El eterno encanto del animal consciente

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Borges decía que uno podía toparse con la poesía en cualquier momento y en cualquier circunstancia. En una conversación callejera, por ejemplo, una persona cualquiera podía dejar caer un verso maravilloso sin ser consciente, siquiera, del valor de lo que había dicho. Es por eso (no recuerdo si esto lo dijo Borges o si es una conclusión lógica de lo anterior) que hay que estar atentos a lo que oímos por aquí o por allá, ya que nunca sabremos cuándo la belleza o el asombro se harán presentes.

Hace un par de días me pasó, precisamente, eso (el párrafo anterior y los que siguen nacieron gracias a ese encuentro fortuito, por supuesto). Conversaba con una querida amiga y yo le dije algo así como «eres demasiado buena persona» (hablábamos de cómo nos movemos en sociedad); a lo que ella respondió de inmediato: «No, soy un animal que toma decisiones conscientes».

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Anónimo Maya: el pájaro reloj

Cuentan los antiguos señores, que no había pasado mucho tiempo después de la creación de los animales, cuando Dios recordó que no le había dado nombre a ninguno. Por esta razón, anunció que haría una fiesta en la cual habría una carrera. Todos los animales correrían y conforme fueran llegando les iría dando su nombre. Correrían juntos aves y animales de la tierra.
El Señor Dios lo comunicó al lider de los animales y fue así como quedó concretada la carrera.
Entre todos los animales que hay en este mundo existe un pequeño pájaro muy hermoso, debido a su plumaje multicolor y a su larga cola.
A distancia se veía como un animal perfecto. Y así como cuando vemos a una persona hermosa pero de corazón muy feo o malo, este pajarillo se veía muy hermoso pero le encantaba dormir demasiado, se pasaba de dormilón.
El día que se anunció la carrera a todos los animales y también los festejos; este hermoso pájaro se durmió. Del pico de otras aves lo supo.
– Huum, si así vas a dormir el día de la carrera, no podrás ganar tu nombre, te encanta dormir.
Le dolió tanto este comentario, que empezó a pensar en la manera de participar y poder ganar su nombre. Esto era lo que pensaba:
– Es verdad lo que dice mi compañero, me encanta dormir ¿Qué haré entonces? De otra manera no podré tener mi nombre.
Pasaron dos días en los cuales solo esto pensaba. Entonces decidió dormirse en medio del camino, pues así, cuando oyera el ruido de todos los animales, el solamente se levantaría e iría atrás de sus compañeros.
Así como lo pensó, así lo hizo. No había salido aún el sol cuando fue a terminar de dormir en medio del camino.
Cuando amaneció, todos los animales participaron en la carrera, sin embargo, este pequeño pájaro no los oyó pasar, no sucedió lo que había pensado.
Mientras todos los animales estaban felices de haber recibido su nombre de la boca de Dios, esta ave apenas despertaba.
Contento estaba cuando despertó y no encontró a nadie sobre el camino y comenzó a correr. Sin embrago, mas contento se puso cuando sentía que al batir las alas con la fuerza acostumbrada volaba mas rápido, sentía que no pesaba. Sin saber porqué, viró la cabeza para ver si venía algún animal corriendo, cuando reventó en llanto.
Se hallaba asustado. Buscaba su hermosa cola, pero no quedaba mas que una delgada pluma. al mirar el sol y ver que se encontraba en medio del cielo, comenzó a comprender porqué no había ningún animal; todos habían pasado sobre su cola, la habían pisoteado.
Estaba llorando cuando llegó hasta la meta. El señor Dios, al ver a este pajarito se aguantaba las ganas de reír por el aspecto que tenía su cola.
El Señor le dijo así:
– ¿Ves lo que te pasa por dormilón? En este día te pongo el nombre de Recto, porque así quedó tu cola. Recto, no te la voy a componer, para que se acuerden tú y tus descendientes cuál es la razón por la que no debemos dormir demasiado.

