El agravio de Rubén García García

Sendero

Vivo en los hombros de una colina, a un lado hay un camino, que es paso de quienes viven en la cima. A todos los conozco. En los meses de sequía, les digo; “Lleven agua de la chorrera que tengo”, o si tienen un enfermo les presto mis bestias para que lo trasladen al centro de salud. Los de mi edad somos como casas viejas, a quienes no nos les faltan goteras. Ellos me ponen al corriente de los asuntos ejidales o de quienes llegan o se van del pueblo. Ayer platiqué con Artemio y me informó que arribaron varios extranjeros. Uno de ellos vestía de calzón blanco y con un cinturón de grecas. Con seguridad por la tarde estaría en mi casa. Es un viejo conocido de la tierra de donde soy. Por allá la gente son memoriosos y jamás olvidan.
Ya no es tiempo de correr. —me dije—, así que preferí de buena vez afrontar el agravio, de cuando él era un púber y yo, un joven impetuoso.
Vi como abría la puerta. Un tope hizo que tardara en girar el picaporte. Lo recibí acostado, senil y reumático. Él se encontraba en una joven ancianidad. Su pelo ralo y cano, no correspondía con la felina manera de caminar. Se sentó a un lado de mi cama. Lo vi disfrutar del momento, pero solo insinuó su sonrisa con la luminosidad de sus ojos. Pausada y firme me dijo:
«¡No sabes, ¡cuánto soñé con este momento! El cómo vengar la ofensa que me hiciste frente a mi familia. Me avergonzaste, y fue un cuero apestoso con el que viví.». Al tiempo que sacaba una daga con cacha de cuero y bronce.
«Es inútil que trates de justificarte. Me daría rabia que me dijeras que te perdone, por compasión, por tu edad. Pensé en darte un solo golpe. —sacó la navaja y le hizo un corte al aire—, he cambiado de parecer; hundiré la daga, hasta el tope, y la moveré de un lado a otro, así te desangraras. En la herida del puñal pondré una cinta, que evite te vacíes y manches la blancura de tu cama».
«¿Pero tú te recuerdas lo que hice? yo no, mira que los años nos van borrando la memoria. El hacha del tiempo se lleva desde la basura hasta una alfombra persa. Trataba de armar una plática, calculaba que el veneno que puse en el picaporte no tardaría en hacer efecto, la posibilidad de que yo muriese era mucha, y la de él era segura. Si en cinco minutos él se regodeaba con sus palabras, con seguridad caería, antes de que pudiese herirme.
Afuera, la tarde corría y la gritería de los tordos, me decía que no tardaba la noche.
Sacó la daga, la vio de uno y otro lado y dijo: a tu muerte tendrás mi perdón. Levantó el brazo y el dolor profundo y plateado hurgaba cerca de mi columna. lo último que vi, fue la mueca de su agonía que sustituyó a su sonrisa.
El ladrido de los perros me saltaba de un oído a otro. Luego la voz de mi compadre que me gritaba desde la reja «¡amarre a sus perros compadre!»,
Después de que se fue, me senté en la poltrona, me pregunté ¿y si llegara?

El «Tato» es inocente de Rubén García García

sendero

Durante días soñé con un mar embravecido. Sin que le diera mucha importancia, me empezaba a preocupar. Todo se desinfló cuando me percaté que el gato, ya estando dormido, se acomodaba a un lado de mi cabeza y empezaba a ronronear. Por la mañana, me recordé y me reí sin parar. Se me quitó la risa cuando vi por mi cabecera un mechón de pelos de color rojizo, cuando el “Tato” es totalmente negro.

Sin título de Rubén García García

Sendero

La gotera que cae sobre la hoja del plátano; es un antiguo reloj de bolsillo.

