sendero
Va la mujer.
Sobre el acantilado,
un hombre sueña.
La ola mil lo despierta.
El mar, con la sirena.

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sendero
Va la mujer.
Sobre el acantilado,
un hombre sueña.
La ola mil lo despierta.
El mar, con la sirena.

Sendero
—Por favor háblame despacio, que no se escuche.
—Es tan bonito decirte que me gustas toda.
—Que me hables quedo, ¿no has escuchado que las paredes oyen?
—Es que es tan grande mi amor que quisiera gritarlo.
—Ni se te ocurra.
—Esta noche saltaremos en el colchón hasta oír que la madera de la cama cruja.
—No. ¿estás loco?
—¿Te preocupas porque las paredes pueden escuchar?
— Asi es. Me pone de “nervios” que la gente se entere.
— Qué te preocupas, ya nadie nos conoce, la mayor parte, si no es que todos ya están muertos. Y las paredes de esta casa ya no oyen, se han hecho sordas. Despreocúpate y deja escapar tus gemidos, que es miel para mis sentidos.

Tomado de Fb



Gonzalo García, el hijo de Gabo, recibe a la LA NACIÓN en la casa de México donde conoció la noticia de la Academia Sueca y Rodolfo Terragno cuenta el proyecto que desvelaba entonces al colombiano: fundar un diario; hoy La Feria del Libro le rinde homenaje a 40 años del premio. Si deseas profundizar en […]
El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez. — Andando tras tu encuentro…
Sendero
Después de veinte años, me da la espalda y duerme a las tres caídas de cabeza. ¡Ay! queda la sensación de haber hecho el amor con un amigo de la infancia. Duermo insatisfecha deseando que mi sueño tenga las vivencias de las primeras veces. Por supuesto él está invitado. Un mirón añade la cereza en el pastel.

Sendero
Llaman a misa
doblando las campanas.
lluvia finita.


