Llueve y abro mi camisa

lluvia-correrLlueve. La gente frota sus manos y, por encima,  las nubes aleonadas gruñen. Llueve finito. Los carros tiritan de frío y en cada esquina las sombrillas platican con antiguas comadres. Entre los huecos de viejos edificios, las palomas aletean los vapores del clima. Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reúnen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, unas se dispersan sobre los vellos de mi pecho y otras saltan hacia mis escápulas. Silbo  bajo la lluvia. Es un día diferente y abro mi camisa para que mi corazón hipertenso recuerde que fue niño.

La lluvia

Pareja bajo la lluvia- IglesiaCuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle:
 -No se moleste.
—No es molestia- contestó.
 Ella intentó salirse del paraguas, pero él volvió.
—Así me enseñaron. No desconfíe.
 Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. Le dio las gracias tímidamente.
—Me llamo Roberto, para servirle.
—Soy Estela. Estela Romero
— ¿Espera el transporte, al parque América?
—Sí.
—Está tardando mucho
—Sí.
— ¿Por allá trabaja?
—Sí.
—Seguro que me aceptará un café
—Y… ¿qué le hace pensar eso?
—Que a todo dice sí.
 Ella intentó salirse del paraguas, a pesar de que la lluvia arreciaba.
—Por favor, es una broma, no se moleste, no quise…
 Ella con seriedad respondió:
— ¡No me gustan mucho las bromas! Así que ahora… invíteme a ese café.

Volver a él

y1pcfjGdhtt_OChU7AjaLl36No721b6l2-1EqxmfbyP1TpMWQUQbrvb3iwY9fp6W-GMqvqKNzipFYU¿Cuánto  habré aprendido?, no lo sé. Hoy estudié  tratando de que con una ojeada aprendiera lo más. Ya no soy el mismo, el tiempo y los excesos  cuentan. Es lo vivido que habla. Abrazo un objeto, me voy lejos, regreso, juego con él  en mi cabeza. Doy de vueltas para arrojarlo  lejos y como sabueso  confundido y torpe  alcanzo a olfatear su aroma y aunque esté metamorfoseado  se que es él. Entonces enlazo mis manos tomo su frente y lo beso.

El pecado y la penitencia

humanoLo encontré en la poltrona. Había dos beatas: una de cada lado agitando los abanicos que trataban de romper las vejigas formadas por la sudación.  Su cabeza reclinada sobre el cabezal del mueble, o bien, metida en el cuello y el tórax dando la impresión de ser un péndulo. Respiraba rápido, superficial. Tenía los globos de los ojos protruidos,  sus manos las alternaba cerrándolas o abriéndolas para darse aire a sí mismo o  para masajearse el pecho. Él sufría  una gran crisis y quizá tuviese visiones oscuras. A cada rato repetía:
-¿Qué tengo?
Yo callaba.  Su mirada recorría todos los lugares y ninguno.

Sabía con exactitud lo que pasaba. Cuando llegó su secretaria para decirme que fuese a darle atención, me informó que después de una breve, pero intensa disputa, ella le mencionó que no le había bajado su menstruación.
-Se lo dije en broma, estaba molesta.
De esa manera se disculpó la muy cabrona. El sudor, el sofoco en un hombre menor de treintaicinco años y con el antecedente de la noticia, me ofrecía un diagnóstico certero y la seguridad de tenerlo activo en un lapso de horas.

Abrí su vena, le instalé un suero, metí grandes dosis de vitamina B y, por último, un tranquilizante. Mañana, antes de clarear,  estaría como si nada hubiese sucedido: ofreciendo la misa de gallo para los feligreses de la serranía.   Eso pensé, pero no fue así. ¡Quién me iba a decir que el sacerdote era alérgico a la vitamina B y que el farmacéutico no se encontraba!

Hace quince días se le dio sepultura y hoy vino la secretaria a decirme, entre sollozos, que la broma que le había dicho al sacerdote, ya no era tal.

Alzheimer

alzheimerEsa noche terminó de leer el libro del olvido, en el último instante las palabras jugaron como niños. Las luces se hicieron mortecinas y sobrevino el silencio, la oscuridad; los ojos veían sin ver y el alma dejó de tener sentido.

Mi esperanza

MUJER_~1He podado mi esperanza para que no crezca hasta el cielo. La quiero chica, tierna;  compatible con la tierra que me abraza.

Agria como el sudor del obrero, callosa como la arruga del campesino.

No quiero que trepe más allá, la quiero pequeña.  Para que la miré el niño,  o  la señora, que sin quitarse el hato de leña,  sonría con la mirada y me diga:

-Su esperanza es tan grande como la mía.

Atrapado

En la tarde fría se van  los pájaros,
Los oboes silban al tren en marcha.
Te vas. La hierba se incendia por la escarcha
y el silencio se derrama en los cántaros.

Quedaron solos los espantapájaros.
El gallo viejo ladea su charcha
sólo sueña que con su canto emparcha,
Y desconoce el roer de sus ácaros.

Anoche se fueron los unicornios
Y se heló el diapasón de mi guitarra
cielo deslunado de mis demonios.

Hay ruido ¿ Un corazón late en la parra?
Me oscurece el horror en mis insomnios,
duermo sin fin, mecido por su garra.

La niña

niña mirando-ventanaEn el pueblo pasan los días sin descanso. Los perones que logran enraizarse a la mezquindad,  tiritan. Las ramas huesudas bambolean clamando al viento frío que pare. Abajo la neblina se enrosca en los tallos como boa.
Hay una mano sobre la ventana que la limpia de la escarcha y descubre su sonrisa cuando mira al gato que acecha a las pelotas de la niebla.

