Adolescencia

 

 

 

mujer inocente¡ Ha de estar agotadísima! Toda la noche soñé con ella.

Pensé que fuiste mía

 

sueño

En el claroscuro se percibe al sol durmiendo la siesta. En ese silencio, el coraje se afila al reclamo de una tarde seducida por las aves. Nada es cierto, ni el sol, ni el silencio ni la tarde. Sólo el peso del mar con sus olas revueltas y bravas; mi palabra es un punto mudo flotando en el radio de una rendija.

Pasará

barcaEdouard_Manet_058pasará
todo pasará
pasará; como todo pasa
Como pasa el invierno, el viento, la vida.
Pasará el aroma que por ser dulce no deseamos que se vaya
Se va como las aves del mal que van por la vida.
también pasa el recuerdo, porque el olvido es parte de la vida.

El cotorro quiere volar

 

 

 

animales.cotottoSu ama lo ponía en su hombro y él silbaba la marsellesa. se desplazaba por su hombro chasqueando besitos tronadores; comía golosamente las semillas de girasol, y su gran placer aparecía cuando el índice de ella rascaba su cabeza azul y decía “piojito, piojito”. Desde polluelo habían cortado sus alas para que desconociera el placer del vuelo; sin embargo, al amparo de la noche robustecía la masa muscular de sus alas. Al salir el sol, se estremecía al escuchar el piar de las aves que cruzaban el cielo. El tiempo y el olvido de su dueña hizo crecer su plumaje y lanzó un grito de “quiero volar”. Batieron sus alas rumbo a la copa del cielo. Planeó por las ramas del ceibo, disfrutó de la humedad del viento. Se llenó de libertad. A lo lejos oía el canto de los grillos y el ulular de los búhos. Por la mañana comía las frutas del nogal y entonaba las notas del himno francés. Voló para perderse entre los olores del bosque. Cuando iba hacía la montaña, sintió de pronto una mezcla de coraje e inquietud. Regresó como saeta hacía su casa. No podía aceptar que otro perico le diese los besos a su ama y que ella rascara otra cabeza que no fuese la suya.

Los copos de nieve

niños.

Sentado en la terraza domino el patio donde retozan los críos. Es la hora que ellos disfrutan, porque doña Abigail va a misa de seis de la tarde. Es una mujer de trabajo, incansable, seria. ¿Ha olvidado su niñez, o quizá nunca supo de ella? Es la hora que sus nietas se escapan al solar sembrado de frutales. Hay gallinas, guajolotes y al fondo, en un corral está el chancho. Corren y entre ellas inventan sus juegos. Marta es mayor y gusta de la brusquedad, en cambio Noemí es frágil, femenina. Mientras una está subiéndose al naranjo, la otra tiene entre sus brazos a una muñeca de trapo que la baña sin agua, viste, da de comer; la duerme.

En las últimas semanas se les unió un vecino de la edad de ellas. Es moreno, de pelos parados que se lo aplacan con jugo de limón y le hacen un partido del lado izquierdo. Las ve con curiosidad. Recién llegó a vivir a este lugar y no conoce a nadie. Es hijo único y su mamá no lo pierde de vista. El barullo que arman ellas, hace que salga de casa. Se acerca cauteloso y Marta más alta que él, le pregunta cómo se llama. Con voz apagada musita su nombre y conforme pasan los días va incorporándose a los juegos. Marta es correr, cortar frutos. Noemí  contemplativa,  juga en silencio con su muñeca.

Como aguacero que no avisa llegó la abuela con una vara en la mano y le dio en las nalgas a las dos, para que no escaparan de casa. Rubén asustado se escabulló. Creí que ya no saldrían al patio, unos días así pasó, sólo estaba el niño jugando con las canicas y un trompo que al aventarlo salía como bala. De diez tiradas, solo una vez lo hacía bailar.

Después de algunos minutos que las campanas sonaron llamando a misa, salieron las niñas. Marta, la mayor, inventó el juego de que el banco era el puesto de centinela, la calle, caudaloso río. La misión, vigilar con un telescopio hecho de cartón si se acercaba un barco viejo, gordo y amarillo. Cuando se viese, había que dar la voz de alarma haciendo sonar el bote con un palo de madera.

