El diablo de Abe Kobo

Un día encontré una ratonera al fondo del armario. Aunque no recordaba haberla comprado en ningún momento, se me ocurrió probarla, pues se percibía la presencia de ratas desde hacía algunos días; la instalé en un rincón de la habitación con restos de granos de soya fermentada como cebo.
Ese mismo día hubo una presa. Al volver a casa del trabajo, escuché un chillido en la oscuridad. Cuando prendí la luz, vi que quedó atrapado un pequeño animal extraño de color verde azul.
Esta no fue toda mi sorpresa; ese animalito, al voltear a verme, juntó las dos manos como de lagartija y me habló suplicante en un japonés correctísimo, aunque con cierta aspereza:
–¡Sálveme, por favor, se lo ruego, señor! A cambio le voy a satisfacer tres deseos, cualesquiera que sean…
–A ver, déjame decirte que estás cayendo en una contradicción –dije simulando serenidad para controlar la excitación–. Si estás dotado de una capacidad tan envidiable, ¿cómo no te has escapado tú solo de la ratonera?
–Es el castigo que me tocó por un descuido. Hasta satisfacerle tres deseos a mi vencedor, no podré recuperar mi infinita capacidad de transfiguración.
Ciertamente era coherente a su manera. Le quité la tapa, porque de todas maneras no me importaba que me estafara, y resultó que era honesto de verdad.
–Le agradezco muchísimo –dijo con la cara azul, casi morada–. Adelante, señor, ¿cuáles son sus deseos?
–El tiempo, por ejemplo… ¿Qué te parece?
–¿El tiempo?
–El tiempo es oro, como dicen, y estoy tan ocupado todos los días que casi no me queda tiempo para hacer nada, ¿sabes?
–¿Cuánto quiere?
–Cuanto más, mejor…
–De acuerdo, señor.
Al decirlo, el animal alzó los brazos por encima de la cabeza y acercó gradualmente los dedos de las dos manos. En un instante salió de entre las puntas de los dedos una chispa azul que produjo una descarga eléctrica, y se propagó por toda la habitación un fuerte olor a azufre.
–¡No se mueva! –me advirtió el animal con firmeza al verme asustado–. Usted ya dispone de cien veces más de tiempo.
–¿Cien veces más?
–Es lo máximo que le puedo ofrecer. No es tan insignificante como quizás usted crea, ya que la energía está en proporción con el cuadrado de la velocidad, ¿sabe? Con cien veces más de velocidad, tendrá diez mil veces más de energía. Esto quiere decir que usted ya cuenta con una fuerza casi equivalente a la de una avioneta jet… Chist, ¡no se mueva, hágame caso! Un brinco así de golpe puede ser mortal, pues las piernas se harán añicos al destrozar el piso y el cuerpo en reacción saltará al vuelo, quién sabe a dónde, rompiendo el cielo raso como si fuera un cohete.
–¡Carajo, me tendiste una trampa!
–¿Trampa? ¡Cómo se atreve a decir semejante barbaridad! ¿Acaso no sabía esa famosa fórmula: E=1/2 mv2?
–¡Ni la menor idea!
–¡No se mueva, le estoy diciendo!… Pero qué extraño. Esta fórmula está tan divulgada que hasta sale en cualquier texto didáctico a nivel secundaria.
–¡No sé nada de eso! ¡Basta, qué necio eres! Desembrújame ahora mismo, que no soy ningún maniquí… –grité de angustia sin soportar más el estado precario.
–¿Me permite tomarlo como el segundo deseo?
–¡Como quieras! ¡Rápido, hombre!
–Está bien –dijo sonando los dedos–. Relájese, que ya pasó el peligro. Ahora, ¿quiere pasar al último deseo?
Conteniendo las ganas de aplastarlo de un golpe, le repliqué:
–¡Dinero, entonces!
–¿Dinero?
–Ojo por ojo, brutalidad por brutalidad, pues.
–Brutalidad aparte, ¿de veras se conforma con algo tan trivial como el dinero?
–¿Acaso hay otra fórmula inconveniente que te lo impida?
–No, qué va. A mí me da lo mismo si a usted no le importa, señor…
–¡Deja de hacer insinuaciones ambiguas! ¡Dime todo lo que tienes que decir sin dar más rodeos!
–Con mucho gusto se lo digo, si es que lo puedo tomar como el tercer deseo…
Permanecí mudo durante más de diez minutos sin atreverme a romper el silencio. Me sentí mareado, a punto de desmayarme, y terminé gritando desesperado:
–¡Carajo, cuéntame todo!
–Una cosa muy sencilla… –me contestó el animal con un gesto tan ingenuo en su cara como el de una muñeca de plástico–. Sólo quería advertirle que, al hacer tantas compras, no iba a caber todo en esta pequeña habitación, señor.
–¡Maldito diablo!
–¿Diablo? ¡No me insulte, por favor! Soy un extraterrestre auténtico –apenas lo dijo, volteó a hacer una venia de lado–. Hasta aquí la segunda noche de la sección experimental de nuestro curso sobre la psicología terrícola.
Al recorrer la mirada, caí en la cuenta de que había otros dos animalitos del mismo tamaño que cargaban una videocámara para filmarme. En el acto les lancé un tintero. En ese mismo instante se esfumaron tanto la ratonera como los animalitos, dejando tan sólo el eco de una risa sonora…
https://estoespurocuento.wordpress.com/2012/10/01/el-diablo-cuento-de-kobo-abe/

