El odio de Tanizaki

Me encanta ese sentimiento llamado “odio”. Creo que es el sentimiento más directo y absoluto, el más sugestivo que pudiera existir. Nada me parece tan divertido como odiar, odiar a alguien hasta más no poder.
Supongamos que entre mis amigos hay uno al que odio en particular. Jamás rompo de manera directa mi relación con él. Al contrario, procuro ser amable, fingiendo una amistad entrañable, pero en el fondo siento unos deseos inmensos de burlarme de él, despreciándolo y portándome de forma grosera, halagándolo con ironía y mostrándole mi falta de honestidad. La vida sería muy triste para mí si no tuviera en este mundo a quien odiar.
Recuerdo muy bien el rostro de las personas que odio. Mucho más que los rostros de las mujeres que he amado. Los puedo vislumbrar en mi mente con todos los detalles como si los tuviera delante de mí. Al odiar a una persona, todo lo suyo, incluyendo la textura y el color de su piel, la forma de su nariz, sus manos y piernas, termina pareciéndome odioso. Suelo decirme: “Qué piernas tan odiosas”, “qué manos tan odiosas”, “qué piel tan odiosa”.
Descubrí el odio por primera vez durante mi infancia, a los siete u ocho años. En esa época, trabajaba en mi casa Yasutaro, un muchacho muy inquieto de doce o trece años, con cara morena y ojos redondos. Era demasiado arrogante para su edad, lo que se manifestaba en su forma fluida de hablar, no sabía obedecer y despreciaba a los empleados y sirvientes de la casa, que lo regañaban constantemente. Tomaba cursos domésticos de caligrafía todas las noches después de acabar su trabajo en la tienda, pero no aguantaba estar sentado mucho tiempo delante de su pequeño escritorio para hacer los ejercicios obligatorios. Solía quedarse dormido, y si no, le daba por entablar conversación conmigo de esta manera:
–Oiga, mi niño, véngase un rato para acá.
Y empezaba a hablar tonterías conmigo, haciendo dibujos en el cuaderno de ejercicios hasta la medianoche.
–¿Usted sabe qué es esto?
Al hacerme preguntas como ésa, Yasutaro me mostraba dibujos obscenos e inmorales hasta hacerme chillar de la risa.
Yasutaro me caía bien al comienzo. Lo consideraba un tanto vulgar, pero me gustaba ver sus dibujos cómicos, y todas las noches esperaba ansiosamente a que terminara el trabajo de la tienda para acudir a su lado.
–Yasutaro, a ver si puedes dibujarme cuando me tiro un pedo.
Escogía temas así de ridículos para sus dibujos y me moría de la risa viendo los cuadros disparatados que resultaban. Por otro lado, Yasutaro me facilitaba conocimientos poco accesibles para los niños de mi edad –misterios tales como: ¿por qué las mujeres se embarazan?; ¿cómo nacen los bebés?-. Nos hicimos tan buenos amigos en poco tiempo que hasta comencé a acompañarlo a escondidas cuando tenía que salir a hacer diligencias, y aprendí a vagabundear por las calles con él.
Fue un domingo al mediodía. Como la tienda estaba cerrada por la mañana, la mayoría de los dependientes, desde el jefe hasta el cajero, habían salido a pasear a algún sitio, pero Yasutaro, que no era sino aprendiz, se tuvo que quedar ese día porque le habían encargado el cuidado de la casa. Ya que se encontraba solo conmigo, empezó con sus idioteces de siempre, hasta que se escuchó una voz que provenía del piso de arriba.
–¡Yasu malvado, qué falta de respeto! ¡No te da vergüenza estar enseñándole al niño esas tonterías en lugar de dedicarte a los ejercicios de caligrafía!
Venía bajando la escalera, maldiciendo de aquella forma, un hombre que había salido de una habitación del segundo piso. Era Zenbei, el interino, un gordo de unos treinta y cinco años, de rostro enrojecido que, a primera vista, inspiraba repugnancia. Parecía estar listo para salir a un asunto importante, puesto que se había calzado de manera formal y vestía un kimono elegante con bordados brillantes encima de la ropa interior de rayas, y lucía su cabello peinado con un esmero poco frecuente.
–¿Para dónde va, don Zen? Anda usted muy elegante.
Yasutaro escrutó detenidamente el traje de Zenbei con una mirada maliciosa.
–¿Y eso qué te importa?
Después de detenerse un momento en el zaguán para calzarse, Zenbei se sentó en el piso de madera mirando con cierto nerviosismo el reloj de pared.
–Uhm, que disfrutes entonces –Yasutaro se dirigió a Zenbei en un tono insinuante, agachando un poco la cabeza.
–¿Qué quieres decir, mocoso? ¿Qué sabes tú, muchacho descarado?
–Seré descarado, pero no al grado de frecuentar un prostíbulo.
–¿Qué? –Zenbei se puso serio de repente y con una mirada severa enfrentó a Yasutaro–: A ver, dímelo otra vez, y verás. ¿Qué tengo yo que ver con prostíbulos? ¿Crees que puedes decir cualquier tontería que se te antoje?
–No se enoje, que no es para tanto, sólo dije que yo no conocía un prostíbulo.
–¿Y a cuenta de qué te refieres a eso? Parece que no fue suficiente la cantidad de bofetadas que recibiste el otro día como castigo.
Al ser puesto en evidencia delante de mí, Zenbei seguramente se preocupaba de que su jefe se enterara del secreto. Quizá por eso resentía mi mirada, al tiempo que descargaba un fuerte manotazo sobre el cráneo semirrapado de Yasutaro.
–¡Ay, hombre! ¡Qué le pasa, pendejo!
–Como nunca entiendes las palabras, tengo que acudir a este remedio para que te acuerdes bien quién soy. Vas a ver si sigues portándote así.
–Qué gracioso. El que va a ver es usted, que se escapa de la tienda todas las noches y no vuelve hasta la madrugada. ¡Qué ingenuo, como para creer que nadie está enterado de eso!
Yasutaro hablaba a gritos y en un tono abiertamente desafiante, tal vez para vengarse de los golpes. Y a pesar de que luego recibió una tanda de bofetadas, se enfrentó a Zenbei con los brazos cruzados.
–¡Venga, coño! Pégueme cuanto quiera. A ver, ¿qué le pasa? ¡Déle!
Zenbei vaciló un instante ponderando su conducta violenta, tal vez temeroso por la actitud decidida de Yasutaro, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Lo sujetó de las solapas y lo arrojó al piso, y ahí comenzó a golpearlo a ciegas con los puños cerrados.
Aplastado de bruces como si lo hubieran colocado sobre una mesa de disección, Yasutaro forcejeaba en un intento vano por zafarse, y comenzó así a responder con contragolpes desesperados sobre las piernas de Zenbei, lanzando gritos exagerados para llamar la atención. Las mangas del vestido elegante de Zenbei quedaron destrozadas por los arañazos y pellizcos con que intentaba defenderse Yasutaro. Durante un buen rato me quedé como atontado observando en silencio aquel pleito desigual. Curiosamente, lo que más me llamaba la atención en esos momentos era el gesto miserablemente distorsionado de Yasutaro, que se encontraba aplastado bajo las rodillas de aquel hombre corpulento, y de igual forma me fijaba en el movimiento de sus piernas, que se retorcían de dolor. Al contemplar las plantas de sus pies, amarillentas y redondeadas, con los cinco dedos que se abrían y cerraban con notable fuerza, imaginé que se trataba de animales misteriosos, ajenos a la personalidad de Yasutaro. ¡Ah, y qué gracia tenía su cara con el perfil desfigurado! Desde donde estaba yo parado se veían con nitidez impresionante las fosas de su nariz chata, así como el interior rojo de su boca, que se abría cada vez que lanzaba un grito lloriqueante.
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“¡Qué fosas nasales tan feas y su­cias!”, se me ocurrió pensar. Continué así, en silencio, observando detenidamente cómo su nariz cambiaba de forma, cómo se distorsionaba según los gestos de dolor.
“¿Por qué será que el rostro humano tiene fosas nasales? Se vería mejor sin esos feos agujeros, me parece…”. No sé por qué se me ocurrió esta reflexión tan mal formulada, que reflejaba mi descontento.
Pronto una de las sirvientas acudió a separarlos y así acabó la pelea, pero esa imagen de las fosas nasales de Yasutaro no se me quitó de la mente durante varios días. Cada vez que me sentaba a la mesa para comer, se me aparecía como si la tuviera ahí mismo, delante de los ojos, y la impresión que me producía era siempre desagradable. A pesar de ese fuerte disgusto, de vez en cuando me veía impulsado por el deseo, totalmente inexplicable, de situarme al lado de Yasutaro para observar, en escorzo, la forma de su nariz.
Mirando detenidamente su nariz, me decía para mí mismo, muy en el fondo de mi mente: “De verdad que eres un tipo asqueroso. Qué feo te ves. Mírate no más esa nariz tan horrible que tienes”. Yasutaro, por quien hasta entonces había sentido cierto cariño, me comenzó a infundir una repugnancia que carecía de lógica, a medida que me habituaba a asociarlo con su fea nariz.
Obviamente, Yasutaro no se daba cuenta de lo que pasaba en mi interior. Me seguía tratando con mucho cariño y me hablaba de la misma forma relajada. Ahora que lo recuerdo, desde pequeño yo fui un niño demasiado precoz en cuanto a mañas y malicias se refiere. Era un niño tan ajeno a la inocencia que, aun cuando me disgustara alguien, jamás revelaba exteriormente ese sentimiento. Al contrario, le respondía siempre con el mismo cariño y con los mismos tratos amables. Y cuanto más me mostraba amable y alegre con él en mis tratos diarios, más crecía mi odio con una fuerza incontrolable. Además, me producía una felicidad suprema portarme como cualquier niño ingenuo sin revelar ni en lo más mínimo ese odio hirviente, bien escondido en las profundidades de mi corazón.
Rebosaba de alegría al formular secretamente en mi interior reflexiones insultantes: “Qué tipo tan fácil de engañar, este idiota incurable. Mucho mayor que yo, pero muy inferior en inteligencia”. Solía identificarme con esos subalternos listos y mañosos que aparecían en las historias de conflictos familiares de los antiguos caudillos, tales como Denzo Otsuki y Mimasaka Oguri, para disfrutar de la misma circunstancia que estaba viviendo. Hasta llegué a pensar que habría gozado más si yo hubiera sido el sirviente y Yasutaro mi amo, porque así me podría burlar más de él con lisonjas fingidas.
¿No habría manera de perjudicarlo sin que se diera cuenta de mi odio? Ya no me contentaba sólo con burlarme de él mediante una operación mental. Quería provocar algún suceso que incitara a alguien a golpear a Yasutaro tan cruelmente como en la ocasión anterior. Quería manejar a alguien a mi antojo, como a un títere, para poder disfrutar luego a hurtadillas de las lágrimas de dolor que Yasutaro tendría que tragarse. Empecé a desearle los sufrimientos más terribles. Ya no me importaba que se quedara cojo o que muriera de una vez. Sólo deseaba que recibiera los golpes más contundentes y dañinos, que hicieran sangrar su horrible nariz… Siempre imaginaba planes macabros para Yasutaro, y me mantenía alerta ante la oportunidad de poder ponerlos en práctica. Mentalmente no dejaba de saborear las imágenes de sus lloriqueos, de su cara distorsionada por la angustia, de los movimientos de sus piernas y brazos contorsionándose de dolor. Paladeaba aquellas imágenes como si fueran dulces manjares que se posesionaban de mí con una misteriosa atracción.
En esa época todavía no me podía explicar por qué había llegado a odiar a Yasutaro de semejante manera. Debería existir algún motivo que me impulsara a perder de repente todo el cariño que sentía por él, llevándome a experimentar tal aversión, que podía desearle el peor de los sufrimientos. Pero siendo como era un niño, aún no muy consciente de mis actuaciones, no se me ocurría pensar en tan complejos asuntos. Lo único que recuerdo de esos momentos con precisión es cómo me sentía con relación a Yasutaro. No se trataba de un rechazo ni de una repugnancia cualquiera, era algo mucho más radical y profundo: se podría hablar de una reacción psicológica casi irresistible. Era un sentimiento que quizá no se pueda expresar con un término tan superficial como odio. Sería más oportuno acudir a una metáfora: imaginen las horribles náuseas que sentiríamos al pensar en excrementos humanos justo cuando estamos comiendo. De eso se trataba, de algo muy cercano a esa sensación. Al ver la cara de Yasutaro, me sentía invadido por la desazón, y el asco casi me hacía vomitar, dejándome en la boca un desagradable sabor.
Por otro lado, no tengo ninguna justificación para odiar a Yasutaro. Ni siquiera era un hombre malo. Nunca me faltaba al respeto. Y tampoco tuvo ninguna culpa en la pelea con Zenbei, puesto que éste se molestó seguramente porque Yasutaro le dijo algo cierto con el propósito de provocarlo. En ese sentido, el objeto de mi odio debería haber sido Zenbei, y Yasutaro merecería más bien mi compasión. En fin, se puede suponer que mi odio hacia Yasutaro no se originó en mi ser mismo de ese entonces, sino que se produjo como consecuencia de algún factor desconocido que se había ido formando muy sutilmente en mi psiquis. En otros términos, puedo decir que fui atrapado de forma inesperada por ese fenómeno que se asocia con la llegada de la primavera.
Como ya lo conté antes, al ver cómo Zenbei golpeaba a Yasutaro, me sentí atraído –hasta el grado de alcanzar un placer casi como si estuviera escuchando una melodía muy agradable– hacia los músculos de las extremidades y del rostro, que se movían en curiosos vaivenes. Olvidando completamente la personalidad de Yasutaro, me concentré, de una forma por demás enfermiza, en cada una de las partes que componían su cuerpo.
“Siento unos deseos inmensos de pisotear sus muslos, como lo está haciendo Zenbei. Tengo ganas de pellizcarle las mejillas…”, me dije. Y ése fue el comienzo de mi odio hacia Yasutaro.
Empecé a odiar la forma de su nariz. Su aspecto físico repugnaba a mis ojos y me producía un malestar insoportable, sólo comparable con el que sentiría una persona rabiosa ante la comida que detesta. Mis sentimientos hacia Yasutaro ya estaban totalmente bajo el dominio de los estímulos sensoriales provocados por su cuerpo. Ya no podía apreciar su cuerpo más que como vestido o comida.
Su cuerpo era feo y miserable, mezquino y para colmo gordo –imagino que no era yo el único que, al contemplarlo, sentía el impulso irresistible de golpearlo, pellizcarlo o hacerle otras cosas peores–. Estoy convencido de que cualquiera de ustedes ha tenido una experiencia semejante en algún momento de sus vidas. Seguramente, algunos de mis lectores se acordarán de aquel juguete llamado arcilla de cera que se veía mucho en nuestra infancia. ¿Por qué será que ese juguete estuvo tan de moda entre los niños? Pudo ser por el placer que producía el acto mismo de trabajar la cera para hacer figuras muy variadas. Pero me parece que lo que más estimuló la curiosidad de los niños no fue otra cosa que esa sensación de lo blanduzco, viscoso y pulposo del mismo material. Ese efecto táctil, que experimentábamos al manipularlo a nuestro antojo, extendiéndolo, aplastándolo y manoseándolo, nos encantaba de una forma casi inconsciente. Ningún niño se resistía al deseo de juguetear con ese material cuando lo tenía a la mano.
Puedo nombrar otros casos semejantes. Por ejemplo, ¿por qué hay tanta gente que tiene una predilección muy especial por ciertas comidas, desabridas en sí mismas, como natillas y gelatinas? Seguro que es por el placer de esa sensación blanduzca que se experimenta al tratar de agarrarlas con cucharas o al saborearlas con la punta de la lengua. Mucha gente manifiesta ese apetito instintivo casi sin darse cuenta. De la misma manera, hay mujeres que tienen la manía de hacer cosas tan extrañas como sacarle canas a alguien o limpiar el pus de las heridas. Me parece que gustos tan exóticos son algo innato, en unos más que en otros, y comunes en todos los seres humanos.
Mi interés en el dolor del cuerpo de Yasutaro se puede explicar por el mismo placer causado por la arcilla de cera o por la gelatina. Sólo al ver cómo vibra una gelatina trémula, uno siente un placer inmenso, que tal vez no requiera de ninguna explicación. Sólo en busca de ese extraño placer era que deseaba ver de nuevo a Yasutaro forcejear de dolor.
Al fin, llegué a ingeniármelas con un truco bien elaborado. Un día, aprovechando el momento en que Yasutaro se tuvo que ausentar de casa por un encargo, robé secretamente de un cajón de su escritorio un cuchillo en cuya vaina estaba grabado su nombre, “Yasutaro Sato”. Luego me metí a hurtadillas en la habitación común de los empleados, ubicada en el segundo piso, y por fortuna la encontré completamente sola, pues era la hora en que había mucho trabajo en la tienda. Sin perder ni un minuto, abrí la maleta donde Zenbei guardaba su ropa, y de ahí saqué el vestido de gala cuidadosamente doblado, y después de maltratarlo insistentemente, le rasgué algunas partes con el cuchillo. Para completar el mandado, dejé a propósito la vaina en el fondo de la maleta, cerré la maleta hasta dejarla como la había encontrado al comienzo y bajé a mi cuarto con toda calma. Boté el cuchillo en la cloaca que pasaba cerca. Y así transcurrieron dos o tres días sin ninguna novedad.
“Seguro, antes del próximo domingo se va a armar un escándalo. Te vas a meter en tremendo lío. No sabes, idiota, lo que te espera”. Me colmaba de felicidad pensar de esta manera, mientras, en apariencia, seguía tratando a Yasutaro con el mismo cariño.
Mi truco dio su resultado el domingo en la mañana, tal como había calculado. Zenbei aguardó hasta que se fueron todos los empleados para ocuparse de Yasutaro, que se encontraba todo relajado bromeando conmigo, y lo empezó a interrogar severamente enfrentándolo a la vaina del cuchillo, que constituía una evidencia inobjetable.
–¿Te haces el tonto ante esta evidencia? Eres un tipo incorregible que no tiene ningún futuro. ¡Qué descaro! Mírame bien, malcriado, ¿todavía vas a decir que no?
–Por más que insista, no puedo admitir algo que no he hecho. Piense con calma, hombre, y verá. ¿Qué clase de idiota iba a dejar un objeto que tenga su propio nombre en esa maleta? –alcanzó a decir Yasutaro, pero no podía disimular su palidez delante del rostro desfigurado por la furia de su contrincante.
–¿Quién podría haber sido sino tú? Vas a ver cómo te entrego a la policía si no dices la verdad. A ver, ven conmigo.
La ira de Zenbei no era la de un adulto que se dirige a un niño para amonestarlo. Rebosando de la rabia que surgía desde el fondo de su alma, fijó su mirada enloquecida en su enemigo y empezó a arrastrarlo a la fuerza hacia el zaguán.
Cogido por el cuello, Yasutaro se resistía con desesperación, agarrándose a la columna y al armario, pero ante la fuerza superior de su rival no pudo hacer más nada sino dejarse arrastrar a lo largo del piso. Nadie decía ni una palabra. En medio de aquel silencio horroroso, cada quien dedicaba todas sus energías a intentar superar al otro en esta competencia singular.
De pronto se sintió un enorme estruendo: era Yasutaro que había caído de espaldas en el zaguán, quién sabe si había tropezado con algún objeto o si se había enredado en sus propios pies. Lanzando un chillido estridente que resonó por toda la casa, Yasutaro, en su desesperación, le mordió una pierna a Zenbei con las fuerzas que aún le restaban.
–¡Mierda, carajo! —Zenbei repitió varias veces ese insulto sin dejar de darle patadas a Yasutaro, a ciegas, en la cara, en las piernas, lo que acabó en un tremendo escándalo, algo nunca antes visto.
Yo observaba con calma aquella escena. El cuerpo de Yasutaro, que el traje con las solapas levantadas y las mangas enrolladas dejaba casi al descubierto, forcejeaba violentamente de dolor, un dolor aún más intenso que el de la vez pasada, y pataleaba en el vacío. Se pudo ver con nitidez cómo se contraían los músculos alrededor de esa nariz chata y horriblemente fea.
Como consecuencia lógica de aquel acto, no tardé en comenzar a manifestar mi odio hacia Yasutaro de manera directa y a maltratarlo con mis propias manos, ya sin intentar ocultar mi naturaleza demoníaca. Finalmente, me acostumbré a acosar a cualquier sirviente de la casa sin escrúpulo alguno.
–En esta casa no nos dura ninguna sirvienta, por causa de tu carácter violento —solía decir mi madre. Cada vez que llegaba una sirvienta nueva, me ocupaba de consentirla con exageración durante cierto tiempo, y comenzaba a odiar a las que llevaban más tiempo en casa, con las cuales me había encariñado en apariencia. Así sucesivamente se turnaban mis sentimientos. Yo necesitaba tanto a las sirvientas queridas como a las odiadas.
Me gradué en la escuela primaria, luego en la secundaria y al fin en la preparatoria, para continuar mis estudios en la universidad. Debo confesar, sin embargo, que cuando odio a alguien sigo dominado por el mismo sentimiento que experimenté en mi niñez. La única diferencia consiste en que ahora no lo manifiesto en mis actos, o mejor dicho, no me siento capaz de hacerlo.
Creo que el odio, al igual que el amor, brota de una fuente mucho más profunda que el interés práctico o la conciencia moral. Yo no sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual.

