Minipoesía por Rubén García García

Sendero

Se han doblado

Las ramas del naranjo.

En el frescor de la tarde

el perro ronca.

Mi ángel de la guarda por Rubén García García

Sendero

Mi ángel de la guarda trabajó bien hasta mi niñez. En mi adolescencia fue peor que mi madre, siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra. Yo no sabía por qué lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.

—¿Te pasa algo? —preguntó mi ángel cuando escuchó que suspiraba.

—Nada, es por lo frío del agua. 

Abrí la llave del agua caliente. Y… ¡Sorpresa!, en medio del vapor apareció un fauno, de esos que corretean a las ninfas, y yo no tenía para dónde correr…

—¿Te pasa algo? —me preguntó al escuchar mis gemidos.

— Nada, nada… —le dije con voz entrecortada—. Es que el agua ahora está muy caliente.

Viejos conocidos por Rubén García García

Sendero

El ayer lejano.

Duele porque ya no estoy.

En alguna parte del crepúsculo,

tus manos acariciando mi cara,

el eco de tu sofoco

el rocío de tu frente

el murmullo de un río que corre tras de ti.

Los labios gritando hacia dentro; el silencio cómplice.

Hoy nos encontramos en el cinema,

tú fingiendo una plática con tu pareja,

yo, simulando no verte.

solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.

Bajo el volcán por Rubén García García

Sendero

Llegamos a vivir cerca del volcán. En las noches de frío intenso te hacías bolita, tu cabeza se recostaba en mis brazos y tus pies se calentaban entre los míos. Próximos a dormir, mi pierna derecha cubría la redondez de tu muslo, dejando escapar su olor a canela.

Ayer dijiste que te robé la frazada y que el frío te despertó. Me reclamaste con enojo, y en tus ojos vi una luz diferente con sabor a quina. Desde entonces, cada uno comenzó a cubrirse. Con su propia cobija.

No puedes conciliar el sueño. Tu cuerpo no responde al acomodo. Yo me cubro hasta la cabeza. Hay una oscuridad que envuelve, fría como la menta. Afuera se oye el chiflido que hace crujir las vigas y azota el manzano.

El nevado, siempre solo, silencioso. Mañana llegan tus padres y sonreiremos.

Vientos huracanados ´por Rubén García GGarcía

Sendero

Por ordenes de la patrona el gato Tato fue deshuevado. Antes de tal acontecimiento era raro verlo dentro de casa, y si estaba se confundía con los peluches armando la siesta. Cambió su quehacer, si antes era un cazador, ahora mutó a un gato de hogar, dispuesto a aceptar las caricias del ama de la casa. Solo la rutina de la noche la mantuvo: brincar hacia la barda, subirse a la azotea y confundirse con la enredadera de la copa de oro. Esa noche, lejos se escuchaban las bandas de viento del huracán Grace y no lo dejé salir, sin embargo, el maullido insistente y lastimero me colmó y le abrí la puerta. Al cerrarla sentí la vibración y ese algo que acecha y perturba. Se fue la luz. Me retiraba al dormitorio con un cabo de vela, pero escuché un gemido lastimero y golpes en la puerta. La abrí: era el Tato perseguido por el griterío de los vientos. Entró como chiflido a esconderse entre los peluches “ no que muy cabrón, le dije.

La lotería por Rubén García García

Sendero

Por la tarde tañen las campanas del pueblo. Hoy, el sonido es diferente. Habrá una misa de cuerpo presente. Murió Gervasio. Compañero de todos.

Un abuelo se abre paso en la iglesia. Se acerca al féretro y dice: «Me fallaste».

Después del sepelio se reúne el club de la tercera edad. Se miran, murmuran, tosen por el olor a tabaco. En el cuaderno tachan el nombre del finado y el afortunado obtiene una respetable ganancia. En la calle se escucha el jadeo de los vendedores del tianguis. En el local de la tercera edad ya se ofertan los números de la próxima lotería.

MI madre por Rubén García García

Sendero

Casi de noche hablé a mi madre.

Sabía de antemano que su hijo bien amado no le habló por teléfono sabiendo que hoy se le festejaba.

No valían excusas, ni el parto atendido en un rancho lejano. Era mejor pedirle perdón y cubriendo la distancia fui a verla y se hizo la seria. Yo la abrace y cuando sentí el jalón de orejas, me dije que el perdón no tardaría.

Hoy cumpliría noventa y nueve años y solo le pediría que me diera los jalones de orejas que ella quisiera.

El abuelo por Rubén García García

Sendero

Sobre mis piernas,

con tu luz rosa.

Dormida en mi pecho,

satisfecha de mis nanas inventadas.

¿En qué realidad vivirás?

Si veo tu sonrisa de girasol,

cuando vuelas entre la lluvia de azules tibios.

¿Recordaras en algún instante el abrazo de mi voz?

¿Será Pedro infante?

Si no lo es, canta casi como Pedro

Éste sí es Pedro Infante

Cómo olvidarlo, su voz acariciaba la palabra

Poesía japonesa por Rubén García García

Sendero

Ayer no;
hoy quizá.
El sinsonte
canta cuando quiere.

El beso por Rubén García García

Sendero

Tengo un beso en mi sueño que alado retozó en tu vientre; una noche regresó cabizbajo, cojo, y en silencio, se suicidó en mi memoria.

Insoportable por Rubén García García

Sendero

La vio desnuda. Sus pechos erguidos, una luna rosada alrededor de cada pezón, y su pubis apenas un botón oscuro entre sus largas y fuertes piernas. Lo único que desarmonizaba era su cara: trazos rudos, labios delgados, boca amplia y cicatrices de un acné mal tratado.

Respiró hondo mientras sus dedos rozaban el mango de la sierra. El zumbido llenó la habitación cuando la encendió. No podía soportar más su rostro.

Vincent Van gogh

Como gotas de agua por Rubén García García

Sendero

Ella se adelantó. Ambos sabíamos a qué íbamos. Detrás, veía su caminar, los madroños de su cuerpo, el agua de ella que parecía bailar un danzón. Coincidimos en el tiempo en el espació y en el deseo. Dejamosel olor a yodo, el cotilleo de las secretarias y respiramos el ronroneo y el paisaje de la bunganvillas entreveradas en la carretera.
«Cuantas noches imaginé que estábamos así, y ahora siento que es un sueño. Mi gemela me decía: “crees que no me he dado cuenta que se te va la mirada cuando miras al primo, ¡deja de fantasear!».
Dejamos de besarnos, no por hastío, sino por dolor. No hubo segunda vez.
En una ocasión conviví con ellas, eran idénticas, al verlas no me atreví a investigar con quién
estuve y preferí defender el recuerdo de su lunar escondido.