El asiento de adelante quedó vacío; el hombre de la mano en la ventanilla estaba ahorcado enfrente del tren, a diez metros de distancia, ya se le había caído el cigarro de macuchi, el colgado parecía buscarlo con la lengua. El tren fue arrancando muy despacito. Dejó balanceándose en un poste al hombre que tomó café toda su vida.

Historia y biografía de Nellie Campobello

La treceava mujer de Lydia Davis

En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.

La Mujer Olvidada - Yayaza_Galarza - Wattpad

La montaña de Enrique Anderson Imbert

 

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sen-
tirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, in-
móviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
—¡Papá, papá! —llamó, a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
—¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Escalada en hielo - Wikipedia, la enciclopedia libre

.La última noche del mundo de Ray Bradburi

 

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Ray Bradbury: biogarfía, libros, frases, muerte y mucho más

Tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie Moberg Bradbury. En 1926, la familia se mudó a Tucson, Arizona, para volver a Waukegan en mayo de 1927.

En el año 1931 empezó escribiendo su propias historias. En 1932, después de que su padre dejó su trabajo como instalador de líneas telefónicas, la familia de Bradbury se mudó de nuevo a Tucson y otra vez volvió a Waukegan el año siguiente. En 1934, durante la Gran Depresión la familia se mudó a Los Angeles, California.


Vendió periódicos en las esquinas de Los Angeles de 1938 a 1942.

Durante su niñez, fue propenso a pesadillas y horribles fantasías que acabó por plasmar en sus relatos. Se graduó en 1938 en Los Angeles High School.

En sus inicios su obra esta fuertemente influenciada por Lovecraft y en sus relatos aparecen temas de terror y fantásticos. La primera historia de Bradbury publicada fue «El Dilema de Hollerbochen,» aparecida en 1938 en Imagination!, revista amateur. En 1939, publicó cuatro números de Futuria Fantasia, su propia revista amateur, donde la mayor parte del material era suyo. La primera publicación pagada de Bradbury fue «Pendulum» en 1941. En 1942, escribió «The Lake«, la historia en la qué descubrió su estilo de escritura distintivo.

Escritor de culto, genio de la ciencia-ficción, desde 1943 se dedicó plenamente a la literatura. Sus obras más famosas son Crónicas marcianas (1950), novela sobre la conquista de Marte, que le consolidó como autor de ciencia ficción, El hombre ilustrado (1951) y Farenheit 451 (1953) donde los libros están prohibidos y que inmortalizara en el cine François Truffaut. Ha trabajado escribiendo guiones de televisión, y es autor también de ensayos y poemas. Fue autor de más de 27 novelas, colecciones de cuentos y más de 600 relatos. En 1988 fue nombrado Gran Maestro Nebula y dio nombre a un asteroide: (9766) Bradbury.


Falleció el 6 de junio de 2012 en Los Ángeles.

Bibliografía

Relatos

Crónicas marcianas (1950)
El hombre ilustrado (1951)
Las doradas manzanas del sol (1953).
El país de octubre (1955)
Icarus Montgolfier Wright (1956)
Remedio para melancólicos (1960)
Las maquinarias de la alegría (1964)
Fantasmas de lo nuevo (1969)
Mucho después de medianoche (1974, 1975)
Cuentos de dinosaurios (1983)
Memoria de crímenes (1984)
El convector Toynbee (1988)
La bruja de abril y otros cuentos (1994)
Más rápido que el ojo (1996)
A Ciegas (1997)
De la ceniza volverás (2001)
Algo más en el equipaje (2003)
El signo del gato (2005)

Novelas

Fahrenheit 451 (1953)
El vino del estío (1957)
La feria de las tinieblas (1962)
El árbol de las brujas (1972)
La muerte es un asunto solitario (1985)
Cementerio para lunáticos (1990)
El ruido de un Trueno (1990)
Sombras verdes, ballena blanca (1992)
Matemos todos a Constance (2004)
El verano de la despedida (2006)
Ahora y siempre (2009). Now and Forever

Teatro

El maravilloso traje de color vainilla (1972)
Columna de fuego y otras obras para hoy, mañana y después de mañana (1975)

No ficción

Ayermañana. Respuestas evidentes a futuros imposibles (1991)
Zen en el arte de escribir (2002)
Bradbury habla (2008)

*buscabiografias.com

 

 Artículo: Biografía de Ray Bradbury 
 Autor: Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella Moreno y otros
 Website: Buscabiografias.com
 URL: https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/7710/Ray%20Bradbury 
 Publicación: 2013/08/21 
 Última actualización: 2019/11/28 

Kashtanka de Chejov

Obras completas (vol. IV, edición de Adolf Marks, 1899);

MALA CONDUCTA

      Una perrita rojiza, entre zarcera y podenca, de hocico muy semejante al de la zorra, corría de un lado a otro por la acera, mirando inquieta a su alrededor. De cuando en cuando, se detenía gimoteante, y, levantando tan pronto una pata como otra, parecía querer aclararse a sí misma cómo había sido posible que se hubiera perdido.
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado así: su amo, el carpintero Luka Aleksándrich, se encasquetó el gorro, se colocó debajo del brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo, y le gritó:
—¡Vamos, Kashtanka!
Al oír su nombre, la mixta de zarcera y podenca salió de debajo del banco, donde dormía sobre un lecho de virutas, desperezóse dulcemente y corrió tras el amo. Los clientes de Luka Aleksándrich vivían lejísimos; tan lejos, que antes de llegar a la casa de cada uno, el carpintero tenía que hacer escala en varias tabernas para reparar fuerzas. Kashtanka recordaba que se había portado muy mal todo el camino. Llena de júbilo porque la habían sacado de paseo, saltaba, ladraba a los tranvías tirados por caballos, penetraba en los patios y corría detrás de los perros. El carpintero la perdía de vista a veces, se paraba y le reñía enojado. En una ocasión llegó a agarrarla por una de sus orejas de raposa, y, con cara de pocos amigos, la zarandeó mientras gruñía, alargando las palabras:
—¡A-sí re-vien-tes, mal nacida!
Después de visitar a los clientes, Luka Aleksándrich pasó un momento por el domicilio de su hermana, donde se tomó unas copas y un bocado; de allí salió para la casa de un encuadernador conocido; luego entró en una taberna; de la taberna se fue a ver a su compadre; y así sucesivamente. Dicho de otro modo, cuando Kashtanka se vio en la acera desconocida, oscurecía ya; y el carpintero, más borracho que una cuba, agitando los brazos y jadeando profundamente, tartamudeaba:
—En el pecado me engendró mi madre dentro de las entrañas. ¡Oh pecados, pecados! Vamos andando por esta calle y miramos a los faroles; pero después de muertos arderemos en el gehena del fuego…
O bien, enternecido súbitamente, llamaba a la perrita y le decía:
—No eres más que un insecto, Kashtanka. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dotador comparado con un carpintero…
Mientras le hablaba de esta suerte, se oyó de repente el estruendo de una banda de música. Kashtanka miró en la dirección del ruido y vio venir hacia ella todo un regimiento. Como la música la enervaba, se puso a ladrar agitada. Pero, ante su asombro, el carpintero, en lugar de asustarse y de lanzar alaridos, sonrió con toda su cara, se cuadró y saludó llevándose los cinco dedos a la sien. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka arreció en sus ladridos y, sin reparar en lo que hacía, atravesó la calle a la carrera y se fue a la acera de enfrente.
Cuando quiso percatarse había desaparecido el regimiento con su música. Kashtanka corrió a la acera opuesta buscando a su amo; pero, ¡ay!, ya no le encontró allí. Corrió hacia adelante, corrió hacia atrás, tornó a cruzar la calle… Y el carpintero sin aparecer. Diríase que se le había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olfatear la acera con la esperanza de encontrarle por el olor de las huellas; mas algún canalla había pasado por allí con unos chanclos de goma y ahora todos los olores delicados se confundían con el acre hedor del caucho, de modo que era imposible sacar nada en limpio.
Kashtanka erró de acá para allá, sin dar con Luka Aleksándrich. Mientras tanto, iba oscureciendo. A ambos lados de la calle encendieron los faroles. Se iluminaron las ventanas de las casas. Caían gruesos copos de nieve, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y los gorros de los cocheros; y cuanto más se oscurecía el aire tanto más blancos se tomaban los objetos.
Junto a Kashtanka, limitando su campo visual y empujándola con los pies, pasaban sin cesar, en una y otra dirección, clientes desconocidos. (Ella dividía a toda la Humanidad en dos partes: dueños y clientes. Entre aquéllos y éstos existía una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle a ella, y a los segundos tenía ella derecho a morderles en las pantorrillas). Los clientes en cuestión iban de prisa, sin prestarle la menor atención.
Cuando oscureció del todo, la desesperación y el miedo se apoderaron de Kashtanka que, acurrucándose en un portal, se echó a llorar amargamente. Extenuada de caminar todo el día con Luka Aleksándrich; tenía, además, heladas las patas y las orejas, y un hambre voraz la martirizaba.
En toda la jornada había conseguido comer algo tan solo un par de veces: en casa del encuadernador tuvo ocasión de engullir un poco de cola de almidón; y en una de las tabernas visitadas por su amo, encontró un trozo de pellejo de embutido. De haber sido una persona, y no una perra, de fijo que hubiera pensado:
“Es imposible vivir así. Esto es para pegarse un tiro”.

