Poema por Rubén García García

Sendero

En la tarde fría

se van los pájaros;

también

el tren se ha marchado.

El silencio

se hace espeso

cuando en alguna parte

un grillo canta.

La ventana vacía

extraña el pincel de tus manos…

también a tu mirada

que se perdía en la espesura.

El viento mece el rosal sin flores.

Cuatro poemas de Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024

Sendero

Fuente: https://www.poetica2puntocero.com/cuatro-poemas-de-han-kang-premio-nobel-de-literatura-2024/

La escritora surcoreana Han Kang, de 53 años, ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2024 por su «prosa intensamente poética que afronta traumas históricos y revela la fragilidad de la vida humana», en palabras del jurado. Entre sus libros publicados en español destacan las novelas ‘La vegetariana’ —con la que logró fama internacional—, ‘La clase de griego’ y ‘Actos humanos’.

Kang comenzó su carrera literaria en 1993 con la publicación de cinco poemas en la revista ‘Literature and Society’. Dos décadas después recopilaría parte de su obra poética en el poemario ‘Dejo el atardecer en el cajón’, inédito en español. Os ofrecemos aquí cuatro de sus poemas.

Mark Rothko y yo — Muerte en febrero

Sin nada que declarar por adelantado,
no existe relación alguna entre Mark Rothko y yo.

Él nació el 25 de septiembre de 1903,
murió el 25 de febrero de 1970.
Yo nací el 27 de noviembre de 1970
y sigo viva.
Es sólo que
a veces pienso en el espacio de nueve meses
que separa mi nacimiento de su muerte.

Sólo unos pocos días
después de aquella mañana temprano en que se cortó las venas
en la cocina aneja a su estudio,
mis padres unieron sus cuerpos
y poco después una mota de vida
se debió quedar alojada en el tibio útero.
Mientras en el invierno tardío de Nueva York
su cuerpo aún no se habría descompuesto.

Eso no es algo maravilloso,
es algo solitario.

Me debí quedar alojada como una mota
cuyo corazón aún no había empezado a latir,
sin saber nada del lenguaje,
sin saber nada de la luz,
sin saber nada de las lágrimas,
dentro de un útero rosado.

Entre la vida y la muerte,
febrero como una brecha
que perdura,
perdura y finalmente sana.

En la tierra a medio derretir, todavía más fría,
su mano aún no se habría descompuesto.

(Traducción de Ángel Salguero a partir de la versión en inglés de Brother Anthony y Eun-Gwi Chung)

Negra casa de luz

Aquel día en Ui-dong
caía el aguanieve
y mi cuerpo, compañero de mi alma,
temblaba con cada lágrima derramada.

Sigue tu camino.

¿Dudas?
¿Qué sueñas, flotando así?

Casas de dos pisos encendidas como flores,
a su abrigo aprendí la agonía
y hacia una tierra de alegría aún inexplorada
extendí la mano como una tonta.

Sigue tu camino.

¿Qué sueñas? Sigue caminando.

Hacia recuerdos que se formaban sobre una farola, caminé.
Allí miré hacia arriba y dentro de la pantalla de luz
había una casa negra. Una negra
casa de luz.

El cielo estaba oscuro y en aquella oscuridad
aves residentes
volaron librándose del peso de sus cuerpos.
¿Cuántas veces habría de morir para volar así?
Nadie podría sostener mi mano.

¿Qué sueño es tan hermoso?
¿Qué recuerdo
brilla con tal fulgor?

El aguanieve, como las yemas de los dedos de mi madre,
recorre mis cejas despeinadas
golpea mejillas heladas y de nuevo
acaricia ese mismo lugar.

Date prisa y sigue tu camino.

El invierno a través de un espejo

1.

Mira la pupila de una llama.
Azulado
ojo
con forma de corazón
lo más caliente y brillante
aquello que la rodea
la llama interior naranja
lo que más parpadea
lo que rodea de nuevo
la llama externa semitransparente
mañana por la mañana, la mañana
que parto a la ciudad más alejada
esta mañana
el ojo azulado de una llama
mira más allá de mis ojos.

2.

Ahora mi ciudad es mañana de primavera, si traspasas el centro de la tierra, taladras recto hasta el centro sin vacilar, aquella ciudad aparece, la diferencia horaria allí exactamente doce horas menos, la estación exactamente medio año atrás, de modo que aquella ciudad es ahora una tarde de otoño, como si siguiera en silencio a alguien aquella ciudad sigue tras la mía, para cruzar la noche para cruzar el invierno espero en silencio, mientras mi ciudad deja atrás a aquella como alguien que te adelantara en silencio

3.

