Eureka: el enigmático poema de Edgar Allan Poe que anticipó teorías como el Big Bang y otras grandes ideas de la cosmología – BBC News Mundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-61298216.amp

El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez. — Andando tras tu encuentro…

Gonzalo García, el hijo de Gabo, recibe a la LA NACIÓN en la casa de México donde conoció la noticia de la Academia Sueca y Rodolfo Terragno cuenta el proyecto que desvelaba entonces al colombiano: fundar un diario; hoy La Feria del Libro le rinde homenaje a 40 años del premio. Si deseas profundizar en […]

El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez. — Andando tras tu encuentro…

La cereza de Rubén García García

Sendero

Después de veinte años, me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.

Los tiempos de la literatura, por Fernando Mires

Lucia Berlin

Fernando Mires|@FernandoMiresOI|Noviembre 1, 2020

Twitter: @FernandoMiresOl


He cometido un error. Había leído Manual para mujeres de la limpieza – uno de los libros principales de Lucia Berlin – algunos cuentos. Pero de manera esporádica, no continua. Excelentes todos, por cierto. Los había leído hasta ahora, como me gusta leer los libros de cuentos, en un rato disponible y ya. Luego puedes seguir haciendo otra cosa. Nadie te obliga a seguir el curso de una historia desde el comienzo hasta el final. Otro día puedes leer otro cuento. Frente a un libro de cuentos, pensaba yo, uno es más libre que ante una novela. Ese fue mi craso error.

Del error me di cuenta un día en que, disponiendo de más tiempo, leí tres cuentos seguidos de Lucia Berlin. Diablos, me dije, estos no son solo cuentos. Joder, esta es la historia de una vida contada en forma de cuentos. Puchas, son retazos del recuerdo, narrados de modo discontinuo, así como contamos la vida cuando vamos asociando libremente a través de las cosas que se presentan en el devenir. Pues, a diferencias de la historiografía, la que por lo general sigue un curso continuo, sucesivo y hasta cronológico, la vida cotidiana es regida por nociones de tiempos no secuenciales.

¿Y si la escritora, en lugar de poner nombres diferentes a cada uno de sus recuerdos (inventados o reales, da lo mismo) les hubiera puesto números romanos o árabes? ¿Sería una novela? La pregunta, después de pensarla un poco, la contesté de modo afirmativo. Sí, sería una novela, pero no una novela tradicional, sino una de nuestro tiempo. ¿Lo explico? Bueno.

Hasta hace algún tiempo la novela tradicional no se diferenciaba demasiado de un cuento largo al que los franceses llaman también nouvelle. Las novelas del siglo XlX y comienzos del XX (nótese en los más grandes, Flaubert, Zola, Dickens, Chejov, Turgenev, Dostoyevski, y tantos más) siguen un curso dictado por sucesos que transcurren en tiempos sucesivos.

Entre nosotros, esa saga que son sus Cien Años de Soledad, la escribió Márquez como una historia, algo así como Homero a la Iliada y la Odisea. Y quien sabe si en esa línea homérica reside su encanto. En fin, las novelas tradicionales eran, sin ser históricas, concebidas como imaginadas historias de personas, familias, y hasta países.

Las cosas comenzaron a cambiar cuando a Proust se le ocurrió escribir En busca del tiempo perdido. Su héroe Swann, por ejemplo, no asciende verticalmente en el tiempo sino que se detiene para retroceder en sus recuerdos y luego recuperar la ruta iniciada. Joyce fue aún más adelante: a través de su enmarañado Ulises, nos perdemos en el tiempo. Con esos dos autores la novela había comenzado a dar un vuelco: del simple relato de una historia continua llegó a transformarse en una relación de episodios intermitentes.

El cambio radical fue consumado por Faulkner quien convirtió al pasado en una prolongación del presente. O en un eterno retorno, para decirlo con Nietzsche y Borges (cuyos cuentos son, sin embargo, en su estructura, muy tradicionales). En nuestro idioma, seguidores de Faulkner fueron Vargas llosa – sobre todo en La Casa Verde – y Onetti, el muy grande pero no siempre muy recordado Onetti quien, según mi impresión, fue más faulkneriano que Faulkner. Y hoy las cosas han vuelto a cambiar.

Lentamente está naciendo un nuevo tipo de novela. A diferencias de las novelas del tiempo continuo y de las del tiempo discontinuo, han comenzado a emerger las que podríamos llamar, las novelas del tiempo disgregado.

El toque de alerta lo oí de Denis Scheck, el más conocido crítico literario alemán. Con estilo terminante, copiado en parte de su antecesor Marcel-Reich Ranicki, dijo sin asomar dudas: “los más grandes escritores de nuestro tiempo son el norteamericano David Forster Wallace y el chileno Roberto Bolaño”. Difícil estar de acuerdo si consideramos que los rankings literarios no son como los concursos de belleza, o si pensamos que cada escritor tiene lo suyo y, no por último, porque hay escritores que continúan escribiendo en un estilo muy tradicional sin dejar por eso de ser grandes escritores.

El tema, por lo tanto, no es quien es mejor que otro sino quien anuncia nuevas formas de narrar el mundo. Y sin duda, en ese sentido, Wallace y Bolaño – y hoy agrego a Lucia Berlin – narran de un modo distinto: ni en tiempo continuo, ni en tiempo circular, ni en tiempo alternado. sino en un tiempo al que podríamos llamar, fragmentado.

Esa fragmentación narrativa es lo que tienen en común un Wallace, un Bolaño y, ahora agrego, una Berlin, aparte claro está, de que los tres están muertos. En ellos los capítulos, o los cuentos, no son historias, son más bien partículas de historias.

