Hay voces que vienen de un velorio de hace años, pero no, son las mujeres que cuchichean, mientras tallan la ropa en el vientre rugoso de la piedra. Los niños grandes cuidan a los chicos y las mujeres parece que rezan. Pero no, es el río que murmura. Cerca, los hombres platican y beben. La espuma de la cerveza tunde y resbala. En silencio, ellas esperan a que la ropa esté seca. El ave que estaba en el risco se ha ido, dejando en el desfiladero la tarde noche y el vacío.
No había nada que decirse, nuestras miradas satisfechas se entendían. Un golpe con tu codo en mis costillas me decía que el camión de la media noche no tardaría en pasar. Afuera la lluvia azotaba a los árboles de pino. Decidí no vestirme, ni mojarme, ni dejar de abrazarla, mañana me iría antes de que llegasen sus padres, pero con el deseo de que me viesen saliendo de su casa. Total, ya era tiempo de que supieran que su hija tenía un amante. Un novio formal con senos pequeños, pero dispuesta a desposarla.
—Abraham, Abraham. ¡dónde estás! ¡qué haces! —El viejo deseaba salir de la casa y reunirse con los amigos y distraerse con el juego de fichas chinas.
—Qué sucede mujer.
—Que se terminó el arros, ve a la tienda. —Mejor no puede ser—, así no tendría que inventar. La tienda se encontraba en el centro del pueblo y muy cerca donde estaba la jugada.
Hablaba mocho el español, moreno, de mediana estatura que llegó en plena Revolución al país. Sus paisanos lo apoyaron con mercancía y de casa en casa la ofrecía en abonos. Así la conoció, de quien más adelante se convertiría en su esposa.
Su mujer era incansable, a pesar de haber tenido una gran prole de hombres, no paraba y se hacía obedecer.
A buen paso estaría en la tienda en menos de media hora. Tenía más de una semana que no se veía con los amigos y el negocio de las telas no pasaba buenos momentos, necesitaba plata para ir a surtir, con un poco de suerte y algunos ahorros podría emprender el viaje hacia la capital.
María, mujer con carácter, sólo esperaba el arros y su marido no llegaba. ¡Juan! gritó con enojo. Ve a ver qué pasó con tu padre. Vete con cuidado. Ayer amanecieron dos colgados por las afueras de San mateo. Se fue rápido, era un toro, ancho de espaldas y unas manos que parecían pinzas.
Era tiempo de naranjas y también de tordos, fue juntando los frutos picados y amontonó las hojas. Su cara morena, de grandes ojos, siempre arreglada. chaparrita y siempre usaba zapato con tacón alto. En ese momento nada ni nadie podría sacarle una sonrisa, si algo le encabronaba era perder tiempo.
Cántaro —gritó— Si amá. — Tiene como una hora que mandé a tu padre a que me comprara arros, y no llega, ya se fue Juan a buscarlo, pero ninguno de los dos aparece.
Media hora después y ninguno había llegado. María tenía un nudo de mecates en el pecho. Hablaban los vecinos de la mano negra, una cuadrilla de maleantes que azolaba la región.
El tiempo se hacía eterno. Se cambió de vestido se calzó otras zapatillas de tacón y se fue a ver qué pasaba. El sudor corría por la espalda y miraba para todos lados, pero no aparecía ningún conocido para preguntarle por su esposo y los hijos. Llegó a la tienda con los puños apretados, conteniendo su voz, preguntó
—Don jesus, ¿ha venido Abram a comprarle arros?
—No.
—¿Ha llegado gente extraña?
—Tampoco, ha estado en calma.
—¿No ha visto a mis hijos?
—Al que vi fue al delgado con pelo chino. Me vino a comprar pan y chiles.
—¿Hace que tiempo?
-No tendrá mucho, luego se metió a la casa de Don Regino.
—¿Y que hay en la casa de don Regino?, ¿alguna fiesta?
—No Doña mari, allí se juntan los que juegan una cosa como domino. Porque no pregunta, está como a media cuadra. La casa es de color azul.
—Gracias don jesus y ya que estoy aquí, deme medio kilo de arros.