Hora y media de retozo. Jugaban a las escondidas, a balancearse en la rama del árbol y quienes estuvieran abajo gritaban asombrados: ¡una piñata! y se colgaban haciéndolo caer.  Se repartían las naranjas, las guayabas y la frutilla roja, dulce y cuyas hojas del árbol se duermen en cuanto el sol se esconde, Puanes puanes, así llaman a la fruta.

Sucede que a veces Marta no salía porque tenía mucha tarea, o bien porque su abuela se la llevaba a la iglesia, para que el cura le quitara los cuernos. Salía Noemí y todo cambiaba, era más de platicar, de ver las flores, las mariposas. Ellos se entendían bien. Mirarles los ojos era encontrar en ellos una alegría de platicar en silencio. A que juegas con Noemí le preguntó un primo.

—Jugamos a la nieve.

—A la nieve, si no hay nieve

—Pero hay limonarias

—Y eso qué

—Pues si te das cuenta están floreando y parecen copos de nieve. imaginamos que vivimos en el polo norte y que nos cae la nieve; quien reciba más plumitas de nieve, gana.

—Y que apuestan

—Apostamos besos.

— O sea, si ganas le das un beso ¿y si ella gana ella?

—Ella me lo da a mí.

El primo movió la cabeza y solo dijo: “pinche chamaco cabrón.”

Hoy no jugaron, dijo el gato y fue hacia los matorrales en busca de lagartijas.

Tanka de otoño

mujer.Claude-Monet-Woman-with-a-Parasol

Vuelan los pájaros
guiados por estrellas.
Laúd de otoño.
se hizo frágil mi cántaro
y se instaló el invierno.

hayku

lunaLa luna viene

alumbrando el camino.

los tejos brillan.

Buscando a Edna

 

 

PinarEntré con respeto. Eludí flores de durazno, arabescos de arañas. Salió una niña espigada, pelo a la cintura, morena y una sonrisa con hoyuelos.

— ¿Aquí vive la señorita Edna?

Asintió.  me ofreció una poltrona. Acepté y se lo agradecí devolviéndole la sonrisa.

—Dice mi hermana que lo espere un momento. Me trajo un jarro de agua y otro de café. —Ahorita le traigo pan, es rico, anoche hizo mi abuelita.

¡Claro que me gustará! Este pan sólo lo comes por estas tierras de frío con hornos de barro.

El corredor estaba resguardado por macetas con helechos, azaleas y enredaderas que formaban un arco de hojas y flores.

Salí antes que el sol. El pasto vidriado de rocío era un tapiz donde se dibujaba mi pie. Me pregunté ¿Cuántas generaciones habrán transitado por estos senderos? Miré. Vi correr a los aztecas llevando el pescado fresco a Moctezuma, el trote de los caballos cuando se dirigían al altiplano. Soy último tras de mí, nadie viene, a nadie veo. A cada paso mis sandalias hacían saltar a los chapulines de colores. A los lados del camino se levantaban columnas pétreas que imitaban enormes cirios desparramando lágrimas de piedra. El viento enfriaba mis orejas y las cubro con una bufanda de franela. Las sombras se han ido, han quedado retazos de niebla que entorpecen la mirada, casi colisionó con enorme piedra. Sobre ella había una iguana que simula un tiempo de miles de años y da la sensación de vigilar el pasado.

El sol descubrió los volcanes. ¡Qué majestuosidad! La inmensa alegría del montañista al conquistar la cima. ¿Qué sentirán? El aliento pobre, las fuerzas al límite y el corazón efervescente de plenitud. La mirada hacia el valle, sintiéndose en ese momento águilas entre nubes y riscos. ¡Sentirse Dios! un millonésimo de segundo y después la humildad, que es la mejor manera de estar en paz consigo y con los hombres. La vida tiene muchas montañas. Mis rodillas viejas se duelen al peso del frío. He decidido ser un trepador y admirar la belleza desde el cielo. Qué importa si no soy ave, nube o cometa.

En el trayecto el viento traía olor de manzanas; resoplé por la cuesta y el pulso rompía en mis sienes. Atrás dejé mi casa, mis libros y una mecedora. Estuve por regresar; seguí, olvidé el dolor; bebí las percusiones de mi corazón. No estaría mucho tiempo fuera, las horas pasarían con su paso acostumbrado. Me dispuse a disfrutar los colores que poblaban el cielo. El gris abochornado por no ser azul. A lo lejos el amarillo eléctrico columpiándose. Los grillos corrían asustados cuando mis sandalias raspaban el camino. Aspiré hondo y dije que el tiempo va y viene. ¡Nada cómo el paisaje!

