Katherine Mansfield a cien años de su muerte

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Salem de Rubén García García

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Salem se recostó sobre su cama y cruzó sus huesudos brazos sobre la quilla de su pecho. «No tarda en llegar», musitó en voz baja en aquel cuarto de azotea.

De los lavaderos comunales se oía el jugueteo del agua. Las mujeres tallaban la ropa y sus caderas se movían al ritmo del chapoteo. El viento de la tarde dejaba un aroma de limones y el recuerdo de su esposa.

Ella después de comer ordenaba la cocina. Se duchaba y salían rumbo a la alameda. Una nieve de zapote, otra de pitahaya y la noche los detenía en las esquinas oscuras bajo el alboroto de las luces lejanas. Asi fue su primera vez y nunca hubo una segunda. La oscuridad y los besos siempre fueron los mismos.

¡Te quiero así! Y se metía en sus labios, en el limón de sus axilas y el salado de sus ingles. Años donde tocaron el cielo con fuego y sal. Ella murió con felicidad, y con las letras de su nombre en la saliva. El corazón de él se fue con ella. Con el tiempo las mujeres que llegaron después tuvieron que aceptar que Salem se había quedado sin corazón, pero repleto del prodigio sexual para elevar las féminas al borde. Como si ellas fueran un cohete que en la negritud estalla y dispersa corpúsculos multicolores. Así lo sentían.

«No tardará». Se dijo abriendo las piernas huesudas como un compás. Emocionado por el recuerdo, su sangre se hizo veloz. Esa noche llegó su mujer, lo llevó a la alameda y regresaron para consumirse en caricias que chispearon hasta el amanecer. En la segunda noche se correteo con las mujeres del después. Una dama en la oscuridad le hizo un guiño.

Salem, el viejo, todavía escuchó el chapoteo de las lavanderas, el frenesí de las caderas y el aroma a limón de su mujer amada.

Amor entre amos y esclavos

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El niño Caramelo de Rubén García García

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Para que no se lo llevaran las hormigas, se hizo muy amigo de un oso de lengua larga y pegajosa.

Curiosidades sexuales en la antigua Roma

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El día del padre de Rubén García García

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El anciano movió la cabeza rala de pelo y contestó: tiene razón amigo, me casé muy, pero muy joven, por eso tengo ya bisnietos. Era un hombre apreciado. Mi moral y candidez estaban fuera de toda duda. ¿Qué cómo fue que me casé? esa es otra historia. ¿quiere que se la cuente? Es algo atrevida. Verá, iba por un barrio que no conocía. Se hacía de noche, Tras de mí intuía que unos pasos me seguían. Por el taconeo de las zapatillas deduje que era una mujer dispuesta. ¡Y no me equivoqué! En la soledad de un callejón me puso de espaldas a la pared y usted se imaginará. A ella la obligaron a casarse… para salvar mi honra. Tiene razón. Eran otros tiempos. Los tiempos de mamá Carlota o lo que es lo mismmo: cuando a los perros los amarraban con chorizo.

El corazón en los pies de Mar Horno

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Mar Horno García nació en Torredonjimeno, Jaén, 1970, se licenció en Documentación por la Universidad de Granada y tras vivir en varias ciudades como Granada y Sevilla, se asentó definitivamente en Jaén donde actualmente trabaja como documentalista audiovisual en Canal Sur, la Radio Televisión Pública de Andalucía.

Lectora empedernida y escritora aficionada desde que era una adolescente, se adentró en el mundo del microrrelato en 2011, género en el que ha destacado con multitud de premios.

En 2013 publicó su primer libro de microrrelatos titulado Precipicios habitados con la editorial madrileña Talentura. Con este libro Mar Horno fue finalista en los Premios de Narrativa Ciudad de Alcalá.

En febrero de 2022 publicó su segundo libro, Náufragos del Océano Índigo con la editorial gallega Bululú, finalista del Premio Setenil al mejor libro de relato publicado en España en 2022.

En junio de 2022 fue finalista de la IX edición del certamen literario Madrid Sky con el relato El libro secreto de los manicomios.

La duda texto numero dos de Rubén García García

Después de escucharlo me sosegué. Qué no soy mayor de edad, qué soy una niñata, qué me dejé llevar por la pasión. La decisión la tomé yo. Yo fui quien se lo pidió. En el baño de niñas había una palabra que nunca le encontré sentido. Estaba escondida la palabra «cógeme». Posteriormente lo supe, pero era una palabra vana, sin peso. Hace dos meses tuve que decirla apremiada por mi deseo. Me explotó como un flash y tomé conciencia de todo el significado.

Me ha dicho al oído que quiere bañarse conmigo y me sonrojo. Le digo que sí, pero seré yo quien lo bañe y él a su vez lo hará en reciprocidad. Hace diez, once años años llevaba mis muñecos a la tina y chapoteando el agua los fregaba con jabón para luego vestirlos y llevarlos a su cuna.
Los dos estamos desnudos. Con delicadeza talla mi cabello y lo enjuaga. Con la esponja me ha frotado el cuello, los hombros, la espalda y frota mis pechos que responden y se erectan. Soy muy sensible y eso él lo sabe. Confieso que estando dormida con una almohada entre mis piernas me desperté a media noche porque sentí algo raro que me corrió de mi panza hacia las piernas. Le dije a mi mamá, no me hizo caso, solo chasqueó la boca y me contestó que debía de ser un calambre por mis clases de ballet.