II
EL DESCONOCIDO MISTERIOSO

      Pero Kashtanka no pensaba nada. Limitábase a llorar. Cuando la nieve, blanda y esponjosa, le cubrió totalmente el lomo y la cabeza, y cuando ella, exhausta, comenzaba a sumirse en un pesado sopor, se abrió de pronto la puerta entre chirridos, golpeándole un costado. El animal pegó un salto. Por la puerta salió un hombre perteneciente a la categoría de los clientes. Como Kashtanka, al saltar, chilló y se enredó en las piernas del desconocido, éste no pudo por menos de advertir su presencia. Agachándose un poco, le dijo:
—¡Oh, qué perrilla! ¿De dónde has salido? ¿Te he hecho daño? ¡Pobrecita, pobrecita! No te enfades. Perdóname.
Kashtanka miró a través de los copitos de nieve pendientes de sus pestañas, y vio a un individuo grueso y chaparrete, de cara rasurada y redonda, sombrero de copa y abrigo desabrochado.
—¡No te apures! —continuó el desconocido, quitándole la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? ¿Te has extraviado? ¡Pobre perrilla! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido una nota cálida y afectuosa, Kashtanka le lamió la mano y reanudó sus gemidos con más fuerza que antes.
—¡Hombre, qué gracia tienes! —dijo el hombre—. Pareces enteramente una zorra. Bueno, qué le vamos a hacer… Vente conmigo. A lo mejor sirves para algo. ¡Hala, hala!
Acompañó sus palabras con un chasquido de los labios y un ademán que solo podía significar una cosa: “¡Vamos!”. Y Kashtanka obedeció.
Antes de media hora, ya estaba tendida en un aposento grande y claro; con la cabeza ladeada, miraba curiosa y conmovida al desconocido que, sentado a la mesa, cenaba y le echaba alguna que otra cosilla… Empezó dándole pan y corteza verde de queso; luego le tiró un trozo de carne, media empanadilla, huesos de pollo… Y ella, impulsada por su hambre canina, lo devoró todo con tal rapidez, que ni siquiera se dio cuenta de su sabor. Y cuanto más comía, tanto más se acrecentaba su hambre.
—Muy mal te alimentaba tu amo —comentó el desconocido al verla engullir con tanta voracidad, sin masticar siquiera lo que le llegaba a la boca—. ¡Qué canija estás! No tienes más que huesos y pellejo…
Kashtanka comió como una bárbara; pero, lejos de hartarse, lo único que hizo fue embriagarse con la comida. Terminada la cena, se estiró en el suelo; y, notando en el cuerpo una pesadez grata, meneó el rabo. Mientras su nuevo amo, repantigado en una butaca, fumaba un hermoso habano, ella movía la cola y se preguntaba dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el carpintero. En la nueva casa todo era pobre y feo: quitando las butacas, el diván, la araña del techo y las alfombras, no había nada más; y la habitación parecía estar vacía; en cambio, el piso del carpintero estaba lleno de cosas atractivas: una mesa, un banco de trabajo, un montón de virutas, escoplos, formones, sierras, un pardillo en una jaula, una tinaja… El aposento del desconocido no tenía ningún olor, mientras que en casa del carpintero flotaba siempre una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Eso sí: el desconocido poseía una gran ventaja: daba mucho de comer y, además, había que reconocerlo, cuando Kashtanka, sentada junto a la mesa, le miraba suplicante, él no le pegaba, no le daba puntapiés, ni le gritaba: “¡Fuera, maldita!”.
Una vez que se fumó el cigarro puro, su nuevo dueño pasó a otra habitación y regresó al instante trayendo un colchoncito.
—¡Eh, perrilla, acuéstate aquí a dormir! —la invitó, extendiendo el colchón en un rincón al lado del diván.
Hecho esto, apagó la luz y se marchó, Kashtanka se acomodó en su cama y cerró los ojos. De pronto oyó un ladrido procedente de la calle. Quiso responder, pero se sintió embargada de súbita tristeza. Se acordó de Luka Aleksándrich, de su hijo Fediushka, de su confortable dormitorio debajo del banco… Recordó que en las largas veladas del invierno, mientras el carpintero cepillaba madera o leía el periódico, Fediushka solía jugar con ella. Tirándole de las patas traseras, la sacaba de debajo del banco y hacía tales diabluras, que a ella se le nublaban los ojos y le dolían todos los huesos. La obligaba a andar en dos patas: le hacía “la campana”, es decir, la suspendía del rabo, moviendo el brazo y riéndose de sus gritos y alaridos; le daba rapé; y la peor de las “bromas” era la siguiente: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo echaba a Kashtanka y, cuando ella se la había tragado, tiraba de la cuerda y se lo sacaba del estómago entre risotadas estruendosas. Cuantos más fuertes eran los recuerdos, tanto más y con tanta mayor tristeza gemía la pobre.
Mas el cansancio y el calor no tardaron en imponerse a la melancolía… Kashtanka se adormiló. Vio con la imaginación perros que corrían. Entre ellos pasó un lulú viejo y lanudo al que había visto por la tarde: tenía una nube en un ojo y mechones de lana rodeándole el hocico. Fediushka, con un cincel en la mano, se puso a perseguir al lulú; pero, de pronto, él mismo se cubrió de hirsuta lana, rompió a ladrar con alegría y apareció junto a Kashtanka. Los dos se olfatearon amigablemente los hocicos y se fueron a la calle…

