Cualqier parecido es coincidencia. El miedo a las pandemias.

Hace unos veinte mil años, en un tempestuoso atardecer, el hechicero cro-magnon regresaba de un retiro de tres días en el monte, donde había estado recolectando yerbas mágicas, cuando le informaron que uno de los hombres había llegado enfermo de
una larga jornada cinegética. Seguro de su poder curativo -la ignorancia hace audaces a los médicos se recubrió con su vestimenta de venado y fue a verlo. Apartó el cuero que tapaba la entrada de la caverna e iluminó al enfermo con su antorcha. De inmediato dio un respingo, retrocedió espantado, ordenó levantar el campamento y huir hacia un incierto fin en medio de la noche. En la pustulosa cara del enfermo había reconocido la viruela -o alguna peste similar de la época- cuya horrorosa imagen había recibido a través de los relatos sucesivos de su padre y de su abuelo, y sabía que la muerte era
inevitable.
En 1994, en nuestra Unidad de Infecciosos, solicitamos a un talentoso especialista, hombre muy culto y racional, que evaluara un pequeño paciente. Accediendo de buena gana, contempló un rato al niño a través del vidrio y, en el momento de abrir la puerta
corrediza, preguntó por qué estaba aislado. Al escuchar la palabra SIDA quedó con el pie en alto, alterado el rostro; luego de unos segundos, echó pie atrás y dijo que bastaba con lo que le habían contado, no siendo necesario el examen físico.

Habíamos perdido en Chile, país médicamente desarrollado, este temor irracional que acompaña a las pestes y que deriva de la certeza de poder ser atacado en cualquier momento por una enfermedad fatal, irreversible y atroz. Y no sólo en Chile, sino en
todos los países más o menos avanzados el hombre moderno está convencido que la medicina todo lo cura, careciendo de recursos espirituales para comprender y enfrentar la existencia de una epidemia altamente letal. El especialista que nos visitaba era
un hombre muy instruido y sabía perfectamente cómo se contagia el SIDA y que, por lo tanto, no estaba expuesto, pero pudo más el temor ancestral que la razón.

Esta ha sido siempre la primera humana reacción a las terribles pandemias: pánico. Un miedo súbito, extraordinario, que oscurece la razón. Al pánico sigue la huida, como consecuencia inevitable.

por Walter Lederman

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¿Quién enfermó a Caperucita de Coronavirus? RGG

En alguna parte del bosque.

La última vez que la vi estuvimos en insana distancia. Me encuentro enfermo desde hace ocho días. Hace quince, le pregunté si le iba a dar gripe.
—No creo, tal vez sea el humo de la leña, me dijo.
Ahora, ella está en cuarentena y yo con dolor de garganta y sin deseos de no hacer nada. “como vivo en soledad no contagio a nadie”
Me hace saber que no puede salir de su casa y que su mamá es la que se encarga de todo. Que vea a su abuelita pero que no me la coma. Cómo le digo que llegaron los de salubridad y se la llevaron al hospital.
Me da vueltas la cabeza no saber porqué la mamá de Caperucita no se enfermó. Cerca de su casa está la tienda, donde va dos o tres veces al día a comprar víveres a la tendera, y de ella refieren, que fue el primer caso de la enfermedad que tiene en un “Jesús” a la comunidad. La buena señora es muy trabajadora; tiene un horno que funciona con leña y hace pan cada tercer día para vender.

El bosque está en silencio y eso no es habitual, aparte de la algarabía de los cotorros hace falta el toc-.toc del hacha del leñador. Sé que cada mes tiene que salir para promover su negocio de venta de leña, o bien para entregar pedidos. Negocio que ha extendido a otras comunidades. Hace más de un mes se fue, sin que lo vea, sé que es él quien camina. Esa manía que tiene de ir pegando con un palo a los árboles, lo delata. Desde esa fecha no he vuelto a saber de él. A quien he visto es a su esposa que sale con un machete a leñar las ramas secas. ¿estará enfermo?
No puedo dejar de pensar que hay gato encerrado, ¿Quién le pegó la enfermedad del coronavirus a Caperucita? La mamá no puede ser, puesto que no se enfermó. ¿Acaso, el leñador fue a visitarla? Sé que la tendera es su clienta y con seguridad pasó a la tienda y de ese lugar, a la casa de la mamá de Caperucita, solo media una cuadra. ¿estaría en insana distancia con el leñador? Eso no me lo contaría, bien sabe que entre el leñador y yo tenemos pleito de tiempo atrás.

Intenté una supuesta relación de los hechos: hace mes y medio se fue el leñador en viaje de negocios. Allá lo contagiaron de la enfermedad, entre el que va y viene transcurrieron ocho días y de regreso pasó a la miscelánea y platicó con la dueña (quizá, él ya empezaba con estornudos), después visitó a Caperucita, tal vez solo la saludo, pero me muerden los celos. ¿Y la abuela quién la enfermó?, ¿sería él?
No pude contenerme y fui a casa del leñador. Pregunté a su esposa y me dijo que él no estaba, que se había ido por el atajo.
—Supe que estuvo enfermo.
—¡Ah!, una gripe que con los remedios que le dio la abuelita se curó rápido. Ya solo de vez en cuando tose.
— ¿Y usted no se enfermó?
— No. Me he sentido muy bien.

Días después leí que algunos no enferman y son los portadores sanos.

Ya vino la niña de rojo, pasó de rápido, Fue a la casa de la abuela que ya la dieron de alta. No pude callarme y suavecito le comenté como no dando importancia.
—Supe que fue el leñador a verte.
—Así es, ¿y eso te pone de malas?
—Para nada… y ¿a qué vino?
—Me trajo una bufanda que tejió mi abuela. Había hecho unas galletas y se las mandé con él. y que aprovechara a preguntarle de un remedio contra la gripe, pues no deja de estornudar.
La acompañé por el atajo y cerca de la casa de la abuela me dio un beso y me dijo…Te quiero. Estaré con mi abue unos días.

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Aislamiento y cuarentena Dr. Lederman

Durante las primeras pandemias ya se había observado que el riesgo de enfermar aumentaba al aproximarse a los enfermos o, dicho de otra manera, que los enfermos irradiaban el mal. Nació así el concepto del contagio aéreo. Avicena, el famoso médico del siglo XI, había reparado en que, antes del inicio de la peste, las ratas comenzaban a morir en las calles, pero ni él ni nadie en mucho siglos encontró una explicación, aunque Atanasius Kircher en 1659, vio los animaliculus al microscopio. Luego se observó que las ropas usadas por quienes habían fallecido también podían trasmitir la enfermedad. Estas observaciones fueron confirmadas ampliamente durante la peste negra, dada su duración y extensión, que permitieron hacer muchas constataciones. Las consecuencias fueron dos conceptos profilácticos: el aislamiento (huida) y el acordonamiento (cuarentena, protección de fronteras) (Tabla 2). ¿Contagio?

Eludir a los enfermos

Sepultar o quemar muertos

Abandonar los lugares

Acordonar los lugares

Del aislamiento tomamos tempranamente nota en Bocaccio. Recordemos como unas nobles damas y gentiles caballeros huyen de la ciudad y se aíslan en una villa, donde matan el tiempo relatándose historias picarescas. Huyen así del mal aire que rodea a los enfermos y a los muertos. Mucho más tarde, Daniel Defoe, autor conocido más que todo por su Robinson Crusoe, aporta otros antecedentes en El año de la peste, donde relata cómo Inglaterra, que hasta entonces se había escapado de la enfermedad por su insularidad, fue finalmente afectada por una gran epidemia en 1665. Algunos ingleses, imitando a los personajes de Bocaccio, pusieron agua por medio y se fueron a los buques anclados mar afuera, donde perecieron igual, pues llevaban la bacteria con ellos. Defoe relata las crueles prácticas de aislamiento adoptadas, que condenaban a muerte a familias enteras, obligándolos a permanecer encerrados en sus casas junto a los moribundos, con guardias en las puertas delantera y trasera, los que muchas veces fueron asesinados.

Cordón sanitario y cuarentena

La cuarentena nació en 1374, con el edicto de Reggio, ciudad de Módena, Italia. En realidad fue un cordón sanitario, pues el término cuarentena derivó en término marítimo, aplicándose un período de aislamiento a los buques que llegaban de puertos de mala fama médica. Este período llevaba implícita la idea del período de incubación. El primer puerto en que se decretó cuarentena (que fue sólo treintena: luego se ampliaría) fue Ragusa (hoy Dubrovnik, Bosnia-Herzegovina, sobre el Adriático) en 1377. Seis años después, Marsella aumentó el plazo a los cuarenta días. En el siglo XV este período de observación o cuarentena hizo nacer el lazareto, también en Marsella, 1476, lugar complementario donde los pasajeros debían permanecer en espera que pasase el período de contagio arbitrariamente establecido. Con el tiempo llegaron a establecerse complejos reglamentos. Según el puerto de procedencia o los puertos que hubiera tocado en su viaje, el barco se calificaba de patente ‘limpia’ o ‘sucia’. Si era ‘sucia’, los objetos debían quedar en la cubierta del barco, oreándose ‘ al sereno’ (período de sereinage), los pasajeros sanos cumplir cuarentena en el lazareto y los enfermos ir al hospital. Según la enfermedad, los plazos variaban entre 8 y 30 días. ¡En 1784, Marsella imponía 50 días de cuarentena a los buques procedentes de Túnez y Argel ! Luego del período de serenaige, barco, bártulos y enseres se desinfectaban con vapores de cloro (Tabla 3).