Dentro del espejo espera el invierno
Un lugar frío
Un lugar totalmente frío
tan frío
que los objetos no pueden temblar
tu cara (congelada una vez)
no puede hacerse añicos
No extiendo mi mano
tú tampoco
quieres extender tu mano
Un lugar frío
Un lugar que se mantiene frío
tan frío
que las pupilas no pueden vacilar
los párpados
no saben cómo cerrarse (juntos)
Dentro del espejo
espera el invierno y
dentro del espejo
no puedo evitar tus ojos y
tú no quieres extender la mano

4.

Dijeron que volaríamos durante todo un día.
Dobla bien veinticuatro horas métetelas en la boca y
entra en el espejo dijeron.
Cuando haya deshecho la maleta en una habitación de esa ciudad
debería aprovechar para lavarme la cara.
Si el sufrimiento de esta ciudad en silencio se me apodera
me quedaré rezagada en silencio y
cuando no estés mirándolo me apoyaré
un momento en la espalda escarchada del espejo
y canturrearé despreocupada.
Hasta que, habiendo doblado bien veinticuatro horas
y habiéndolas escupido empujadas por tu lengua caliente,
vuelvas y me observes

5.

Mis ojos son dos cabos de vela que gotean cera mientras agotan la mecha, no es abrasador ni doloroso, dicen que el temblor del núcleo de la llama azulada es el advenimiento de las almas, las almas se sientan en mis ojos y tiemblan, canturrean, la llama externa que se balancea en la distancia oscila para llegar más lejos, mañana partes hacia la ciudad más lejana, aquí estoy yo ardiendo, ahora pones las manos en la tumba del vacío y esperas, la memoria te muerde los dedos como una serpiente, no te abrasas ni te duele, tu inquebrantable rostro no se quema ni se hace añicos.

(A partir de una traducción de Eva Gallud basada en las versiones inglesas de Sophie Bowman)

Baile en silla de ruedas

Las lágrimas
se han convertido ya en costumbre,
Pero eso
no me ha devorado.

Las pesadillas también
se han convertido ya en costumbre.
Ni siquiera una noche de insomnio que incendie
todos los vasos sanguíneos de mi cuerpo
puede tragarme por completo.

Mira. Estoy bailando.
En una silla de ruedas en llamas
sacudo los hombros.
Oh, intensamente.
No tengo magia,
ni métodos secretos.
Es sólo que no hay nada
que pueda destruirme por completo.

Ni un infierno,
ni una maldición
o tumba,
tampoco ese sucio y helado
granizo ni el pedrisco
como hojas de cuchillo
pueden aplastarme.

Mira,
estoy cantando.
Oh, silla de ruedas
que escupes intensamente llamas,
baila silla de ruedas.

(Traducción de Ángel Salguero a partir de la versión en inglés de Brother Anthony y Eun-Gwi Chung)

El insomnio por Rubén García García

Sendero

Salió al jardín y contempló la claridad pálida filtrándose entre los árboles. Respiró el aire frío, que le penetró hasta los huesos. Eran las seis de la mañana y ya era el tercer día sin dormir. Había probado todo, desde infusiones de hierbas hasta grageas homeopáticas, pero el sueño seguía esquivándolo. Cada vez que los bostezos se acumulaban y se tiraba a la cama, el sueño se desvanecía como un espejismo cruel.

En un arranque de desesperación, sacó del cajón una pistola que parecía de juguete. La frialdad del metal en su mano ansiosa lo hizo dudar por un segundo. Cerró los ojos y apretó el gatillo. El clic fue lo último que escuchó.

Cuando abrió los ojos, pudo observarse, viendo a través del cristal del ataúd. Una araña se columpiaba en la viga del techo, la misma que había visto antier haciendo lo mismo. Antes de fugarse, escuchó la monotonía del rezo, y el aroma del café.

Diente de león por Rubén García García

Sendero

Mi Shing, general de la dinastía Tang, hacía volar dientes de león para intimidar a los pueblos que se negaban a contribuir a la riqueza del imperio. Sabían entonces que el ataque del dragón chino era inminente si, al caer las últimas esferas, no habían reunido el oro en semillas y especies.

Huir era inútil…

El recado por Rubén García García

Sendero

La alborada trae consigo el aroma de rosas y la humedad de las hojas. Extiendo los brazos y dejo que el aire fresco llene mis pulmones. Tras varios intentos, logré abrir la puerta del departamento. Desperté con una resaca cuando el mediodía ya había pasado. Encontré un recado en la mesa: «En la cocina hay un caldo de pollo con hierbabuena, y en la nevera, tres cervezas. El baño está listo. Fui con mi madre. Cuando regrese, hablaremos de lo que dijiste mientras dormías».

