A las doce del día los pasillos del mercado se atestaban de gente. De las rancherías aledañas al pueblo llegaban para vender y otros a comprar. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero por los botines de piel, espuelas, o porta navajas. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta. Su esposa traía una fina yegua y tras de ellos un séquito de vaqueros. Se instalaban en la casa del presidente municipal donde lo esperaban cerveza en mano los principales del pueblo.
El club de los tragones buscaba los tamales de frijol, calabaza o de carne con chile. Una parte se situaban alrededor de la paila del carnicero esperando los chicharrones a medio cocer, o los que crepitaban en la boca. Yo salivaba por unos envueltos en la hoja del maíz, dentro estaban los sesos aderezados con fino chile verde, epazote y finas especies que la esposa del carnicero sabía y era un secreto que había pasado de generación en generación.
A un lado salían esponjosas las tortillas de maíz y una salsa verde de chile pateado con ajo. Olvidaba el atole de capulín o bien la horchata aderezada con canela. Tres vueltas alrededor del parque y regresaba a esperar alguna urgencia.
Lleva la pelota de ropa ajena que ha lavado en el río. No tarda la noche y sabe que hay que rebuscar en la cocina algunas tortillas que, untadas con frijol y chile, servirán para calmarle el hambre a su marido. Hay un huevito que reparte entre sus dos hijos, ella con un café negro y galletas se conforma. Tiene que ordenar la ropa, planchar el uniforme de los niños, limpiar los zapatos y calcetas que remendar. Antes de acostarse va a verlos, y los besa. Trastea, hace tiempo en la cocina, y confía que el compañero esté en el sueño. Solo desea dormir, y dormir como si nunca hubiese dormido.
Yo sé que soy una mujer. Me sucedió meses atrás y lo acepto como parte de mi vida. Nadie sabe nada. Vivo con mis padres y recién terminé la instrucción secundaria. Mi madre prepara maletas. Es un viaje inesperado hacia una ciudad donde una tia abuela pide verla. Quieren mis padres que vaya con ellos, les dije que tenía examen de inglés y que tengo que estudiar. Es una mentira más, la realidad es que deseo estar sola.
La casa está en un barrio tranquilo. Es una construcción antigua, con un patio lleno de frutales y al fondo un departamento por si llegasen visitas. Por la noche se ilumina y se prenden las alarmas. Para acompañarme escucho a los Beatles en mi dormitorio. Al abrir el clóset para acomodar mi ropa interior miro hacia el rincón donde puse la bolsa de mezclilla, la misma que llevé cuando él me abordó. Iba temprano a casa de una compañera y darle una sorpresa. Un día antes, él me pidió informes para dar con un domicilio, se los di. «es que no di con la dirección». Se veía urgido y acepté llevarlo. Sería repetir lo que escribí y que guardo en un archivo secreto; ese día me hice mujer. Antes de despedirnos, en la minucia de un papel, copié apresuradamente el telefono.
Me prometí olvidar el suceso y escondí la bolsa. Y hoy la tengo en mis manos. ¿Qué habré sido para él? Desde que pasó, hasta ahora, me lo pregunto y me perturba. Le hablo y me contesta. Casi en monosílabos acordamos.
Nos veremos temprano en el sitio donde nos conocimos. Él trabaja en una ciudad cercana y durante dos meses tengo un desasosiego que me rebasa. Eché a la basura principios, la promesa de no mentir. Por fortuna la menstruación llegó normal. Por las noches pensaba y pensaba y concluía que era mejor cortar de tajo y olvidar. Horas después volvía a pensar en el hombre, en la habilidad que tuvo para que yo aceptase, o quizá él no fue tan hábil y yo si fui permisiva. De inmediato borré la llamada. «una se vuelve precavida cuando la manera de ser deja que desear».
Sería la segunda vez que me encontrase en el mismo parque, con la misma persona. » no es una persona, le nombraste el desconocido, pero es tu hombre, quien te…» La mañana es fresca. Voy hacia la plaza. Vestida con una falda de mezclilla, blusa blanca y la misma bolsa de hace dos meses. Casi por llegar, un carro que reconozco se empareja y abordo. Me contengo y le doy un beso en la mejilla y un hola que desea ser indiferente. Él me acaricia la mano y la mantiene, Eso me complace. Los dos en silencio y hacia la carretera que lleva al mar. «Te invito un helado de chocolate» Me sonreí, fue la frase con la que se inició la relación «Sí, pero que sea de vainilla» Los dos nos sonreímos y se aligeró mi tribulación. Volvió a tomarme de la mano, sentí su calor, su apretón delicado y tierno. Así manejó con una mano hasta que llegamos a la desviación para llegar a una quinta de cabañas con su propio garaje.