Tanizaki_1913

Franz kafka

«Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro».

Franz Kafka

Canarios de Yasunari Kawabata

Señora:

Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.

Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.

Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.

Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?

Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.

Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.

Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.

Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?

http://escuchandoconloso… nari-kawabata.html

Hiromi Kawakani: Cien años

Hace mucho tiempo que estoy muerta.

Sakaki y yo intentamos suicidarnos juntos, pero él sobrevivió. Sólo morí yo.

Al morir, no sabía qué hacer. Reaparecí en forma de espectro, incapaz de abandonar el mundo de los vivos, pero ahora todo eso ya no tiene importancia. Aun así, sigo pensando en él constantemente.

El otro día, Sakaki murió a los ochenta y siete años. Digo el otro día, pero ya ha pasado bastante tiempo. Ni siquiera sé en qué época estamos.

Conocí a Sakaki con cuarenta años recién cumplidos. Él debía de tener más o menos la misma edad. Quedamos muchas veces. Poco a poco, nos pegamos. Puede que suene raro decirlo así, pero es la palabra que me parece más adecuada cuando pienso en nuestra relación. Con él, el placer no tenía nada que ver con lo que había experimentado hasta entonces. Por muchas veces que hiciéramos el amor, nunca teníamos suficiente. Teníamos que hacerlo cada vez más a menudo. Aunque ambos teníamos una edad en que las fuerzas empiezan a flaquear, no podíamos controlarnos. Sufríamos porque nos fallaban las fuerzas, pero nuestro deseo nunca se agotaba. A veces tenía la extraña sensación de estar poseída.