lagartijas

Al borde del abismo de Abe Kobo

…No me dejaré vencer… es una pelea… yo no voy a luchar para perder…
¡Carajo, esta leche es de ayer, ya no sirve! Aun cuando la guardes en la nevera, da lo mismo. La leche está viva, ¿me entiendes?, está viva, es un ser viviente, de verdad. Al estar viva, se digiere a sí misma y se queda sin valor nutritivo. Qué problema, oye… ¿por qué no te fijas en la fecha impresa en el envase ? No gastan el dinero de la impresión solo para ponerle un adorno, ¿sabes? El producto de hoy se debe consumir hoy mismo…
¿Qué hora es?
Pero las nuevas peras locas que acaban de llegar… esas bolas rojas… me sentaron de maravilla… uno dos, uno dos, uno dos… ¿sabes que tengo oídos muy sensibles? Reacciono de inmediato ante cualquier sonido trivial. En el ring las suelas de las botas untadas con resina suenan de una manera muy especial, ¿me entiendes?, y ahí sé en qué estado físico me encuentro. En una ocasión, tuve que volver apurado a la esquina, a mitad de la pelea, para untar las botas con más resina. Y la risa que eso produjo….
Buenas noches… le fue muy bien ayer, señor Kimura… fue magnífico de verdad. Al lado del ring, ¿se fijó?, había una mujer espléndida que le vitoreaba, así…
Qué frase: «¡Me encantas, me encantas!»…
Qué fastidio… Tengo que ganar la pelea…
Últimamente me cuesta tanto la dieta que de noche me despierto soñando con la vianda de arroz. Para colmo, he tenido demasiadas peleas; ya no soporto ese ritmo tan acelerado. ¿Acaso me toman por pan comido?
Claro, sin peleas me aflojaría en el entrenamiento, pero el exceso también me acabará con celeridad. Ya me siento agotado, ¿sabes? Es mejor calidad que cantidad… Cómo me gustaría escoger solo presas fáciles… pero jamás gozaría de semejante lujo…
Carajo, el otro día hasta llegué a la pesada… ya había terminado el chequeo médico… y nunca apareció el contrincante… Cómo lloré, te lo juro… Después de haber sufrido tanto la dieta, ¿ves lo que pasó? Desde luego, el dinero sí lo cobré, pues ya me habían pesado y no podía regresar con las manos vacías. Pero qué decepción, para uno que atraviesa la edad de andar hambriento todo el tiempo; si no fuera por el boxeo, ¿te imaginas?, me hartaría de comida. Al pesar 51 kilos, uno más no me importaría a mí, ni menos a los demás. Al comienzo de la carrera no tuve ningún problema de peso. Con tantos ejercicios que hacía, todo el alimento pronto se me convertía en músculos…
Tantas ofertas en avalancha me harán la vida imposible. Empecé a practicar el boxeo para no morirme de tedio ante una vida demasiado ordinaria, pero me ha resultado tan azaroso que no dejo de angustiarme. Tampoco sería capaz de suicidarme, ¿verdad que no?… No, no sería capaz… Solo un hombre con un cerebro más desarrollado tendría la osadía de hacerlo…
…Oye, te cortaste mucho el pelo, por la parte de arriba… no, no, es mejor ir a la peluquería antes de la pelea… La barba que crece por culpa de la pereza te vuelve doblemente miserable cuando te tumban en el ring…
Uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos, uno dos… Mira, hoy estoy en muy buenas condiciones…
Oiga, señor Kimura, fíjese que el otro día saqué un oráculo escrito y me tocó uno que decía: «Suerte inesperada». Esa máquina que arroja un cacahuate al colocar una moneda de diez yenes y levantar la manivela, ¿la ubica? Me puse de buen humor y probé otro, pensando que sobrevenía algo extraño. Otra vez lo mismo: «Suerte inesperada». Me dejó atontado y quise probar uno más… y me tocó otra vez la misma frase. No lo podía creer. ¿Verdad que es extraño? Usted sabe que tengo el brazo lesionado, pero me infundió tanta confianza que fui a hablar con el maestro para suplicarle que me ayudara a realizar esta pelea, a como diera lugar. Pero qué tal si la pierdo después de todo esto, qué congoja…
Anda, el sparring
Uno dos, seguidos
¡La derecha, uno dos!
Ahora, jab, jab, jab, jab
Un uppercut directo
Tres derechas, una, dos, tres
Un uppercut derecho
¿Qué sonó ahora?… Ya, la puerta de abajo… hasta la puerta es de acero… El ruido me cayó como un golpe en el vientre.
Ay… estoy despistado hoy. Se me han olvidado muchas cosas. ¿Alguien tiene una toalla de más que me preste? La mía se me quedó en la casa. Quizá soy un tarugo insalvable…
Me levanté de un tiro a las cinco de la mañana, como de costumbre, a pesar de que me habían dicho que hoy podía omitir el trote… Qué torpe soy… Iba a dormir a mis anchas, porque me dijeron que ya no había problemas de peso… Anoche escuché música en la cama para relajarme… el concierto para violín de Tchaikovski… ¿no le parece hermoso?… El canto del cisne también es relajante… Me gusta más el jazz, pero el problema es que me desvela…
Me cuesta levantarme temprano en la mañana, más que todo; como sufro, de verdad… el término «trotar» suena exagerado, pero no me resulta tan pesado correr unos cuantos kilómetros… Al levantarme y vestirme… qué sufrimiento tan terrible… tengo que soportar el sueño y el frío… Ya estoy añorando la llegada del verano… qué pereza…
Y qué importa…, me gusta lo que hago, eso es todo. Aunque a veces me parece odioso, en el fondo me gusta, sabes. Si uno lo odiara en serio, no volvería a practicarlo después de haber recibido tantos golpes fuertes. Hay algo que me atrae. Para empezar, es tajante; todo es blanco o negro y puedes definir lo que significa vivir con claridad, ¿no te parece?
¡Jab, jab, jab, jab!
Jab, al fin y al cabo. Disparando el jab, me puedo serenar. Confío en mi golpe directo. Con el jab provoco al contrincante, así. Jab, jab, jab, jab ¡Upper directo!
¿Qué hora es?
Bueno, la pelea comenzará pronto… qué fastidio… casi no lo aguanto…
¿Ves que compré medias rojas? El color rojo nos trae buena suerte, dicen, a los que nacimos en agosto… ¿Sabes que nací en agosto?… El color rojo es para los que cumplimos años en agosto. Por eso compré estas medias rojas… ¿Cómo?… ¿Color blanco?… ¿En serio? Pero usted no nació en agosto, ¿verdad?… Qué malvado es… deje de tomarme el pelo… Qué extraño… ¿las medias rojas no surtirán efecto?…
…Pero estoy en buenas condiciones físicas. He tenido mucha suerte estos días. ¿Vio que me tocó «Suerte inesperada»? Y de noche duermo como un tronco. Ayer me dolía tanto el cuerpo a la hora del masaje que llegué a pensar que se me habían petrificado los músculos, pero después de haber dormido bien, amanecí como un resucitado, como si nada. Será en virtud de la experiencia. Mire con qué agilidad estoy moviendo los brazos en el boxeo de sombras… La victoria es mía, estoy segurísimo. La lesión en el brazo se me curará por completo al comenzar la pelea, ¿no me cree?
Hombre, no voy a perder… Si me derrotan ya estaré fuera de la clasificación…
… ¡Voy bien! Escuché el pitazo muy cerca de los oídos… Esto quiere decir que estoy tranquilo… La resina de las botas también suena como debe ser… Voy a ganar… Ya van cuatro derrotas consecutivas… Sí, me he esforzado, pese a la lesión del brazo… un esfuerzo casi innecesario… Por más que me digan que descanse, que me cuide más el cuerpo, no puedo calmar la ansiedad… El descanso solo serviría para descalificarme… Qué humillación sería… Una vez descalificado, difícilmente saldría a flote… sí, casi imposible… con tanta competencia encima…
Uppercut directo
Al centro, al centro, al centro
¿Qué haces?, golpea, hombre
Eso, eso
Adelante, adelante
Uno dos, uppercut
Lo sé, no me molestes… tengo experiencia…
Del décimo al noveno… del noveno al octavo… del octavo al séptimo… del séptimo al sexto… cada vez que subo un puesto en el ranking, derribo cinco enemigos… me lo dijo el maestro… O sea que el campeón ha derribado, a ver, cinco por diez, cincuenta boxeadores en total… Qué bueno ser campeón, pero qué terrible ser uno de los cincuenta derribados… pero si no eres campeón, eres uno de los derribados… A veces me pongo a reflexionar… Del séptimo al octavo… del octavo al noveno… del noveno al décimo… Qué ciclo tan detestable… Ahora solo estoy boxeando para que los demás suban de ranking… ¿por qué será?… ¿Será que carezco de vocación?…
(Gong)
Ahora, respira hondo
Ese golpe al vientre estuvo bien
Pero no te conformes con uno dos
Uno dos tres cuatro
Relájate, pero no te detengas
Luego, hacia arriba
Cuidado con el jab del enemigo
Muévete bien
Con las piernas ágiles
Métete adentro
Y uno dos tres cuatro
Sin parar, luego hacia arriba
… De veras creo que hoy tengo suerte. Cambié de trabajo el 18 de febrero… llegué ese día a las 8 en punto a la oficina… Estamos en el año 38, para rematar, ¿no ves?… tres veces el número 8, que es de suerte, indica buen futuro. Soy afortunado.
No perderé… Otra derrota me descalificará…
A la derecha, pásate a la derecha
Ahora, el directo
Date prisa
La derecha, hacia adelante
La derecha, la derecha, la derecha, la derecha
Esquívalo, y al vientre
Bien, bien
Tranquilo, vas ganando
¿Sabes que yo anoto todos los acontecimientos del día en mi cuaderno… todo lo que hago durante la jornada…? Sí, todos los días… no he faltado ni un día, te lo juro… Primero la fecha, las horas que duermo, la hora a la que me levanto, la duración de los ejercicios físicos, los kilómetros que corro, el estado físico… Luego, a ver, cómo diría, la bebida antes del desayuno… té japonés, jugo, leche… también la cantidad y los ingredientes de la comida… Viene otra vez la bebida después del desayuno… Claro, lo que como en la oficina, si acaso pruebo algo… Sigue el almuerzo acompañado de alguna bebida… y cuando estoy muy cansado, duermo la siesta… Todo esto lo anoto… todo lo que como y bebo… Luego entro al entrenamiento técnico…
Apunto también la hora de salida de la oficina y la de entrada al gimnasio… el peso según la báscula… En general, comienzo con el boxeo de sombra… y el sparring… claro, sin olvidar el nombre del contrincante… Continúo con el costal… otra vez el boxeo de sombra… tengo que recordar cuántas veces lo hice… la pera… los saltos de la comba, los ejercicios de los músculos abdominales, de contracción y estiramiento, etc. De todo esto anoto cuánto hice… A ver, a ver… el baño, quiero decir, la ducha… la báscula otra vez para terminar, y la hora de salida del gimnasio… La bebida, la cena, la bebida de nuevo… Si acaso pruebo algo más, también lo anoto sin falta… la hora de acostarme… el masaje, si me lo hacen… las vitaminas que tomo… y una que otra observación general…
Todo esto lo apunto en mi cuaderno… te lo juro, todos los días… solo para mí… ya que a nadie más le sirve… Bien sabes que la pelea comienza antes de subir al ring… En realidad, uno pelea todos los días… es indispensable la disciplina para superar a los demás…
No me dejaré vencer después de haber hecho todos estos esfuerzos… me he entrenado con una rigurosidad espartana…
(Gong)
Te sale bien el jab
Mejor que en el primer round
Ahora sí es más certero
¿Comprendes?
Ahora, respira hondo, uno dos tres
O.K.
¿Me escuchas?
¿De veras?
No te acerques por el lado izquierdo
De la derecha, de la derecha
Abanicas porque vas a la izquierda
Eso sí está mal, ¿sabes?
De la derecha, del interior
Y no del exterior
De la derecha, del interior, ¿me entendiste?
Muévete bien para meterte adentro
Eso, a la derecha
Un uppercut
Dale un jab, otro
Anímate
Un jab corto, otro corto
Demasiado grande
Más corto, más, más
Ahora a la derecha, métete adentro
Relájate un poco
La izquierda
Ahora al vientre
Carajo, la caída se acelera sin freno… a pesar de que conté treinta patrones en mi mejor momento, ahora solo me quedan siete, dicen… En la oficina ya me siento incómodo… «Deseamos de todo corazón que sigas haciendo esfuerzos hasta ganar el glorioso título de campeón», me han dicho… Qué ingenuidad… Solo uno entre cincuenta llega a ser el campeón… Sin esos cincuenta derrotados no existiría tampoco el campeón… me deberían agradecer por eso… Qué ridiculez…
Es extraño, ahora me pesan más los brazos; cuidado, se me ha caído la defensa… Ayer me dolieron muchísimo durante el masaje… ¿Será que ya no hay esperanza?… No, ya no quiero pelear contra este hombre que golpea tan fuerte… Debo esquivarlo con el juego de piernas antes de que me deje molido… o con un daño en la lengua, así ni podré trabajar en la oficina…
Ay, qué terrible es la caída en el mundo del boxeo… Es como estar colgando de un paracaídas perforado… al agarrarlo con las manos, solo sientes un alivio ilusorio y, en realidad, es lo mismo que soltarlo… Campeón… bueno, es veloz también la caída de un campeón… quizá más que la de un boxeador común… Detrás del campeón se ve el barranco más abrupto… ¿Verdad que sí?… Te precipitas acá o te precipitas allá: es la única diferencia… sí de todas maneras caes al abismo… Qué tristeza…
… A ver, ¿dónde estoy? ¿Será que me quedé dormido? Me siento como en el fondo de un río. Mira pasan muchos peces aquí arriba…
¿Cuatro? ¡Cuatro, dijo?… No se oye nada, porque habla en voz muy baja… ¿O sea que me han tumbado?… Ya veo, siento el olor de la colchoneta… Tranquilo, todavía hay tiempo… ¿Cuatro, verdad?… No te preocupes, todavía me faltan seis segundos… Claro, me he excedido en el entrenamiento… un boxeador clasificado cuando está de capa caída es muy solicitado entre los jóvenes que van en ascenso… pues sirve de peldaño para la promoción… y le sobran ofertas… Yo mismo me fijaba en aquellos boxeadores menguados al iniciar la carrera… A propósito, ¿cómo se llamaba ese boxeador?… El que peleó conmigo cuando yo estaba recién clasificado… Nunca más lo he vuelto a ver… Ya no seguirá activo… Ya me pararé…
No, mejor descanso un poco más. Apenas va por cuatro, ¿verdad? Me quedan nada menos que seis segundos. Ahora mismo me pararía si lo deseara; me incorporaré primero sobre el codo derecho, así, y luego retiraré la pierna derecha para desplazar el peso hacia la rodilla izquierda. Y listo.
Qué bonito… el cielo azul, pero es un azul celeste auténtico… ¿Pero por qué veo el cielo?… ¿Habrá algún resquicio en la bóveda?… Qué pereza… me da pereza pensar en la bóveda… bien… a mí qué me importa…
¡Ahora sí que me levanto! Lo esquivaré con el juego de piernas para darle un golpe por encima del ojo izquierdo. Esa herida todavía no está bien cicatrizada. Apenas estamos en el cuarto round… con una caída no pierdo nada… Yo tengo más experiencia que él, hombre… esto no es nada… lo voy a inmovilizar con mis jabs… ¡Ya me levanto!
Incorporarme sobre el codo derecho… retirar la pierna izquierda… desplazar el peso hacia la rodilla izquierda…
Qué extraño… Me siento como si estuviera dividido en dos, como si fuera dos personas… Ya estoy de pie, ¿verdad?… ¿Dónde está el ring?… Qué ruidoso… ¡Tanto ruido me vuelve loco!…
Ya, ya, claro…
Estas medias rojas, recién estrenadas, no me sirvieron de nada… sí, lo sé… un hombre como yo está destinado a avanzar sobre el camino prohibido… Cuatro años y seis meses después… he vuelto al punto de partida… En casa me hartaré de comida… comeré hasta más no poder, ya olvidándome del cuaderno… También fumaré y beberé… me comeré una fuente entera de gelatina… me dedicaré a hacer todo lo que no he podido… te lo juro, porque me he disciplinado en exceso…
¡Cómo me duele la cabeza! Carajo, tanto dolor no me dejará dormir un par de días… Ay, me duele… voy a explotar… Auxíliame, por favor, te lo suplico…

