La finca a la cual se dirigía para efectuar el deslinde distaba unos treinta o cuarenta kilómetros, que el agrimensor Gleb Smirnov Gravrilovich tenía que recorrer a caballo. Se había apeado en la estación de Grilushki.
(Si el cochero está sobrio y los caballos son de buena pasta, pueden calcularse unos treinta kilómetros; pero si el cochero se ha tomado cuatro copas y los caballos están fatigados, hay que calcular unos cincuenta.)
-Oiga, señor gendarme, ¿podría decirme dónde puedo encontrar caballos de posta? -le preguntó el agrimensor al gendarme de servicio en la estación.
-¿Cómo dice? ¿Caballos de posta? Aquí no hay un perro decente en cien kilómetros a la redonda. ¿Cómo quiere que haya caballos? ¿Tiene usted que ir muy lejos?
-A la finca del general Jojotov, en Devkino.
-Intente en el patio, al otro lado de la estación -dijo el gendarme, bostezando-. A veces hay campesinos que admiten pasajeros.
El agrimensor dio un suspiro y, malhumorado, pasó al otro lado de la estación. Tras muchas discusiones y regateos, se puso de acuerdo con un campesino alto y recio, de rostro sombrío, picado de viruelas, embutido en un chaquetón roto y calzado con unas botas de abedul.
-Vaya un carro -gruñó el agrimensor al subir al destartalado vehículo-. No se sabe dónde está la parte delantera ni la parte trasera…
-Nada más fácil -replicó el campesino-. Donde el caballo tiene la cola es la parte de adelante y donde está sentado su señoría es la parte de atrás.
El caballo era joven, aunque muy flaco, abierto de patas y de orejas caídas. Cuando el campesino, alzándose sobre su asiento, lo azotó con el látigo, el caballo se limitó a sacudir la cabeza; al segundo azote, acompañado de una blasfemia, el carro rechinó y empezó a temblar como si tuviera fiebre. Después del tercer azote, el carro se tambaleó; después del cuarto, se puso en marcha.
-¿Crees que llegaremos a este paso? -preguntó el agrimensor, dolorido por las fuertes sacudidas y maravillado de la habilidad que muestran los carreteros rusos para combinar la marcha a paso de tortuga con sacudidas capaces de arrancarle a uno el alma del cuerpo.
-¡Desde luego! -respondió el carretero, en tono tranquilizador-. El caballo es joven y animoso… Cuando se pone en marcha, no hay modo de detenerlo. ¡Arre-e-e, maldi-i-i-to!
Cuando el carro salió del patio de la estación empezaba a oscurecer. A la derecha del agrimensor se extendía una llanura interminable, oscura y helada. Probablemente conducía al lugar donde Cristo dio las tres voces… En el horizonte, donde la llanura se confundía con el cielo, se extinguía perezosamente el frío crepúsculo de aquella tarde otoñal. A la izquierda del camino, en la oscuridad, se divisaban unos montones que lo mismo podían ser pilas de heno del año anterior que casas rurales. El agrimensor no veía lo que había delante, pues en aquella dirección su campo visual quedaba tapado por la ancha espalda del carretero. La calma era absoluta. El frío, intensísimo. Helaba.
“¡Qué parajes más solitarios! -pensaba el agrimensor, mientras trataba de taparse las orejas con el cuello del abrigo-. Ni un solo árbol, ni una sola casa… Si por desgracia te asaltan, nadie se entera de ello, aunque dispares un cañonazo. Y el cochero no tiene un aspecto muy tranquilizador que digamos… ¡Vaya espaldas! Un tipo así te pega un trompazo y sacas el hígado por la boca. Y su cara es de lo más sospechosa…”
-Oye, amigo -le preguntó al cochero-. ¿Cómo te llamas?
-¿A mí me hablas? Me llamo Klim.
-Dime, Klim, ¿qué tal andan las cosas por aquí? ¿No hay peligro? ¿No hay quienes hagan bromas pesadas?
-No, gracias a Dios. ¿Quién va a gastar bromas en un lugar como éste?
-Me alegro de que no tengan esas aficiones. Pero, por si acaso, voy armado con tres revólveres -mintió el agrimensor-. Y, con un revólver en la mano, el que quiera buscarme las pulgas está arreglado: puedo enfrentarme con diez bandidos, ¿sabes?
La oscuridad era cada vez más intensa. De pronto el carro emitió un quejido, rechinó, tembló y dobló hacia la izquierda, como si lo hiciera de mala gana.
“¿A dónde me lleva este sinvergüenza? -pensó el agrimensor-. Íbamos en línea recta y ahora, de repente, tuerce hacia la izquierda. Sabe Dios… quizás a alguna cueva de bandoleros… y… no sería el primer caso…”
-Escucha -le dijo al campesino-. ¿De veras no son peligrosos estos parajes? ¡Qué lástima! Con lo que a mí me gusta verme las caras con los bandidos… Aquí donde me ves, con mi aspecto flaco y enfermizo, tengo la fuerza de un toro… En cierta ocasión me atacaron unos bandidos. Pues bien, lo sacudí a uno de tal modo, que ahí quedó, ¿entiendes? Y los otros, gracias a mí, fueron enviados a Siberia condenados a trabajos forzados. Ni yo mismo sé de dónde saco tanta fuerza… Tomo con una mano a un hombrón como tú… y lo volteo.
Klim miró de reojo al agrimensor, parpadeó y arreó al caballo.
-Sí, amigo -continuó el agrimensor-. Pobre del que se meta conmigo. Le arranco los brazos, las piernas y, de postre, el bandido tiene que vérselas luego con los tribunales. Todos los jefes de policía y todos los jueces me conocen. Soy un funcionario del Estado, un personaje… La Superioridad sabe que hago este viaje… y está pendiente de que nadie se meta conmigo. A lo largo del camino, detrás de los arbustos, hay soldados apostados y gendarmes apostados. ¡Para! ¡Para! -bramó súbitamente-. ¿Dónde te has metido? ¿Adónde me llevas?
-¿No tiene usted ojos? ¡Al bosque!
“Es cierto, al bosque -pensó el agrimensor-. ¡Me había asustado! Pero no me conviene que este hombre se dé cuenta de mi preocupación… Ya ha notado que tengo miedo. ¿Por qué se vuelve a mirarme tantas veces? Seguro que está tramando algo… Antes avanzaba a paso de tortuga y ahora vuela.”
-Oye, Klim, ¿por qué arreas de ese modo al caballo?
-No le he dicho nada. Se ha puesto a galopar por iniciativa suya. Cuando echa a correr, no hay modo de detenerlo… Con esas patas que tiene…
-¡Mientes, amigo! ¡Mientes! Y te aconsejo que no corras tanto. Frena un poco al caballo. ¿Me oyes? ¡Frénalo!
-¿Por qué?
-Porque… porque detrás de mí debían salir otros cuatro camaradas de la estación. Tienen que alcanzarnos… Prometieron alcanzarme en este bosque… El viaje será más entretenido con ellos… Son gente sana, fuerte… los cuatro llevan pistola… ¿Por qué te vuelves tantas veces y te agitas como si tuvieras agujas en el asiento? ¿Eh? ¡Cuidado, amigo! ¿Tengo monos en la cara? Lo único que tengo interesante son mis revólveres… Espera, voy a sacarlos y te los enseñaré… Espera…
El agrimensor fingió rebuscar en sus bolsillos; pero en aquel instante sucedió lo que nunca se hubiera imaginado, a pesar de toda su cobardía; de repente, Klim se lanzó fuera del carro y se dirigió a cuatro patas hacia la espesura del bosque lindante.
-¡Socorro! -empezó a gritar-. ¡Socorro! ¡Llévate el caballo y la carreta, maldito, pero no me condenes el alma! ¡Socorro!
Se oyeron pasos veloces que se alejaban, crujidos de ramas al quebrarse, y luego reinó el silencio. Lo primero que hizo el agrimensor, que jamás se esperaba aquella salida, fue detener el caballo. Luego se acomodó lo mejor que pudo en el carro y empezó a pensar.
“El muy imbécil ha huido, se ha asustado… Bueno, ¿y qué hago yo ahora? No puedo seguir adelante, porque no conozco el camino, y, además, podrían creer que he robado el caballo… ¿Qué hago?”
-¡Klim! ¡Klim!
-¡Klim! -le respondió el eco.
La simple idea de tener que pasar la noche en aquel oscuro bosque, al aire libre, sin más compañía que los aullidos de los lobos, el eco y los relinchos del caballo le ponían la carne de gallina.
-¡Klimito! -empezó a gritar-. ¡Querido! ¿Dónde estás, Klim?
El agrimensor se pasó unas dos horas gritando, y ya se había quedado ronco, se había hecho ya a la idea de pasar la noche en el bosque, cuando una débil ráfaga de viento llevó hasta sus oídos un lamento.
-¡Klim! ¿Eres tú, querido? ¡Acércate!
-¿No… no me matarás?
-Sólo he querido gastarte una broma, querido. ¡Te lo juro! ¡No llevo ningún revólver, créeme! ¡Te he mentido por miedo! ¡Vámonos, por favor! ¡Me estoy helando!
Klim comprendió que si el agrimensor hubiera sido un bandido, como había temido, se habría marchado con el caballo y el carro sin esperar a más. Salió de su escondrijo y se dirigió hacia el vehículo con paso vacilante.
-¡Vamos! -exclamó el agrimensor-. ¡Sube! Te he gastado una broma inocente y te has asustado como un niño.
-¡Dios te perdone! -gruñó Klim, subiendo a la carreta-. Si llego a imaginármelo, no te hubiera llevado ni por cien rublos de plata. Por poco me muero de miedo…
Klim azotó el caballo. El carro tembló. Klim azotó al animal por segunda vez y el vehículo se tambaleó. Después del cuarto azote, cuando el carro se puso en marcha, el agrimensor se tapó las orejas con el cuello del abrigo y se quedó pensativo. Ni el camino ni Klim le parecían ya peligrosos.
Una carta escrita por Tolstoi seis meses después de su matrimonio a la hermana más joven de su esposa, la Natacha de Guerra y Paz. En las primeras líneas, la letra es de su mujer, en el resto la suya propia.
21 de marzo de 1863
¿Por qué te has vuelto tan fría, Tania? Ya no me escribes, y me gusta tanto saber de ti… Aún no has contestado a la alocada carta de Levochka (Tolstoi), de la que no entendí una palabra.
23 de marzo
Aquí ella empezó a escribir y de pronto dejó de hacerlo, porque no pudo seguir. ¿Sabes por qué, querida Tania? Le ha ocurrido algo extraordinario, aunque no tanto como a mí. Como ya sabes, al igual que el resto de nosotros, siempre estuvo constituida de carne y hueso, con todas las ventajas y desventajas inherentes a esta condición: respiraba, era tibia y a veces caliente, se sonaba la nariz (¡y de qué modo!) y, lo más importante, tenía control sobre sus extremidades, las cuales -brazos y piernas- podían asumir diferentes posiciones. En una palabra, su cuerpo era como el de cualquiera de nosotros. De pronto, el día 21 de marzo, a las diez de la noche, nos sucedió algo extraordinario a ella y a mí. ¡Tania! Sé que siempre la has querido (no sé qué sentimiento despertará ahora en ti), sé que sientes un afectuoso interés por mí y conozco tu razonable y sano punto de vista sobre los hechos importantes de la vida; además, amas a tus padres (por favor, prepáralos e infórmales de lo sucedido), es por esto que te escribo, para contarte cómo ocurrió.
Aquel día me levanté temprano, paseé mucho rato a pie y a caballo. Almorzamos y comimos juntos, después leímos (aún podía hacerlo) y yo me sentía tranquilo y feliz. A las diez le di las buenas noches a la tía (Sonia estaba como siempre y me dijo que pronto se reuniría conmigo) y me fui a la cama. A través de mi sueño la oí abrir la puerta, respirar mientras se desvestía, salir de detrás del biombo y acercarse a la cama. Abrí los ojos y vi -no a la Sonia que tú y yo conocíamos-, ¡sino a una Sonia de porcelana! Hecha de esa misma porcelana que provocó una discusión entre tus padres. Ya sabes, una de esas muñecas con desnudos hombros fríos y cuello y brazos inclinados hacia adelante, pero hechos con el mismo material que el cuerpo. Tienen el cabello pintado de negro y arreglado en largas ondas con la pintura que desaparece en la parte superior, protuberantes ojos de porcelana que son demasiado grandes y que también están pintados de negro en los bordes. Los rígidos pliegues de porcelana de sus faldas forman una sola pieza junto con el resto. ¡Y Sonia era así! Le toqué el brazo; era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Pensé que estaba dormido y me pellizqué, pero ella no cambió y se mantuvo inmóvil frente a mí.
Le dije:
-¿Eres de porcelana?