Mientras tanto, nuestros cuerpos se pegaron el uno al otro. ya no podíamos separarnos. Pronto no fueron sólo los cuerpos, nuestros espíritus también se quedaron pegados. Hasta que, al final, no nos quedó otra salida que suicidarnos juntos.

Unos días antes de tomar la decisión, Sakaki y yo fuimos a comer sushi. A él siempre le había gustado. Empezaba por el pescado blanco y luego pedía marisco, pescado azul, otra vez pescado blanco y anguilas. Pero aquel día lo hizo de otra forma. Era la temporada del sábalo. Empezó pidiendo un plato de sushi de sábalo. Luego pidió otro, pero aún no tenía suficiente, así que siguió comiendo lo mismo. Aunque fuera la temporada del sábalo, para el restaurante era un problema que un solo cliente agotara todas las existencias. Sakaki no era una persona irrespetuosa, pero aquel día pidió demasiada comida. Comió tanto que me provocó náuseas.

—¿Qué te pasa?—le pregunté. Él sonrió.

—Tú cállate—me espetó.

Me daba miedo cuando me hablaba así. No usaba un tono de voz intimidante, sino más bien normal, pero yo temía que sus palabras me devorasen.

Terminó comiéndose todo el sábalo del restaurante. Yo estaba sentada a su lado sin comer nada. Una vez hubo acabado, pidió caballa, sardina, jurel y todo el pescado azul que fue capaz de comer. Estuvo dos horas sin hacer nada más que comer. Yo permanecí sentada a su lado, tiesa como un palo. Sólo pedí un poco de pulpo y de calamar, y bebí té. Oía el ruido que hacía Sakaki al masticar cada vez que se llenaba la boca de sushi, el ruido de sus dientes triturando el pescado. Al cabo de unos días, me propuso que nos suicidáramos juntos.

 

En cuanto tomamos la decisión, dejó la empresa. Se fue de su casa sin decir adónde iba. Desapareció. Ese mismo día pasó a recogerme y fuimos a una pequeña agencia inmobiliaria.

—Queremos alquilar un piso. No hace falta que sea muy grande, nos basta con uno de seis tatamis y una cocina pequeña. Luminoso, a poder ser.

Sakaki se explicaba meticulosamente pero con cierta indiferencia. El propietario de la inmobiliaria, un hombre mayor, lo escuchaba sin parpadear. Teniendo en cuenta el dinero que podíamos destinar al alquiler, cogió de un estante varios planos de pisos enrollados con un cordel y los abrió delante de nosotros. Se humedeció la punta del dedo con la lengua y empezó a enseñarnos los planos uno por uno, sin prisa.

—Este biso les gustará. —El señor de la inmobiliaria decía biso en vez de piso—. Es muy luminoso. La parte de atrás da al río, y como al otro lado de la calle hay una escuela de comercio, es una zona poco transitada y muy tranquila por las noches. El edificio es bastante nuevo, no tendrán problemas de vecinos fisgones.

Antes de decir la palabra fisgones, carraspeó un poco. Echó un vistazo a nuestras manos, que habían estado entrelazadas desde que nos sentamos. Cada vez que nos miraba de soslayo, yo me sentía como si encogiera, pero Sakaki no parecía preocupado en absoluto. Notaba su mano encima de la mía. Su palma era cálida y pesada.

—Iremos a ver el piso que hay enfrente de la escuela de comercio. y también nos gustaría ver otros, espero que encuentre algo que pueda interesarnos—dijo Sakaki, con el mismo tono de voz con que había pedido un plato tras otro en el restaurante de sushi, mientras observaba abstraído el diploma de agente inmobiliario colgado en la pared, delante de nosotros. Yo intentaba leer los anuncios pegados en la puerta de cristal, junto al listado de condiciones para solicitar un alquiler. Desde dentro, las letras se veían al revés, como en un espejo, y costaba leerlas: “3 tatamis, W.C. compartido, a 7 minutos de la estación. 9000 yenes”, “4 tatamis y medio, W.C., a 5 minutos de la estación, obra nueva. 15 000 yenes”. Mientras descifraba los anuncios a duras penas, recordé mi breve matrimonio.

 

Cuando sólo tenía veinte años recién cumplidos, me casé con un respetable hombre de negocios. Yo iba a la escuela de costura, y una señora del vecindario concertó nuestro matrimonio. Pronto nos pusimos de acuerdo y celebramos la boda en el templo del barrio. Ya hacía tiempo que mi madre había fallecido. Sin saber muy bien cómo prepararme, cogí el futón y cuatro cosas más y me instalé en casa de mi nuevo marido.

Él solía ser un hombre serio y responsable, pero de vez en cuando sus ojos brillaban de una forma rara. Entonces bastaba con que yo dijera una sola palabra para que se encolerizara como si se hubiera vuelto loco, y me pegaba y me daba patadas. Al principio sólo pasaba muy de vez en cuando, pero pronto las palizas empezaron a ser habituales.

Acudí a la mujer que había concertado nuestro matrimonio en busca de consejo, y ella intentó convencerme para que tuviera paciencia. Lo intenté, pero las palizas eran cada vez más frecuentes, así que al final acabé huyendo. Pensé que, si volvía a casa de mi padre, mi marido vendría por mí, de modo que me escondí y empecé a vivir sola. Encontré trabajo en un club nocturno, pero no era lo mío. El propietario del local se dio cuenta y tuvo la amabilidad de presentarme a uno de sus clientes, quien encontró un empleo para mí en una empresa de venta de material de oficina al por mayor. Me instalé en la residencia para las empleadas de la empresa, que fue mi hogar a partir de entonces.

Antes de conocer a Sakaki había tenido varias relaciones, pero ninguna fue duradera. La mayoría de los hombres me decían que se aburrían conmigo. Él era el único que nunca me lo dijo.

—¿Por qué estás conmigo?—le pregunté un día.

—Porque te pareces a Kiyo—repuso él tras una breve reflexión.

—¿A Kiyo?

—Sí. ¿No la conoces? Es la vieja sirvienta que aparece en la novela Botchan de Soseki.

—¿Una criada?

—Es muy buena mujer.

A continuación, Sakaki me hizo el amor. Nuestras relaciones siempre empezaban de forma suave y se intensificaban poco a poco. Yo sabía que estábamos rebasando todos los límites, pero me dejaba llevar hasta el infinito. Los ojos de Sakaki parecían sonreír, pero su cuerpo pesaba cada vez más y no se podía despegar del mío.

 

Alquilamos el piso luminoso de seis tatamis que daba a la escuela de comercio. Cuando le dije a Sakaki que quería llevarme el futón que utilizaba en la residencia de la empresa, se echó a reír.

—Olvídalo, compraremos uno nuevo.

—No merece la pena.

—¿Por qué no?

—Pues porque…, porque pronto…

—¿Porque pronto moriremos?—acabó la frase, y se echó a reír de nuevo.

Al piso nuevo sólo llevamos tres cajas, un baúl, un paraguas roto y dos futones nuevos. Cuando terminamos de ordenarlo todo, Sakaki se tumbó en el tatami boca arriba.

—Qué tranquilidad—dijo en un tono de voz extrañamente alegre—. Me gustaría poder estar siempre así.

Tumbado boca arriba, Sakaki estiró las piernas y los brazos. Yo empecé a barrer el polvo que se había levantado durante el traslado con una escobilla de mano que habíamos comprado en la tienda contigua a la escuela de comercio. Barrí concienzudamente, esquivando las extremidades estiradas de Sakaki.

—No hace falta limpiar. Déjalo.

—Estoy a punto de terminar.

Mientras limpiaba, el corazón me latía más deprisa. Noté una extraña sensación en el pecho. A pesar de que nuestra relación no tenía ningún futuro, sentía la necesidad de seguir haciendo las pequeñas tareas diarias. Cuando terminé de barrer, quería limpiar el suelo de madera del fregadero, pero Sakaki gritó:

—¡Déjalo!

—Es que…

—¡Ya basta!—insistió, golpeando el tatami con el puño cerrado. La tranquilidad que transmitía un momento antes se había evaporado sin dejar rastro. Entonces comprendí que estaba asustado.

Qué estúpida. No me había dado cuenta del miedo que lo atenazaba. O, mejor dicho, había fingido ignorarlo. Avergonzada, entendí que había sido absurdo tratar de encajar las piezas de los pocos días que pasaríamos en aquel piso. Pero no podía evitar pensar en las pequeñas cosas del mañana.

—Ven aquí—me dijo, con una mirada grave.

Dejé el paño en el fregadero y me arrodillé al lado de Sakaki, que seguía tumbado. Acto seguido, él me agarró la muñeca y me arrastró hasta tumbarme en el suelo.

—No juegues a querer ser una familia.

Antes de terminar la frase, me levantó la falda hasta la cintura.

—Te equivocas—repuse mientras forcejeaba. Sakaki se sentó encima de mí con las piernas abiertas y me sujetó las manos. En cuanto me tuvo inmovilizada, me miró fijamente sin decir nada. Yo también lo miré en silencio. Tenía una expresión serena. Aunque estuviera nervioso, su cara siempre reflejaba paz. Parecía tranquilo, incluso en aquel momento. Me miraba tranquilamente, sentado encima de mí con las piernas abiertas. Su mirada era lo único grave que había en aquel rostro sereno.

—No sé qué es una familia—repliqué con un hilo de voz.

—Es verdad, no lo recordaba—repuso él, con la voz un poco menos tensa.

—¿A tu mujer le gusta limpiar?

—Supongo que como a todo el mundo.

Siempre procuraba no preguntarle por su familia, y él casi nunca la mencionaba ni me enseñaba fotos. Tenía dos hijos, uno estudiaba tercero de primaria y el otro, segundo. Se parecían a su madre. Al mayor le gustaba leer, y el pequeño decía que quería ser maquinista. La mujer de Sakaki, cinco años más joven que él, enseñaba a coser kimonos a las mujeres del barrio. Los domingos, si hacía buen tiempo, iban de excursión todos juntos a las afueras de la ciudad. Por la tarde iban al mercado, donde compraban los productos que estaban de oferta: si hacía frío, cenaban fideos udon con verduras fritas, y si hacía calor, comían fideos fríos acompañados de tempura.

Aunque procurase no preguntarle nada, conocía todos esos detalles. Las pocas cosas que me había contado alguna vez se me habían quedado grabadas en el cerebro sin que se me escapara ninguna, y crecían cada vez más. Habíamos decidido que no podíamos vivir juntos. Y decidimos morir juntos. No fue idea mía.

 

Sakaki se apartó de mí y se tumbó de nuevo encima del tatami. Cerró los ojos. Tardó muy poco en conciliar el sueño. “Vas a resfriarte”, le advertí sacudiéndolo, pero no se despertó. Lo tapé con uno de los futones nuevos. Me arrodillé a su lado y estuve un rato observándolo. El sol se ponía, y el piso estaba cada vez más oscuro. Cuando menos me lo esperaba, mientras contemplaba su rostro en silencio, Sakaki abrió los ojos.

—He tenido una pesadilla—dijo.

—¿En qué has soñado?

—No me acuerdo, pero daba miedo.

—Ah. Ya veo.

—Tienes que ayudarme.

—¿A hacer qué?

—No lo sé. Pero tienes que ayudarme.

—Oye, ¿qué te parece si, en vez de suicidarnos, nos vamos de aquí y desaparecemos?

—Sería lo mismo.

—¿Estás seguro?

—No importa adónde vayamos, nada cambiará.

Su mirada era igual de grave que antes.