Desayunamos. Estábamos con el rumor del mar y salimos a caminar. Abrazados en silencio sentí sus besos dulces que me hablaban de un cariño. Me dieron a entender que había seguido pensando en mí. Besos que poco a poco fueron transformándose en apasionados. No lo rechacé, por el contrario, me sumé a su deseo. Hace dos meses también estuvimos en la playa, solo que en vez de caminar, corríamos. En la soledad se oye el rumor de las olas, el grito de las gaviotas y a lo lejos el silbato de un barco. Me dice: “han pasado dos meses desde la última vez que nos vimos. En estos sesenta días mis emociones y pensamientos han estado alrededor de ti. Ninguna duda tuve de la pasión que sentí. De la que siento, pero eso se pasa y luego me llené de prrguntas. ¿Te causé daño? ¿Qué tanto? ¿se habrán enterado tus padres? ¿ bajó tu regla? Cada quince días he venido a estacionarme en el parque con el propósito de verte y hablar contigo. Cuando escuché tu llamada fue una bendición. Ahora, frente al mar háblame con franqueza y si hay algún problema, lo resolvemos, y esto incluye todo y todo es todo” Me dio un acceso de risa y estuve a punto de llorar. Solo le dije “atrápame” y como la vez primera dejó que corriese un trecho y ya para alcanzarme me tiré sobre la arena, él me siguió y entre carcajadas nos abrazamos. Su beso amigo, amante, apasionado. Sentí su entrega y le di la mía. Te quiero, me dice. Yo tambien, le digo y volvimos a besarnos. Es ilógico pero desconozco muchas cosas de él, solo sé que trabaja en una fundación ecológica. Hoy estamos juntos y me siento feliz a su lado.
Muchas veces se ha escrito que la literatura no es el medio idóneo para tener una vida sin penurias. No insistiremos. Los maestros esotéricos aconsejan que apliques tu ojo a las pequeñas cosas de la vida, si deseas armonía, una cajita de cedro que resguarde el ópalo y el cuarzo es excelente para sostener una buena salud. En días de incertidumbre proponen que no abandones la cueva; solo si es estrictamente necesario. Sugieren que estés pendiente a lo que dice el oído. Si al descansar por las noches escuchas latidos saltones, huracanes sibilantes o pompas que se rompen en tu pecho será necesario que llames al médico y a una excelente modista para tener a la mano un buen traje que te haga ver elegante y no ser un pobre muerto que sea el hazme reír en tu velorio.
Para los nacidos en capricornio se les advierte que la literatura es un espejismo. Los oasis son ilusión. Algunos, que son los menos, toman su reserva de agua y se adentran. Se topan con caravanas y eso les da ánimos para seguir en la búsqueda. Sucede, hay que consignarlo, que si miran a un niño vestido de príncipe platicando con un señor que repara una avioneta se dicen “estoy en el camino”. Entusiasmado sigue, sigue y sigue, hasta que se hace punto. Solo uno que otro se transformará en cocuyo, que en la oscuridad dará un chisguete intermitente de verde luz.
Hay lluvias que empapan y transforman los caminos en lodazales. Es el invierno de la sierra donde los días se atascan. Mi auxiliar salió pródiga para atender con paciencia a los enfermos. Nada raro que fuese amiguera, ya que el consultorio era paso obligado para llegar a la iglesia.
Juana vendía tamales que traía desde su comunidad y llegaba salpicada de lodo. Frente a la puerta de mi consultorio me pedía permiso para cambiarse. Cuando salía me percataba de que se había lavado con esmero pies y piernas, la cara polveada con retoque labial, su cabello peinado y de algún lugar oculto, sacaba un par de sandalias limpias.
Juana solo hablaba el totonaco y se ponía a platicar con mi auxiliar. ¿qué se dirían? no lo sé, pero le dije: “se me hace que Juana anda de novia” y ellas volvían a entablar la platica y se soltaban algunas sonrisitas maliciosas. A Juana se le formaba dos hoyuelos a uno y otro lado de la boca y sus ojos negros miraban hacia abajo dejando ver sus pestañas rizadas.
