Despertar a la mañana — Casiopea

Comienza a despertar el día, tiene sus propios ruidos y pensamientos. A repetir el ciclo, la historia y expectativas. Que aburrida la película cuando ya la conoces y el final no cambia. Nadie espera al final del puente. Sonríe, quisa sea el último despertar de la mañana, Karonte en algun lugar aún duerme.

a través de Despertar a la mañana — Casiopea

Abajo de, debajo de

 

Redacción sin Dolor
3 de septiembre de 2012 a las 9:22
Pensamiento para hoy acerca de las frases «abajo de – debajo de»
«Abajo» es un adverbio de lugar que, empleado con verbos de movimiento —sea este explícito o implícito—, significa
«hacia una parte inferior»: “Veo abajo para no marearme”; “Voy abajo para ver si todavía funciona esa estufa eléctrica que guardamos el año pasado”. También alude a cualquier lugar de posición inferior: “Mi mamá vive abajo, en el primer
piso”; “Helena está muy abajo en el ranquin de los tenistas
internacionales”.
Es perfectamente legítimo que lo anteceda una preposición como «de», «desde», «hacia», «para» o «por»: “Llegó desde abajo”; “Se dirigió hacia abajo”; “La miró de arriba abajo”.
En México y otros países de este lado del océano Atlántico es común escuchar la locución ⓧ»abajo de». En el habla y la escritura esmeradas lo aconsejable es «debajo de»: “Siempre tiro mi ropa sucia debajo de la cama”.

Los quehaceres del río.

El río recuerda a las lavanderas: gustaba de verlas cada semana en sus orillas con su chorcha de hijos. El splash splash que cada una de ellas hacía al lavar y que se unía a los rumores de su corriente. Algunas veces la brisa se colaba entre los sauces llorones, y hacia silbar a las hojas. En otras se detenía, abriéndole las puertas al silencio.
Y el río complacía a la bóveda del cielo; entregándole su música alegre, o bien a la nostalgia que la vida conlleva.

John Locke  epitafio

John Locke también preparó a conciencia su epitafio. Es bastante extenso y le da para hacer un repaso a su vida y sus logros en diálogo con un interlocutor imaginado:

Detente, viajero. Aquí yace John Locke. Si te preguntas qué clase de hombre era, él mismo te diría que alguien contento con su medianía. Alguien que, aunque no fue tan lejos en las ciencias, sólo buscó la verdad. Esto lo sabrás por sus escritos. De lo que él deja, ellos te informarán más fielmente que los sospechosos elogios de los epitafios. Virtudes, si las tuvo, no tanto como para alabarlo ni para que lo pongas de ejemplo. Vicios, algunos con los que fue enterrado. Si buscas un ejemplo que seguir, en los Evangelios lo encuentras; si uno de vicio, ojalá en ninguna parte; si uno de que la mortalidad te sea de provecho, aquí y por doquier.

 

Wrington, Somerset, 1632 – Oaks, Essex, 1704) Pensador británico, uno de los máximos representantes del empirismo inglés, que destacó especialmente por sus estudios de filosofía política. Este hombre polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la medicina y mantuvo relaciones con reputados científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y alcanzó renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del pensamiento político liberal.

Resultado de imagen para john locke

El tigre blanco de Aravind Adiga Fragmento Literatura Hindú

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

Alfredo Álamo el 19 de noviembre de 2009 en Reseñas

Tigre Blanco

Desde una premisa un tanto peculiar, Tigre Blanco se compone de una serie de cartas – o notas, más bien- que un avispado empresario de Bangalore tiene a bien enviarle al primer ministro chino en su visita a la India, Adiga es capaz de retratar de manera magistral los últimos quince años de la India, alternando pinceladas delicadas con gruesos brochazos.

Lo que es en realidad la historia de un muchacho, al principio sin nombre aunque reciba el de Balram Halwal, y además el de Tigre Blanco, sin que eso quite que lleve alguno más a lo largo de su narración, se convierte en un excusa para enseñar lo que en la India llaman la Oscuridad, el interior del país, bañado por el Ganges y sumido en unos usos y costumbres rayanos en lo medieval. Es curioso como la narración podría haber sido igual sobre los años veinte o sobre los sesenta. Llega a sorprender encontrarse los primeros atisbos de tecnología, como un teléfono móvil, o un centro comercial, lugar donde sólo los ricos pueden entrar.