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6 cuentos mexicanos para leer en español y en su lengua originaria

Etgar Keret: cuento Yad Vashem

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y que tal vez sería bueno que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.
— Si no te ponemos hielo se va a hinchar — intentó de nuevo Rachel —. Vamos. No tienes que… —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó — Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.
Eugene y Rachel alcanzaron al grupo en la esquina que explicaba las leyes raciales. Mientras escuchaba a la guía con su fuerte acento sudafricano, Eugene intentó figurarse qué era lo que Rachel había empezado a decir. «No tienes que convertir todo en un dramón, Eugene. Es muy aburrido». O: «No tienes que hacerlo por mí, corazón. De todos modos te amo». O tal vez simplemente: «No tienes que ponerle hielo, pero tal vez ayude». ¿Cuál de estas frases, si alguna, había empezado a decir?
Muchos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugene la primera vez que se decidió a sorprender a Rachel con dos boletos a Israel. Él pensaba: Mediterráneo. Pensaba: Desierto. Pensaba: Rachel sonriendo otra vez. Pensaba: Hacer el amor en una suite del hotel mientras el sol empieza a ocultarse más allá de los muros de Jerusalén, tras ellos. Y en este océano de pensamientos no había habido ni el más mínimo sobre sangrados nasales ni sobre Rachel comenzando frases para no terminarlas de ese modo que a él siempre lo volvía loco. De estar en cualquier otro sitio del universo, probablemente habría comenzado a sentir compasión por sí mismo, pero aquí no.
La guía sudafricana les mostraba fotos de judíos desnudándose en la nieve a punta de pistola. La temperatura, decía la guía, era de quince grados bajo cero. Un momento después de tomada la foto, la gente —todos y cada uno de ellos, las mujeres, los viejos, los niños— fue obligada a meterse en una zanja excavada en el suelo y fue muerta a tiros. Cuando terminó la frase, lo miró por un momento con una mirada vacía y no dijo más. Eugene no pudo entender por qué lo miraba a él, de entre toda la gente. Lo primero que le pasó por la cabeza fue que era el único en el grupo que no era judío, pero incluso antes de que ese pensamiento terminara de formarse en su mente él se dio cuenta de que no tenía sentido.
— Tiene sangre en la camisa — dijo la guía con una voz que a Eugene le sonó un poco distante. Él miró la pequeña mancha en su camisa azul claro y luego dirigió la vista de vuelta a la imagen de una pareja de ancianos, desnudos. La mujer se cubría las partes pudendas con la mano derecha, intentando mantener un poco de dignidad. El marido apretaba la mano izquierda de ella con su gran palma. ¿Cómo reaccionarían él y Rachel si los sacaran de su agradable departamento del Upper West Side, los llevaran al parque cercano y les ordenaran desnudarse y meterse en una zanja? ¿También terminarían sus vidas tomados de la mano?
— La sangre, señor. — la guía interrumpió su línea de pensamiento — Sigue goteando… Eugene metió más adentro de sus fosas nasales el papel de baño y trató de mostrar una de esas sonrisas de «Todo está bajo control».
Comenzó junto a una foto muy grande de seis mujeres con las cabezas rapadas. A decir verdad, había comenzado cuatro semanas antes, cuando él había amenazado con demandar al ginecólogo de Rachel. Estaban sentados juntos en el consultorio del viejo doctor, y a la mitad de su monólogo medio amenazante ella le había dicho:
— Eugene, estás gritando.
La expresión en sus ojos era distante e indiferente. Era una mirada que no había visto antes. Realmente debía de haber estado hablando muy fuerte, porque la recepcionista entró en el consultorio sin llamar y preguntó al doctor si todo estaba bien. Había empezado entonces y las cosas empeoraron aún más mientras estaban ante la foto de las mujeres rapadas. La guía dijo que las mujeres que llegaban a Auschwitz embarazadas debían abortar antes de que comenzara a notarse, porque un embarazo en el campo de concentración significaba, siempre, la muerte. A media explicación, Rachel dio la espalda a la guía y se alejó del grupo. La guía la vio alejarse y entonces miró a Eugene, que balbuceó, casi instintivamente:
— Lo siento. Es que acabamos de perder un bebé.
Lo dijo lo bastante alto como para que la guía lo oyera y lo bastante bajo para que Rachel no. Rachel siguió alejándose del grupo, pero incluso desde lejos Eugene pudo detectar el temblor que corría por su espalda cuando él habló.
Yad Vashem Monumento niños
El sitio más conmovedor y poderoso del Yad Vashem era el Memorial de los Niños. El techo de esta caverna subterránea estaba repleto de incontables velas memoriales que intentaban —no con mucho éxito— disipar la oscuridad que parecía abrirse camino en todo. En el fondo estaba la banda sonora, recitando los nombres de niños que habían muerto en el Holocausto. La guía dijo que eran tantos que leer todos los nombres tomaba más de un año. El grupo empezó a salir, pero Rachel no se movió. Eugene se quedó de pie tras ella, congelado, escuchando los nombres que alguien leía, uno por uno, monótonamente. Dio una palmada en la espalda de ella, sobre su abrigo. Ella no reaccionó.
— Lo siento — dijo él —. No debí haberlo dicho como lo dije, enfrente de todo el mundo. Es algo privado. Algo sólo de nosotros.
— Eugene — dijo Rachel, y siguió mirando las débiles luces sobre ella —, no perdimos al bebé. Tuve un aborto. No es lo mismo.
— Fue un error terrible — dijo Eugene —. Estabas emocionalmente vulnerable y yo, en vez de tratar de ayudarte, me hundí en mi trabajo. Te abandoné.
Rachel miró a Eugene. Sus ojos se veían como los de alguien que hubiese llorado, pero no había lágrimas.
— Estaba emocionalmente bien — dijo —. Tuve el aborto porque no quería al niño.
La voz en el fondo estaba diciendo «Shoshana Kaufman». Muchos años antes, cuando Eugene estaba en la primaria, había conocido a una niña pequeña y gorda con ese nombre. Sabía que no era la misma, pero la imagen de ella, muerta en la nieve, de cualquier manera apareció ante sus ojos por un segundo.
— Ahora dices cosas que no quieres decir de veras — le dijo a Rachel —. Las dices porque estás pasando por un momento difícil, porque estás deprimida. Nuestra relación no está yendo bien ahora, es cierto, y tengo mucha de la culpa, pero…
— No estoy deprimida, Eugene — lo interrumpió Rachel —. Simplemente no me siento feliz contigo.
Eugene se quedó en silencio. Escucharon algunos nombres más de niños asesinados y entonces Rachel dijo que iba a salir a fumar. El lugar era tan oscuro que era difícil determinar quién estaba allí. Fuera de una mujer mayor, japonesa, de pie muy cerca de él, Eugene no podía ver a nadie. Supo que Rachel había estado embarazada sólo hasta enterarse de que había abortado. Se había puesto furioso. Furioso de que ella no le hubiera dado ni un minuto para imaginar juntos a su bebé. De que no le hubiera dado la oportunidad de poner la cabeza en su vientre suave y tratar de escuchar lo que sucedía adentro. La rabia había sido tan abrumadora, recordó, que le había dado miedo. Rachel le dijo que era la primera vez que lo veía llorar. Si se hubiera quedado unos minutos más, lo habría visto llorar una segunda vez. Sintió una mano tibia en su cuello y cuando alzó la vista vio a la japonesa de pie justo al lado de él. A pesar de la oscuridad y de sus gruesos lentes pudo ver que ella también estaba llorando.
— Es horrible —dijo a Eugene con un espeso acento extranjero—. Es horrible lo que las personas son capaces de hacerse unas a otras.»
Traducción de Alberto Chimal.