—Si hacemos algo que nos apetezca, seremos felices y quizá no querremos morir.

—Ya estamos haciendo lo que nos apetece.

—A mí no me lo parece.

—¿A qué te refieres? Desde que dejamos casi todo lo que teníamos hemos estado haciendo lo que nos apetecía.

No sé cuándo Sakaki había decidido dejarlo “casi todo”. Tomó la decisión a mis espaldas cuando se encontró en un callejón sin salida. Una vez hubo tomado la decisión, me propuso que nos suicidáramos juntos.

Yo no quería morir. Pero tampoco amaba tanto la vida como para seguir viviendo, de modo que le respondí que lo acompañaría. “Eres muy amable”, me dijo él. No era una cuestión de amabilidad, no. Si no lo hacía por amabilidad, ¿por qué lo hacía? Era algo más sencillo, simple y elemental. Yo no sabía hacer cosas complicadas.

—Aún estás a tiempo de volver—le decía de vez en cuando.

—¿Adónde?

—Con tu mujer, por ejemplo.

Sólo se lo decía por compromiso. Si me hubiera abandonado, me habría hecho una buena jugarreta. Pero, en el fondo, habría entendido que se fuera y lo habría aceptado sin más. Además, teniendo en cuenta la situación, me sentía obligada a decirle que volviera a su casa.

“Estoy cansado —solía quejarse—. Ya no puedo más. Quiero morir cuanto antes”. A pesar del cansancio que acumulaba, al final sobrevivió. Se salvó, volvió con su mujer y vivió una vida larga y feliz hasta los ochenta y siete años. Y yo morí. No le guardo rencor. Pero no puedo dejar de pensar que yo morí.

 

Sakaki y yo convivimos durante aproximadamente un mes en nuestro pisito luminoso. Por la noche íbamos a una pequeña taberna del barrio y nos tomábamos una botella de cerveza y unos cuantos vasos de sake. Para empezar, siempre pedíamos un estofado. Cuando ya llevábamos una semana frecuentando el mismo lugar, nos traían la cerveza y el estofado sin tener que pedirlo.

“Este estofado está riquísimo”, decía Sakaki cada vez quelo probaba. Nunca he sabido si le parecía especialmente sabroso porque sabía que iba a morir o porque realmente lo era. Hace mucho tiempo que estoy muerta, pero todavía recuerdo el sabor de aquel estofado. Aun así, sigo con la duda de si era mejor que cualquier otro.

Paseábamos junto al río, un poco achispados. Luego regresábamos al piso y hacíamos el amor. Como no teníamos nada mejor que hacer, lo hacíamos más de una vez. Cuando nos cansábamos, charlábamos un rato. Sakaki solía provocarme: “Háblame de los hombres con los que has estado hasta ahora”, me decía, por ejemplo. Dado que nuestra relación no tenía futuro, yo creía que no le importaría saber la verdad, y se la contaba con todo lujo de detalles. No tenía gran cosa que explicar, pero él se ponía celoso: “con los demás estabas mejor que conmigo, ¿verdad?”, insistía. A veces, mientras hablábamos, me penetraba de repente con un gesto deliberadamente teatral, como si estuviera interpretando un papel. Supongo que, como íbamos a morir pronto, necesitaba hacer un poco de teatro para no sentirse incómodo. Una vez muerta, pensé que debería haberle preguntado por qué lo hacía, pero ya era demasiado tarde.

 

Después de haberlo meditado detenidamente, decidimos no suicidarnos en el piso. Habría sido un problema para el señor de la inmobiliaria. Al fin y al cabo, era un hombre mayor, y nos había hecho el favor de no insistir demasiado con el tema del aval.

No teníamos ninguna posibilidad de obtener barbitúricos. Se nos ocurrió saltar en una acequia de las afueras de la ciudad, pero últimamente, comparado con unos años atrás, el caudal de agua era escaso y la corriente demasiado débil. No queríamos correr el riesgo de sobrevivir.

Estuvimos tentados de escoger algún lugar famoso concurrido por los suicidas y morir según el método habitual de la zona, pero Sakaki empezó a protestar.

—Morir es demasiado complicado.

—Quizá tengas razón.

Cuando llegó el momento de planear los detalles concretos, fui yo quien tomó la iniciativa, mientras que Sakaki se limitaba a responderme con evasivas: “Sí. Ya. Claro. Como quieras”.

Finalmente, decidimos saltar desde un acantilado que daba al mar del Japón. Yo me encargué de comprar los billetes de tren y de reservar el alojamiento.

—Deberíamos pasar la última noche en un buen hotel —le propuse, y Sakaki esbozó una pequeña sonrisa. Mientras sonreía, hojeaba distraídamente una novela erótica que había comprado en una librería de ocasión del barrio.

—De acuerdo. Dormiremos en un buen hotel, comeremos bien y nos suicidaremos—me respondió.

 

Bajamos del tren en una estación de una línea secundaria situada muy cerca del mar. Echamos dos cartas en un pequeño buzón: la de Sakaki era para su mujer y sus hijos, mientras que yo le había escrito al señor de la inmobiliaria pidiéndole disculpas por haber dejado el piso sin previo aviso.

Caminamos hasta el acantilado cogidos de la mano. Soplaba un fuerte viento. Yo tenía la mente en blanco. Me había imaginado que toda mi vida me pasaría por delante de los ojos como si fuera una linterna mágica, pero era incapaz de pensar. Miré a Sakaki, que parecía tan tranquilo como siempre. Desde que habíamos tomado la decisión de suicidarnos juntos, sólo su mirada era grave.

—¿Tienes miedo, Tokiko?

—Creo que no.

—Yo sí tengo miedo.

—Quiero pedirte un favor.

—Dime.

—Si sólo muero yo y tú sobrevives, quiero que me entierres cerca de la tumba donde te enterrarán a ti.

—No seas ridícula.

Sakaki soltó mi mano, me giró hacia él hasta que estuvimos cara a cara y me dio un fuerte abrazo.

—Eres ridícula. Te pareces a Kiyo.

—¿Kiyo?

—Sí, mujer, el personaje de la novela de Soseki.

—¿Por qué dices esto?

—”Usted es más joven que yo, señorito. Cuando muera, entiérreme en su panteón. Una vez en la tumba, esperaré su llegada con impaciencia”, le dijo Kiyo a su señorito el día antes de morir.

Sakaki parecía emocionado. Yo no me sentía identificada con Kiyo, pero sus palabras me habían impresionado.

—Vamos a morir juntos, no te preocupes por las tumbas. Dicho esto, Sakaki me abrazó de nuevo. Yo me quedé quieta, con las manos colgando a ambos lados del cuerpo.

—¿Sabes? No quiero morir—le dije.

En realidad, no lo pensaba. Estaba dispuesta a morir. Cuando llegó el momento, lo supe con certeza. Nunca había tenido ganas de vivir. Lo que pasa es que hasta entonces no se me había ocurrido la idea de quitarme la vida.

—Pues es demasiado tarde —dijo Sakaki, un poco pálido.

—¿Por qué?

—Porque ya estamos aquí. Suicidémonos. Muramos juntos.

Sakaki estaba convencido de que no podría suicidarse sin mí. “Si no puede morir solo, será mejor que no se suicide”, pensé, pero yo ya había tomado la decisión.

—Pues anda, suicidémonos juntos—dije en un tono de voz deliberadamente dulce. De hecho, debería haberle impedido que saltara. Pero no lo hice. “Soy una miserable”, pensé. Al poco rato, saltó y me arrastró hacia el mar junto a él.

 

Sakaki sobrevivió. Lo rescató una barca de pescadores. Yo choqué contra una roca del fondo del mar y fallecí en el acto.

Al principio no lograba entender por qué sólo yo había muerto y él se había salvado. Si bien era cierto que justo antes de saltar había pensado que Sakaki no debía morir, aquel final me parecía incomprensible.

Su mujer y sus hijos fueron a buscarlo y lo llevaron de vuelta a casa. Gracias a sus cuidados, al cabo de un mes ya se había recuperado y volvía a hacer vida normal, como si nada hubiera ocurrido. No se divorció, y fue un buen padre. El día del aniversario de mi muerte, fue al mar del Japón y estuvo mucho rato rezando.

Después de morir, empecé a reflexionar sobre mi vida. Flotaba constantemente alrededor de Sakaki. Se me hacía raro verlo vivo. Era un misterio que continuara vivo habiendo muerto yo. Cuando mueres, todo desaparece. Te quedas vacío por dentro. Eso no lo sabía antes de morir. Como llevaba una vida que no me hacía feliz, no me resultó difícil suicidarme. Pero ¿por qué quería morir él? Cuantas más vueltas le daba, menos lo entendía. Que esté muerta no significa que pueda adivinar los pensamientos de la gente, así que, por mucho que flotara a su alrededor, no podía saber qué le pasaba por la cabeza.

Puesto que cuando mueres te quedas vacío por dentro, puede que mis pensamientos, en realidad, ya no existan. Siempre pienso en él. Aunque esté muerta, pienso intensamente en él. Cuando estaba viva lo hacía de una forma más etérea, mis pensamientos eran más vaporosos que ahora.

Sakaki murió a los ochenta y siete años. Creía que después de su muerte volvería conmigo, pero no lo hizo. Cuando murió, desapareció por completo. Se ve que la mayoría de la gente se esfuma sin dejar rastro. Los casos como el mío no son nada habituales. Una vez muerto él, ya no tengo adonde ir. Es muy angustioso.

Cuanto más angustiada me siento, más pienso en él. Aunque ya hace mucho tiempo que murió, sigo pensando en él. A veces incluso dudo de que Sakaki existiera de verdad, pero no puedo dejar de pensar en él con todas mis fuerzas.

 

Así han pasado cien años.

Ahora, un siglo más tarde, apenas recuerdo las cosas que nos unían. Sólo sé que lo amaba profundamente.

No sé qué pasará. No sé si al cabo de cien años, y de cien años más, seguiré pensando en él. Cuando estaba viva, conocí a Sakaki y decidimos por casualidad suicidarnos juntos, y así hemos terminado.

A veces recuerdo que él me comparaba con Kiyo. Me pregunto si es cierto que Kiyo esperó a su señorito dentro de su tumba. Yo esperé a Sakaki y nunca vino. Ya han pasado cien años y nada ha cambiado. Ahora ya está muerto, y no cambiará nada.

 

 

Hiromi Kawakami
Escritora. Entre sus libros se cuentan KamisamaEl cielo es azul, la tierra blancaAlgo que brilla como el mar y El señor Nakano y las mujeres.

Traducción de Marina Bornas Montaña.

Cien años

Antes las mujeres se callaban de Óscar Martínez Molina

Por mucho, los mejores recuerdos que tengo de mi infancia y de mi juventud pasan necesariamente por el tamiz maravillosamente modelado por las manos y el corazón de una mujer. Mi madre y su melódica voz, por supuesto en primera fila. Pero también están allí, iluminando días y días las abuelas haciendo magia con exóticos postres, con suculentas comidas, con el relato de maravillosas historias y las tías, hermanas de mi padre y mi madre, integrando mis tardes de ensoñaciones ¡Cantos y juegos! Y por supuesto mis hermanas y primas con sus risas. Y cuando llegó su tiempo, las amigas que, espléndidamente, llenaron de ilusión mis días. Finalmente en mi madurez, la presencia de mi mujer y de mi hija redondeando cada minuto de mi existencia.

¡La mujer en el camino, en el pensamiento, en el corazón, en el alma!

