La sirena cautiva de AdrianaQuiroz

De repente ella se vio atrapada. Las redes molestaban su cuerpo escamoso. La llevaron a un gran acuario de cristal. Vinieron fotógrafos de todo el mundo y largas filas de personas se formaban para verla, asombradas de su belleza. Sintió pudor por sus pechos al descubierto, tratando de ocultarlos con su larga cabellera. A los niños les gustaba verla nadar, hacia arriba, hacia los lados, sinuosa, seductora, misteriosa, mágica, y era admirada por todas. Algo la empezó a molestar, sus escamas ya no brillaban como antes, se la veía triste, y creyeron que era por su cautiverio. Le trajeron algas para su alimentación, la rodearon de ambiente marino, le pusieron caracoles para que escuchara el sonido del mar. Pero sus ojos seguían tristes. A nadie se le ocurrió pensar que lo que ella más deseaba, eran unos zapatos de tacón como los que traían las mujeres que la contemplaban.

sirena

La plapla de María Elena Walsh

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes.
Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas.
De pronto vio algo muy raro sobre el papel.
-¿Qué es esto?,- se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
-¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos y ya van tres.
Pegando la nariz al papel preguntó:
-¿Quién es usted, señorita?
Y la letra caminadora contestó:
-Soy una Plapla.
-¿Una Plapla?,- preguntó Felipito asustadísimo-, ¿qué es eso?
-¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
-Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
-Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
-¿Y qué hago con la Plapla?
-Mirarla.
-Sí, la estoy mirando pero ¿y después?
-Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a su maestra, gritando entusiasmado:
-¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco.
Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primero, se dedicaron a contemplar la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora, la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?
plapla

El fotógrafo de Antonio Serrano Cueto

Al cabo de una sesión vespertina agotadora, el viejo fotógrafo recoge su equipo, se pone la gabardina y se despide de su ayudante y de la joven modelo, que ha entregado sin descanso su cuerpo desnudo a la mirada focal del artista. Abandona el estudio y camina hacia su apartamento. Sabe bien que el lastimero maullar de los gatos que lo acompañan por el callejón presagia una noche de tormenta, y que en esas noches merodea cerca el asesino. Piensa en la joven, en su obstinado propósito de alcanzar la fama antes de cumplir los veinte años. La luna desaparece detrás de las nubes y la silueta de la ciudad se esfuma con la primera lluvia. El fotógrafo, que empieza a sentir el cansancio de mantener dos oficios, se refugia en las sombras y aguarda.

callejones

Toado del fb

Choka a la euforía

Apreso el agua,
acaricia y perturba.
El río canta.
Me siento tan intenso,
que salto y brinco
como hace el chimpancé;
en santos disparates.

monos bailando

El mar espera de Gabriel Bevilaqua

Pese a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcom Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.

titanic

tomado de Fb

Choka al olor

𝕮𝖆𝖊 𝖚𝖓 𝖈𝖍𝖚𝖇𝖆𝖘𝖈𝖔
𝖗𝖊𝖌𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖑𝖆 𝖘𝖆𝖇𝖆𝖓𝖆
𝖊𝖑 𝖘𝖔𝖑 𝖘𝖊 𝖕𝖎𝖊𝖗𝖉𝖊
𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖑𝖆 𝖔𝖘𝖈𝖚𝖗𝖎𝖉𝖆𝖉,
𝖍𝖚𝖊𝖑𝖊 𝖆 𝖙𝖎𝖊𝖗𝖗𝖆 𝖒𝖔𝖏𝖆𝖉𝖆