Fernando Mires|@FernandoMiresOI|Noviembre 1, 2020
Twitter: @FernandoMiresOl
He cometido un error. Había leído Manual para mujeres de la limpieza – uno de los libros principales de Lucia Berlin – algunos cuentos. Pero de manera esporádica, no continua. Excelentes todos, por cierto. Los había leído hasta ahora, como me gusta leer los libros de cuentos, en un rato disponible y ya. Luego puedes seguir haciendo otra cosa. Nadie te obliga a seguir el curso de una historia desde el comienzo hasta el final. Otro día puedes leer otro cuento. Frente a un libro de cuentos, pensaba yo, uno es más libre que ante una novela. Ese fue mi craso error.
Del error me di cuenta un día en que, disponiendo de más tiempo, leí tres cuentos seguidos de Lucia Berlin. Diablos, me dije, estos no son solo cuentos. Joder, esta es la historia de una vida contada en forma de cuentos. Puchas, son retazos del recuerdo, narrados de modo discontinuo, así como contamos la vida cuando vamos asociando libremente a través de las cosas que se presentan en el devenir. Pues, a diferencias de la historiografía, la que por lo general sigue un curso continuo, sucesivo y hasta cronológico, la vida cotidiana es regida por nociones de tiempos no secuenciales.
¿Y si la escritora, en lugar de poner nombres diferentes a cada uno de sus recuerdos (inventados o reales, da lo mismo) les hubiera puesto números romanos o árabes? ¿Sería una novela? La pregunta, después de pensarla un poco, la contesté de modo afirmativo. Sí, sería una novela, pero no una novela tradicional, sino una de nuestro tiempo. ¿Lo explico? Bueno.
Hasta hace algún tiempo la novela tradicional no se diferenciaba demasiado de un cuento largo al que los franceses llaman también nouvelle. Las novelas del siglo XlX y comienzos del XX (nótese en los más grandes, Flaubert, Zola, Dickens, Chejov, Turgenev, Dostoyevski, y tantos más) siguen un curso dictado por sucesos que transcurren en tiempos sucesivos.
Entre nosotros, esa saga que son sus Cien Años de Soledad, la escribió Márquez como una historia, algo así como Homero a la Iliada y la Odisea. Y quien sabe si en esa línea homérica reside su encanto. En fin, las novelas tradicionales eran, sin ser históricas, concebidas como imaginadas historias de personas, familias, y hasta países.
Las cosas comenzaron a cambiar cuando a Proust se le ocurrió escribir En busca del tiempo perdido. Su héroe Swann, por ejemplo, no asciende verticalmente en el tiempo sino que se detiene para retroceder en sus recuerdos y luego recuperar la ruta iniciada. Joyce fue aún más adelante: a través de su enmarañado Ulises, nos perdemos en el tiempo. Con esos dos autores la novela había comenzado a dar un vuelco: del simple relato de una historia continua llegó a transformarse en una relación de episodios intermitentes.
El cambio radical fue consumado por Faulkner quien convirtió al pasado en una prolongación del presente. O en un eterno retorno, para decirlo con Nietzsche y Borges (cuyos cuentos son, sin embargo, en su estructura, muy tradicionales). En nuestro idioma, seguidores de Faulkner fueron Vargas llosa – sobre todo en La Casa Verde – y Onetti, el muy grande pero no siempre muy recordado Onetti quien, según mi impresión, fue más faulkneriano que Faulkner. Y hoy las cosas han vuelto a cambiar.
Lentamente está naciendo un nuevo tipo de novela. A diferencias de las novelas del tiempo continuo y de las del tiempo discontinuo, han comenzado a emerger las que podríamos llamar, las novelas del tiempo disgregado.
El toque de alerta lo oí de Denis Scheck, el más conocido crítico literario alemán. Con estilo terminante, copiado en parte de su antecesor Marcel-Reich Ranicki, dijo sin asomar dudas: “los más grandes escritores de nuestro tiempo son el norteamericano David Forster Wallace y el chileno Roberto Bolaño”. Difícil estar de acuerdo si consideramos que los rankings literarios no son como los concursos de belleza, o si pensamos que cada escritor tiene lo suyo y, no por último, porque hay escritores que continúan escribiendo en un estilo muy tradicional sin dejar por eso de ser grandes escritores.
El tema, por lo tanto, no es quien es mejor que otro sino quien anuncia nuevas formas de narrar el mundo. Y sin duda, en ese sentido, Wallace y Bolaño – y hoy agrego a Lucia Berlin – narran de un modo distinto: ni en tiempo continuo, ni en tiempo circular, ni en tiempo alternado. sino en un tiempo al que podríamos llamar, fragmentado.
Esa fragmentación narrativa es lo que tienen en común un Wallace, un Bolaño y, ahora agrego, una Berlin, aparte claro está, de que los tres están muertos. En ellos los capítulos, o los cuentos, no son historias, son más bien partículas de historias.
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Voy a decirlo a modo de ejemplo: cuando tú preguntas a alguien de que trata la novela Los Miserables, te contarán de las desventuras de Jean Valjean, y si preguntas sobre Madame Bovary, de los amores infieles de la madama, o sobre Crimen y Castigo, de las tribulaciones del atormentado Raskolnikov.
Pero si preguntas de qué trata La Broma Infinita de Wallace o 2666 de Bolaño, te meterás en un atolladero. Pues, efectivamente, las de ellos son narraciones que tratan de muchas cosas pero a la vez de ninguna en especial. En modo taxativo: son narraciones sin argumentos. Lo mismo se puede decir de los cuentos de Berlin, quien, en las postrimerías del mundo industrial, avista las nuevas formas literarias que aparecerán en el llamado post-industrialismo.