El regalo y sus circunstancias por Rubén García García

Sendero

Todos los días, mi padre viene por mí. Hoy salí temprano, y en vez de esperarlo, fui a su negocio. Lo vi deslizar su mano por el talle de la empleada. Se dio cuenta de que lo vi.Ahora, en mi cuarto, no puedo dejar de pensar. ¿Le digo a mi madre? Me repito que deben ser figuras mías, que quizás estoy malinterpretando. ¿Y si se separan? Siempre ha sido su princesita. No sé cómo sería mi vida sin su cariño. Mi padre me procura, me da lo que necesito, me lleva de vacaciones. Tampoco me imagino tener un padrastro.«Su mejor amiga debe ser su madre», dice mi maestra. «Tienen que contarle todo». Es cercano, nadie me quiere más que ella. Pero, ¿contarle lo que vi?

—No se lo merece —exclamó mi madre—. Sus calificaciones dejan mucho que desear.

—Es para que se aplique más —dijo mi padre, dándome la caja con el móvil que tanto había pedido.

—¿Te ha gustado tu regalo? —me pregunta días después.

—No tanto —le respondí, devolviéndoselo—. No es el que te pedí.

La princesa por Rubén García García

Sendero

El sapo que besé se convirtió en príncipe. Por la noche, se duerme y croa satisfecho. Mi madre lo odia, mi padre no me habla. Me siento agradecida, en todos los sentidos… y también de que no haya moscas en mi sopa. ¡Qué lengua tan precisa y matemática tiene, oh, mi Dios!

Minipoesía por Rubén García García

Sendero

Se han doblado

Las ramas del naranjo.

En el frescor de la tarde

el perro ronca.

Mi ángel de la guarda por Rubén García García

Sendero

Mi ángel de la guarda trabajó bien hasta mi niñez. En mi adolescencia fue peor que mi madre, siempre detrás como perro faldero. Me dejaba sola cuando me bañaba, pero estaba pendiente a un costado de la puerta. De púber me gustaba encaramarme a los árboles y deslizarme presionando mi pubis sobre la superficie rugosa y me reprendía, que si era yo marimacho, que eso no estaba bien para una señorita decente. Nunca vio mi cara de placer al tocar tierra. Yo no sabía por qué lo disfrutaba, pero lo disfrutaba. Ahora lo sé, pero es insuficiente.

—¿Te pasa algo? —preguntó mi ángel cuando escuchó que suspiraba.

—Nada, es por lo frío del agua. 

Abrí la llave del agua caliente. Y… ¡Sorpresa!, en medio del vapor apareció un fauno, de esos que corretean a las ninfas, y yo no tenía para dónde correr…

—¿Te pasa algo? —me preguntó al escuchar mis gemidos.

— Nada, nada… —le dije con voz entrecortada—. Es que el agua ahora está muy caliente.

Viejos conocidos por Rubén García García

Sendero

El ayer lejano.

Duele porque ya no estoy.

En alguna parte del crepúsculo,

tus manos acariciando mi cara,

el eco de tu sofoco

el rocío de tu frente

el murmullo de un río que corre tras de ti.

Los labios gritando hacia dentro; el silencio cómplice.

Hoy nos encontramos en el cinema,

tú fingiendo una plática con tu pareja,

yo, simulando no verte.

solo los aromas se mezclaron, viejos conocidos.

Bajo el volcán por Rubén García García

Sendero

Llegamos a vivir cerca del volcán. En las noches de frío intenso te hacías bolita, tu cabeza se recostaba en mis brazos y tus pies se calentaban entre los míos. Próximos a dormir, mi pierna derecha cubría la redondez de tu muslo, dejando escapar su olor a canela.

Ayer dijiste que te robé la frazada y que el frío te despertó. Me reclamaste con enojo, y en tus ojos vi una luz diferente con sabor a quina. Desde entonces, cada uno comenzó a cubrirse. Con su propia cobija.

No puedes conciliar el sueño. Tu cuerpo no responde al acomodo. Yo me cubro hasta la cabeza. Hay una oscuridad que envuelve, fría como la menta. Afuera se oye el chiflido que hace crujir las vigas y azota el manzano.

El nevado, siempre solo, silencioso. Mañana llegan tus padres y sonreiremos.