Y sin abrir la boca (que permaneció como estaba con sus labios curvos pintados de rojo brillante), replicó:
-Sí, soy de porcelana.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré sus piernas: también eran de porcelana y (ya puedes imaginarte mi horror) estaban fijas en un pedestal de la misma materia, que representaba el suelo y estaba pintado de verde para simular un prado. Cerca de su pierna izquierda, un poco más arriba, detrás de la rodilla, había una columna de porcelana, pintada de marrón, que probablemente pretendía ser el tronco de un árbol. También formaba parte de la misma pieza que la contenía a ella. Comprendí que sin ese apoyo no podría permanecer erguida y me puse muy triste; tú, que la querías tanto, ya te puedes imaginar mi pena. No podía creer lo que estaba viendo y empecé a llamarla. Le era imposible moverse sin el tronco y su base; giró un poco (junto con la base) para inclinarse hacia mí. Pude oír el pedestal batiendo contra el suelo. Volví a tocarla, era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Traté de levantarle la mano, pero no pude; traté de pasar un dedo, siquiera la uña entre su codo y su cadera, pero no lo logré. El obstáculo lo formaba la misma masa de porcelana, esa materia con la que en Auerbach hacen las salseras. Empecé a examinar su camisa, formaba parte del cuerpo, tanto arriba como abajo. La miré desde más cerca y vi que tenía una punta rota y que se había puesto marrón. La pintura en la parte superior de la cabeza había caído y se veía una manchita blanca. También había saltado un poco de pintura de un labio y uno de los hombres mostraba una pequeña raspadura. Pero estaba todo tan bien hecho, tan natural, que aún seguía siendo nuestra Sonia. La camisa era la que yo le conocía, con encajes; llevaba el pelo recogido en un moño, pero de porcelana y sus manos delicadas y grandes ojos, al igual que los labios, eran los mismos, pero de porcelana. El hoyuelo en su barbilla y los pequeños huesos salientes bajo sus hombros estaban allí también, pero de porcelana. Sentía una terrible confusión y no sabía qué decir ni qué pensar. Ella me habría ayudado gustosa, pero, ¿qué podía hacer una criatura de porcelana? Los ojos entornados, las cejas y las pestañas, a cierta distancia, parecían llenos de vida. No me miraba a mí, sino a la cama. Quería acostarse y daba vueltas en su pedestal continuamente. Casi perdí el control de mis nervios; la levanté y traté de llevarla hasta el lecho. Mis dedos no dejaron huella en su frío cuerpo de porcelana y lo que me dejó más sorprendido es que era ligera como una pluma. De repente, pareció encogerse y volverse muy pequeña, más diminuta que la palma de mi mano, aunque su aspecto no varió. Tomé una almohada y la puse en un extremo, hice un hueco en el otro con mi puño y la coloqué allí, para luego doblar su gorro de dormir en cuatro y cubrirla hasta la cabeza con él. Continuó inmóvil. Apagué la vela y súbitamente oí su voz desde la almohada:
-Leva, ¿por qué me he vuelto de porcelana?
No supe qué contestar, y ella repitió:
-¿Cambiará algo entre nosotros el que yo sea de porcelana?
No quise apenarla y respondí que no. Volví a tocarla en la oscuridad; estaba quieta como antes, fría y de porcelana. Su estómago seguía siendo el mismo que en vida, sobresalía un poco, hecho poco natural para una muñeca de porcelana. Entonces experimenté un extraño sentimiento. Me pareció agradable que hubiese adquirido aquel estado y ya no me sentí sorprendido. Ahora todo resultaba natural. La levanté, me la pasé de una mano a la otra para abrigarla bajo mi cabeza. Le gustó. Nos dormimos. Por la mañana me levanté y salí sin mirarla. Todo lo sucedido el día anterior me parecía demasiado terrible. Cuando regresé a la hora de comer, había recuperado su estado normal, pero no le recordé su transformación, temiendo apenarlas a ella y a la tía. Sólo te lo he contado a ti. Creí que todo había pasado, pero cada día, al quedarnos solos, ocurre lo mismo. De pronto se convierte en un minúsculo ser de porcelana. En presencia de los demás continúa igual que antes. No se siente abatida por ello, ni tampoco yo. Por extraño que pueda parecerte, confieso con franqueza que me alegro, y aun pese a su condición de porcelana, somos muy felices.
Te escribo todo esto, querida Tania, para que prepares a sus padres para la noticia y para que papá investigue con los médicos el significado de esta transformación y si no puede ser perjudicial para el niño que esperamos. Ahora estamos solos, está sentada bajo mi corbata de lazo y siento cómo su nariz puntiaguda me rasca el cuello. Ayer la dejé sola en una habitación y al entrar vi que «Dora», nuestra perrita, la había arrastrado hasta una esquina y jugaba con ella. Estuvo a punto de romperla. Le pegué a «Dora», metí a Sonia en el bolsillo de mi chaleco y la conduje a mi estudio. Ahora estoy esperando de Tula una cajita de madera que he encargado, cubierta de tafilete en el exterior y con el interior forrado de terciopelo frambuesa, con un espacio arreglado para que pueda ser llevada con los codos, cabeza y espalda dispuestos de tal modo que no pueda romperse. La cubriré también totalmente de gamuza.
Estaba escribiendo esta carta cuando ha ocurrido una terrible desgracia. Ella estaba sobre la mesa cuando Natalia Petrovna la ha empujado al pasar. Ha caído al suelo y se ha roto una pierna por encima de la rodilla, y el tronco. Alex dice que puede arreglarse con un pegamento a base de clara de huevo. Si tal receta se conoce en Moscú, envíamela, por favor.
Subimos a la barca. La noche era muy oscura, no había estrellas, y el viento aullaba, levantando las olas. Ya estábamos a una versta de la orilla. Todos íbamos en silencio. «Se avecina tormenta —dijo finalmente mi amo—. Y esta vez no promete nada bueno. Jamás he visto en el río una noche como ésta. Con el temporal, la barca no podrá soportar el peso de tres personas.» «Tienes razón —respondió Aliosha, con voz vibrante por la emoción—, no puede soportar tres personas. ¡Uno de nosotros sobra!» «Bueno, ¿y qué vamos a hacer, Aliosha? —dijo mi amo—. Yo te conozco desde que eras pequeño, y a tu padre, que esté en la gloria. El y yo hemos bebido juntos y hemos compartido también el pan y la sal. Así que, dime, Aliosha, ¿podrías tú llegar desde aquí a la orilla sin barca; o perecerías? ¿No podrías, en caso de necesidad, llegar a la orilla?» «No —respondió Aliosha—, no podría alcanzarla.» «Pero ¿quién sabe? Tal vez tengas suerte y puedas llegar a ella.» Entonces, mi amo, volviéndose hacia mí, dijo: «Bueno, pues escúchame, Katerinuschka, hermosa e inapreciable perla mía. Recuerdo una noche semejante a ésta, sólo que entonces no se encrespaban las olas, y había estrellas en el cielo y brillaba también la luna. Dime, te lo pregunto sin la menor intención, ¿te acuerdas tú también de esa noche?» «Sí», respondí. «Pues si no la has olvidado, recordarás asimismo que un hombre temerario indicó a una linda muchacha de qué modo podría recobrar su libertad, cuando dejara de amarle. ¿Lo recuerdas?» «También de eso me acuerdo», repuse, más muerta que viva. «Bueno, pues mira, tres personas son demasiada carga para esta barca. ¿No le habrá llegado a alguno de nosotros su hora? Amor mío, habla, di una sola palabra, palomita mía…»
«Cuando yo era estudiante en Moscú, habitaba en la misma casa que yo una de “esas señoras”. Era polaca y se llamaba Teresa. Una morenaza muy alta, de cejas negras y unidas y cara grande y ordinaria que parecía tallada a hachazos. Me inspiraba horror por el brillo bestial de sus ojos oscuros, por su voz varonil, por sus maneras de cochero, por su corpachón de vendedora del mercado.
Yo vivía en la buhardilla, y su cuarto estaba frente al mío. Nunca abría la puerta cuando sabía que ella estaba en casa, lo que, naturalmente, ocurría muy raras veces. A menudo se cruzaba conmigo en la escalera o en el portal y me dirigía una sonrisa que se me antojaba maligna y cínica. Con frecuencia la veía borracha, con los ojos huraños y los cabellos en desorden, sonriendo de un modo repugnante. Entonces solía decirme:
-¡Salud, señor estudiante!
Y se reía estúpidamente, acrecentando mi aversión hacia ella. Yo me hubiera mudado de casa con tal de no tenerla por vecina; pero mi cuartito era tan mono y con tan buenas vistas, y la calle tan apacible, que yo no acababa de decidirme a la mudanza.
Una mañana, estando aún acostado y esforzándome en encontrar razones para no ir a la Universidad, la puerta se abrió de repente, y aquella antipática Teresa gritó desde el umbral con su bronca voz:
-¡Salud, señor estudiante!
-¿En qué puedo servir a usted? -le pregunté.
Observé en su rostro una expresión confusa, casi suplicante, que yo no estaba acostumbrado a ver en él.
-Mire usted, señor… Yo quisiera pedirle un favor… Espero que no me lo negará usted.
Seguí acostado y guardé silencio. Pensé: “Se vale de un subterfugio para atentar contra mi castidad, no cabe duda. ¡Firmeza, Egor!”
-Mire usted, necesito escribir una carta… a mi tierra -dijo con acento extremadamente tímido, suave y suplicante.
“Bueno -pensé-; si no es más que eso, ¿por qué no?”
Me levanté, me senté ante la mesa, cogí papel y pluma y le dije:
-Siéntese usted y dícteme.
Avanzó, se sentó llena de embarazo, y me miró con aire confuso.
-Bueno; ¿cuál es la dirección?
-Señor Boleslav Kachput, en Sventiani, camino de hierro de Varsovia…
-¿Quiere usted decirme lo que he de escribir?
-Escriba usted: “Mi querido Boles… corazón mío… mi fiel enamorado… ¡que la Santísima Virgen te proteja!… Tesoro mío, ¿por qué no has escrito desde hace tiempo a tu palomita Teresa, que está muy triste?”
Me costó gran trabajo contener la risa; aquella “palomita” tenía cerca de dos metros y medio de estatura y unos puños enormes, y era tan sucia, que parecía haber pasado la vida limpiando chimeneas sin lavarse nunca. Logré permanecer serio, y le pregunté:
-¿Quién es ese Bole?
-¡Boles, señor estudiante! -rectificó, visiblemente contrariada por mi deformación del nombre- Boles es mi novio.
-¡Novio de usted!
-¿Por qué, señor estudiante, se muestra tan asombrado? ¿Acaso yo, una muchacha, no puedo tener novio?
¡Ella una muchacha!
-¿Por qué no? Todo es posible. ¿Hace mucho tiempo que son ustedes novios?
-Más de cinco años.
-¡Caramba! -me dije.
En fin, acabé de escribirle la carta. Una carta tan tierna, tan amorosa, que yo hubiera con gusto ocupado el lugar de Boles si su corresponsal no hubiese sido Teresa, sino otra mujer de menores dimensiones.
-¡Se lo agradezco a usted de todo corazón, señor estudiante! Me ha prestado usted un gran servicio -me dijo Teresa saludándome-. ¿No podría yo, en pago, prestarle a usted otro a mi vez?
-No; se lo agradezco.
-¿No necesita el señor estudiante que le remienden la camisa o los pantalones?
Aquel mastodonte con faldas me puso colorado, permitiéndose tal suposición.
Nada suavemente, le contesté que no tenía necesidad de sus servicios.
Y se marchó.
Pasaron quince días. Una tarde estaba yo sentado junto a la ventana, pensando en el modo de abstraerme de mi propia persona. Me aburría terriblemente. Hacía mal tiempo; yo no tenía ganas de ir a ninguna parte, y me entregaba al autoanálisis. Esto no era muy divertido; pero yo estaba tan sin ánimos…
De pronto, la puerta se abrió; por fin llegaba alguien.
-¿El señor estudiante no tiene ninguna ocupación urgente?
Era Teresa… ¡Diablo!
-No. ¿Por qué?
-Yo le agradecería al señor estudiante que me escribiera otra carta.
-Estoy a su disposición de usted. ¿La carta es para Boles?
-No; hoy es de él.
-¿Cómo?
-¡Qué estúpida soy! Me he explicado muy mal. Hoy no se trata de escribirme una carta a mí, sino a una amiga… Es decir, no a una amiga, sino… a un joven… No sabe escribir y tiene una novia… Se llama como yo: Teresa… ¿Ha comprendido usted?… Tendrá la amabilidad de escribirle una carta a la otra Teresa…
La miré; parecía llena de confusión; sus dedos temblaban… A pesar de lo embrollado de sus palabras, empecé a adivinar…
-Escúcheme, señora -le dije-: los Boles y las Teresas sólo existen en su imaginación de usted. Ha inventado usted esas mentiras para hacerme caer en su trampa. Pero usted se engaña. No tengo maldita la gana de entrar en relaciones con usted. ¿Me entiende?
Pareció de pronto extrañamente temerosa y confusa, y empezó a mover de un modo grotesco los labios, queriendo decir algo, pero sin decir nada. Yo la contemplaba, y pensaba que, a lo que parecía, me había equivocado un poco al atribuirle la intención de hacerme abandonar el camino de la virtud y que debía de ser otro su objeto.
-¡Señor estudiante!… -comenzó.
Pero no pudo terminar; de un modo repentino, brusco y como desesperado volvió la espalda y se marchó.
Yo me quedé de muy mal humor. Tras una corta reflexión, me decidí a ir a su cuarto para invitarla a volver al mío. Estaba dispuesto a escribirle todo lo que quisiera.
Al entrar en su cuarto, vi que estaba sentada junto a su mesa y con la cabeza entre las manos.
-¡Oiga usted! -le dije.
