Teléfono de monedas

Por el camino acaricié la estructura metálica de la moneda de veinte centavos, pasé de prisa por los centros comerciales sin importarme el Santa Claus que se había mudado a los aparadores. Era una noche fría y lluviosa. Me dirigí hacia una de las esquinas del parque y vi la caseta del teléfono. Metí la mano en la bolsa para extraer la moneda y sólo palpé las llaves del departamento. Busqué en todas las bolsas, en las bolsas de las bolsas y la puta moneda no estaba. Regresé pasos atrás y agudicé la mirada. Me reí de mi pendejada. ¿Cómo podría ver un círculo de dos centímetros de diámetro forjado en cobre ya oxidado en una noche de perros? Sofocado de mi interior regresé a la caseta y le di dos golpes con el puño cerrado al rectángulo metálico de la alcancía del aparato y cayeron seis monedas en la buchaca y al descolgar, el teléfono tenía línea.
Recordé que la conocí en un autobús; fue un día feriado en que partí a mi tierra natal a visitar a mis padres y ella a los suyos. Un viaje nocturno de seis horas para mí y para ella de diez. No cejamos de platicar y los pasajeros, nos instaban a guardar silencio, sin embargo continuábamos en voz baja, hasta que el sueño nos venció. Ella ladeó su testa y la apoyó en mi hombro. Yo me dormí viendo a la luna resaltar la oscuridad de su cabello adolescente. Cuando llegué a mi destino le pedí el número de su teléfono. ¡Era lo más fantástico que me había sucedido! El fin de semana, no la pase con mis progenitores, sino con ella y de tanto ver el número telefónico, que lo aprendí de memoria. Cuando abordé el autobús de regreso, miré con ansiedad a los pasajeros, pero el rostro de ella no apareció. Recordé paso a paso nuestra platica y nuestras coincidencias eran asombrosas, gustábamos de caminar al borde la playa, escuchar el rumor de las olas cuando golpeaban en los acantilados, la figura poética del barco en la montaña y los dos repetíamos riendo como niños: García Lorca. El corazón se hizo exigente pidiéndome más; pues solo el pensar de no verla, me contracturaba.
Estaba sudando aún del frío y en mi prisa marqué mal el número, en la segunda vez, estaba ocupada la línea. Sigue leyendo «Teléfono de monedas»

Paseando por la montaña cap III

 Un abrazo y feliz año nuevo

CAPÍTULO III. VECINOS

ZOZOCOLCO

Una mañana, fui a un poblado aledaño. El paso de la yegua resonó en el empedrado dos horas después.  Zozocolco, tan rico en paisaje con su iglesia grandiosa y algunas casas donde la opulencia había dejado pisadas, ahora yacían en el abandono.  La maleza crecía en los jardines y las enredaderas; trepadoras indomables subían por las paredes. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas, las ventanas con vidrios rotos y la madera quemada y retorcida. Supe que sus dueños se fueron a la ciudad de México, que hicieron riqueza comprando y vendiendo vainilla y que cuando ésta bajó de precio, simplemente, tomaron su capital y emprendieron camino. El campo no da para tener todos los hijos en el ejido y es simple, las tierras no se estiran y para cultivarlas requieren de asistencia técnica y capital. La gente se va, unos porque nacieron para la aventura, pero la mayoría es para no morir de hambre y anhelar una vida mejor.

LA MADRE

El agua fría cayó sobre su espalda, no pudo evitar un resoplo de placer y dolor. Con el baño se fueron los hilachos de un sueño inquieto. La mañana no se desperezaba. El resplandor de la luna le daba trapecios de luz dulce a la recámara de su madre; le dejó un desayuno frugal, la intención de un beso en la frente y un recado.

Contempló el patio y perfiló los árboles. Por un instante, se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo. Se fue. Sólo se llevó la esperanza. Había pasado dos años y la madre seguía puntual con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen Morena por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.