*Lea también: Coaching: “entrenar” en las empresas, por David Somoza Mosquera

Voy a decirlo a modo de ejemplo: cuando tú preguntas a alguien de que trata la novela Los Miserables, te contarán de las desventuras de Jean Valjean, y si preguntas sobre Madame Bovary, de los amores infieles de la madama, o sobre Crimen y Castigo, de las tribulaciones del atormentado Raskolnikov.

Pero si preguntas de qué trata La Broma Infinita de Wallace o 2666 de Bolaño, te meterás en un atolladero. Pues, efectivamente, las de ellos son narraciones que tratan de muchas cosas pero a la vez de ninguna en especial. En modo taxativo: son narraciones sin argumentos. Lo mismo se puede decir de los cuentos de Berlin, quien, en las postrimerías del mundo industrial, avista las nuevas formas literarias que aparecerán en el llamado post-industrialismo.

Los cuentos de Lucia Berlin narran momentos sin desenlaces ni finales felices o infelices y sin siquiera mantenerse en una línea que corresponda a una historia relativamente ordenada. En el caso de Berlin, terminas de leer un cuento, y la vida continúa, hasta llegar a otro fragmento que ya es otro cuento. Y justamente eso es lo que convierte a su lectura en una práctica sumamente interesante.

Más aún, gracias a Berlin logramos darnos cuenta de que hay autores que no escriben para innovar sino porque no pueden hacerlo de otro modo pues la vida de ellos es como la de sus personajes. Vidas, podríamos decirlo así, compuestas de muchas vidas, sin una línea directriz o columna vertebral que vincule a cada fragmento con otro. En fin, sospechamos de qué se trata de una forma de vida hegemónica diferente a la que vivieron los grandes autores de la modernidad.

Fue el sociólogo Richard Sennett quien en su libro La Cultura del Nuevo Capitalismo nos dio a conocer de modo ilustrativo, casi literario, como la vida flexible de los humanos post-industriales, configurada en la era digital, difiere de la que llevaban nuestros antecesores de la era industrial. Las biografías lineales, según Sennett, han dejado de ser hegemónicas. Las oportunidades de espacio y tiempo que ofrece la economía y la cultura post-industrial han determinado por el contrario el aparecimiento de vidas multilineales, vidas que poco a poco han dejado de ser monográficas para transformarse en poligráficas.

Por eso Lucia Berlin, cuando narra episodios de su vida, o de otras vidas, apela al recurso poligráfico, trabando argumentos inconclusos entrelazados de acuerdo a coordenadas de tiempo y lugar que nunca terminan de articularse entre sí. ¿Por qué escribe así? La respuesta solo puede ser una: simplemente porque su vida fue así.

Lucia Berlin nació en Alaska en 1936, hija de un experto en minas, sus primeros años transcurrieron en asentamientos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941 su padre partió al frente y la familia – una madre, alcohólica y depresiva, y una hermana menor – fue a vivir en casa de un abuelo, un dentista brutal y pedófilo. Cuando regresó el padre de la guerra, la familia emigró a Santiago de Chile, donde Lucia llevó, según cuenta ella, una niñez y una adolescencia placentera, en excelentes colegios, pero a la vez muy superficial. Cabe agregar que desde los 10 años Lucia padecía de una dolorosa e incurable escoliosis por lo que debía llevar un corsé ortopédico de acero.

En 1955 Lucia inició sus estudios universitarios en Nuevo México, donde fue alumna del novelista Ramón J. Sender, el primero en descubrir su talento literario. Pronto se casó con un escultor y tuvo dos hijos. Después que su marido la abandonara, llevó una vida amorosa y sexual muy irregular. Hasta que en Alburquerque conoció al poeta Edward Dorn, muy decisivo en su formación literaria. Volvió a casarse, esta vez con el pianista Race Newton y después con su tercer marido del que lleva su apellido, Buddy Berlin, músico, excelente persona, pero muy adicto a las drogas. Con Newton, Lucia tuvo dos hijos más.

Lucia heredó de su madre la pasión alcohólica a la que detalla sin tapujos en diversos cuentos. Conoció el mundo intelectual de su tiempo, pero también los más bajos fondos que es posible imaginar. Entre 1971 y 1994 vivió en Berkeley. Trabajó como profesora de secundaria, telefonista, en centros hospitalarios, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería, a la par que escribía y bebía sin cesar. Solo al final de su vida alcanzó cierta estabilidad. Ganó la batalla en contra del alcoholismo, pero la perdió frente a un pulmón perforado por su escoliosis y el cáncer.

Edward Dorn la llevó a la Universidad de Colorado, como escritora residente y profesora de literatura. Allí ganó la amistad de muchos académicos y escritores y el cariño de sus alumnos quienes la destacaron como su mejor profesora. Murió en 2004 en Marina del Rey. ¿Una vida trágica? Aparentemente sí, pero una vida que ella cuenta – esto es lo asombroso – con luminosos destellos de alegría y, sobre todo, con un fino y envidiable humor. Nunca dejó de ser ella misma.

Para finalizar, aunque la frase parezca un absurdo, voy a “contar un cuento” de Lucia Berlin. Uno de los cuentos más breves que he leído en mi vida. Pero a la vez uno de los más conmovedores. Su título es “Mi Jockey”.

Trabajando Lucia en el servicio de urgencias donde se conocen “Hombres de verdad, héroes, bomberos y jockeys”, llegó un jinete, uno entre tantos de los que se les rompen huesos. “Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián”. La mayoría son mexicanos. Ese fue su primer jockey, Muñoz se llamaba y “estaba tendido allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura”. Costó un mundo desvestirle. Muñoz comenzó a llamar a su madre. “No solo me agarró de la mano. Como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mis cabellos, sollozando “mamasita, mamasita”. Lucia entonces lo acunó como a un bebé. “Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. ¿Un hombre en mi regazo? ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?”