¿Contagio?
Eludir a los enfermos
Sepultar o quemar muertos
Abandonar los lugares
Acordonar los lugares

Del aislamiento tomamos tempranamente nota en Bocaccio.
Recordemos como unas nobles damas y gentiles caballeros huyen de la ciudad y se aislan en una villa, donde matan el tiempo relatándose historias picarescas. Huyen así del malaire que rodea a los enfermos y a los muertos. Mucho más tarde, Daniel Defoe,
autor conocido más que todo por su Robinson Crusoe, aporta otros antecedentes en El año de la peste, donde relata cómo Inglaterra, que hasta entonces se había escapado de la enfermedad por su insularidad, fue finalmente afectada por una gran epidemia en 1665. Algunos ingleses, imitando a los personajes de Bocaccio, pusieron agua por medio y se fueron a los buques anclados mar afuera, donde perecieron igual, pues llevaban la bacteria con ellos. Defoe relata las crueles prácticas de aislamiento adoptadas, que
condenaban a muerte a familias enteras, obligándolos a permanecer encerrados en
sus casas junto a los moribundos, con guardias en las puertas delantera y trasera, los que muchas veces fueron asesinados.

Cordón sanitario y cuarentena

La cuarentena nació en 1374, con el edicto de Reggio, ciudad de Módena, Italia. En realidad fue un cordón sanitario, pues el término cuarentena derivó en término marítimo, aplicándose un período de aislamiento a los buques que llegaban de puertos de mala fama médica. Este período llevaba implícita la idea del período de incubación. El primer puerto en que se decretó cuarentena (que fue sólo treintena: luego se ampliaría) fue Ragusa (hoy Dubrovnik, Bosnia-Herzegovina, sobre el Adriático) en 1377. Seis años después, Marsella aumentó el plazo a los cuarenta días. En el siglo XV este período de observación o cuarentena hizo nacer el lazareto -también en Marsella-, 1476, lugar complementario donde los pasajeros debían permanecer en espera que pasase el  período de contagio arbitrariamente establecido. Con el tiempo llegaron a establecerse complejos reglamentos. Según el puerto de procedencia o los puertos que hubiera tocado en su viaje, el barco se calificaba de patente ‘limpia’ o ‘sucia’. Si era ‘sucia’, los objetos debían quedar en la cubierta del barco, oreándose ‘ al sereno’ (período de sereinage), los pasajeros sanos cumplir cuarentena en el lazareto y los enfermos ir al hospital. Según la
enfermedad, los plazos variaban entre 8 y 30 días. ¡En 1784, Marsella imponía 50
días de cuarentena a los buques procedentes de Túnez y Argel ! Luego del período
de serenaige, barco, bártulos y enseres se desinfectaban con vapores de cloro.

Historias de las epidemias Dr Lederman

Walt Witman, mañana, aniversario luctuoso

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú
puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre.No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.

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Walter Whitman nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, un caserío rural de Huntington, en el centro de Long Island, Nueva York. Descendiente de varias generaciones de americanos con orígenes ingleses y holandeses, fue el segundo de nueve hijos del matrimonio formado por el carpintero y granjero Walter Whitman y Louisa Van Velsor Whitman. Desde su nacimiento, el poeta sería llamado “Walt” para evitar confusiones con su progenitor. Walt creció en un hogar con una religiosidad cercana a las ideas de los cuáqueros, según los cuales cada persona lleva en su interior una brizna de divinidad. El poeta nunca abandonaría esa convicción. El sincero patriotismo del padre se reflejó en los nombres escogidos para tres de sus vástagos: Andrew Jackson, George Washington y Thomas Jefferson. El poeta bromearía más adelante, asegurando que mantenía un estrecho parentesco con los padres fundadores de la nación.

El portador sano y el covid 19

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Un portador sano es aquel que sin tener la enfermedad es capaz de transmitirla. Parece ser que un individuo presintomático tiene ese atributo también. Pero, ¿si está asintomático como es que llega al suceptible? posiblemente por las gotitas que se expulsan al hablar. Si lo anterior es validado, la acción de una sana distancia es de gran valor. Y cómo no sé si el de enfrente es un portador asintomático o está incubando la enfermedad lo mejor es retirarse metro y medio y si tiene obesidad, hipertensión o inmunodeficiencia o si es un sesentón, lo mejor es guardarse en la casa. RGG

 

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La hermana de Shakespeare *Woolf, Virginia

 
La hermana de Shakespeare *
Woolf, Virginia, Un cuarto propio, Buenos Aires, Ediciones Sur, 1980. Traducción de Jorge Luis Borges.
(…) Hubiera sido imposible, completa y enteramente imposible, que una mujer compusiera las piezas de Shakespeare en el tiempo de Shakespeare. Imaginemos, ya que los hechos son tan difíciles de atrapar, qué hubiera sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana, maravillosamente dotada, llamada Judith, supongamos. Shakespeare iba, es muy probable –su madre era una heredera-, a un liceo, donde aprendería latín –Ovidio, Virgilio y Horacio- y los elementos de la gramática y la lógica. Era, quien no lo sabe, un muchacho travieso que robaba conejos, tal vez mató un ciervo, y tuvo, antes de lo debido, que casarse con una mujer de la vecindad, que le dio un hijo, también antes de lo debido. Esa aventura lo llevó a Londres a buscar fortuna. Tenía, parece, inclinación por el teatro; empezó cuidando caballos en la puerta.
Pronto consiguió trabajo en el teatro, tuvo éxito como actor, y vivió en el centro del universo, frecuentando a todo el mundo, conociendo a todo el mundo, ejerciendo su arte en las tablas, ejercitando su agudeza en las calles, y haciéndose admitir hasta en el palacio real. Mientras tanto, su bien dotada hermana, supongamos, se quedaba en casa. Era tan audaz, tan imaginativa, tan impaciente de ver el mundo como él. Pero no la mandaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática y lógica, menos aún de leer a Virgilio y Horacio. Hojeaba de vez en cuando un libro, uno de su hermano, quizá, y leía unas cuantas páginas. Pero entonces, venían los padres y le decían que fuera a zurcir las medias o atendiera el guiso y no malgastara su tiempo con libros y papeles. Le hablaría claro pero bondadosamente, porque eran personas de peso que sabían las condiciones de vida propias de una mujer y querían a su hija. En verdad, lo más verosímil es que la adorara su padre.
Quizá garabateó algunas páginas a escondidas, en el desván de las manzanas, pero tuvo buen cuidado de esconderlas o prenderles fuego. Sin embargo, antes de los veinte años, decidieron comprometerla con el hijo de un vecino clasificador de lana. Dijo a gritos que odiaba el matrimonio, y su padre la azotó severamente. Entonces dejó de reírla. Le rogó que no lo disgustara y no lo avergonzara en aquel asunto del casamiento. Le daría un collar de cuentas y una linda enagua, le dijo; y tenía lágrimas en los ojos. ¿Cómo desobedecerlo? ¿Cómo partirle el corazón? La fuerza de su vocación la impulsó. Hizo un atadito de sus cosas, se deslizó una noche de verano por una cuerda y tomó el camino de Londres. No había cumplido aún diecisiete años. Los pájaros que cantaban en los cercos eran más musicales. Tenía la más pronta imaginación, un don como su hermano para la música de las palabras. Como él, tenía inclinación por el teatro. Se paró en la puerta del teatro; dijo que quería representar. Los hombres se le rieron en la cara. El empresario –un hombre gordo de labio caído- soltó la carcajada. Rezongó algo sobre perros bailando y mujeres representando –no ha mujer, dijo, que pueda ser actriz. –Insinuó- lo que ustedes imaginan. Ella no tenía dónde aprender. ¿Podía acaso buscar su comida en una taberna o rondar las calles a medianoche?
Sin embargo, su inclinación era novelística y quería alimentarse infinitamente de vidas de hombre y de mujeres y del estudio de sus modos de ser. Al fin –porque era muy joven, muy parecida de rostro a Shakespeare el poeta, con los mismos ojos grises y las cejas arqueadas- al fin Nick Greene el empresario se apiadó de ella; un buen día, se encontró encinta y entonces -¿quién medirá el calor y la violencia de un corazón de poeta, arraigado y envuelto en el cuerpo de una mujer?- se mató una noche de invierno y tace enterrada en alguna encrucijada donde ahora se detienen los ómnibus frente al Elefante y la Torre.
Así, más o menos, hubiera sido la historia, me parece, si una mujer en tiempo de Shakespeare, hubiera tenido el genio de Shakespeare. Porque el genio de Shakespeare no nace de gente de trabajo, ineducada y servil. (…)”
* El subtitulado es nuestro.
 Un cuarto propio, Buenos Aires, Ediciones Sur, 1980. Traducción de Jorge Luis Borges.