 

Abe Kobo (Japón)

Breve reseña sobre su obra
Escritor y fotógrafo japonés nacido en Tokio en 1924. Cursó estudios en la Universidad Imperial donde se recibió de médico en 1948. Colaboró como guionista en diversas películas y en 1951 le fue otorgado el Premio Akutagawa, por su novela La pared o El crimen del señor Koruma. Falleció en 1993.
Su primera publicación fue la colección Poemas de un poeta desconocido (1947). Al año siguiente publicó su primera novela La señal de tráfico al final de la calle, pero no fue hasta el año 1962, que obtuvo reconocimiento internacional con la publicación de La mujer de la arena.

Al borde del abismoaparece publicado en Los cuentos siniestros, editado por Eterna Cadencia.

Publicado por Biblioteca Virtual Hispanica en viernes, agosto 31, 2012

Abe_Kobo

José Juan Tablada*

Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla.

luna...

*

México, 1871 – Nueva York, 1945) Poeta mexicano que fue uno de los principales protagonistas de la transición del modernismo a las vanguardias. Tras asistir al Colegio Militar, del que fue expulsado, José Juan Tablada trabajó como empleado ferroviario, pero muy pronto, con apenas veinte años, se inició en el periodismo.


José Juan Tablada

Su actividad en este ámbito se desarrollaría a lo largo de medio siglo, tiempo en el cual llegó a publicar cerca de diez mil artículos. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas mexicanas, como El UniversalEl Mundo Ilustrado y El Imparcial, así como en la prensa de Caracas, Bogotá y La Habana. Parte de sus crónicas (políticas, culturales y de viajes) quedarían reunidas en recopilaciones como Tiros al blanco (1910), Los días y las noches de París (1918) y En el país del sol (1919). Devoto de la cultura y, en especial, de la poesía francesa, en 1898 impulsó la creación de la Revista Moderna, principal órgano del modernismo mexicano, en la que publicó algunos cuentos propios y traducciones de Anatole France y H. G. Wells, entre otros autores.