Siempre, cuando llego a este punto de mi narración, me asombro de mi estupidez… ¡Fue aquello tan tonto!
-¡Oiga usted! -le dije.
Se levantó bruscamente, se dirigió hacia mí, con los ojos brillantes; apoyó sus manos en mis hombros, y empezó a murmurar, o, mejor dicho, a tronar con su bronca voz:
-¡Bueno! Supongamos que no hay, en efecto, ningún Boles… Que Teresa tampoco existe… ¿Qué le importa a usted? ¿Le cuesta tanto trabajo escribir unas cuantas líneas? Debía darle vergüenza… Tan joven, tan blanco. ¡Sí; no hay ni Boles ni Teresa, sépalo usted! No hay más que yo… ¿Estamos?
-Permítame usted -le pregunté, estupefacto por sus palabras-. ¿De qué se trata entonces? ¿No hay ningún Boles?
-¡No!
-¿Y ninguna Teresa?
-Ninguna Teresa tampoco. Teresa soy yo.
Yo no comprendía ni una palabra. La miré atónito y me pregunté cuál de los dos se había vuelto loco.
Mi vecina se acercó de nuevo a la mesa, buscó en ella algo y después se dirigió hacia mí y me dijo con tono de enojo:
-¡Si ha sido para usted tan molesto escribirle la carta a Boles, tómela, llévesela si quiere. Ya encontraré otros señores que se presten gustosos a escribirme cartas.
Y vi que me alargaba la que yo le había escrito a Boles. ¡Demontre!
-Oiga usted, Teresa. ¿Qué significa esto? ¿Para qué quiere usted pedirle a los demás que le escriban cartas cuando ni siquiera ha echado ésa al correo?
-¿Pero a quién quiere usted que se la remita?
-¡A ese… a Boles!
-¡Pero si no existe!
¡Decididamente, yo no comprendía una palabra!
No me quedaba más que irme. Y lo hubiera hecho al punto de no haberse empeñado ella en explicarse.
-¿Qué? -dijo enojada-. Ya le digo a usted que Boles no existe…
Y se pintó en su rostro una gran extrañeza de que no existiera.
-Sin embargo, debía existir. ¿No soy yo un ser humano como los demás? Claro que soy… En fin, ya sé lo que soy; pero no le hago daño a nadie si le escribo…
-Perdone usted. ¿A quién?
-¡Toma, a Boles!
-¡Pero si no existe!
-¡Jesús, María! ¿Qué importa que no exista? Yo me lo imagino. Le escribo y me figuro que existe en realidad. Teresa soy yo; él me contesta… y luego, a mi vez le contesto yo…
Entonces comprendí.
¡Me dio una vergüenza, experimenté un dolor, una pena! ¡Junto a mí, a tres pasos de mi puerta, vivía una mujer a quien nadie en el mundo le había dado muestras de afecto, y se había inventado un amigo!
-Mire usted -continuó-, usted me ha escrito una carta para Boles, yo se la doy a leer a otros, y cuando les oigo leérmela, me hago la ilusión de que Boles, en efecto, existe. Después suplico que me escriban una carta de Boles para Teresa, es decir, para mí. Y cuando me leen esta carta, no me cabe ya duda de que existe Boles, lo cual me hace la vida más llevadera.
-¡Diablo! ¡Vaya una historia! -me dije.
En fin, a partir de aquel día, comencé a escribir puntualmente dos veces por semana cartas a Boles y respuestas de éste a Teresa, que escuchaba ella llorando de emoción o más bien aullando broncamente. En pago de las lágrimas que le arrancaban las respuestas del Boles imaginario, me zurcía gratis los calcetines, las camisas y otras prendas.
A los tres meses, la metieron en la cárcel, no sé con qué motivo. Probablemente se habrá muerto ya…»
El narrador sopló la ceniza del cigarrillo, miró pensativamente al cielo, y concluyó:
«Si, así sucede… Cuando más le persigue el destino, más ávidamente busca el hombre la felicidad. Pero nosotros no nos percatamos de ello, porque nuestros corazones están blindados por virtudes vetustas y lo vemos todo al través de la niebla que pone en nuestros ojos el contento de nosotros mismos, la convicción estúpida de nuestra impecabilidad…»
Tras una breve pausa, agregó:
«En fin, todo esto es estúpido y cruel. Se habla de los hombres encenagados. ¿Qué son los hombres encenagados? Ante todo, son seres humanos, con los mismos huesos, la misma sangre y los mismos nervios que nosotros. Y se nos habla de los hombres encenagados todos los días, desde hace siglos. Nosotros escuchamos y… no ¡es demasiado imbécil! En realidad, nosotros somos también hombres encenagados, caídos muy bajo, caídos en el fondo de nuestra convicción errónea de que nuestros nervios y nuestros cerebros son superiores a los de los demás, cuando toda nuestra superioridad consiste en que somos más cucos y sabemos hacernos los buenos mejor que los demás…
Pero basta de filosofías. Todo esto es tan sabido que da vergüenza hablar de ello.»
Tiré al fuego un pequeño tronco podrido, sin haber visto que por dentro estaba densamente poblado por hormigas. El tronco empezó a crepitar. De él salieron en masa las hormigas y empezaron a correr desesperadas. Corrían por arriba y se contraían quemándose en las llamas. Tomé el tronco y lo hice rodar hacia un lado. Entonces muchas de las hormigas que consiguieron salvarse corrían a la arena sobre las agujas de pino. Pero que cosa extraña: no se apartaban de la fogata. Habiendo apenas sobrellevado su horror, ya daban la vuelta, rodaban y..una fuerza irresistible las atraía hacia atrás, a la Patria abandonada. Hubo muchas entre ellas que subieron corriendo por el tronquito en llamas, y agitándose sobre él, perecieron ahí mismo.
«Dios salvaje (fragmento)
» Cuando yo iba al colegio había un profesor de física, inusualmente apacible y bastante desorganizado, que se la pasaba hablando en broma del suicidio. Era un hombre bajito de ancha cara rojiza, gran cabeza cubierta de rizos grises y una sonrisa permanentemente atribulada. Se decía que en Cambridge, contrario a la mayoría de sus colegas, había obtenido en su asignatura la nota más alta. Un día, hacia el final de una clase, señaló tenuemente que quien quisiera cortarse la garganta debía cuidarse de meter primero la cabeza en una bolsa, pues de lo contrario dejaría todo hecho un desastre. Todo el mundo se rió. Luego sonó el timbre de la una y todos los muchachos salimos en tropel a almorzar. El profesor de física se fue en bicicleta a su casa, metió la cabeza en una bolsa y se cortó la garganta. No dejó un gran desastre. Yo quedé tremendamente impresionado.
yo iba al colegio había un profesor de física, inusualmente apacible y bastante desorganizado, que se la pasaba hablando en broma del suicidio. Era un hombre bajito de ancha cara rojiza, gran cabeza cubierta de rizos grises y una sonrisa permanentemente atribulada. Se decía que en Cambridge, contrario a la mayoría de sus colegas, había obtenido en su asignatura la nota más alta. Un día, hacia el final de una clase, señaló tenuemente que quien quisiera cortarse la garganta debía cuidarse de meter primero la cabeza en una bolsa, pues de lo contrario dejaría todo hecho un desastre. Todo el mundo se rió. Luego sonó el timbre de la una y todos los muchachos salimos en tropel a almorzar. El profesor de física se fue en bicicleta a su casa, metió la cabeza en una bolsa y se cortó la garganta. No dejó un gran desastre. Yo quedé tremendamente impresionado.
El dolor de tripa era la confirmación que la borrachera de la noche anterior daba la cara.
Con resignación fue al baño y sentándose en la taza esperó bajar a los infiernos para más tarde encontrar la paz.
Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sala, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invita Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento para cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina. Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arrancó. Siguió pisando a fondo.
Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo para más tarde. Acababa de terminar una historia y aún no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entró en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la copa y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pagó. Brindaron. Myers la miraba fijamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers». Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y qué me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la casa? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.
—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí». ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—. Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche para ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quién es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. —Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.
—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá para que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparó en que Morgan le miraba de nuevo fijamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las fiestas? ¿Qué quieren tomar?
—Cualquier cosa —dijo Paula.
—Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos ponches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige.
Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva. —Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo para escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido —dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en suhistoria. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en cómo se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ellaunos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echó hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. Él, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son todas para la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más. Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente cómo Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejó la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡Están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Qué? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fin de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr. Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe —le dijo a Paula Mrs. Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tú, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían más de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y qué pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda». Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa está aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia más tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la casa pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir. Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la casa de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la auténtica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi para escribirla —dijo Mrs. Morgan.
—No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. Él y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo—, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas—. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se apartó del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.
Dos hermanos marchaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro, que era rico, iba montado sobre un caballo.
Se pararon para pasar la noche en una posada y dejaron sus monturas en el corral. Mientras todos dormían, la yegua del pobre tuvo un potro, que rodó hasta debajo del carro del rico. Por la mañana el rico despertó a su hermano, diciéndole:
-Levántate y mira. Mi carro ha tenido un potro.
El pobre se levantó, y al ver lo ocurrido exclamó:
-Eso no puede ser. ¿Dónde se ha visto que de un carro pueda nacer un potro? El potro es de mi yegua.
El rico le repuso:
-Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no debajo de mi carro.
Así discutieron largo tiempo y al fin se dirigieron al tribunal. El rico sobornaba a los jueces dándoles dinero, y el pobre se apoyaba solamente en la razón y en la justicia de su causa.
Tanto se enredó el pleito, que llegaron hasta el mismo zar, quien mandó llamar a los dos hermanos y les propuso cuatro enigmas:
-¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?
-¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-¿Qué es lo más blando y suave?
-¿Qué es lo más agradable?
Y les dio tres días de plazo para acertar las respuestas, añadiendo:
-El cuarto día vengan a darme la contestación.
El rico reflexionó un poco y, acordándose de su comadre, se dirigió a su casa para pedirle consejo. Ésta le hizo sentar a la mesa, convidándolo a comer, y, entretanto, le preguntó:
-¿Por qué estás tan preocupado, compadre?
-Porque el zar me ha dado para resolver cuatro enigmas un plazo de tres días.
-¿Y qué enigmas son?
-El primero, qué es en el mundo lo más fuerte y rápido.
-¡Vaya un enigma! Mi marido tiene una yegua torda que no hay nada más rápido; sin castigarla con el látigo alcanza a las mismas liebres.
-El segundo enigma es: ¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-Nosotros tenemos un cerdo al que estamos cebando hace ya dos años, y se ha puesto tan gordo que no puede tenerse de pie.
-El tercer enigma es: ¿Qué es lo más blando y suave?
-Claro que el lecho de plumas. ¿Qué puede haber más blando y suave?
-El último enigma es el siguiente: ¿Qué es lo más agradable?
-¡Lo más agradable es mi nieto Ivanuchka!
-Muchas gracias, comadre. Me has sacado de un gran apuro; nunca olvidaré tu amabilidad.
Entretanto el hermano pobre se fue a su casa vertiendo amargas lágrimas. Salió a su encuentro su hija, una niña de siete años, y le preguntó:
-¿Por qué suspiras tanto y lloras con tal desconsuelo, querido padre?
-¿Cómo quieres que no llore cuando el zar me ha propuesto cuatro enigmas que ni siquiera en toda mi vida podría adivinar y debo contestarle dentro de tres días?
-Dime cuáles son.
-Pues son los siguientes, hijita mía: ¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido? ¿Qué es lo más gordo y nutritivo? ¿Qué lo más blando y suave? ¿Qué lo más agradable?
-Tranquilízate, padre. Ve a ver al zar y dile: «Lo más fuerte y rápido es el viento. Lo más gordo y nutritivo, la tierra, pues alimenta a todo lo que nace y vive. Lo más blando, la mano: el hombre, al acostarse, siempre la pone debajo de la cabeza a pesar de toda la blandura del lecho; y ¿qué cosa hay más agradable que el sueño?»
Los dos hermanos se presentaron ante el zar, y éste, después de haberlos escuchado, preguntó al pobre:
-¿Has resuelto tú mismo los enigmas o te ha dicho alguien las respuestas?
El pobre contestó:
-Majestad, tengo una niña de siete años que es la que me ha dicho la solución de tus enigmas.
-Si tu hija es tan lista, dale este hilo de seda para que me teja una toalla con dibujos para mañana.
El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más triste que antes.
-¡Dios mío, qué desgracia! -dijo a la niña-. El zar ha ordenado que le tejas de este hilo una toalla.
-No te apures, padre -le contestó la chica.
Sacó una astilla del palo de la escoba y se la dio a su padre, diciéndole:
-Ve a palacio y dile al zar que busque un carpintero que de esta varita me haga un telar para tejer la toalla.
El campesino llevó la astilla al zar, repitiéndole las palabras de su hija. El zar le dio ciento cincuenta huevos, añadiendo:
-Dale estos huevos a tu hija para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.
El campesino volvió a su casa muy apurado.
-¡Oh, hijita! Hemos salido de un apuro para entrar en otro.
-No te entristezcas, padre -dijo la niña.
Tomó los huevos y se los guardó para comérselos, y al padre lo envió otra vez al palacio:
-Di al zar que para alimentar a los pollos necesito tener mijo de un día; hay, pues, que labrar el campo, sembrar el mijo, recogerlo y trillarlo, y todo esto debe ser hecho en un solo día, porque los pollos no podrán comer otro mijo.