III
NUEVOS Y AGRADABLES CONOCIDOS

      Despertó Kashtanka ya con luz. De la calle le llegaron ruidos propios del día. En la habitación no había ni un alma. La perrita se desperezó, bostezó y dio unos paseos por el aposento, enojada y triste. Olfateó los rincones y los muebles, se asomó al recibidor y no encontró nada digno de interés. Además de la puerta que daba al recibidor había otra. Tras un breve instante de indecisión, Kashtanka la arañó con las dos manos, la abrió y pasó al cuarto vecino. Allí estaba, durmiendo en su cama y cubierto con una manta, el cliente de la víspera.
—¡Brrrr! —gruñó el animal, pero al acordarse de la cena del día anterior, se puso a menear el rabo y a olfatear todo cuanto tenía a su alcance. Aplicó el hocico a la ropa y a las botas del desconocido, percibiendo un olor muy semejante al de los caballos. Otra puerta, cerrada también, conducía desde el dormitorio a algún sitio. Kashtanka se apoyó de manos en ella, la empujó con el pecho, la abrió y notó, en seguida, un olor extraño y sospechoso. Temerosa de un encuentro desagradable, gruñendo y mirando recelosa, penetró en un cuartito empapelado y sucio, pero retrocedió asustada. Acababa de ver algo espantoso: un ganso gris avanzaba hacia ella con la cabeza a ras de tierra, abiertas las alas y siseando. A poca distancia, sobre un jergoncillo, yacía un gato blanco que, al ver a Kashtanka, se levantó de un brinco, arqueó el lomo, metió el rabo entre las patas, erizó el pelo y soltó un “¡fu!” nada tranquilizador. La perrita se atemorizó muy en serio; mas, para guardar las formas, ladró fuertemente y se lanzó hacia el gato. Éste combó más aún el lomo, exhalo un bufido y asestó; un manotazo a la agresora. Kashtanka reculó, agazapándose sobre las cuatro patas; y, alargando el hocico hacia el minino, emitió unos ladridos penetrantes y largos. En esto, el ganso llegó por detrás y le atizó un doloroso picotazo en la rabadilla. Kashtanka se revolvió arremetió contra él.
—¿Qué pasa aquí? —se oyó la voz enojada del desconocido, entró envuelto en una bata de casa y con un habano entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio todo el mundo!
Acercándose al gato le dio un papirotazo en el arqueado lomo y le dijo:
—¿Qué es esto, Fiódor Timófeich? ¿Una pelea? ¡Oh, viejo canalla! ¡Tiéndete!
Y dirigiéndose al ganso, le gritó:
—¡Iván Ivanich, a tu sitio!
El felino se acostó dócilmente en su jergón y cerró los ojos. A juzgar por su hocico y sus bigotes, no parecía muy satisfecho de haberse calentado más de la cuenta y de haber entrado en riña.
Kashtanka gimió ofendida; y el ganso, alargando el cuello, se puso a hablar a la carrera, con vehemencia y sonoridad, aunque no se le entendía.
—Está bien, está bien —bostezó el amo—. Hay que vivir en paz y armonía. —Y después de acariciar a Kashtanka, prosiguió—: Y tú, pelirroja, no tengas miedo… Esta es buena gente y no te hará daño. Espera: ¿qué nombre vamos a ponerte? No puedes seguir sin nombre, hermana.
El desconocido estuvo pensativo un momentito y decidió:
—Pues mira, te llamarás Tiotka. ¿Me has entendido? ¡Tiotka!
Después de repetir el nombre varias veces, salió. Kashtanka sentóse y se puso a observar. El gato, inmóvil en su jergón, fingía dormir. El ganso, alargando el cuello y pataleando en el mismo sitio, continuaba hablando rápidamente, como enojado. Debía de ser muy sabio. Al final de cada parrafada retrocedía, sorprendido; y daba la impresión de admirarse de su discurso. Después de oírle y de responderle con un gruñido, Kashtanka comenzó a husmear por los rincones. En uno de ellos, dentro de un barreño, vio guisantes húmedos y un poco de salvado. Probó los guisantes y no le gustaron; probó el salvado y se puso a comérselo. El ganso no se molestó al ver que la perra intrusa se comía el almuerzo. Por el contrario, empezó a parlotear con más calor todavía; y, para patentizar su confianza, se acercó al barreño y engulló unos cuantos guisantes.

IV
MILAGROS

       A poco tardar, regresó el desconocido trayendo un objeto extraño, parecido a una puerta o a la letra A. En el travesaño de aquella tosca A de madera pendía una campana y había una pistola atada. Del badajo de la primera y del gatillo de la segunda salían sendas cuerdas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo un buen rato atando y desatando algo; y, por último, miró al ganso y le dijo:
—Iván Ivánich, tenga la bondad.
El ganso se le aproximó y se le colocó en posición de espera.
—A ver —ordenó el desconocido—. Comencemos desde el principio. Ante todo, haz la reverencia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, miró en tomo suyo, inclinándose, y terminó cuadrándose.
—¡Magnífico! Ahora muérete.
El ganso se tendió boca arriba pataleando. Después de varios trucos de tan poca monta como éste el desconocido se llevó las manos a cabeza, puso cara de horror y comenzó a gritar:
—¡Socorro, fuego, socorro!
Iván Ivánich corrió a la A, agarró la cuerda con el pico y se puso a repicar la campana.
El desconocido quedó muy contento. Acarició al ganso y le felicitó:
—¡Bravo, Iván Ivánich! Y, ahora, figúrate que eres joyero y que tienes una tienda donde hay alhajas, oro y brillantes. Un buen día llegas y encuentras en ella ladrones. ¿Qué harías en semejante caso?
El ganso tiró con el pico de la otra cuerda y sonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le hizo gracia el tañido de la campana; pero el disparo le produjo tal júbilo, que empezó a corretear ladrando alrededor de la A.
—¡A tu sitio, Tiotka! —le gritó el desconocido— ¡A callar!
El trabajo de Iván Ivánich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no le quitaba ojo; ladrando de alegría, corrió muchas veces alrededor de Iván Ivánich. Cansados ya el ganso y el desconocido, éste se enjugó el sudor de la frente y gritó:
—María, que venga Javrona Ivánovna.
Antes de un minuto se oyeron gruñidos. Kashtanka rugió, adoptó una posición belicosa; y, por si acaso, se colocó lo más cerca posible del desconocido. Abrióse la puerta, asomó la cabeza una vieja y, pronunciando unas palabras, dio paso a un cerdo muy feo. Sin reparar en los rugidos de Kashtanka, el cochino levantó el hocico y emitió alegres gruñidos. Diríase que le complacía ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al felino, empujándole con la cabeza en la barriga, y luego, cuando se puso a conversar con el ganso, sus movimientos, su voz y la vibración de su minúsculo rabo denotaron un gran afecto. Kashtanka comprendió en seguida la inutilidad de rugir o de ladrar a semejantes sujetos.
El dueño retiró la A y ordenó:
—Tenga la bondad de venir, Fiódor Timófeich.
Levantóse el gato, se desperezó cansino; y, a regañadientes, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
—Empezamos por la pirámide de Egipto —dijo el dueño.
Se pasó un buen rato dándoles explicaciones, al cabo de lo cual gritó:
—¡Una, dos, tres!
Al oír la última palabra Iván Ivánich abrió las alas y subió de un vuelo al lomo del cochino. Una vez que, equilibrándose con ayuda de las alas y del cuello, logró asentarse en la peluda espalda, le llegó el tumo a Fiódor Timófeich: flojo y perezoso, con evidente desgana y aire despreciativo para su propio arte, se subió, primero al lomo de Javrona Ivánovna; a renglón seguido, también como contra su voluntad, se encaramó encima del ganso; y una vez allí, se puso en pie sobre las patas traseras. Era lo que el desconocido llamaba “pirámide de Egipto”. Kashtanka chilló de júbilo, pero en aquel mismo instante, el viejo minino bostezó; y, perdiendo el equilibrio, cayó del ganso; Iván Ivánich, a su vez, también se vino por los suelos. El desconocido, vociferante, agitó los brazos y se puso a dar nuevas explicaciones. Después de dedicar una hora a la pirámide, el infatigable dueño procedió a enseñar a Iván Ivánich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, y así sucesivamente.
Los ensayos terminaron cuando el desconocido, enjugándose el sudor de la frente, se marchó. Fiódor Timófeich bufó con hastío, se tumbó en el jergón y cerró los ojos. Iván Ivánich se encaminó al barreño, y al cerdo se lo llevó la vieja. Gracias a las muchas impresiones, el día pasó casi sin que Kashtanka lo sintiera. Por la tarde, la perrita fue trasladada, con su jergón, a la habitacioncilla empapelada y sucia. Durmió en compañía de Fiódor Timófeich y del ganso.

