Un hombre y su pasado de Lydia Davis

 

Creo que Madre está coqueteando con un hombre de su pasado que no es Padre. Me digo: ¡Madre no debería tener relaciones inapropiadas con este hombre “Franz”! “Franz” es un europeo. ¡Le digo que no debería ver a este hombre inapropiadamente cuando Padre no está! Pero estoy confundiendo una vieja realidad con una nueva realidad: Padre no volverá a casa. Se estará quedando en Vernon Hall. En cuanto a Madre, ella tiene noventa y cuatro años. ¿Cómo puede haber relaciones inapropiadas con una mujer de noventa y cuatro años? Bien, creo que mi confusión es la siguiente: aunque su cuerpo está viejo, su capacidad de traición sigue joven y fresca.

images

Freda Kahlo

.

Ella quería un gato…de Rosa Yañez

Yo quería un gato pero mamá no. Al final, para callarme, trajo esta carpa aburrida que da vueltas y vueltas en la pecera que parece un balón pero que ni siquiera lo es. Yo, en venganza, me he dedicado a insistirle en que es un gato -«eres un gato, eres un gato, eres un gato…»- a medias rabioso contra la realidad a medias hastiado de su absurda compañía. Ahora me siento un poco mal, la he visto frotarse contra el cristal, mirar con interés al canario y me parece que ya no le gusta estar dentro del agua.

PEZ BAGRE O GATO: Aprende Todo Sobre Esta Especie De Mar O Río

Bocaccio y la Peste y nosotros

¿Qué requiere para que viva  el parásito?

Explican que la peste,  irrumpiera en los meses cálidos y después de haber tenido lugar importantes precipitaciones. Las condiciones en que vivían los seres humanos en la Europa del siglo XIV, particularmente en los núcleos urbanos, en donde abundaban las ratas, y la elevada promiscuidad facilitaban el contagio . No obstante, los europeos de mediados del siglo XIV, aunque ignorantes  de la interpretación científica del mal que padecían, buscaron una explicación de la epidemia, sacando a colación los más variopintos argumentos. Buscaban un chivo expiatorio, al que culpar de las desgracias  ¿Porqué no acusar a los leprosos o mejor aún a los judíos,  que sobre el que pesaba la acusación , de haber dado muerte a Cristo? De acuerdo con esa explicación ellos habrían envenenado las aguas y corrompido el aire. Pero fue rechazado debido a su notorio carácter demagógico. En su lugar se ofrecieron otras posibles: la peste negra era  un castigo enviado por los pecados cometidos . Pero también se barajó otra hipótesis, de carácter astrológico: la epidemia quizá era una consecuencia de una fatal confluencia de los astros. Oigamos a los testigos.

Bocaccio dudaba entre las dos últimas hipótesis. La peste negra se difundió, nos dice el escritor italiano, «fuera por la influencia de los cuerpos celestes o porque nuestras iniquidades nos acarreaban la justa ira de Dios para enmienda nuestra». Un texto muy diferente del anterior, proveniente de la Corte pontificia de Aviñón, las «Vitae Paparum Avinonensium», apuntaba en la misma dirección, pues, tras rechazar la culpabilidad de los judíos, también mantenía sus dudas entre la explicación astrológica y la de carácter ético: «Corrió el rumor de que algunos criminales, y en particular los judíos, echaban en los ríos y en las fuentes veneno. En realidad la peste provenía de las constelaciones o de la venganza divina». Los universitarios de la época, por su parte, ponían el acento en la idea de que la epidemia había tenido su génesis en una determinada conjunción planetaria. Así, por ejemplo, el cirujano Guy de Chauliac, una persona de gran prestigio en su época, afirmaba que la causa del morbo se encontraba en la coincidencia de los planetas Saturno, Júpiter y Marte en un determinado día del año 1345. Era la interpretación académica, lo que explica que fuera, a la postre, la que gozara de mayor predicamento.

Así estaban las cosas por ese tiempo. Ahora enfrentamos otra epidemia. que no deja de ser epidemia, solo cambian los actores. Tenemos un contexto científico envidiable, Sabemos como evitarla y dentro de unos años solo será recuerdo.