Sudaba de las manos de tanto tenerlas cerradas. tocó con prisa. Nadie le abrió la puerta. Como estaba a medio cerrar, entró. Recorrió la cortina. Vio en el fondo a su esposo, sus dos hijos y desconocidos que se apiñaban alrededor de una mesa. Todos en silencio. Se acercó y fisgoneo entre los hombros. Al centro había un sujeto fumando moviendo las fichas que cliqueaban al golpearse entre ellas. Después las ordenaba en filas y fue repartiéndolas entre los jugadores. Con sigilo apretó los brazos de sus hijos que al verla bajaron sus cabezas y salieron. Sentían que la mano de su madre los apretaba. Ese no era el dolor, el dolor, vendría despues. les dijo con los ojos que se fueran a la casa.
El padre no se había percatado que la esposa estaba allí. Un viejo jugador, le hizo señas con los ojos, él volteó. Siguió con su cara de madera tallando con las manos las fichas y en un medio español, dijo que era para él la última partida.
Regresaron en silencio. El viejo Abraham se fue a la capital a surtirse de mercancía. Ella reunió a sus hijos, dejó la casa y se fue a buscar trabajo a otra ciudad.
Mamá, yo recuerdo que mi abuela era delgada con su cabello negro trenzado y bien ordenado y por sus brazos correosos tenía un enramado de venas cuando apretaba su puño. ¡Claro que sí!, así era. Ella, dos veces por semana se iba con su bote a comprar leña por la bocana del río. A mi mamá no se le dificultaba nada, a los varones que crio los traía cortitos y ¡ay! de aquel que le rezongara. Era dura, muy dura, pero nos enseñó a trabajar y a respetar lo ajeno. Era delgada y hábil para manejar los rápidos, cargar la leña y regresar a casa. Pendiente que tuviéramos la panza llena y el sueño a flor de ojo. Siempre se aseguraba de que el pabellón estuviese bien para evitar que fuéramos alimento para los moscos. Era la primera en levantarse y lo sabíamos por el sonido de los trastes y el olor del café. Los gallos cantarían después.
De autos recientes bajaban señoras a punto de parir apoyadas del brazo de un varón, tan ansioso o más que ellas. Celia escuchaba emocionada las palabras de aliento: «todo va a salir bien amorcito». Un camillero llegaba con una silla de ruedas y era el marido que exigía trasladarla hasta la sala de recepción del hospital. Ella tocó su panza lisa, y cabizbaja regresó a preparar la cena, como hace cinco años.
Aquel tipo declaró que mató a más de cuarenta. En un acto de remordimiento aceptó donar una cornea, un riñón, una porción de hígado. Así cuando Dios lo llame a cuentas, la deuda será menos.
Era un día soleado sin embargo el fino sentido de la mujer llama con gritos a los chamacos. «¡Díganle al inútil que venga!». El agua no tarda. Solo pasó un instante cuando se inició la tormenta. Entre todos descuelgan la ropa del tendedero, pero el cielo como olla quebrada deja escapar cascadas de agua. El “inútil” dice: «deja que se moje, que ya se secará» La mujer que se fregó desde la mañana sacando agua del pozo y lavando a mano se le traban las mandíbulas de coraje e impotencia. Era ropa ajena y de la casa. El marido tiene quince días que no lo llama el patrón y ni la cama tiende. Fue media hora de agua y habrá que pedir fiado el jabón.
Esta parte del trayecto hacia las cabañas es poco transitado, es como una brecha entre ceibas y zacatales. Nos desprendemos del cinturón de seguridad y nos besamos una y otra vez. Me recorre el talle y la parte abultada de la blusa. Me toma de la muñeca y la conduce hacia su pierna. Me incita y recorro y aprieto su muslo hasta llegar hacía lo que se esconde bajo su pantalón. Él se ha bajado el zipper. Abarco su dureza y no entiendo cómo es que todo esto lo haya abrigado. Percibo el latido de sus venas. Él conduce despacio, y por el vaivén me balanceo. Ha tomado mi nuca y comprendo lo que desea. No lo rechazo, también me perturba y pasan por mis ojos escenas eróticas de la televisión. Cautelosa olisqueo, lamo. Apenas si puedo. Aprendo. El sabor de su transparencia, el olor, su gemido su cara de satisfacción y el amor son una fuerza poderosa que está por encima, él disfruta y eso es una razón poderosa. Todo lo de afuera desaparece y te concentras en el placer que se muestra al sentir que una laguna se ha formado entre las piernas. También hay temor a que alguien entre los zacatales pueda imaginarse. Es un plus que excita y no sabes el porqué. El paisaje era silencio y complemento, es de mañana y el aire apenas mueve los árboles. Me transporta la imagen donde el amor florece entre la hierba.