V
¡ARTE! ¡ARTE!

      Transcurrió un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a que todas las tardes le diesen bien de comer y a que la llamasen Tiotka. También se habituó a vivir con el desconocido y con sus compañeros de habitación. La vida transcurría plácidamente.
Todos los días comenzaban de la misma manera. El primero en despertarse era Iván Ivánich, que se acercaba inmediatamente a Tiotka o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.
Fiódor Timófeich era otra clase de caballero. Al despertarse no hacía el menor ruido, ni se movía, ni abría los ojos siquiera. De buena gana, ni se hubiera despertado, porque estaba clara su aversión a la vida. Nada le interesaba; su actitud era siempre descuidada y desidiosa; despreciaba al mundo entero, e incluso mientras engullía su sabrosa comida, bufaba con asco.
Al despertarse, Kashtanka daba un paseo por las habitaciones, olfateando los rincones. A ella y al gato se les permitía recorrer todo el piso. El ganso no tenía derecho a salir del cuartucho empapelado. Y Javrona Ivánovna vivía en una zahúrda en el patio, presentándose en la habitación solamente a la hora de los ensayos. El dueño se despertaba tarde; y, después de desayunar, la emprendía con sus trucos. A diario traían la A, el látigo y los aros; y siempre se hacía lo mismo. Los ejercicios duraban tres o cuatro horas, de modo que, a veces, Fiódor Timófeich se tambaleaba de cansancio, como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, jadeante; y el amo, rojo como un tomate, no daba abasto a limpiarse el sudor de la frente.
Los ejercicios y el almuerzo amenizaban el día. En cambio, las tardes resultaban un poco aburridas; como regla general, el dueño salía, llevándose al ganso y al pato. Al quedarse sola, Tiotka se tendía en el colchoncillo y se ponía triste. La tristeza llegaba imperceptiblemente y se apoderaba de ella poco a poco, como las tinieblas de la habitación. Empezaba por perder la gana de ladrar, de comer, de corretear por el piso y hasta de mirar a cualquier parte; luego aparecían en su imaginación dos figuras imprecisas, quizá perros o quizá personas, de caras simpáticas y atractivas, aunque incomprensibles; Tiotka, al verlas, movía el rabo, creyendo haberlas visto en alguna parte y haberles tenido cariño alguna vez. Y mientras se adormilaba, percibía el olor de aquellas figuras: olor a cola, a virutas y a barniz.
Ya acostumbrada a la nueva vida y convertida, de una perrilla escuálida y huesuda, en una perra alimentada y rolliza, el dueño la acarició una vez, antes de los ensayos, y le dijo:
—Va siendo hora de que hagamos algo, Tiotka. Basta de comer la sopa boba. Quiero hacer de ti una artista. ¿Te gustaría serlo?
A partir de entonces comenzó a instruirla en varias ciencias. Durante la primera lección, aprendió a mantenerse y a andar con las dos patas traseras, cosa que le gustó muchísimo. En la segunda, el dueño la hizo saltar y atrapar con la bota un trozo de azúcar que el maestro le mostraba a buena altura. En lecciones posteriores, bailó, dio vueltas atada a una cuerda, aulló acompañada de música, tocó la campana y disparó el revólver.
Al cabo de un mes estaba ya en condiciones de sustituir a Fiódor Timófeich en la “pirámide de Egipto”. Ponía aplicación y se alegraba de sus progresos. Las vueltas atada a la cuerda, los saltos por el aro y los paseos a caballo sobre el viejo cerdo, le causaban un placer enorme. Acompañaba cada cosa que aprendía con ladridos de contento.
El maestro se asombraba, lleno también de alegría, y se frotaba las manos.
—¡Arte, arte! —exclamaba— Tienes arte. No cabe duda de que triunfarás.
Y Tiotka se acostumbró de tal modo a la palabra arte, que, cuando la pronunciaba el dueño, ella volvía la cabeza, como si se tratase de su nombre.

