El cuento mutante de Alberto Chimal

El cuento es antiguo pero no es una idea fija. El cuento cambia: se modifica: se adapta. Lo adaptan, a sus condiciones siempre distintas, quienes lo escriben y quienes lo leen. Habrá un momento en el que lo maten, también, o decaiga de manera irrecuperable, o desaparezca por indiferencia o por descuido. Por supuesto.
Pero todavía no. El cuento sigue vivo porque no se ha quedado aún sin un solo lector (evidentemente) y porque su forma no se ha agotado. He aquí parte de lo que ocurre ahora con esa forma.

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Las preceptivas y teorías del siglo XIX, que son todavía las bases de la discusión sobre el cuento actual, transformaron el género pero no lo inventaron. Hubo un tiempo en el que los cuentos —los más remotos antepasados de lo que hoy llamamos «cuento»— no se escribían siquiera: se memorizaban y se repetían de viva voz. El cuento no es breve para distinguirse de la novela, que es extensa, sino para aprenderse y repetirse más fácilmente: heredó la cualidad que lo define más claramente del tiempo anterior no sólo a la novela sino a la escritura, el de los orígenes del lenguaje, cuando comenzaron a inventarse y difundirse las primeras historias. Y ahora el cuento conserva esa brevedad aunque la brevedad haya perdido su sentido inicial, del mismo modo en que el cuerpo humano aún conserva —en el pelo que no lo abriga, en las capas profundas del cerebro— vestigios de sus antepasados animales. Más aún, la brevedad ya no puede perderse, como tampoco podría el cuento volver a ser oral ni a publicarse como se publicaba en el siglo xix. O en el xx.
La imagen más popular del cuento publicado es, en efecto, una idea obsoleta. La gran época de las historias individuales difundidas por medio de la prensa —las que dieron de comer a Edgar Allan Poe y a F. Scott Fitzgerald, las que completaron la fama de J. D. Salinger en los años sesenta— pasó y no va a volver. No es exactamente que el cuento se lea menos: de hecho todo se lee menos y la época se expresa, sobre todo, mediante imágenes: las historias escritas tampoco recobrarán jamás su antigua posición de privilegio.
Pero todo esto implica un cambio en nuestra relación con las historias breves. Antes, los libros de cuentos eran muchas veces reuniones de esas historias ya aparecidas en otros sitios, ya conocidas —incluso— por quienes las buscaban y las revisitaban. Ahora lo más probable es que el primer encuentro de cualquiera con un cuento sea en un libro o en otro tipo de serie, de colección, de reunión, que será percibida como tal. El medio no importa y ocurrirá lo mismo en los libros impresos que en los electrónicos, en las antologías académicas y en los archivos de un blog: en todos los casos la acumulación de los textos individuales, la impresión producida por el conjunto, puede llegar a contar tanto como el de cualquiera de los cuentos aislados.
Los cuentos como parte de un conjunto, como segmentos de un todo mayor, son una posibilidad de lectura distinta que trasciende, sin afectarla, la forma del cuento individual. El todo, como se dice, puede ser más que la suma de las partes. No importa si, al escribir una por una sus historias, el creador utiliza las reglas del cuento clásico al modo del siglo xix o si prefiere cualquier otra forma o técnica.
Los primeros pasos para utilizar este potencial expresivo se dieron durante el siglo xx. Hasta hoy, sin embargo, la mayoría de los ejemplos disponibles se valen, sobre todo, de una técnica que proviene de los orígenes de la novela actual en la Edad Media: el entrelacement (entrelazamiento), que consiste simplemente en introducir referencias o ecos de una historia en otra: intentar unificarlas todas en un solo mundo narrado que las abarque y en el que se pueda hallar —o inferir— cierta consistencia (1). La diferencia entre una novela y un libro de cuentos trabajado de este modo es que el segundo carece de una trama única y, en cambio, cada una de sus partes —cada cuento— puede, al menos en teoría, leerse aisladamente. A estos proyectos narrativos se les ponen a veces etiquetas («novelas-en-cuentos», «cuentovelas») que sugieren una fusión o una aproximación: las colecciones de cuentos se estarían convirtiendo en novelas, homogeneizando sus mundos narrados y a veces llegando a convertirlos en uno solo.
Para aclarar más la distinción entre las que podríamos llamar colecciones caóticas de cuentos (las más convencionales, que reúnen simplemente una serie de textos de un mismo autor, sin atención a su efecto como conjunto) y las «colecciones-novela», se puede considerar el entrelazamiento entre los diferentes segmentos del texto —que sería, evidentemente, notable en estas colecciones nuevas y más aún en las novelas convencionales, cuyos capítulos son divisiones de una única historia— y de la homogeneidad del mundo narrado. Se puede incluso intentar un esquema:

Esta división, sin embargo, tiene desventajas: no sólo sugiere una especie de «progresión» o gradación lineal del cuento a la novela (imposible, además, de medirse con precisión), sino parece implicar que el entrelazamiento es inseparable de la homogeneidad (o incluso la unicidad) de los mundos narrados; una lectura ingenua podría llegar hasta la conclusión de que ambos son lo mismo. En cambio, es posible considerar otra posibilidad: las colecciones de historias en las que hay entrelazamiento pero no homogeneidad de los mundos narrados.