Tiempo después me hice novia de un niñato que se me quedaba mirando y recibía de él besos en las manos y el más atrevido en la frente. El más reciente fue un moreno de ojos verdes que pertenecía a un grupo musical. Él me enseñó a besar y a ponerme la piel de gallina cuando alguna vez me acariciaba los senos. Después me exigía que tuviésemos intimidad y lo mandé a volar. Ahora que tengo más vida, quizá hubiese accedido si me hubiese tenido paciencia. Ahora frota mis muslos, temeroso, por encima del vello ensortijado de mi pubis, no se atreve a más. Abro mis piernas y le pido que pase la esponja, lo hace con temor. Le tomo la mano y lo hacemos los dos. Me he dado la vuelta y su mano amplia recorre mis nalgas, abre mi surco y agrega abundante jabón. Llevo su mano e higienizo mi parte anal. La espuma desaparece con la regadera de mano. Me estremezco. Es una mezcla de placer y violación a mi intimidad.
Me agrada que sus manos se deslicen por mi cadera y me diga “que piel tan delicada tienes”. Besa y muerde quedo mis glúteos.
Soy yo quien lo baña, froto su pelo oscuro. Mi cabeza lle ga hasta su nariz. Su espalda es amplia, definida con sus crestas y valles, que contrasta su moreno blanco con el color cobre de su cara y la negritud de sus ojos. Su ombligo es profundo y tiene forma de coma. La cintura es la de un hombre que hace ejercicio. Mientras lo baño él acaricia mi pelo, sus manos me peinan. Le he tomado su pene y a medida que le paso la esponja se ha estirado. Se nota que está haciendo un esfuerzo por evitar la erección. Lo miro y le sonrío como diciéndole no te preocupes. No está circuncidado, así que le bajo el prepucio para hacerle la limpieza. La maestra que nos dio educación sexual nos enseñó a reconocer la piel sana de un miembro. Al subir y bajar el prepucio el aparato creció casi al doble y me sorprendí, que en esa primera vez tuviese dentro de mí, tanto espacio. “te gusta». Y sin hablar me toma de la nuca, en una clara insinuación. (lo rechacé, no por falta de deseos o asco, sino que ya llegaría el momento) Me hice la loca y terminé de bañarlo. Él me toma del mentón y me besa con ternura. Sus manos sobaron mis nalgas y sin secarnos nos fuimos hasta llegar a la cama. Pensé que el sexo era inminente, pero no, solo me abrazo y dejó su miembro entre mis piernas y me aprieta contra su pecho.

El mesero vino a tocarnos y dejó el menú debajo de la puerta. Se levantó y fue a recogerlo, Elástico, alto y con una cicatriz cerca del hombro. Los vellos del pecho y de los brazos lo hacían ver como un oso y me recordé al oso jeremías que dormía conmigo de niña. No sé cómo podía contenerse, solo de bañarlo y verlo mi excitación estaba en niveles ascendentes. Me pregunté si mis atributos no serían capaces de motivarlo. Cuando sentí que sus manos apretaban mis glúteos, yo levanté mi cara e hice que descansaran mis pechos en su cuello, Con eso le decía que ya era el momento de atenderme. Volvió a besarme. “ardo en deseos de hacerte mía” “tambien” le dije. “Pero aún no. Traje preservativos, así no te pongo en riesgo ni de un embarazo, ni de alguna enfermedad”. “Si la tuvieses ya habría sentido alguna molestia”. “Dónde trabajo cada seis meses nos hacen un barrido de laboratorio. Hace dos meses nos ganó el deseo, fuimos un par de bonzos y no nos dimos un lugar para platicar. Hoy quiero que sea diferente. Fui tu primer varón y me complace que te hayas sentido satisfecha. Quiero hacerlo pensando que eres mi mujer y yo tu mujero”. Y me hizo soltar una carcajada. Si bien estaba que me derretía, lo que dijo me hizo sentir respetada.

Cuentos y relatos eróticos que hay que leer

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Amor furtivo de Rubén García García

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No había nada que decirse, nuestras miradas exhaustas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera brincaba la lluvia fría en los pinares. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio con pechos y pocas caderas, pero dispuesta a casarse con ella.

Obedeciendo al corazón de Rubén García García

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Aquel pollo se subía a los árboles y empezaba a graznar como urraca, a fuerza de exigirse un día se descubrió cantando como pájaro. El gallo más viejo le recriminó que no estuviese practicando el sagrado canto, que anunciaba la llegada del sol, y él se subió al tejado, tomo aire, batió sus alas y se fue volando hacia la montaña.

El tiempo se fue, ella no de Rubén García García

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Duerme a ratos, carraspea, se despierta. Abre sus ojos, me ve. Pregunta por doña Chica, le digo que soy Rubén y le tomó su mano lacia y la llevo a mi cara para que sienta mi barba áspera. Se queja y trata de espantar su cansancio. La peino con mis dedos. Su pelo ralo y blanco. Me toma de la mano y hace por apretarla. Sé que tiene el hastío y el temor saliéndose de la piel. Solo cierra los ojos. No duerme. Ella sabe que el fin se aproxima. También yo. La espera es un fino estilete que se mueve en círculos sin que ella te vea llorar.