Las reglas de escritura de George Orwell

Las reglas de escritura de George Orwell
Por Alberto Chimal|1/4/2012|Categorías: Taller literario|Etiquetas: consejos de escritura, decálogos, Eduardi Huchín, escritura, George Orwell, Iván Thays, Joaquín Guillén, Literatura, Novela, Opiniones, reglas, Twitter|6 Comentarios
En su blog Moleskine Literario, el escritor peruano Iván Thays reprodujo una lista muy interesante: tomada del sitio Lists of Note, es la de las reglas para escritores, seis en total, que propuso George Orwell en su ensayo Politics and the English Language (1946). El autor de 1984 y Rebelión en la granja fue también, como se sabe, periodista y ensayista notable, y en Politics… critica muchos malos hábitos de la escritura de su tiempo y defiende la necesidad de redactar con claridad y precisión.
Como las seis reglas de Orwell no estaban traducidas en la nota de Thays, las traduje; las publiqué ayer sábado en Twitter y las copio a continuación:
1. Nunca uses una metáfora, un símil u otra figura retórica que acostumbres ver impresa. (Sospecho que se podría decir también: «… sólo porque acostumbres verla impresa».)
2. Nunca uses una palabra larga si puedes usar una corta.
3. Si te es posible eliminar una palabra, elimínala siempre.
4. Nunca uses la voz pasiva si puedes usar la voz activa. (Esto no ocurre con tanta frecuencia en español como en inglés, pero lo he visto aquí y allá: no me sorprendería que se debiera a nuestro mal hábito de traducir literalmente del inglés…)
5. Nunca uses una frase extranjera, un término científico o una palabra de jerga si puedes pensar en un equivalente sencillo en [tu idioma]. (Orwell dice «en inglés», por supuesto.)
6. Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir algo que sea francamente bárbaro.
La última de estas reglas es la que más me llama la atención. Escribir consejos literarios es una práctica habitual entre los escritores de los últimos cien años, y en las incontables

listas ya existentes suele haber una instrucción metatextual, relacionada con los usos de la propia lista, y que suele ser algo como «No hagas caso de nada de lo anterior», «No confíes en las instrucciones para escribir» o cualquier otra por el estilo. Más que sonar frescas o ingeniosas (o realmente interesadas en sugerir que ninguna lista de consejos puede ser más que la lista de los descubrimientos de quien la redacta), semejantes indicaciones parecen, a estas alturas, la parte más rancia y falsa del ritual de escribir consejos: el signo de una pose de irreverencia o de frescura en la que ya no cree nadie. En cambio, la sexta regla de Orwell matiza su defensa general de la sencillez y defiende, sobre todo, la idea de escribir bien en el mejor sentido del término. «Bien» no significa «con apego a las reglas», ni mucho menos «sin correr riesgos»: al contrario, implica trabajar (o así lo creo) buscando la sencillez y a la vez la belleza, la expresividad, lo que el lenguaje puede tener de revelación.

http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/las-reglas-de-escritura-de-george-orwell/

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Bodas de plata Alejandra Díaz Ortiz


-Cariño, ¿y tú, todavía me quieres?
Su cariño le miró de soslayo. Terminó de poner la cadena para sacar a pasear al viejo y aburrido Blacki, el fox terrier que ladraba a sus soledades desde hacía años. Fue el regalo que Luis le dio a Pilar en su décimo aniversario de casados, cuando aún no era necesario hacer preguntas.

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Tomado del Fb

Un pescado sin bicicleta de Liliana V. Blum

Liliana Blum es una escritora mexicana de cuentos. Es una de las primeras escritoras mexicanas de su generación en ser traducida al inglés. Wikipedia (Inglés)
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Fecha de nacimiento1974 (edad 46 años), México

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“¿Te acuerdas de la leche podrida?”, le digo a mi hermano, que asiente sin dejar de mirar el camino. Vamos en mi carro rumbo al hospital para ver a mi madre, pero él maneja, supongo que por costumbre. Siempre fui la hermana pequeña a la que había que cuidar y ayudar sobre todas las cosas. Mi hermano cargaba mi mochila, era mi tutor de matemáticas y el que me llevaba un vaso de agua a cualquier hora de la noche. Desde luego papá lo obligaba.