Etgar_Keret

 

«Yad Vashem» un cuento de Etgar Keret

Amos Oz «una historia de amor y oscuridad», frag

 «Una historia de amor y oscuridad».
«Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.
En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: “Esti”.
A lo cual solía responder mi padre: “Anda, come y calla”.
Asimismo, de noche, decían de mí: “Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua”.
Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: “¡Al ladrón, al ladrón!”. Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdí en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera.
Estee
Pero, ¿qué sabía Esti?
Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:
– El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.
La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manera, muy malhumorado:
– Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.
Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:
– Si, Sumji, demuéstralo, Sumji.
Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:
– ¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!
Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:
“Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!”
Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: “Pero no importa. E.”
Así pues, ¿qué sabía Esti?
Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le tiraba de las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito jersey blanco a la silla, con un chicle.
¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: “Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!”). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).
¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: “Piojo”, o bien: “Apestas”.
Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.
Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.»

 

Amos Oz (Jerusalén, 1939), Premio Israel de Literatura 1998, Premio Internacional Catalunya 2004, Premio Goethe 2005 y premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007, entre otros, vive en Arad, Israel. Es uno de los más prestigiosos escritores israelíes de nuestro tiempo y también un reconocido intelectual comprometido con el proceso de paz en Oriente Medio. Descendiente de una familia de emigrantes rusos y polacos. Hijo de Yehuda Arie Klausner, intelectual sionista de derecha, y de Fania Mussman (que se suicidó cuando él tenía 12 años). Sus padres huyeron en 1917 de Odesa a Vilna, y de allí al Mandato Británico de Palestina en 1933.
En 1954, Oz entró en el kibutz Julda. Desde entonces se le conoce por su nombre actual. Mientras estudiaba Literatura y Filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre 1960 y 1963, publicó sus primeros cuentos cortos. Estudió también en la Universidad de Oxford. Desde 1991 es miembro de la Academia del Idioma Hebreo. Participó en la Guerra de los Seis Días y en la Guerra de Yom Kipur y fundó en los 70, junto a otros, el movimiento pacifista Shalom Ajshav («Paz Ahora»).
Ha escrito novelas, poesía y cuentos en hebreo y alrededor de 450 artículos y ensayos. Sus obras han sido traducidas a más de treinta lenguas, entre ellas el español. La más elogiada por la crítica es su obra autobiográfica

amos

«Donde florece el amor». Un cuento de Amos Oz

Anónimo árabe: Nasrudín, la rama.