Adiga nos enseña la India de contrastes a través de la vida de un criado que se vuelve pícaro, un hombre que aspira a mucho más de lo que tiene, animado más por una curiosidad innata que por un sentimiento de maldad. Mientras hay hospitales abandonados para miles de personas, brillantes clínicas privadas florecen de Dheli. Ciudades enteras, en la Luz, es decir, en la costa, son caldo de cultivo para las subcontratas americanas, que dan prosperidad y espacio para que los empresarios autoeducados, como Balram, puedan hacer sus negocios.

El Tigre Blanco aparece uno en cada generación y Balram es uno de ellos, el elegido para abandonar la oscuridad y, por lo menos, acercarse hasta la luz, aunque para ello descubra, admire y reniegue de su propia naturaleza.

La obra de Adiga fue galardonada con el Man Booker de 2008 y la verdad es que es un auténtico placer adentrarse en la sociedad india de manos de un narrador ágil y que es capaz de contarte desde cómo se trabaja en un salón de té a la corrupción política estatal en apenas dos párrafos seguidos y conectados de manera magistral.

 

A inicio hay una liga, la vuelvo a poner:

https://www.wattpad.com/156078-aravind-adiga-tigre-blanco/page/44

No me permitió copiar,  es extenso, pero no tiene desperdicio, de esos autores que uno empieza y desea seguir.  Ojo: abre la liga bien y cuando se despliega hay una flecha con la punta hacia arriba, denle clik allí y los llevará al inicio. Disfruten del fragmento de un excelente escritor.

Tomás Moro y su deseo en el epitafio

Tomás Moro escribió poco más o menos la historia de su vida. Al final del relato, como lo que quería era descansar eternamente junto a las mujeres que lo habían hecho feliz, concluyó su largo epitafio con estos versos sorprendentes:

Aquí yace Juana, querida mujercita de Tomás Moro;
sepulcro destinado también para Alicia y para mí.
En los años de mi mocedad estuve unido a la primera:
gracias a ella me llaman padre un muchacho y tres chicas.
La otra fue para con ellos –cosa rara entre madrastras–
madre cariñosa, como si de hijos propios se tratara.
De igual modo vivo con ella como viví con la anterior:
difícil es decir cuál de las dos me es más querida.
¡Ay, qué gran suerte sería estar juntos los tres!
¡Ay, qué dicha si lo permitieran la religión y el destino!
Por eso pido al cielo que esta tumba nos cobije unidos,
concediéndonos así la muerte lo que no pudo la vida.

(Thomas More; Londres, 1478 – 1535) Político y humanista inglés. Procedente de la pequeña nobleza, estudió en la Universidad de Oxford y accedió a la corte inglesa en calidad de jurista. Su experiencia como abogado y juez le hizo reflexionar sobre la injusticia del mundo, a la luz de su relación intelectual con los humanistas del continente (como Erasmo de Rotterdam). Desde 1504 fue miembro del Parlamento, donde se hizo notar por sus posturas audaces en contra de la tiranía.
Su obra más relevante como pensador político fue Utopía (París, 1516). En ella criticó el orden político, social y religioso establecido bajo la fórmula de imaginar como antítesis una comunidad perfecta; su modelo estaba caracterizado por la igualdad social, la fe religiosa, la tolerancia y el imperio de la ley, combinando la democracia en las unidades de base con la obediencia general a la planificación racional del gobierno.
A pesar de haber mantenido en el plano teórico estas aspiraciones premonitorias del pensamiento socialista, Tomás Moro fue prudente y moderado en cuanto a la posibilidad de llevarlas a la práctica, por lo que no combatió directamente al poder establecido ni adoptó posturas ideológicas intransigentes.
Enrique VIII, atraído por su valía intelectual, le promovió a cargos de importancia creciente: embajador en los Países Bajos (1515), miembro del Consejo Privado (1517), portavoz de la Cámara de los Comunes (1523) y canciller desde 1529 (fue el primer laico que ocupó este puesto político en Inglaterra). Ayudó al rey a conservar la unidad de la Iglesia de Inglaterra, rechazando las doctrinas de Lutero; e intentó, mientras pudo, mantener la paz exterior.
Sin embargo, acabó rompiendo con Enrique VIII por razones de conciencia, pues era un católico ferviente que incluso había pensado en hacerse monje. Moro declaró su oposición a Enrique y dimitió como canciller cuando el rey quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón, rompió las relaciones con el Papado, se apropió de los bienes de los monasterios y exigió al clero inglés un sometimiento total a su autoridad (1532).
Su negativa a reconocer como legítimo el subsiguiente matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, prestando juramento a la Ley de Sucesión, hizo que el rey le encerrara en la Torre de Londres (1534) y le hiciera decapitar al año siguiente. La Iglesia católica lo canonizó en 1935.