Golpeaba la ropa con furia, deseando desmenuzar la tristeza, aunque sólo conseguía endurecer el dolor; quería sacarlo del recuerdo más no lo conseguía. Lavaba, a pesar del desaliento, mojando de lloros la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo veía en sueños.

Una mañana, al despertar, encontró sobre la rústica mesita –al lado del rosario – su tasa con leche y una nota. Supo que él estaba, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyeron sus lágrimas, formando un regato por donde corría el dolor de dos años. ¡Sus ruegos no habían sido en vano! El cansancio lloviznó en su interior y la piel se tornó luminosa, como si desde adentro estuviese brillando una luna. El sueño comenzó a abastecerla; tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó.

LOÑO

Loño, mi vecino, trabajaba en la aplicación a las paredes de las casas de un insecticida Sigue leyendo «Paseando por la montaña cap III»

POST DE NAVIDAD Listado de blogeros que han escrito un texto sobre la navidad

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Y una oportunidad para conocer nuevos amigos y estrechar lazos.

El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo.

http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/

http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/

 Polvo de estrellas, en Navidad. | La Sinfonía de la Vida

http://pipermenta.wordpress.com/La navidad es un cuento

 http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad

http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/

 Hacia la navidad

Micromios Blog-A tiempo-

Un sueño…, en tiempos de Navidad…Cruz del Sur

Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia

Don Sapo y la navidad de Rubén García García

http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html

http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/

http://elrincondemiriamchepsy.blogspot.com/

http://annefatosme.com/2011/12/14/el-sol-de-liv-cuento-de-navidad/

Don Sapo y la navidad de Rubén García García

 En la noche, bajo la sombra del roble, platicaba Don Sapo con el Topo, traía lentes oscuros, ya que había luna nueva.
― ¿Ha escuchado hablar de Santa Closs?
―Para nada Sapo.
― ¿Pero sí de la navidad?
―Sí, mamá platicaba que era el día en que había nacido Jesús. ¿Y quién es Santa Closs?
―También, le dicen papá Noel. Es un señor gordo, vestido de rojo que, cada veinticuatro de diciembre, llega a las ciudades del mundo y obsequia a los niños un regalo de navidad.
―Pues por acá no viene. ¡Es que estamos tan lejos!
―Mire, aquí tengo unos dibujos de Santa.
El Topo quitándose los lentes oscuros. Las veía y volvía a verlas.
― ¡Pero es igualito a ti! Si te ponemos el gorro, un vestido rojo, tus botas y te inflas, serías el Santa Closs de la selva.
―Qué cosas dices Topo. Pero sería bondadoso que los pequeños recibieran un regalo de navidad.
―Verá que todo se puede. El Rey de los Ratones nos dará toda la ayuda, si se lo pido. ¿Quieres que los niños de la selva sean felices?
― ¡Claro que sí!
―Entonces, qué te parece si por un día te conviertes en Papá Noel.
Don Sapo se quedó mudo y el Topo, dando una media vuelta y levantando los brazos al cielo estrellado, dijo:
― ¡Dios nos ayudará!
La noche se hizo corta, armaron un plan y cada quien se fue por su lado  hacer su tarea. La noticia corrió de boca en boca. Santa Closs vendría a la selva y daría a los infantes animales que se hubiesen aplicado en sus quehaceres, un regalo de navidad para festejar el nacimiento del Niño Dios.
― ¡Cómo se le ocurre señor Sapo decir que Santa Closs vendrá! Me dijeron que informó a la comunidad que él llegará a repartir regalos entre los animalitos de la selva. ¡Eso no se hace! No de esperanzas. Bien sabe que apenas hay para comer. ―Dijo el señor Lechuza.
―No tenga desconfianza. Ya verá usted que si los niños hacen su carta bien clarita, sin faltas de ortografía y diciendo por qué son merecedores de regalos, Santa Closs cumplirá.
― El regalo es un estímulo para que los niños sigan haciendo bien sus quehaceres. ―Dijo el Topo.
El Sapo se fue a ver al Rey de los Ratones, brincó por los camalotes del río. Después de muchas horas, llegó a la ciudad. Encontró al Rey en la biblioteca, era su mansión. Allí, se enteró de que Papá Noel iniciaba su recorrido -desde el Polo Norte- con un trineo lleno de juguetes, remolcado por alces alados.
―El festejo navideño  llegará a los rincones del mundo para celebrar el nacimiento del Niño Dios; y es grato, señor Sapo que la lleve al corazón de la selva. ―Decía el Rey.
― Aquí, están las fotos de Papá Noel. Con una bata roja, un bulto sobre el lomo. Don Sapo, usted tiene mucho parecido con él. –Dijo Mamá Ratona.
― ¿Usted cree doña Ratita? -Preguntó, emocionado, Don Sapo.
― ¡Claro que sí! Se imagina usted lo feliz que se serían los chiquillos del monte, si en la navidad, encontraran en su casa un regalo.
―Pero… ¿Y los regalos?
―Eso es lo de menos, aquí en la ciudad son tan desperdiciados, que los niños caprichosos, tiran sus regalos y, al rato, piden otro nuevo. Los papas, con tal de que no los molesten, vuelven a comprarles más. Tome esta franela roja. Ahora, le confecciono su traje de Papa Noel.