“Ella creía que era yogurt”, dice y da un sorbo de su botella de agua. Nunca ha bebido café ni usa drogas ni toma alcohol. Los vicios no son el único terreno en el que no muestra solidaridad conmigo.

“Nadie cree que la leche podrida se convierte en yogurt”.

“La leche inoculada con los bacilos se vuelve ácida. Entiendo que mamá se haya confundido”.

Entre los dones de mi hermano Roberto no está el de la conversación. Nunca llama por teléfono y rara vez contesta los correos electrónicos. En persona, las palabras las entrega a cuentagotas, como si le dolieran, y generalmente son datos técnicos o respuestas monosilábicas. A menos que se trate de defender a mamá, claro. No importa que haya sido ella la que lo obligó por años a beber leche rancia durante el desayuno.

“¿Ya se te olvidó cómo te pegaba si la escupías en el fregadero?”.

“Eran los ochentas. No podía darse el lujo de tirar por el drenaje un litro de leche”.

“¿O sea que ella no hizo nada malo?”.

“Nunca fue su intención. Al contrario”.

Prendo la radio y sintonizo una estación donde varias personas comentan las vidas privadas de actrices de temporal. Ahora los dos miramos hacia el frente con la misma obstinación infantil de hace tantos años. Podría retacarle las narices con anécdotas a manera de evidencias, pero él va a encontrar una forma de excusarla. Papá, casi siempre de viaje, no estaba al tanto de aquellas batallas lácticas; cuando yo se lo conté, ella dejó de obligarme a tomar esa leche, pero Roberto siguió siendo su víctima, no sé por qué.

Mi hermano cambia de estación y encuentra una melodía que le permite tamborilear los dedos sobre el volante y cantar solamente con los labios. Yo me como la dona de chocolate que llevo en una bolsa de papel estraza. Necesito sobornarme a mí misma para ir a visitarla, igual que hacía ella cuando era tiempo de vacunarnos. Yo iba aullando todo el camino al consultorio hasta que ofrecía comprarme un dulce. A mi hermano, en cambio, le explicaba las bondades de las inoculaciones. “Es por tu bien”, y él extendía su brazo sin llorar. Aunque yo era la de la boca llena de chocolate, tenía la sensación de que me habían privado de algo.

Sorbo ruidosamente mi café sobrepreciado, porque sé que Roberto detesta ese sonido. El sigue llevando el ritmo sobre el volante, como si nada, pero cuando entramos al estacionamiento del hospital, frena con la fuerza necesaria para que el mokachino doble se derrame sobre mi blusa y las vestiduras del carro.

* * *

La habitación huele a químicos de limpieza, pero hay un olor que subyace: el de mi madre. Es una combinación de flores marchitas, channel y orines con penicilina, si no es que algo peor. Roberto parece no percibirlo y se lanza a la cama para besarla. Ella tiene la piel colgada y casi transparente. Yo me paro cerca y le pregunto cómo se siente, pero ella me tiende los brazos y debo inclinarme para que me abrace, soportando el repollo agrio de su boca.

“Reina, te ves muy bonita con esa ropa”, me dice. Yo miro mi blusa con las manchas de café y demasiado ajustada sobre mis pechos. A veces me es imposible encontrar brassieres de mi tamaño en México y tengo que esperar a que Roberto vaya a la frontera. Allí hay un mercado de vacas como yo. Como papá lo entrenó para jamás negarme un favor, me los trae invariablemente. Lo imagino caminando entre los pasillos llenos de mujeres, titubeando mientras revisa tallas, texturas, colores. Alguna dependienta le pregunta si busca algo para su esposa o su novia, y él humillado confiesa que quiere un 38-DD para su hermana en satín color beige.

“Está sucia y me aprieta, ya lo sé”.