El zar escuchó con atención la respuesta y dijo al campesino:
-Ya que tu hija es tan lista, dile que se presente aquí; pero que no venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; sin traerme regalo, pero tampoco con las manos vacías.
«Esta vez -pensó el campesino- mi hija no podrá resolver tantas dificultades. Llegó la hora de nuestra perdición.»
-No te apures, padre -le dijo su hija cuando llegó a casa y le contó lo sucedido-. Busca un cazador, cómprale una liebre y una codorniz vivas y tráemelas aquí.
El padre salió, compró una liebre y una codorniz y las llevó a su casa.
Al día siguiente, por la mañana, la niña se desnudó, se cubrió el cuerpo con una red, tomó en la mano la codorniz, se sentó en el lomo de la liebre y se dirigió al palacio.
El zar salió a su encuentro a la puerta y la niña lo saludó, diciendo:
-¡Aquí tienes, señor, mi regalo!
Y le presentó la codorniz. El zar alargó la mano; pero en el momento de ir a cogerla echó a volar aquélla.
-Está bien -dijo el zar-. Lo has hecho todo según te había ordenado. Dime ahora: tu padre es pobre, ¿cómo viven y con qué se alimentan?
-Mi padre pesca en la arena de la orilla del mar, sin poner cebo, y yo recojo los peces en mi falda y hago sopa con ellos.
-¡Qué tonta eres! ¿Dónde has visto que los peces vivan en la arena de la orilla? Los peces están en el agua.
-¿Crees que eres más listo tú? ¿Dónde has visto que de un carro pudiera nacer un potro?
-Tienes razón -dijo el zar, y adjudicó el potro al pobre.
En cuanto a la niña, la hizo educar en su palacio, y cuando fue mayor se casó con ella, haciéndola zarina.
Estoy viendo, Watson, que no tendré más remedio que ir –me dijo Holmes, cierta mañana, cuando estábamos desayunándonos juntos.
–¡Ir! ¿Adónde?
–A Dartmoor… a King’s Pyland.
No me sorprendió. A decir verdad, lo único que me sorprendía era que no se encontrase mezclado ya en aquel suceso extraordinario, que constituía tema único de conversación de un extremo a otro de toda la superficie de Inglaterra. Mi compañero se había pasado un día entero yendo y viniendo por la habitación, con la barbilla caída sobre el pecho y el ceño contraído, cargando una y otra vez su pipa del tabaco negro más fuerte, sordo por completo a todas mis preguntas y comentarios. Nuestro vendedor de periódicos nos iba enviando las ediciones de todos los periódicos a medida que salían, pero Holmes los tiraba a un rincón después de haberles echado una ojeada. Sin embargo, a pesar de su silencio, yo sabía perfectamente cuál era el tema de sus cavilaciones. Sólo había un problema pendiente de la opinión pública que podía mantener en vilo su capacidad de análisis, y ese problema era el de la extraordinaria desaparición del caballo favorito de la Copa Wessex y del trágico asesinato de su entrenador.
Por eso, su anuncio repentino de que iba a salir para el escenario del drama correspondió a lo que yo calculaba y deseaba.
–Me sería muy grato acompañarle hasta allí, si no le estorbo –le dije.
–Me haría usted un gran favor viniendo conmigo, querido Watson. Y opino que no malgastará su tiempo, porque este suceso presenta algunas características que prometen ser únicas. Creo que disponemos del tiempo justo para tomar nuestro tren en la estación de Paddington. Durante el viaje entraré en más detalles del asunto. Me haría usted un favor llevando sus magníficos gemelos de campo.
Así fue como me encontré yo, una hora más tarde, en el rincón de un coche de primera clase, en route hacia Exeter, a toda velocidad, mientras Sherlock Holmes, con su cara, angulosa y ávida, enmarcada por una gorra de viaje con orejeras, se chapuzaba rápidamente, uno tras otro, en el paquete de periódicos recién puestos a la venta, que había comprado en Paddington. Habíamos dejado ya muy atrás a Reading cuando tiró el último de todos debajo del asiento, y me ofreció su petaca.
–Llevamos buena marcha –dijo, mirando por la ventanilla y fijándose en su reloj–. En este momento marchamos a cincuenta y tres millas y media por hora.
–No me he fijado en los postes que marcan los cuartos de milla
–le contesté.
–Ni yo tampoco. Pero en esta línea los del telégrafo están espaciados a sesenta yardas el uno del otro, y el cálculo es sencillo. ¿Habrá leído ya usted algo, me imagino, sobre ese asunto del asesinato de John Straker y de la desaparición de Silver Blaze?
–He leído lo que dicen el Telegraph y el Chronicle.
–Es éste uno de los casos en que el razonador debe ejercitar su destreza en tamizar los hechos conocidos en busca de detalles, más bien que en descubrir hechos nuevos. Ha sido ésta una tragedia tan fuera de lo corriente, tan completa y de tanta importancia, personal para muchísima gente, que nos vemos sufriendo de plétora de inferencias, conjeturas e hipótesis. Lo difícil aquí es desprender el esqueleto de los hechos…, de los hechos absolutos e indiscutibles…, de todo lo que no son sino arrequives de teorizantes y de reporteros. Acto continuo, bien afirmados sobre esta sólida base, nuestra obligación consiste en ver qué consecuencias se pueden sacar y cuáles son los puntos especiales que constituyen el eje de todo el misterio. El martes por la tarde recibí sendos telegramas del coronel Ross, propietario del caballo, y del inspector Gregory, que está investigando el caso. En ambos se pedía mi colaboración.
–¡Martes por la tarde! –exclamé yo–. Y estamos a jueves por la mañana… ¿Por qué no fue usted ayer?
–Pues porque cometí una torpeza, mi querido Watson…, y me temo que esto me ocurre con mucha mayor frecuencia de lo que creerán quienes sólo me conocen por las memorias que usted ha escrito. La verdad es que me pareció imposible que el caballo más conocido de Inglaterra pudiera permanecer oculto mucho tiempo, especialmente en una región tan escasamente poblada como esta del norte de Dartmoor. Ayer estuve esperando de una hora a otra la noticia de que había sido encontrado, y de que su secuestrador era el asesino de John Straker. Sin embargo, al amanecer otro día y encontrarme con que nada se había hecho, fuera de la detención del joven Fitzroy Sirnpson, comprendí que era hora de que yo entrase en actividad. Pero tengo la sensación de que, en ciertos aspectos, no se ha perdido el día de ayer.
–¿Tiene usted, según eso, formada ya su teoría?
–Tengo por lo menos dentro del puño los hechos esenciales de este asunto. Voy a enumerárselos. No hay nada que aclare tanto un caso como el exponérselo a otra persona, y si he de contar con la cooperación de usted, debo por fuerza señalarle qué posición nos sirve de punto de partida
Me arrellané sobre los cojines del asiento, dando chupadas a mi cigarro, mientras que Holmes, con el busto adelantado y marcando con su largo y delgado dedo índice sobre la planta de la mano los puntos que me detallaba, me esbozó los hechos que habían motivado nuestro viaje.
–Silver Blaze –me dijo– lleva sangre de Isonomv, y su historial en las pistas es tan lucido como el de su famoso antepasado. Está en sus cinco años de edad, y ha ido ganando sucesivamente todos los premios de carreras para su afortunado propietario, el coronel Ross. Hasta el momento de la catástrofe era el favorito de la Copa Wessex, estando las apuestas a tres contra uno a favor suyo. Es preciso tener en cuenta que este caballo fue siempre el archifavorito de los aficionados a las carreras, sin que nunca los haya defraudado; por eso se han apostado siempre sumas enormes a su favor, aun dando primas. De ello se deduce que muchísima gente estaba interesadísima en evitar que Silver Blaze se halle presente el martes próximo cuando se dé la señal de partida.
Como es de suponer, en King’s Pyland, lugar donde se hallan situadas las cuadras de entrenamiento del coronel, se tenía en cuenta ese hecho. Tomáronse toda clase de precauciones para guardar al favorito. John Straker, el entrenador, era un jokey retirado, que había corrido con los colores del coronel Ross antes que el excesivo peso le impidiese subir a la báscula. Cinco años sirvió al coronel como jokey, y siete de entrenador, mostrándose siempre un servidor leal y celoso. Tenía a sus órdenes tres hombres, porque se trata de unas cuadras pequeñas, en las que sólo se cuidaban en total cuatro caballos. Todas las noches montaba guardia en la cuadra uno de los hombres, mientras los otros dos dormían en el altillo. De los tres hay los mejores informes. John Straker, que era casado, vivía en un pequeño chalé situado a unas doscientas yardas de las cuadras. No tenía hijos, tenía un buen pasar y una criada. Las tierras circundantes no están habitadas; pero a cosa de media milla hacia el Norte se alza un pequeño grupo de chalés que han sido edificados por un contratista de Tavistok para cuantos, enfermos no, deseen disfrutar de los aires puros de Dartmoor. El pueblo mismo de Tavistok se halla situado a unas dos millas al Oeste; también a cosa de dos millas, pero cruzando los marjales, está la finca de entrenamiento de caballos de Capleton, propiedad de lord Backwater, regentada por Silas Brown. En todas las demás direcciones la región de marjales está completamente deshabitada, y sólo la frecuentan algunos gitanos trashumantes. Ahí tiene cuál era la situación el pasado lunes al ocurrir la catástrofe. Esa tarde, después de someterse a los caballos a ejercicio y de abrevarlos, como de costumbre, se cerraron las cuadras con llave, a las nueve. Dos de los peones se dirigieron entonces a la casa del entrenador, y allí cenaron en la cocina, mientras que el tercero, llamado Ned Hunter, se quedaba de guardia. Pocos minutos después de las nueve, la criada, Edith Baxter, le llevó a la cuadra su cena, que consistía en un plato de cordero con salsa fuerte. No le llevó líquido alguno para beber, porque en los establos había agua corriente y le estaba prohibido al hombre de guardia tomar ninguna otra bebida. La muchacha se alumbró con una linterna, porque la noche era muy oscura y tenía que cruzar por campo abierto.
Ya estaba Edith Baxter a menos de treinta yardas de las cuadras, cuando surgió de entre la oscuridad un hombre, que le dijo que se detuviese. Cuando el tal quedó enfocado por el círculo de luz amarilla de la linterna, vio la muchacha que se trataba de una persona de aspecto distinguido, y que vestía terno de mezclilla gris con gorra de paño. Llevaba polainas y un pesado bastón con empuñadura de bola. Pero lo que impresionó muchísimo a Edith Baxter fue la extraordinaria palidez de su cara y lo nervioso de sus maneras. Su edad andaría por encima de los treinta, más bien que por debajo.
–¿Puede usted decirme dónde me encuentro? –preguntó él–. Estaba ya casi resuelto a dormir en el páramo, cuando distinguí la luz de su linterna.
–Se encuentra usted próximo a las cuadras de entrenamiento de King’s Pyland –le contestó ella.
–¿De veras? ¡Qué suerte la mía! –exclamó—. Me han informado de que en ellas duerme solo todas las noches uno de los mozos. ¿Es que acaso le lleva usted la cena? Dígame: ¿será usted tan orgullosa que desdeñe el ganarse lo que vale un vestido nuevo? –sacó del bolsillo de la chaqueta un papel blanco, doblado, y agregó–: Haga usted que ese mozo reciba esto esta noche, y le regalaré el vestido más bonito que se puede comprar con dinero.
La mujer se asustó viendo la ansiedad que mostraba en sus maneras, y se alejó a toda prisa, dejándolo atrás, hasta la ventana por la que tenía la costumbre de entregar las comidas. Estaba ya abierta, y Hunter se hallaba sentado a la mesa pequeña que había dentro. Empezó a contarle lo que le había ocurrido, y en ese instante se presentó otra vez el desconocido.
–Buenas noches –dijo éste, asomándose a la ventana–. Deseo hablar con usted unas palabras.
La muchacha ha jurado que, mientras el hombre hablaba, vio que de su mano cerrada salía una esquina del paquetito de papel.
–¿A qué viene usted aquí? –le preguntó el mozo.
–A un negocio que le puede llenar con algo el bolsillo –le contestó el otro–. Usted tiene dos caballos que figuran en la Copa Wessex… Silver Blaze y Bayard. Deme datos exactos acerca de ellos, y nada perderá con hacerlo. ¿Es cierto que, a igualdad de peso, Bayard podría darle al otro cien yardas de ventaja en las mil doscientas, y que la gente de estas cuadras ha apostado su dinero a su favor?
–De modo que es usted uno de esos condenados individuos que venden informes para las carreras –exclamó el mozo de cuadra–. Le voy a enseñar de qué manera les servimos en King’s Pyland –se puso en pie y echo a correr hacia donde estaba el perro, para soltarlo.
La muchacha escapó a la casa; pero durante su carrera se volvió para mirar, y vio que el desconocido estaba apoyado en la ventana. Sin embargo, un instante después, cuando Hunter salió corriendo con el perro sabueso, el desconocido ya no estaba allí, y aunque el mozo de cuadra corrió alrededor de los edificios, no logró descubrir rastro alguno del mismo.
–¡Un momento! –dije yo–. ¿No dejaría el mozo de cuadra sin cerrar la puerta cuando salió corriendo con el perro?