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Las podemos llamar colecciones mutantes: aquellas que en vez de acercarse a la forma convencional de la ilusión novelesca, con toda su solidez y su fuerza mimética, prefieren conservar la variabilidad de las colecciones de historias breves. Entre ellas no se crea la impresión de un «mundo común», fijo, anclado en descripciones, caracterizaciones y cronología consistentes, y el entrelazamiento se da en cambio por medio de temas, ideas, símbolos a partir de los cuales se crean variaciones. Claramente delimitados, los diferentes cuentos producen más fácilmente resonancias intertextuales porque éstas no se agotan en la tarea de reforzar una representación (o en la sugerencia de una representación, que de hecho es lo más que la literatura puede lograr). Además, se intensifica también el que podríamos llamar efecto de eco, que tiene lugar en toda narración breve: el vislumbre de implicaciones y asociaciones más allá de lo escrito que sólo puede llegar mientras las palabras escuchadas o leídas siguen aún en la conciencia del lector (2).
Las colecciones mutantes sugieren un espacio no físico sino conceptual que agrupa a las historias y que se encuentra en constante transformación: un espacio donde las ideas y el lenguaje pueden tener primacía sobre la representación «realista» sin necesidad de abandonarla. A la vez, considerar este tipo de colecciones permite modificar el esquema mostrado previamente y sugerir con él no un movimiento sino un campo: un mapa de las posibilidades de una colección de segmentos narrativos. En este nuevo esquema se puede suprimir la categoría de las «colecciones-novela» y adoptar, con más ventaja, la idea de las «colecciones ordenadas»: aquellas que tienden a sugerir un solo mundo ficcional pero no recurren al entrelazamiento.

Lo que se revela es un campo: un mapa de las posibilidades de una colección extensa de segmentos narrativos, en el que diferentes obras pueden situarse y diferenciarse. En él no sólo pueden compararse las diferentes orientaciones de las colecciones convencionales —o las variaciones entre libros de un mismo autor—, sino que es posible percibir acercamientos de la novela al cuento (y no al revés) e incluso descartar la jerarquía convencional. Diferentes textos «híbridos», o difícilmente categorizables por medio de la división binaria y tajante más utilizada (cuento/novela), pueden apreciarse más claramente:

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Colecciones como Caza de conejosLa sueñera o Los sueños de la Bella Durmiente proponen estructuras y tratamientos inusitados: las tres mencionadas, respectivamente, son: una serie de variaciones —a veces contradictorias, a veces excluyentes— sobre una sola premisa fantástica; un conjunto de minificciones que toman como pretexto y lazo de unión la lógica de los sueños, y una serie doble —poemas y cuentos— entrelazada alrededor de muy precisas influencias de la literatura del fin de siècle. Además, son textos menos conocidos, incluso, que otros ejemplos de literatura experimental o vanguardista de la segunda mitad del siglo xx. Su relativo aislamiento en el mapa, como en las historias literarias, significa que el terreno del cuento mutante sigue siendo poco explorado: entre otros, éste es uno de los caminos que todavía queda por explorar para la narrativa breve. Puede intentar ese viaje el narrador que no esté interesado exclusivamente en reaccionar y acomodarse a los prejuicios actuales: las «muertes del cuento» que aparecen con frecuencia.

NOTAS:

1. El entrelacement se utiliza, por ejemplo, en el ciclo de la Vulgata artúrica, para ligar y unificar los materiales de diversas procedencias que lo forman (y que inspiraron, a la vez, la redacción más unificada –más novelesca– de La muerte de Arturo de Thomas Malory). [regresar]

2. El cierre perceptivo que Edgar Allan Poe llamaba «unidad de efecto» es un caso particular de este eco, que reconcentra la percepción del lector en elementos explicitados por el propio texto. En la minificción, por el contrario, el efecto de eco nos proyecta hacia afuera de ella, a partir de lo poco que nos dice. Los grandes autores de minificción pueden controlar el eco, o por lo menos encauzarlo por un camino particular de asociaciones, seleccionando qué ideas se destacan en el texto. [regresar]