VI
UNA NOCHE INTRANQUILA

      Tiotka soñó —sueños perrunos— que el guarda de una casa la perseguía con una escoba. Y se despertó asustada.
La habitación estaba silenciosa y oscura. Hacía bochorno. Picaban las pulgas. Tiotka nunca temió a la oscuridad; pero en esta ocasión, sin que se sepa el motivo, sintió miedo y deseo de ladrar. En la habitación contigua suspiró profundamente el amo. Al poco rato, gruñó el cerdo en su pocilga; y tornó a hacerse el silencio. Cuando uno piensa en la comida nota cierto alivio. Tiotka recordó que aquella tarde había robado una pata de pollo, a Fiódor Timófeich, escondiéndola luego en la sala de estar, entre el armario y la pared, donde abundaban las telarañas y el polvo. No estaría mal ir a cerciorarse de si seguía en el mismo sitio, pues podía haberla encontrado el dueño y habérsela comido. Pero hasta el amanecer no se permitía salir. Era una regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse antes, porque sabía, por experiencia, que cuanto más pronto se duerme uno tanto antes amanece. De repente, a poca distancia, resonó un grito extraño que la hizo temblar y ponerse en pie. Había gritado Iván Ivánich: y su grito no era persuasivo y charlatanesco, como de costumbre, sino salvaje, penetrante, antinatural, parecido al chirriar de las puertas cuando se abren. Como no distinguiera nada en las tinieblas ni comprendiera nada, Tiotka se atemorizó más aún y soltó un rugido:
—¡Jrrrr!
Transcurrió algo de tiempo, el necesario para roer un buen hueso; y el grito no se repitió. Poco a poco, Tiotka se tranquilizó y se adormiló. Vio, en sueños, dos enormes perros negros, con mechones de lana en las ancas y en los costados, comiendo en una gran tinaja desperdicios que exhalaban un humillo blanco y un olor exquisito. De cuando en cuando, los perros miraban a Tiotka, le enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te damos!”. En esto, salió de la casa un muzhik vestido con una pelliza y los echó a latigazos. Tiotka aprovechó la oportunidad y se puso a comer en la tinaja; pero, apenas el muzhik desapareció tras el portalón, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella, rugientes; y volvió a oírse el grito penetrante.
—¡Kiii! ¡Kiii! —chilló Iván Ivánich.
Tiotka despertó, incorporándose; y, sin salirse del jergón, comenzó a lanzar aullidos. Ahora se le antojaba que no había gritado Iván Ivánich, sino un extraño. Y el cerdo tornó a gruñir en su pocilga, por no se sabía qué razón.
Por fin, se oyó ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo. Entró el dueño con una palmatoria en la mano y envuelto en una bata. La oscilante luz deshizo las tinieblas y revoloteó, en pequeños resplandores, por el sucio empapelado y por el techo. Tiotka comprobó que no había en la habitación un solo extraño. Iván Ivánich, posado en el suelo, no dormía. Tenía las alas y el pico abiertos, y por su aspecto parecía muy cansado y deseoso de beber. El viejo Fiódor Timófeich también estaba en vela. Acaso le habrían despertado los gritos.
—¿Qué te pasa, Iván Ivánich? —preguntó el amo al pato—, ¿por qué chillas? ¿Estás enfermo?
El pato quedó callado. El dueño le palpó el cuello, le acarició la espalda y le dijo:
—¡Qué tonto eres! Ni duermes ni dejas dormir.
Cuando el dueño salió de la habitación llevándose la palmatoria, volvieron a reinar las tinieblas. Tiotka sentía miedo. Aunque el ganso no chillaba, ella seguía imaginándose que en la oscuridad acechaba un extraño. Y lo peor de todo era que no había modo de morder al intruso por ser invisible y no tener forma concreta, Tiotka intuía algún mal para aquella noche. Fiódor Timófeich también se mostraba intranquilo: se le oía removerse en el jergón, bostezar y sacudir la cabeza.
Allá, en la calle, llamaron a una puerta; y en la zahúrda gruñó el marrano. Tiotka exhaló un aullido, estiró las patas delanteras y apoyó en ellas la cabeza. En las llamadas a la puerta, en el gruñir de Javrona Ivánovna, en las sombras y en el silencio, se le antojó percibir algo triste y pavoroso, como en el graznido de Iván Ivánich. Todo era inquietud y alarma; pero ¿por qué? ¿Quién era aquel ser extraño e invisible? A un palmo de Tiotka relumbraron, de pronto, dos chispas verdes y mortecinas: los ojos de Fiódor Timófeich, que se le acercaban por primera vez desde que trabaron conocimiento. ¿Qué necesitaría? Tiotka le lamió una pata; y, sin preguntarle el motivo de su aproximación, se puso a aullar por lo bajo y en diversos tonos.
—¡Kiii! ¡Kiii! —graznó Iván Ivánich.
Abrióse de nuevo la puerta y penetró el dueño con la vela. El ganso continuaba posado como antes, abiertos el pico y las alas, pero con los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó el señor.
El ganso no se movió. Sentóse el amo a su lado, en el suelo; le estuvo contemplando cosa de un minuto, y dijo:
—¿Qué viene a ser esto, Iván Ivánich? ¿Te nos mueres? ¡Ay, ahora recuerdo! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ya sé lo que ha sido! ¡Esta tarde te pisó un caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía las palabras del dueño; pero, por su cara, notaba que iba a suceder algo horrible. La perrita alargó el hocico hacia la oscura ventana, por la que, según ella creía, estaba mirando el ser extraño; y se puso a dar alaridos.
—¡Se está muriendo, Tiotka! —le dijo el amo juntando las manos apenado—. Sí, sí, se muere. Ha venido la muerte a vuestra habitación. ¿Qué vamos a hacer?
Pálido y alarmado, el amo se volvió a su dormitorio suspirando y moviendo la cabeza. Tiotka, temerosa de quedarse sola en la oscuridad, le siguió. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—¡Dios mío! ¿Qué hacer ahora?
Tiotka daba vueltas junto a sus pies, sin comprender la tristeza y la intranquilidad de él; y, deseosa de desentrañar el misterio, seguía atentamente todos sus movimientos. Fiódor Timófeich, que rara vez abandonaba su jergón, también vino al dormitorio del dueño; y no hacía más que restregarse los costados por sus piernas. Sacudiendo la cabeza, como si quisiera arrojar de ella pensamientos amargos, miraba, receloso, debajo de la cama.
El amo cogió un platillo, echó en él un poco de agua de la palangana y se la llevó al ganso.
—Toma, bebe —le dijo cariñosamente, poniéndole el plato por delante—. Bebe, salado.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El dueño le llevó la cabeza hasta el plato y le metió el pico en el agua; mas la pobre ave, lo único que hizo fue extender más las alas mientras el pico, inmóvil, quedaba dentro del agua.
—No, no hay nada que hacer —suspiró el amo—. Se acabó. Nos podemos despedir de Iván Ivánich.
Por sus mejillas resbalaron unas gotas brillantes como las que solían aparecer en las ventanas cuando llovía. Sin comprender lo que pasaba, Tiotka y Fiódor Timófeich se apretujaron contra él, mirando horrorizados al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —se lamentó el señor, suspirando tristemente—. ¡Yo que pensaba llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la hierba verde! ¡Simpático animal y buen compañero mío! ¿Cómo voy a arreglarme sin ti?
Tiotka se figuró que a ella le sucedería lo mismo; es decir, que sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca y todos la mirarían con horror. Al parecer, los mismos pensamientos bullían en el cerebro de Fiódor Timófeich. Nunca había estado tan sombrío y tan lúgubre el viejo gato.
Amanecía; y ya no estaba en la habitación el extraño ser invisible que tanto atemorizaba a Tiotka. Cuando aclaró por completo, entró el dvornik [el encargado de la limpieza en las casas], agarró de las patas al ganso y se lo llevó. Y a poco tardar apareció la vieja y se llevó el barreño.
La perrita fue a la sala y miró detrás del armario: el dueño no se había comido la pata de pollo, que continuaba en su sitio entre polvo y telarañas. Mas no por ello se alegró Tiotka: estaba aburrida, triste, con ganas de llorar. Ni siquiera olió la pata; se refugió debajo del diván, se echó allí y comenzó a gemir con aullidos lastimeros:
—¡Jiii! ¡Jiii!