Nasrudín subió a un árbol para aserrar una rama. Alguien que pasaba, al ver cómo lo estaba haciendo, le avisó:
-¡Cuidado! Está mal sentado en la punta de la rama… Se irá abajo con ella cuando la corte.
-¿Piensa que soy un necio que deba creerle? ¿Es usted un vidente que pueda predecir el futuro? -preguntó Nasrudín.
Sin embargo, poco después, como siguiera aserrando, la rama cedió y Nasrudín terminó en el suelo. Entonces corrió tras el otro hombre hasta alcanzarlo:
-¡Su predicción se ha cumplido! Ahora dígame: ¿cómo moriré?
Por más que el hombre insistió, no pudo disuadir a Nasrudín de que no era un vidente. Por fin, ya exasperado, le gritó:
-¡Por mí podrías morirte ahora mismo!
Apenas oyó estas palabras, Nasrudín cayó al suelo y se quedó inmóvil. Cuando lo encontraron sus vecinos lo depositaron en un féretro. Mientras marchaban hacia el cementerio empezaron a discutir acerca de cuál era el camino más corto. Nasrudín perdió la paciencia. Asomó la cabeza fuera del ataúd y dijo:
-Cuando estaba vivo solía tomar por la izquierda. Es el camino más rápido.

Nasrudin

El libro del amor fragmentos de Nizar Qabbani

Cuando me enamoro
el reino de Dios cambia:
el crepúsculo duerme en mi abrigo
y el sol despunta por el oeste.
¿Por qué? ¿Por qué desde que me amas
mi lámpara alumbra
y mis cuadernos han florecido?
Las cosas han cambiado desde que me amas:
me he convertido en un niño
que juega con el sol
y en un profeta
cuando sobre ti escribo.
Estás grabada en la palma de mi mano
cual letra cúfica en el muro de la mezquita.
Grabada en la madera de la silla, amor mío,
y en el brazo del asiento.
Y cada vez que intentas alejarte de mí
un solo momento
te veo en la palma de mi mano.
Cuando estoy enamorado
convierto al Shah de Persia
en uno de mis seguidores
y someto China a mi cetro,
muevo los mares de su sitio
y si lo deseo, detengo el tiempo.
Cuando estoy enamorado
el agua brota de mis dedos
y crece la hierba en mi lengua.
Cuando estoy enamorado
permanezco un tiempo fuera del tiempo.
Todo lo que dicen de mí es cierto.
Todo lo que dicen de mi reputación
en el amor y las mujeres es cierto.
Pero no saben que me desangro en tu amor
como el Mesías.
Cada vez que viajo en tus ojos
siento que monto en una alfombra mágica,
me eleva una nube rosa
luego otra violeta
y giro en tus ojos, amor mío,
giro… como la tierra.
RETUSCHERAD
María Luisa Prieto  Traductora
http://www.poesiaarabe.com/libro_del_amor_versión_española.htm

Invierno de Muhammad Al Magut

 Como lobos en una estación seca
Germinamos por todas partes
Amando la lluvia,
Adorando el otoño.
Un día incluso pensamos en mandar
Una carta de agradecimiento al cielo
Y en lugar de un sello
Pegarle
Una hoja de otoño.
Creíamos que las montañas se desvanecerían,
Los mares se desvanecerían,
Las civilizaciones se desvanecerían
Pero permanecería el amor.
De pronto nos separamos:
A ella le gustan los grandes sofás
Y a mí me gustan los grandes barcos,
A ella le gusta susurrar y suspirar en los cafés
Y a mí me gusta saltar y gritar en las calles.
A pesar de todo
Mis brazos se abren al universo
Esperándola.

traducción del árabe: María Luisa Prieto

muhammad-al-magut (2)

Del poemario: La alegría no es mi profesión (Al-farah laysa mihnati)

Nacido en Salamiya (Siria) en 1934, Muhammad Al Magut es uno de los más destacados poetas árabes contemporáneos y uno de los pioneros en la renovación de la poesía árabe.