― ¿Y los regalos?
Mamá Ratona chifló, sacando la lengua y frunciendo los labios. Siete ratones, prestos, llegaron
― Está noche traigan juguetes, muchos juguetes. Ordenen a sus familias que cada ratón debe de traer dos.
Una miríada de ratones trajeron de diferentes partes: muñecas, ositos, jirafas, carretas, trenes, planchas, trasteros con sus vasijas, estufas con sus peroles. Se juntó una gran cantidad de juguetes, gracias a los niños caprichosos y, también, a los padres complacientes.
― ¿Y cómo podré llevarme tanto?
―Nuestras primas, las ratas de agua nos ayudarán.
La biblioteca se llenó de Ratonas Blancas, orejas pequeñas y largas trenzas que se encargaron de dejar- como nuevos- los obsequios. La niña fea dejo de ser fea, y la flauta se reconcilió con el viento. Los embolsaron, poniéndoles un moño rojo con diferentes leyendas: ayuda a tu mamá, no faltes a la escuela, estudia a diario, respeta a las niñas y ama a tus padres y hermanos. ¡Feliz navidad! El Niño Dios nació.
Cuando Mamá Ratona vistió de Santa Closs a Don Sapo, todos exclamaron: ¡ohh! fue entonces, cuando recordó que al señor Santa se reconocía por su carcajada de JO JO JO. Don Sapo empezó a practicarla, pero no era convincente, sin embargo, en su corazón retumbaba el JO JO JO
Un camelote fue adaptado como balsa, pero era mucho mejor que ésta. El camalote está reforzado con raíces trenzadas por las ratas de agua. Hay arbustos que dan calor o frescura y se confunden con otros camelotes, pero lo esencial es que está protegido por la madre tierra en contra de los malos espíritus que son fluidos que se transforman en cualquier tipo de maldad.
―Recuerde Don sapo que el mal tiene muchas caras: una roca, un viento furibundo, una neblina un grito desgarrador o quizá una voz melosa. Va protegido, eso no quiere decir que sea a prueba de todo. Abra los ojos que desde este momento, usted pertenece a la bondad. Le acompañaran mis Ratas de agua y mis amigas las Nutrias que impulsaran el camelote hasta la profundidad de la selva y otro viajero.
En el cielo había una luna veleidosa. Por momentos, parecía decir: véanme; y en otras, tomaba las nubes y se envolvía. En el primer tercio, todo corrió como lo hace la música del agua. Luz de luna, gritos en la lejanía, chicharras en coro. Poco antes de llegar a la mitad del trayecto, la luna se cansó de su desnudez y se envolvió. La noche se hizo densa, la brisa dejó de serlo. Ahora, el viento corría frío y zarandeaba a los árboles. El rostro de don Sapo empezó a preocuparse. En la lejanía, se oían silbidos, y el agua del rio  encrespó.
Los ojos de Don Sapo no daban crédito, había  círculos de colores rodando de orilla a orilla. Se veían hermosos, pero al afinar la mirada, latió con fuerza el corazón: eran víboras entrelazadas que rodaban sobre el agua y amenazaban con tomar la ínsula. Las Ratas de Agua se formaron en fila con todos los sentidos exaltados. Los ojos casi cerrados porque podrían ser hipnotizadas. Las Nutrias formaron la primera defensa y con sus colas golpeaban el agua. El ruido intenso y las olas detuvieron el avance, sin embargo, una de ellas logró de un salto descomunal, llegar hasta la isla con las fauces abiertas para deglutir de un solo tajo el cuerpo obeso del batracio. Sólo que en el último instante, el Jaguar de una tarascada le arrancó la cabeza.
Regresó la calma. La luna asomó nítida y dulce. Poco después, una docena de nubes gordas la envolvió, y la oscuridad se hizo intensa. Un silencio sospechoso bostezaba. Rompió el sonido del rio: splash splash. Golpes en el agua, tambores líquidos que anunciaban otro suceso.
Las Ratas de Agua olfateaban, divisaban el horizonte a ras del agua, al tiempo exclamaron: ¡lagartos! Hay muchos lagartos que están de rivera a rivera. Las Nutrias dejaron de avanzar. Los lagartos nadaban en fila y, lentamente, iban hacia el camalote. La luna abrió un instante, pero volvió a meterse, quedando en la oscuridad una fila de ojos enormes por donde fluía un brillo verdoso y rojizo. Los habitantes del camelote se agruparon, al frente se plantó el Jaguar. Dos enormes piezas de artillería se adelantaron dispuestos a golpear con sus macizas colas al camalote. Derribados de la ínsula, serían victimados con facilidad. Escuchó la voz de don Lechuzo que les gritaba:
-¡Cierren los ojos, cierren los ojos!
Una masa de luciérnagas voló sobre los lagartos, prendiendo y apagando su lucecita, lo que hizo que miraran hacia arriba; y al hacerlo, llegaron miríadas de moscos que se incrustaron en los párpados de los lagartos, obligándolos a hundirse en las aguas del río.
A don Sapo hubo que acomodarle su gorro, su bata roja, y sus botas, le forjaron una canasta sobre su lomo. Mientras los infantes dormían, fue dejándo a los niños sus juguetes; y a los padres, un nacimiento para venerar la llegada del hijo de Dios.
Sólo don Lechuzo y el Topo supieron que Don Sapo había terminado. El JoJoJo cada vez se oía más lejos camino a los pantanos.

