Despedida de Rubén García García

Sendero

La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos de su pelo. Observaba la tensión de la piel del entrecejo. Percibía su inquietud, esa mirada que no se aquieta ni se detiene. “la que te habla de que tu compañera desea que te vayas”. Sí esa que tienes que ocultar, para ser cortés”Hubo tiempos que resguardaba su mano entre mi mano. Las veces que la conducía al cruzar las avenidas entre la muchedumbre; ella caminaba o se detenía a la sutil orden de un apretón sobre el dorso de su mano. La luz de su mirada respondía a mi contacto. “Sí. Platicaba con ella sin mediar palabra. Hasta que un día llegó la tenuidad. No fueron coincidencias, sabía que deseaba alejarse de mí. “Tampoco tú te percatas de los gestos que haces, que vio en ti que ella prefirió huir”. Nunca le di motivos y eso no está bien… Aquella media noche la reconocí por su caminar, en una mano su equipaje y la otra suelta; como lo hace una mariposa con el ala rota. ¿Ayer me abrazaba? y se iba… Acepté que se fuera, si solo mediaba el hastío, era mejor que se fuese. La ayude con las maletas, y solo la empuje a las vías cuando pasaba el tren de las doce.

Tren en marcha | Myriam | Flickr

CARDENAL DE OJO BLANCO

A la abuela le gustaba vivir en casa de mamá. Por las tardes se mecía en la poltrona y entregada a la sensatez de las horas disfrutaba del viento, de las margaritas en floración y del canto de los pájaros que por instantes les daba por silbar. Había clarines, sinsontes, calandrias, jilgueros y dos cardenales. La abuela Camila se había venido del rancho, -papá la había traído. Primero estuvo con mi tía, en un departamento con todas las comodidades, pero decía: “Veo puro carro y de la ventana solo se miran las azoteas con tendederos de ropa”. Nosotros vivíamos en las afueras de la ciudad, Sigue leyendo «CARDENAL DE OJO BLANCO»

LOS COTORROS

He visto relámpagos horizontales en un zig-zag iridiscente. Creí ver el verde de las naranjas, el amarillo de los crisantemos,
mas por la gritería no pude menos que admirar, que eran parvadas de cotorros que transitaban sobre la ciudad borrachos de vida,
sin respetar el rojo de los semáforos. ni el silencio obligatorio de los hospitales.

EL MURCIÉLAGO LEYENDA

Leyenda tradicional mexicana – Oaxaca Reeditada por Sendero ( Rubén García García )

Hace tanto tiempo,  que sólo Dios lo recuerda, hubo un ser que fue el ave más bella de la creación. Pero fue bella porque Dios lo permitió. En realidad lo llamaban Biguidivela, que significaba en el viejo lenguaje, Mariposa desnuda. Un día, hizo tanto frío que los árboles se arremolinaban para calentarse del viento helado que soplaba del norte y del sur. La mariposa desnuda tiritaba, pues sin ropaje alguno la carne estuvo cerca de hacerse hielo. Días después, cuando el temporal había amainado emprendió un largo viaje. Llegó al cielo y paciente esperó.

Dios en su grandeza le digo:

—¿Murciélago qué deseas?

—Señor necesito plumas como cualquier ave, pues hace unos días casi me congelo.

—Yo no tengo plumas, pero puedes pedirle a tus hermanas aves que te regalen una y de esa manera puedes obtener el abrigo que deseas.

El murciélago contento regresó a la tierra; pero sólo pidió plumas de intensos colores y despreció las sepias y  grises. Tiempo después la mariposa desnuda gozaba de un plumaje hermoso y aleteaba orgullosa con aire de prepotencia. Era tan bello el ropaje que en un vuelo celestial hizo aparecer el arco iris.
Iba a los espejos del agua a admirarse y la humildad se transformó en soberbia, veía a las demás aves con desprecio sin que le importase que otras cualidades tuviesen. Un día le reclamó a gritos al Colibrí por no tener ni la décima parte de su belleza. Cuando el Creador vio que el Murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para humillar a los demás, le pidió que subiera al cielo, donde al llegar se pavoneó feliz mostrándole al creador su colorido de espejos y de rayos. Aleteó y aleteó, sin poder parar, mientras sus plumas se desprendían una a una, quedando al fin desnudo como antes había sido.

Las gentes de antes dejaron escrito que del cielo llovieron plumas por más de un día y una noche de colores sublimes. Desde entonces el Murciélago permanece hasta nuestros días desplumado y obligado a vivir en cuevas. También Dios lo hizo perder la vista, para que no distinguiese los colores que brotan cuando llueve y el sol aparece y nunca recuerde el plumaje espléndido que alguna vez tuvo y perdió.

El vecino incómodo

Tengo un nuevo vecino. Un individuo que martillea sin parar la pared de su casa. Tiene sobre su cabeza un copete rojo y pareciera haber salido de una comunidad de incomprendidos sociales.

Lo veo como entre rendijas, pero intento mirarlo mejor, mas se esconde. Golpea desde el amanecer, y aunque la tarde es vieja, continúa.Sigue leyendo «El vecino incómodo»

LA MARIPOSA FEA

CUENTO FINALISTA
http://www.waece.org/catedra/webcuentos/lamariposafea.htm

Era una mariposa fea. Tenía colores pardos y soltaba una pelusilla gris cada vez que se posaba en una flor. Volaba como si tuviese un ala rota, en tanto las amarillas lo hacían como breves fogatas sobre las olas del mar. Oculta tras un viejo árbol veía con admiración la fuerza interior de las monarcas; a ella le dolía el ala cuando volaba:

reumatismo juvenil, -le había dicho su mamá, -es cosa de familia. Por tal razón, hacía paradas frecuentes y eso molestaba a las flores pues manchaba sus pétalos con su pelusa gris. Esa mariposa tiene mucha caspa, -cuchicheaban entre si. Cuando ella se enteró dejó de hacerlo y se guareció en el viejo cedro.

Tiempo después, las flores se volvieron pálidas y una masacre de arrugas les llegó de improviso. Algunas en silencio padecían la vejez, otras sollozaban al verse ajadas y polvosas.

La mariposa fue hacia ellas y aún así tuvieron fuerza para decirle «llévate tu caspa a otra parte.» Pero una flor infante, le dijo: acomódate a mi lado y cuéntame de la vida,
pues mi aliento se escapa y no conozco el mundo.

Le habló de la montaña, del viento, de la alegría del pájaro y del viejo cedro donde lloraba.

-Sigue contándome, -musitó la niña flor…

Los días siguieron como los caballos que trotan en la pradera, como la gota que rueda por el fruto, llovía pelusa gris sobre la flor. Hasta que un día pidió que la peinara y la mariposa vio que la luz había llegado de nuevo a sus pétalos…
La flor sonrió:

”Quédate conmigo y abrígame. Me has quitado la pena, y me has obsequiado el deseo de mirar las puestas de sol, y escuchar el clarín»