Salgamos, la mañana es linda. Al quedar frente a frente, me besa, le respondí entrelazando mis manos a su cuello. Me llevó cargada y me sentó sobre la cajuela del carro. Me abrazó de la cintura y escondió su cara entre mis piernas. Sentía su boca y leves mordidas en mis muslos. Levantó mi vestido y desde las rodillas empezó a besarme hasta llegar a mi centro. Un cielo claro. De no sé dónde el ruido de las chicharras fue de lo último que tuve conciencia. Lo abrace con mis piernas. Cerré los ojos, apreté dientes y puños. Cientos de descargas que reunidas corrieron hasta el fin de mi abdomen. Vibré, reía, me quejaba, no lo sé, pero al final solo tuve fuerzas para echarme a sus brazos. Minutos después almorzábamos con mucho apetito.
Háblame. Toca sutil y aúna, con tu respiración, el labio que me erice. Con tus manos en Re conviérteme en saxo y afina el silencio con solos íntimos escondida en la plaza de tus deseos.
Había un tigre hambriento en la espesura y le dio la mitad de su comida. A lo lejos se escuchaban ladridos ansiosos y comprendió que seguían su rastro. Le habló en lengua de tigre y lo transformo en un perro atigrado. Regresó a su choza, detrás lo seguía el perro. Vivían juntos, en armonía con la buena gente del pueblo.
Cambiaron las autoridades que llenaron la canasta de promesas. Tiempo después se presentó a su parcela el nuevo comisario de tierras. Escuetamente le comunicó que su parcela ya no le pertenecía de acuerdo al nuevo censo, que si estaba interesado, que se anotara en la lista para solicitar un nuevo lote. No dijo nada, sería inútil. Antes de retirarse le dijo que tenía un mes para desalojar.
Meses atrás un criador de caballos de pura sangre compró la hacienda. El viejo Anselmo la vendió. Fueron vecinos muchos años y la amistad jamás estuvo en juego. Ambos tenían en común el respeto. El nuevo dueño no se presentó y en lugar de él mandó a su ranchero de confianza. Que se despidió exclamado “que bonito manantial tiene vecino”. No había que ser inteligente. Sabía por donde venía el olor del golpe.
Don Juan tenía algunos años en la región, llegó de las tierras áridas del norte, a sugerencia de su compadre de batallas Remigio que vivía más hacia el sur, muy cercano a una zona rica en tradiciones. Ambos se veían cuando se tenían que ver y sin previo aviso aparecían en el patio de la choza platicando animadamente.
«Ni me cuentes Juan estoy enterado que te quieren quitar las tierras y como al parecer tu eres el vecino más débil te han echado a la autoridad, y si eso no funciona tiene una cuadrilla de malosos que seguramente quemarían tu casa y dirán que fue un accidente. El criador de caballos es todo un personaje en la capital y tiene el permiso de los peces gordos. Ama los caballos más que a sus hijos. Recién le trajeron una pura sangre árabe de color negro.
Remedios Ancira ensilló su caballo al amanecer. Le gustaba trotar y dejar que la mirada se le escapase por el llano y en otras por la espesura del monte. Era un admirador de las aves y por eso había respetado el monte, Así que esa vez se acercó tanto que pudo divisar en la espesura unos ojos amarillentos que lo veían fijamente. Sí, era la cabeza de un tigre que sobresalía de entre los helechos. De regreso pensaba que solo fue su imaginación. En la noche soñaba que un animal se había echado sobre sus pies y adormilado se sentó y un cuerpo felino salió por la ventana. La tercera vez que vio al tigre casi se desmayó. Montaba al potro negro como un jinete. Cuando despertó supo que en sueño él se vio desmayado.
Una semana antes de que terminara el plazo, el comisariado se hizo presente para advertirle. «dile a tu patrón que por favor le haga caso a sus sueños» Sin mirarle los ojos, le ordenó al comisariado que desistiera. Que lo había pensado y que era un buen vecino.
El comisario desobedeció. «Tienes que desalojar». Satisfecho de su mentira cabalgó de regreso. Al pasar el río dejó que la bestia bebiera.
Solo escuchó un estruendo, uno solo. Al voltear llegó en avalancha el agua que la presa descargó sin motivo.