Déjenlo todo de André Breton

Dejen Dada.

Dejen su esposa, dejen su amante.

Dejen sus esperanzas y sus temores.

Abandonen a sus hijos en medio del bosque.

Suelten el pájaro en mano por los cien que están volando.

Dejen si es necesario una vida cómoda, aquello que se les presenta como una situación con porvenir.

Salgan a los caminos.

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Camus, Albert, El extranjero, fragmento

 

“Todo fue muy rápido después. La audiencia se levantó. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche reconocí en un breve instante el olor y el color de la noche de verano. En la oscuridad de la cárcel rodante encontré uno por uno, surgidos de lo hondo de mi fatiga, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de cierta hora en la que me ocurría sentirme feliz. El grito de los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de los vendedores de emparedados, la queja de los tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo esto recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía bien antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hace ya mucho tiempo, me sentía contento. Entonces me esperaba siempre un sueño ligero y sin pesadillas. Y sin embargo, había cambiado, pues a la espera del día siguiente fue la celda lo que volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.

 

(Mondovi, Argelia, 1913 – Villeblerin, Francia, 1960) Novelista, dramaturgo y ensayista francés. Nacido en el seno de una modesta familia de emigrantes franceses, su infancia y gran parte de su juventud transcurrieron en Argelia. Inteligente y disciplinado, empezó estudios de filosofía en la Universidad de Argel, que no pudo concluir debido a que enfermó de tuberculosis.

Albert Camus

Formó entonces una compañía de teatro de aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado por trabajadores. Luego ejerció como periodista durante un corto período de tiempo en un diario de la capital argelina, mientras viajaba intensamente por Europa. En 1939 publicó Bodas, conjunto de artículos que incluyen numerosas reflexiones inspiradas en sus lecturas y viajes. En 1940 marchó a París, donde pronto encontró trabajo como redactor en Paris-Soir.

Albert Camus empezó a ser conocido en 1942, cuando se publicaron su novela corta El extranjero, ambientada en Argelia, y el ensayo El mito de Sísifo, obras que se complementan y que reflejan la influencia que sobre él tuvo el existencialismo. Tal influjo se materializa en una visión del destino humano como absurdo, y su mejor exponente quizá sea el «extranjero» de su novela, incapaz de participar en las pasiones de los hombres y que vive incluso su propia desgracia desde una indiferencia absoluta, la misma, según Camus, que marca la naturaleza y el mundo.

Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial se implicó en los acontecimientos del momento: militó en la Resistencia y fue uno de los fundadores del periódico clandestino Combat, y de 1945 a 1947, su director y editorialista. Sus primeras obras de teatro, El malentendido y Calígula, prolongan esta línea de pensamiento que tanto debe al existencialismo, mientras los problemas que había planteado la guerra le inspiraron Cartas a un amigo alemán.

Su novela La peste (1947) supone un cierto cambio en su pensamiento: la idea de la solidaridad y la capacidad de resistencia humana frente a la tragedia de vivir se impone a la noción del absurdo. La peste es a la vez una obra realista y alegórica, una reconstrucción mítica de los sentimientos del hombre europeo de la posguerra, de sus terrores más agobiantes. El autor precisó su nueva perspectiva en otros escritos, como el ensayo El hombre en rebeldía (1951) y en relatos breves como La caída y El exilio y el reino, obras en que orientó su moral de la rebeldía hacia un ideal que salvara los más altos valores morales y espirituales, cuya necesidad le parece tanto más evidente cuanto mayor es su convicción del absurdo del mundo.

Si la concepción del mundo lo emparenta con el existencialismo de Jean-Paul Sartre y su definición del hombre como «pasión inútil», las relaciones entre ambos estuvieron marcadas por una agria polémica. Mientras Sartre lo acusaba de independencia de criterio, de estirilidad y de ineficacia, Camus tachaba de inmoral la vinculación política de aquél con el comunismo.

De gran interés es también su serie de crónicas periodísticas Actuelles. Tradujo al francés La devoción de la cruz, de Calderón de la Barca, y El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. En 1963 se publicaron, con el título de Cuadernos, sus notas de diario escritas entre 1935 y 1942. Galardonado en 1957 con el Premio Nobel de Literatura, falleció en un accidente de automóvil.

Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Albert Camus. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/camus.htm el 24 de marzo de 2020.

TOLSTOI DESCUBRE LAS CUALIDADES DE LA MINIFICCIÓN DE ALBERTO CHIMAL

Todavía se puede encon­trar en inter­net un artículo del escritor español Andrés Ibáñez, pub­li­cado el 22 de marzo de 2009 en diario español ABC. Es un texto con­tra la minific­ción: una invec­tiva que desar­rolla el viejo tema de que el micror­re­lato —así lo llama Ibáñez— es sólo un chiste sin mayor mérito, una ocur­ren­cia que pre­fieren quienes no quieren o no pueden esforzarse en escribir algo más mer­i­to­rio, es decir, una nov­ela. El texto estaba escrito para indig­nar y lo con­siguió, a juz­gar por la respuesta de un buen número de ciber­nau­tas españoles que dis­cutieron la cuestión, en muchas oca­siones de forma airada, mien­tras le duró la novedad.

He aquí los dos pár­rafos ini­ciales del texto de Ibáñez:

¿Cono­cen ust­edes la anéc­dota de Tol­stoi y los micror­re­latos? Después de escribir varias nov­e­las de inmensa lon­gi­tud (Guerra y paz, Anna Karen­ina, Res­ur­rec­ción), un peri­odista le pre­guntó al anciano escritor que por qué no intentaba el género del micror­re­lato. Y Tol­stoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, con­testó: “Porque son muy aburridos.”

Me parece una exce­lente respuesta. Los micror­re­latos, en efecto, son muy abur­ri­dos. Y no es ese, prob­a­ble­mente, el peor de sus defec­tos. Me atrevería a decir que los micror­re­latos son a la lit­er­atura lo que un sobrecito de ketchup es a la ali­mentación humana. En otras pal­abras, que los micror­re­latos no son en real­i­dad lit­er­atura porque no son, en real­i­dad, nada. No son un género lit­er­ario. No son un relato muy breve. No son “el resul­tado de una enorme depu­ración expre­siva”. En el 99.99 por ciento de los casos no son más que chor­radas. Y chor­radas llenas de clichés, además. Micror­re­lato: la mín­ima exten­sión que puede alcan­zar una obra lit­er­aria de cal­i­dad pésima.

Como se ve, la entonación es más impor­tante que la argu­mentación en el artículo; no repro­duzco el resto porque sigue más o menos la misma línea y, en real­i­dad, no ofrece argu­men­tos que no se hayan repro­ducido en cien oca­siones: los lugares comunes, por otra parte, incluyen la riqueza mayor de los tex­tos abun­dantes y lo “fácil” que es escribir breve. En el fondo el texto no es más que una bra­vata: la man­i­festación de una pose más o menos estu­di­ada, como tan­tos que se pub­li­can en todas partes.

Me interesa más notar el hecho de que el arranque del texto de Ibáñez, la anéc­dota de Tol­stoi, es una mala minific­ción: un chiste con­ser­vador. Parte de un lugar común —reducir a Tol­stoi a la car­i­catura de “el tipo que escribía libros gor­dos”— y entonces, sin ninguna ironía, agrega la sug­eren­cia de que le divertía escribir­los y, tal vez, tam­bién leer­los: poco más podemos inferir de que el micror­re­lato aburra al per­son­aje. Ni siquiera se aprovecha el anacro­nismo de que el con­cepto de la minific­ción se inventó después de la muerte de Tolstoi.

Sólo hay una o dos cosas en las que Ibáñez acierta, y una de ellas es que no hay muchas bue­nas minific­ciones. La de él es un ejem­plo. Por otro lado, eso sig­nifica que la nar­ración debe ser real­mente fácil de mejo­rar. Intentémoslo.

Ten­dríamos que empezar por con­sid­erar el remate. Como no se trata de mostrar fidel­i­dad a la real­i­dad histórica ni a ningún dogma lit­er­ario, sino de crear un texto intere­sante, podemos quedarnos con el anacro­nismo de oír a Tol­stoi opinando sobre la minific­ción, pero tam­bién podemos bus­car una paradoja autén­tica: la paradoja, en una buena minific­ción, acos­tum­bra ser un modo de con­frontar las ideas pre­con­ce­bidas del lec­tor, y no de reforzarlas. Dig­amos, sólo por seguir con el juego, que a Tol­stoi no le dis­gusta­ban las minific­ciones sino que le encanta­ban, pero no las escribía porque no era capaz. Una nueva ver­sión de la anéc­dota con este cam­bio paradójico podría ser:

¿Cono­cen ust­edes la anéc­dota de Tol­stoi y los micror­re­latos? Después de escribir varias nov­e­las de inmensa lon­gi­tud (Guerra y paz, Anna Karen­ina, Res­ur­rec­ción), un peri­odista le pre­guntó al anciano escritor que por qué no intentaba el género del micror­re­lato. Y Tol­stoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, con­testó: “Porque son muy difíciles.”