Clavícula fracturada, tres costillas rotas, conmoción cerebral: fue el diagnóstico. Lo llevan a rayos X. No podía ser llevado en camilla y por eso “lo llevé en brazos, estilo King Kong (.) sus lágrimas me mojaron el pecho” (…..) “Lo tranquilicé igual que habría hecho él con un caballo “Cálmate lindo, cálmate”. “Se aquietó en mis brazos” (…..) “Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso”

¿Por qué “cuento este cuento”? Porque así era Lucia Berlin. Porque ella era literatura pura. Porque así es la vida, trágica y cómica a la vez. Y porque ese cuento, como otros, está escrito con todo el amor del mundo.

60. Poesía más Poesía: León Felipe y Maria Chévez – Revista ✍ Poesía Más Poesía ®️

https://poesiamaspoesia.com/60-poesia-mas-poesia-leon-felipe-y-maria-chevez/

Inés Arredondo, nuestra compleja escritora – Mexicana de Arte

https://mexicanadearte.art/2021/03/18/ines-arredondo-nuestra-compleja-escritora/

Toda luna, todo año* Lucia Berlin

(…) Eloise se despertó a las seis, como de costumbre. Abrió los postigos, vio el cielo pasar de un tono plateado lechoso a gris lavanda. Las hojas de las palmeras se deslizaban con la brisa como los naipes de una baraja. Se puso el bañador y su nuevo vestido rosa. No había nadie levantado, ni siquiera en la cocina. Los pollos cacareaban y los zopilotes aleteaban alrededor de la basura. 

Cuatro cerdos. Al fondo del jardín dormían los mozos y los jardineros indios, destapados, encogidos en las losas de barro.

Eloise siguió el sendero de la selva, lejos de la playa. Silencio oscuro cargado de humedad. Orquídeas. Una bandada de cotorras verdes. Una iguana se arqueó sobre una roca, esperando a que pasara. Las ramas le azotaban el calor pegajoso en la cara.

Había salido el sol mientras remontaba la ladera, y luego bajó hasta una loma sobre una playa de arena blanca. Desde allí contempló las aguas serenas de la cala de Las Gatas. Bajo el agua había una barrera de piedra construida por los tarascos para proteger la cala de los tiburones. Un cardumen de sardinas se arremolinó en las aguas límpidas y desapareció como un tornado mar adentro. Las palapas formaban pequeños núcleos a lo largo de la orilla. Del más alejado salía una columna de humo, pero no se veía a nadie en la playa. Un cartel decía ESCUELA DE BUCEO BERNARDO.

Dejó caer el vestido y el cesto en la arena, nadó con brazadas seguras hasta alejarse de la barrera de piedras. Luego de espaldas, nadando y flotando. Pataleó, sin poder contener la risa, y al final se dejó mecer por las olas y el silencio junto a la orilla, con los ojos abiertos al radiante azul del cielo.

Pasó de largo la escuela de buceo y se encaminó hacia donde salía el humo. Una estancia diáfana con techo de paja y suelo de arena rastrillada. Una mesa grande de madera, bancos. Al fondo había una larga hilera de alcobas separadas por tabiques de bambú, cada una con una hamaca y una mosquitera. En la rudimentaria cocina una chiquilla lavaba platos en la pila; una mujer mayor avivaba el fuego. Las gallinas correteaban alrededor, picoteando la arena.

—Buenos días —dijo Eloise—. ¿Esto siempre está así de tranquilo?

—Los buzos han salido. ¿Quiere desayunar?

—Por favor —Eloise tendió la mano—. Me llamo Eloise Gore.

La mujer asintió, sin más.

Siéntese.

Eloise comió frijoles, pescado, tortillas de maíz, escrutando las montañas brumosas al otro lado del agua. El hotel se le antojó un bloque ordinario y desangelado, torcido en medio de la ladera. Las buganvillas se derramaban por sus paredes como los mantos de una mujer borracha.

—¿Podría alojarme aquí? —le preguntó a la mujer.

—No somos un hotel. Aquí viven los pescadores —pero cuando volvió con café caliente, dijo—: Hay una habitación libre. Los extranjeros que vienen a bucear a veces se quedan ahí.

Era una choza sin paredes al otro lado del claro. Una cama y una mesa con una vela encima. Un colchón enmohecido, sábanas limpias, una mosquitera.

—No hay escorpiones —dijo la mujer. Le pidió un precio irrisorio por la habitación y la comida. Desayuno, y el almuerzo a las cuatro, cuando regresaban los buzos.

Hacía calor mientras Eloise volvía por la selva, pero sin darse cuenta brincaba como una niña, hablando con Mel dentro de su cabeza. Trató de recordar la última vez que había experimentado una alegría parecida. Una vez, poco después de que él muriera, había visto a los hermanos Marx por televisión. Una noche en la ópera. La tuvo que apagar, no soportaba reírse sola.

Al director del hotel le hizo gracia que se fuera a Las Gatas. «Muy típico», dijo. Color local: un eufemismo de primitivo o de sucio. Se encargó de buscarle una canoa para que esa tarde la llevaran con sus cosas al otro lado de la bahía.

Al acercarse a su pacífica playa se le encogió el corazón. Había una gran barca de madera, La Ida, anclada delante de la palapa. Canoas multicolores y lanchas motorizadas se deslizaban hacia el embarcadero y salían hacia el pueblo. Trajinaban cajas de pescado, anguilas, pulpos, bolsas cargadas de almejas. Una docena de hombres descargaban en la orilla tanques de aire comprimido y reguladores de la barca, entre risas y gritos. Un muchacho ató una enorme tortuga verde al cabo del ancla.