«Ya vi Juan que te gusta dar de sustos a la gente». «Y a ti Remigio te gusta bañar a la gente y los dos rieron por un buen rato.
Mi madre se dio cuenta que Aymara me tenía aprecio y que le correspondía. Mi padre la trataba con respeto y platicaba con claridad lo que sucedía política y económicamente en la ciudad, Mi padre se movía en el negocio de bienes y raíces. Tenía facilidad para la compra y venta lo que le daba holgura económica y Aymara lo apoyaba. Mi madre pertenecía a grupos de ayuda y su tiempo lo dedicaba a organizar eventos. Era incansable, se daba tiempo de revisar los quehaceres de la servidumbre, atenderlo en la comida y tenerle su ropa ordenada. La servidumbre, terminada su labor volvía a su vivienda. A las seis de la tarde no había nadie en casa; hasta las ocho llegaban mis padres. Estaba haciendo mi tarea, cuando entró Aymara con mi teléfono envuelto en una franela. Me quedé fría y antes de hablar me dijo: «Tu mamá estaba en el patio y el móvil empezó a sonar. Le dije que la llamada era para mí. Lo encontré en una cajita de madera». Mi madre siempre está atenta. Él nunca me llama. Madre salió de la casa, padre aún no llega. Le hablé ansiosa, preocupada. Me contestó. Él no llamó, quizá se activó solo el móvil. Aprovechó para decirme que saldría de viaje hacia un lugar muy alejado. Es la sierra de Zacualopan, un lugar famoso por su medicina herbolaria y sus chamanes. El manantial cristalino que dotaba de agua a la población se volvió turbia. La población cree que es a consecuencia de alguna brujería. «No sé cuánto tiempo me lleve la investigación. Te mandé un regalo, recógelo en el correo, Espero te guste. Cuídate y te amo». También yo me cuidaré. ¿Cómo fue posible que sonara el teléfono si él no me llamó? Gracias a eso me enteré que estaría ausente ¡qué será lo que me mandó? Tengo que hablar con Aymara. Si no hubiese sido por ella, mi madre se hubiese enterado de todo. Aymara me llamó para que la acompañase a tomar café. Es buen momento para platicar. Después de los primeros sorbos, ella tomó mi mano y me dijo: cuéntame. Cuántos cambios habré tenido en mis gestos, que Ayma (le diré por afecto también nana) me acarició la mano, como diciénd que me calmara. «Empieza por el principio». «Hace meses encontré a un muchacho mayor que yo y volví a toparme con él al siguiente día. Me invitó a dar un paseo y terminamos en intimidad. Acepto que me ganó el deseo. Yo fui quien lo apremió a que me hiciera mujer. Me prometí no buscarlo, pero muchas dudas se abrieron y lo llamé después de tres meses de no verlo. Él me obsequió el teléfono, con la sugerencia que solo lo utilizara para llamarlo. He estado saliendo con él y para serte franca he disfrutado mucho de nuestra intimidad. Quiere platicar con mis padres y pedir mi mano para formalizar el noviazgo, pero intuyo que ellos pondrán el grito en el cielo. Si no hubiese sido por ti, mi madre estaría interrogándome. Veo en tus ojos dos miradas, una es de profunda alegría y la otra de culpa. Amar no es motivo para que te encuentres angustiada. Limpia tu corazón y no cargues tablones en el alma. Lo que se hizo, está hecho, nadie te va a regresar lo que se ha ido. Lo que debes de tener presente es que diste un enorme salto de pequeña a mujer, por lo que debes de portarte como mujer, y ser responsable de lo que haces. Lo que haces tiene consecuencias que debes de afrontar, uno de ellos sería un embarazo. ¿tu sangrado te ha llegado? No me contestes sé que sí. Ocultas bien la ansiedad, pero intuyo que te reprochas haberle fallado a tus padres, que has pisoteado valores religiosos y familiares. Compara esa culpa con la satisfacción. Tú eres la que tiene que decidir que tiene más peso si la culpa o el haber conocido tu sexualidad. Solo tú sabrás si te conviertes en un lamento o una sonrisa Yo no diré nada a tus padres. Escuché el motor del carro de mi padre. Quedamos en silencio tomando el café. De hoy en adelante intentaré enseñarte, lo que aprendí de tu bisabuelo. Siempre y cuando lo aceptes. Consúltalo. Fui a recoger el paquete, me imaginaba un anillo, aretes, collar, pero todo esto que es hermoso para cualquier mujer, no era adecuado para mi, llegarían las preguntas de madre. El paquete no era grande, cabía en mis manos. Lo abrí llegando a mi estudio y me encontré con un pequeño gato negro en actitud de acecho de color más negro que la noche. Aymara me diría después que era de obsidiana y que te daría protección y suerte. Cómo era pesado su utilidad sería la de un pisa papel. De esa manera me estaba diciendo que estaría lejos, pero pensando en nosotros. Me emocionó y desde mi lugar le mandé un suspiro y mi abrazo a la distancia. Donde fue es muy lejos y lleno de leyendas y supersticiones. Desde mañana empiezo. Aymara consiguió que mis padres me permitieran ir hacía el pueblo donde ella nació para conocer la herbolaria de la región. Está como a tres horas y ya tengo una bolsa parecida a la que tiene mi nana.