            De origen humilde y autodidacta, a su llegada a Beirut a finales de los años cincuenta entró en el círculo de los poetas de vanguardia, siendo muy bien acogido y participando plenamente en la renovación junto a poetas como Adonis y Yusuf Al Jal.

            Su estilo se caracteriza por el uso de la prosa poética, un lenguaje fresco y espontáneo y unas imágenes complejas y originales para expresar sentimientos individuales y colectivos, como el problema de la libertad y la justicia en el mundo árabe.

Sus principales obras poéticas son:

    Tristeza a la luz de la luna (Huzn fi daw al qamar) (1959).
    Habitación con millones de paredes (Gurfa bi malayin al-yudrán) (1964).
    La alegría no es mi profesión (Al-farag laysa mihnati) (1970)

Además de sus obras poéticas, ha escrito varias novelas, obras teatrales y guiones cinematográficos, gracias a los cuales, películas como Las fronteras (Al-hudud) y El informe (Al-taqrir) se han convertido en clásicos del cine árabe.

            Su brillante trayectoria literaria ha sido reconocida con diversos premios, entre ellos:

 Premio del periódico Al Nahar de poesía (1950).
Premio Said Aql de teatro (1973).
Medalla de teatro experimental. El Cairo (2000).
Premio de poesía de la fundación Sultán Alwis (2005).

http://www.poesiaarabe.com/biografía_de_al_magut.htm

Ver «Aquello ojos verdes – Placido Domingo» en YouTube

Aquellos ojos verdes

Escrita en 1929, Aquellos ojos verdes tiene música del pianista matancero Nilo Menéndez y letra de Adolfo Utrera. Menéndez viaja a Nueva York contratado por el departamento latino de la discográfica Columbia, y allí se enamora de “Conchita” Utrera, una cubana rubia y de ojos claros, y le pidió al hermano de ésta, Adolfo Utrera, que escribiera el poema cuya música estaba dedicada a su hermana, Conchita.

Esta canción, el primer gran éxito discográfico de la historia del bolero, tiene tristes noticias rodeándola, como bien lo señala Darío Jaramillo Agudelo en su maravilloso libro «Poesía en la Canción Popular Latinoamericana». Utrera, el letrista, el hermano de Conchita, se mató en 1931, aterrado por una enfermedad incurable. La segunda triste noticia: Nilo, el compositor inspirado, y Conchita, esa belleza, nunca estuvieron juntos. Pero hay aún más hielo de realidad para esta cálida canción: en 1977, Nilo Meléndez testimonia que los ojos de Conchita “no eran verdes realmente sino azul grisosos.”

En cuanto a la letra de la canción, el madrigal de Gutierre de Cetina (1520-1560), tan bello y conocido, parece ser antecedente directo en el que se inspiró el desgraciado poeta de «Aquellos ojos verdes»:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué si me miráis, miráis airados?
Si caundo más piadosos
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay, tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

CÓMO MANTENER SOBREPESO: instrucciones paso a paso

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

En Parte 1 y, luego en Parte 2 vimos en detalle todo el contexto en el cual nace y crece nuestro sobrepeso. En esta parte hablaremos qué hacer para conservarlo y de lo posible , aumentar. Ya sabemos que en la gran mayoría de los casos el sobrepeso se gana con el exceso de comida que consumimos. Así que cuando hablamos de sobrepeso, referimos casi siempre a sobrealimentación.

Sabiendo, que el apetito viene en el acto, y que tenemos la tendencia de comer cuando no tenemos nada que hacer, hay que asegurarnos de siempre tener a mano carbohidratos simples: chocolates, dulces, pasteles, mermeladas, miel de abeja, un par de pedazos de torta y mucho helado en freezer. No olvidar cargar en la cartera o bolsillo galletitas, de lo posible, dulces, pero saladas también pasan, maníes, nueces, frutas secas llenas de azúcar etc, etc. Si no nos da gana de…

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Aguacero

LLegaron las aguas con su cohorte,
para confeccionarle al cielo una capa de grises y azules oscuros.
¡Mi corazón se rinde ante septiembre!
y salgo a encontrarme con la lluvia.
Mi boca es una cubeta sedíenta.
Mi cuerpo exhala aromas de alegría,
me contorsiono como un gusano herido y voy de un lado a otro poseído por el grito.
Llegaron las aguas,
también los truenos que erizan los pelos de mi corazón y corro a refugiarme en los brazos de mi madre.