Los cuentos de Lucia Berlin narran momentos sin desenlaces ni finales felices o infelices y sin siquiera mantenerse en una línea que corresponda a una historia relativamente ordenada. En el caso de Berlin, terminas de leer un cuento, y la vida continúa, hasta llegar a otro fragmento que ya es otro cuento. Y justamente eso es lo que convierte a su lectura en una práctica sumamente interesante.
Más aún, gracias a Berlin logramos darnos cuenta de que hay autores que no escriben para innovar sino porque no pueden hacerlo de otro modo pues la vida de ellos es como la de sus personajes. Vidas, podríamos decirlo así, compuestas de muchas vidas, sin una línea directriz o columna vertebral que vincule a cada fragmento con otro. En fin, sospechamos de qué se trata de una forma de vida hegemónica diferente a la que vivieron los grandes autores de la modernidad.
Fue el sociólogo Richard Sennett quien en su libro La Cultura del Nuevo Capitalismo nos dio a conocer de modo ilustrativo, casi literario, como la vida flexible de los humanos post-industriales, configurada en la era digital, difiere de la que llevaban nuestros antecesores de la era industrial. Las biografías lineales, según Sennett, han dejado de ser hegemónicas. Las oportunidades de espacio y tiempo que ofrece la economía y la cultura post-industrial han determinado por el contrario el aparecimiento de vidas multilineales, vidas que poco a poco han dejado de ser monográficas para transformarse en poligráficas.
Por eso Lucia Berlin, cuando narra episodios de su vida, o de otras vidas, apela al recurso poligráfico, trabando argumentos inconclusos entrelazados de acuerdo a coordenadas de tiempo y lugar que nunca terminan de articularse entre sí. ¿Por qué escribe así? La respuesta solo puede ser una: simplemente porque su vida fue así.
Lucia Berlin nació en Alaska en 1936, hija de un experto en minas, sus primeros años transcurrieron en asentamientos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941 su padre partió al frente y la familia – una madre, alcohólica y depresiva, y una hermana menor – fue a vivir en casa de un abuelo, un dentista brutal y pedófilo. Cuando regresó el padre de la guerra, la familia emigró a Santiago de Chile, donde Lucia llevó, según cuenta ella, una niñez y una adolescencia placentera, en excelentes colegios, pero a la vez muy superficial. Cabe agregar que desde los 10 años Lucia padecía de una dolorosa e incurable escoliosis por lo que debía llevar un corsé ortopédico de acero.
En 1955 Lucia inició sus estudios universitarios en Nuevo México, donde fue alumna del novelista Ramón J. Sender, el primero en descubrir su talento literario. Pronto se casó con un escultor y tuvo dos hijos. Después que su marido la abandonara, llevó una vida amorosa y sexual muy irregular. Hasta que en Alburquerque conoció al poeta Edward Dorn, muy decisivo en su formación literaria. Volvió a casarse, esta vez con el pianista Race Newton y después con su tercer marido del que lleva su apellido, Buddy Berlin, músico, excelente persona, pero muy adicto a las drogas. Con Newton, Lucia tuvo dos hijos más.
Lucia heredó de su madre la pasión alcohólica a la que detalla sin tapujos en diversos cuentos. Conoció el mundo intelectual de su tiempo, pero también los más bajos fondos que es posible imaginar. Entre 1971 y 1994 vivió en Berkeley. Trabajó como profesora de secundaria, telefonista, en centros hospitalarios, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería, a la par que escribía y bebía sin cesar. Solo al final de su vida alcanzó cierta estabilidad. Ganó la batalla en contra del alcoholismo, pero la perdió frente a un pulmón perforado por su escoliosis y el cáncer.
Edward Dorn la llevó a la Universidad de Colorado, como escritora residente y profesora de literatura. Allí ganó la amistad de muchos académicos y escritores y el cariño de sus alumnos quienes la destacaron como su mejor profesora. Murió en 2004 en Marina del Rey. ¿Una vida trágica? Aparentemente sí, pero una vida que ella cuenta – esto es lo asombroso – con luminosos destellos de alegría y, sobre todo, con un fino y envidiable humor. Nunca dejó de ser ella misma.
Para finalizar, aunque la frase parezca un absurdo, voy a “contar un cuento” de Lucia Berlin. Uno de los cuentos más breves que he leído en mi vida. Pero a la vez uno de los más conmovedores. Su título es “Mi Jockey”.
Trabajando Lucia en el servicio de urgencias donde se conocen “Hombres de verdad, héroes, bomberos y jockeys”, llegó un jinete, uno entre tantos de los que se les rompen huesos. “Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián”. La mayoría son mexicanos. Ese fue su primer jockey, Muñoz se llamaba y “estaba tendido allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura”. Costó un mundo desvestirle. Muñoz comenzó a llamar a su madre. “No solo me agarró de la mano. Como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mis cabellos, sollozando “mamasita, mamasita”. Lucia entonces lo acunó como a un bebé. “Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. ¿Un hombre en mi regazo? ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?”
Clavícula fracturada, tres costillas rotas, conmoción cerebral: fue el diagnóstico. Lo llevan a rayos X. No podía ser llevado en camilla y por eso “lo llevé en brazos, estilo King Kong (.) sus lágrimas me mojaron el pecho” (…..) “Lo tranquilicé igual que habría hecho él con un caballo “Cálmate lindo, cálmate”. “Se aquietó en mis brazos” (…..) “Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso”
¿Por qué “cuento este cuento”? Porque así era Lucia Berlin. Porque ella era literatura pura. Porque así es la vida, trágica y cómica a la vez. Y porque ese cuento, como otros, está escrito con todo el amor del mundo.
sendero
Entre el maizal
la luz se rompe en rojos.
Los cuervos pelean.