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Aprendiendo inglés

llegué a la escuela de idiomas, situada en una vieja casona que el director ordenó pintarla aprovechando el fin de semana. Los pintores dejaron el inmueble desordenado, con olor de aguarrás.
Los alumnos se arremolinaban, unos en un área, otros en los pasillos, y algunos más, preguntando en que parte recibirían la instrucción. Tenía la clase a las siete de la noche y me presenté minutos después, así que busqué a mis compañeros cuarto por cuarto para saber dónde tomaríamos la enseñanza que nos impartiría el profesor Danoski, responsable del plantel.
 Danoski era alto delgado y con profundas entradas, bigote grueso, rojizo que contrastaba con su lechosa piel. Fui buscando mi salón, abriendo y cerrando puertas, unos vacíos, otros oscuros y, al fondo, encontré uno débilmente iluminado. Reconocí a una mujer esbelta, de cabello rizado que hurgaba entre una pila de archiveros, escritorios y máquinas de escribir.
-¿No sabe dónde está dando clases el profesor Danoski?
Al tiempo que preguntaba, rodé los muebles. Ella hizo lo mismo, y quedamos enfrentados, muy cerca, cara a cara. Sentía su respiración.
Acaricié su cabellera, su mejilla. No se movió, respiré el calor de su perfume y mis labios resbalaron en el cuello y su hombro. Escuché su aliento entrecortado. Decidí besarla. No respondió, me despegué para mordisquear sus orejas y su boca fue correspondiendo. Mis manos rodearon su fina espalda, ella mis hombros. Palpé sus caderas, sus nalgas respingadas y duras. Sentí sus senos y sus pezones que se abrieron entre mis palmas. La mujer sintió mi erección al rozar mi pubis. Ya no hubo retroceso, levanté su vestido, y trabé los dedos en el elástico de sus bragas. Bajó el zíper de mi pantalón y nos llenamos de arroyos y espuma. Olíamos a intensidad, gemíamos en diminutivo cuando levantaba en vilo su esbeltez y sus piernas eran tijeras en mi cadera. Recargados en la pared nos conjugamos en fuego y sudor.
Cuando el ahogo nos dejó, escuché -en la lejanía- la voz del maestro dictando su cátedra. No hubo beso de despedida, si acaso alguna bocanada de aire fresco. Ella se fue para un lado, yo por el otro. Me sequé el sudor, arreglé la figura y entré al salón disculpándome por la tardanza. El maestro dictaba, pero nunca se dio cuenta de que yo escribía con el borrador. Mi mente era un revolcadero de emociones. Después de la clase, charlé en el frente de la escuela con algunos compañeros; en realidad, mis ojos la buscaban entre las féminas que salían. Fui afortunado al verla. Venía acompañando al maestro Danoski. Me acerqué a ellos cuando iba a hablar, el maestro me dice en inglés: I’d like to introduce you my wife.

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Bochorno

Esperaba a su esposo, que se había ido a un viaje de negocios. Aburrida y soñolienta decidió darse un baño e irse a dormir a la recámara de su sobrina. Adela tenía viviendo seis meses con el matrimonio y salió de improviso al hospital a cuidar una amiga. Abrió la ventana para que el viento refrescara, miró hacia la calle oscura y entrecerró las cortinas. Llevaba una bata de algodón y, talco perfumado entre sus pliegues. Debajo de la sábana sólo quedó un cuerpo desnudo y profundizado por un sueño que se ofrecía como un abrazo. Cuando llegó el amante de Adela y tendió a su lado no malició, – eso sucedía a menudo en su matrimonio –, lo integró a su espacio. Los besos de él rodaban y ella corría tras las bolas de fuego que al tocarlas salían relámpagos que desnudaban la penumbra. De aquella noche no recordaría más que unos chillidos que paulatinamente se fueron alejando. Él se retiró cerca de la alborada, cuando los perros aullan y animan a los gallos. Ella despertaría prendida a la almohada y sola. “tanta realidad solo puede ser un sueño” se dijo.
La puerta se abrió de par en par y la voz de su esposo cayó a su oído como el golpe en la espinilla.
—¿Qué haces en la recámara de Adela? ¿Qué no tienes la tuya?
Con modorra le contestó doblándose de la cintura y estirando las piernas.
— Adela se fue de improviso. Vino una amiga y se la llevó al hospital. ¡En nuestra pieza hacía un bochorno insoportable! Ésta es la más fresca y dormí como nunca. ¡He tenido un sueño…!
— ¿Qué soñaste?
— Luego te contaré. ¿Te esperaba antes de la media noche?
— Me fue imposible. El autobús se quedó tirado en la carretera por más de cinco horas. Me voy al negocio.
Al salir de la habitación ella percibió el aroma familiar, pero el deseo de regodearse en la cama ocupó su atención y dio rienda suelta a la imaginación.
 El esposo abría el portón cuando llegaba su sobrina. Adela le dio un beso en la mejilla y él la tomo discretamente de la cintura. Ella aprovechó para susurrarle al oído:
— No pude esperarte. Tuve que ir al hospital. Qué rico hueles tío. Veo que  no pierdes el tiempo ¿Con quién pasaste la noche?

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Renoir

Tanka a la despedida

Se van los pájaros,
esta tarde fría y húmeda.
También te vas.
Es la última llamada
del tren de media noche.