Está un poco mejor, tal vez, pero ahora hace falta elim­i­nar la pal­abr­ería: nada de pre­senta­ciones del autor (”Cono­cen ust­edes”, etc.) y nada de expli­ca­ciones: si alguien no sabe quién fue Tol­stoi lo apren­derá mejor de Guerra y paz o Ana Karen­ina, de un libro sobre el escritor o de Wikipedia. Y pre­cisa­mente el sen­tido de una buena minific­ción es jugar con lo que su lec­tor ya sabe: el efecto de las rela­ciones inter­tex­tuales llega al máx­imo posi­ble en la minific­ción porque ape­nas hay más que esas rela­ciones ante la vista del lec­tor. Así que la sigu­iente revisión podría ser:

Un peri­odista le pre­guntó a Tol­stoi que por qué no intentaba el género del micror­re­lato. Y Tol­stoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, con­testó: “Porque son muy difíciles”.

Pero todavía no es sufi­ciente. La acotación “que nunca tuvo pelos en la lengua” podría haber servido en la “denun­cia” de la minific­ción que está en el fondo del texto de Ibáñez, porque la frase hecha sug­iere que se habla de una per­sona valiente, que no tiene miedo de inco­modar a otros con sus opin­iones. A esta altura, sin embargo, la declaración de Tol­stoi ya no es un “atre­vimiento” en el sen­tido que pre­tendía tener en el texto de Ibáñez. La acotación se puede quitar, por lo tanto, y junto con ella puede elim­i­narse tam­bién la men­ción explícita del peri­odista, que tam­poco sirve de nada pues la pre­gunta podría hac­erla Tur­guéniev, Dos­toievsky, el Dalai Lama, cualquiera. Una nueva iteración podría ser, por tanto:

Le pre­gun­taron a Tol­stoi por qué no intentaba el género del micror­re­lato. Él contestó:

—Porque es muy difícil.

Pero todavía no es sufi­ciente. Como en este caso la opinión paradójica de Tol­stoi se ha vuelto más lla­ma­tiva que cualquier otra cosa, la inter­ven­ción del nar­rador podría elim­i­narse por com­pleto para que no le estorbe y el texto podría quedar así:

—Señor Tol­stoi, ¿por qué no intenta el género del microrrelato?

—Porque es muy difícil.

O más enfáticamente:

—Señor Tol­stoi, ¿por qué no escribe minificciones?

—¡Porque son muy difíciles!

Tal vez el resul­tado tam­poco es tan bueno. Un lugar común en el que tam­bién acierta el texto de Ibáñez es el de que muchos creen que hacer minific­ción es fácil. Pero aquí, como en el tra­bajo habit­ual de la minific­ción, tal vez todo lo que queda, luego de tan­tas podas y mod­i­fi­ca­ciones, es tirar el texto a la basura. Algo que no siem­pre se ve es que la minific­ción no trata de lograr la brevedad por la brevedad misma; quienes bus­can el cuento más corto del mundo (típi­ca­mente se plantea así: el que supere en brevedad a “El dinosaurio” de Mon­ter­roso) cor­ren el riesgo de caer en una suerte de machismo al revés (“a ver quién la tiene más chica”) y pro­ducir meros jue­gos deriv­a­tivos, gestos imposi­bles de leer sin una larga glosa… y en efecto, abur­ridísi­mos; esto es el otro juicio con el que Ibáñez, si no con­sigue ser orig­i­nal, al menos tiene razón.

Por otra parte, hay algo que Ibáñez, y algu­nas de las (pocas) per­sonas que lo defendieron razon­able­mente, no tienen en cuenta en ningún momento: la may­oría de las minific­ciones que valen la pena exis­ten acom­pañadas, pero no de un aparato de lec­tura a modo, sino de otras minific­ciones: se escriben y se pub­li­can en series y su propósito no es que ten­gan la con­tun­den­cia de un cuento tradi­cional sino que logren, por acu­mu­lación, una impre­sión de vastedad dis­tinta a la que logra una nov­ela: la de las varia­ciones que se pueden crear sobre un con­cepto, una idea, una ref­er­en­cia inter­tex­tual, un tema. Quienes ata­can la minific­ción declarando que no cono­cen buenos libros com­ple­tos de la espe­cial­i­dad deberían aso­marse, por dar sólo unos pocos ejem­p­los, a la obra de Ana María Shua, de José de la Col­ina, de Mario Lev­rero, de José Luis Zárate…, todos llenos de este tipo de series. Es muy difí­cil escribir, desde luego, bue­nas colec­ciones así, porque cada “tér­mino” de la serie debe pro­poner efec­ti­va­mente alguna novedad y no quedarse en el refrito o el chiste fácil. Pero puede hac­erse. A lo mejor algún microcuen­tista de tal­ento podría, incluso, crear una sexta ver­sión de Tol­stoi y colo­carla en un con­junto que ironizara sobre ideas recibidas, que hablara de las espe­cial­i­dades literarias…

Todo esto tiene el propósito de sug­erir que la “depu­ración” en la que Ibáñez no cree sí es posi­ble. Hay quienes la lle­van a cabo y han pro­ducido, luego de muchos tra­ba­jos, tex­tos extra­or­di­nar­ios. Es cierto que la mayor parte de las per­sonas que escribe minific­ciones no se toma nada de este tra­bajo y pro­duce (y pub­lica, dios nos asista) pura por­quería. Pero tam­bién es una por­quería la mayor parte de los grandes y gor­dos nov­el­ones, las esbeltas nou­velles, los dis­cur­sos de los políti­cos, los planos arqui­tec­tóni­cos, las com­posi­ciones musi­cales, los peina­dos en el salón de belleza, los planes de gob­ierno, etcétera.

Una última obser­vación: si a usted le interesa leer y no le gusta la minific­ción, no la lea. Así de fácil. Déjenos leer en paz a los demás y no habrá ningún prob­lema. Pero si le interesa escribir y no le gusta la minific­ción, entonces léala de todos modos: busque buenos ejem­p­los, aunque le cueste (aunque haya tan­tos tex­tos malos por ahí, aunque no se sienta cómodo en his­to­rias de menos de 500 pági­nas) porque de lo que se trata en su caso es de enter­arse de todo lo que hay, de ir un poco más allá de lo que ya conoce. Vea los des­fig­uros de quienes lo rodean y se dará cuenta de que usted está, aunque sea por poco, en el grupo de los más ame­naza­dos por los pre­juicios y los clichés.

Pub­li­cado en la edi­ción 149 de Crítica


Por Alberto Chimal

Alberto Chi­mal es un escritor mex­i­cano. Autor de más de una docena de libros de nar­ra­tiva, ensayo y dra­matur­gia; colab­o­rador fre­cuente de revis­tas y suple­men­tos, y pro­fe­sor y coor­di­nador de talleres con larga expe­ri­en­cia, Chi­mal ha sido con­sid­er­ado “uno de los escritores más orig­i­nales y enér­gi­cos” de su país (de acuerdo con CNN en español) y uno de los 100 mex­i­canos más desta­ca­dos de su gen­eración (según la revista Día Siete). Además es el primer autor de su gen­eración en ser objeto de un vol­u­men de estu­dios académi­cos: la colec­ción Mito, fan­tasía y recep­ción en la obra de Alberto Chi­mal, com­pi­lada por Samuel Gor­don y pub­li­cada por la Uni­ver­si­dad Iberoamericana.

 http://revistacritica.com/ensayo-literario/tolstoi-descubre-las-cualidades-de-la-minificcion

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Sueñero

Sueño que duermo abrazado a tu talle; que te despierto y grito y te asustas. 

-¡No eres mi esposo!

¡ ni tú,  mi mujer!

Después de la sorpresa seguimos durmiendo.

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La mano de Goetz von Berlichingen, Jean Ray (1887-1964)

Habitábamos en Gante, en el Ham, una casa grande y antigua, tan grande que yo estaba convencido de poder extraviarme en ella en el transcurso de mis desobedientes incursiones a los pisos superiores. Hoy existe aún; pero sobre ella pesan el silencio y el polvo del olvido, ya que no hay nadie que quiera habitarla con cariño.

Dos generaciones de marinos y de viajantes vivieron en ella, y, como el puerto está cerca, la llamada de las sirenas armoniza bien con las inmensas resonancias de los sótanos y los ecos empobrecidos de la calle sin alegría que es el Ham. Elodie, nuestra anciana criada, que estableció para su uso particular un calendario de santos propicios a las fiestas y a los ágapes familiares, había canonizado, en cierto modo, a algunos de nuestros amigos y visitantes, y, entre ellos, el más aureolado de gloria fue sin duda mi tío Frans-Pieter Kwansuys. Este hombre de bien y de alma grande no era tío mío, sino, todo lo más, primo lejano de mi madre.