Qué alguien nos ayude

Estimado Tío Rub. en mi muro decía una frase: «qué locura»…se trataba de una discusión sobre usos del subjuntivo en una comunidad de profesores de español. Yo digo locura, porque es en lo que convierto, en loca, qué me doy cuenta que nunca aprendí verdaderamente el uso de ley de los verbos…en mi país como en el tuyo hay muchas lagunas y cambios que al enfrentarme con los de corrección, enloquezco. ¿Comprendes? Estoy buscando un modo para comprender de manera sencilla y que a la vez me sirva para poder explicar a otros(alumnos). Hacen preguntas que me enrollan la vida y me siento hundir en un Titanic de ignorancia. Alix Rosales
Respuesta:
Recién me embarque en la piragua del alfabeto y el mar me zarandea, me hunde y me saca a flote. Apenas sobrevivo con el pan de unas vocales malditas que me dio un amigo.
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Para escribir mejor

Quizás lo más importante es escribir con la mayor simplicidad posible. Ese es el secreto de los mejores escritores. No es fácil, por eso hay que practicarlo sin descanso. Hay que saber, por ejemplo, elegir los tiempos verbales simples en lugar de los compuestos. Lo ilustramos:

En vez de:

—Cuando hubo salido de…

Es mejor escribir:

—Cuando salió de…

¿Siempre? No, a veces es necesario emplear un tiempo compuesto para matizar el sentido de la frase. Sin embargo, es útil para aprender a escribir bien utilizar las formas simples como las normales. Debemos dejar lo extraordinario, las formas compuestas, para cuando sea imprescindible. Y, por supuesto, debemos estar seguros de emplearlas bien.

Otra norma general entre los muchos trucos para escribir es la de la concordancia general. El género y el número tienen que concordar siempre y también con los tiempos verbales. Esto es bien sabido, pero aún así se siguen cometiendo errores.

  • Los árboles crecen en las tierras lejanas.
  • Un árbol crece en una tierra lejana.

Y, por supuesto, algo en lo que hay que insistir siempre es en la práctica diaria. Entre los trucos para escribir mejor es el más decisivo. Es lo que nos hará progresar poco a poco, de la misma forma en que un niño aprende a hablar diariamente. El infante sigue el principio general educativo: ensayos y errores. Solo así se consigue un aprendizaje efectivo.

A veces los escritores poco experimentados recargan sus frases con demasiados adjetivos. Piensan que así embellecen la frase. O que suena mejor. O que aporta más información. No siempre es así, veamos como ejemplo la siguiente frase:

La pequeña niña salió por la alta puerta, después de haber dejado unas bellísimas y relucientes rosas rojas en el esplendoroso patio de su ajada abuela.

La frase está excesivamente recargada, es redundante y hay mucha información innecesaria (por ejemplo, una niña suele ser pequeña, una puerta suele ser alta para los ojos de una infanta, una abuela suele estar ajada, etc.). Mucho mejor escrito estaría así:

La niña salió por la puerta después de dejar unas rosas rojas en el patio de su abuela.

Siempre se puede añadir algún adjetivo. Pero debe estar muy pensado y ser necesario en el contexto de la frase y en el conjunto del texto.

Por último

  • Cuidado con los gerundios. Hay que saber utilizarlos bien.
  • No abusar de los adverbios terminados en mente.
  • Procurar no emplear anglicismos (ni otros extranjerismos).
  • No subordinar las frases en exceso. Lo mejor siempre es la simplicidad.
  • Cuidado con las comas y otros signos de puntuación.
  • Atención con las tildes y los acentos diacríticos.
  • No caer en laísmos, leísmos o loísmos (y otros vicios del lenguaje).
  • Distinguir bien entre porque y por qué.
  • No repetirse innecesariamente. La repetición cansa al lector, lo aburre.

Por último, es importante resaltar en esta recopilación improvisada de trucos para escribir mejor que después de escribir es fundamental corregir. Un texto sin corregir es como un jardín descuidado. No lucirá bien. Así lo han dicho siempre los grandes escritores. Hay que dedicar tanto tiempo a corregir lo escrito, como mínimo, como al redactado inicial. Si quieres más información sobre el tema, pincha aquí.

https://comoescribirbien.com/trucos-para-escribir/

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El amor del flaco de Esteban Aguetti