Mirando por la ventana de Rubén García García

Sendero

Asomada por la ventana de un quinto piso, siento la humedad de la llovizna. Abajo hay un desfile de sombrillas, sombreros, gorras. Con empeño encuentro la gorra de Fernando Valenzuela. El bombín de Charles Chaplin. La cazadora de cuadros de Sherlock Holmes. Allá, el de Indiana Jones. ¡Oh my God! el pulóver de Cortázar y la capa de Arreola. Allá, a lo lejos aparece el sombrero de la reina Isabel y al lado, otro de paja, ¿el espantapájaros? ¡No, es Chencha!, ja,ja… porque camina como Chencha. Noooo…¡por santa Catarina! es mi madre y yo ni siquiera he tendido la cama.

La niña por rubén García García

Sendero

Después de haber caído al pozo, se despertó preguntando a la enfermera por su mamá. Al no verla, empezó a llorar gritando: “Mamá Lucha, mamá Lucha”. La madre no se llamaba así.

El deber de Rubén García García

Sendero

Con jadeos llegó a la cima de la montaña. Levantó los brazos y de su ojo de cíclope estalló un torrente de luz que aluzó la oscuridad del mar. La nave evitó los promontorios rocosos, hasta llegar a salvo al muelle. Apagó su ojo. Silbó satisfecho y atendió a los reclamos de su madre.

No se da cuenta de Rubén García García

sendero

Cuando ella, sin decirme nada, me trae algún presente, le busco un sitio en mi lugar y cada vez que lo veo, mi pensamiento corre hacia ella, más rápido que el viento.

Si voy al final del desierto, donde convivo con tres palmeras y un pozo, me viene a la memoria el presente y la veo con el pensamiento y vuelo con el viento para mover su pelo mientras duerme.

Ya en la casa, la veo mirando el paisaje tras la ventana, se me enmudece la lengua y torpe le digo “ya llegué”.

Minipoema de Rubén García García

sendero

Se fue la tormenta

y en la rama del árbol

cuelga un pez de colores.

El alcatraz,

después del sol de la tarde;

me invitó una copa.

Sensibilidad reptiliana de Rubén García García

Para Mi amiga Navi

Tenía un embarazo de ocho meses. luego de desayunar, atendí quehaceres, Llegó mi padre, poco después mi esposo. Me daba un beso en la mejilla, cuando escuché la voz de mi papá.
—¡Ey amigo! Así que ahora anda de clandestino.
— ¡Ah ! ¿lo dice por las gafas oscuras suegro?, es que me arden los ojos.
— Venga y acompáñeme con un café. Era un tono indiferente más cercano al desprecio.
Afuera el sol se ponía bravo con mis rosales.
Después de una breve charla mi padre salió a su parcela. Por la noche, durante la cena mi esposo se mostraba inquieto, como las veces que deseas decir algo, pero no te atreves. Una noche, no pudo más y me confesó en la oscuridad: “me encontré con una vieja amiga en un pasillo solitario, tenía tiempo de no verla y tu padre me vio cuando la besaba. Seguramente el suegro te lo habrá dicho.”. Te equivocas con mi padre, cierto, es una persona sin estudio, pero jamás me viene con chismes” Me di la vuelta, apagando con una mordida en mis labios, el sollozo.

En el cuarto no hay moscas de Rubén García García

sendero

La moza regordeta y soñadora tiene un temblor entre sus manos.

—¡Eres el sapo más hermoso que he visto!

—Croac, croac.

—¡Cómo brillas! ¡Qué ojos tan vivos! Hueles a vainilla y manzana. ¿Serás acaso un príncipe?

—Croac, croac.

Ansiosa lo olisqueaba y al abrir la boca se lo tragó.

Lleva años entredormida y cuando nadie la ve, saca su lengua larga pegajosa.

Poesía de Rubén García García

Sendero

Me hablas al oído.

Tu voz me guía al enredo,

tus susurros son aves entre la neblina.

Cuando hablas así,

escucho el reverbero de tu boca que me pide.

No me cuchichees al oído

porque respondo a tu silbido,

y después no sé qué me da

por despintar la mora de tus labios.