Mi desasosiego se fue nublando y salieron de mí, viejas canciones que tarareaba cuando regresaba de la escuela… ¡ánimo Rubén! Por el sendero topé con nopales agredidos por caminantes. Las pencas tenían cicatrices blancas, pero las hojas jóvenes colmadas de espinas parecían estalactitas verdes, y arriba se formaba una procesión de tunas.

Nadie inventó la campana, éstas ya existen en forma de flores, las ladea el viento y tintinean perfumes. Encontré un campo de ellas con diferentes colores. Bajo las piedras las lagartijas. Había un ajedrez de vida, donde cada pieza tiene una labor y todas se ordenan de manera celestial. Nadie intenta suplir, cada uno es como es y eso lo define como auténtico. Amo a las personas por esta cualidad y no por la apariencia. Me río al imaginar a una campana que suene como rebuzno.

Llegó tu mano a mi boca. La niña que me recibió trajo un café con panela en un pocillo de barro. Y un pan que no comía desde niño, había galletas de agua y por el otro, el olor inconfundible del marquesote. Tu mano tiene olor a café y de hospitalidad y el afecto que la niña me da, me hace pensar que así eras tú. » No quiere que le traiga un poco más de café» ¿Desea otra cosa? sonriéndole le di las gracias.

Olor de café, marquesote y manzanas, el garabateo de las aves en el desfiladero y el rumor del agua, cuando la cubeta se atraganta en el pozo me ofrece placidez. Arriba los colores ensangrentados del framboyán y la buganvilia en flor enmarcan el día. Escuché el taconeo. Ese golpe que hace la porción de cuero cuando se hinca sobre el piso de loza. y cerrando los ojos, imaginé un cuerpo ágil. Te vi con tu pantalón de mezclilla y tu blusa blanca con detalles de color de rosa. Nos saludamos al unísono, besé tu mejilla y me envolvió el aroma del jabón y después el de hierbas en tu pelo oscuro. Me invitaste a seguir sentado y nos quedamos en silencio. Yo me dije, que eras una niña, juiciosa, de piel que se eriza cuando el hombre muerde inmisericorde la naturaleza, o bien cuando miramos al reyezuelo pisotear las intimidades de una raza despojada. Todo eso pensé cuando te vi. No sé que te dirías, pero tus ojos tenían agua limpia. Me regresé con la imagen de una mujer dispuesta a darse a sus semejantes. Regresé por el mismo camino, lenguas de roca, vientos de aroma y un sol enfebrecido miraba mi retorno.

Añoranza

inviernoRaulTamaritMPaseoPorElBosqueAcuarela

Tardes de invierno
son fogatas en nieve.
Al recordarte,
el flash de mi memoria
no sabe y me perturba.

El hallazgo

amantes

Cuarenta años habían pasado cuando la encontró, tuvo una erección tan feroz que aceptó por un instante que retornaba a la adolescencia.
Eres lo que busco, dijo al oído, mientras la sujetaba de las caderas. El perfume de sus cabellos lo enloquecía; sus labios rodaban por su cuello.
Dentro, la barca del infarto desataba sus nudos.

La decepción

mujer1-kellys-robe-ron-mcdowell

Él tomó su sombrero, te dio un beso en la mejilla y dijo: “Luego vengo”; y en un santiamén, llegó la madrugada sin que él diese señas de volver. Antes de que se fuera, lo abrazaste recargando tu perfil en su cuello, tus senos contra su pecho. Mientras él se bañaba, miraste al espejo. Tu pelo castaño caía lacio sobre tus hombros, la bata abierta parecía un zaguán resguardando frutales. ¿Sabes?, la seda va muy bien a tu cuerpo, pues al caer define la brevedad de tu vientre y la curva de tus caderas. Del buró sacaste un incienso de sándalo y te imaginaste el olor esparciéndose en la recámara. Él salió del baño con las gotas de agua atrapadas en el vello, sin mediar palabra, lo besaste. Él respondió, discretamente zafó de tus brazos y se encaminó hacia el clóset. Empezó a vestirse y tomó el sombrero.