No fue ajeno a los vaivenes de la Revolución mexicana de 1910: criticó la presidencia de Francisco I. Madero (1911-1913), apoyó la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta (1913-1914) y fue director del Diario Oficial durante su mandato. A la caída de Huerta, su casa fue saqueada por las tropas de Emiliano Zapata y huyó a Nueva York. Durante el régimen del constitucionalista Venustiano Carranza (1917-1920) desempeñó cargos diplomáticos en Caracas y Quito. Residió luego en Estados Unidos, y en México desde 1935, aunque la muerte lo sorprendió en Nueva York, poco después de ser nombrado vicecónsul.

Entre sus poemarios adscritos al modernismo destaca El florilegio (1899). A raíz de un viaje a Japón (1900-1901), José Juan Tablada amplió la segunda edición de este libro (1904) con una serie de haikús, de los que se le considera introductor en lengua española. La concisión del haikú, forma tradicional japonesa formada por tres versos blancos de 5, 7 y 5 sílabas que expresa una fugaz intuición a partir de un contraste de imágenes, resultaba idónea para el temperamento del autor.

De orientación vanguardista son sus libros de poesías Al sol y bajo la luna (1918), Un día (1919), Li-Po y otros poemas (1920) y El jarro de flores (1922). Además del haikú, Tablada cultivó en esta segunda etapa los ideogramas y las innovaciones tipográficas introducidas por Apollinaire en sus Caligramas (1918).

Los principales temas de la obra poética de José Juan Tablada son la naturaleza, la delicadeza de las criaturas naturales y el paisaje mexicano. Su ingenio verbal apunta a composiciones breves, pero incisivas; son visiones rápidas e intensas de la realidad no exentas de una ironía que, ocasionalmente, raya en la ternura. Sometidos a una estricta disciplina formal, sus poemas son ejemplo de contención expresiva, por lo que la rigurosa formalidad del haikú se convirtió en un vehículo perfecto para él.

De entre sus restantes obras cabe citar la novela La resurrección de los ídolos(1924). Proyectó asimismo una memorias de las que sólo llegó a publicar en libro el primer volumen, La feria de la vida (1937), que abarca desde la infancia hasta los primeros signos de madurez.

Sin bromas de Osamu Dazai*

¿Qué iba a ser de mí? Solo pensar en ello me estremecía, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un día salí de mi apartamento en el barrio de Hongô y me dirigí arrastrando el bastón de bambú hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la época del año y me sentía horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no quería vivir más. De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecían allí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca.
Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno. Entre los soportales de esa «Maravilla de Oriente» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podía hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni más ni menos que las puertas del infierno. Pasas a través de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada más que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ¿Qué esperabas? Me senté con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ¿No te lo habían dicho? ¿Cuántas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irías a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ¿Qué es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegándose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lámparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.
Me levanté para escapar de aquella sala y caminé por el andén hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caían unas sobre otras en la aglomeración que se dirigía y salía del tren. Cestas y maletas por todas partes. También bolsos anticuados de viaje que yo tenía por desaparecidos hacía ya tiempo. ¿Los habrían expulsado a todos de su tierra natal?
Los hombres vestían con presunción. Portaban un tenso y agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. Imbéciles.
Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma espléndida y afectada. Sin duda lo había aprendido en una película e imitaba a algún actor extranjero. Salió por la puerta con una única maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. Seguía actuando. Vestía un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. Parecía como si le nacieran en el cuello. Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos días estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.
—¡Eh, tú! ¡Takiya! —Había visto su nombre escrito en la maleta—. Acércate un momento.
Caminé con brío delante de él sin mirarle a la cara. El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la psicología humana y, cuando la gente está distraída, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos. Tratar de tranquilizar a tu víctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.
Caminé hacia la colina de Ueno. Subí despacio por las escaleras de piedra.
—Creo que deberías ponerte en manos de tu viejo camarada —dije.
—Sí señor —contestó él, rígido.
Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori. No había nadie alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendí uno. Miré la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla. Allí estaba él, haciendo un mohín, con toda la ingenuidad de un niño. Empecé a sentir lástima por él y pensé que ya le había tomado el pelo lo suficiente.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Tenía un fuerte acento del campo.
—Tan joven, ¿eh? —Suspiré sin querer—. De acuerdo. Puedes irte.
Iba a explicarle que tan solo quería darle un pequeño susto, pero de pronto me atrapó la tentación —nada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujer— de tomarle un poco más el pelo.
—¿Tienes algo de suelto por ahí?
Se inquietó y al cabo de un momento respondió: «Sí».
—Dame veinte yenes. —La situación resultaba cómica. Sacó el dinero.
—¿Puedo irme ya?
Con su pregunta me daba pie para echarme a reír en su cara y decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no había empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. Debía la renta del apartamento.
—Gracias. No me olvidaré de ti, colega.
Mi suicidio se pospuso un mes más.
*
iNacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña
ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de
once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo
fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud
crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y
sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde
pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de
Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

En 1948, cuando Osamu Dazai (39) se encontraba en la cúspide de su
carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una
joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida.

Osamu Dazai

Nasrudin siempre escoge mal- anónimo Árabe

Todos los días Nasrudin iba a pedir limosna a la feria, y a la gente le encantaba hacerlo tonto con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, una valiendo diez veces más que la otra. Nasrudin siempre escogía la de menor valor.

La historia se hizo conocida por todo el condado. Día tras día grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas, y Nasrudin siempre se quedaba con la de menor valor. Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver a Nasrudin siendo ridiculizado de aquella manera. Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:

—Siempre que te ofrezcan dos monedas, escoge la de mayor valor. Así tendrás más dinero y no serás considerado un idiota por los demás.

—Usted parece tener razón —respondió Nasrudin—. Pero si yo elijo la moneda mayor, la gente va a dejar de ofrecerme dinero para probar que soy más idiota que ellos. Usted no se imagina la cantidad de dinero que ya gané usando este truco. No hay nada malo en hacerse pasar por tonto si en realidad se está siendo inteligente.dos-monedas-de-libra-14973153

¿ Lo han visto?

El silencio se astillaba antes del canto de los gallos. Escuchaba el paso continuo de las bestias, aún de que me cubriera con la almohada. El ¡oh bestia, oh! de los arrieros. Mi casa recogía el eco de los cascos y los gritos de los comerciantes que venían tanto de la costa como de la montaña. Mañana es tiempo de plaza y llegarán de las rancherías, unos a vender, otros a comprar; y otros por el placer de encontrar viejos amigos, un pariente distante, o bien una madre que pregunta por su hijo y trae en las manos una vieja fotografía en blanco y negro. las autoridades y comisariados de tierras siempre tienen puntos en común: la de atender a las personas que solicita un servicio. La madre de la foto, no se cansa de recibir la misma respuesta: “no lo conocemos”, “no lo hemos visto”, ”¿ya preguntó al señor de la tienda?, López, gusta de calzar ese día, su traje de charro y traer el mejor caballo, atrás cabalga su esposa, lleva pulseras y aretes que hacen juego con el vestido. Alrededor del mediodía, la cantina principal está cerrada, solo se permite el ingreso a gente conocida por el presidente municipal o por el hermano que es quien facilita la entrada a los principales. Dentro, platican, se ríen y toman su cerveza, Aunque la energía eléctrica tiene dos meses que entró en funciones, todos la ingieren sin refrigerar. Refieren que el frío le mata el sabor y levantan la botella. En algunos la espuma no es contenida y resbala hasta el cuello causando risa y siendo objeto de bromas.
Se coló y cuando se dieron cuenta estaba en el centro de la reunión enseñando la foto gastada “Este es mi hijo por estos días estaría por cumplir los cuarenta años”
—¿Lo han visto?, ¿lo han visto? … .

foto de un hijo

Todos los textos que se ubican en la categoría de FICCIÓN BREVE son  de mi propiedad, cuando no se menciona al autor. La imagen es tomada del google.