–¡Muy bien preguntado, Watson, muy bien preguntado! –murmuró mi compañero–. Ese detalle me pareció de una importancia tal, que ayer envié un telegrama a Dartmoor con el exclusivo objeto de ponerlo en claro. El mozo cerró con llave la puerta antes de alejarse. Puedo agregar que la ventana no tiene anchura suficiente para que pase por ella un hombre.
Hunter esperó a que volviesen los otros mozos de cuadra, y entonces envió un mensaje al entrenador, enterándole de lo ocurrido. Straker se sobresaltó al escuchar el relato, aunque, por lo visto, no se dio cuenta exacta de su verdadero alcance. Sin embargo, quedó vagamente impresionado, y cuando la señora Straker se despertó, a la una de la madrugada, vio que su marido se estaba vistiendo. Contestando a las preguntas de la mujer, le dijo que no podía dormir, porque se sentía intranquilo acerca de los caballos, y que tenía el propósito de ir hasta las cuadras para ver si todo seguía bien. Ella le suplicó que no saliese de casa, porque estaba oyendo el tamborileo de la lluvia en las ventanas; pero no obstante las súplicas de la mujer, el marido se echó encima su amplio impermeable y abandonó la casa.
La señora Straker despertose a las siete de la mañana, y se encontró con que aún no había vuelto su marido. Se vistió a toda prisa, llamó a la criada y marchó a los establos. La puerta de éstos se hallaba abierta: en el interior, todo hecho un ovillo, se hallaba Hunter en su sillón, sumido en un estado de absoluto atontamiento. El establo del caballo favorito se hallaba vacío, y no había rastro alguno del entrenador.
Los dos mozos de cuadra que dormían en el altillo de la paja, encima del cuarto de los atalajes, se levantaron rápidamente. Nada habían oído durante la noche, porque ambos tienen el sueño profundo. Era evidente que Hunter sufría los efectos de algún estupefaciente enérgico. Y como no se logró que razonase, le dejaron dormir hasta que la droga perdiese fuerza, mientras los dos mozos y las dos mujeres salían corriendo a la busca de los que faltaban. Aún les quedaban esperanzas de que, por una razón o por otra, el entrenador hubiese sacado al caballo para un entrenamiento de primera hora. Pero al subir a una pequeña colina próxima a la casa, desde la que se abarcaba con la vista los páramos próximos, no solamente no distinguieron por parte alguna al caballo favorito, sino que vieron algo que fue para ellos como una advertencia de que se hallaban en presencia de una tragedia.
A cosa de un cuarto de milla de las cuadras, el impermeable de Job Straker aleteaba encima de una mata de aliagas. Al otro lado de las aliagas, el páramo formaba una depresión a modo de cuenco, y en el fondo de ella fue encontrado el cadáver del desdichado entrenador. Tenía la cabeza destrozada por un golpe salvaje dado con algún instrumento pesado, presentando además una herida en el muslo, herida cuyo corte largo y limpio, había sido evidentemente infligida con algún instrumento muy cortante. Sin embargo, veíase con claridad que Straker se había defendido vigorosamente contra sus asaltantes, porque tenía en su mano derecha un cuchillo manchado de sangre hasta la empuñadura, mientras que su mano izquierda aferraba una corbata de seda roja y negra, que la doncella de la casa reconoció como la que llevaba la noche anterior el desconocido que había visitado los establos.
Al volver en sí de su atontamiento. Hunter se expresó también de manera terminante en cuanto a quién era el propietario de la corbata. Con la misma certidumbre aseguró que había sido el mismo desconocido quien, mientras se apoyaba en la ventana, había echado alguna droga en su plato de cordero en salsa fuerte, privando de ese modo a las cuadras de su guardián.
Por lo que se refiere al caballo desaparecido, veíanse en el barro del fondo del cuenco fatal pruebas abundantes de que el animal estaba allí cuando tuvo lugar la pelea. Pero desde aquella mañana no se ha visto al caballo; y aunque se ha ofrecido una gran recompensa, y todos los gitanos de Dartmoor andan buscándolo, nada se ha sabido del mismo. Por último, el análisis de los restos de la cena del mozo de cuadras ha demostrado que contenían una cantidad notable de opio en polvo, dándose el caso de que los demás habitantes de la casa que comieron ese guiso aquella misma noche, no experimentaron ninguna mala consecuencia.
Esos son los hechos principales del caso, una vez despojados de toda clase de suposiciones y expuestos de la peor manera posible. Voy a recapitular ahora las actuaciones de la Policía en el asunto.
El inspector Gregory, a quien ha sido encomendado el caso, es un funcionario extremadamente competente. Si estuviera dotado de imaginación, llegaría a grandes alturas en su profesión. Llegado al lugar del suceso, identificó pronto, y detuvo, al hombre sobre quien recaían, naturalmente, las sospechas. Poca dificultad hubo en dar con él, porque era muy conocido en aquellos alrededores. Se llama, según parece, Fitzroy Simpson. Era hombre de excelente familia y muy bien educado, había dilapidado una fortuna en las carreras, y vivía ahora realizando un negocio callado y elegante de apuestas en los clubs deportivos de Londres. El examen de su cuaderno de apuestas demuestra que él las había aceptado hasta la suma de cinco mil libras en contra del caballo favorito.
Al ser detenido, hizo espontáneamente la declaración de que había venido a Dartrnoor con la esperanza de conseguir algunos informes acerca de los caballos de la cuadra de King’s Pyland, y también acerca de Deshoroiigh, segundo favorito, que está al cuidado de Silas Brown, en las cuadras de Capleton. No intentó negar que había actuado la noche anterior en la forma que se ha descrito, pero afirmó que no llevaba ningún propósito siniestro, y que su único deseo era obtener datos de primera mano. Al mostrársele la corbata se puso muy pálido, y no pudo, en manera alguna, explicar cómo era posible que estuviese en la mano del hombre asesinado. Sus ropas húmedas demostraban que la noche anterior había estado a la intemperie durante la tormenta, y su bastón, que es de los que llaman abogado de Penang, relleno de plomo, era arma que bien podía, descargando con el mismo repetidos golpes, haber causado las heridas terribles a que había sucumbido el entrenador.
Por otro lado, no mostraba el detenido en todo su cuerpo herida alguna, siendo así que el estado del cuchillo de Straker podía indicar que uno por lo menos de sus atacantes debía de llevar encima la señal del arma. Ahí tiene usted el caso, expuesto concisamente, Watson, y le quedaré sumamente agradecido si usted puede proporcionarme alguna luz.
Yo había escuchado la exposición que Holmes me había hecho con la claridad que es en él característica. Aunque muchos de los hechos me eran familiares, yo no había apreciado lo bastante su influencia relativa ni su mutua conexión.
–¿ Y no será posible –le dije– que el tajo que tiene Straker se lo haya producido con su propio cuchillo en los forcejeos convulsivos que suelen seguirse a las heridas en el cerebro?
–Es más que posible; es probable –dijo Holmes–. En tal caso, desaparece uno de los puntos principales que favorecen al acusado.
–Pero, aun con todo eso, no llego a comprender cuál puede ser la teoría que sostiene la Policía.
–Mucho me temo que cualquier hipótesis que hagamos se encuentre expuesta a objeciones graves –me contestó mi compañero–. Lo que la Policía supone, según yo me imagino, es que Fitzroy Simpson, después de suministrar la droga al mozo de cuadras, y de haber conseguido de un modo u otro una llave duplicada, abrió la puerta del establo y sacó fuera al caballo con intención, en apariencia, de mantenerlo secuestrado. Falta la brida del animal, de modo que Simpson debió de ponérsela. Hecho esto, y dejando abierta la puerta, se alejaba con el caballo por la paramera, cuando se tropezó o fue alcanzado por el entrenador. Se trabaron, como es natural, en pelea, y Simpson le saltó la tapa de los sesos con su bastón, sin recibir la menor herida producida por el cuchillito que Straker empleó en propia defensa; y luego, o bien el ladrón condujo el animal a algún escondite que tenía preparado, o bien aquel se escapó durante la pelea, y anda ahora vagando por los páramos. Así es como ve el caso la Policía, y por improbable que ésta parezca, lo son aún más todas las demás explicaciones. Sin embargo, yo pondré a prueba su veracidad así que me encuentre en el lugar de la acción. Hasta entonces, no veo que podamos adelantar mucho más de la posición en que estamos.
Iba ya vencida la tarde cuando llegamos a la pequeña población de Tavistock, situada, como la protuberancia de un escudo, en el centro de la amplia circunferencia de Dartmoor. Dos caballeros nos esperaban en la estación: era el uno hombre alto y rubio, de pelo y barba leonados y de ojos de un azul claro, de una rara viveza; el otro, un hombre pequeño y despierto, muy pulcro y activo, de levita y botines, patillitas bien cuidadas y monóculo. Este último era el coronel Ross, sportrnau muy conocido, y el otro, el inspector Gregorv, apellido que estaba haciéndose rápidamente famoso en la organización detectivesca inglesa.
–Me encanta que haya venido usted, señor Holmes –dijo el coronel–. El inspector aquí presente ha hecho todo lo imaginable; pero yo no quiero dejar piedra sin mover en el intento de vengar al pobre Straker y de recuperar mi caballo.
–¿No ha surgido ninguna circunstancia nueva? –preguntó Holmes.
–Siento tener que decirle que es muy poco lo que hemos adelantado –dijo el inspector–. Tenemos ahí fuera un coche descubierto, y como usted querrá, sin duda, examinar el terreno antes que oscurezca, podemos hablar mientras vamos hacia allí.
Un minuto después nos hallábamos todos sentados en un cómodo landó y rodábamos por la curiosa y vieja población del Devonshire. El inspector Gregory estaba pletórico de datos, y fue soltando un chorro de observaciones, que Holmes interrumpía de cuando en cuando con una pregunta o con una exclamación. El coronel Ross iba recostado en su asiento, con el sombrero echado hacia adelante, y yo escuchaba con interés el diálogo de los dos detectives. Gregory formulaba su teoría, que coincidía casi exactamente con la que Holmes había predicho en el tren.
–La red se va cerrando fuertemente en torno a Fitzroy Simpson
–dijo a modo de comentario–, y yo creo que él es nuestro hombre. No dejo por eso de reconocer que se trata de pruebas puramente circunstanciales, y que puede surgir cualquier nuevo descubrimiento que eche todo por tierra.
–¿Y qué me dice del cuchillo, de Straker?
–Hemos llegado a la conclusión de que se hirió él mismo al caer.
–Eso me sugirió mi amigo, el doctor Watson, cuando veníamos. De ser así, influiría en contra de Simpson.
–Sin duda alguna. A él no se le ha encontrado ni cuchillo ni herida alguna. Las pruebas de su culpabilidad son, sin duda, muy fuertes: tenía gran interés en la desaparición del favorito; recae sobre él la sospecha de haber narcotizado al mozo de cuadra; no hay duda de que anduvo a la intemperie durante la tormenta; iba armado de un pesado bastón, y se encontró su corbata en las manos del muerto. La verdad es que creo que poseemos material suficiente para presentarnos ante el Jurado.
Holmes movió negativamente la cabeza, y dijo:
–Un defensor hábil lo haría todo pedazos. ¿Para qué iba a sacar al caballo del establo? Si pretendía algún daño, ¿por qué no lo iba a hacer allí mismo? ¿Se le ha encontrado una llave duplicada? ¿Qué farmacéutico le vendió el opio en polvo? Sobre todo, ¿en qué sitio pudo esconder un caballo como éste, él, forastero en esta región? ¿Qué explicación ha dado acerca del papel que deseaba que la doncella hiciese llegar al mozo de cuadra?
–Asegura que se trataba de un billete de diez libras. Se le encontró en el billetero uno de esa suma. Pero las demás objeciones que usted hace no son tan formidables como parecen. Ese hombre no es ajeno a la región. Se ha hospedado por dos veces en Tavistock durante el verano. El opio se lo trajo probablemente de Londres. La llave, una vez que le sirvió para sus propósitos, la tiraría lejos. Quizá se encuentre el caballo en el fondo de alguno de los antiguos pozos de mina que hay en el páramo.
–¿Y qué me dice a propósito de la corbata?
–Confiesa que es suya, y afirma que la perdió. Pero ha surgido en el caso un factor nuevo, que quizá explique el que sacara al caballo del establo.
Holmes aguzó los oídos.
–Hemos encontrado huellas que demuestran que la noche del lunes acampó una cuadrilla de gitanos a una milla del sitio en donde tuvo lugar el asesinato. Los gitanos habían desaparecido el martes. Ahora bien: partiendo del supuesto de que entre los gitanos y Simpson existía alguna clase de concierto, ¿no podría ser que cuando fue alcanzado llevase el caballo a los gitanos, y no podría ser que lo tuviesen éstos?
–Desde luego que cabe en lo posible.
–Se está explorando el páramo en busca de estos gitanos. He hecho revisar también todas las cuadras y edificios aislados en Tavistock, en un radio de diez millas.
–Tengo entendido que muy cerca de allí hay otras cuadras de entrenamiento.
–Sí, y es ése un factor que no debemos menospreciar en modo alguno. Como su caballo Desborough es el segundo en las apuestas, tenían interés en la desaparición del favorito. Se sabe que Silas Brown, el entrenador, lleva apostadas importantes cantidades en la prueba, y no era, ni mucho menos, amigo del pobre Straker. Sin embargo, hemos registrado las cuadras, sin encontrar nada que pueda relacionarlo con los sucesos.