Mi madre no me oye porque está contándole a Roberto toda la faena de convalecencias del día anterior. La internaron hace un par de semanas por unos dolores en el vientre que resultaron ser tumores en los ovarios. Hubo una cirugía que la dejó hueca y ahora está en observación. Con el peso que perdió recientemente, está más delgada que nunca. Y sin embargo, tiene el ánimo para hacerme sentir mal por ser como soy. Pero si lo traigo a colación, Roberto dirá que ella nada más me hacía un cumplido y que yo estoy siempre a la defensiva.

Una enfermera entra a tomarle los signos vitales y a darle algunos medicamentos. Mi madre se deja hacer, dócil, con esa sonrisa débil y dulce que tiene para los extraños y que jamás me dedicó a mí. Me hundo en el sillón de las visitas y una oscuridad amarga me envuelve. Mi hermano se acerca a mí y susurra que mi madre necesita privacidad: van a cambiarle las sábanas y a bañarla.

* * *

En la cafetería Roberto compra un jugo y un café americano para mí. Luego salimos para que yo fume. Mi hermano se sienta en una banca cercana, a pesar de que mi humo le irrita la garganta.

“¿Te acuerdas que cuando nos quedábamos solos brincábamos a las camas desde arriba del clóset?”.

“Claro que me acuerdo”, dice y trata de limpiar el aire agitando una mano.

“¿Y cuando salíamos por el balcón y gateábamos sobre la barda del patio de atrás?”.

Él me dedica esa mirada de ya-sé-adonde-va-esto y después asiente.

“También recuerdo que jugábamos en la calle con otros niños hasta que oscurecía. Eran otros tiempos, Elsa”.

Cierto. Eran los tiempos en que la obesidad infantil era más bien una rareza. Si yo fuera niña hoy, pasaría como parte de las estadísticas de niños con sobrepeso y en peligro de tener diabetes, pero nadie se volvería a mirarme por la calle. En ese entonces yo era “la” gorda del salón que desarrolló su cuerpo para el cuarto año de primaria y tuvo la menstruación para el quinto. Yo era el blanco de las bromas de los niños y la que recibía los comentarios soeces de los albañiles en la calle. Según mi madre, no debía contestarles a los que me gritaban cosas. “No te bajes a su nivel. Lo digno es ignorarlos”. Pero yo no me sentí digna jamás. Mi cuerpo era mi vergüenza. No importa que intentara apretarme el pecho o caminar encorvada. Tener glándulas mamarias era denigrante, aunque luego aprendí que era peor no tenerlas.

“Entonces tuvimos suerte de que no nos pasara nada”, digo.

* * *

Cuando regresamos a la habitación de mi madre, la encontramos dormida. Tiene la boca entreabierta y respira inquieta. Hay un ligero olor a vinagre en el ambiente. El doctor abre la puerta y nos hace una señal para que salgamos. Nos informa que es un hecho que mi madre tiene cáncer y que, aunque han retirado los tumores, el mal ya se ha esparcido a otras partes de su cuerpo. Roberto es el que hace preguntas acerca de los tratamientos, la mitigación del dolor, otras opciones.

“¿Y cuánto tiempo le queda?”, interrumpo.

El médico y Roberto me dedican una mirada que pasa en segundos de la sorpresa al desprecio. Desde luego, es algo que cualquiera se cuestiona cuando se le informa de la enfermedad terminal de un pariente, pero poner palabras a esa duda es como empujar a alguien desnudo al frente de un escenario. A mi hermano y al hombre de la bata blanca, con todos sus estudios, sus matrimonios, sus hijos, sus casas que funcionan porque hay una mujer a cargo, les resulta muy fácil juzgarme por la pregunta. En su mundo masculino nada es más lógico que la soltera se ocupe de la madre moribunda. Para ellos soy una hija genérica, nada más. No conocen la bodega llena de maletas sentimentales que ambas guardamos. Llenas de moho, polvo y rencor.