Eloise dejó sus cosas en la alcoba; quería echarse, pero no había intimidad de ningún tipo. Desde su cama veía el interior de la cocina, más allá los buzos sentados a la mesa, y el mar turquesa de fondo.

—Hora de comer —la llamó la mujer. Ella y la chiquilla estaban llevando platos a la mesa.

—¿Quiere que la ayude? —preguntó Eloise.

Siéntese.

Eloise titubeó al llegar a la mesa.

Uno de los hombres se levantó y le estrechó la mano. Achaparrado, recio, como una estatua olmeca. Era muy moreno, tenía unos párpados gruesos y una boca sensual.

Soy César. El maestro.

*Agradecemos a Jeff Berlin por su autorización para reproducir fotos de Lucia y este fragmento del cuento Toda luna, todo año, incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza.

Lucia Berlin

ENTRESUEÑOS/REALIDADES: ¿LO ONÍRICO O LA REALIDAD? — Lapizázulix la galaxia del cuento

“La otra muralla china”Cuando caminaba por el borde y por poner atención a la cuchara de plata que se veía en el horizonte, se resbaló. Su cuerpo sintió la fría porcelana mientras caía, aunque afortunadamente no se golpeó muy duro. Un tanto adolorido aún, se incorporó en el fondo de la taza. Miró hacia arriba […]

ENTRESUEÑOS/REALIDADES: ¿LO ONÍRICO O LA REALIDAD? — Lapizázulix la galaxia del cuento

Ana María Shua. ¨Toda la literatura es acerca de la muerte¨. | Letra Urbana

https://letraurbana.com/articulos/ana-maria-shua-%C2%A8toda-la-literatura-es-acerca-de-la-muerte%C2%A8/

La vuelta a casa de Lucía Berlin

https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/primeros_capitulos/20191111/vuelta-casa-lucia-berlin/443707222_0.html

Lee aquí algunos fragmentos de ‘Bienvenida a casa’, una recopilación en la que Alfaguara reúne los textos autobiográficos en los que estaba trabajando la escritora antes de su muerte

11 noviembre, 2019 18:28GUARDARLucia Berlin

Hotel Mirador, Acapulco, México

Los niños vestidos de marinero pedaleaban en triciclos azules de alquiler dando vueltas y vueltas en una pista cercada con una lona roja. Taxis de colores vivos. Loros en las cafeterías con ventiladores de madera. Buddy y yo sentados en bancos de hierro forjado delante de la iglesia, Mark y Jeff jugando a las canicas con un amigo nuevo en el césped de la plaza. Castillos de arena en la playa, los niños morenos, con cubos y palas rojas, los brazos en jarras. Buddy y yo nos besamos dentro de una caseta marinera azul y blanca. Todos riéndonos en las tranquilas olas de la Caleta.

Por los postigos de madera de nuestra habitación se colaba el aroma del jengibre y los nardos, la luz de la luna y de las estrellas, el murmullo del mar. Por la mañana, bajábamos en funicular a una piscina de azulejos turquesas que había entre las rocas junto al océano. Las olas rompían en las rocas, rociándonos. Me tumbaba boca abajo en el cemento caliente, con los ojos a la altura de la piscina, viendo cómo Buddy enseñaba a los niños a nadar. Incluso cuando no los abrazaba para enseñarles, los abrazaba, o a mí.

Conocíamos a gente, en la playa, en la plaza, en los cafés. Caíamos bien a la gente, nos invitaban a sentarnos con ellos, a merendar a casa. Los bailaores de flamenco nos daban entradas para los conciertos; un trapecista nos regaló pases para el circo. Manuel, uno de los buzos de La Quebrada, vino a tomar una copa con nosotros y a partir de ahí íbamos cada domingo a comer almejas al vapor con su mujer e hijos. Pasábamos muchas veladas con Don y Maria, que llegaron a ser amigos íntimos durante años. Maria y yo hablábamos mientras Don y Buddy jugaban al ajedrez y los chicos coloreaban y leían hasta quedarse dormidos.

https://buy.tinypass.com/checkout/template/cacheableShow?aid=HEQTYbTpKq&templateId=OTJ273SM2HAY&templateVariantId=OTVPH3H3XYLKZ&offerId=fakeOfferId&experienceId=EX45RE0NQC9S&iframeId=offer_3f333cf6101bf650ea84-0&displayMode=inline&pianoIdUrl=https%3A%2F%2Fsocial.elespanol.com%2Fid%2F&widget=template&url=https%3A%2F%2Fwww.elespanol.com

Salíamos a menudo a cenar con Jacques y Michele, una pareja francesa con una niñita, Marie, que jugaba con Mark y Jeff en la playa. Fuimos a fiestas en casa de Teddy Stauffer con la alta sociedad de Acapulco y con estrellas de cine, a conciertos con un médico mexicano y su esposa.

Cuando los niños y yo estábamos en Nueva York, charlábamos, a veces parloteaban ellos, pero ahora en Acapulco los tres hablábamos a todas horas, en inglés y español… ¡Los niños incluso en francés! Todo el mundo nos saludaba con un abrazo y se despedía con besos.

Justo después de que llegáramos a México, una noche me desperté y Buddy no estaba a mi lado. Adormilada, fui al cuarto de baño y le encontré inyectándose heroína. No me escandalicé tanto como habría hecho de haber sabido lo que era la heroína, lo que era la adicción. Me dijo que iba a dejarlo, a pesar de que pasaría unos cuantos días malos.