De aquellos tiempos nos queda algo: el miedo, el pánico que a veces suele ser peor que la enfermedad. Se difundió el rumor de que los gatos eran los causantes del atropello y le dieron baje a todos los gatos, cuando  en realidad eran las ratas y que el único depredador era el gato.  Ahora los chismes se difunden por las redes sociales. Cómo ven… no hemos cambiado mucho.

La peste negra: síntomas y causas de una epidemia mortífera

http://medcomunitaria.zoomblog.com/archivo/2006/09/23/bocaccio-y-la-peste.html

El amenazado de J. L. Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.  La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Desde muy temprano, desarrolló afición por la lectura y fue adquiriendo una gran erudición por influencia familiar. Gracias a una abuela paterna inglesa, su alfabetización fue bilingüe. A los 4 años ya sabía leer y escribir, y a los 10 ya había escrito su primer relato y publicado en un periódico local la traducción al español de un cuento de Oscar Wilde.

Jorge Luis Borges JovenEn busca de un tratamiento para la progresiva ceguera de su padre, en 1914 la familia se instaló en Ginebra, Suiza, donde Jorge Luis Borges cursó el bachillerato. En 1919 se trasladó a España, donde entró en contacto con el movimiento ultraísta y colaboró con poemas y crítica literaria en diversas revistas. Dos años después, regresó a Buenos Aires y participó activamente de la vida cultural de la ciudad, fundando con otros importantes escritores la revista «Proa». En 1923, lanzó su primer libro de poemas, «Fervor de Buenos Aires». Tras varias publicaciones, la consagración llegó en 1935 con su primer libro de cuentos, «Historia Universal de la Infamia».

Para garantizar su subsistencia, trabajó como bibliotecario en Buenos Aires de 1938 a 1946. Sin embargo, en ese último año Juan Domingo Perón asumió la presidencia de Argentina. Como Borges se oponía enérgicamente al peronismo, se sintió obligado a renunciar y pasó a trabajar durante varios años como profesor de literatura inglesa y como conferencista itinerante. Con la caída del régimen peronista en 1955, Jorge Luis Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional.

Durante esos años, el escritor inauguró el universo fantástico de sus narrativas, incluyendo dos de sus libros de cuentos más reconocidos, «Ficciones» (1944) y «El Aleph» (1949). También escribió diversos libros en coautoría con el amigo Adolfo Bioy Casares y con varios otros colegas.

Jorge Luis Borges y Maria KodamaDesde adolescente, Borges comenzó a padecer la misma enfermedad que su padre, sufriendo una pérdida casi completa de su visión en 1955. Siguió adelante dictando palabras, primero a su madre y luego a su alumna, asistente personal, amiga y finalmente esposa, María Kodama. Empezó a publicar libros bajo esa modalidad, sin nunca perder el oficio o la magia.

Borges recibió importantes distinciones de las más prestigiosas universidades y de varios gobiernos extranjeros, además de numerosos premios, entre ellos el Formentor, en 1961 (con Samuel Beckett), y el Miguel de Cervantes, en 1979. Por una u otra razón, el Premio Nobel siempre se le fue negado.

Jorge Luis Borges pasó sus últimos días viajando por el mundo al lado de María Kodama. Vino a fallecer el 14 de junio de 1986 en Ginebra, ciudad de su primera juventud, sin haber dejado hijos. La viuda de Borges es, desde entonces, la mayor divulgadora nacional e internacional de la obra del célebre escritor.

Jorge Luis Borges

https://www.poeticous.com/borges/el-amenazado

 

El Covid 19 es un niño de pecho… comparado con …La viruela*

Dañaste a reyes y aldeanos. la mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal; me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente, en el mejor aeropuerto te dejaré olvidada. Quince días después renacerás en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. en la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿estás satisfecha?RGG

*La viruela es una enfermedad aguda y contagiosa causada por el virus “variola”. Recibe su nombre del término en Latín que significa “moteado”, haciendo referencia a los bultos y pústulas que aparecen en el rostro y cuerpo de los afectados. Históricamente el virus ha matado al 30% de las personas que lo han contraído. Los que han sobrevivido a menudo quedaban ciegos, estériles, y con profundas cicatrices, o marcas de viruela, en la piel.