–¿Tampoco se ha descubierto nada que relacione a este Simpson con los intereses de las cuadras de Capleton?
–Absolutamente nada.
Holmes se recostó en el respaldo, y la conversación cesó. Unos minutos después nuestro cochero hizo alto junto a un lindo chalé de ladrillo rojo, de aleros salientes, que se alzaba junto a la carretera. A cierta distancia, después de cruzar un prado, vejase un largo edificio anexo de tejas grises. En todas las demás direcciones el páramo, de suaves ondulaciones y bronceado por los helechos en trance de mustiarse, dilatábase hasta la línea del horizonte, sin más interrupción que los campanarios de Tavistock y un racimo de casas, allá hacia el Oeste, que señalaba la situación de las cuadras de Capleton. Saltamos todos fuera del coche, a excepción de Holmes, que siguió recostado, con la mirada fija en el cielo que tenía delante, completamente absorto en sus pensamientos. Sólo cuando yo le toqué en el brazo dio un violento respingo y se apeó.
–Perdone –dijo, volviéndose hacia el coronel Ross, que se había quedado mirándole, algo sorprendido–. Estaba soñando despierto
–había en sus ojos cierto brillo y en sus maneras una contenida excitación que me convencieron, acostumbrado como estaba yo a sus actitudes, de que se había puesto sobre alguna pista, aunque no podía imaginar si la habría alcanzado.
–Quizá prefiera usted, señor Holmes, seguir directamente hasta la escena del crimen –dijo Gregory.
–Opto por quedarme unos momentos más aquí mismo y abordar una o dos cuestiones de detalle. Supongo que traerían aquí a Straker, ¿verdad?
–Sí, su cadáver está en el piso de arriba. Mañana tendrá lugar la investigación judicial.
–Llevaba algunos años a su servicio, ¿no es cierto, coronel Ross?
–Siempre vi en él a un excelente servidor.
–Dígame, inspector, harían ustedes, me imagino, un inventarío de todo cuanto tenía en los bolsillos al morir, ¿verdad?
–Si desea usted ver lo que se le encontró, tengo los objetos en el cuarto de estar.
–Me gustaría mucho.
Entramos en fila en la habitación delantera, y tomamos asiento en torno a una mesa central, redonda, mientras el inspector abría con llave un cofre cuadrado de metal y colocaba delante de nosotros un montoncito de objetos. Había una caja de cerillas vestas, un cabo de dos pulgadas de vela de sebo, una pipa A. D. P. de raíz de eglantina, una tabaquera de piel de foca que contenía media onza de Cavendish en hebra larga, un reloj de plata con cadena de oro, un lapicero de aluminio, algunos papeles y un cuchillo de mango de marfil y hoja finísirna, recta, con la marca «Weiss and Co. Londres».
–Este es un cuchillo muy especial –dijo Holmes, cogiéndolo y examinándolo minuciosamente–. Como advierto en él manchas de sangre, supongo que se trata del que se encontró en la mano del difunto. Watson, con seguridad que este cuchillo es de los de su profesión.
–Es de la clase que llamamos para cataratas –le contesté.
–Eso me pareció. Una hoja muy fina destinada a un trabajo muy delicado. Artefacto raro para ser llevado por un hombre que había salido a una expedición peligrosa, especialmente porque no podía meterlo cerrado en el bolsillo.
–La punta estaba defendida por un disco de corcho, que fue hallado junto al cadáver –dijo el inspector–. La viuda nos dijo que el cuchillo llevaba ya varios días encima de la mesa de tocador y que lo cogió al salir de la habitación. Como arma, valía poca cosa; pero fue quizá lo mejor de que pudo echar mano en ese momento.
–Es muy posible. ¿Y qué papeles son ésos?
–Tres de ellos son cuentas de vendedores de heno, con su recibí. Otro es una carta con instrucciones del coronel Ross. Y éste otro es una factura de un modista por valor de treinta y siete libras y quince chelines, extendida por madame “Lesurier” de Bond Street, a nombre de Wiliam Darbyshire. La señora Straker nos ha informado de que el tal Darbyshire era un amigo de su marido, y que a veces le dirigían aquí las cartas.
–Esta madame Darbyshire era mujer de gustos algo caros –comentó Holmes, mirando de arriba abajo la cuenta–. Veintidós guineas es un precio bastante elevado para un solo vestido ¡Ea!, por lo visto, ya no hay nada más que ver aquí, y podemos marchar hasta el lugar del crimen.
Cuando salíamos del cuarto de estar, se adelantó una mujer que había estado esperando en el pasillo, y puso su mano sobre la manga del inspector. Tenía el rostro macilento, delgado, ojeroso, con el sello de un espanto reciente.
–¿Les han echado ustedes ya mano? ¿Los han descubierto ustedes? –exclamó jadeante.
–No, señora Straker; pero el señor Holmes, aquí presente, ha venido de Londres para ayudarnos, y haremos todo cuanto esté a nuestro alcance.
Holmes le dijo:
–Señora Straker, estoy seguro de haber sido presentado a usted hará algún tiempo en Plymouth, durante una garden party.
–No, señor. Está usted equivocado.
–iVálgame Dios! Pues yo lo habría jurado. Llevaba usted un vestido de seda color tórtola, con guarniciones de pluma de avestruz.
–En mi vida he usado un vestido así –contestó la señora.
–Entonces ya no cabe duda –dijo Holmes.
Se disculpó y salió de la casa del inspector. Un. corto paseo a través del páramo nos llevó a la hondonada en que fue hallado el cadáver. Las aliagas de las que había sido colgado el impermeable se hallaban al borde mismo del hoyo.
–Tengo entendido que esa noche no hacía viento –dijo Holmes.
–En absoluto; pero llovía fuerte.
–En ese caso, el impermeable no fue arrastrado por el viento, sino colocado ahí deliberadamente.
–Sí; estaba extendido sobre las aliagas.
–Eso me interesa vivamente. Veo que el suelo está lleno de huellas. Sin duda que habrán pasado por aquí muchos pies desde la noche del lunes.
–Colocamos aquí al lado un trozo de estera, y ninguno de nosotros pisó fuera de ella.
–Magnífico.
–Traigo en este maletín una de las botas que calzaba ‘Straker, uno de los zapatos de Fitzroy Simpson y una herradura vieja de Silver Blaze.
–¡Mi querido inspector, usted se está superando a sí mismo! Holmes echó mano del maletín, bajó a la hondonada y colocó la estera más hacia el centro. Después, tumbado boca abajo, y apoyando la barbilla en las manos, escudriñó minuciosamente el barro pataleado que tenía delante.
–¡Hola! –dijo de pronto–. ¿Qué es esto?
Era una cerilla vesta, medio quemada y tan embarrada que a primera vista parecía una astillita de madera.
–No me explico cómo se me pasó por alto –dijo el inspector, con expresión de fastidio.
–Era invisible, porque estaba sepultada en el barro. Si yo la he descubierto, ha sido porque la andaba buscando.
–¡Cómo! ¿Que esperaba usted encontrarla?
–Creí que no era improbable.
Holmes sacó del maletín la bota y el zapato comparó las impresiones de ambos con las huellas que había en el barro. Trepó acto continuo al borde de la hondonada y anduvo a gatas por entre los helechos y los matorrales.
–Sospecho que no hay más huellas –dijo el inspector–. Yo he examinado muy minuciosamente el suelo en cien yardas a la redonda.
–¡De veras! –dijo Holmes, levantándose–. No habría cometido yo la impertinencia de volver a examinarlo, si usted me lo hubiese dicho. Pero, antes de que oscurezca, quiero darme un paseíto por los páramos, a fin de poder orientarme mañana, y me voy a meter esta herradura en el bolsillo, a ver si me da buena suerte.
El coronel Ross, que había dado algunas muestras de impaciencia ante el método tranquilo y sistemático de trabajar que tenía mi compañero, miró su reloj.
–Inspector, yo desearía que regresase usted conmigo –dijo–. Quisiera consultarle acerca de varios detalles, y especialmente sobre si no deberíamos borrar a nuestro caballo de la lista de inscripciones para la copa, mirando por las conveniencias del público.
–No haga semejante cosa –exclamó Holmes con resolución–. Yo, en su caso, dejaría el nombre en la lista.
El coronel se inclinó, y dijo:
–Me alegro muchísimo de que me haya dado su opinión. Cuando haya terminado su labor, nos encontrará en la casa del pobre Straker, y podremos ir juntos en coche a Tavistock.
Regresó con el inspector, mientras Holmes y yo avanzábamos despacio por el páramo. El sol empezaba a hundirse detrás de los edificios de las cuadras de Capleton, y la dilatada llanura que se extendía ante nosotros estaba como teñida de oro, que se ensombrecía, convirtiéndose en un vivo y rojizo color marrón, en los sitios donde los helechos y los zarzales captaban la luminosidad del atardecer.
–Por este lado, Watson –dijo, por fin, Holmes–. Dejemos de lado por el momento la cuestión de quién mató a Straker, y ciñámonos a descubrir el paradero del caballo. Pues bien; suponiendo que se escapó durante la tragedia o después de ésta, ¿hacia dónde pudo ir? Los caballos son animales de índole muy gregaria. Abandonado este nuestro a sus instintos, o bien regresaría a King’s Pyland o se dirigiría a Capleton. ¿Qué razón puede haber parra que lleve una vida selvática por los páramos? De haberlo hecho, con seguridad que alguien lo habría visto a estas horas. ¿Y qué razón hay también para que lo secuestren los gitanos? Esta gente se larga siempre de los lugares donde ha habido algún asunto feo, porque no quieren que la Policía les caiga encima con toda clase de molestias. Ni por asomos podían pensar en vender un caballo como éste. Correrían, pues, un grave peligro y no ganarían nada llevándoselo. Eso es evidente.
–¿Dónde está, pues, el caballo?
–He dicho ya que con seguridad marchó a King’s Pyland o a Capleton. Al no estar en King’s Pyland, tiene que estar en Capleton. Tomemos esto como hipótesis de trabajo, y veamos adónde nos lleva En esta parte del páramo, según hizo notar el inspetor, el suelo es muy duro y seco; pero forma pendiente en dirección a Capleton, y desde aquí mismo se distingue que hay, allá lejos, una hondonada alargada, que quizá estaba muy húmeda la noche del lunes. Si nuestra hipótesis es correcta, el caballo tuvo que cruzar esa hondonada, y es en ésta donde debemos buscar sus huellas.
Mientras hablábamos, habíamos ido caminando a buen paso, y sólo invertimos algunos minutos en llegar a la hondonada en cuestión. Yo, a petición de Holmes, tiré hacia la derecha, siguiendo citalud, y él tiró hacia la izquierda; no habría andado yo cincuenta pasos cuando le oí lanzar un grito, y vi que me llamaba con la mano. Las huellas del caballo se dibujaban con claridad en la tierra blanduzca que él tenía delante, y la herradura que sacó del bolsillo ajustaba exactamente en ellas.
–Vea usted qué valor tiene la imaginación –me dijo Holmes–. Es la única cualidad que le falta a Gregory. Nosotros nos imaginamos lo que pudo haber ocurrido, hemos actuado siguiendo esa suposición, y resultó que estábamos en lo cierto. Sigamos adelante.
Cruzamos el fondo pantanoso y entramos en un espacio de un cuarto de milla de césped seco y duro. Otra vez el terreno descendió en declive, y otra vez tropezamos con las huellas. Perdimos éstas por espacio de media milla, pero fue para volver a encontrarlas muy cerca ya de Capleton. El primero en verlas fue Holmes, y se detuvo para señalármelas con expresión de triunfo en el rostro. Paralelas a las huellas del caballo, veíanse las de un hombre.
–Hasta aquí el caballo venía solo –exclamó.
–Así es. El caballo venía solo hasta aquí. ¡Hola! ¿Qué es esto?
Las dobles huellas cambiaron de pronto de dirección, tomando la de King’s Pyland. Holmes dejó escapar un silbido, y los dos fuimos siguiéndolas. Los ojos de Holmes no se apartaban de las pisadas, pero yo levanté la vista para mirar a un lado, y vi con sorpresa esas mismas dobles huellas que volvían en dirección contraria.
–Un tanto para usted, Watson –dijo Holmes, cuando yo le hice ver aquello–. Nos ha ahorrado una larga caminata que nos habría traído de vuelta sobre nuestros propios pasos. Sigamos esta huella de retorno.
No tuvimos que andar mucho. La doble huella terminaba en la calzada de asfalto que conducía a las puertas exteriores de las cuadras de Capleton. Al ácercarnos, salió corriendo de las mismas un mozo de cuadra.
–Aquí no queremos ociosos –nos dijo.
–Sólo deseo hacer una pregunta –dijo Holmes, metiendo en el bolsillo del chaleco los dedos índice y pulgar–. ¿Será demasiado temprano para que hablemos con tu jefe, el señor Silas Brown, si acaso venimos mañana a las cinco de la mañana?
–¡Válgame Dios, caballero! Si alguno anda a esa hora por aquí, será él, porque es siempre el primero en levantarse. Pero, ahí lo tiene usted precisamente, y él podrá darle en persona la respuesta. De ninguna manera, señor, de ninguna manera; me jugaría el puesto si él me ve recibir dinero de usted. Si lo desea, démelo más tarde.