Una fuerte intoxicación por algo que ha comido, le dijimos a la gente. Diarrea, le dije a nuestro amigo el médico, que no quiso darme elixir paregórico, prescribió té y manzana. Jacques y Michele se llevaron a los niños en barca y al a playa varios días; después de eso volvimos a ir a la piscina al lado del océano, que solía estar vacía. Los niños se pasaban horas tirándose al agua y buceando sin parar. Jugábamos al Monopoly todos juntos, comíamos enchiladas suizas, tomábamos limonada. Buddy temblaba violentamente tapado con la toalla al sol.

Por fin se puso bien, y luego las semanas pasaron, ajetreadas y perezosas, semanas tan llenas de cariño… La heroína quedó en un susto, nada más. Al cabo de varios meses, estábamos listos para volver a casa, a Nuevo México. Me divorciaría de Race y nos casaríamos.

Buddy estaba casado con Wuzza,y los dos habían viajado y vivido fuera durante años, sobre todo en España, porque ella era una mujer con dinero. Buddy había estudiado tauromaquia, había seguido tocando el saxo y compitiendo como piloto del Porsche Spyder. Al final ella le insistió en que hiciera algo, así que con su respaldo montó una de las primeras franquicias de Volkswagen en el oeste; entonces los pocos conductores de VW se saludaban por la carretera.

En pocos años Buddy le devolvió el préstamo, había ganado tanto dinero que no necesitaría volver a trabajar nunca más. Buddy disfrutaba de la vida. Se le daba de maravilla. Disfrutaba de verdad con la gente y la música, los libros y la pintura. Sus siguientes pasiones serían la cultura y la historia de los nativos americanos, la fotografía y volar. Ah, y nosotros tres.

Pensábamos entonces que nuestro amor nos protegería de la heroína, que empezábamos una nueva vida. Nate Bishop vino a recogernos en el flamante Beechcraft Bonanza, un monoplano que Buddy iba a aprender a pilotar y que compró para desgravar impuestos.

Tal vez de ahí es de donde vino Babar, de nuestro avión rojo de juguete. Volábamos en círculos sobre la ciudad y sus preciosas bahías, sus arenas blancas, sus tejados y palmeras, un mar azul crayón. Ah, habíamos sido todos tan felices allí, con la anciana y el mono. A una hora de Albuquerque, Buddy empezó a temblar. Le goteaba la nariz y se le acalambraban las piernas. En cuanto el avión tocó tierra, se bajó y fue a hacer una llamada telefónica.

Edith Boulevard, Albuquerque, Nuevo México

Una casa antigua de adobe con anexos y chimeneas en la mayoría de las habitaciones. Dormitorios, baños, alace­nas y estudios se habían añadido con los años, en distintos niveles, en todas direcciones, pero cada nuevo cuarto te­ nía las mismas paredes de un metro de grosor, ventanales que daban a la piscina y el jardín. La puerta de entrada se abría a una inmensa cocina con suelos de madera, el cora­zón de la casa. En otros tiempos había sido la hacienda, en medio de hectáreas y hectáreas de pastos. Ahora estaba oculta en una zona industrial, con aserraderos y talleres de chapa cerca, entre un desguace de coches y un depósito de autobuses escolares. Detrás de nosotros, en una casita di­minuta, vivían los Lucero, con dos hijos adolescentes, mu­chos patos y pollos, y una vaca.

Aquí conocí el miedo. Miedo a los traficantes de dro­ ga, miedo a la droga en sí, el miedo que todos tenían a la brigada de narcóticos, a los otros camellos, a quedarse sin un chute. La casa, recóndita como estaba, con sus gruesas paredes que no dejaban entrar ningún ruido, aumentaba la sensación de vivir siempre escondidos, con disimulos. Con la adicción llega la necesidad de ocultar, la mentira, el rece­ lo. «Ahora solo me miras a los ojos para ver si voy coloca­ do», me decía Buddy. Era verdad.

Buddy con Jeff y Mark

Esos primeros años en Edith Boulevard fueron para to­dos una montaña rusa de momentos felices y trágicos, se­gún Buddy entrara o saliera de la heroína. Cada vez que re­caía en la droga y volvía a desengancharse, yo juraba que sería la última.

No solo era un seductor o un encanto de hombre. Bue­ no, sí, lo era. Era sexi y encantador, gracioso y listo. Ilumi­ naba con su energía cualquier lugar donde entraba. Cuando los niños lo veían, no decían simplemente «¡Hola, papá!», sino que corrían a tocarlo, a abrazarlo. Y yo también.

Escalamos y exploramos Ácoma y Bandelier, Mesa Verde, asistimos a danzas y ceremonias y asambleas indias.

Acampamos en el cañón de Chelly y en el del Chaco. Des­piertos por la noche bajo las estrellas, nos preguntábamos cómo habría sido la gente que vivía allí en otros tiempos. Entonces teníamos muchos buenos amigos. Bill y Mar­tha Eastlake, los Creeley, Liz y Jay en Taos. Buddy se sacó la licencia de piloto. A todos nos encantaba ir en avión. Al caer la tarde volábamos hacia el crepúsculo, rodeados de cúmulos rojos y naranjas, siempre hacia el oeste. Buddy a menudo volaba a Pocatello para visitar a los Dorn, o iba a buscarlos y los traía. Volamos varias veces a Boston a visitar a la familia de Buddy, parando a repostar en pueblos pe­queños por los que no pasaban autopistas, donde nunca se veían turistas, que parecían anclados en otra era. Aldeas amish, por supuesto, pero también otros pueblos remotos de Kansas y Tennessee que casi parecían hablar una lengua propia, y nos resultaban tan ajenos como nosotros a ellos. Aterrizábamos en pistas de fumigación —campos donde solo había un surtidor de combustible y una manga de viento—, llenábamos el depósito y pedíamos que alguien nos llevara en una camioneta a la cafetería del lugar, donde Buddy conseguía romper el hielo hasta con los granjeros más huraños y que hablaran con nosotros.