La OMS calcula que el virus de la viruela ha sido responsable de más de 300 millones de muertos… solo en el siglo XX.

Pocas gentes en el mundo están protegidas contra la viruela. Como ya no hay casos, ya no se vacuna.

Solo  existen dos laboratorios del mundo que albergan partículas virales,  pero ¿quién nos asegura que algún político o científico fuera de sus cabales no sea capaz de manipularla geneticamente y dejarla olvidada  por ahí…?

Mucha tecnología pero pocos avances hay en el alma de los hombres.

https://www.nationalgeographic.es/ciencia/viruela

https://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/43/posts/hay-que-destruir-las-reservas-del-virus-de-la-viruela-12140

Virus de la viruela

El tiempo…Yasunari Kawabata

«El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo».

Escritor japonés que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1968 por su «pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincracia japonesa con enorme sensibilidad». Fue sobre todo un refinado transmisor de atmósferas y emociones, que plasmó con un lenguaje de singular belleza lírica. Sus temas intimistas, a menudo amorosos, son exploraciones de la soledad y de las delicadas relaciones del individuo con los otros y con la naturaleza.

Tuvo una infancia trágica, signada por la sucesiva muerte de sus familiares más próximos. Completamente solo en el mundo a partir de los quince años, «niño sin familia ni hogar», como se autodefinía, completó su educación en un internado y luego en la universidad imperial de Tokio, donde se licenció. Su temprana pasión literaria lo llevó a participar en grupos de vanguardia como el de los neosensacionistas, que oponían el lirismo y el impresionismo al realismo social de los escritores proletarios, y fue un activo impulsor de movimientos y revistas.

En 1925 publicó Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños, género muy frecuentado por los autores japoneses, pero su estilo cobró verdadera personalidad y madurez en los relatos de La bailarina de Izu (1926). Kawabata, cuya sensibilidad le permitía meterse como nadie en la piel de sus personajes femeninos; cultivó un tipo de novela breve, casi en miniatura, desgarrada y episódica. Su obra cumbre es quizá País de nieve (1937), que narra la relación entre una geisha que ha perdido la juventud y un insensible hombre de negocios tokiota.

http://margendelectura.blogspot.com/search/label/Yasunari%20Kawabata

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/k/kawabata.htm

 

 

Hermann Hesse, «Wenkenhof» fragmento

Aquella noche, antes de una hora, me despertó una suave música de piano. Sin hacer ruido, con cautela, bajé de la cama y entreabrí la puerta del salón. Una luz débil y parpadeante entró en la habitación y la música sonó con más fuerza. Reconocí un minueto de Mozart, en los dedos de una mujer. Otro pequeño empujoncito a la puerta, con cuidado…

Al piano estaba sentada una hermosa muchacha con vestido blanco de rayas lila y el talle muy alto, al estilo Imperio. Tocaba la delicada música tal como yo creía que debía de tocarse cien años antes, con delicadeza y precisión, subrayando sólo un poco los pasajes más sentimentales, y entonces sonreía. Al poco rato, se interrumpió. Sonó un ruido en el balcón. Un joven con casaca azul oscuro saltó la barandilla de hierro forjado. Sus medias blancas se destacaban en la oscuridad con una efecto de insoportable vanidad. Apenas sus elegantes piernas salvaron la barandilla, ya estaba a los pies de la hermosa pianista. Mientras él murmuraba frases apasionadas que ella escuchaba con una sonrisa de incredulidad, yo me sentí cautivado por el rostro hermoso y altivo de la joven y por la noble curva de sus altas cejas. Ella iba tocando alegres compases, mientras le escuchaba risueña, indiferente o torva y respondía a los juramentos del jenuflexo ora con el silencio, ora con una sonrisa, ora con un trino. Tocaba unos trinos impecables.

