¡ Ha de estar agotadísima! Toda la noche soñé con ella.
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pasará
Su ama lo ponía en su hombro y él silbaba la marsellesa. se desplazaba por su hombro chasqueando besitos tronadores; comía golosamente las semillas de girasol, y su gran placer aparecía cuando el índice de ella rascaba su cabeza azul y decía “piojito, piojito”. Desde polluelo habían cortado sus alas para que desconociera el placer del vuelo; sin embargo, al amparo de la noche robustecía la masa muscular de sus alas. Al salir el sol, se estremecía al escuchar el piar de las aves que cruzaban el cielo. El tiempo y el olvido de su dueña hizo crecer su plumaje y lanzó un grito de “quiero volar”. Batieron sus alas rumbo a la copa del cielo. Planeó por las ramas del ceibo, disfrutó de la humedad del viento. Se llenó de libertad. A lo lejos oía el canto de los grillos y el ulular de los búhos. Por la mañana comía las frutas del nogal y entonaba las notas del himno francés. Voló para perderse entre los olores del bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió de pronto una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta hacía su casa. No podía aceptar que otro perico le diese los besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.

La luna viene
Entré con respeto. Eludí flores de durazno, arabescos de arañas. Salió una niña espigada, pelo a la cintura, morena y una sonrisa con hoyuelos.




No es de extrañar que cruce de árbol en árbol dejando en cada rama evidencias que seducen a la caracola más exigente.