Volábamos a menudo a Puerto Vallarta, entonces un pueblecito al que no llegaba ninguna carretera ni las aerolí­neas comerciales. En verano, con un cielo lleno de nuba­rrones, los cuatro subíamos en el Bonanza para ver caer el sol en Albuquerque, volando bajo por encima de las estri­baciones rojas como llamas, bordeando luego las montañas para seguir los colores que se derramaban y daban volteretas hasta Arizona, y regresábamos justo cuando oscurecía. No fallaba: los niños se quedaban dormidos justo al aterrizar. Durante el verano en Edith Boulevard hacíamos barbacoas, fiestas por todo lo alto en las que comíamos langos­ ta y almejas que nos mandaban desde Maine. La piscina estaba siempre llena de niños, los chicos y sus amigos juga­ban hasta que se hacía de noche en el desierto y las chata­rrerías que había en los alrededores.

Cuando volvía a la droga, la casa se convertía en un búnker, las puertas siempre cerradas, y con llave. «Buddy está enfermo», decía yo, igual que Mamie. Solo Junie o Frankie, Nacho, Pete, Noodles venían por allí. Los depre­ dadores que lo seguían hasta el trabajo, al banco, que lla­ maban de noche a nuestra puerta. Susurros. Risas roncas en la oscuridad.

Nació David. Buddy había tenido que dejarme en el hospital para ir a casa a chutarse, así que fue el segundo hijo que nació «sin un hombre a mi lado que me diera la mano». Pero estaba loco de alegría con nuestro precioso bebé, ahora quería a toda costa estar limpio. Bastaba con tener marcas de pinchazos para que te metieran en la cár­ cel, en esos tiempos; no había programas de desintoxica­ ción para los drogadictos. David tenía solo unas semanas de vida cuando nos marchamos a Seattle, donde un médico presuntamente curaba a los adictos cambiándoles la sangre, añadiendo coenzimas a la sangre nueva. Fue una semana de pesadilla, en la que se pasaba el día entero en un cuartito asfixiante recibiendo transfusiones.

Pero las noches en nuestra magnífica habitación del Hotel Olympia eran dulces… Los dos con el bebé, hablan­ do toda la noche. Planeamos ir a vivir a México, a Puerto Vallarta, lejos de los traficantes. Dar clases a los chicos en casa, criarlos al margen de toda la violencia, la codicia, el racismo, el consumismo. Llevaríamos una vida sencilla, lim­ pia y llena de cariño.

Yelapa, Jalisco, México

Aquí está lo que escribí una vez acerca de nuestra casa en el pueblo al sur de Puerto Vallarta:

El suelo de la casa era arena fina blanca. Por las maña­ nas nuestra criada Pila y yo rastrillábamos y barríamos la arena, comprobando que no hubiera escorpiones, alisán­dola. Me pasaba la primera hora chillándoles a los niños:

«¡No me piséis el suelo!», como si fuese linóleo recién ence­ rado. Cada seis meses, el tuerto Luis venía con su mula y se llevaba la arena en las alforjas, y hacía un sinfín de viajes a la playa para traer arena fresca, blanca y resplandeciente la­ vada de la orilla.

La casa era una palapa, con el techo de palma. Tres te­ chos, porque había un armazón alto y rectangular que se abría a cada lado en un semicírculo. La casa tenía la majes­ tuosidad de un viejo barco de vapor victoriano, y por eso le pusieron ese nombre, La Barca de la Ilusión. Dentro era fresca, un espacio vasto y diáfano, con altos postes de palo fierro, travesaños atados con zarcillos de guacamote. Pare­ cía una catedral, sobre todo de noche cuando las estrellas o la luna brillaban a través de los tragaluces donde se unían las palapas. Salvo por una habitación de adobe debajo del tapanco, no había paredes.

Buddy y yo dormíamos en un colchón en el tapanco, un altillo amplio hecho con tallos de palmera. Los tres chi­cos dormían en literas en la habitación de adobe cuando hacía mucho frío, aunque por lo general Mark solía dormir en una hamaca en el salón, y Jeff fuera junto al estramonio. El estramonio, cargado de aquellos floripondios blancos que colgaban torpemente hasta que por la noche la luz de la luna o de las estrellas les daba a los pétalos un fulgor pla­teado opalescente y el aroma embriagador inundaba la casa, hasta la laguna.

Lucia y los niños, Albuquerque

La mayoría de las demás flores no exhalaban perfume y estaban a salvo de las hormigas. Buganvillas e hibiscos, achiras, periquitos, alegrías, cinias. Los alhelíes y las garde­ nias y las rosas mareaban con su intenso perfume, plagados de mariposas de todos los colores.

De noche iba con mi vecina Teodora a patrullar los huertos y los cocoteros, alumbrándonos con un farol para matar las veloces columnas de hormigas podadoras, echan­do queroseno en los nidos de esas hormigas que se comían nuestros tomates y habichuelas, las lechugas y las flores. Teodora me había enseñado a plantar con luna nueva y a podar cuando estaba llena, a atar frascos de agua en las ra­mas bajas de un mango si no daba fruta.