—Regresaré pronto— dijo.

Besó tu mejilla y sonrió con picardía.

— Voy a una reunión de caballeros.

Mientras te bañabas, miré tu silla veteada, recorrí cada una de las figuritas de porcelana. Oí crujir la puerta. Saliste con una bata color naranja y sujetabas tu pelo con una toalla. Jamás hubieses imaginado que yo veía detrás del espejo. Tus ojos color carbón, labios hechos para el beso; las mejillas turgentes y frescas.

El bochorno de la noche dio la justificación para abrir la bata. Observaste la grandeza de tus pechos y sonreíste al recordar la atracción que ejercen sobre el deseo de los varones. Cepillabas el cabello; en cada movimiento, sobresalía enrojecido tu pezón como una uva cargada de vino.

Te recostaste sobre la cama y esperaste. La noche calurosa se transformó en tibia y la vigilia empezó a tropezar con el silencio, el fastidio fue escondiendo los deseos de lumbre y bostesabas.

Miraba tu esplendor, acostada tenías la cabeza de lado, y la dignidad erecta de los pechos; en el sueño, ellos esperaban. Tus piernas largas que parecían cal dorada.

—No entiendo el desprecio de tu varón. ¡Cómo no trotar y cabalgar tus colinas llegando así a las dunas de tu vientre y entremezclar los suspiros con lluvia íntima! He salido de mi escondite y estoy a tu lado, por más que intenté sacudirte con mi ánimo, no despertaste. Me retiré a mi guarida a rumiar mi desorden que, por supuesto, ya no es de este lugar, aún recuerdo las veces que espiaba a las parejas en su procesión de quejidos. Hermosa mujer, yo también me he decepcionado de tu esposo y me he quedado con el deseo de lubricar mis sentidos.

Senryu

sol amodorrado

¡Amaneció!

Un sol amodorrado

peina sus nubes.

Dinastía

leñador

Miraba su torso. Él sentía su mirada. Desgajaba con prontitud el tronco de madera. Los vaqueros no tardarían. Urgía la leña. Por órdenes del patrón auxiliaría en labores de la cocina. Había cruzado miradas, algunos roces y una que otra vez la patrona lo había tocado, como hace unos momentos que introdujo algo en su bolsa.
Desdobló el papel y leyó: rumbo al cementerio, se entrecruzan los caminos, toma el de la izquierda, encontrarás una vereda, se llega a una casa con una puerta antigua pintada de azul. Entra. La puerta no tiene tranca.
Había un olor a rosas trituradas. Miró por todos lados y la noche recién, no cubría la luz de la veladora que aluzaba la imagen de un cristo, a un lado un antiguo calendario con la imagen de un felino.
Reconoció el vestido que colgaba. No tuvo dudas. Con rapidez se despojó de su ropa. Llegó hasta la cama y los besos rodaron como bolas de lumbre sobre los precipicios de ella. Después la respiración adormilada, el cabello largo recostado sobre el tórax de él.
Un ruido seco cimbró la luz de la vela. Una bala se incrustó en la boca que aún saboreaba el resabio del pezón.
— ¿Tienes certeza de que estás en tus días fértiles?
Aturdida contestó.
—Sí
—Bien. Dame el pico y la pala… —le ordenó el marido.
¡Espero que quedes preñada!

La primavera

20170306_154337No es de extrañar que cruce de árbol en árbol dejando en cada rama evidencias que seducen a la caracola más exigente.
Por acá
la tarde es una gallina clueca, pelona del cuello,
que cuida con celo sus aves. 
Aves que dejarán en las enramadas, luces sinfónicas como aquellas rokolas que percutían en los viejos cafés.
La primavera cumplirá para que los colores despierten a las flores y los humanos mediten que la vida aún nos quiere.

Soñando

mujer

Es muy noche, las lagartijas se han ido a su escondite. Escucho voces lejanas y el amanecer no tarda. A estas horas pienso en mi amada y me pregunto por los sueños que estará pasando.

Es ella, la veo a tras luz y en silencio. La veo hermosa y bien. Casi quiero acercarme y darle un beso en la mejilla, pero me detengo y solo me toco los labios. La noche brilla, el rio pasa de largo y despierto soñando.