Qué dolor y qué impotencia la lectura en los diarios o la escucha por radio, no tan sólo de México, sino de cualquier país del mundo, agresiones, golpes, asesinatos o feminicidios. Actos deleznables de acoso. Niñas violentadas, jóvenes prostituidas, madres y abuelas esclavizadas.

Sociedad tras sociedad una absurda continuidad de la misma historia.

-¡La mujer a lo largo de la historia ha sido violentada! Y es por lo tanto un acto que raya en la normalidad. En muchas sociedades y religiones actuales la violencia física o verbal es un acto consumado y pasado por alto.

¿Hacia dónde va nuestra irracional civilización?

El tiempo de hoy es tiempo de levantar la voz al unísono con ellas.

– “Antes las mujeres se callaban, no hacía falta matarlas” Dacia Maraini

El cielo es azul: Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, de Hiromi Kawakami, nos cuenta que su protagonista (mujer, igual que la autora), Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria.

Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. No intimaremos con los personajes en el sentido habitual, ya que apenas sabremos retazos de su vida, pero la autora nos coloca muy próximos a ellos, nos sitúa como voyeurs de una relación extraña para nosotros, y, una vez más, frecuente en oriente, y sin darnos cuenta estaremos inmersos en la vida del maestro y de Tsukiko, que se escribe con los caracteres de «niña» y «luna».

La poesía ocupa un lugar destacado a lo largo del libro. Los diálogos escuetos, las descripciones someras, nos adentran en la sociedad nipona, mostrándonos aspectos recurrentes en su literatura actual, como son el aislamiento dentro de una inmensidad de personas, la indiferencia hacia los otros, la relación con la familia, la nostalgia por una infancia que no volverá pero que se resisten a dejar en una batalla perdida contra el paso del tiempo, la oposición entre tradición y modernidad, el alcohol como vehículo de escape, la falta de amor y la negación de su importancia como justificación de la soledad, los convencionalismos, el papel de la mujer en una sociedad anclada en el pasado en muchos aspectos. El viaje de descubrimiento que los japoneses realizan cuando terminan sus estudios, y que les lleva al otro lado del mundo.

He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado.
¡como me duele el corazón!

Nosotros recorremos también un largo camino, el que lleva a los protagonistas a mostrarnos una historia de amor, sutil y delicada como un haiku, una historia llena de sensibilidad, una historia que me hubiera gustado no terminar de leer.

FRAGMENTO
-Maestro- murmuré- Maestro, no sé volver a casa.
Pero el maestro no estaba allí. Al preguntarme dónde estaría aquella noche, me di cuenta de que nunca habíamos hablado por teléfono. Nos encontrábamos por casualidad, paseábamos juntos por casualidad y bebíamos sake por casualidad. Cuando le hacía una visita en su casa, me presentaba sin previo aviso. A veces estábamos un mes entero sin vernos. Antes, si mi novio y yo no nos llamábamos ni nos veíamos durante un mes, empezaba a preocuparme. ¿Y si hubiera desaparecido como por arte de magia? ¿Y si se hubiera convertido en un auténtico desconocido?
Pero el maestro y yo no éramos novios, así que no nos veíamos a menudo. Pero aunque no coincidiéramos, el maestro nunca estaba lejos de mí. Él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar.
La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando “Qué bonito es el río Sumida en primavera “, pero no era una canción muy adecuada a la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada “Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana”. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
– “No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! MI cuerpo también corre veloz”
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía “ iOh! Nos divertimos saltando con gran habilidad”. Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta “El cielo es azul, la tierra es blanca”, pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodeaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que había sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
– ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.
Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
– ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
– He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
– ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
– ¡Tsukiko! Respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
– Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
– ¿Cómo?
– La última frase de la canción. Antes iba a esquiar de vez en cuando.

hiromi

Mirando tus quehaceres

Aún escucho tu voz cotidiana platicando con el viento. Con el rabillo del ojo te observo con tus quehaceres. Miras a través de la ventana y mueves la cabeza, seguro viste los fantasmas que van y vienen. Atizas el fogón: las chispas brincan como grillos espantados. Pruebas de la cazuela, y le das el visto bueno a los huevos revueltos con ajo, cilantro y ají. Afuera está la tina con agua que recién llené. Es agua de pozo, fresca y dulce. Salgo al patio y quedo me acerco. ¡Ah la luna que acude a su cita de fotografía, es una quinceañera que nunca cumple años!

Despues de la media noche, los fantasmas, el hambre y la luna se han ido, sólo son recuerdo, mientras en mi oído esucho el alboroto de tus suspiros entrecortados.