Cuando se iba, le preguntaba a mi auxiliar que es lo que habían platicado. Desviaba la plática y sin mirarme, sonreía. “ le dejó dos tamales para que almorzara”
Un día supe de que hablaban y sí, Juana era de armas tomar.
El varón le dijo con su voz gruesa recién estrenada.
Mamá ya me fastidiaron las gordas. (una tortilla de maíz gruesa)
¡Tan sabrosas que son! Calientitas, con manteca, salsa de tomate con chile verde, mmm, dijeron sus hermanas.
Todos terminaron de comer en silencio.
Los días siguientes tuvo gordas en la mañana, en la tarde y en la noche. Tres días después, comiéndose su gorda, le dijo: “mamá que sabrosas están las gordas” “qué bueno que a mi hijo ya le gustan”
El tigre todas las noches visita la cueva que está a la mitad de la montaña. Sigiloso olfatea y escoge a su presa. Un grito y un cuerpo que es arrastrado es lo que se escucha, luego el silencio y el resto vuelven a dormir. Mañana sabran quien fue el alimento de la bestia. Suk, es el jefe de la tribu. «a este paso no quedará nada de nosotros».
En el pequeño valle se disputan el alimento con otras especies. Cada día tienen menos fuerza y más hambre. En el recoveco sacrificaron una cría porcina. Obligó a todas las mujeres a comerlo. Primero crudo y luego sabrían que lengüeteado por el fuego la carne se hacía dócil y mejoraba el sabor.
Meses después había una mejor luz en los recién nacidos y en las madres leche espesa y abundante. Se hicieron activos y al tiempo pelearían por la fuente de agua que tenía otra tribu, Un día descubrieron el poder del ingenio.
Esa noche, como todas las noches, el tigre va por su sagrado alimento. Tan facil como desprender de un árbol el fruto. No aguzó sus sentidos y despreocupado se sume en la oscuridad de la cueva. Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Seis lanzas lo atravesaron. Tuvo suerte, solo una de ellas le atravesó el corazón.
«es hora de recuperar el ojo de agua» Llegaron al manantial. La otra tribu los esperaba con piedras y palos. Ensartada en una lanza traían la cabeza del tigre, que al verla huyeron horrorizados.
Han nacido nuevos críos. El viento anuncia la epifanía de las heladas, pero ahora la cueva es tibia y escandalosa
En el claroscuro de una fría y lluviosa tarde pasó el vaquero cubierto por la manga de hule. Sombrero texano y con las manos en el fuste. Cansado de la cara y espuelas de plata. A quien no logré divisar fue al caballo; aunque, sí se escuchaban los cascos sobre el trenzado de piedra.
Mi madre descansa, es una jacaranda que da flores en otros cielos.
Estás en un horizonte lejano, invisible, tan lejano que no puedo tocar con el pensamiento. Solo mi corazón te imagina sonriendo.
La nave ha dado un vuelta alrededor del sol y aunque no lo creas, aquella lámpara que me regalaste, dispuesta en mi mesa me sigue alumbrando.
Cuando recuerdo las pisadas del gigante cortando leña en los cielos y el rodar de los troncos como preámbulo de un zigzag de luz que estallaba a un lado de la casa. Cobijabas mi temor con tu inmenso abrazo que calmaba los caballos de mi corazón.
Es entonces que prendo la lámpara.
Cuando siento que mis fuerzas son ninguneadas y creo que es hora de que te alcance, la luz se abre en mi cara falleciente y entiendo tu regaño y vuelvo al lápiz y a interrogar la imaginación.
Mi verso es un barquito de hoja rayada de cuaderno que navega por los cauces. Un día, madre, de no sé cuando, volveré al vientre de tu abrazo.
¡No sé por qué pones esa cara de palo! ¡Luces un vestido espectacular!, el maquillaje es discreto. Sé que disfrutas las flores y en esta parte las hay en abundancia. Sé también del rechazo de tu piel hacia ellas. Para cuidar de tu salud cerraré la tapa, no sea que te agreda una alergia postmorten.
¡Qué bella es cuando la veo dormir! Su cabellera extendida es un río de oleo encrespado. Su pelo fulgura. Es mi señora y enriquece mis sentidos con tan solo verla. Mi congoja llega si ella juega y apuesta. Cuando en la mesa de juego el silencio pesa como el enramado de un gigantesco árbol es que está apostando fuerte. Me hago añicos cuando pierde, pues bien sé que el objeto de la apuesta soy yo y ocultando mi rabia me llevan para satisfacer los apetitos carnales de quien le ganó.