VII
UN “DEBUT” INFORTUNADO

      Un buen día, el amo entró en la habitación de los animales; y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quería añadir algo, pero se marchó sin hacerlo. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su cara y su entonación, adivinó que estaba inquieto, preocupado y quizá mohíno. Al poco rato regresó el amo diciendo:
—Hoy me llevo a Tiotka y a Fiódor Timófeich. Tú, Tiotka, sustituirás al difunto Iván Ivánich en la “pirámide de Egipto”. ¡Menuda faena! No tenemos nada preparado ni aprendido… Como hemos ensayado tan pocas veces… ¡Podemos fracasar, cubrirnos de ridículo!
Salió de nuevo; y un minuto más tarde regresó con el abrigo y la chistera puestos. Acercándose al gato, lo agarró de las patas delanteras, lo levantó en vilo y se lo metió en el pecho bajo las solapas del abrigo, siendo de notar que Fiódor Timófeich se mostró indiferente y ni siquiera se tomó el trabajo de abrir los ojos. Al parecer, le daba igual estar tendido que ser levantado por las patas, revolcarse en su jergón que reposar sobre el pecho y bajo el abrigo del señor.
—En marcha, Tiotka —la invitó el dueño.
Sin comprender nada, y haciendo fiestas con el rabo, Tiotka le siguió; minutos después iba sentada en un trineo, a los pies del dueño, oyéndole decir mientras tiritaba de frío y de nerviosismo:
—¡Fracasaremos! ¡Haremos el ridículo!
El trineo se detuvo ante una casa grande y rara, semejante a una sopera boca abajo. Entraron en un largo pasillo, con tres puertas de cristales, alumbrado por una docena de refulgentes faroles. Las puertas se abrían tintineando; y, como bocas gigantescas, se tragaban a la gente que iba y venía de un lado para otro. El público era mucho; llegaban con frecuencia caballos; pero no se veía un solo perro.
Agarrando a Tiotka, el amo la metió en el mismo sitio en que se hallaba Fiódor Timófeich. Aquello estaba oscuro y era difícil respirar; pero no hacía frío. Por un instante, brillaron dos resplandores verdosos y mortecinos: el gato había abierto los ojos, inquieto al sentir junto a él las frías y ásperas patas de su vecina. Tiotka le lamió una oreja; y, queriendo acomodarse lo mejor posible, se removió, aplastó al minino con sus heladas extremidades y sacó la cabeza impensadamente; pero acto seguido volvió a ocultarla bajo el abrigo con un gruñido de irritación. Creía haber visto una habitación enorme, mal alumbrada y llena de monstruos: tras las vallas y las rejas que se alzaban a ambos lados asomaban las caras más horribles —de caballo, con cuernos, orejudas— y un enorme hocico con un rabo gordísimo en lugar de nariz y dos largos huecos completamente roídos colgando de la boca.
El gato emitió un ronco maullido bajo las garras de Tiotka, pero en aquel preciso instante se abrió el abrigo, el dueño gritó: “¡Hop!”, y los dos animales saltaron al suelo. Se encontraban en un cuarto de grises paredes de madera. Todo el mobiliario consistía en una mesilla, un espejó, un taburete y unos trapos colgados por los rincones; en lugar de lámpara o de vela ardía una luz muy clara, en forma de abanico, adherida a un tubo que salía de la pared. Fiódor Timófeich se alisó con la lengua la piel despeinada por Tiotka, se fue bajo el taburete y se tendió. El dueño, nervioso todavía y frotándose las manos, comenzó a desnudarse. Se quedó como solía quedarse en casa para dormir; es decir, en ropas menores, tras de lo cual tomó asiento en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a hacer cosas la mar de peregrinas. Ante todo se puso una peluca con una raya en medio y dos rizos semejantes a cuernos; luego se embadurnó la cara con una pintura blanca, sobre la cual se dibujó unas cejas largas y unos bigotes; y se coloreó de rojo la cara. Mas no terminaron aquí sus rarezas: después de ensuciarse los caprinos y el cuello, se enfundó en un traje estrafalario y disparatado, que Tiotka no había visto nunca, ni en la calle ni en las casas. Figúrense ustedes unos pantalones anchísimos, de percal, con flores muy grandes, como las que se usan en muchas casas para las cortinas y para la guarnición de los muebles, que se abotonaban junto a los sobacos. Una pernera era color castaño y otra amarillo claro. Después de desaparecer en el descomunal pantalón, el dueño se puso una blusa de gran cuello con muchas puntas y una estrella de oro en la espalda, dos medias de colores distintos y unas botazas verdes…
A Tiotka se le nublaron los ojos y el alma. Aquella figura de saco tenía el olor del amo y su voz era también parecida; pero había momentos en que la perrita, hecha un mar de dudas, hubiera huido de la abigarrada figura y se hubiera puesto a ladrarle. El cambio de casa, la luz en abanico, el olor y la metamorfosis del amo, le infundían un temor vago, acompañado del presentimiento de que a cada paso podía encontrarse con algo tan horrible como el enorme hocico que tenía un rabo descomunal en lugar de nariz. Para colmo de males, a cierta distancia, al otro lado de la pared, tacaba la odiosa música y resonaba un rugido incomprensible. Lo único que la tranquilizaba era la impasibilidad de Fiódor Timófeich, que dormitaba, muy a su sabor, bajo el taburete, sin abrir los ojos ni siquiera cuando lo movían.
Un caballero de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció:
—Ahora sale miss Arabella. Después le toca a usted.
El dueño no respondió. Sacando de debajo de la mesa un maletín, se sentó y quedo a la espera. Sus labios y sus manos denotaban turbación; y Tiotka advirtió la trémula irregularidad de su respiración.
—Ha llegado su turno, monsieur George —gritó alguien en el pasillo.
Levantóse el amo, se persignó tres veces, agarró al gato de debajo del taburete y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender palabra, se dejó elevar. El dueño la besó en la frente y la puso al lado de Fiódor Timófeich. Tras esto siguió la oscuridad. La perra pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín; y el miedo le impedía producir el menor sonido. El maletín se balanceaba como si fuera a merced de las olas.
—¡Aquí estoy! —se oyó gritar al amo—. ¡Aquí me tienen ya!
Tiotka notó que después de este grito, el maletín chocó contra un objeto duro y dejó de balancearse. Resonó un gran estruendo: a alguien le tocaban palmas; y este alguien, que, por lo visto, era el del hocico con un rabo en lugar de nariz, aullaba y se reía con tanta fuerza que hacía temblar las cerraduras del maletín. Respondiendo al estruendo, sonó una risa, estridente y chillona, del dueño, una risa que no era la de casa.
—¡Ja, ja, ja! —trató de sobreponerse con sus carcajadas al ruido que se oía—. Respetable público: acabo de llegar de la estación; ha fallecido mi abuela dejándome una herencia. Traigo en el maletín algo muy pesado. De seguro que es oro. ¡Ja, ja, ja! A lo mejor hay aquí millones. Abriremos para verlo…
Chasqueó la cerradura del maletín. Una luz muy intensa impresionó a Tiotka, que saltó al suelo; y, ensordecida por el estruendo, se puso a corretear asustada en tomo a su amo, ladrando con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Ja, ja! —gritó el amo— ¡Querido tío Fiódor Timófeich! ¡Adorada tía! ¡Inapreciables parientes! ¡Así os llevara el diablo!
Acto seguido se tiró de bruces sobre la arena y comenzó a abrazar al gato y a Tiotka. Ésta, mientras él la abrazaba, echó un vistazo a aquel mundo al que la había arrastrado el destino; y, asombrada de su grandiosidad, permaneció un instante como embelesada de júbilo; pero luego escapó de los brazos del dueño y, desconcertada por tan fuertes impresiones, se puso a dar vueltas como una peonza, en el mismo sitio. El nuevo mundo era grande y lleno de luz brillante: a dondequiera que dirigía la vista, desde el suelo hasta el techo, no había más que caras y más caras.
—¡Haga el favor de sentarse, tía! —le rogó el dueño.
Acordándose del significado de esta orden. Tiotka saltó a una silla y se sentó en ella. Al mirar al amo encontró que sus ojos tenían la habitual expresión de seriedad y dulzura: pero su cara, y en particular la boca y los dientes, estaba deformada por una sonrisa amplia e inmóvil, Como le veía reír, saltar, mover los hombros y fingir alegría, Tiotka creyó que verdaderamente estaba contento. Y de pronto, percatándose de que la contemplaban miles de ojos, levantó el hocico de zorra y exhaló un alegre aullido.
—Estese quieta, tía —dijo el amo—, mientras el tío y yo bailarnos una kamarinskaia [el tema musical del folclore ruso, compuesto en 1848 por Mijaíl Glinka].
Fiódor Timófeich, en espera de que le obligaran a hacer tonterías, examinaba los alrededores con indiferente mirada. ¡Bailó desganado, sin entusiasmo, tristemente, y tanto en los movimientos de su cuerpo como en los de su cola y sus bigotes se advertía desprecio por el gentío, por la luz, por el amo y por sí mismo! Después de ejecutar unas danzas, bostezó y se sentó en el suelo.
—Y ahora, tía —propuso el amo—, usted y yo cantaremos y, después, bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y se puso a tocar. Tiotka, tan refractaria a la música, se removió alterada en la silla y comenzó a aullar.
Alrededor resonaron gritos aprobatorios y aplausos. El amo hizo una reverencia; y, restablecido el silencio, volvió a tocar. En el momento de tomar una nota muy alta, alguien lanzó una exclamación en las filas de arriba:
—¡Pero si es Kashtanka! —gritó una voz infantil.
—¡Sí, es Kashtanka! —asintió otra, aguardentosa—. ¡Es Kashtanka! ¡Que Dios me castigue si no lo es, Fediushka!
Se oyó un silbido entre el público; y dos voces —una de niño y otra de hombre— llamaron, a voz en grito:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró al lugar donde habían sonado las voces. Dos rostros —uno barbudo, con sonrisa de borracho, y otro redondo, rosado, temeroso— impresionaron al animal, como antes le impresionara la luz. Reconociendo aquellas caras, saltó de la silla, dio con todo su cuerpo en la arena, levantóse y, chillando alborozada, se lanzó en la dirección de donde la llamaban. Estalló de nuevo un griterío ensordecedor mezclado con silbidos. Y en medio de aquel fragor, destacaba una penetrante voz infantil:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka saltó la barrera de la pista, pasó por encima de alguien y fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente había que superar una alta pared. Tiotka dio un salto, pero no llegó arriba. Después pasó de hombro en hombro, lamió manos y caras, ascendió poco a poco y, por fin, llegó hasta el paraíso…