En el momento en que Sherlock Holmes metía de nuevo en el bolsillo la media corona que había sacado del mismo, avanzó desde la puerta un hombre entrado en años y de expresión violenta, que empuñaba en la mano un látigo de caza.
–¿Qué pasa, Dawson? –gritó– No quiero chismorreos. Vete a tu obligación. Ustedes…, ¿qué diablos quieren ustedes por acá?
–Hablar diez minutos con usted, mi buen señor –le contestó Holmes con la más meliflua de las voces.
–No tengo tiempo para hablar con todos los ociosos que aquí se presentan. Lárguense, si no quieren salir perseguidos por un perro.
Holmes se inclinó hacia adelante y cuchicheó algo al oído del entrenador. Este dio un respingo y se sonrojó hasta las sienes.
–¡Eso es un embuste! –gritó–. ¡Un embuste infernal!
–Perfectamente, pero ¿quiere que discutamos acerca de ello en público, o prefiere que lo hagamos en la sala de su casa?
–Bueno, venga conmigo, si así lo desea.
Holmes se sonrió, y me dijo:
–No le haré esperar más que unos minutos, Watson. ¡Ea! señor Brown, estoy a su disposición.
Antes de que Holmes y el entrenador reapareciesen pasaron sus buenos veinte minutos, y los tonos rojos se habían ido desvaneciendo hasta convertirse en grises. Jamás he visto cambio igual al que había tenido lugar en Silas Brown durante tan breve plazo. El color de su cara era cadavérico, brillaban sobre sus cejas gotitas de sudor, y le temblaban las manos de tal manera que el látigo de caza se agitaba lo mismo que una rama sacudida por el viento. Sus maneras valentonas y avasalladoras habían desaparecido por completo, y avanzaba al costado de mi compañero con las mismas muestras de zalamería de un perro a su amo.
–Serán cumplidas sus instrucciones. Serán cumplidas –le decía.
–No quiero equivocaciones –dijo Holmes, volviéndose a mirar; y el entrenador parpadeó al encontrarse con la mirada amenazadora de mi compañero.
–¡Oh, no, no las habrá! Estaré allí. ¿Quiere que lo cambie antes o después?
Holmes meditó un momento y de pronto rompió a reír.
–No, no lo cambie –dijo–. Le daré instrucciones por escrito a este respecto. Nada de trampas, o…
–¡Puede usted confiar en mí, puede usted confiar en mí!
–Usted actuará en ese día igual que si fuera suyo.
–Puede usted descansar en mí.
–Sí, creo que puedo hacerlo. Bueno, mañana sabrá usted de mí.
Holmes dio media vuelta, sin hacer caso de la mano temblorosa que el otro le tendió, y nos pusimos en camino para King’s Pyland.
–Rara vez he tropezado con una mezcla de fanfarrón, cobarde y reptil, como este maese Silas Brown –comentó Holmes, mientras caminábamos juntos a paso largo.
–Entonces es que el caballo lo tiene él, ¿verdad?
–Me vino con fanfarronadas queriendo hurtar el cuerpo, pero yo le hice una descripción tan exacta de todos los pasos que había dado aquella mañana, que ha acabado convenciéndose de que le estuve mirando. Usted, como es natural, se fijaría en que la puntera de las huellas tenía una forma cuadrada muy especial, y también se fijaría en que las de sus botas correspondían exactamente a la de las huellas. Además, como es natural, ningún subalterno se habría atrevido a semejante cosa. Le fui relatando cómo él, al levantarse el primero, según tenía por costumbre, vio que por el páramo vagaba un caballo solitario; que se dirigió hasta el lugar en que estaba el animal, y que reconoció con asombro, por la mancha blanca de la frente que dio al caballo favorito su nombre, que la casualidad ponía en sus manos el único caballo capaz de vencer al otro, por el que él había apostado su dinero. Acto continuo, le conté que su primer impulso había sido devolverlo a King’s Pyland, pero que el demonio le había hecho ver cómo podía ocultar el caballo hasta después de la carrera, y que entonces había vuelto sobre sus pasos y lo había escondido en Capleton. Al oír cómo yo le contaba todos los detalles, se dio por vencido, y solo pensó ya en salvar la piel.
–Pero se había realizado un registro en sus establos.
–Bueno, un viejo disfrazacaballos, como él, tiene muchas artimañas.
–Pero ¿no le da a usted miedo dejar el caballo en poder suyo, teniendo como tiene toda clase de intereses en hacerle daño?
–Mi querido compañero, ese hombre lo conservará con el mismo cuidado que a las niñas de sus ojos. Sabe que su única esperanza de que le perdonen es el presentarlo en las mejores condiciones.
–A mí no me dio el coronel Ross la impresión de hombre capaz de mostrarse generoso, haga él lo que haga.
–La decisión no está en manos del coronel Ross. Yo sigo mis propios métodos, y cuento mucho o cuento poco, según me parece. Es la ventaja de no actuar como detective oficial. No sé si usted habrá reparado en ello, Watson; pero la manera de tratarme el coronel fue un poquitín altanera. Estoy tentado en divertirme un poco a costa suya. No le hable usted nada acerca del caballo.
–Desde luego que no lo haré sin permiso de usted.
–Además, esto resulta un hecho subalterno si se compara con el problema de quién mató a John Straker. ¿A ese problema al que usted se va a dedicar?
–Todo lo contrario, ambos regresamos a Londres con el tren de la noche.
Las palabras de mi amigo me dejaron como fulminado. Llevábamos sólo algunas horas en Devonshire, y me resultaba totalmente incomprensible que suspendiese una investigación que tan brillante principio había tenido.
Ni una sola palabra más conseguí sacarle hasta que estuvimos de regreso en casa del entrenador. El coronel y el inspector nos esperaban en la sala.
–Mi amigo y yo regresamos a la capital con el expreso de medianoche –dijo Holmes–. Hemos podido respirar durante un rato el encanto de sus magníficos aires de Dartmoor.
El inspector puso tamaño ojos, el coronel torció desdeñosamente el labio.
–Veo que usted desespera de poder detener al asesino del pobre Straker –dijo el coronel.
Holmes se encogió de hombros, y dijo:
–Desde luego, existen graves dificultades para conseguirlo. Sin embargo, tengo toda clase de esperanzas de que su caballo tomará el martes la partida en la carrera, y yo le suplico tenga para ello listo a su jokey. ¿Podría pedir una fotografía del señor John Straker?
El inspector sacó una de un sobre que tenía en el bolsillo, y se la entregó a Holmes.
–Querido Gregory, usted se adelanta a todo lo que yo necesito. Si ustedes tienen la amabilidad de esperar aquí unos momentos, yo quisiera hacer una pregunta a la mujer de servicio.
–No tengo más remedio que decir que me ha defraudado bastante su asesor londinense –dijo el coronel Ross, ásperamente, cuando mi amigo salió de la habitación–. No veo que hayamos adelantado nada desde que él vino.
–Tiene usted por lo menos la seguridad que le ha dado de que su caballo tomará parte en la carrera.
–Sí, tengo la seguridad que él me ha dado –dijo el coronel, encogiéndose de hombros–. Preferiría tener mi caballo.
Iba yo a contestar algo en defensa de mi amigo, cuando éste volvió a entrar en la habitación.
–Y ahora, caballeros, estoy listo para ir a Tavistock –les dijo. Al subir al coche, uno de los mozos de cuadra mantuvo abierta la portezuela. De pronto pareció ocurrírsele a Holmes una idea, porque se echó hacia adelante y dio un golpecito al mozo en el brazo, diciéndole:
–Veo ahí, en el prado, algunas ovejas. ¿Quién las cuida?
–Yo las cuido, señor.
–¿No les ha pasado nada malo a estos animales durante los últimos tiempos?
–Verá usted, señor no ha sido cosa muy grave, pero el hecho es que tres de los animales han quedado mancos.
Me fijé en que la contestación complacía muchísimo a Holmes, porque se rió por lo bajo y se frotó las manos.
–¡Ahí tiene, Watson, un tiro de largo alcance, de alcance muy largo! –me dijo, pellizcándome el brazo–. Gregorv, permítame llamarle la atención sobre esta extraña epidemia de las ovejas. ¡Adelante, cochero!
El coronel Ross seguía mostrando en la expresión de su cara la pobre opinión que se había formado de las habilidades de mi compañero; pero en la del inspector pude ver que su interés se había despertado vivamente.
–¿Da usted importancia a ese asunto? –preguntó.
–Extraordinaria.
–¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?
–Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.
–El perro no intervino para nada.
–Ese es precisamente el incidente curioso –dijo como comentario Sherlock Holmes.
Cuatro días después estábamos de nuevo, Holmes y yo, en el tren, camino de Winchester, para presenciar la carrera de la Copa de Wessex. El coronel Ross salió a nuestro encuentro, de acuerdo con la cita que le habíamos dado, fuera de la estación, y marchamos en su coche de sport de cuatro caballos hasta el campo de carreras, situado al otro lado de la ciudad. La expresión de su rostro era de seriedad, y, sus maneras, en extremo frías.
–No he visto por parte alguna a mi caballo –nos dijo.
–Será usted capaz de conocerlo si lo ve, ¿no es así? –le preguntó Holmes.
Esto irritó mucho al coronel, que le contestó:
–Llevo veinte años dedicado a las carreras de caballos, y nadie me había hecho hasta ahora pregunta semejante. Cualquier niño seria capaz de reconocer a Silver Blaze por la mancha blanca de la frente y su pata delantera jaspeada.
–¿Y cómo van las apuestas?
–Ahí tiene usted lo curioso del caso. Ayer podía usted tomar apuestas a quince por uno, pero esta diferencia se ha ido reduciendo cada vez más y actualmente apenas se ofrece el dinero tres a uno.
–¿Ejem! –exclamó Holmes–. Es evidente que hay alguien que sabe algo.
Cuando nuestro coche se detuvo en el espacio cerrado, cerca de la tribuna grande, miré el programa para ver las inscripciones. Decía así:
COPA WESSEX
52 soberanos c. u., con 1.000 soberanos más, para caballos de cuatro y de cinco años. Segundo, 300 libras. Tercero, 200 libras.
Pista nueva (una milla y mil cien yardas).
The Negro, del señor Heath Newton (gorra encamada, chaquetilla canela).
Pugilist, del coronel Wardlaw (gorra rosa, chaquetilla azul y negra).
Desborouglz de lord Backwater (gorra amarilla y mangas ídem).
Silver Blaze, del coronel Ross (gorra negra y chaquetilla roja).
Iris, del duque de Balmoral (franjas amarillas y negras).
Rasper, de lord Singleford (gorra púrpura y mangas negras).
–Borramos al otro caballo nuestro y hemos puesto todas nuestras esperanzas en la palabra de usted –dijo el coronel–. ¿Cómo? ¿Qué ocurre? ¿Silver Blaze favorito?
–Cinco a cuatro contra Silver Blaze –bramaba el ring–. ¡Cinco a cuatro contra Silver Blaze! ¡Quince a cinco contra Desborough! ¡Cinco a cuatro por cualquiera de los demás!
–Ya han levantado los números –exclamé—. Figuran allí los seis.
–¡Los seis! Entonces es que mi caballo corre –exclamó el coronel, presa de gran excitación–. Pero yo no lo veo. Mis colores no han pasado.
–Sólo han pasado hasta ahora cinco caballos. Será ese que viene ahí.
Mientras yo hablaba salió del pesaje un fuerte caballo bayo y cruzó por delante de nostros al trotecito, llevando a sus espaldas los bien conocidos colores negro y rojo del coronel.
–Ese no es mi caballo –gritó el propietario–. Ese animal no tiene en el cuerpo un solo cabello blanco. ¿Qué es lo que usted ha hecho, señor Holmes?
–Bueno, bueno; vamos a ver cómo se porta –contestó mi amigo, imperturbable. Estuvo mirando al animal durrante algunos minutos con mis gemelos de campo. De pronto gritó–: ¡Estupendo! ¡Magnífico arranque! Ahí los tenemos, doblando la curva.
Desde nuestro coche de sport los divisamos de manera magnífica cuando avanzaban por la recta. Los seis caballos marchaban tan juntos y apareados que habría bastado una alfombra para cubrirlos a todos; pero a mitad de la recta la saeta de Desborough perdió su fuerza, y el caballo del coronel, surgiendo al frente a galope, cruzó el poste de llegada, a unos eis cuerpos delante de su rival, mientras que Iris, del duque de Balmoral, llegaba tercero, muy rezagado.
–Sea como sea, la carrera es mía –jadeó el coronel, pasándose la mano por los ojos–. Confieso que no le veo al asunto ni pies ni cabeza. ¿No le parece, señor Holmes, que es hora ya de que usted desvele su misterio?
–Desde luego, coronel. Lo sabrá usted todo. Vamos juntos a echar un vistazo al caballo. Aquí lo tenemos –agregó cuando penetrábamos en el pesaje, recinto al que sólo tienen acceso los propietarios y sus amigos–. No tiene usted sino lavarle la cara y la pata con alcohol vínico, y verá cómo se trata del mismo querido Silver Blaze de siempre.
–¡Me deja usted sin aliento!
–Me lo encontré en poder de un simulador, y me tomé la libertad de hacerle correr tal y como me fue enviado.