cocina

Rui de paula oleo. Texto RGG

El septimo hombre de H Murakami-extenso, pero vale la pena-

—Aquella ola estuvo a punto de engullirme una tarde de septiembre cuando tenía diez años —empezó a decir, en voz baja, el séptimo hombre.
Era el último a quien le tocaba hablar aquella noche. Las agujas del reloj señalaban ya las diez. Los hombres, sentados en círculo dentro de la habitación, podían distinguir, en la negra oscuridad de la noche, el rugido del viento que se dirigía hacia el oeste. El viento agitaba las hojas de los árboles del jardín, hacía vibrar los cristales de las ventanas y, al fin, con un chillido agudo como un silbato, se desplazaba a otro lugar.
—Era una ola gigantesca, muy distinta a las que había visto hasta entonces —prosiguió el hombre.
»No logró, por muy poco, arrastrarme consigo. Pero, a cambio, engulló lo que yo más quería y se lo llevó a otro mundo. Y yo tardé muchísimo tiempo en volver a encontrarlo, en poder recuperarlo. Un largo y precioso tiempo que jamás me será devuelto.
El séptimo hombre aparentaba estar en la mitad de la cincuentena. Era un hombre delgado. Alto, con bigote y una pequeña pero profunda cicatriz en el rabillo del ojo derecho, que podía haber sido producida por un cuchillo pequeño. Llevaba el pelo corto, con algunas ásperas canas aquí y allá. En el rostro del hombre se adivinaba la expresión que la gente suele adoptar cuando tiene dificultades para explicarse con claridad, pero, en su caso, aquella expresión se adecuaba con tanta perfección a su rostro que parecía que estuviera presente en él desde hacía mucho tiempo. Bajo la chaqueta de tweed gris llevaba una camisa lisa de color azul. De cuando en cuando, el hombre se tocaba el cuello de la camisa. Nadie conocía su nombre. Nadie sabía, tampoco, a qué se dedicaba.
El séptimo hombre carraspeó. Hundió sus palabras en el silencio.
Los demás esperaban, sin decir absolutamente nada, a que prosiguiera su relato.
—En mi caso fue una ola. No sé qué forma tomaría en el suyo, por supuesto. Pero, en mi caso, accidentalmente fue una ola. Aquello se presentó un día, de pronto, sin previo aviso, bajo la fatídica forma de una ola gigantesca.
Nací en un pueblo de la costa, en la prefectura de S. El pueblo es muy pequeño y es probable que ustedes no lo hayan oído nombrar nunca. Mi padre era el médico del pueblo y, durante mi infancia, jamás me faltó de nada. Desde que tuve uso de razón me sentía muy unido a un amigo al que le tenía un enorme cariño. Se llamaba K. Vivía al lado de casa y estaba un curso por detrás del mío. Los dos íbamos juntos al colegio y, a la vuelta, jugábamos también juntos. Podría decirse que éramos como hermanos. A pesar de que hacía mucho tiempo que nos conocíamos, no nos habíamos peleado jamás. Yo tenía un hermano, pero como era seis años mayor que yo, la relación con él no era muy estrecha. Además, si les soy sincero, éramos muy distintos de carácter y no nos llevábamos demasiado bien. En definitiva, que sentía más amor fraternal hacia ese amigo que hacia mi propio hermano. K era delgado, blanco de tez, con unas facciones tan hermosas como las de una niña. Sin embargo, tenía dificultades en el habla y le costaba expresarse. A los desconocidos podía parecerles incluso un poco retrasado mental. Era muy frágil y, por esa razón, tanto en la escuela como cuando jugábamos a la salida, yo me había erigido en su protector. Porque yo era más bien grande, se me daban bien los deportes y todos me respetaban. Que yo prefiriera estar con K se debía, básicamente, a la dulzura y bondad de su corazón. Su inteligencia era normal, pero, a causa de sus dificultades orales, sus notas no eran buenas y le costaba seguir el ritmo de las clases. Sin embargo, para el dibujo tenía un talento excepcional y, ya fuera con lápiz o con pinturas, hacía unos dibujos tan hermosos y llenos de vida que incluso los profesores se quedaban boquiabiertos. Había ganado muchos concursos y había sido galardonado innumerables veces. Estoy seguro de que hoy sería un pintor famoso. Le gustaba pintar paisajes e iba con frecuencia a la playa que se hallaba cerca de casa, no se cansaba de reproducir las vistas marinas. Yo solía sentarme a su lado y contemplaba admirado los ágiles y precisos movimientos de su pincel. Me maravillaba ver cómo, en un instante, era capaz de crear unas formas y tonalidades tan vivas sobre el lienzo blanco. Ahora me doy cuenta de que lo suyo era puro talento.
Un mes de septiembre, un gran tifón asoló la región donde yo vivía. Según la predicción meteorológica de la radio, aquél tenía que ser el tifón de mayor envergadura de los últimos diez años. Se suspendieron las clases y las tiendas cerraron bien sus puertas metálicas en previsión. Desde primeras horas de la mañana, mi padre y mi hermano tomaron un martillo y clavos y fueron fijando todas las contraventanas de la casa, y mi madre, de pie en la cocina, no paró de cocer arroz para preparar onigiri. Llenamos botellas y cantimploras de agua y cada uno de nosotros metió sus objetos más preciados dentro de una mochila, por si de repente teníamos que refugiarnos en algún lugar. Para los adultos, aquellos tifones que se presentaban casi cada año eran una molestia y un peligro, pero para los niños, tan alejados de la realidad de todo aquello, eran una especie de espectáculo que nos producía una enorme excitación.
A primeras horas de la tarde, el cielo empezó a cambiar rápidamente de
color. Se tiñó de una serie de tonalidades irreales. Yo salí al porche y estuve observándolo hasta que el viento empezó a ulular y la lluvia comenzó a azotar la casa con un extraño ruido seco, como si arrojaran puñados de arena contra las paredes. Nuestra casa permanecía con las contraventanas cerradas, sumida en la oscuridad, y toda la familia se había reunido en una habitación con el oído pegado a la radio. Por lo visto, la cantidad de agua que había descargado el tifón no era mucha, pero los daños provocados por el vendaval eran muy grandes. El fuerte viento había levantado los tejados de la mayoría de las casas y había hecho zozobrar un gran número de barcas. También habían fallecido, o resultado gravemente heridas, muchas personas al ser alcanzadas por pesados objetos que volaban por los aires. El locutor advertía, una y otra vez, que no saliéramos de casa bajo ningún concepto. A causa del fuerte viento, la casa rechinaba como si una mano gigantesca la sacudiera. De cuando en cuando se oía cómo algunos objetos pesados golpeaban con estrépito las contraventanas. Mi padre dijo que tal vez fueran tejas que habían salido despedidas de los tejados. Pendientes de las noticias de la radio, almorzamos los onigiri y el tamagoyaki que había preparado mi madre y esperamos con paciencia a que el tifón pasara por encima de nuestras cabezas y se fuera. Pero el tifón no acababa de pasar de largo. Según la radio, al llegar a la prefectura de S había disminuido bruscamente la velocidad y, por entonces, se dirigía despacio hacia el nordeste a una velocidad equivalente a la de un hombre a la carrera. El viento rugía, incansable, haciendo volar todo cuanto se hallaba en la superficie de la tierra y arrastrándolo hasta el fin del mundo. Debía de hacer una hora, aproximadamente, que había empezado a soplar el viento. De repente, todo se sumió en el silencio. No se oía nada. Incluso llegó de alguna parte el canto de los pájaros. Mi padre entreabrió la contraventana y atisbó por la rendija. El viento había amainado y ya no llovía. Los grises nubarrones iban desapareciendo despacio. Entre los jirones de nubes empezó a asomar el cielo azul. Los árboles del jardín, empapados de lluvia, dejaban que el agua goteara desde sus ramas. —Ahora estamos en el ojo del tifón —me explicó mi padre—. Durante un rato, unos quince o veinte minutos más o menos, continuará la calma. Luego volverá a desencadenarse la tempestad, igual que antes. Le pregunté a mi padre si podía salir afuera. Me respondió que sí, a condición de que no me alejara mucho. —Pero al primer soplo de viento vuelve corriendo a casa —me dijo.
Yo salí y miré a mi alrededor. Parecía increíble que hasta hacía unos pocos minutos hubiera estado rugiendo la tormenta. Alcé la vista al cielo. Me dio la impresión de que flotaba en él un enorme «ojo» que nos miraba con frialdad. Aunque no había nada semejante, por supuesto. Nosotros sólo nos encontrábamos dentro de una calma fugaz creada en el núcleo de un remolino de presión atmosférica.
Mientras los adultos rodeaban sus casas comprobando si el tifón había ocasionado algún desperfecto en ellas, yo me encaminé solo hacia la playa. El viento había arrancado y hecho volar por los aires muchas ramas que ahora estaban en mitad del camino. También había arrojadas por el suelo gruesas ramas de pino que un adulto no habría podido levantar solo. Había fragmentos de tejas por todas partes. Y coches con grandes grietas en los cristales debidas al impacto de alguna piedra. Incluso había una caseta de perro que había venido rodando de no se sabía dónde. Al ver todo aquello uno podía pensar que una gran mano se había extendido desde el cielo y había provocado el caos en la superficie de la tierra. Cuando iba andando por el camino, K me vio y salió afuera. Me preguntó que adónde iba. Al responderle que me acercaba un momento a la playa, K me siguió sin decir nada. Tenía un perrito blanco que también empezó a corretear detrás de nosotros.
—Al primer soplo de viento nos volvemos corriendo a casa —le dije, y K asintió en silencio.
El mar estaba a doscientos metros de casa. Había un malecón tan alto como yo ahora y tuvimos que subir las escaleras para bajar a la playa. Todos los días íbamos a jugar allí y conocíamos cada rincón de la arena. Pero, en el ojo del tifón, todo era distinto. El color del cielo, el color del mar, el rumor de las olas, el olor de la brisa, la amplitud del paisaje. En aquella playa, todo había cambiado. Nos sentamos en el malecón y permanecimos unos instantes contemplando la escena en silencio. Pese a hallarse en medio del tifón, el mar parecía una balsa de aceite. La línea de la costa se había adentrado en el mar. La blanca arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Ni siquiera con la marea baja retrocedían tanto las aguas. La playa estaba tan vacía que recordaba una enorme estancia de la que hubieran sacado todos los muebles. Objetos de diversa índole que habían llegado flotando a la deriva se alineaban en la orilla formando una especie de cinturón.
Bajé del rompeolas, empecé a andar por la seca orilla estudiando con atención todo aquello. Juguetes de plástico, sandalias, láminas de madera que parecían haber formado parte de algún mueble, ropa, una botella de forma curiosa, una caja de madera con una inscripción en una lengua extranjera, cosas cuya naturaleza era imposible de determinar, todo se extendía hasta donde alcanzaba la vista como si fuera el escaparate de una pastelería. Probablemente, las altas olas levantadas por el tifón habían transportado todo aquello, hasta allí, desde muy lejos. Cuando veíamos algo que nos llamaba la atención, lo cogíamos y lo estudiábamos con detenimiento. El perro de K permanecía a nuestro lado meneando el rabo y olisqueando cada una de las cosas que encontrábamos.
No creo que permaneciéramos allí más de cinco minutos. Sin embargo, a la que nos dimos cuenta, las olas ya habían alcanzado el punto donde nos encontrábamos. Las olas, en silencio, sin previo aviso, alargaban furtivamente la resbaladiza punta de su lengua hacia nuestros pies. Nunca hubiera podido imaginar que el oleaje se acercara con tanto sigilo, de un modo tan repentino. Yo había crecido al lado del mar y conocía sus peligros. Era consciente de la imprevisible violencia de sus embates y, por lo tanto, los dos íbamos con grandes precauciones y nos manteníamos en un lugar que se podía considerar seguro, muy alejados de donde rompían las olas. Pero éstas, en un momento dado, sin que lo advirtiéramos, habían llegado a unos escasos diez centímetros de nuestros pies. En aquel momento, el oleaje retrocedía de nuevo, con sigilo. Aquellas olas no volvieron. Las que vinieron a continuación nada tenían de amenazador. Eran unas olas que bañaban dulcemente la orilla. Pero el terrible infortunio que se ocultaba en ellas, parecido al tacto de la piel de un reptil, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Era un terror injustificado. Pero auténtico. De forma instintiva, percibía que estaban vivas. No me cabía duda. Podía asegurar que aquellas olas tenían vida. Aquellas olas me habían avistado a mí y ahora se disponían a engullirme. Como un enorme carnívoro que me acechara, conteniendo el aliento, en medio de la pradera, soñando con el instante de clavarme sus afilados colmillos y devorarme. «¡Tenemos que escapar!», me dije.
Me dirigí a K y le dije: «¡Vámonos!». K estaba a unos diez metros, de espaldas a mí, acuclillado sobre algo. Yo creía haber gritado, pero parecía que mi voz no había llegado a sus oídos. O quizás él estuviera tan absorto en lo que había encontrado que no me había oído. Solía sucederle. Cuando se entusiasmaba por algo, se olvidaba de cuanto lo rodeaba. O quizás es que mi voz no había sido tan potente como yo pensaba. Me acuerdo muy bien de que no la había reconocido como mía. Me había parecido que pertenecía a otra persona.
Entonces oí un rugido. Tan fuerte que hacía temblar el suelo. No. Antes del rugido oí otro ruido diferente. Una especie de extraño goteo, como si grandes cantidades de agua estuvieran saliendo por un agujero. Ese goteo continuó por unos instantes, cesó y luego llegó, entonces sí, aquel bramido siniestro. Pero K siguió sin levantar la cabeza. Estaba inmóvil, en cuclillas, contemplando algo que se encontraba a sus pies. Se hallaba totalmente absorto en ello. K no debía de haberlo oído. No comprendo cómo pudo no percibir aquel estruendo que hacía vibrar el suelo. O quizá yo fuese el único en oírlo. Sonará raro, pero es posible que fuera un ruido de una naturaleza especial que únicamente yo podía percibir. Lo digo porque ni siquiera el perro de K, que estaba allí, parecía haberlo captado. Y los perros, como ustedes sabrán, son seres particularmente sensibles a los ruidos.
Decidí acercarme corriendo a K y arrastrarlo fuera de allí. Era lo único que podía hacer. Yo sabía que se acercaba una ola y K no lo sabía. Pero me encontré con que mis pies corrían en una dirección completamente distinta a mis decisiones. Yo me estaba dirigiendo al malecón, estaba huyendo solo. Creo que lo que me hizo obrar de ese modo fue el terrible pánico que sentía. El pánico había sofocado mi voz y, en aquel momento, movía mis piernas a su antojo. Corrí dando traspiés por la blanda arena, llegué al malecón y desde allí llamé a K.
«¡Cuidado! ¡Que viene una ola!», esta vez el grito no se ahogó en mi
garganta. Había dejado de oírse el bramido. K, finalmente, me oyó y alzó la cabeza. Pero ya era demasiado tarde. En aquel instante, una gigantesca ola se erguía hacia lo alto como una enorme serpiente y se disponía a atacar. Era la primera vez en mi vida que veía una ola tan horrenda. Era tan alta como un edificio de tres plantas. Y, sin un sonido (al menos yo no recuerdo que lo hubiera y en mi memoria siempre avanza en silencio), se alzó a las espaldas de K, tan alta que tapaba el cielo. K miraba hacia mí sin comprender qué estaba sucediendo. Luego, como si se hubiera dado cuenta de algo, se dio la vuelta de súbito. Intentó huir. Pero ya no había escapatoria posible. Un instante después, la ola ya lo había engullido. Fue como si hubiera chocado de frente con una locomotora cruel que corriera a toda máquina.
Con estruendo, dividida en innumerables brazos, la ola rompió de forma salvaje contra la arena y un mar de salpicaduras voló por los aires, como producto de una explosión, y alcanzó el malecón donde yo me encontraba. Refugiado detrás del malecón, dejé que las salpicaduras me pasaran por encima. Aquella rociada de agua que había sobrepasado el rompeolas sólo alcanzó a mojarme la ropa. Luego, subí apresuradamente a lo alto del malecón y dirigí la mirada hacia el mar. Las olas habían rotado sobre sí mismas y, en aquel momento, retrocedían llenas de energía hacia alta mar con un rugido salvaje. Parecía que, en el fin del mundo, alguien estuviera tirando con todas sus fuerzas de una gigantesca alfombra. Agucé la vista, pero la silueta de K no se veía por ninguna parte. Tampoco se veía el perrito. Las olas habían retrocedido de golpe hasta tan lejos que daba la impresión de que el mar se hubiera secado y de que, de un momento a otro, fuera a aflorar todo el fondo del océano. Me quedé petrificado en lo alto del malecón.
Había vuelto la calma. Un silencio tan desesperado como si le hubiesen arrebatado los sonidos a la fuerza. La ola se había ido muy lejos llevándose a K. ¿Qué debía hacer yo? No lo sabía. Contemplé la posibilidad de bajar a la playa. Quizá K estuviera allí enterrado en la arena. Pero me lo pensé mejor y no me aparté del malecón. Sabía por experiencia que, tras una gran ola, suelen venir dos o tres más. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Creo que no demasiado. Diez o veinte segundos a lo sumo. En cualquier caso, tal como había previsto, las olas volvieron. Igual que antes, aquel estruendo hizo temblar con furia el suelo. Y, una vez hubo desaparecido, otra ola no tardó en erguir su enorme cabeza. Exactamente igual que antes. Ocultó el cielo y se levantó ante mis ojos como una pared de roca mortal. Pero esta vez no huí. Me quedé paralizado en lo alto del rompeolas, como embrujado, esperando inmóvil a que atacara. Me daba la sensación de que, como K había sido atrapado, ya no tenía ningún sentido escapar. No. Quizá sólo estuviera petrificado a causa de aquel pánico abrumador. No recuerdo bien cuál de las dos cosas me pasó.
La segunda ola no fue menor que la primera. No. Fue incluso mayor. Se fue acercando hasta reventar despacio, distorsionándose la forma, por encima de mi cabeza, como cuando se desploma una pared de ladrillo. Era tan grande que no parecía una ola real. Se diría que era algo completamente distinto que había adoptado la forma de ola. Algo distinto con forma de ola que procedía de otro mundo muy lejano. Lleno de resolución, aguardé el instante de ser engullido por las tinieblas. Mantuve los ojos bien abiertos. Recuerdo que, en aquellos momentos, oía cómo me latía el corazón con fuerza. Sin embargo, en cuanto llegó frente a mí, la ola perdió de repente todo su vigor, como si se le hubieran agotado las fuerzas, y se quedó suspendida en el aire. Duró apenas unos instantes, pero la ola, rota, permaneció inmóvil justo en aquel punto. Y en la cresta, dentro de su lengua transparente y cruel, distinguí con toda claridad la figura de K.