 

Geishas rivales de Nagai Kafu*

Komayo, con su paso menudo y rápido, se fue por la derecha del pasillo a su asiento. Mientras, Yoshioka empezó a tomar la dirección contraria también con paso rápido; pero de pronto, como si le hubiera ocurrido algo, se detuvo y volvió la cabeza. En el pasillo sólo deambulaban una joven acomodadora y una vendedora. No había ni rastro de Komayo. Se sentó entonces en uno de los bancos del pasillo, encendió un puro y se puso a divagar sobre los sucesos de siete u ocho años antes… Se había licenciado a los veinticinco años y, después de irse a Occidente, donde pasó dos años, entró en la empresa en la que estaba empleado ahora. Desde entonces, en esos seis o siete años-ahora que lo pensaba bien- había trabajado de firme en la misma compañía. Había invertido en bolsa y amasado una pequeña fortuna. Se había labrado, además, una posición social.
También lo había pasado bien; y-pensaba Yoshioka- había bebido bastante, aunque sorprendentemente su salud no se había resentido. Como decía con orgullo a las personas de su entorno, era, en suma, una persona muy ocupada: sin tiempo siquiera de pensar, ni una sola vez, en aquellos días ya lejanos. Pero esa noche en que por un puro azar acababa de reencontrarse con esa mujer que lo había introducido en el mundo de las geishas cuando él no era más que un simple estudiante, los viejos recuerdos, sin saber bien por qué, parecían rebullir y agolpársele por primera vez en la memoria.
En aquellos largos años en que no sabía nada, la simple existencia de las geishas le parecía envuelta en un hechizo misterioso e irresistible. Cualquier palabra de una de esas mujeres lo embargaba de una felicidad indescriptible. Hoy, por mucho que lo intentara, ya no podía recuperar aquella sensación ingenua y pura de entonces.
Cuando desde el escenario llegaron a sus oídos las notas del samisén, le vino a la memoria la primera vez que fue al barrio tokiota de Shinbashi. Hoy este recuerdo le parecía tan grandioso que, sin querer, una sonrisa se dibujó en sus labios. Tampoco pudo evitar sentirse un poco extraño al pensar que ahora era un hombre curtido en ese campo donde florecían diversiones de todos los colores. Incluso, al reflexionar en la astucia y el cálculo que adoptaba en su relación con la gente, llegó a sentir cierta incomodidad. «Me he servido de la astucia hasta en ese campo… pero también he sido demasiado exigente con los detalles…» Ahora lamentaba haber llegado por primera vez a este conocimiento de sí mismo.
Podía ser completamente cierto. En su empresa, a Yoshioka le habían confiado un puesto importante, el de jefe de departamento de ventas, a pesar de no llevar en ella ni diez años. El presiente y los gerentes lo valoraban como un empleado dotado de gran talento para los negocios. Por otra parte, sin embargo, no podía decirse que gozara de popularidad entre sus compañeros y subordinados.
Hacía unos tres años que mantenía una geisha de nombre Rikiji, la cual trabajaba por su cuenta e incluso poseía su propia agencia de geishas, llamada Minatoya, en el mismo barrio de Shinbashi. Pero Yoshioka no era el típico danna que podía ser manejado como a su mantenida le diera la gana. Para empezar, sabía-porque lo veía con sus propios ojos- que las facciones de Rikiji no eran bellas. Pero era una mujer que dominaba su oficio a la perfección y que en todas partes era reconocida como una neesan. Para un hombre como Yoshioka, cuyo trabajo le exigía una vida social intensa, era conveniente mantener a una o dos geishas a las que confiar los banquetes y agasajos a clientes. Fingiendo estar enamorado de Rikiji, lograba reducir gastos innecesarios.
Tenía, además, otra mantenida. Era la dueña de un machiai llamado Murasaki que por su aspecto no desdecía en aboluto del barrio en que estaba situado, en Hamacho, el centro de Tokio. Un día, Yoshioka, dominado por el síntoma habitual de quien empieza a cansarse de las geishas, se echó a las espaldas una responsabilidad mucho mayor cuando, bajo los efectos del alcohol, sedujo a esta mujer que entonces trabajaba de camarera en un restaurante del barrio de Daichi. Cuando recuperó la sobriedad, se arrepintió de lo sucedido, temeroso de que las geishas que coincidían con él en fiestas se enteraran de que había tenido una relación con una humilde camarera. En este caso, fue ella la que intentó sacar partido. Con la promesa por parte de ella de ocultar discretamente el suceso y evitarle así complicaciones posteriores, Yoshioka accedió a poner secretamente a su disposición un capital suficiente para que abriera ese establecimiento, el machiai Murasaki. Por fortuna, el establecimiento se hizo con una nutrida clientela hasta tal punto que diariamente sus salones no daban abasto para responder a la demanda. En tales circunstancias, hubiera sido absurdo no frecuentar ese machiai después de haber invertido en él un capital importante. Así que Yoshioka empezó a ir allí al principio a tomar algo, hasta acabar recayendo en la relación clandestina con la dueña. Esta mujer, que este año cumplía treinta años, estaba dotada de generosas curvas y de un cutis blanco. Aunque podía decirse, naturalmente, que era refinada comparada con las mujeres ajenas al mundo del entretenimiento, al lado de las geishas resultaba bastante tosca y producía cierta sensación de espesa gravidez. En otras palabras, su aspecto físico y su personalidad fuerte, comunes en las camareras que pululaban en el mundo de las geishas, estimulaban no el espíritu de Yoshioka, sino, como había ocurrido el día de la borrachera, simplemente su apetito carnal. Era una relación desigual de la que se arrepentía nada más consumarla físicamente, pero en la que recaía poco después.
Así, una y otra vez, con recaídas y arrepentimientos, se mantenía este lazo insatisfactorio que, sin embargo, presentaba visos de ser inquebrantable. »

*

Kafū Nagai (永井 荷風 Nagai Kafū), Tokio, 4 de diciembre de 1879 – Ichikawa, 30 de abril de 1959) fue un escritor japonés. Retrató de una forma especialmente sensual los ambientes de la Ciudad de Tokio antes de la II Guerra Mundial y permitió que se extendiera el conocimiento de la vida japonesa más allá de sus fronteras. Se movió entre el naturalismo y un tono estético muy oriental.
En la época militarista de Japón se negó a publicar y a participar en los apoyos al gobierno del Eje imperialista. .En los últimos años recuperó la escritura, pero no llegó al altísimo nivel expresivo de sus obras maestras,
Se considera que Una extraña historia al este del río es su obra maestra. . P. Modiano consideró a Kafu como el gran descriptor de Tokio, comparable en ese punto con Dostoyevski o Balzac y sus ciudades S. Petersburgo o París. Nunca se separo de su Diario

Kafu nagai

La cigarra del octavo día de Mitsuyo Kakuta fragmento

Siete años bajo tierra y sólo viven siete días cuando salen al mundo. No sé si esa historia es realmente cierta o no, pero la primera vez que la escuché me impresionó mucho que esperasen tanto tiempo para vivir una vida tan corta. Yo también era una niña cuando le expliqué a unos adultos eso mismo.
La cigarra del octavo día puede ver cosas que las demás no ven. Quizá no quiera, pero después de todo no es tan terrible. No hay necesidad de cerrar los ojos.»

Kiwako es una mujer desesperada, que lo ha perdido todo en la vida y parece que ya no tiene nada más que perder. Quizá por ello comete una de las locuras más grandes que puede cometer un ser humano: robar una vida. Una mañana se cuela en casa de un matrimonio y les roba su bebé de pocos meses. Claro, no hay nada fortuito en esta elección. Resulta que Takehiro, el padre del bebé, ha tenido una aventura de muy larga duración con Kiwako. Como siempre sucede en estos casos, el hombre casado le promete a la amante que se irá con ella y serán felices, pero nunca llega el día. En este caso hay que sumarle que la esposa de Takehiro se ha quedado embarazada y ha tenido un bebé, el bebé que Kiwako siente que debería ser de Takehiro y suyo.

Desde el primer momento, la vida de Kiwako se convierte en una huida. No tiene padres, no tiene amigos, no tiene dónde ir. Pero no le importa, tiene en sus brazos a su niña y hará lo que sea posible para cuidarla como una hija.