(…) Eloise se despertó a las seis, como de costumbre. Abrió los postigos, vio el cielo pasar de un tono plateado lechoso a gris lavanda. Las hojas de las palmeras se deslizaban con la brisa como los naipes de una baraja. Se puso el bañador y su nuevo vestido rosa. No había nadie levantado, ni siquiera en la cocina. Los pollos cacareaban y los zopilotes aleteaban alrededor de la basura.
Cuatro cerdos. Al fondo del jardín dormían los mozos y los jardineros indios, destapados, encogidos en las losas de barro.
Eloise siguió el sendero de la selva, lejos de la playa. Silencio oscuro cargado de humedad. Orquídeas. Una bandada de cotorras verdes. Una iguana se arqueó sobre una roca, esperando a que pasara. Las ramas le azotaban el calor pegajoso en la cara.
Había salido el sol mientras remontaba la ladera, y luego bajó hasta una loma sobre una playa de arena blanca. Desde allí contempló las aguas serenas de la cala de Las Gatas. Bajo el agua había una barrera de piedra construida por los tarascos para proteger la cala de los tiburones. Un cardumen de sardinas se arremolinó en las aguas límpidas y desapareció como un tornado mar adentro. Las palapas formaban pequeños núcleos a lo largo de la orilla. Del más alejado salía una columna de humo, pero no se veía a nadie en la playa. Un cartel decía ESCUELA DE BUCEO BERNARDO.
Dejó caer el vestido y el cesto en la arena, nadó con brazadas seguras hasta alejarse de la barrera de piedras. Luego de espaldas, nadando y flotando. Pataleó, sin poder contener la risa, y al final se dejó mecer por las olas y el silencio junto a la orilla, con los ojos abiertos al radiante azul del cielo.
Pasó de largo la escuela de buceo y se encaminó hacia donde salía el humo. Una estancia diáfana con techo de paja y suelo de arena rastrillada. Una mesa grande de madera, bancos. Al fondo había una larga hilera de alcobas separadas por tabiques de bambú, cada una con una hamaca y una mosquitera. En la rudimentaria cocina una chiquilla lavaba platos en la pila; una mujer mayor avivaba el fuego. Las gallinas correteaban alrededor, picoteando la arena.
—Buenos días —dijo Eloise—. ¿Esto siempre está así de tranquilo?
—Los buzos han salido. ¿Quiere desayunar?
—Por favor —Eloise tendió la mano—. Me llamo Eloise Gore.
La mujer asintió, sin más.
—Siéntese.
Eloise comió frijoles, pescado, tortillas de maíz, escrutando las montañas brumosas al otro lado del agua. El hotel se le antojó un bloque ordinario y desangelado, torcido en medio de la ladera. Las buganvillas se derramaban por sus paredes como los mantos de una mujer borracha.
—¿Podría alojarme aquí? —le preguntó a la mujer.
—No somos un hotel. Aquí viven los pescadores —pero cuando volvió con café caliente, dijo—: Hay una habitación libre. Los extranjeros que vienen a bucear a veces se quedan ahí.
Era una choza sin paredes al otro lado del claro. Una cama y una mesa con una vela encima. Un colchón enmohecido, sábanas limpias, una mosquitera.
—No hay escorpiones —dijo la mujer. Le pidió un precio irrisorio por la habitación y la comida. Desayuno, y el almuerzo a las cuatro, cuando regresaban los buzos.
Hacía calor mientras Eloise volvía por la selva, pero sin darse cuenta brincaba como una niña, hablando con Mel dentro de su cabeza. Trató de recordar la última vez que había experimentado una alegría parecida. Una vez, poco después de que él muriera, había visto a los hermanos Marx por televisión. Una noche en la ópera. La tuvo que apagar, no soportaba reírse sola.
Al director del hotel le hizo gracia que se fuera a Las Gatas. «Muy típico», dijo. Color local: un eufemismo de primitivo o de sucio. Se encargó de buscarle una canoa para que esa tarde la llevaran con sus cosas al otro lado de la bahía.
Al acercarse a su pacífica playa se le encogió el corazón. Había una gran barca de madera, La Ida, anclada delante de la palapa. Canoas multicolores y lanchas motorizadas se deslizaban hacia el embarcadero y salían hacia el pueblo. Trajinaban cajas de pescado, anguilas, pulpos, bolsas cargadas de almejas. Una docena de hombres descargaban en la orilla tanques de aire comprimido y reguladores de la barca, entre risas y gritos. Un muchacho ató una enorme tortuga verde al cabo del ancla.
Eloise dejó sus cosas en la alcoba; quería echarse, pero no había intimidad de ningún tipo. Desde su cama veía el interior de la cocina, más allá los buzos sentados a la mesa, y el mar turquesa de fondo.
—Hora de comer —la llamó la mujer. Ella y la chiquilla estaban llevando platos a la mesa.
—¿Quiere que la ayude? —preguntó Eloise.
—Siéntese.
Eloise titubeó al llegar a la mesa.
Uno de los hombres se levantó y le estrechó la mano. Achaparrado, recio, como una estatua olmeca. Era muy moreno, tenía unos párpados gruesos y una boca sensual.
—Soy César. El maestro.
*Agradecemos a Jeff Berlin por su autorización para reproducir fotos de Lucia y este fragmento del cuento Toda luna, todo año, incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza.


“La otra muralla china”Cuando caminaba por el borde y por poner atención a la cuchara de plata que se veía en el horizonte, se resbaló. Su cuerpo sintió la fría porcelana mientras caía, aunque afortunadamente no se golpeó muy duro. Un tanto adolorido aún, se incorporó en el fondo de la taza. Miró hacia arriba […]
ENTRESUEÑOS/REALIDADES: ¿LO ONÍRICO O LA REALIDAD? — Lapizázulix la galaxia del cuento