Tal vez a algunos de ustedes les resulte difícil creer lo que les estoy diciendo. No me extraña. A decir verdad, también a mí, incluso hoy, me cuesta hacerme a la idea de cómo pudo suceder una cosa semejante. Tampoco puedo explicarlo. Pero no fue ni una fantasía ni una alucinación. Ocurrió de verdad, tal como se lo estoy contando. En la punta de la ola, como si estuviese encerrado en una cápsula transparente, flotaba, vuelto hacia un lado, el cuerpo de K. Y no sólo eso. K miraba hacia mí y me sonreía. Ante mis ojos, al alcance de mi mano, estaba el rostro de mi mejor amigo, a quien las olas acababan de engullir. No cabía la menor duda. Él me miraba y sonreía. Pero no era una sonrisa normal. La boca de K se abría en una amplia sonrisa maliciosa que se extendía, literalmente, de oreja a oreja. Y su par de frías y congeladas pupilas permanecían fijas en mí. Entonces me tendió la mano derecha. Como si quisiera asírmela y arrastrarme consigo a aquel otro mundo. Por muy poco, su mano no logró agarrar la mía. Luego volvió a esbozar una sonrisa, aún más amplia que la anterior.
Por lo visto, perdí el conocimiento. Al recobrarlo, me encontré tendido en una cama, en el consultorio de mi padre. Cuando abrí los ojos, la enfermera salió a toda prisa a avisar a mi padre y éste acudió corriendo. Me cogió la mano, me tomó el pulso, me observó las pupilas, me puso la mano en la frente, me tomó la temperatura. Intenté mover la mano, pero me fue imposible levantarla. El cuerpo me ardía y estaba tan aturdido que no lograba hilvanar las ideas. Al parecer, una altísima fiebre me había consumido durante varios días. «Has estado tres días durmiendo sin parar», me dijo mi padre. Un vecino que lo había visto todo desde lejos cogió en brazos mi cuerpo desfallecido y me llevó a casa. Mi padre me contó también que las olas se habían tragado a K y que no había ni rastro de él. Quise decirle algo a mi padre. Necesitaba decirle algo. Pero mi lengua estaba hinchada, paralizada. No me salían las palabras. Tenía la sensación de que otro ser vivo habitaba dentro de mi boca. Mi padre me preguntó cómo me llamaba. Intenté recordar mi nombre, pero, antes de lograrlo, volví a perder la conciencia y me hundí en las tinieblas.
Permanecí en cama alrededor de una semana tomando alimento líquido. Vomité muchas veces, deliraba. Mi padre temía muy en serio que mi mente no pudiera recuperarse jamás del violento golpe sufrido, ni de las altas fiebres. Cosa que en verdad, dado el grave estado en el que me encontraba, no hubiera sido nada extraño. Sin embargo, físicamente al menos, logré recuperarme. En unas semanas pude reanudar la vida de antes. Empecé a ingerir comida normal, estuve en situación de ir a la escuela. Lo que no quiere decir que las cosas volvieran a ser como antes.
El cadáver de K no apareció jamás. Tampoco el del perrito. Los cuerpos de las personas que se ahogaban en aquella parte de la costa solían ser arrojados unos días después por las corrientes marinas a una pequeña ensenada que se encontraba hacia el este, pero el cuerpo de K jamás apareció. Las olas levantadas por aquel tifón habían sido tan descomunales que, posiblemente, se hubiesen llevado el cadáver mar adentro y era imposible que regresara a la costa. Tal vez se hubiese hundido en las profundidades marinas donde se habría convertido en alimento de los peces. La búsqueda del cuerpo de K, en la que participaron todos los pescadores de la zona, se alargó durante mucho tiempo, pero un día, por supuesto, terminó. Como faltaba el cuerpo, el funeral no se celebró íntegramente. Los padres de K casi enloquecieron de dolor y todos los días vagaban sin rumbo por la playa o bien se encerraban en su casa y recitaban sutras.
Sin embargo, pese al terrible golpe que habían sufrido, los padres de K no me reprocharon ni una sola vez que hubiese llevado a su hijo a la playa en medio del tifón. Porque sabían muy bien que yo siempre había querido y protegido a K como si fuera mi hermano pequeño. Mis padres, a su vez, intentaban no mencionar el incidente delante de mí. Pero yo lo sabía. Que si lo hubiese intentado, habría podido salvar a K. Habría podido correr junto a él y arrastrarlo hasta el lugar donde no llegaban las olas. Quizá no me hubiera sobrado ni siquiera un segundo, pero siguiendo todo el proceso dentro de mi memoria cabía pensar que hubiera sido posible. Pero yo, tal como he mencionado antes, poseído por aquel pánico abrumador, había huido solo y abandonado a K a su suerte. Que los padres de K no me reprocharan nada y que nadie en mi presencia tocara el tema, como si fuera un tumor, me atormentaba más aún. Me costó mucho reponerme anímicamente de aquel golpe. Y me pasaba los días sin ir a la escuela, sin comer apenas, tendido en la cama con la mirada clavada en el techo.
Me veía incapaz de olvidar a K, recostado en la cresta de la ola, sonriéndome maliciosamente. Aquella mano que me tendía invitadora, cada uno de sus dedos, estaba grabada en el fondo de mi cabeza. Y cuando me dormía, su cara y su mano aparecían en mis sueños como si me hubiesen estado aguardando con impaciencia. En mis sueños, K salía fuera de su cápsula de un salto, me agarraba fuertemente la muñeca y me arrastraba hacia el interior de la ola.
También tenía otro sueño. Yo estaba bañándome en el mar. Era una tarde soleada de verano y yo nadaba indolentemente dando brazadas por mar abierto. El sol me abrasaba la espalda y el agua me envolvía de un modo muy placentero.
Pero, en un momento dado, alguien, dentro del agua, me agarraba el pie derecho. Sentía el tacto gélido alrededor de mi tobillo. Me asía con tanta fuerza que yo no podía soltarme. Me arrastraba bajo el agua. Y allí estaba el rostro de K. Igual que entonces, K mostraba una amplia sonrisa maliciosa que le llegaba de oreja a oreja y mantenía los ojos clavados en mí. Yo intentaba gritar, pero la voz se ahogaba en mi garganta. Sólo tragaba agua. Y el agua iba llenando mis pulmones…
Me despertaba en las tinieblas con un alarido, anegado en sudor, sin poder respirar.
A finales de aquel año les pedí a mis padres que me dejaran marchar del pueblo lo antes posible. No podía seguir viviendo en la playa donde K había sido tragado por las olas ante mis propios ojos y donde, como ellos sabían, cada noche me asaltaban las pesadillas. Quería alejarme, aunque sólo fuese un poco, de allí. Si no lo hacía, acabaría volviéndome loco. Mi padre atendió a mis razones y lo dispuso todo para que pudiera irme del pueblo. En enero me trasladé a la prefectura de Nagano y allí empecé a ir a la escuela. La casa natal de mi padre se hallaba en Komoro y mi familia me dejó vivir en ella. Allí acabé la enseñanza primaria, empecé secundaria y, luego, pasé al instituto. Durante las vacaciones no volvía a casa. Mis padres venían a verme de vez en cuando.
Sigo viviendo en Nagano. Me licencié en ciencia e ingeniería por la universidad de la ciudad de Nagano y entré a trabajar en una fábrica de maquinaria de precisión de la zona, donde todavía sigo. Trabajo igual que todo el mundo y llevo una vida normal. Tal como ustedes pueden observar, en mí no hay nada extraño. Nunca he sido una persona muy sociable, pero me gusta mucho ir a la montaña y tengo varios buenos amigos con quienes comparto esta afición.
Poco después de abandonar mi pueblo, dejé de sufrir pesadillas con la frecuencia de antes. Lo que no significa que desaparecieran del todo. Llamaban de vez en cuando a mi puerta como un cobrador. Cuando parecía a punto de olvidarlas, me visitaban de nuevo. Siempre, absolutamente siempre, se trataba del mismo sueño. Idéntico hasta en los menores detalles. Cada vez me despertaba con un alarido. Con el futón empapado en sudor.
Ésa es probablemente la razón de que no me casara. Porque no quería despertar a quien tuviera a mi lado con mis alaridos a las dos o las tres de la madrugada. A lo largo de mi vida me he enamorado de algunas mujeres. Pero jamás he pasado la noche con una sola. El pánico se me había metido hasta la médula y me era completamente imposible compartirlo con alguien.
En definitiva, me pasé más de cuarenta años sin volver a mi pueblo, sin acercarme a aquella playa. No únicamente a aquella playa, sino al mar en general. Porque tenía miedo de que, si iba al mar, me sucediera lo mismo que en mis sueños. A mí me encantaba nadar, pero desde entonces había dejado, incluso, de nadar en la piscina. Tampoco ponía los pies en ríos profundos ni en lagos. Evitaba subir a cualquier barco. Jamás había viajado en avión para ir al extranjero. Pero, a pesar de ello, no podía alejar de mi mente la imagen de que me moría ahogado en alguna parte. Ese negro presagio me había agarrado la conciencia, como la helada mano de K en mis sueños, y no la soltaba.
Volví a pisar por primera vez la playa donde desapareció K en primavera del pasado año.
El año anterior, mi padre había muerto de cáncer y mi hermano mayor había vendido la casa para disponer de capital; y al vaciar el trastero encontró, metidas en una caja de cartón, mis pertenencias de cuando yo era pequeño y me las envió a Nagano. La mayoría eran objetos que no valían la pena, pero, entre ellos, encontré unas pinturas que K había hecho y que me había regalado. Posiblemente, mis padres me las hubiesen guardado como recuerdo. Pero a mí, el terror me dejó sin aliento. Me dio la sensación de que, a través de aquellas pinturas, el espíritu de K resucitaba ante mis propios ojos. Decidí deshacerme de ellas de inmediato, volví a envolverlas en el fino papel y las metí dentro de la caja. Sin embargo, fui incapaz de tirarlas. Tras unos días de vacilaciones, volví a abrir el papel y tomé con resolución las pinturas en la mano.
La mayoría eran paisajes, y el mar, la arena, los pinos y las calles del pueblo que yo conocía aparecían pintados con aquel colorido tan nítido propio de K. Resultaba asombroso comprobar cómo los colores de las pinturas habían conservado toda su brillantez y cómo se mantenía intacta aquella impresión tan viva que me habían producido en el pasado. Mientras las sostenía en la mano y las iba mirando, me embargó una gran añoranza. Aquellas pinturas estaban ejecutadas con mayor destreza y poseían una calidad artística aún mayor de lo que yo recordaba. En aquellos dibujos se traslucían los sentimientos más profundos de K. Reconocí con toda claridad, como si fueran míos, los ojos con los que él miraba el mundo que lo rodeaba. Contemplando aquellas pinturas, fui recordando vívidamente cada una de las cosas que había hecho junto a K, cada uno de los lugares que había visitado con K. Sí. Aquéllos eran también los ojos de mi propia infancia. Aquellos días junto a K, hombro con hombro, ambos contemplábamos el mundo con una mirada idéntica, llena de vida y sin una nube que la empañara.
Todos los días, al volver de la empresa, tomaba asiento frente a la mesa, cogía cualquiera de las pinturas de K y la contemplaba. Hubiera podido quedarme mirándola para siempre. En ellas estaban presentes los añorados paisajes de mi infancia que yo me había obstinado en apartar de mi memoria durante tanto tiempo. Al mirar aquellas pinturas podía sentir cómo algo se iba infiltrando en silencio dentro de mi cuerpo.
Y un día, tal vez habría transcurrido una semana, se me ocurrió de súbito. Que quizás había estado equivocado durante todos aquellos años. K, tendido en la punta de aquella ola, tal vez no me mirara con odio o resentimiento, quizá no desease arrastrarme a ninguna parte. Es posible que su sonrisa maliciosa no hubiera sido tal, sino una mera impresión producida por algo y que K, en aquellos momentos, ya estuviese inconsciente. O también era posible que K me estuviera sonriendo dulcemente por última vez, que me estuviera anunciando su despedida eterna. El violento odio que había creído descubrir en su expresión había sido sólo producto del profundo pánico que me dominaba en aquellos instantes. Cuanto más observaba, hasta el mínimo detalle, las pinturas que K había hecho en el pasado, más me reafirmaba en mi opinión. Podías mirarlas tanto como quisieras, pero en las pinturas de K era imposible descubrir algo más que un alma pura y pacífica.
Después permanecí allí sentado, inmóvil, durante largo tiempo. El sol se ponía y las pálidas tinieblas del atardecer fueron envolviendo lentamente la estancia. Pronto llegó el profundo silencio de la noche. Ésta avanzó sin fin hasta que, para equilibrar el gran peso de tinieblas acumuladas, llegó el amanecer. El nuevo sol tiñó el cielo de una tonalidad rojiza, los pájaros se despertaron y empezaron a cantar.
Entonces decidí que tenía que volver a mi pueblo. Sin pérdida de tiempo.
Puse cuatro cosas dentro de una bolsa de viaje, llamé a la empresa diciéndoles que un asunto urgente me impedía acudir al trabajo, tomé el tren y me dirigí al pueblo donde había nacido.
Mi pueblo ya no era el tranquilo pueblo costero que recordaba. Durante el periodo de expansión económica de los sesenta había crecido en los alrededores una ciudad industrial y el paisaje había experimentado una transformación enorme. Delante de la estación, donde antes había únicamente una tienda de regalos, ahora se alineaban bloques de tiendas y el único cine de la ciudad se había convertido en un supermercado. También mi casa había desaparecido. La habían derruido unos meses atrás y, en su lugar, sólo quedaba un solar desnudo. Los árboles del jardín habían sido talados en su totalidad y en la tierra negruzca sólo crecían, aquí y allá, hierbajos. Tampoco estaba la vieja casa donde vivió K. En su lugar había un aparcamiento de hormigón donde se alineaban los turismos y las furgonetas. Pero no me dolió. Porque aquel pueblo hacía mucho tiempo que ya no era el mío.
Caminé hasta la playa, subí las escaleras del malecón. Al otro lado, exactamente igual que en el pasado, se extendía, amplio, sin trabas, el mar. Un vasto mar. Y a lo lejos se distinguía la línea del horizonte. También la playa continuaba igual que antes. En ella se extendía la arena como antes, rompían las olas como antes, la gente seguía paseando por la orilla como antes. Eran más de las cuatro y los dulces rayos de sol de última hora de la tarde lo envolvían todo. El sol, como si estuviera sumido en profundas reflexiones, iba descendiendo despacio hacia el oeste. Me senté en la arena, dejé la bolsa a un lado y me quedé contemplando el paisaje en silencio. Era una vista verdaderamente dulce y apacible. Mirándola, resultaba imposible imaginar que alguna vez hubiera venido un gran tifón y que las altas olas me hubiesen arrebatado a un amigo irreemplazable. Tampoco debía de quedar casi nadie que recordara aquel suceso ocurrido cuarenta años atrás. Parecía que todo fuera una ilusión mía, creada por mi mente hasta en los mínimos detalles.
A la que me di cuenta, de pronto, las profundas tinieblas de mi interior ya habían desaparecido. Se habían marchado tan súbitamente como habían venido. Me alcé despacio de la arena. Me dirigí a la orilla y, sin arremangarme siquiera los pantalones, me adentré tranquilo en el mar. Y, con los zapatos puestos, dejé que las olas me lamieran los pies. Como si fuera una reconciliación, aquellas olas, idénticas a las de cuando era niño, se deshacían dulcemente contra mis pies llenas de nostalgia, tiñendo de negro mi ropa y mis zapatos. Varias olas se acercaron apacibles, abriendo un intervalo entre una y otra, y luego se fueron. La gente que pasaba me miraba con extrañeza, pero a mí no me importaba en absoluto. Sí. Después de tanto tiempo, yo había conseguido llegar hasta allí.
Alcé la mirada al cielo. Unas pequeñas nubes grises parecidas a copos de algodón flotaban en él. No había un solo soplo de viento y parecía que las nubes permanecieran clavadas en el mismo lugar. No puedo expresarlo con claridad, pero me daba la impresión de que aquellas nubes estaban suspendidas en el cielo exclusivamente para mí. Me acordé del momento en que había alzado la mirada al cielo, aquel día cuando aún era niño, buscando el gran ojo del tifón. En aquel instante, el eje del tiempo rechinó con fuerza. Cuarenta años se desplomaron en mi interior como una casa medio podrida y el viejo tiempo y el nuevo se mezclaron dentro de un único torbellino. A mí alrededor se apagaron todos los ruidos, la luz tembló. Perdí el equilibrio y me desplomé dentro de la ola que se acercaba. El corazón me latía con fuerza en el fondo de la garganta y perdí la sensibilidad de manos y pies. Permanecí largo tiempo tendido en esa posición. No podía levantarme. Pero no tenía miedo. No. No había nada que temer. Aquello ya había pasado.
A partir de entonces no he tenido más sueños espantosos. No he vuelto a despertarme con un alarido en plena noche. Ahora me dispongo a iniciar una nueva vida. No. Tal vez sea demasiado tarde para ello. Tal vez sea muy poco el tiempo que me queda en el futuro. Pero, aunque así sea, me siento agradecido por haber sido salvado, al final, de ese modo, por haber experimentado una recuperación. Sí. Porque yo tenía muchas posibilidades de acabar mi vida sin haber recibido la salvación, alzando un triste lamento dentro de las tinieblas del pánico.
El séptimo hombre permaneció unos instantes en silencio mirando a quienes lo rodeaban. Nadie dijo una palabra. Ni siquiera se los oía respirar. Nadie cambió de postura. Todos esperaban a que el séptimo hombre prosiguiera. El viento había cesado por completo y, en el exterior, no se oía nada. El hombre volvió a tocarse el cuello de la camisa buscando las palabras.
—A mí me parece que lo verdaderamente temible en esta vida no es el pánico en sí mismo —dijo el hombre unos instantes después—. El miedo existe. Eso es indudable. Se nos muestra bajo distintas formas y, a veces, domina nuestras vidas. Pero lo más temible de todo es dar la espalda a ese miedo y cerrar los ojos.
Actuando de esta manera acabamos cediéndole a algo lo más valioso que hay en nuestro interior. En mi caso…, ese algo fue una ola.
Haruki Murakami