Paseando en la montaña. Cap II

Cox es un pueblo de olores. Me saltaron cuando miraba las buganvilias en flor. En una se instaló el aroma de la vainilla; y en la otra, el café tostado que escapaba de la cocina. La vainilla y el café requieren del sol. El sol que deshidrata y es capaz de transformar una vaina verde en perfume y a la cereza para ser tostada. La vainilla y el café maduran en los asoleaderos. Son mujer y varón. Ella perfuma la vida diaria, y él todos los días, como una campana, llama a chicos y grandes a compartir la mesa antes de encontrarse con el trabajo.

La gente de Cox tienen en sus patios plantas de café con sus hojas que parecen boleadas con aceite, su brillo entorpece la mirada. ¡Qué espectáculo cuando los cafetales florean! El color blanco es tan tupido que podría decirse que nieva en el trópico. Los niños miran crecer la cereza y contemplan cómo el rojo se apodera, milimétricamente, de la circunferencia. Cuando está lista, la engullen, pues es como una gota de melaza. Las señoras dejan que el fruto seque en la mata. La cosechan con su dulce y luego con morteros pequeños quitan sus ropas, hasta que la carne de la semilla aparece y está lista para tostarse en los comales de barro, bajo el amparo de su sapiencia. Al cobijo del fuego, se dispersa el aroma y ambos, vainilla y café, revolotean como niños traviesos entre piedras y paredes, juegan y juegan y cuando se van, dejan testimonio en la memoria.