* * *

       A la media hora, Kashtanka iba ya tras dos personas que olían a cola y a barniz. Luka Aleksándrich se tambaleaba; e, instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse a distancia de la cuneta.
—Por mi culpa me encuentro en el abismo del pecado —balbucía—. Y tú, Kashtanka, no representas nada. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dolador comparado con un carpintero.
A su lado caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba por detrás, le parecía que llevaba mucho tiempo siguiéndoles, y se alegraba de que la vida no se hubiera interrumpido un solo instante.
Recordaba la habitación con el empapelado sucio, al ganso, a Fiódor Timófeich; recordaba también las suculentas comidas, los ensayos, el circo; pero todo se le representaba como una larga pesadilla.

Retrato de Antón Chéjov, 1903 de Valentin Alexandrovich Serov ...

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Un sabio cuentero ruso. Un dios del cuento.

Amigos aburridos de Lydia Davis

Sólo conocemos a cuatro personas aburridas. El resto de nuestros amigos nos parecen muy interesantes. A pesar de eso, la mayoría de nuestros amigos interesantes creen que somos aburridos: para los más interesantes somos los más aburridos. Los pocos que andan en algún  lugar intermedio, con quienes tenemos un interés recíproco, nos provocan desconfianza: en cualquier momento, sentimos, pueden pasar a ser demasiado interesantes para nosotros o nosotros demasiado interesantes para ellos.

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Lydia Davis (Northampton, Massachussets, 1947) publicó en el 2011 sus Cuentos completos (Seix Barral), en versión del poeta y narrador Justo Navarro, que aparecieron en inglés en el 2009. Pero, además, Lydia Davis ha traducido a su lengua a autores tan significativos como Flaubert, Proust, Maurice Blanchot o Michel Leiris. De todas formas, donde dice cuentos completos, debería decir cuentos y microrrelatos completos, género este último en el que también es una auténtica maestra. Una autora en ambos géneros muy recomendable.

Davis es hija de Robert Gorham Davis, profesor de inglés, y de Hope Hale Davis. Estudió inglés y latín; estuvo un año en Austria y aprendió alemán. Estuvo casada con Paul Auster, entre 1974 y 1978, y tuvieron un hijo, Daniel Auster. Luego, se casó con el artista Alan Cote, y de esa unión nació Theo Cote.
Recibió un fuerte influjo inicial de Samuel Beckett, al que estudió de muy joven. Su padre era profesor de inglés, y conoció así a un escritor muy diferente de lo que había leído (en la primera página encontró: “I’m lying here. I’ve dropped my pencil”). Ya de estudiante superior, fue leyendo novelista tras novelista; Nabokov, Thomas Hardy, George Eliot, Dostoevsky o Joyce, y siguió con voracidad lectora.
Es profesora de creación literaria en la Universidad de Albany (SUNY). Además de escribir, ha traducido del francés toda su vida, entre otros, a escritores y ensayista como Vivant Denon, Gustave Flaubert, Marcel Proust, Maurice Blanchot, Michel Leiris, Pierre-Jean Jouve o Michel Foucault.
Davis ha publicado seis libros de cuentos habitualmente breves (o brevísimos), con un toque de humor, entre los que destacan: The Thirteenth Woman and Other Stories (1976), Break It Down (1986) o Varieties of Disturbance (2007). Han aparecido varias antologías suyas; y en 2009 recopiló sus cuentos en The Collected Stories of Lydia Davis, traducida al español.
Se dice que sus relatos son poéticos, filosóficos, prosas varias o simplemente retratos de vidas a menudo derrotadas. Es conocida asimismo como crítica literaria.
Davis es miembro de la American Academy of Arts and Sciences desde 2005. Ganó el MacArthur Fellows Program, de 2003; y fue finalista del National Book Award Fiction, en 2007. Por sus traducciones ha sido galardonada en Francia.

El anillo de Elena Garro

  —Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la figura de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. «Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos», me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando una es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes, señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia, cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.
«¡Ándale, Camila, un anillo dorado!». y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: «Se lo daré a Severina, mi hijita mayor». Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del comal.
—¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?
—Aguardando su vuelta —me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.
—Enciendan la lumbre, vamos a cenar.
Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.
—¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! —dije yo preparando la sorpresa—. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!
—Sí, qué suerte… —dijeron mis muchachitos.
—¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! —dije.
Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabaja más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de El Capricho mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hija Aurelia.
—¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.
—Sí, joven —le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.
La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.
—Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.
Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre, señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quien nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. «¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre»… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a El Capricho. «¿Dónde fue mi hija, que no ha vuelto?». Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.
—Aquí tiene su refresco —me dijo con una voz en la que acababan de sembrar a la desdicha.
Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada y que el anillo no lo llevaba.
—¿Dónde está tu anillo, hija?
—Acuéstese, mamá.
Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.
—¿Quién le hizo el mal? —preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.
Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Sólo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.
—Doctor, mi hija se está secando…
El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas. Camila sacó unos papeles arrugados.
—¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? —me preguntó Aurelia.
—No, hija, ¿quién?
—Adrián, para quitarle el anillo.
¡Ah, el ingrato!, y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.
—Pasa, Camila.
Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.
—Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.
—¿Qué anillo?
—El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en El Capricho y desde entonces ella está desconocida.
—No vengas a ofender, Camila. Adrián no es hijo de bruja.
—Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.
—¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.
Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriela, aquí presente, me dijo: «Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho». Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.
—Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal —dijo.
Y así fue señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: «¡Ayúdeme, mamacita!». Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía al animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.
—Mira —me dijo Fulgencia— ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.
Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.
—Mira, Adrián el desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con el que le haces el mal.
—¿Qué anillo? —me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.
—El que le quitaste a mi hijita en El Capricho.
—¿Quién lo dijo? —y se ladeó el sombrero.
—Lo dijo Aurelia.
—¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?
—¡Cómo lo ha de decir si está dañada!
—¡Humm…! Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!
—Entonces ¿no me lo vas a dar?
—¿Y quién dijo que lo tengo?
—Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia —le prometí.
Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.
—¿Ya te dieron el anillo?
—No.
—Las crías están creciendo.
Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.
—Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.
—Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.
—No se acuerda… —me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.
—Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.
—¿Qué barranca?
—En la que tiraste el anillo.
—¿Qué anillo?
—¿No te quieres acordar?
—De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.
—¿La hija de tu tía Leonor?
—Sí, con esa joven.
—Es muy nueva la noticia.
—Tan nueva de esta mañana…
—Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.
Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.
—Eso sí que no se va a poder…
Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa, Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.
—Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.
Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó al segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda de él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban las campanas.
—¿Qué es ese ruido, mamá?
—Campanas, hija…
—Se está casando Adrián —le dijo Aurelia.
Y yo, señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hija moría.
—Ahora vengo —dije.
Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.
—Pasa, Camila.
Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.
—Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.
Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.
—Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…
Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.
—Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!
—Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.
Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella del gozo, ni el recuerdo de la risa.
—El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.
Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. «Se va a desaparecer», me fui diciendo, mientras caminaba hacia adelante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. «Va a mi casa a matar a Severina», le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja. No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…
Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de tule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.
Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.
—Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.
—Yo no sé firmar.
Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas desechas.
—¿Por qué lo mató, mamá…? Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella… Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.
La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.
—¡Mamá, me dejó usted el camino solo…!
Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, ésta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa acarició la sangre seca de Adrián Cadena.
—Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… —dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.
Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido: cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: «Adrián y Severina gloriosos».