Me he desabrochado el botón del abrigo para meter dentro al bebé, como si lo envolviera. Después he empezado a correr a ciegas. No sé hacia dónde voy, pero en alguna parte de mi cabeza aún soy capaz de pensar con frialdad y se me ocurre que si me dirijo a la estación es muy probable que me encuentre con esa mujer. Quizá por eso mis piernas me llevan de manera automática en dirección opuesta. En un cartel leo. «Carretera de Koshu». Aprieto el paso en la dirección que indica la flecha blanca. Me doy cuenta de que se acerca un taxi libre y levanto la mano en un acto reflejo. Subo al vehículo y descubro que no sé a dónde ir. En el retrovisor se reflejan los ojos atentos del conductor.
-Parque de Koganei, por favor.
El taxi arranca. Me vuelvo y veo cómo se aleja poco a poco de esa ciudad tan poco familiar para mí. El bebé empieza a llorar bajo el abrigo.
-No llores, no llores… -Me sorprendo al pronunciar estas palabras de una manera casi instintiva-. No llores -las repito de nuevo, y le acaricio la espalda.
Hay mucho tráfico. El taxi apenas avanza. Los gimoteos, los ruiditos que hace el bebé con la nariz, cesan. Se chupa el dedo gordo y se adormece. De repente abre los ojos, como si volviera en sí. Emite un sonido débil, como si estuviera a punto de llorar, pero enseguida pone los ojos en blanco, como si estuviera vencido por el sueño. Se me amontonan los pensamientos: «Hay que comprar pañales, leche maternizada, tengo de decidir dónde vamos a dormir esta noche». Antes de ser capaz de ponerlos en orden, me asaltan las dudas: «¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer ahora mismo?». Cuanto más pienso, más me desespero. No sé por qué, pero me asalta un terrible sueño. Me adormezco igual que el bebé, constantemente. Abro los ojos al sentir su tacto suave, ese ligero cosquilleo en la nariz que me produce su olor a leche cuando lo estrecho entre mis brazos.