Hay en Cox olores de madrugada, vespertinos, nocturnos y olores de canícula. El santo olor del pan que se esparce tumbando paredes y acariciando el gusto, pan de la mañana, pan de la tarde, batidas con huevo de rancho y canela. Olores de noche que las plantas dispersan en cielos abiertos, olores de jazmín caminan, trotan y vuelan de los árboles, hasta el regocijo de las mecedoras.

Había aromas desagradables; llegaban en temporadas de sequía cuando las aguas negras corrían perezosas por la cañada y dejaban escapar su fetidez. En algunos lugares tenías que pasar corriendo para evitar la nausea. Por eso, cuando llegaban las aguas, el pueblo se lavaba y esparcía en el ambiente la recompensa: el olor a tierra mojada.

Los panaderos amasaban la harina y con habilidad, la tejían en variadas formas, cociéndola en hornos de barro. El olor a pan se ofrecía antes de abrir el día y poco antes del crepúsculo. Un día, conocíSigue leyendo «Paseando en la montaña. Cap II»

El regreso

Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle un trozo  a su madre enferma. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.

LA BÚSQUEDA CAPÍTULO I

Inicio un texto conformado con aspectos de mi vida, otros contados y algunos en donde la imaginación participa. De tal manera  que un hecho pudo haber sucedido, o bien fue soñado. Vigilia, sueño e imaginación se han fundido.  Un título provisional fue » llorando bajo la luz de la luna»  pero bien podría ser paseando por la montaña. El autor.

Terminé mis estudios cuando las plazas de servicio social ya se habían concedido. Meses atrás, fui una hormiga juntando material de curación y medicina. Ignoraba dónde, pero tenía conciencia de que estaría en un pueblo alejado de los centros urbanos.
-Puede buscar una comunidad que no tenga médico y la Secretaría reconocerá su servicio social. Me dijo el encargado de la oficina. Por supuesto, la Secretaría no le daría beca. Agregó.

Me di a la búsqueda de localidades que no tuviesen servicio médico. Mis compromisos eran intensos: casado, dos hijos, sin casa. Vivía con mi suegra. Cruzaba los dedos para tener tino y ubicarme en una comunidad próspera que me permitiera un sustento digno y hacerme de algunos bienes.

Había escuchado historias de médicos que en un año forjaron fortuna. Un maestro decía:
-Si ven que en la comunidad hay un dentista, es seguro que hay tela de donde cortar, pues los servicios dentales son caros.

Visité algunos pueblos que no fueron de mi agrado y a cuanto fulano veía con sombrero y machete al cinto, preguntaba y preguntaba; y preguntando, alguien me dijo:
-Vaya por la sierra, por allá cultivan café, maíz, pimienta, y hay ganado y cedro. Para que llegue pronto, váyase en avioneta.

En el campo aéreo, todos conocían al capitán Camacho quien era el piloto de una avioneta. Yo traía, enlistados, varios pueblos que copié de un mapa.
—El mejor es éste, pero ya tiene médico. Se lo digo porque el doctor viene y va cada quince días. Él es el encargado del centro de salud. El otro pueblo grande es el de arriba, pero es un pueblo difícil, casi nadie habla español y no son queridos los médicos. Le recomiendo el pueblo Cox. Ahora, no tiene médico, ni centro de salud. La población es numerosa, pero la última palabra la tiene usted. Vaya, y si le gusta, pues quédese. Mirar no hace daño.
— ¿Por tierra, qué tiempo hace uno?Sigue leyendo «LA BÚSQUEDA CAPÍTULO I»

El gato de Hilearón

Recién me habían crecido las chiches cuando por la tarde, le pedí permiso a mi papá para visitar a san Ignacio. Es el santo de mi padre.