Sin embargo, su gloria, de darle ese nombre tan íntimo, recaía sobre nosotros. Los días en que Elodie hacía pato asado o doraba a fuego lento los panecillos de melaza, él tomaba parte en el festín, porque era «de buen paladar» y discurría agradablemente a propósito de manjares, salsas y especias.

Frans-Pieter Kwansuys había vivido doce años en Alemania, se había casado allí y allí había enterrado, después de diez años de gran cariño, a su mujer y a su felicidad. Se había traído, aparte de sus queridos recuerdos cuyo secreto guardaba celosamente, el amor a los libros y a la sabiduría: un discurso de Goethe; una excelente traducción de la Jobsiade, ese poema heroico-cómico de Zacharie, tan agradable que parece digno, por su humor y su inspiración, de Holberg; algunas páginas sueltas de la extraña novela picaresca de Christian Reuter, Schelmuffski’s Abenteuer; un fragmento de un tratado de espagírica, de Kurt Auerbach, y algunas empalagosas imitaciones del Tagebuch eines Beobachters seines selbst, de Lovater. Hoy, toda esa literatura polvorienta es mía, porque me la legó mi tío Kwansuys, con la esperanza de que, un día, pudiese sacarle algún provecho.

¡Ay! No he respondido a esta última esperanza y solamente el grito desesperado de Goetz von Belichingen…, aquel formidable héroe de un siglo atormentado que el discurso de mi querido tío sobre Goethe sacó a luz de forma tan curiosa…, queda vivo en mi memoria:

«¡Escribir! Eso no es más que un ocio atareado…»

Por cinco veces, sirviéndose de lápices de colores diferentes, mi tío subrayó esta frase. ¡Silencio y polvo!.. ¡Qué difícil es animar todo esto!.. Y si lo hago, es por culpa de la señal que recibo desde el fondo de las tinieblas.

El tío Kwansuys vivía en una casa vecina a la nuestra, en ese largo y desagradable Ham, sempiternamente crepuscular. Era menos grande que la nuestra, pero más oscura aún y más sonora durante los días de vendaval y lluvia. Sin embargo, habíase sustraído al ambiente taciturno, a la frialdad de las «cocinas bodegas» y a la oscuridad de los pasillos, una habitación alta y clara, tapizada de amarillo, calentada por una espléndida estufa Marlbach e iluminada por una lámpara de doble mecha que bajaba de la moldura central del techo con ayuda de un triple cable dorado. Durante el día, la masiva mesa ovalada desaparecía bajo los libros y las carpetas repletas de láminas; pero por la noche, a la hora de la cena, se cubría con un mantel blanco bordado en azul y naranja, y se cargaba de hermosa porcelana de Tournai y de cristal de Bohemia.

Se comían cosas exquisitas en aquellos platos y se bebían, en altas copas, vinos del Rin y del Bordelais. Alrededor de esta mesa, el tío Kwansuys reunía amigos que le eran queridos por la atención y la gran admiración que prestaban a sus discursos. Aún los veo, felices de atracarse de pierna de cordero asada al ajillo, de pollo salado, de raya adobada y de pastel de oca; pero también satisfechos, al parecer, de escuchar las doctas palabras de su anfitrión.

Eran cuatro: monsieur van Piperzele, que era doctor en algo, aunque no en medicina; el dulce y tímido Finjaer; el grueso y plácido Binus Compernolle, y el capitán Coppejans. Coppejans era ya tan capitán como Frans Kwansuys tío mío. Había navegado y poseía el título de capitán de barco de cabotaje. Elodie le consideraba como buen consejero y hombre de gran talento, lo cual continuó creyendo, sin sombra de pruebas. Una noche en que monsieur van Piperzele cortaba la tarta de macarrones y el capitán Coppejans escanciaba el ron, el kummel y el chartreuse verde en las copas, el tío continuó su discurso sobre Goethe en el punto en que lo interrumpiera la antevíspera, es decir, el día en que comieron la cabeza de ternera con salsa de tortuga. «Continuó con la obra maestra de Goethe, el admirable Goetz von Berlichingen. Fue, pues, durante uno de los valerosos ataques de este hombre de honor contra el obispo de Bamberg, los mercaderes de Nuremberg o los burgueses de Colonia cuando Goetz perdió la mano derecha.

Un hábil artesano en metales le hizo una mano de quíntuples resortes con la cual podía seguir manejando la espada.

En este punto, el dulce Finjaer intervino:

—Una obra maestra de la mecánica, diríase.

—Recuerdo —dijo el capitán Coppejans— que a mi timonel, Petrus D’hont, se le quedó aprisionado el puño entre el cabrestante y el cable de hierro, y la mano quedó cortada totalmente. Luego, llevaba un gancho de hierro; lo cual quiere decir que en nuestra época no se sabe hacer manos parecidas a la de Goetz.

El tío Kwansuys inclinó la cabeza en señal de condescendencia a esas vanas palabras.

—Recordad, amigos míos —dijo—, estas palabras dignas de la eternidad del bronce, con que acaba el drama de Goethe: «¡Hombre noble! ¡Hombre generoso! ¡Maldito sea el siglo que te ha rechazado!»

Al decir esto, mi tío se quitó las gafas y guiñó los ojos. El doctor van Piperzele, servil como de costumbre, le imitó, como si participase algún secreto con él.

—Este hermoso final, ¡ay!, no está de acuerdo con la verdad, y lo deploro —continuó el orador—. Goetz von Berlichingen, considerado como rebelde, fue encerrado en la cárcel de Augsburgo, en donde permaneció dos años. El emperador le concedió inmediatamente la libertad de retirarse a sus tierras y de vivir en el castillo de Juxthausen, a cambio de su palabra de caballero de no salir jamás de sus dominios ni de volver a tomar las armas en provecho del partido que fuese. Quince años más tarde, Carlos Quinto le relevó de su promesa, y Goetz, ebrio de felicidad, siguió al emperador a Francia, España y los Países Bajos. Tras la abdicación del soberano en Yuste, Goetz retornó a Alemania, donde murió siete años después. Ahora bien…

Nuevo guiño, imitado por monsieur van Piperzele.

—¡Después de su estancia en los Países Bajos, Goetz no llevaba ya su mano de hierro!

—Se encuentra —comenzó a decir Finjaer— en el museo de…

Mi tío Kwansuys le impuso silencio:

—De Nurenberg, de Viena o de Constantinopla… ¿Qué importa? Puesto que sólo es un guantelete sin vida colocado dentro de una urna de cristal. Esta mano, la verdadera, que permitía a Goetz sostener la espada y hasta la pluma de ave, se perdió o la robaron en…

Alzó la mano y sus ojos arrojaron llamas.

—…en Gantes, la ciudad maravillosa de Carlos Quinto, donde Goetz von Berlichingen permaneció al lado del emperador. Es allí donde se encuentra aún y es allí, por tanto, donde yo iré a buscarla.

No se puede negar a Frans-Pieter Kwansuys, a falta de una verdadera erudición, el espíritu testarudo de la búsqueda o investigación benedictina. Los papeles que yo he examinado después de su muerte me lo demuestran. Pero sus investigaciones me parecieron bastante inútiles, sin un fin determinado, hechas al azar de los hallazgos de biblioteca. Transcribió una parte de los tres volúmenes del valiente escritor flamenco Degrave, quien trató de demostrar, de la forma más seria del mundo, que Homero y Hesiodo eran originarios de Flandes, y quien tradujo del latín, con textos originales a la vista, la disertación del doctor flamenco Paschasius Justus sobre «los juegos de azar y la enfermedad de jugarse el dinero.

Paschasius… Paschasius —le he oído murmurar alguna vez—, ese espíritu curioso del siglo dieciséis, nos hubiese dejado numerosos escritos si el miedo a la hoguera no hubiese obsesionado sus días y sus noches. Adoptó ese nombre por admiración hacia Paschase Radbert, cura de Corbie en el siglo noveno, autor de muy hermosas páginas de Teología. ¡Ah, mi dulce Paschasius!.. ¡Oh, mi viejo amigo, perdido en los siglos huidos!.. ¡Ayúdame, socórreme!..

No puedo decir de qué forma la sombra evocada del doctor magnífico acudió en ayuda de mi tío durante la fatal búsqueda de la mano de hierro. Pero es seguro que tuvo que jugar en ello un papel importante. En el transcurso de la semana que siguió a la memorable noche del discurso, el tío Kwansuys convirtió una parte de las «cocinas-bodegas» en laboratorio. Sólo se le permitía la entrada en ella al tímido Finjaer, porque no cuento mi propia presencia en esos lugares misteriosos, considerada sin duda sin importancia. Es cierto que me hacía útil accionando un pequeño fuelle de forja que hacía elevarse llamitas azules sobre el lecho de brasas de un hornillo. Hacía frío en aquel antro de dudosa ciencia, y los vapores que exhalaban las probetas de grueso cristal olían mal; pero el rostro de mi tío era grave y las sonrosadas mejillas de monsieur Finjaer brillaban de sudor con frecuencia, a pesar de la baja temperatura. Un día, al cabo de cuatro horas, una bola de cristal olía mal; pero el rostro de mi tío, de un hermoso color verde dorado, se elevó hasta el techo.