Mitsuyo-Kakuta

El odio de Tanizaki

Me encanta ese sentimiento llamado “odio”. Creo que es el sentimiento más directo y absoluto, el más sugestivo que pudiera existir. Nada me parece tan divertido como odiar, odiar a alguien hasta más no poder.
Supongamos que entre mis amigos hay uno al que odio en particular. Jamás rompo de manera directa mi relación con él. Al contrario, procuro ser amable, fingiendo una amistad entrañable, pero en el fondo siento unos deseos inmensos de burlarme de él, despreciándolo y portándome de forma grosera, halagándolo con ironía y mostrándole mi falta de honestidad. La vida sería muy triste para mí si no tuviera en este mundo a quien odiar.
Recuerdo muy bien el rostro de las personas que odio. Mucho más que los rostros de las mujeres que he amado. Los puedo vislumbrar en mi mente con todos los detalles como si los tuviera delante de mí. Al odiar a una persona, todo lo suyo, incluyendo la textura y el color de su piel, la forma de su nariz, sus manos y piernas, termina pareciéndome odioso. Suelo decirme: “Qué piernas tan odiosas”, “qué manos tan odiosas”, “qué piel tan odiosa”.
Descubrí el odio por primera vez durante mi infancia, a los siete u ocho años. En esa época, trabajaba en mi casa Yasutaro, un muchacho muy inquieto de doce o trece años, con cara morena y ojos redondos. Era demasiado arrogante para su edad, lo que se manifestaba en su forma fluida de hablar, no sabía obedecer y despreciaba a los empleados y sirvientes de la casa, que lo regañaban constantemente. Tomaba cursos domésticos de caligrafía todas las noches después de acabar su trabajo en la tienda, pero no aguantaba estar sentado mucho tiempo delante de su pequeño escritorio para hacer los ejercicios obligatorios. Solía quedarse dormido, y si no, le daba por entablar conversación conmigo de esta manera:
–Oiga, mi niño, véngase un rato para acá.
Y empezaba a hablar tonterías conmigo, haciendo dibujos en el cuaderno de ejercicios hasta la medianoche.
–¿Usted sabe qué es esto?
Al hacerme preguntas como ésa, Yasutaro me mostraba dibujos obscenos e inmorales hasta hacerme chillar de la risa.
Yasutaro me caía bien al comienzo. Lo consideraba un tanto vulgar, pero me gustaba ver sus dibujos cómicos, y todas las noches esperaba ansiosamente a que terminara el trabajo de la tienda para acudir a su lado.
–Yasutaro, a ver si puedes dibujarme cuando me tiro un pedo.
Escogía temas así de ridículos para sus dibujos y me moría de la risa viendo los cuadros disparatados que resultaban. Por otro lado, Yasutaro me facilitaba conocimientos poco accesibles para los niños de mi edad –misterios tales como: ¿por qué las mujeres se embarazan?; ¿cómo nacen los bebés?-. Nos hicimos tan buenos amigos en poco tiempo que hasta comencé a acompañarlo a escondidas cuando tenía que salir a hacer diligencias, y aprendí a vagabundear por las calles con él.
Fue un domingo al mediodía. Como la tienda estaba cerrada por la mañana, la mayoría de los dependientes, desde el jefe hasta el cajero, habían salido a pasear a algún sitio, pero Yasutaro, que no era sino aprendiz, se tuvo que quedar ese día porque le habían encargado el cuidado de la casa. Ya que se encontraba solo conmigo, empezó con sus idioteces de siempre, hasta que se escuchó una voz que provenía del piso de arriba.
–¡Yasu malvado, qué falta de respeto! ¡No te da vergüenza estar enseñándole al niño esas tonterías en lugar de dedicarte a los ejercicios de caligrafía!
Venía bajando la escalera, maldiciendo de aquella forma, un hombre que había salido de una habitación del segundo piso. Era Zenbei, el interino, un gordo de unos treinta y cinco años, de rostro enrojecido que, a primera vista, inspiraba repugnancia. Parecía estar listo para salir a un asunto importante, puesto que se había calzado de manera formal y vestía un kimono elegante con bordados brillantes encima de la ropa interior de rayas, y lucía su cabello peinado con un esmero poco frecuente.
–¿Para dónde va, don Zen? Anda usted muy elegante.
Yasutaro escrutó detenidamente el traje de Zenbei con una mirada maliciosa.
–¿Y eso qué te importa?
Después de detenerse un momento en el zaguán para calzarse, Zenbei se sentó en el piso de madera mirando con cierto nerviosismo el reloj de pared.
–Uhm, que disfrutes entonces –Yasutaro se dirigió a Zenbei en un tono insinuante, agachando un poco la cabeza.
–¿Qué quieres decir, mocoso? ¿Qué sabes tú, muchacho descarado?
–Seré descarado, pero no al grado de frecuentar un prostíbulo.
–¿Qué? –Zenbei se puso serio de repente y con una mirada severa enfrentó a Yasutaro–: A ver, dímelo otra vez, y verás. ¿Qué tengo yo que ver con prostíbulos? ¿Crees que puedes decir cualquier tontería que se te antoje?
–No se enoje, que no es para tanto, sólo dije que yo no conocía un prostíbulo.
–¿Y a cuenta de qué te refieres a eso? Parece que no fue suficiente la cantidad de bofetadas que recibiste el otro día como castigo.
Al ser puesto en evidencia delante de mí, Zenbei seguramente se preocupaba de que su jefe se enterara del secreto. Quizá por eso resentía mi mirada, al tiempo que descargaba un fuerte manotazo sobre el cráneo semirrapado de Yasutaro.
–¡Ay, hombre! ¡Qué le pasa, pendejo!
–Como nunca entiendes las palabras, tengo que acudir a este remedio para que te acuerdes bien quién soy. Vas a ver si sigues portándote así.
–Qué gracioso. El que va a ver es usted, que se escapa de la tienda todas las noches y no vuelve hasta la madrugada. ¡Qué ingenuo, como para creer que nadie está enterado de eso!
Yasutaro hablaba a gritos y en un tono abiertamente desafiante, tal vez para vengarse de los golpes. Y a pesar de que luego recibió una tanda de bofetadas, se enfrentó a Zenbei con los brazos cruzados.
–¡Venga, coño! Pégueme cuanto quiera. A ver, ¿qué le pasa? ¡Déle!
Zenbei vaciló un instante ponderando su conducta violenta, tal vez temeroso por la actitud decidida de Yasutaro, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Lo sujetó de las solapas y lo arrojó al piso, y ahí comenzó a golpearlo a ciegas con los puños cerrados.
Aplastado de bruces como si lo hubieran colocado sobre una mesa de disección, Yasutaro forcejeaba en un intento vano por zafarse, y comenzó así a responder con contragolpes desesperados sobre las piernas de Zenbei, lanzando gritos exagerados para llamar la atención. Las mangas del vestido elegante de Zenbei quedaron destrozadas por los arañazos y pellizcos con que intentaba defenderse Yasutaro. Durante un buen rato me quedé como atontado observando en silencio aquel pleito desigual. Curiosamente, lo que más me llamaba la atención en esos momentos era el gesto miserablemente distorsionado de Yasutaro, que se encontraba aplastado bajo las rodillas de aquel hombre corpulento, y de igual forma me fijaba en el movimiento de sus piernas, que se retorcían de dolor. Al contemplar las plantas de sus pies, amarillentas y redondeadas, con los cinco dedos que se abrían y cerraban con notable fuerza, imaginé que se trataba de animales misteriosos, ajenos a la personalidad de Yasutaro. ¡Ah, y qué gracia tenía su cara con el perfil desfigurado! Desde donde estaba yo parado se veían con nitidez impresionante las fosas de su nariz chata, así como el interior rojo de su boca, que se abría cada vez que lanzaba un grito lloriqueante.
Advertisement
“¡Qué fosas nasales tan feas y su­cias!”, se me ocurrió pensar. Continué así, en silencio, observando detenidamente cómo su nariz cambiaba de forma, cómo se distorsionaba según los gestos de dolor.
“¿Por qué será que el rostro humano tiene fosas nasales? Se vería mejor sin esos feos agujeros, me parece…”. No sé por qué se me ocurrió esta reflexión tan mal formulada, que reflejaba mi descontento.
Pronto una de las sirvientas acudió a separarlos y así acabó la pelea, pero esa imagen de las fosas nasales de Yasutaro no se me quitó de la mente durante varios días. Cada vez que me sentaba a la mesa para comer, se me aparecía como si la tuviera ahí mismo, delante de los ojos, y la impresión que me producía era siempre desagradable. A pesar de ese fuerte disgusto, de vez en cuando me veía impulsado por el deseo, totalmente inexplicable, de situarme al lado de Yasutaro para observar, en escorzo, la forma de su nariz.
Mirando detenidamente su nariz, me decía para mí mismo, muy en el fondo de mi mente: “De verdad que eres un tipo asqueroso. Qué feo te ves. Mírate no más esa nariz tan horrible que tienes”. Yasutaro, por quien hasta entonces había sentido cierto cariño, me comenzó a infundir una repugnancia que carecía de lógica, a medida que me habituaba a asociarlo con su fea nariz.
Obviamente, Yasutaro no se daba cuenta de lo que pasaba en mi interior. Me seguía tratando con mucho cariño y me hablaba de la misma forma relajada. Ahora que lo recuerdo, desde pequeño yo fui un niño demasiado precoz en cuanto a mañas y malicias se refiere. Era un niño tan ajeno a la inocencia que, aun cuando me disgustara alguien, jamás revelaba exteriormente ese sentimiento. Al contrario, le respondía siempre con el mismo cariño y con los mismos tratos amables. Y cuanto más me mostraba amable y alegre con él en mis tratos diarios, más crecía mi odio con una fuerza incontrolable. Además, me producía una felicidad suprema portarme como cualquier niño ingenuo sin revelar ni en lo más mínimo ese odio hirviente, bien escondido en las profundidades de mi corazón.
Rebosaba de alegría al formular secretamente en mi interior reflexiones insultantes: “Qué tipo tan fácil de engañar, este idiota incurable. Mucho mayor que yo, pero muy inferior en inteligencia”. Solía identificarme con esos subalternos listos y mañosos que aparecían en las historias de conflictos familiares de los antiguos caudillos, tales como Denzo Otsuki y Mimasaka Oguri, para disfrutar de la misma circunstancia que estaba viviendo. Hasta llegué a pensar que habría gozado más si yo hubiera sido el sirviente y Yasutaro mi amo, porque así me podría burlar más de él con lisonjas fingidas.
¿No habría manera de perjudicarlo sin que se diera cuenta de mi odio? Ya no me contentaba sólo con burlarme de él mediante una operación mental. Quería provocar algún suceso que incitara a alguien a golpear a Yasutaro tan cruelmente como en la ocasión anterior. Quería manejar a alguien a mi antojo, como a un títere, para poder disfrutar luego a hurtadillas de las lágrimas de dolor que Yasutaro tendría que tragarse. Empecé a desearle los sufrimientos más terribles. Ya no me importaba que se quedara cojo o que muriera de una vez. Sólo deseaba que recibiera los golpes más contundentes y dañinos, que hicieran sangrar su horrible nariz… Siempre imaginaba planes macabros para Yasutaro, y me mantenía alerta ante la oportunidad de poder ponerlos en práctica. Mentalmente no dejaba de saborear las imágenes de sus lloriqueos, de su cara distorsionada por la angustia, de los movimientos de sus piernas y brazos contorsionándose de dolor. Paladeaba aquellas imágenes como si fueran dulces manjares que se posesionaban de mí con una misteriosa atracción.