La noche en que mi papá moría de un infarto en la cocina, yo estaba encerrada en mi cuarto viendo mi programa favorito de detectives forenses y comiendo helado, mi madre se debatía en un juego de canasta en casa de alguna de sus amigas de los jueves y mi hermano estudiaba en el extranjero. En realidad fue muy cómodo para todos. Por eso pensé que con ella sería igual.

“Depende de su respuesta al tratamiento”, dice el doctor y antes de irse dedica una mirada rápida a mi blusa. Mis pezones me han traicionado con el aire frío del pasillo y se levantan por debajo de la tela.

Regresamos a la habitación y yo me dejo caer en el sillón que se hunde, escondiéndome a mí y a estas montañas de vergüenza. Roberto se sienta junto a la cama de mamá y la observa dormir. Luego se pasa la mano por el cabello y sus dedos dejan los surcos amplios de la calvicie inminente. Por primera vez lamento no tener un esposo junto a mí, un par de niños a quienes cuidar, una excusa para dividir más equitativamente la agonía que viene. Mi sobrepeso y mi soltería han sido los eternos disparadores de las peores peleas entre mi madre y yo. “Necesitas un hombre que te cuide”, su cantaleta de siempre. El subtexto era que ni mi hermano ni mi padre estarían por siempre junto a mí y yo era, después de todo, una gorda inútil y consentida. Cuando tuve mi etapa feminista, porque la tuve, como todas, le dije que una mujer sin un hombre es algo tan trágico como un pescado sin una bicicleta. Recuerdo que lo leí en alguna revista. Ella se quedó mirándome desde su 1.70 de estatura y sus 55 kilos, con su maquillaje perfecto, y me preguntó: “¿Pero qué haría el pescado si se le descompone la bicicleta? De todas maneras necesita un hombre”.

Roberto dice que él puede pasar a visitar a mamá todos los días después del trabajo y pedir permiso cuando haya que llevarla a las sesiones de quimio, pero que lo mejor será que se quede conmigo. Además, ésa es la casa de mi madre, ¿y en dónde iba a sentirse más cómoda?

Mi silencio es una forma de aceptación tácita, como cuando peleábamos y ella nos obligaba a pedirnos perdón. Mi hermano era capaz de hacerlo, pero yo miraba el piso obstinadamente sin decir nada. Entonces él se acercaba a mí y decía quedito, “¿Verdad que me perdonas, Elsa?”, y yo movía apenas mi cabeza, apretando los puños, mientras las lágrimas escurrían hasta el piso.

Cuando vamos en el carro de regreso, abro un poco el vidrio para que salga el humo del cigarro. Roberto se voltea y me dice:

“Yo jamás les daría a mis hijos leche agria”.

Sin querer, sonrío.

Desde <http://www.odradekelcuento.com/3odradek15.htm>

La cuentacuentos RGG

 

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Amábamos a Lía. Ella nos contaba cuentos con su voz, sus manos y nos hacía reír. Era mucho o poco dependiendo del humor del jefe de guardia. Las horas pasaban sin sentir. Nuestros hijos volaban a paraísos y tierras de misterio. Para dilatar el horario algunas presas, las más bellas, dejaban sus senos a la mirada y otras cruzaban y descruzaban sus piernas, así  los soldados, dejaban transcurrir el tiempo. Lía era un viento fresco… en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos de la reja y el fusil.

 

Presición del tono en la narrativa

El tono es la actitud del autor hacia un sujeto o personaje. Las descripciones comunes de tono pueden incluir indiferencia, cordial, brusco, burlón, crítico, humorístico, solemne, alegre, etc. El tono puede ayudar a establecer un estado de ánimo, resaltar las fortalezas o defectos de un personaje o hacer que el lector descubra algo importante que debería saber. El tono también puede reflejar la comprensión del autor de un tema, particularmente en poesía, que mejora la comprensión del lector de los significados ocultos detrás del lenguaje fuertemente figurativo. El tono difiere del estado de ánimo en que, si bien puede ayudar a crear el estado de ánimo, no tiene la intención de agitar las emociones dentro del lector; en cambio, su propósito es revelar la personalidad de un personaje o el autor hacia un sujeto. Por ejemplo, mientras que el amor es a menudo un tema optimista y optimista, para alguien que acaba de tener el corazón roto, el amor es una emoción complicada y devastadora. Romeo revela este tono hacia el amor en The Tragedy of Romeo and Juliet después de que Rosaline lo rechaza antes de conocer a Juliet.