Las siete de la mañana. Era un día de perros. La lluvia helada caía desde el alba. La clínica de salud en el área de urgencias médicas estaba desierta. Era atendida por el médico de base y una enfermera.
—Enfermera. Dijo con voz grave el médico.
—Dígame.
—Por favor ponga agua a calentar.
—¿Para?
—¿No le caería bien un café calientito? Se hace uno y de paso me lo hace a mí.
—Hágaselo usted. Soy enfermera, no su sirvienta.
Si llegaba un herido lo atendían en profundo silencio, sin dirigirse la palabra. Tenían meses y solo se hablaban si era necesario, por ejemplo, cuando pasaba el señor director, ambos bromeaban y sonreían.
Ese día, el tiempo no estaba de buenas, y el médico menos, el desprecio de la enfermera había colmado su importancia personal. «solo le daré un susto a la enana». Ella también estaba de malas. Casi para llegar a la clínica pasó velozmente un auto y levantó una cortina de agua que la empapó.
Le dieron ganas de orinar. Los baños estaban hasta el fondo del servicio, a un lado del botiquín de instrumental y medicinas. Lo que más le molestaba era pasar frente al médico, que era mal encarado. Bigotudo y con el pelo siempre parado. Pasó sin mirarlo. En el wáter aprovecharía para cambiarse las medias y los zapatos.
Cuando quiso gritar, la mano cerró su boca; hábil, bajó su ropa interior «¡Vas a saber lo que es un hombre! Te quitaré la cara de seria que siempre tienes conmigo. Veras que de hoy en adelante me respetarás, sonreirás; y dejaremos de ser comidilla» El agua arreció, truenos lejanos. Dentro, el forcejeo fue substituido por caricias y besos. No llegó urgencia alguna.
A diario, sobre el escritorio del médico, aparecía en el florero un clavel rojo y en la mesita de ella, escondido entre la papelería un sobre y dentro, una barra de chocolate. Tomaban café en silencio, pero había un parloteo con los ojos que era un jardín en floración.
Es una noche bochornosa, y percudida por el humo de los vehículos y el aceite donde fritan los tacos.
Hay una paloma indiferente en la cúpula de la iglesia. Muy cerca está el callejón de la Rana con luces fosforescentes y música pesada de rock. Es una pasarela con dos bandas. En una, las mujeres van de una esquina a otra moviendo la bolsa al compás de sus caderas. En la contraparte los varones debidamente maquillados hincan fuerte el tacón y la bolsa bambolea en desorden.
Un policía sigue con la mirada la banda de los “mujercitos”. A pocos metros un mozo quinceañero mira hacia ambos lados, y de su bolsillo saca una moneda que la hace girar en el viento.
Tenemos ahora una carretera asfáltica que comunica a la gran ciudad. Estos ingenieros de obras les valió madre la piedra de siglos y la arrancaron para poner una capa de asfalto que en breve estará llena de hoyos. A la laja se le resbalaron los siglos y estaba lozana, como si ayer las manos abuelas la hubiesen colocado. Las casas, que eran de techos de teja, están cambiando a losas de cemento. Los aromas que revoloteaban por la mañana o tarde los siento lejanos. Caminaba por la calle y llegaba el olor a pan, a café recién tostado y el revuelo que hacía el aroma de la vainilla cuando se asoleaba en los patios. Hoy, los olores son a diesel quemado y, en vez de escuchar el griterío de los cotorros, se oye el ruido de los motores. Cada tarde aún doblan las campanas.