Monsieur Finjaer lanzó un grito de terror.

—Mire… Oh, mire…

Yo veía mal porque estaba sentado a contraluz, al lado de mi fuelle, pero me parecía que el humo verde había tomado una forma precisa.

—Una araña… No, un cangrejo que corre por el techo— exclamé con horror.

—¡Cállate, pequeño imbécil!— rugió el tío Kwansuys.

La forma se fundió rápidamente y no fue más que un humo en el techo, pero yo vi que el tío y monsieur Finjaer sudaban la gota gorda.

—¡Cuando yo se lo decía, Finjaer!.. ¡Los escritos de estos sabios antiguos no mienten jamás!

—Ha desaparecido— murmuró el bonachón de Finjaer.

—No era más que su sombra, pero ahora sabemos…

No dijo lo que sabía ni Finjaer le hizo ninguna pregunta. Al día siguiente se cerró el laboratorio y yo recibí el fuelle de forja, regalo que no debió gustarme nada, porque lo vendí por ocho pesetas a un estañador. El tío Kwansuys me quería mucho; acaso apreciaba los pequeños servicios que yo le prestaba, exagerando su importancia. Como no andaba bien, sufría de debilidad en una pierna, la izquierda, y más adelante me enteré de que padecía de una enfermedad que se llama planofobia, le acompañaba durante sus breves y raras salidas. Se apoyaba pesadamente en mi hombro y, al cruzar las calles y las plazas, siempre con la mirada fija obstinadamente en el suelo, se dejaba conducir como un ciego. Mientras andábamos, me largaba discursos sobre temas doctos y aprovechables sin duda, de los que lamento mucho haber perdido su recuerdo.

Poco tiempo después del cierre de la bodega-laboratorio y de la venta del fuelle de forja, me rogó que le acompañara a la ciudad. Acepté de buen grado, porque ese servicio me dispensaba de media jornada de clase; los ruegos del tío Kwansuys, eran, además, órdenes para los míos, excelentes personas que vivían con la esperanza de futuras herencias. Mi antigua y huraña ciudad se arropaba, aquel día, en un manto de bruma y de llovizna. El agua del cielo hacía un ruido atareado de ratón sobre la bóveda de algodón verde del inmenso paraguas que yo sostenía con el brazo extendido por encima de nuestras cabezas. Seguíamos por calles lúgubres, atravesando lívidas praderas de lavaderos, provistas de arroyuelos de agua jabonosa y opalina.

—¡Y decir que este pavimento que pisoteamos ha sonado bajo las pisadas de los caballos de Carlos Quinto y de su fiel Goetz von Berlichingen!.. —exclamó mi tío—. ¡Ah!.. Donde las torres se desplomaron envueltas en ceniza y polvo, los adoquines quedaron. Acepta la lección de ello, pequeño mío, pensando que todo lo que se mantiene cerca del suelo tiene la vida larga y dura, y lo que afronta la gloria del cielo está próximo a la muerte y al olvido.

Cerca de la Grauwpoorte, se detuvo para respirar, poniéndose a examinar atentamente las fachadas decrépitas de las casas.

—¿La casa de las señoras Chouts?— preguntó, parándose junto a un portador de pan.

El hombre dejó de silbar una picaresca melodía que hacía más llevadero su triste recorrido.

—Allí, aquella casa con las tres feas cabezas sobre la puerta. Y es cierto que las que están detrás son más feas todavía.

A nuestro campanillazo, la puerta se entreabrió y una nariz roja apareció en la abertura.

—Deseo hablar con las señoras Chouts— dijo mi tío, quitándose cortés el sombrero.

—¿A las tres?— preguntó la nariz roja.

—Claro que sí.

Nos hicieron pasar a un vestíbulo amplio como una calle y negro como una forja, que se llenó inmediatamente de tres sombras más negras aún.

—Si es para vender algo…— clamaron en coro voces agudas.

—Por el contrario, yo deseo comprar algo que perteneció al difunto escudero Chouts, de grata memoria— respondió amablemente mi tío.

Tres sucias cabezas de lechuza surgieron de la oscuridad.

—Podría tratarse —repuso el coro—, aunque no estamos dispuestas a vender nada.

Yo estaba inmóvil al lado de la puerta, con náusea en los labios, porque un espantoso olor a bazofia y encebollado invadía el pasillo. Y es así como las palabras que el tío pronunció a continuación en tono muy bajo y muy rápido se perdieron para mí.

—Entre —aceptó el coro—. El joven esperará en el locutorio.

Pasé una hora interminable en una habitación minúscula de alta ventana de medio punto, cuyos cristales estaban oscurecidos por un adorno bárbaro, acompañado de un sillón de rotén, una rueca de madera negra y de una chimenea roja de moho húmedo. Aplasté siete cucarachas que marchaban en fila india sobre el pavimento azul, pero no pude alcanzar a las que caminaban alrededor de un espejo brillante que lucía en la penumbra como agua fétida de pantano. Cuando el tío Kwansuys regresó, su cara estaba roja como si hubiese estado sentado al lado de un horno al rojo vivo. Las tres cabezas de lechuza le escoltaban maullando cortesías dislocadas. Ya en la calle, el tío se volvió hacia la fachada de las tres máscaras y su rostro tomó una expresión de desprecio y rencor.

—Necias… Brujas del diablo— gruñó.

Me alargó un paquete envuelto en duro papel gris.

—Llévalo con cuidado, pequeño. Es un poco pesado.

Era muy pesado y, a todo lo largo del camino, la cuerda que rodeaba el paquete me hacía daño en los dedos. Mi tío me acompañó a nuestra casa, porque según Elodie, era un día santo y se festejaba comiendo barquillos con mantequilla y bebiendo chocolate en anchas tazas de color azul y rosa. El tío Kwansuys, en contra de sus costumbres, estaba triste y taciturno. Y comía sin ganas. No obstante, un fulgor de alegría danzaba en sus ojos. Elodie engrasaba el molde caliente y vertía en él la pasta de crema, de donde surgían los grandes barquillos cuadrados. De repente, movió la cabeza, rabiosa.

—Ya hay otra vez ratas en la casa —gruñó—. ¡Escuchen a las asquerosas bestias! Dejé mi cuchara con terror al oír un repentino ruido de papel estrujado y roto.

—No sé de dónde puede venir eso —continuó Elodie, dejando errar su mirada por la cocina—. Ese espantoso ruido.

El ruido procedía de un trinchero, que servía para poner todos los objetos que, de momento, no se usaban. Pero aquel día estaba vacío. Sólo el paquete envuelto en papel gris se encontraba allí. Yo iba a hablar cuando los ojos de mi tío se fijaron sobre mí: eran extrañamente elocuentes y leí en ellos una intensa súplica. Me callé y Elodie no insistió. Pero yo sabía que el ruido procedía del paquete y hasta vi… Algo vivía en la prisión de papel y de cuerdas, algo que buscaba la forma de evadirse a fuerza de lentas dentelladas y arañazos. A partir de aquel día, mi tío y sus amigos se reunieron todas las noches, pero yo no asistí siempre, porque no me admitían a esas conferencias, que eran muy serias y sin gran alegría epicúrea. Llegó la noche de Saint-Eloi, que es también la de Sainte-Philarète.

—Philarète había recibido de Dios y de la Naturaleza todo cuanto puede hacer agradable y hermosa la vida —decía mi tío—. Y hay que amar a Saint-Eloi por la alegría que nos proporcionó el buen rey Dagoberto. Sería injusto, pues, no celebrar como es debido una doble fiesta semejante.

Se comió pastel de anchoas, faisanes rellenos de tocino fino, pava trufada, jamón de Mayence con gelatina, y los cinco amigos bebieron grandes cantidades de vino extraídos de honorables botellas selladas con lacre de diferentes colores. A los postres, compuestos de pasteles de crema, mermelada, mazapán y pan de higo, el capitán Coppejans reclamó un ponche. Este humeó en las copas de cristal y los espíritus se llenaron de brumas. Binus Compernolle se escurrió de su silla y se dejó conducir al sofá, donde se durmió inmediatamente, y el bonachón de Finjaer quiso cantar un aria de ópera antigua.

—Se trata de la Vestal de Spontini, que quiero sacar del olvido —declamó—. ¡Es preciso que repare esta injusticia!

No cantó. Pero un instante después se puso en pie, gritando:

—¡Quiero verla! ¿Me oye usted, Kwansuys? ¡Quiero verla! ¡Tengo derecho a verla! ¡Le he ayudado a encontrarla!

—¡Cállese, Finjaer! —gritó, colérico, mi tío—. ¡Está usted borracho!

Pero el buen Finjaer no le escuchaba apenas y abandonó bruscamente la habitación.