Jeff y Mark oscilaban entre primero y quinto curso en cálculo y ortografía. A Jeff le encantaban las fracciones y los decimales, un misterio para Mark y para mí. Mark lo leía todo, desde cuentos infantiles hasta libros para adul­tos, como Yo, Claudio. Cada mañana los chicos tenían cla­se en la mesa grande de madera. Tachando, suspirando, bo­rrando, riendo, inclinaban las espaldas morenas desnudas sobre los cuadernos de tapas jaspeadas, las libretas de ca­ligrafía.

La casa estaba construida en el borde de un palmeral de cocoteros a la orilla del río. De la otra parte del río esta­ba la playa y la perfecta bahía de Yelapa. Subiendo por las rocas desde la playa se iba a la aldea, al otro lado sobre una pequeña cala. Altos cerros rodeaban la bahía, así que a Ye­lapa no llegaba ninguna carretera. Senderos a través de la jungla por los que se viajaba a caballo hasta El Tuito, hasta Chacala, a varias horas de distancia.

El río cambiaba sin cesar todo el año. A veces profun­ do y verde, a veces poco más que un arroyo. A veces, según la marea, la playa menguaba y el río se convertía en una la­ guna. Esa era la mejor época, con los patos, las garzas azu­ les y las garcetas. Los chicos pasaban horas jugando a pi­ ratas en sus piraguas, lanzando redes de pesca, cruzando pasajeros hasta la playa. Incluso David podía manejar una canoa, y solo tenía tres años.

Después de que empezaran las lluvias venía el agua, a veces en trombas, arrastrando ramas de flores o de naran­ jos, gallinas muertas, incluso una vaca en una ocasión, y el agua correntosa y turbia atravesaba la playa con un jadeo colosal, succionando la arena, desembocando en remoli­ nos en el océano turquesa. A medida que pasaban los días el agua del río se volvía limpia y dulce, y las hoyas en la roca caliente se llenaban de agua donde bañarse y lavar.

Nuestro jardín crecía. Buddy y los chicos pescaban con arpón, cazaban langosta, traían almejas. Pasamos a ser par­ te del pueblo y de la bahía y de la jungla que nos rodeaba; vivíamos cada día plenamente, cada día con calma.

Las mañanas empezaban con el canto de cientos de gallos del pueblo, los cacareos de las gallinas de Teodora. Los chicos se sentaban a la mesa y comían copos de avena mientras Buddy y yo tomábamos café con leche en el jardín, delante de la valla que protegía las flores de los cerdos. Las gaviotas llegaban con una salva de aplausos y vítores, un aleteo entrecortado río arriba antes de bajar en picado, dispersándose hacia el mar, gritando: «Arriba, arriba, todo está en paz». Cada mañana, durante el año siguiente, cuan­do llegaban las gaviotas nos mirábamos a los ojos, confir­mando la felicidad y la gratitud que sentíamos, con dema­siado miedo para decirlo en voz alta. Y entonces dejamos de mirarnos y, que yo sepa, las gaviotas dejaron de venir.

Primero, Peggy mandó una cajita con una docena de viales de morfina pura. «Un regalito para Bud» Peggy vivía sola en una casa fabulosa en lo alto del ce­ rro. Se pasaba buena parte del día mirando a través de un potente telescopio, escudriñando la playa por si llegaba al­ gún famoso para invitarlo a su casa, escudriñando también todo lo demás que ocurría. Debía de ver a los chicos jugan­ do al fútbol con los niños del pueblo, montando a caballo por la playa, remontando el río con Juanito para ayudar a su padre a cosechar café. Debía de verlos haciendo carreras en canoa, oír el eco de sus risas que subía desde el agua. Debía de vernos charlando con amigos en nuestro hermo­ so jardín, tumbados en la playa. Debía de vernos a Buddy y a mí besándonos, debía de vernos felices. ¿Cómo fue ca­ paz de mandar aquella caja?

Y entonces, como si la adicción hubiese enviado mensa­jes con fuertes latidos, los traficantes de droga empezaron a aparecer. Tino o Víctor, Alejandro. Todos jóvenes, antiguos playeros guapos, listos y perversos. Susurros en nuestro jar­dín, risas en la oscuridad junto a la mata del estramonio.

Sur de México, furgoneta Volkswagen

Nuestra furgoneta VW tenía motor Porsche, así como otras modificaciones que la hacían buena para las duras carreteras mexicanas. Buddy y yo habíamos acondiciona­ do la parte de atrás para viajar. El asiento de atrás se trans­formaba en una cama cómoda, con una hamaca para Da­vid. Las dos puertas se abrían a sendos armarios debajo de las camas. Fácil acceso a linternas, libros, ceras de colores, agua, comida, la nevera portátil o el hornillo Coleman. Las hamacas podíamos sacarlas e instalarnos en cualquier sitio, incluso para dar una cabezada mientras los críos jugaban en una playa o un bosque.

Íbamos camino de Guatemala para renovar nuestros permisos de turistas, íbamos lejos de la heroína. Pero no había ninguna prisa. Nos quedamos unos días en Guada­lajara, pasando las mañanas en el mercado, comiendo birria, paseando por los pasillos como si visitáramos un mu­seo. Cada puesto estaba arreglado con arte y gracia, ya fueran flores de calabacín, ristras de ajos, intrincadas jaulas pintadas a mano (con docenas de especies de pájaros), cara­melos rosas y verdes, huaraches.