 

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Declaración

El hecho de que hagamos una fila extensa cada quien cargando la sagrada manutención, de ninguna manera quiere decir que lo estamos sustrayendo cínicamente, por eso interponemos una queja y a nombre de todas mis compañeras levantamos la voz para que de su vocabulario desaparezca la despectiva frase de robo-hormiga.

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Seis recomendaciones para hacer un libro de cuentos

En varias ocasiones he sido parte del jurado en concursos de libro de cuentos. En un país como México, ese tipo de certámenes es muchas veces la única oportunidad de publicar que tiene una persona interesada en escribir narraciones breves, así que en todos suele haber una buena cantidad de participantes. También hay tendencias: modas o hábitos que se dejan ver de concurso en concurso y que cambian con los años; también hay errores frecuentes, que no cambian mucho, y que se deben en buena medida al hecho de que –en muchos casos– los participantes en estos concursos escriben exclusivamente para ellos, con el único impulso de presentar un trabajo que pueda aspirar al premio.

La lista que sigue es una serie de sugerencias encaminadas a que una persona interesada en hacer un libro de cuentos pueda corregir esos errores.

Advierto que esto no es una serie de recomendaciones, ni mucho menos una receta infalible, para ganar concursos: de hecho, lo primero que debo recomendar es no escribir exclusivamente pensando en ellos. Los proyectos que valen la pena rara vez se desarrollan en el espacio de tiempo que suele darse entre la apertura y el cierre de una convocatoria.

Además, no hay garantía posible de ganar con justicia ningún concurso. No sólo algunos están arreglados de antemano (aunque suele ocurrir más con los de novela), sino que incluso en los que son honestos ocurre que los gustos diversos, las discusiones y las interacciones de un jurado particular en el día preciso en que le toca deliberar pueden dar por resultado que no gane un trabajo que en otras circunstancias –otros miembros del jurado, otro día, otro camino de las conversaciones– sí hubiera sido premiado. (Tristemente, en muchos casos gana el trabajo que menos polariza las opiniones, aunque no sea el que más entusiasme a ninguno de los involucrados ni el de mejor calidad. Y también debe decirse que nada en esta nota tiene que ver con la tarea de escribir los cuentos que formarán el libro, y que es, finalmente, aquella de la que depende por encima de todo la calidad del trabajo.)

Estas sugerencias están pensadas, simplemente, para ayudar a crear una serie de narraciones en la que sucedan al mismo tiempo los dos mejores efectos que una colección de cuentos puede producir: la impresión de una secuencia de lecturas brillantes por sí mismas, y la experiencia significativa de una lectura mayor: la percepción de un todo que es un poco más que la suma de sus partes sin disminuir a ninguna de ellas. Por otra parte, todo esto puede servir también para proyectos de libro de cuentos que no necesariamente estén pensados para participar en un concurso (véase a este respecto el punto 6 de la lista).