 Lo conocían en el barrio como «El Flaco», y era un hábil hacker devenido en investigador privado. El trabajo de hoy era especial, era personal. Venía de parte de su chica a castigar al ex que no la dejaba en paz. Así, sentado en el asiento de un «128», se calzó un pasamontañas, agarró un pesado caño de metal y se bajó del auto rumbo a la casa. Abrió despacio la puerta y se metió a la casa cual gato. Él estaba en la cocina. No vio venir el primer golpe. Antes de que pudiera darse la vuelta, el Flaco le asestó otro. «¡Dejala en paz, hijo de puta!», lo increpó. El hombre, por toda respuesta, empezó a reírse. Sorprendido, lo golpeó con todas sus fuerzas en la cara. El desgraciado lo miraba con un ojo que empezaba a hincharse y reía estúpidamente. Entonces sintió el plomo en la espalda y al instante un estallido ensordecedor. El Flaco se dio la vuelta para encontrarse con ella, su dama, que sostenía con fuerza una 38. «Ahora sí nos vas a dejar en paz, enfermo», dijo la mujer, apretando los dientes, con lágrimas y la voz temblorosa. Antes de que el Flaco pudiera explicar por qué la había espiado durante meses, las preocupaciones que lo habían llevado a violar sus contraseñas y el inmenso amor que lo había impulsado a llenar todos sus buzones de enigmáticos e-mails, ella soltó otro disparo atronador, aunque él nunca llegó a escucharlo. 

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Del libro o «dispara uste o disparo yo. Recopilación de Lilian Elphick Latorre.

Las reglas de escritura de George Orwell

Las reglas de escritura de George Orwell
Por Alberto Chimal|1/4/2012|Categorías: Taller literario|Etiquetas: consejos de escritura, decálogos, Eduardi Huchín, escritura, George Orwell, Iván Thays, Joaquín Guillén, Literatura, Novela, Opiniones, reglas, Twitter|6 Comentarios
En su blog Moleskine Literario, el escritor peruano Iván Thays reprodujo una lista muy interesante: tomada del sitio Lists of Note, es la de las reglas para escritores, seis en total, que propuso George Orwell en su ensayo Politics and the English Language (1946). El autor de 1984 y Rebelión en la granja fue también, como se sabe, periodista y ensayista notable, y en Politics… critica muchos malos hábitos de la escritura de su tiempo y defiende la necesidad de redactar con claridad y precisión.
Como las seis reglas de Orwell no estaban traducidas en la nota de Thays, las traduje; las publiqué ayer sábado en Twitter y las copio a continuación:
1. Nunca uses una metáfora, un símil u otra figura retórica que acostumbres ver impresa. (Sospecho que se podría decir también: «… sólo porque acostumbres verla impresa».)
2. Nunca uses una palabra larga si puedes usar una corta.
3. Si te es posible eliminar una palabra, elimínala siempre.
4. Nunca uses la voz pasiva si puedes usar la voz activa. (Esto no ocurre con tanta frecuencia en español como en inglés, pero lo he visto aquí y allá: no me sorprendería que se debiera a nuestro mal hábito de traducir literalmente del inglés…)
5. Nunca uses una frase extranjera, un término científico o una palabra de jerga si puedes pensar en un equivalente sencillo en [tu idioma]. (Orwell dice «en inglés», por supuesto.)
6. Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir algo que sea francamente bárbaro.
La última de estas reglas es la que más me llama la atención. Escribir consejos literarios es una práctica habitual entre los escritores de los últimos cien años, y en las incontables

listas ya existentes suele haber una instrucción metatextual, relacionada con los usos de la propia lista, y que suele ser algo como «No hagas caso de nada de lo anterior», «No confíes en las instrucciones para escribir» o cualquier otra por el estilo. Más que sonar frescas o ingeniosas (o realmente interesadas en sugerir que ninguna lista de consejos puede ser más que la lista de los descubrimientos de quien la redacta), semejantes indicaciones parecen, a estas alturas, la parte más rancia y falsa del ritual de escribir consejos: el signo de una pose de irreverencia o de frescura en la que ya no cree nadie. En cambio, la sexta regla de Orwell matiza su defensa general de la sencillez y defiende, sobre todo, la idea de escribir bien en el mejor sentido del término. «Bien» no significa «con apego a las reglas», ni mucho menos «sin correr riesgos»: al contrario, implica trabajar (o así lo creo) buscando la sencillez y a la vez la belleza, la expresividad, lo que el lenguaje puede tener de revelación.

http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/las-reglas-de-escritura-de-george-orwell/

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Bodas de plata Alejandra Díaz Ortiz


-Cariño, ¿y tú, todavía me quieres?
Su cariño le miró de soslayo. Terminó de poner la cadena para sacar a pasear al viejo y aburrido Blacki, el fox terrier que ladraba a sus soledades desde hacía años. Fue el regalo que Luis le dio a Pilar en su décimo aniversario de casados, cuando aún no era necesario hacer preguntas.

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Tomado del Fb