–Mi querido señor, ha hecho usted prodigios. El aspecto del caballo es muy bueno. En su vida corrió mejor. Le debo a usted mil excusas por haber puesto en duda su habilidad. Me ha hecho un gran favor recuperando mi caballo. Me lo haría usted todavía mayor si pudiera echarle el guante al asesino de John Straker.
–Lo hice ya –contestó con tranquilidad Holmes.
El coronel y yo le miramos atónitos:
–¡Que le ha echado usted el guante! ¿Y dónde está?
–Está aquí.
–¡Aquí! ¿Dónde?
–En este instante está en mi compañía.
El coronel se puso colorado e irritado, y dijo:
–Señor Holmes, confieso cumplidamente que he contraído obligaciones con usted; pero eso que ha dicho tengo que mirarlo o como un mal chiste o como un insulto.
Sherlock Holmes se echó a reír, y contestó:
–Coronel, le aseguro que en modo alguno he asociado el nombre de usted con el crimen. ¡El verdadero asesino está detrás mismo de usted!
Holmes avanzó y puso su mano sobre eL reluciente cuello del pura sangre.
–¡E] caballo! –exclamarnos a una el coronel y yo.
–Sí, el caballo. Quizá aminore su culpabilidad si les digo que lo hizo en defensa propia, y que John Straker era un hombre totalmente indigno de la confianza de usted. Pero ahí suena la campana, y como yo me propongo ganar algún dinerillo en la próxima carrera, diferiré una explicación más extensa para otro momento más adecuado.
Aquella noche, al regresar en tren a Londres, dispusimos del rincón de un pullman para nosotros solos; creo que el viaje fue tan breve para el coronel Ross como para mí, porque lo pasamos escuchando el relato que nuestro compañero nos hizo de lo ocurrido en las cuadras de entrenamiento a Dartmoor, el lunes por la noche, y de los medios de que se valió para aclararlo.
–Confieso –nos dijo– que todas las hipótesis que yo había formado a base de las noticias de los periódicos resultaron completamente equivocadas. Sin embargo, había en esos relatos determinadas indicaciones, de no haber estado sobrecargadas con otros detalles que ocultaron su verdadero significado. Marché a Devonshire convencido de que Fitzroy Simpson era el verdadero culpable, aunque, como es natural, me daba cuenta de que las pruebas contra él no eran, ni mucho menos, completas.
Mientras íbamos en coche, y cuando ya estábamos a punto de llegar a la casa del entrenador, se me ocurrió de pronto lo inmensamente significativo del cordero en salsa fuerte. Quizá ustedes recuerden que yo estaba distraído, y que me quedé sentado cuando ya ustedes se apeaban. En ese instante me asombraba, en mi mente, de que hubiera yo podido pasar por alto una pista tan clara.
–Pues yo –dijo el coronel– confieso que ni aun ahora comprendo en qué puede servirnos.
–Fue el primer eslabón de mi cadena de razonamientos. El opio en polvo no es, en modo alguno. sustancia insípida. Su sabor no es desagradable, pero sí perceptible. De haberlo mezclado con cualquier otro plato, la persona que lo hubiese comido lo habría descubierto sin la menor duda, y es probable que no hubiese seguido comiendo. La salsa fuerte era exactamente el medio de disimular ese sabor. Este hombre desconocido, Fitzroy Simpson, no podía en modo alguno haber influido con la familia del entrenador para que se sirviese aquella noche esa clase de salsa, y llegaría a coincidencia monstruosa el suponer que ese hombre había ido, provisto de opio en polvo, la noche misma en que comían un plato capaz de disimular su sabor. Semejante caso no cabe en el pensamiento. Por consiguiente, Simpson queda eliminado del caso, y nuestra atención se centra sobre Straker y su esposa, que son las dos personas de cuya voluntad ha podido depender el que esa noche se haya cenado en aquella casa cordero con salsa fuerte. El opio fue echado después que se apartó la porción destinada al mozo de cuadra que hacía la guarda, porque los demás de la casa comieron el mismo plato sin que sufrieran las malas consecuencias. ¿Quién, pues, de los dos tuvo acceso al plato sin que la criada le viera?
Antes de decidir esta cuestión, había yo comprendido todo el significado que tenía el silencio del perro, porque siempre ocurre que una deducción exacta sugiere otras. Por el incidente de Simpson me había enterado de que en la casa tenían un perro, y, sin embargo, ese perro no había ladrado con fuerza suficiente para despertar a los dos mozos que dormían en el altillo, a pesar de que alguien había entrado y se había llevado un caballo. Era evidente que el visitante nocturno era persona a la que el perro conocía mucho.
Yo estaba convencido va, o casi convencido, de que John Straker había ido a las cuadras en lo más profundo de la noche y había sacado de ellas a Silver Blaze. ¿Con qué finalidad? Sin duda alguna que con una finalidad turbia, porque, de otro modo, ¿para qué iba a suministrar una droga estupefaciente a su propio mozo de cuadras? Pero yo no atinaba con qué finalidad podía haberlo hecho. Antes de ahora se han dado casos de entrenadores que han ganado importantes sumas de dinero apostando contra sus propios caballos, por medio de agentes y recurriendo a fraudes para impedirles luego que ganasen la carrera. Unas veces valiéndose del jockey, que sujetaba el caballo. Otras veces recurriendo a medios más seguros y más sutiles. ¿De qué medio pensaba servirse en esta ocasión? Yo esperaba encontrar en sus bolsillos algo que me ayudase a formar una conclusión.
Eso fue lo que ocurrió. Seguramente que ustedes no han olvidado el extraño cuchillo que se encontró en la mano del difunto, un cuchillo que ningún hombre en su sano juicio habría elegido para arma. Según el doctor Watson nos dijo, se trataba de una forma de cuchillo que se emplea en cirugía para la más delicada de las operaciones conocidas. También esa noche iba a ser empleado para realizar una operación delicada. Usted, coronel Ross, con la amplia experiencia que posee en asuntos de carreras de caballos, tiene que saber que es posible realizar una leve incisión en los tendones de la corva de un caballo, y que esa incisión se puede hacer subcutánea, sin que quede absolutamente ningún rastro. El caballo así operado sufre una pequeñísima cojera, que se atribuiría a un mal paso durante los entrenamientos o a un ataque de reumatismo, pero nunca a una acción delictiva.
–¡Canalla y miserable! –exclamó el coronel.
–Ahí tenemos la explicación de por qué John Straker quiso llevar el caballo al páramo. Un animal de tal vivacidad habría despertado seguramente al más profundo dormilón en el momento en que sintiese el filo del cuchillo. Era absolutamente necesario operar al aire libre.
–¡He estado ciego! –exclamó el coronel–. Naturalmente que para eso era para lo que necesitaba el trozo de vela, y por lo que encendió una cerilla.
–Sin duda alguna. Pero al hacer yo inventarío de las cosas que tenía en los bolsillos, tuve la suerte de descubrir, no sólo el método empleado para el crimen, sino también sus móviles.
Como hombre de mundo que es, coronel, sabe que nadie lleva en sus bolsillos las facturas pertenecientes a otras personas. Bastante tenemos la mayor parte de nosotros con pagar las nuestras propias. Deduje en el acto que Straker llevaba una doble vida, y que sostenía una segunda casa. La índole de la factura me demostró que andaba de por medio una mujer, – una mujer que tenía gustos caros. Aunque es usted generoso con su servidumbre, dificilmente puede esperarse que un empleado suyo esté en condiciones de comprar a su mujer vestidos para calle de veinte guineas. Interrogué a la señor Straker, sin que ella se diese cuenta, acerca de ese vestido. Seguro ya de que ella no lo había tenido nunca, tomé nota de la dirección de la modista, convencido de que visitándola con la fotografía de Straker podría desembarazarme fácilmente de aquel mito del señor Darbyshire.
Desde ese momento quedó todo claro. Straker había sacado el caballo y lo había llevado a una hondonada en la que su luz resultaría invisible para todos. Simpson, al huir, había perdido la corbata, y Straker la recogió con alguna idea, quizá con la de atar la pata del animal. Una vez dentro de la hondonada, se situó detrás del caballo, y encendió la luz; pero aquél, asustado por el súbito resplandor, y con el extraordinario instinto, propio de los animales, de que algo malo se le quería hacer, largó una coz, y la herradura de acero golpeó a Straker en plena frente. A pesar de la lluvia, Straker se había despojado ya de su impermeable para llevar a cabo su delicada tarea, y, al caer, su mismo cuchillo le hizo un corte en el muslo. ¿Me explico con claridad?
–¡Asornbroso! –exclamó el coronel–. ¡Asombroso! Parece que hubiera estado usted allí presente.
–Confieso que mi último tiro fue de larguísimo alcance. Se me ocurrió que un hombre tan astuto como Straker no se lanzaría a realizar esa delicada incisión de tendones sin un poco de práctica previa. ¿En qué animales podía ensayarse? Me fijé casualmente en las ovejas, e hice una pregunta que, con bastante sorpresa mía, me demostró que mi suposición era correcta.
–Señor Holmes, ha dejado usted las cosas completamente claras.
–Al regresar a Londres, visité a la modista, y ésta reconoció en el acto a Straker corno uno de sus buenos clientes, llamado Darbyshire, que tenía una esposa muy llamativa y muy aficionada a los vestidos caros. Estoy seguro de que esta mujer lo metió a él en deudas hasta la coronilla, y que por eso se lanzó a este miserable complot.
–Una sola cosa no nos ha aclarado usted todavía –exclamó el coronel–. ¿Dónde estaba el caballo?
–¡Ah! El caballo se escapó, y uno de sus convecinos cuidó de él. Creo que por ese lado debernos conceder una amnistía. Pero, si no estoy equivocado, estarnos ya en el empalme de Clapham, y llegaremos a la estación Victoria antes de diez minutos. Coronel, si usted tiene ganas de fumar un cigarro en nuestras habitaciones, yo tendré mucho gusto en proporcionarle cualquier otro detalle que pueda despertar su interés.
Aquel era un pan ajeno, el pan de mi compañero. Éste confiaba sólo en mí. Al compañero lo pasaron a trabajar al turno de día y el pan se quedó conmigo en un pequeño cofre ruso de madera. Ahora ya no se hacen cofres así, en cambio en los años veinte las muchachas presumían con ellos, con aquellos maletines deportivos, de piel de “cocodrilo” artificial. En el cofre guardaba el pan, una ración de pan. Si sacudía la caja, el pan se removía en el interior. El baulillo se encontraba bajo mi cabeza. No pude dormir mucho. El hombre hambriento duerme mal. Pero yo no dormía justamente porque tenía el pan en mi cabeza, un pan ajeno, el pan de mi compañero.
Me senté sobre la litera… Tuve la impresión de que todos me miraban, que todos sabían lo que me proponía hacer. Pero el encargado de Día se afanaba junto a la ventana poniendo un parche sobre algo. Otro hombre, de cuyo apellido no me acordaba y que trabajaba como yo en el turno de noche, en aquel momento se acostaba en una litera que no era la suya, en el centro del barracón, con los pies dirigidos hacia la cálida estufa de hierro. Aquel calor no llegaba hasta mí. El hombre se acostaba de espaldas, cara arriba. Me acerqué a él, tenía los ojos cerrados. Miré hacia las literas superiores; allí en un rincón del barracón, alguien dormía o permanecía acostado cubierto por un montón de harapos. Me acosté de nuevo en mi lugar con la firme decisión de dormirme.
Conté hasta mil y me levanté de nuevo. Abrí el baúl y extraje el pan. Era una ración, una barra de trescientos gramos, fría como un pedazo de madera. Me lo acerqué en secreto a la nariz y mi olfato percibió casi imperceptible olor a pan. Di vuelta a la caja y dejé caer sobre mi palma unas cuantas migas. Lamí la mano con la lengua, y la boca se me llenó al instante de saliva, las migas se fundieron. Dejé de dudar. Pellizqué tres trocitos de pan, pequeños como la uña del meñique, coloqué el pan en el baúl y me acosté. Deshacía y chupaba aquellas migas de pan.
Y me dormí, orgulloso de no haberle robado el pan a mi compañero.
Relatos de Kolymá (1978), trad. Ricardo San Vicente,
Madrid, Mondadori, 1997, págs. 461-462.
Varlam Tíjonovich Shalámov (Vólogda, 1907– Moscú, 1982 ) fue un escritor, periodista y poetaruso, superviviente del gulag.
Varlam Shalámov fue un escritor ruso que nunca ha alcanzado en España la popularidad que merece, aunque en su país -la anécdota no debe ser considerada banal- se le ha rendido homenaje poniendo nada menos que su apellido a un asteroide descubierto en 1977 por el astrónomo Nikolái Chernyj. La obra de este autor está muy ligada a su dramática biografía, lastrada por los años que pasó como prisionero en el gulag soviético, tras sus detenciones en 1926 y 1937.
Muy elogiado por Boris Pasternak, Shalámov fue poeta, ensayista y autor de Relatos de Kolimá, publicado en Occidente en 1966 y en Rusia en 1978. La crítica considera que este conjunto de cuentos es su mejor obra. En ella reflejó sus duras vivencias en los campos de trabajo rusos, de los que saldría vivo no sin menoscabo de su salud. Relatos de Kolimá ha sido publicado en España por las editoriales Minúscula y Mondadori. La narración breve que aquí ofrezco pertenece a la versión de Mondadori (1997), con traducción de Ricardo San Vicente.