En esa época todavía no me podía explicar por qué había llegado a odiar a Yasutaro de semejante manera. Debería existir algún motivo que me impulsara a perder de repente todo el cariño que sentía por él, llevándome a experimentar tal aversión, que podía desearle el peor de los sufrimientos. Pero siendo como era un niño, aún no muy consciente de mis actuaciones, no se me ocurría pensar en tan complejos asuntos. Lo único que recuerdo de esos momentos con precisión es cómo me sentía con relación a Yasutaro. No se trataba de un rechazo ni de una repugnancia cualquiera, era algo mucho más radical y profundo: se podría hablar de una reacción psicológica casi irresistible. Era un sentimiento que quizá no se pueda expresar con un término tan superficial como odio. Sería más oportuno acudir a una metáfora: imaginen las horribles náuseas que sentiríamos al pensar en excrementos humanos justo cuando estamos comiendo. De eso se trataba, de algo muy cercano a esa sensación. Al ver la cara de Yasutaro, me sentía invadido por la desazón, y el asco casi me hacía vomitar, dejándome en la boca un desagradable sabor.
Por otro lado, no tengo ninguna justificación para odiar a Yasutaro. Ni siquiera era un hombre malo. Nunca me faltaba al respeto. Y tampoco tuvo ninguna culpa en la pelea con Zenbei, puesto que éste se molestó seguramente porque Yasutaro le dijo algo cierto con el propósito de provocarlo. En ese sentido, el objeto de mi odio debería haber sido Zenbei, y Yasutaro merecería más bien mi compasión. En fin, se puede suponer que mi odio hacia Yasutaro no se originó en mi ser mismo de ese entonces, sino que se produjo como consecuencia de algún factor desconocido que se había ido formando muy sutilmente en mi psiquis. En otros términos, puedo decir que fui atrapado de forma inesperada por ese fenómeno que se asocia con la llegada de la primavera.
Como ya lo conté antes, al ver cómo Zenbei golpeaba a Yasutaro, me sentí atraído –hasta el grado de alcanzar un placer casi como si estuviera escuchando una melodía muy agradable– hacia los músculos de las extremidades y del rostro, que se movían en curiosos vaivenes. Olvidando completamente la personalidad de Yasutaro, me concentré, de una forma por demás enfermiza, en cada una de las partes que componían su cuerpo.
“Siento unos deseos inmensos de pisotear sus muslos, como lo está haciendo Zenbei. Tengo ganas de pellizcarle las mejillas…”, me dije. Y ése fue el comienzo de mi odio hacia Yasutaro.
Empecé a odiar la forma de su nariz. Su aspecto físico repugnaba a mis ojos y me producía un malestar insoportable, sólo comparable con el que sentiría una persona rabiosa ante la comida que detesta. Mis sentimientos hacia Yasutaro ya estaban totalmente bajo el dominio de los estímulos sensoriales provocados por su cuerpo. Ya no podía apreciar su cuerpo más que como vestido o comida.
Su cuerpo era feo y miserable, mezquino y para colmo gordo –imagino que no era yo el único que, al contemplarlo, sentía el impulso irresistible de golpearlo, pellizcarlo o hacerle otras cosas peores–. Estoy convencido de que cualquiera de ustedes ha tenido una experiencia semejante en algún momento de sus vidas. Seguramente, algunos de mis lectores se acordarán de aquel juguete llamado arcilla de cera que se veía mucho en nuestra infancia. ¿Por qué será que ese juguete estuvo tan de moda entre los niños? Pudo ser por el placer que producía el acto mismo de trabajar la cera para hacer figuras muy variadas. Pero me parece que lo que más estimuló la curiosidad de los niños no fue otra cosa que esa sensación de lo blanduzco, viscoso y pulposo del mismo material. Ese efecto táctil, que experimentábamos al manipularlo a nuestro antojo, extendiéndolo, aplastándolo y manoseándolo, nos encantaba de una forma casi inconsciente. Ningún niño se resistía al deseo de juguetear con ese material cuando lo tenía a la mano.
Puedo nombrar otros casos semejantes. Por ejemplo, ¿por qué hay tanta gente que tiene una predilección muy especial por ciertas comidas, desabridas en sí mismas, como natillas y gelatinas? Seguro que es por el placer de esa sensación blanduzca que se experimenta al tratar de agarrarlas con cucharas o al saborearlas con la punta de la lengua. Mucha gente manifiesta ese apetito instintivo casi sin darse cuenta. De la misma manera, hay mujeres que tienen la manía de hacer cosas tan extrañas como sacarle canas a alguien o limpiar el pus de las heridas. Me parece que gustos tan exóticos son algo innato, en unos más que en otros, y comunes en todos los seres humanos.
Mi interés en el dolor del cuerpo de Yasutaro se puede explicar por el mismo placer causado por la arcilla de cera o por la gelatina. Sólo al ver cómo vibra una gelatina trémula, uno siente un placer inmenso, que tal vez no requiera de ninguna explicación. Sólo en busca de ese extraño placer era que deseaba ver de nuevo a Yasutaro forcejear de dolor.
Al fin, llegué a ingeniármelas con un truco bien elaborado. Un día, aprovechando el momento en que Yasutaro se tuvo que ausentar de casa por un encargo, robé secretamente de un cajón de su escritorio un cuchillo en cuya vaina estaba grabado su nombre, “Yasutaro Sato”. Luego me metí a hurtadillas en la habitación común de los empleados, ubicada en el segundo piso, y por fortuna la encontré completamente sola, pues era la hora en que había mucho trabajo en la tienda. Sin perder ni un minuto, abrí la maleta donde Zenbei guardaba su ropa, y de ahí saqué el vestido de gala cuidadosamente doblado, y después de maltratarlo insistentemente, le rasgué algunas partes con el cuchillo. Para completar el mandado, dejé a propósito la vaina en el fondo de la maleta, cerré la maleta hasta dejarla como la había encontrado al comienzo y bajé a mi cuarto con toda calma. Boté el cuchillo en la cloaca que pasaba cerca. Y así transcurrieron dos o tres días sin ninguna novedad.
“Seguro, antes del próximo domingo se va a armar un escándalo. Te vas a meter en tremendo lío. No sabes, idiota, lo que te espera”. Me colmaba de felicidad pensar de esta manera, mientras, en apariencia, seguía tratando a Yasutaro con el mismo cariño.
Mi truco dio su resultado el domingo en la mañana, tal como había calculado. Zenbei aguardó hasta que se fueron todos los empleados para ocuparse de Yasutaro, que se encontraba todo relajado bromeando conmigo, y lo empezó a interrogar severamente enfrentándolo a la vaina del cuchillo, que constituía una evidencia inobjetable.
–¿Te haces el tonto ante esta evidencia? Eres un tipo incorregible que no tiene ningún futuro. ¡Qué descaro! Mírame bien, malcriado, ¿todavía vas a decir que no?
–Por más que insista, no puedo admitir algo que no he hecho. Piense con calma, hombre, y verá. ¿Qué clase de idiota iba a dejar un objeto que tenga su propio nombre en esa maleta? –alcanzó a decir Yasutaro, pero no podía disimular su palidez delante del rostro desfigurado por la furia de su contrincante.
–¿Quién podría haber sido sino tú? Vas a ver cómo te entrego a la policía si no dices la verdad. A ver, ven conmigo.
La ira de Zenbei no era la de un adulto que se dirige a un niño para amonestarlo. Rebosando de la rabia que surgía desde el fondo de su alma, fijó su mirada enloquecida en su enemigo y empezó a arrastrarlo a la fuerza hacia el zaguán.
Cogido por el cuello, Yasutaro se resistía con desesperación, agarrándose a la columna y al armario, pero ante la fuerza superior de su rival no pudo hacer más nada sino dejarse arrastrar a lo largo del piso. Nadie decía ni una palabra. En medio de aquel silencio horroroso, cada quien dedicaba todas sus energías a intentar superar al otro en esta competencia singular.
De pronto se sintió un enorme estruendo: era Yasutaro que había caído de espaldas en el zaguán, quién sabe si había tropezado con algún objeto o si se había enredado en sus propios pies. Lanzando un chillido estridente que resonó por toda la casa, Yasutaro, en su desesperación, le mordió una pierna a Zenbei con las fuerzas que aún le restaban.
–¡Mierda, carajo! —Zenbei repitió varias veces ese insulto sin dejar de darle patadas a Yasutaro, a ciegas, en la cara, en las piernas, lo que acabó en un tremendo escándalo, algo nunca antes visto.
Yo observaba con calma aquella escena. El cuerpo de Yasutaro, que el traje con las solapas levantadas y las mangas enrolladas dejaba casi al descubierto, forcejeaba violentamente de dolor, un dolor aún más intenso que el de la vez pasada, y pataleaba en el vacío. Se pudo ver con nitidez cómo se contraían los músculos alrededor de esa nariz chata y horriblemente fea.
Como consecuencia lógica de aquel acto, no tardé en comenzar a manifestar mi odio hacia Yasutaro de manera directa y a maltratarlo con mis propias manos, ya sin intentar ocultar mi naturaleza demoníaca. Finalmente, me acostumbré a acosar a cualquier sirviente de la casa sin escrúpulo alguno.
–En esta casa no nos dura ninguna sirvienta, por causa de tu carácter violento —solía decir mi madre. Cada vez que llegaba una sirvienta nueva, me ocupaba de consentirla con exageración durante cierto tiempo, y comenzaba a odiar a las que llevaban más tiempo en casa, con las cuales me había encariñado en apariencia. Así sucesivamente se turnaban mis sentimientos. Yo necesitaba tanto a las sirvientas queridas como a las odiadas.
Me gradué en la escuela primaria, luego en la secundaria y al fin en la preparatoria, para continuar mis estudios en la universidad. Debo confesar, sin embargo, que cuando odio a alguien sigo dominado por el mismo sentimiento que experimenté en mi niñez. La única diferencia consiste en que ahora no lo manifiesto en mis actos, o mejor dicho, no me siento capaz de hacerlo.
Creo que el odio, al igual que el amor, brota de una fuente mucho más profunda que el interés práctico o la conciencia moral. Yo no sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual.

Tanizaki_1913

Franz kafka

«Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro».

Franz Kafka

Canarios de Yasunari Kawabata

Señora:

Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.

Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.

Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.

Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?

Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.

Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.

Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.

Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?

http://escuchandoconloso… nari-kawabata.html