En vista de que el galán estaba cada vez más vehemente, apremiante y perentorio, acabé por irritarme. Salí de mi habitación en camisón, agarré al enamorado con las dos manos, lo llevé al balcón –era muy ligero- del que todavía pendía la escala y lo arrojé con su empolvada cabeza por delante. Abajo, sobre las losas blanqueadas por la luna, sonó un golpe bastante considerable. Di media vuelta y me incliné ante la pálida señorita, muy avergonzado por estar en camisón.

-Mademoiselle, permettez…

Pero ella palidecía y se empequeñecía hasta que, con un leve suspiro, se desvaneció sobre el taburete. Yo tendí la mano y así un narciso grande y perfumado. Asustado y triste, puse la blanca flor con las demás en el jarrón y volví a la cama.

Cuando, a la mañana siguiente, antes de marchar, volví al salón del piano, todo seguía como la víspera. Solo el retrato de un caballero que estaba colgado de la pared me pareció que tenía una expresión de rencor que no había advertido antes. Pero, naturalmente, ello no me preocupó en absoluto.

Se engancharon los caballos y el dueño de la casa me acompañó a la ciudad. Mi hospitalario anfitrión estaba callado y me miraba severa e interrogativamente.

-Será mejor que no vuelva usted a esta casa.
Yo me quedé sin habla.
-¿Y por qué no? –grité al fin.
Él me lanzó una mirada adusta.
-Vi lo que hizo usted anoche.
-¿Y bien?
-Aquel caballero era mi abuelo. Sin dudad, usted lo ignoraba, pero de todos modos…
  
Yo traté de disculparme, pero él gritó al cochero que fuera más de prisa, me atajó con un ademán y se arrellanó en el asiento, cerrándose a toda conversación.
Herman Hesse: Lamento – Trianarts
Hermann Karl Hesse fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán, naturalizado suizo en 1924. De su obra de cuarenta volúmenes —entre novelas, relatos, poemarios y meditaciones— se han vendido más de 30 millones de ejemplares, de los cuales solo una quinta parte corresponde a ediciones en alemán. Wikipedia
Fecha de nacimiento2 de julio de 1877, Calw, Alemania
  

Una hoja de hierba de Walt Whitman

Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.

Resultado de imagen de vangogh pinturas

Cualqier parecido es coincidencia. El miedo a las pandemias.

Hace unos veinte mil años, en un tempestuoso atardecer, el hechicero cro-magnon regresaba de un retiro de tres días en el monte, donde había estado recolectando yerbas mágicas, cuando le informaron que uno de los hombres había llegado enfermo de
una larga jornada cinegética. Seguro de su poder curativo -la ignorancia hace audaces a los médicos se recubrió con su vestimenta de venado y fue a verlo. Apartó el cuero que tapaba la entrada de la caverna e iluminó al enfermo con su antorcha. De inmediato dio un respingo, retrocedió espantado, ordenó levantar el campamento y huir hacia un incierto fin en medio de la noche. En la pustulosa cara del enfermo había reconocido la viruela -o alguna peste similar de la época- cuya horrorosa imagen había recibido a través de los relatos sucesivos de su padre y de su abuelo, y sabía que la muerte era
inevitable.
En 1994, en nuestra Unidad de Infecciosos, solicitamos a un talentoso especialista, hombre muy culto y racional, que evaluara un pequeño paciente. Accediendo de buena gana, contempló un rato al niño a través del vidrio y, en el momento de abrir la puerta
corrediza, preguntó por qué estaba aislado. Al escuchar la palabra SIDA quedó con el pie en alto, alterado el rostro; luego de unos segundos, echó pie atrás y dijo que bastaba con lo que le habían contado, no siendo necesario el examen físico.

Habíamos perdido en Chile, país médicamente desarrollado, este temor irracional que acompaña a las pestes y que deriva de la certeza de poder ser atacado en cualquier momento por una enfermedad fatal, irreversible y atroz. Y no sólo en Chile, sino en
todos los países más o menos avanzados el hombre moderno está convencido que la medicina todo lo cura, careciendo de recursos espirituales para comprender y enfrentar la existencia de una epidemia altamente letal. El especialista que nos visitaba era
un hombre muy instruido y sabía perfectamente cómo se contagia el SIDA y que, por lo tanto, no estaba expuesto, pero pudo más el temor ancestral que la razón.