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/moro_tomas.htm

De las arañas de la ceguera

Para disfrutar del ingenio y de la prosa.

Avatar de Marti LelisCEREMONIA DE PALABRAS

De las arañas de la ceguera

Marti Lelis

Una vez por año, durante el mes de abril, las arañas de la ceguera invaden San Juan Chauburgo. Entonces no tenemos ganas de vernos y ensayamos nuestras mejores peores caras. Y no es aracnofobia, ni alergia a la telaraña o a la ponzoña; es el odio acerbo que se nos mete en las pupilas como un eclipse a mediodía; odio a nada y a todo, como darle rodillazos a un costal lleno de clavos y agujas. Las arañas, desde luego, tienen la culpa de nuestro carácter por tanto agitar sus patitas, un poco a lo Gregorio Samsa, pero más exasperante y piloso y con mucha seda. Cubren la ciudad con capullos y tienden líneas plateadas entre edificios. El efecto cegador es inmediato en cuanto aparece la primera. Sólo sabemos de su existencia porque hay videos que han sacado las cámaras de vigilancia.

Ver la entrada original 119 palabras más

Felisberto Hernández: Explicación falsa de mis cuentos

a través de Felisberto Hernández: Explicación falsa de mis cuentos

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

20190228_1847303594912798585879466.jpg

Tomado del blog de Martí  Lelis

https://ceremoniadepalabras.wordpress.com

Fragmentos literarios de Janet Frame

Finalmente fui citada a la sala de entrevistas, donde el equipo médico se encontraba sentado ante una larga mesa presidida por sir Aubrey Lewis. El equipo ya había celebrado sus reuniones y llegado a sus conclusiones, y después de mantener una breve conversación conmigo, sir Aubrey pronunció el veredicto. Yo nunca había padecido esquizofrenia, dijo. Jamás debería haber sido ingresada en un hospital psiquiátrico. Cualquier problema que pudiera experimentar en la actualidad era sobre todo el resultado directo de mi estancia en el hospital.
Sonreí.
-Gracias- dije en tono tímido y formal, como si hubiera ganado un premio.
Más tarde, el doctor miller repitió el veredicto con expresión triunfante. Recuerdo su expresión de deleite y el modo en que se giró pesadamente en su silla porque la cantidad de ropa que llevaba parecía dificultar sus movimientos.
-En Inglaterra hace mucho frío – comentó – . Y llevo esta ropa interior de lana, tan gruesa…
La última moda, los abrigos cortos y los pantalones estrechos, aumentaba su incomodidad. Tal vez recuerdo tan vívidamente la cantidad de ropa que el doctor Miller usaba en invierno porque yo misma me había despojado repentinamente de una prenda que había llevado puesta durante doce o trece años: mi esquizofrenia. Recordaba con cuánto asombro y temor había intentado pronunciar esa palabra al enterarme del diagnóstico, cómo la había buscado en los libros de psicología y en los diccionarios de medicina y cómo, al principio con cierta incredulidad y luego rindiéndome a la opinión de los expertos, la había aceptado; cómo en el sufrimiento y el terror de la aceptación había encontrado un consuelo y una protección inesperados, cómo había anhelado librarme de la opinión pero no estaba dispuesta a separarme de ella, e incluso aunque no la usaba abiertamente, siempre la tenía a mano para casos de emergencia, para ponérmela a toda prisa y protegerme de la crueldad del mundo (…)

[…] Y las palabras de Londres me fascinaban, los montones de periódicos y revistas, las hojas de propaganda en los escaparates de los estancos y tiendas de periódicos, los nombres de los autobuses, letreros de las calles, los letreros luminosos de propaganda, los menús escritos con tiza sobre una pizarra en la puerta de las humildes cafeterías del servicio de transporte, bistec gigante y dos verduras, pastel de carne y patatas, los carteles de la estación de metro y las inscripciones de los lavabos públicos y de los túneles de las carreteras, la infinidad de librerías y bibliotecas. Jamás había tenido tantas oportunidades de leer en público […]