La verdad, yo quería confesarme, pero de eso, nada dije. La última vez, lo hice por órdenes de mi tía, la beata, y estaba plana del pecho. El padre me impuso estar de rodillas sobre un puño de maíz y repetir una docena de padres nuestros y aves marías. Todo porque había pecado con el pensamiento.

—A tu edad, los pecados son pequeños. Al menos que ya tengas novio.
Me dijo, esa vez, el padre Remigio. Sacerdote que le había dado la confesión a mi madre en su muerte.
—Ni Dios lo quiera, pues usted conoce a mi papá y ya sabe lo delicado que es. A mi hermana mayor
la chingó, sólo porque la vio sonriéndole a Juan, el zapatero.
—Tu papá no dice groserías y tú sí, y es pecado.
—No las dice frente a usted, pero si lo oyera. Alza la voz y maldice, si lo que ve no le gusta. La vez que en los frijoles encontró un cabello, por poco brinca arriba de mi hermana.
—Lo afectó mucho la muerte de tu mamá.
-Pero… Ya tiene tres años y cada vez se hace más enojón y si algo huele mal, le da por arquearse. Nos tiene lavando los trastos, aunque estén lavados. Le tengo miedo, me asusta cuando se enoja, pero también, me da coraje y me da por ser rezongona. Luego, se me pasa y sigo haciendo mis tareas.

Aquí, le dejo un bocadito para que cene. Mi papá quería más, pero le dije que ya no había y se lo traje a usted.
– Ya, vete y reza tres padres nuestros que son buenos para prevenir el pecado.

¡Ay San Ignacio! ¡Mejor te lo cuento a ti! Ya ves que sólo matan res cada ocho días; y esa mañana, mi papá trajo unos bistecs. Es filete y costó caro.
-Voy a salir, al rato regreso a almorzar. Dijo.
-Ponles sal, ajo y pimienta y déjalos un rato en naranja agria. Agregó.Sigue leyendo «El gato de Hilearón»

Una monja en mi casa

 Me llegó la jubilación cuando menos la deseaba. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el jardín proliferaron los pulgones y los hongos.

Cierta vez, me enfermé. Nada grave, pero las fuerzas menguaron. Agua, pan duro y una bolsa de dulces fue mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestida con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo.

El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino.

Recargado en la poltrona, miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor, enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas.

Una de esas tardes de bochorno, dijo:

– Dentro de un mes termino mi manda.

-¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté.

– Si viera que ya me he acostumbrado.Sigue leyendo «Una monja en mi casa»

Ofrenda de lupitas

El corazón latía muy rápido cuando quería alcanzar a mi hermana; imaginaba mi corazón sacando su lengua por el espacio de mis costillas. Deeini era ágil y ligera. ¡Hasta parece que escucho su carcajada de agua! Subíamos por el camino hasta el punto más alto de la barranca. Mientras la alcanzaba, ella veía a lo lejos la silueta del río, el pedregal blanco, la arena que lucía sus cristales sobre un manto canela y, al lado de las piedras encimadas, el lugar donde mi madre solía lavar. Me acariciaba los cabellos como peinándome con las uñas, diciendo cuanta cosa se le ocurría y de regreso me enseñaba unas hojas a las que yo no les encontraba nada de raro, pero me decía que eran pétalos del niño Dios, pues en diciembre cambiaban de color anunciando el nacimiento de Jesús.

Nos alegraba subir y al llegar, levantábamos los brazos al cielo. Percibíamos el silencio, la gota de agua que al rodar humedecía la roca y luego, acostados con las manos bajo la nuca veíamos las  nubes acariciadas por el viento.