—¡Deténganle! ¡Va a cometer una tontería!— gritó mi tío.

—Sí. ¡Deténganle, porque lo hará!— aprobó el doctor von Piperzele, con la boca pastosa y los ojos extraviados.

Se oyeron los pasos de Finjaer perderse por el piso, y mi tío se lanzó en su persecución, arrastrando, muy a disgusto, según me pareció, al servil van Piperzele en su marcha. El capitán Coppejans se encogió de hombros, vació su copa de ponche, la llenó de nuevo y atascó la pipa.

—¡Tonterías!..— murmuró.

Entonces se oyó un grito de terror y sufrimiento, seguido de clamores y del ruido de caída.

Oí gritar a Finjaer:

—Me ha picado… Me ha cortado el dedo… ¡Oooh!

Y al tío gemir:

—Se ha ido… ¿Cómo encontrarla de nuevo, Dios mío!

Coppejans sacudió la ceniza de su pipa, se puso en pie y, abandonando el comedor, subió trabajosamente la escalera de caracol que conducía al hermoso piso. Le seguí, curioso y ansioso a la vez, al interior de una habitación que me fue desconocida hasta aquel día. Estaba casi desprovista de muebles, y vi a mi tío, al doctor Piperzele y a monsieur Finjaer agrupados en torno a una gran mesa central. Finjaer estaba blanco como un sudario y su boca se retorcía de dolor. Su mano derecha colgaba, roja de sangre.

—¡La abrió usted!— decía mi tío con voz aterrada.

—Quería mirarla más de cerca —lloriqueó el bondadoso Finjaer—. ¡Oh, mi mano!.. ¡Oh, cómo me duele!

Entonces vi, colocada sobre la mesa, una cajita de metal, que me pareció pesada y sólida. La tapa estaba levantada y la cajita vacía. El día de San Ambrosio yo estaba enfermo, como todos los niños golosos, porque el día anterior, por ser San Nicolás, se atiborran de dulces, pasteles y otras chucherías. Tuve que levantarme por la noche, con la boca amarga, el vientre descompuesto y grandes ganas de vomitar. Pasado el malestar, miré por la ventana hacia la calle oscura y llena de viento, invadida por el silencio. La casa de mi tío Kwansuys estaba casi enfrente de la nuestra y me quedé asombrado al ver, a aquella hora avanzada, los estores de su dormitorio manchados de luz amarilla.

Está enfermo como yo, me dije, recordando con gran amargura la gran cantidad de pan de higo que había recibido entre mis regalos de San Nicolás. Y de pronto me eché hacia atrás, ahogando un grito de espanto. Una pequeña sombra veloz corría sobre el estor, la sombra odiosa de una araña gigantesca. Subía, bajaba, corría de acá para allá en círculo, y, de pronto, dio un salto, desapareciendo de mi campo visual. Al otro lado de la calle se elevaron entonces voces de auxilio, aterrorizadas, que, sacudiendo el inmenso sueño del Ham, hicieron que se abrieran las ventanas de las casas y después las puertas. Esa fue la noche que encontraron a mi tío Frans-Pieter Kwansuys degollado en su cama.

Según me contaron después, tenía la garganta destrozada y la cara arañada espantosamente. Heredé del tío Kwansuys, pero, naturalmente, era demasiado joven para entrar en posesión de los bienes bastante estimables que me dejaba. Sin embargo, por deferencia hacia mi título de futuro propietario, me dejaron vagar por la casa el día que los abogados hicieron allí el inventario. Encontré el laboratorio frío, negro y ya cubierto de polvo, y me dije que cualquier día quizá encontrara placer en continuar el juego misterioso de las probetas y de los hornillos del pobre espagirista. De repente se me cortó la respiración, los ojos fijos en un objeto agazapado entre dos matraces de cristal, en un rincón. Era un grueso guante de hierro oscuro, que me parecía untado de grasa. Entonces de la bruma de mis recuerdos surgió un pensamiento claro, venido de no sé dónde: la mano de hierro de Goetz von Berlichingen. Sobre la mesa se encontraba una de esas gruesas pinzas que sirven para agarrar las retortas calientes.

Me apoderé de él y levanté el guantelete. Era tan pesado que mi mano se curvó hacia el suelo. La ventana de la cueva, que se abría a ras del suelo de la calle, daba a un canal de aguas profundas que iba a desembocar más lejos, en el Pas de la Lavandería. Con el brazo extendido llevé allí mi siniestro encuentro. Pero entonces tuve que hacer grandes esfuerzos para no gritar de terror abominable. La mano de hierro se puso a retorcerse con furia, mordiendo las pinzas de madera, cuyas astillas saltaron, y tratando de agarrarme los dedos. Se convulsionó horrorosamente en un gesto de amenaza cuando yo la mantuve encima del agua. Cayó en ella con un ruido enorme, y durante largos minutos, gruesos borbotones agitaron la onda tranquila, como si una respiración monstruosa terminara allí en medio de la desesperación y el sufrimiento.

No me queda mucho más que añadir a la extraña y terrible historia de mi querido tío Kwansuys, que continúo llorando con toda mi alma. No volví a ver más al capitán Coppejans, que volvió al mar y cuyo barco se fue a pique, una noche de tempestad, en los Wadden de la Frise. La herida del bondadoso monsieur Finjaer se gangrenó. Hubo que amputar la mano y luego el brazo, lo que no le salvó, porque al poco tiempo moría después de enormes sufrimientos. Binus Compernolle, convertido en valetudinario muy rápidamente, no abandonó ya su lejana mansión del Muide, donde no recibía a nadie, tan triste y sucio estaba. En cuanto al doctor van Piperzele, al que vi algunas veces, afectó no conocerme ya. Diez años más tarde se hicieron trabajos en el canal de Pas y dos obreros perdieron allí la vida de una forma que aún continúa siendo inexplicable. Hacia la misma época, tres crímenes, que quedaron impunes, ensangrentaron la calle Terre-Neuve, próxima al Ham. Se había construido allí una hermosa casa nueva por cuenta de tres hermanas, que la habitaron en cuanto se marcharon los constructores.

A las tres se las encontraron estranguladas en su cama. Eran las ancianas señoras de Chouts, cuyo conocimiento hice en época lejana. Abandoné la casa del Ham, donde la muerte había entrado y de donde había huido toda alegría. Allí dejé todo lo que me quedaba de la herencia de mi tío: un busto de yeso de un guerrero romano con cota de malla. Pero me llevé sus escritos, que aún hojeo buscando algo; pero ¿qué?

«Jean Ray es considerado con justicia un maestro del relato fantástico. Forma parte de ese crisol de escritores extraños que suelen compartir espacio en antologías exquisitas, hablo de autores como Bloch, Bierce, Machen, Blackwood, Lovecraft, William Hope Hogdson, etc.
Raymundus Joannes de Kremer alias, John Flander, alias King Ray, alias Sailor John y alias Jean Ray, como lo llamaré de aquí en adelante, fue un escritor belga que gestó su obra en la mitad del siglo veinte. A pesar de tener una producción capaz de hacer sombra a los grandes maestros del relato fantástico anglosajón, Jean Ray es un escritor casi para exquisitos, su escasa difusión en nuestra lengua y en la lengua inglesa atentan contra su memoria.
Como todo escritor que se precie de tal, Jean Ray fue un eximio mentiroso, tuvieron que pasar décadas para que se esfumara – como esas nieblas que pueblan sus relatos de marineros borrachos -, el mito que el autor tejió alrededor de su vida. Una vida azarosa sobre las cubiertas de los barcos, traficando armas y alcohol durante la ley seca, peleando contra filibusteros o tentando la muerte en los burdeles más rancios del Asia donde ahogaba su existencia con enormes dosis de opio. Al igual que ese otro maestro de la narrativa (despreciado hasta el hartazgo) Emilio Salgari, Ray creó una vida de tintes aventureros y románticos para suplir la carencia casi total de ellos. Su existencia apócrifa, que pudo firmar Marcel Schwob en un cuento de su magistral Vidas Imaginarias, sostenía que por sus venas corría sangre Sioux proveniente de su abuela materna y que sus primeros cuentos los escribió a bordo de veleros piratas o sobre las mesas desvencijadas de tabernas, perdidas en los ignotos mares asiáticos.
Nació en Gand, Bélgica, el 8 de julio de 1887. A los 36 años Jean Ray inicia su periplo de colaboraciones literarias para la revista l’Ami du Livre. En esa época comienza a mezclarse en negocios sinuosos de contrabando que lo hundirían en el futuro. En 1925 edita su célebre libro de relatos fantásticos: Los cuentos del Whisky, volumen que contiene gemas inolvidables como: Whisky Irlandés, El guardián del cementerio o Los extraños estudios del doctor Paukenschlager. En 1926 es condenado a seis años y seis meses de prisión por contrabando; pero es liberado con anticipación en 1929. A partir de entonces la producción del escritor se intensifica.