  1. Como decía arriba, no escribir pensando exclusivamente en meter lo escrito en un concurso.
  2. No tratar de llenar un número dado de páginas a toda costa. La mayoría de los concursos tiene límites explícitos de extensión por razones prácticas; siempre se nota cuando alguien intenta no pasarse de un máximo o cuando intenta «estirar» su escrito para alcanzar un mínimo de páginas. Y acaso un libro demasiado largo para un concurso, y presentado con páginas de letra y márgenes pequeños, puede ser un libro valioso, del mismo modo en que puede serlo uno con letra grande y márgenes generosos; pero en ninguno de esos dos casos se consigue engañar a nadie. Lo peor es intentar poner «relleno» en un libro que no tiene suficientes textos de suficiente calidad, porque entonces el conjunto queda definitivamente dañado.
  3. No subestimar la estructura del conjunto. Al contrario de lo que sucedía en otras épocas, en ésta el libro de cuentos puede ser la primera oportunidad (y hasta la única) de que ciertas historias lleguen a sus lectores. Por esto, a lo largo de las últimas décadas, se ha vuelto más importante que en siglos pasados la forma del libro, la percepción del conjunto de los textos que lo componen: de su orden, del ritmo que proponen en la lectura corrida, las resonancias o ecos que se producen entre los textos, etcétera. Algunos lectores buscan también estos efectos (escribí sobre esto hace tiempo). Hay colecciones de cuentos, pues, que pueden ganar en fuerza si se atiende a su estructura general. Un consejo muy extendido es que el libro comience y termine con cuentos muy potentes, de los mejor logrados que se tengan. También se puede considerar alternar cuentos de diferentes extensión o agrupar (o al contrario, separar tanto como se pueda) narraciones de temas o técnicas afines.
  4. A la vez, sin embargo, es necesario no apostarle todo a la estructura, la «unidad temática» o el «proyecto». Tanto en los concursos de cuento como en otros tipos de certámenes (en especial los que se organizan para otorgar becas y otros apoyos), se suele encontrar propuestas con una intención muy clara de lograr cierta estructura o cierta unidad temática. Cuando se trata de evaluar un proyecto todavía no escrito, esa aspiración puede ser muy atrayente porque se piensa que denota que el autor o autora tiene claro lo que desea hacer. Sin embargo, también hay ocasiones en las que se nota que los textos son menos buenos que la idea de su conjunto, es decir, que no se ha trabajado en ellos lo suficiente –pensando en que el ordenamiento potenciará su lectura– o incluso que no hay realmente trabajo detrás y que los textos sólo son relleno de una forma. Para evitar esto, se debe
  5. Poner a prueba cada uno de los cuentos individuales. Si uno es claramente más endeble que el resto, tal vez lo mejor sea eliminarlo del conjunto, incluso si con esto se deja de tener cierto «mínimo» de páginas o se violenta algún ordenamiento preestablecido. Pero cada cuento de una colección debería poder «sostenerse» por sí mismo, sin recurrir a los otros (o, peor, a la buena voluntad de los lectores). Y para terminar: en los concursos de cuento también se da el caso de libros que no ganan en una ocasión, y luego pasan a otro concurso…, que tampoco ganan, y así sucesivamente (yo he visto varios casos así; no sé quiénes serán los autores, por supuesto, pero reconozco los textos y los títulos; alguno llegó a aparecer en no menos de cinco concursos). No hay nada malo en persistir, pero las más de las veces estos libros pasan de un concurso a otro sin ninguna modificación, y en varios casos de los que he visto era claro que las colecciones necesitaban más trabajo ya no digamos para ganar un concurso sino meramente para resultar publicables. Hay veces en que realmente se tiene mala suerte; hay veces que ciertos libros son demasiado distintos del gusto dominante de su tiempo o su entorno, sí, pero también es necesario tener autocrítica. Hay ocasiones en las que simplemente hay que trabajar más en los proyectos, o dejarlos de lado, para que descansen un tiempo… o, incluso, abandonarlos definitivamente; no todo el trabajo del escritor está en lo que se publica, y también se aprende de lo que no se logra. Y siempre se puede comenzar algo nuevo.                                                                                                  edgar-allan-poe-room.png_807875187
    1. http://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/seis-recomendaciones-para-hacer-un-libro-de-cuentos/fbclid=IwAR3wV2VpGqNTjrJC2QREBI47CAojy0cdQ5mcH8uyaxp3VbN_VCAGu8yksy8

DIFÍCIL PARA COMER — manologo

Las verduras han sido, son y serán mi némesis, entendida esta como venganza de la naturaleza sobre mí, porque desde pequeño, lo verde y hojoso que para otros es comestible, apetecible y gratamente digerible, para este servidor, importa lo que un dirigible (y es tan comestible como él); sé que se levantarán voces veganas de […]

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