ola

El séptimo hombre, de Haruki Murakami

Terror

Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente, quitaré las cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después renacerás en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?
*La viruela es una enfermedad infecciosa producida por un virus. La viruela es una enfermedad exclusivamente humana, grave y contagiosa. Afortunadamente está declarada como erradicada de la tierra por la OMS (Organización Mundial de la Salud) desde el año 1979. Desde entonces solo se mantiene en dos laboratorios especializados para su estudio. Sin embargo, si se liberase el virus, por accidente o de forma deliberada, como arma biológica, volvería a asolar a la humanidad como antes de su eliminación mediante los procesos de vacunación llevados a cabo durante más de 20 años.

El poder de la lágrima fácil

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lagrima 03

Cuentan que hace tiempo atrás existía algo que se llamaba intimidad. Se dice que en este ámbito las personas solían llevar a cabo ciertas actividades que por alguna razón particular no debían ser vistas por los demás. A veces estas razones eran el decoro; otras veces era la privacidad de ciertos temas; a veces sólo se trataba de buen gusto; la cuestión era que ciertas cosas sólo se hacían en privado y lejos de la mirada indiscreta de la masa. Hoy, en cambio, cuando todo debe ser expuesto de la manera más flagrante posible, ese ámbito que, me dicen, se llama intimidad ha desaparecido (extinguido, podríamos decir para usar un término moderno, aunque nadie parece extrañarlo demasiado ni sentir pesar alguno por su ausencia como sucede con otras especies extintas).

Entre esos actos que se llevaban a cabo en la intimidad (con lo que me gusta esta palabra……

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Denevi: peligro de las excepciones

Peligro de las excepciones-Marco Denevi 
Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza le pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza me contestó muy atento:»Cuando suspend ieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire». Miré y vi que por el camino avanzaba la columna de los resucitados La atmósfera se había vuelto irrespirable.

Tomado del Fb

Anhelo de Manuela Fernández Cacao

En su 72 aniversario pidió un deseo: quería ser madre. A los nueve meses tuvieron que extirparle la vesícula y los médicos se la dieron en un frasco. Ella en su casa le puso el nombre de Esther y le acomodó una habitación. Diariamente la acunaba, le hacía mimos y le contaba cuentos, pero no crecía. Se dirigió al pediatra para consultarlo y de allí la llevaron ante un psiquiatra. A la pregunta decisiva para ser internada confesó que era consciente de la farsa, todo había sido fruto de sus ansias por tener una hija y la dejaron marchar.
Ya en su casa, dirigiéndose al apéndice dijo: “Te pido perdón, siempre supe que eras niño, a partir de ahora te llamaré Antonio y te vestiré de azul.

Un joven y la luciérnaga

¡Terrible! Él prefiere el silencio, que ser objeto de un desprecio. Apretó los puños, movió la cabeza y golpeó la palma izquierda de su mano, al mismo tiempo, que gritaba: ¡eres un pendejo! Harto de calle llegó al departamento, metió la llave con delicadeza, con el propósito de que el ruido no despertará a la familia; tampoco prendió la luz. Penetró a oscuras, rogando no tropezarse con alguna silla del comedor. En la penumbra de la recámara se puso el pijama. Se acostó en línea recta, a fin de no arrugar las sábanas de lino. En el silencio, percibió en su interior una luciérnaga que voló juguetona hacia su pubis y dio paso a una inesperada erección; a la cual cumplió con suspiros entrecortados—parecía un gatito con hipo— Esa satisfacción le daría las fuerzas para sostenerse en los días por venir.

Texto de R.G.G

El gigante enterrado, adelanto: Kazuo Ishiguro

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-gigante-enterrado/9788433979667/PN_935

Haz clic para acceder a el_gigante_enterrado__adelanto.pdf

Nacido en 1954, Kazuo Ishiguro apareció en escena relativamente temprano, al ser escogido por la revista Granta como uno de los mejores escritores ingleses jóvenes. Corría el año 1983, Ishiguro tenía sólo una novela publicada, Pálida luz en las colinas (1982). Los premios no tardaron en llegar, entre ellos el Whitbread por Un artista del mundo flotante (1986) y el Booker por Lo que queda del día (1989). Miembro de una generación brillante —que incluye a Martin Amis, Ian McEwan, Salman Rushdie y Julian Barnes—, Ishiguro es de los que publican menos: sus libros aparecen cada cuatro o cinco años. Así, en una carrera de un cuarto de siglo, conocemos de él sólo seis novelas, y ahora, por fin, su primer libro de cuentos, Nocturnos.

http://culto.latercera.com/2017/10/05/nocturnos-los-cuentos-kazuo-ishiguro/