Desde 1931 hasta 1938 escribe ininterrumpidamente los fascículos policiales de Harry Dickson. Aceptó el encargo de traducir del neerlandés al francés una serie de novelitas alemanas que relataban las aventuras del inefable detective Harry Dickson (uno de los tantos clones de Sherlock Holmes que prosperaron a principios de siglo), donde la acción imperaba sobre la lógica del relato. Historias recargadas de truculencia, de monos homicidas o de asesinos célebres. Jean Ray consideró que él podía escribir mejores cosas que la basura que le daba el editor para traducir, le propuso su idea a la editorial y esta aceptó con la condición de que respetara el título y que la escena, que ilustraba la cubierta de los fascículos, debía figurar dentro del relato. Jean Ray aceptó gustoso el proyecto e inmortalizó a un personaje, mediocre en su origen, en más de cien novelitas inolvidables por sus climas góticos, crímenes fantásticos y de corte sobrenatural. El canto del vampiro o El templo de Hierro (donde mantiene al lector sobre ascuas con la caída de una nave espacial y su perverso tripulante suelto en la Inglaterra victoriana), son novelitas de lectura imprescindibles para cualquier amante del fantástico.
Jean Ray (1887-1964)
A mitad de la década del 30, Jean Ray comienza a consagrarse como autor de relatos fantásticos y de terror al colaborar en la mítica revista estadounidense Weird Tales, revista que publicó por primera vez autores de la talla de Lovecraft, Robert E. Howard, Clark A. Smith, Kuttner, Bloch, etc. Como también en Terror Tales y en Dime Mysteries. Revistas de temática pulp donde la prosa de Jean Ray, aunque superior a la media, se ajustaba en sus atmósferas opresivas y tenebrosas.
La Segunda Guerra estalla en Europa y las publicaciones en las que el autor colaboraba habitualmente se ven forzadas a cerrar, por lo que Ray considera conveniente encarar obras de más largo aliento. Publica El Gran Nocturno y El crucero de las sombras, antologías de relatos largos. 1944 es un año de capital importancia en la obra de Jean Ray, ya que publica sus dos novelas más importantes. La ciudad del miedo indecible, una novela de corte policial con profundos matices fantásticos y macabros que no alcanza las dosis de genio a que nos tiene habituados el autor y Malpertuis, su óbra maestra, libro considerado como la última novela gótica de la era moderna. Como en muchos relatos del autor, el escenario en sí es uno de los grandes protagonistas de la historia.

A principios de los 60, Jean Ray escribe su última novela: Saint-Judas-de-la-nuit. Por aquellos años comienza a ser considerado por la crítica francesa como un maestro del fantástico. Las ediciones comienzan a sucederse una tras otras y su obra se difunde en otras lenguas. Contribuye el hecho de haber publicado una antología que se conoció como Los veinticinco mejores relatos negros y fantásticos (recopiladas por el también escritor y amigo cercano de Ray, Henri Vernes) que reunía parte de la mejor obra de Jean Ray, cuentos como: La noche de Camberwell, El salterio de Maguncia, La callejuela tenebrosa, El cementerio de Marlyweck, son sencillamente inolvidables y perfectos en su ambientación tenebrosa.
El legado de Jean Ray a la literatura fantástica es tan desmedido como su obra. El viejo cuentista, hacedor de imágenes terribles, muere el 6 de noviembre de 1963 de un ataque cardíaco. Fue enterrado en el cementerio de Westerbegraafplaats, en Gand.»

La jaula de la tía Enedina de Adela Fernández

Desde que tenía ocho años  me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.

Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.

Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.

Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.

Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.

Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.

Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

ADELA FERNÁNDEZ

LA NIÑA CAUTIVA DE COYOACÁN

Adela Fernández y Fernández nació el 6 de diciembre de 1942 Ciudad de México, y allí mismo falleció, el agosto de 2013. Fue una escritora y maestra de teatro, hija del cineasta mexicano Emilio «El Indio» Fernández y la cubana Gladys Fernández.

Vivió rodeada de personalidades del mundo artístico, como Diego Rivera, Dolores del Río, María Félix, Columba Domínguez, entre otros. Estudió actuación y dramaturgia en el Centro de Capacitación Cinematográfica y en la Universidad Iberoamericana.

Dejó un legado bibliográfico importante compuesto por 14 libros, entre los que destacan cuentos, poesía, antropología e historia mexicana, dos cortometrajes de cine experimental e innumerables obras de teatro. También impartió cursos de teatro y realizó giras como directora. Además, siguió enriqueciendo el mito y la leyenda de su padre.

Gabriel García Márquez calificó su literatura de «seriecísima, tristísima y oscura» e incluyó “La jaula de la Tía Enedina” entre los diez cuentos latinoamericanos que toda persona debería leer.

Adela Fernández luchó por difundir la cultura en México: «Siempre le dio un lugar destacado a los indígenas, por ello es que trabajó durante muchos años en el Instituto Nacional Indigenista y publicó varias obras para que el pueblo de México supiera lo que significaba la identidad».

Asimismo, compartió el legado que su padre dejó en el cine, abriendo las puertas de La Casa Fuerte donde hacía visitas guiadas para contar infinidad de anécdotas que vivió con grandes actores y cineastas de la Época de oro del cine mexicano con el fin de preservar la legendaria casona legada por su padre en Coyoacán, además de realizar eventos y expos culturales difundiendo el cine nacional y el patrimonio cultural, histórico y artístico de la nación mexicana.

A su muerte, Adela pidió se le recordara «como una mujer fuerte que no se dejó amedrentar por nada ni por nadie, que fue fiel a sus principios y se comprometió con la cultura de México».

Adela Fernández falleció el domingo 18 de agosto de 2013, a los 70 años de edad, víctima de una oclusión intestinal. Sus restos fueron velados y depositados en la Casa Fuerte de Emilio Fernández Romo, en Coyoacán, Ciudad de México. Descansa al lado de su padre «El Indio», en el patio Tláloc, donde se construyó una estela que posee decoraciones de figuras zapotecas de Mitla, (Oaxaca), nahuas (nahui ollin), mayas xicalancas, tutunakú (Tlaloc totonaca).

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El embustero honesto anónimo

Nasrudín se encontró en la calle con un estafador.

—¡Me habían dicho que estabas muerto y enterrado! —exclamó el mulá.

—Como ves, estoy vivo y en perfecto estado —contestó el otro.

—No pienses que voy a caer en esa trampa —dijo Nasrudín—. Si dices que estás vivo, seguro que estás muerto. ¡Todos sabemos lo embustero que eres!

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Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes, se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV.

Nombre

Nasr-ed-Din significa “victoria de la fe” y Hodja, “el maestro” o “el profesor”. También se le conoce como “El maestro Nasreddin” (Nasreddin Hodja) y Mulá Nasrudín.

Historia

Nasrudín es un Mulá (maestro) que protagoniza una larga serie de historias-aventuras-cuentos-anécdotas, representando distintos papeles: agricultor, padre, juez, comerciante, sabio, maestro o tonto. Cada una de estas historias cortas hace reflexionar a quién la lee u oye, como una fábula, y además suelen ser humorísticas, con el humor simple de lo cotidiano, a veces con contrasentidos y aparentes absurdos.

Sus enseñanzas, que han sido y son utilizadas por los maestros del sufismo, van desde la explicación de fenómenos científicos y naturales, de una manera más fácilmente comprensible, a la ilustración de asuntos morales.

idries-shahIdries Shah recopiló y popularizó en Occidente al personaje a través de diversas recopilaciones de estos cuentos breves rescatados de la literatura y tradición oral de las culturas donde es conocido. Nos hace saber que el personaje pasó a la figura árabe de Joha, para reaparecer en el folklore de la Isla de Sicilia y después en algunas historias atribuidas a Baldakiev en Rusia, así como al antiguo libro francés de las Fabulas de María de Francia.

Los cuentos de Nasrudín actualmente llegan a ser aproximadamente 378. Son textos que tratan de distintos temas, generalmente morales, cuyas enseñanzas se amparan en el ingenio y el humor.

Idries Shah siempre consideró que la sabia y absurda lógica de los cuentos de Nasrudín, era uno de los métodos más ingeniosos que tenían los sufíes para romper la forma de pensar habitual, adentrándose así en un mundo despojado de prejuicios.

Nasrudín es considerado un Don Quijote islámico porque acostumbra a ser cuerdo en su locura y abarca todo el ingenio popular de Oriente Medio transmitiendo de forma simplificada las enseñanzas del sufismo.

CUENTOS SUFÍES: LA SABIDURÍA DEL MULÁ NASRUDÍN

 

Ficción de Henri Michaux, 

Un cazador para asustar la caza prendió fuego a un bosque. De pronto vio a un hombre que salía de una roca.El hombre atravesó el fuego sosegadamente. El cazador corrió tras él.—Diga, pues, ¿cómo hace para pasar a través de la roca?

—¿La roca? ¿Qué quiere decir con eso?

—También lo vi pasar a través del fuego.

—¿Fuego? ¿Qué significa fuego?

Ese perfecto taoísta, completamente borrado, no veía las diferencias de nada.

 

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