Elena Garro, una escritora contra sí misma | Babelia | EL PAÍS

Elena Garro nació en Puebla, México, el 11 de diciembre de 1916. Durante la Guerra Cristera, su familia se trasladó a Iguala, en el estado de Guerrero. Se trasladó a Ciudad de México para estudiar literatura, coreografía y teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde conoció a Octavio Paz, con quien se casó en 1937. Lo acompañó a España y fruto de ese viaje fue el libro testimonial Memorias de España 1937. Tuvieron una hija, Helena, y se divorciaron en 1959. Vivió varios años en Europa antes de regresar a México en 1963. Se había graduado tanto en la Universidad de California en Berkeley como en la Universidad de París.

A raíz de la masacre de Tlatelolco en 1968, fue al exilio primero en Estados Unidos y España, luego en Francia, donde permaneció veinte años. Al regresar a México vivió en Cuernavaca en donde murió de cáncer de pulmón el 22 de agosto de 1998.
Algunos críticos la consideran la segunda escritora mexicana más importante, tras Sor Juana Inés de la Cruz. A ella le molestaba la etiqueta de realismo mágico, sin embargo, numerosos autores señalan su novela Los recuerdos del porvenir (1963) escrita cuatro años antes que Cien años de soledad como el inicio de este movimiento literario. Publicó las novelas: Los recuerdos del porvenir, 1963; Testimonios sobre Mariana, 1981; Reencuentro de personajes, 1982; La casa junto al río, 1983; Y matarazo no llamó…, 1991; Inés. 1995; Busca mi esquela & Primer amor. 1998; Un traje rojo para un duelo 1996; Un corazón en un bote de basura, 1996; Mi hermanita Magdalena, 1998 y La vida empieza a las tres; 1997.

 

La simplicidad de Henri Michaux, 1899-1984

Lo que ha faltado sobre todo hasta el presente a mi vida, ha sido simplicidad. Poco a poco comienzo cambiar.
Ahora, por ejemplo, siempre que salgo, llevo mi cama conmigo, y cuando una mujer me agrada, la tomo y me acuesto con ella al instante.
Si sus orejas o su nariz son feas y grandes, se las quito juntamente con la ropa y las pongo debajo de la cama. Allí las encontrará ella al partir. Sólo guardo lo que me agrada.
Si su ropa interior ganara al ser cambiada, la cambio en seguida. Ese será mi regalo.
Si entretanto veo a otra mujer más agradable que pasa, me excuso ante la primera y la
hago desaparecer inmediatamente.
Personas que me conocen sostienen que no soy capaz de hacer eso que digo; que no tengo suficiente temperamento para ello. Yo también lo creía así, pero era porque no hacía todo como se me antojaba.
Ahora, paso siempre muy lindas tardes. (Por la mañana trabajo.)

(Henri o Henry Michaux; Namur, 1899 – París, 1984) Escritor francés de origen belga, una de las personalidades más relevantes de la literatura moderna. En 1922, bajo la influencia de la literatura de Lautréamont, empezó a escribir y a publicar en Bélgica. En 1924 se estableció en París y, en pleno clima surrealista, se sintió más atraído por la pintura (Max ErnstSalvador DalíGiorgio de Chirico, y luego Paul Klee) que por la literatura; sus obras de este período, sin embargo, todavía discurren paralelamente a las experiencias de André Breton; incluso, según algunos, el verdadero surrealista era Michaux. Más tarde, se acercó cada vez más a RimbaudKafka y a los existencialistas.

Descubierto por el crítico francés Jean Paulhan, Henri Michaux publicó en 1927 Qui je fus, narraciones, aforismos y poesías donde ya aparecían algunas constantes de su obra (los temas de la angustia y la fuga) y el lenguaje «inventado» que constituyó su originalidad más visible. Más adelante publicó Ecuador (1929), diario de viaje y diario íntimo, y Un bárbaro en Asia (Un barbare en Asie, 1933), narración de su viaje a la India y a China, quizá su libro más ameno y objetivo. Le siguieron Mes propiétés (1929), Un certain Plume (1930), La nuit remue (1935), Plume précedé de Lointain intérieur (1938), obras todas ellas formadas por textos breves y variados, poesías y prosas poéticas.

Inició después un ciclo de relatos de sus viajes por países imaginarios: Voyage en Grande Garabagne (1936), Au pays de la magie (1941) y Ici, Poddéma (1946), reunidos más tarde en Ailleurs (1948). Entre 1938 y 1939 dirigió la redacción parisina de la revista Hermès. Mientras, André Gide le dedicó el opúsculo Découvrons Henri Michaux (1941), que centró en él la atención del público; pero durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación, el artista se vio obligado a soportar un largo aislamiento, lleno de actividad: Je vous écris d’un pays lontain (1942), Adversidades, exoscismos (Épreuves, Exorcismes, 1945) y La vie dans les plis (1948).

Después de 1950, por el contrario, Henri Michaux se dedicó cada vez más a la pintura, con resultados muy notables (en 1955, gran exposición retrospectiva en el Museée National d’Art Moderne). En 1956 empezó a utilizar la mezcalina; en su cuarta experiencia, un error en el cálculo de la dosis le llevó al límite de la locura. Desde entonces, durante cinco años, intensificó sus experiencias con las drogas, no como un paraíso artificial, sino como un medio de conocimiento: Misérable miracle (1956), L’infini turbulent (1957), Connaisance par les gouffres (1961).

En sus obras posteriores, el escritor persiguió sistemáticamente y con un discurso más orgánico su registro de acontecimientos interiores y exteriores, su crítica de la realidad a través del lenguaje, y la búsqueda continua de una forma de vida posible, contra la soledad y la dificultad de las relaciones, siempre confiada exclusivamente a la literatura y a la palabra (Vents et poussières, 1962; Las grandes pruebas del espíritu, 1966). En 1966 se publicó una hermosa antología de sus obras, L’espace du dedans, y se representó la obra teatral Le drame des constructions.

Untitled (MP 1577), 1977 - Henri Michaux

Henri Michaux