Empatía de Rubén García García

Sendero

El botón de la espiga se mece con la brisa. Para la oruga es una montaña. Emprende el recorrido desde la raíz y alcanza la cúspide.

Un Tordo lo observa.

El gusano, en la cima, recorre con la mirada la vastedad del paisaje, mientras disfruta el inefable sabor del pétalo.

El tordo, paciente, espera a que termine.

Ya lo lleva en el pico y piensa «Tanto esfuerzo que hizo, para llegar a la cúspide, que él merecía el placer de degustar tan exquisito bocado»

Sin fronteras de Rubén García García

sendero

Con el zoom veo en los ojos del niño, el plumaje de un pájaro. El ave nerviosa brincotea en el alfeizar de la ventana. ¡Cuánto asombro tiene la cara del niño! En el cristal, los veo de cuerpo entero, se miran tranquilos y platican como dos viejos amigos.

Venganza de Rubén García García

sendero

Todas las madrugadas la gata llegaba a la recámara de él, se lamía el cuerpo con insistencia y antes que despertara, desaparecía. Una noche tuvo un acceso tan intenso de tos, que se le detuvieron los pulsos. Los paramédicos lo encontraron con los ojos fuera de las orbitas. La gata a su lado maullaba.

«Seguro que era su mascota preferida», dijo uno de los camilleros cuando lo sacaron de la recámara.

Poesía de Rubén García García

Sendero

En el pantano,

cantaron al bochorno las chicharras.

“si oyes su canto, -salte dijo mi madre;

alborotan a las ranas,

y ellas, a las víboras.

A las espadas del zacate,

les hice una cama de sol,

y cuando estuvieron a punto de polvo

me hice una almohada.

Me arrulla el canto de las ranas;

y por la mañana me rompen las chicharras.



Decisiones de Rubén García García

Sendero

yer se fue el gallo, el único que le quedaba. Lo vendió su marido. El niño lloraba. Oía los ronquidos de él. Era mejor dormido que despierto. Anoche le dijo, «mañana vas con los Martínez, y pregunta si no tienen ropa para lavar». El niño tenía un año y pedía. Había escondido un billete; con el podían vivir una semana a lo más. El esposo seguía roncando. La vieja maleta estaba debajo de la cama, así que solo tomó a la cría y salió sigilosamente. Irse con su madre, ¡para qué!, si ella la corrió cuando supo del embarazo. Tenía la dirección de un exnovio que le rogó para que se casara con ella. «Te dejo mi dirección de la ciudad, por si algo se te ofrece». ¿acaso era el orgullo más poderoso, que el amor que sentía por su hijo?

Juguete de Rubén García García

Sendero

Todas las noches en el sueño termino una historia, ya para pasarla en limpio, llega Morfeo y me ordena que la deje sobre la mesa, que él la revisará. Todas las mañanas trato de recordar lo que soñé y por más vueltas que le doy, solo recuerdo la sonrisa burlona del dios.

Poesía japonesa de Rubén García García

Sendero

En el crepúsculo,

los tordos gritan entre las ramas.

Helada garúa.

Encuentros de Rubén García García

Sendero

Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia, que había llegado sin anuncio previo. Vio a la persona que amablemente la resguardó y no pudo menos que sonreír y decirle— no se moleste — no es molestia le contestó. Ella intentó salirse, pero él volvió a decir:

— así me enseñaron a ser. No desconfié.

Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. y le dio las gracias tímidamente

— Me llamo Roberto, para servirle

— Soy Estela. Estela Romero

— ¿Espera el transporte, al parque América?

— Si.

— Está tardando mucho

— Si.

— ¿Por allá trabaja?

— Si.

— ¿Se me hace que la invito a tomar un café

— Y, ¿qué le hace pensar eso?

— Que a todo dice sí.

Ella intentó salirse del paraguas a pesar de que la lluvia arreciaba

— por favor es una broma, no se moleste, no quise ….

Ella con seriedad le respondió:

— ¡No me gustan mucho las bromas!, así qué… ahora … invíteme el café.

El sauce de Rubén García García

Sendero

Todos los días llegaba Narciso a mirarse en las aguas del río. Tal vez, no tenía con quien jugar, y platicaba con su niño interior. O, padecía de alguna inconformidad. Yo lo amé, desde que lo vi, se veía tan desprotegido, que siempre lo arropaba con mi sombra. Aquella tarde gris, enloquecido por su destino, en que el rio corría con pereza se hundió para nunca volver. Desde entonces no he parado de llorar.

Nada es para siempre de Rubén García García

Sendero

Tu mujer salió corriendo, sabía que no tardaría el tantán de las campanas y se fue tan de prisa que ni adiós dijo. Mientras piensas en el gato, este aparece corriendo tras un ratón que se esconde en la maleza.

Te encuentras en el corredor. A esa hora coincides con el viento de la tarde y disfrutas de la serenidad. La residencia susurra silencio, el cual se rompe cada vez que tu cuerpo se balancea en el sillón de mimbre. Te gusta sumergirte en el recuerdo de tus logros, pero ahora, en tu parpadeo, también han llegado los atributos oscuros de tu ser. Recuerdas aquella vez que el líder te ordenó como un capataz a su criado, y otra ocasión en que el gobernador le acarició las nalgas a tu mujer. Siempre repites que «el fin justifica los medios», aunque tu mujer te miró indignada, tú te hiciste de la vista gorda.

¡Ah, lo que no has soportado! Ahora, eres tú quien lleva la batuta. Aunque siempre te dices que «nada es para siempre», llevas años aferrándote al poder como un bebé que no quiere soltar su mamila.

Ayer, debido a una distracción del jardinero, tu enredadera preferida fue mutilada. Enfurecido, lo despediste y te negaste a pagarle los días que había trabajado, apropiándote de su machete. Con tu pulgar, acariciaste el filo hasta llegar a la punta. «Para que se le quite lo pendejo», murmuraste.

La inmensidad de tu cuerpo se balancea con regocijo en la poltrona. ¿Has notado que tus olvidos se han vuelto frecuentes? ¿Dónde dejaste el machete? Cierras los ojos, te impulsas con el pie y el mueble se balancea al extremo, rompiendo el silencio con un crak. La poltrona cae, tu cuerpo cae, y algo frío penetra con profundidad por un costado de tu cuerpo. Ahora, ya sabes dónde dejaste el machete. Es cierto, lo recargaste con la empuñadura hacia arriba, pero ¿quién lo volteó? Entre sueños, te llega la voz de la hija del campesino que vino a suplicarle a tu mujer que le volviera a dar trabajo a su papá. Las campanas dan la última llamada a misa, y el gato acude a ti con un ratón entre los dientes.



 



poesía de Rubén García García

sendero

Un día nos encontramos,

y fuimos viento;

bamboleamos al bambú,

y pulsamos a la flauta.

Se fueron los días de flor y sinsonte

Quedó el silencio

La hierba sucia.

Y marginado de la esperanza…

Volviste.

Cómo vuelve lo auténtico,

lo que nunca se pudre.