El río era una culebra de relámpagos y fulgores.Sigue leyendo «Ofrenda de lupitas»

No todo está perdido

A los setenta años lo sacudió el deseo de ser extraordinario. No recuerda cuando le llegó, pero fue después de dar un largo paseo y previo a una vigilia adormilada. Una pregunta rondó como mugido. ¿ Cuántas veces estuvo a punto de perder la vida? Se dio respuestas que rápidamente enumeró. «De escolar casi me ahogo, de recién casado, nos asaltaron en un paraje desolado».
Se sonrió. Tenía la habilidad de recordar con nitidez. Y volvió a sentir los olores, los sonidos y el ambiente que le rodeaba las veces que estuvo en peligro. Cuando se dio cuenta había escrito en dos libretas todos los pormenores. Poco a poco fue dándoles forma y las veces que leyó a sus amigos en tardes de copas, recibió buenos comentarios.
Llevó tiempo encontrar a un profesional de la literatura para que le diese una opinión de su narrativa. Una semana después, le comentó con seriedad : “ Vas bien , sigue insistiendo, la literatura es de estar dando de patadas al portón”, días después fue al periódico de la localidad y Sigue leyendo «No todo está perdido»

Metámorfosis

Soñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de  las telarañas cruzaban mi cara.  Respiraba  haciendo hipos y  por el frío  de la  madrugada mi cuerpo era un temblor.

Anteayer que leía el periódico, miré hacia  la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro,  – Lo atribuí al cansancio-. Una mañana frente al espejo,   quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos  faltaba. Sonreí.  Pues  me  percaté que éste se escondía detrás de los otros.

Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En  las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas, en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando  ésta roza los tallos secos de las ramas.

Siempre de la oficina a la casa, si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latería de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía y de pie miraba la calle y a la muchedumbre,  hasta que ésta,  quedaba solitaria; moviéndose  solamente los colores del semáforo.

Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense – Ese,  donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana y ésta descansa en la testa de una mujer hermosa-. Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca y el latido repercutía en las sienes. Sigue leyendo «Metámorfosis»

Negrura

Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para hacerte más letal. Me incita pensar que un descuido puede ser mi oscuridad. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente en libros empolvados quitaré tus  grillos. Te dejaré olvidada en algún aeropuerto y quince días después brotarás en forma de vesículas hediondas de pus y de muerte. En la hecatombe te preguntaré: ¿Estás satisfecha?

La ocasión

¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo? Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían: mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo eras parte de un club de corredores por tu afición. Te veías delgado, elástico y resistente. Todos los días corrías de veinte a treinta minutos y los domingos trotabas con media docena de corredores. El local no tenía lujos, pero si era amplio y cómodo. Como una breve casa. Tu compromiso: atender de las nueve de la mañana a dos de la tarde.
Salió lista la muchacha: inyectaba, ponía sueros, y poco a poco enseñaste las complicadas formulas de las medicinas y cómo preparar pomadas de manera artesanal. Amén de que con paciencia la instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y tomar muestras para el diagnóstico de cáncer. Me atrevo a decir, que mirar de cerca los aspectos íntimos dio oportunidad para dialogar sin prejuicios. En dos meses Sigue leyendo «La ocasión»

El perfume

Pensó que dicha botica no existía, al encontrarla redobló las esperanzas. Al cruzar la puerta percibió un olor de antigüedad  y, al recargarse sobre el mostrador de cedro el aroma se hizo penetrante.
Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo  atendió como si fuese un viejo cliente que recién llega de un largo viaje. Después desapareció tras de una puerta que parecía de juguete.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sintió la soledad de su niñez; con el segundo, apretó los ojos y  llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo.
Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos.
—Rosas, de preferencia.
— ¿Adónde se las envío? —preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo.
— Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios.
— ¿En qué colonia?
—En ninguna: es en el cementerio municipal.
Ya en el centro de la ciudad vio  a un grupo de universitarias que con sus libros bajo el brazo caminaban delante de él. Y exclamó para sí, ¡Lo que tengo  que hacer para cumplir la promesa de no olvidar!