Había una exposición de Henry Moore en el museo. El Cordobés toreaba en la plaza. A Buddy le pareció un fanfarrón descarado, pero los chicos estaban emocionados con toda la pompa, el peligro y la gallardía. Nos alojamos en un antiguo hotel espléndido, comimos pichones, guisantes, cocina mexicana de primera. Desde allí fuimos a Ajijic. Había una fonda bonita, pero con tantos gringos, y tan borrachos, que preferimos acampar durante varios días. Así seguimos viajando hasta Guatemala. Durmiendo en el bosque junto a un río, a veces, o cerca de algún pue­blo o lugar en ruinas que pudiéramos explorar. Eso signifi­caba tan solo escalar y rodearlo y hablar acerca de lo que debió de ser en otros tiempos, y nosotros simulábamos es­tar allí entonces.

Disfrutamos de unos días fabulosos acampando cerca de Teotihuacán. Por el camino, iba leyendo en voz alta las cró­nicas de Bernal Díaz, así que era un lugar real para todos nosotros. Mark y Jeff lloraron por la traición de Moctezuma; lo consideraban un héroe. Exploramos todos los templos, pasamos horas en el museo. Los cuatro nos turnábamos para llevar a David en brazos o en el cochecito. Estuvo insoporta­ble en aquel viaje. Estaba acostumbrado a andar suelto, sin ataduras y hasta sin pañales, no paraba en todo el día hasta caer rendido por la noche. Cuando nos deteníamos en algún sitio, echaba a correr por la plaza o el café. Era tan guapo que la gente se acercaba a hablar con nosotros; hicimos muchos amigos gracias a él. Varias veces los indios le hicie­ron la señal de la cruz en la frente. Las mujeres lo besaban y decían: «Pobrecito»tan lindo y tener que vivir en este mundo cruel. La gente se prendaba de él, lo llevaban a la cocina o le daban una vuelta en brazos por la plaza.

Lucia Berlin en Oaxaca

Viajábamos bien. En carretera David se quedaba dor­mido, gracias a Dios, y los niños coloreaban o leían o juga­ban a algún juego con Buddy y conmigo. Yo le leía artícu­los o poesía a Buddy, hablábamos, reíamos. Bastaba con que uno de nosotros dijera: «¡Paremos aquí!». «Muy bien, vamos», decía Buddy, y todos salíamos, echábamos un vis­tazo, nos bañábamos en una playa perfecta, comíamos ta­cos de sesos en un puestecillo a pie de carretera con una familia encantadora, mirábamos al caballo blanco galo­ pando en el campo. Esa pasión que derrochaba. La forma en que apuraba la vida, todo. Entiendo que cayera en las drogas. Las odio por habérnoslo arrebatado.

Incluso antes de ver Monte Albán o Mitla, nos enamo­ramos de Oaxaca. Los rostros nobles de los mixtecos, los rosados y verdes descoloridos de las camisas de los jornale­ros, el color de las rocas y la tierra. La verdad antigua del lugar. Pasamos la noche en el viejo hotel colonial de la pla­za, comimos tamales de camarones enrollados en hojas de banano. Pasamos la velada en la plaza, escuchando las marimbas. Buddy y yo nos sentamos en un banco de forja con David mientras Mark y Jeff jugaban a las canicas con dos niños. Los vendedores ambulantes se acercaban a ofre­ cernos alfarería, tapices; los chiquillos nos vendían chicles. Sus voces y las conversaciones en voz baja de las parejas que daban vueltas por la plaza sonaban como trinos de pájaros: zapotecas y mixtecos hablando con la cadencia y el deje y el murmullo tan agradable al oído. Hay una canción en la que Billie Holiday canta «Love is bee­yu­ti­fal» («El amor es bello») con ese mismo trino. Había una mujer mixteca que me mostraba alhajas, o me tocaba la mejilla y decía beautiful con la misma lentitud.

Nos fuimos a la mañana siguiente. Deseosos de poner­ nos en marcha cuanto antes porque queríamos volver, con esa gente amable, distinguida y noble, a ese lugar encanta­ do y majestuoso.

En algún pueblo de Chiapas, hotel

Renovamos los visados de turistas en la frontera. En principio la idea era viajar por Guatemala, ir al lago, a co­nocer unas ruinas allí. Pero habían empezado las lluvias, Buddy se quedó sin drogas, los niños estaban con gripe, pensaba yo, pero resultó ser peor: el dengue.

Conduje bajo la lluvia, sobre el lodo resbaladizo; todos iban gimoteando y vomitando. Finalmente llegamos a un pueblo. Me paré en la primera casa de adobe para pregun­tar si había algún alojamiento por allí. Tanto el anciano como su esposa negaron con la cabeza. Dijeron que podía­mos quedarnos en su cobertizo hasta que remitieran las lluvias y la carretera fuese transitable. El cobertizo estaba en el granero, justo al lado del corral. Todo estaba mojado, la lluvia se colaba a chorros. Frío y humedad y olores nue­vos, caca de pollo, caca de vaca, caca de caballo, caca de cabra. El cobertizo estaba tan sucio que no podías sentarte, solo hice un poco más de sitio para cambiar a David, corté tela para limpiarlos a todos de diarrea y vómito. Buddy se­ guía encogido y temblando muchísimo en el asiento de de­lante*

* Este último capítulo estaba inacabado en el momento de la muerte de Lucia.

Lydia Davis: la vida y obra de la primera mujer de Paul Auster, marcada ahora por la tragedia del hijo de ambos | Vanity Fair

https://www.revistavanityfair.es/articulos/paul-auster-lydia-davis-hijo

La señora Feudal de Rubén García García

Sendero.

Se murió el conde, señor feudal, dejando una esposa en plenitud y riqueza. Hubo una boda y ella se presentó con su guardia reclamando el derecho de pernada. Con los ojos dio la orden, dos guardias inmovilizaron al novio, y ella tomó a la novia, diciéndole en el trayecto. «te gustará tanto que una noche no será suficiente»