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En un jacal vivía un anciano con quien platiqué una sola vez. Acostado en un catre, se despedía de amigos. El olor de los enfermos graves, es evidente. La muerte se huele; no olfateaba eso. Delgado, fibroso, recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de los dedos. No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio. Nunca lo había tratado. Me miró con limpieza y en claro castellano, me dijo:
Que maravilla
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gracias amiga por venir y dejarme tu palabra. abrazos y rosas.
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Los de conciencia clara se despiden oportunamente, eso lo pude ver. Es un relato muy humano. Abrazos amigo.
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Gracias amiga Navia. Te juro que jamás pensé que falleciera. Platicamos tan bien, voz potente clara. ojos humildes. Aún no lo entiendo. Gracias por llegar. Abrazos de a montón y violetas.
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Gabriel García describe esos actos revelatorios, con el final de Ursula Buendía. Personas que tienen la clarividencia de la continuidad de su vida en otra dimensión, estuviste frente a eso y que bien que lo puedes relatar, es su legado. No encuentro violetas, prometo que las buscaré.
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que interesante lo que me dices, volveré con cien años. Han pasado cerca de 50 años y aun lo veo. Hay cosas de dificil comprensión. búscalas son pequeñas y las hay sencillas y rellena y de todos colores
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Se retira satisfecho con el deber cumplido.
Gracias por compartir tan rica experiencia.
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Si Doña Aurelia, predijo su muerte, sabía que estaba en paz con todos. abrazo y gracias por llegar, Beso y rosas.
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