tren

El cardenal se despide de la serie apuntes de un niño

La abuela por las tardes se balanceaba en la poltrona; el viento mecía las ramas y se llevaba lejos el canto de los pájaros. Antes vivía en el centro de la ciudad con una tía, ahora está con nosotros.
—Desde la ventana solo veía las azoteas y el paso de los carros. Era aburrido.
Vivíamos sobre una loma. Era una casa con techo de lámina, un patio con árboles frutales y abajo un gallinero.
El corredor largo, cercado por macetas, donde el viento de la tarde parecía un perro juguetón que correteaba cualquier cosa. Descansaba en la poltrona con la cabeza reclinada, mientras chiflaban las canoras. La abuela y yo nos encargábamos de platicar con las aves.
—Juan no quiere cantar. —Decía la abuela en voz alta. Yo sabía que hablaba del cardenal de ojo blanco. Pedro, cantaba tan fuerte que ensordecía. Algunas veces las aves se contagiaban y el corredor era una fiesta de silbidos. Todos hacían bulla, menos el de ojo blanco. Ya por la noche se bajaban las jaulas y era cuando platicaba con Juan. había una simpatía que nos abarcaba.
Una madrugada cantó uno de ellos. En la mañana fue la comidilla. Todos preguntaban ¿escucharon cantar al cardenal?
—¿Quién fue el que cantó?, —preguntaba mi papá.
—Debió de ser Pedro, ya sabemos que Juan no canta. Dijo mamá.
Toda la semana chifló fuerte que nos espantaba el sueño y lo que parecía novedad se convirtió en molestia. La abuela separó las jaulas para saber quién nos despertaba. Quedamos igual pues la sonoridad de la casa no permitía identificar el ave. Tampoco podíamos dejar los pájaros fuera, las madrugadas llegaban con harto frío.
La tarde se hizo gris. Pelotas de nubes gordas ensombrecieron el cielo y una lluvia finita empezó. “hay que meter a los pájaros dentro de la casa” dijo mamá. ¿Cómo fue? No supimos, pero el cardenal de ojo blanco escapó. Esa noche fui a la cama friolento y cabizbajo. Oía el viento. El agua tamborileaba al golpear sobre las hojas del naranjo, la luz del foco se perdía en el enramado. Dormía entrecortadamente. Abría los ojos y me preguntaba en dónde estaría. El frío, el sueño, el cansancio me venció. En la madrugada desperté sobresaltado. Escuché el canto de él entre las ramas del árbol. Fui hacia la ventana y pude divisarlo por su ojo de leche. Fue un instante, después se perdió de mi vista, de mis oídos, mas nunca de mi memoria.
Afuera se oía la chorrera de agua sobre las hojas del plátano y el viento hacía tronar el techo de la casa.
cardenal.

Colisión

El caracol corre y evita el golpe de la tortuga, sin embargo el remolino formado hace estragos en su caparazón.
caracol

El niño de las pandorgas

El día que conocí a Noemí tenía tres pelos de barba. Mi pasión era construir cometas. Seleccionaba el bambú: largo, seco y resistente. El viejo Meraz lo vendía. Sabía que lo serenaba en luna llena. Una receta para darle alma, según la abuela. El tarro era muy demandado.
Un día me hice el aparecido. El viejo sonrió. Yo pajareaba con la mirada.
– ¿Qué buscas?  me preguntó con ironía. Estaba chimuelo, tenía dos ventanas, por donde se le escapaba el aire al hablar.
– ¿Dónde tiene el tarro?
– ¡Qué!, ¿vas a hacer tu casa, te quieres casar…?
-Véndame un pedazo.
 –Ya lo vendí. Ayer se lo llevaron.
 Me retiraba con las espaldas aplastadas cuando me gritó. Volví y sacó de su casucha un hato: dorado como una cal color de luna. Sabía que vendrías…
Noemí llegó de la ciudad. Pelo negro, corto, orejas pegadas a la cabeza y aretes que bamboleaban al ritmo de su paso. Me ponía nervioso y solo sonreía. Ese día intentaba elevar una pandorga, tan obesa que daba de brincos, como esos canguros que salen en las caricaturas. No puede. Si deseas, podemos hacer una…
La cometa danzaba en el cielo. Construíamos una diferente en forma, color y las elevábamos. Un día que formábamos una estrella, nuestras caras quedaron a un suspiro y la timidez me paralizó las manos, pero no mi boca, y cerrando los ojos nos dimos un beso. Para mí fue el primero. Jugábamos en el riachuelo de agua fría, nos perdíamos entre los árboles y luego nos hacíamos los encontradizos. Una tarde se fue. Sin que yo supiese que se iba a ir, tal vez ni ella lo sabía.
Conseguí su dirección postal. Las cartas llegaban cada semana, después cada mes, luego…
Mece el viento mis recuerdos. He construido una cometa grande y resistente. ¡El papel fulge y al contacto con el aire se sacude nerviosa, preparándose para la aventura! ¡Qué hermosa! ¡Cómo se eleva! ¡Lleva dos carretes de hilo y quiere más! Óyela zumbar, parece decir ¿qué tal me veo? ¿me envías un correo?
Puse la huella de mis labios en el mensaje y se fue raudo por el hilo. El viento arreciaba y más alto subía. La cometa parecía decirme lo feliz que era. Dejé que el carrete se vaciara. El mensaje se perdía, era ya un punto. Percibí que el cordel podría romperse y empecé a enredar el hilo. La pandorga parecía inconforme; yo seguía enredando más el cable y ella daba vueltas sobre sí: ¡rabiosa!, ¡enojada! De pronto, caía en picada. Después subía, daba de vueltas. Para evitarlo solté la hebra.  Y, el viento la llevó entre las nubes; cada vez más lejos. Corrí, corrí, por los caminos que anduvimos, mojé mis zapatos en el arroyo que corría llevándose los tejos

cometas