Esfinges de sal

flor de silencioSe van los pájaros.
La tarde es fría.
También te vas.
Silban los oboes
al tren en marcha.
Flor de silencio
Abre el hastío.
No hay unicornios
Solo esfinges de sal.

Mudez

gente.Me quedé indefenso, turbado, al ver la sonrisa de collar que rompía el día; no me contuve y le grité—¡Espera!—. Fue una voz fragmentada de silencio y ella se perdió entre el murmullo adosado al viejo muro y el aleteo de las palomas que alborotaban en el campanario.

El camello

camellosDios obsequió  a tu cuerpo jorobado de una resistencia sobre natura. En la armonía de tu paso se descubre una paciencia infinita: El sol duro, el frío cruel,  y  las dunas que duermen la siesta del tiempo.

Todo lo recorres.

—No hay prisa, llega lejos el que camina sin pensar en la lejanía— Pareces decir.

Transitas en silencio, haciendo camino sobre la arena, y el chasquido de tus labios es un pedimento de fuerzas. Al final, tus piernas se arrodillan y tu testa besa el suelo, como hacen los elegidos.

las caminatas

adolescente

Hacía caminatas para deteriorar el aburrimiento. Caminaba por el impulso de caminar con la mente ida y toreando los carros por instinto. En su interior construía un circo de varias pistas y en cada una  transcurría la vivencia de un sueño. Los actos se ejecutaban al unísono con luces intermitentes y un sol artificial.

 

 

En el departamento los muebles y adornos estaban donde debían estar. Dos veces al día la franela los sacudía. Tallar, tallar hasta que el brillo musitaba a la señora: “hasta aquí”. El reloj parecía soldado, el espejo simulaba un tercer ojo, y las lámparas en las esquinas figuraban torres. En la noche, para ir a mear, se levantaba en silencio y antes de salir del dormitorio, revisaba uno a uno los botones del pijama. Caminaba con tiento y aseguraba la puerta del baño. Cuando el chorro grueso y enérgico caía, el agua hacía un ruido mayúsculo. Disfrutaba al presionar la palanca del retrete, y el wc tragaba haciendo remolinos ruidosos y concluía con hipos violentos, entonces, sonreía.

 

 

Iba a sitios transitados y se perdía en el gentío Y  detenía sus ojos mirando el tam-tam que hacen dos glúteos protuberantes. Aquella noche la vio. Con discreción se adelantó para verla de reojo. Se atragantó con sus ojos pícaros que parecían invitarlo. Es el instante crucial en el que se desea abordar a una mujer y no sabes cómo; un minuto después será tarde.

 

 —¿Le digo un piropo? ¿La saludo? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Si le pregunto y me contesta? ¿Si deja que la acompañe y con suerte acepta? ¿Después, con qué dinero podría invitarle un café?  Y… ¿Si «mi chicle pegaba» de dónde sacaría para el hotel?  ¡Eso sería tener buena suerte!  O bien te manda a la chingada, o sale con que le has caído bien y te va a cobrar barato.

 

 

¡Terrible! Él prefiere el silencio que ser objeto de un desprecio. Apretó los puños, movió la cabeza y golpeó  la palma izquierda de su mano, al mismo tiempo que gritaba para sí: ¡eres un pendejo! Harto de calle llegó al departamento y metió la llave con delicadeza para no despertar a la familia, entró a oscuras y rogando no tropezarse. En la penumbra de la recámara se ponía la pijama. Se acostaba en línea recta para no arrugar las sábanas de lino. En el silencio total como si fuese una luciérnaga, se abría paso una inesperada erección, a la cual cumplía con suspiros silenciosos y profundos.

Monólogo anónimo

SOLEDAD ANDENMe revienta que no tenga libertad de hacer las cosas que deseo, simplemente porque a él no le parece bien. Pues soy una mujer que trabajo como mula, y por eso ¡ sólo por eso! Deberían dejarme hacer lo que me de la gana. Pero así es la vida de las casadas. Soy una mujer y mi tiempo libre lo tengo que utilizar en atender el marido y a los hijos. aunque estés de prisa y cansada tienes la obligación de hacer el amor, mantener la casa arreglada, la ropa limpia, y tener la comida lista. Después que has hecho todo, todavía te dicen, qué debes de hacer con el suspiro de tiempo que te queda.
Sólo una cosa me impide mandar todo al carajo: ¡y son mis hijos!

la jirafa

jirafas nocheTe es sencillo doblar y desdoblar nubes como si fueran almohadas. Detienes tu mirada en ellas: corren fantasmas presurosos seguidos por dinosaurios imponentes y minúsculos gusanos que reptan por entramados profundos y grises .En la noche, cuando el sueño se esfuma tus ojos de laguna caen en el manto prendido.Así las horas pasan: jugando ajedrez en los cielos con la osa mayor. ¿Qué aroma tienen las estrellas? ¿Qué secretos te ha contado la luna? Animal celestial que siempre miras a Dios.

 Terrible para ti, inclinar tu cuello para beber el agua terrenal.

Instantánea

DSCN1841Se oye el ventilador de la computadora. Afuera gritan, -es el vendedor de periódico- Hay una calma que no lo es. En los dormitorios se oye una alarma, voy y solo silencio; por la ventana, el tordo azul negro me mira. Es un día nublado, los cotorros ocasionalmente chiflan a mujeres que no pasan. Van y vienen los carros, dejando su cuota de ruido. Muy a lo lejos, se abre un silencio prolongado y escucho el canto de la primavera. Me encimo en su silbido, mientras el humo del café revolotea.