Esta ha sido siempre la primera humana reacción a las terribles pandemias: pánico. Un miedo súbito, extraordinario, que oscurece la razón. Al pánico sigue la huida, como consecuencia inevitable.

por Walter Lederman

Haz clic para acceder a art03.pdf

¿Quién enfermó a Caperucita de Coronavirus? RGG

En alguna parte del bosque.

La última vez que la vi estuvimos en insana distancia. Me encuentro enfermo desde hace ocho días. Hace quince, le pregunté si le iba a dar gripe.
—No creo, tal vez sea el humo de la leña, me dijo.
Ahora, ella está en cuarentena y yo con dolor de garganta y sin deseos de no hacer nada. “como vivo en soledad no contagio a nadie”
Me hace saber que no puede salir de su casa y que su mamá es la que se encarga de todo. Que vea a su abuelita pero que no me la coma. Cómo le digo que llegaron los de salubridad y se la llevaron al hospital.
Me da vueltas la cabeza no saber porqué la mamá de Caperucita no se enfermó. Cerca de su casa está la tienda, donde va dos o tres veces al día a comprar víveres a la tendera, y de ella refieren, que fue el primer caso de la enfermedad que tiene en un “Jesús” a la comunidad. La buena señora es muy trabajadora; tiene un horno que funciona con leña y hace pan cada tercer día para vender.

El bosque está en silencio y eso no es habitual, aparte de la algarabía de los cotorros hace falta el toc-.toc del hacha del leñador. Sé que cada mes tiene que salir para promover su negocio de venta de leña, o bien para entregar pedidos. Negocio que ha extendido a otras comunidades. Hace más de un mes se fue, sin que lo vea, sé que es él quien camina. Esa manía que tiene de ir pegando con un palo a los árboles, lo delata. Desde esa fecha no he vuelto a saber de él. A quien he visto es a su esposa que sale con un machete a leñar las ramas secas. ¿estará enfermo?
No puedo dejar de pensar que hay gato encerrado, ¿Quién le pegó la enfermedad del coronavirus a Caperucita? La mamá no puede ser, puesto que no se enfermó. ¿Acaso, el leñador fue a visitarla? Sé que la tendera es su clienta y con seguridad pasó a la tienda y de ese lugar, a la casa de la mamá de Caperucita, solo media una cuadra. ¿estaría en insana distancia con el leñador? Eso no me lo contaría, bien sabe que entre el leñador y yo tenemos pleito de tiempo atrás.

Intenté una supuesta relación de los hechos: hace mes y medio se fue el leñador en viaje de negocios. Allá lo contagiaron de la enfermedad, entre el que va y viene transcurrieron ocho días y de regreso pasó a la miscelánea y platicó con la dueña (quizá, él ya empezaba con estornudos), después visitó a Caperucita, tal vez solo la saludo, pero me muerden los celos. ¿Y la abuela quién la enfermó?, ¿sería él?
No pude contenerme y fui a casa del leñador. Pregunté a su esposa y me dijo que él no estaba, que se había ido por el atajo.
—Supe que estuvo enfermo.
—¡Ah!, una gripe que con los remedios que le dio la abuelita se curó rápido. Ya solo de vez en cuando tose.
— ¿Y usted no se enfermó?
— No. Me he sentido muy bien.

Días después leí que algunos no enferman y son los portadores sanos.

Ya vino la niña de rojo, pasó de rápido, Fue a la casa de la abuela que ya la dieron de alta. No pude callarme y suavecito le comenté como no dando importancia.
—Supe que fue el leñador a verte.
—Así es, ¿y eso te pone de malas?
—Para nada… y ¿a qué vino?
—Me trajo una bufanda que tejió mi abuela. Había hecho unas galletas y se las mandé con él. y que aprovechara a preguntarle de un remedio contra la gripe, pues no deja de estornudar.
La acompañé por el atajo y cerca de la casa de la abuela me dio un beso y me dijo…Te quiero. Estaré con mi abue unos días.

Resultado de imagen de lobo caricatura caperucita roja

Aislamiento y cuarentena Dr. Lederman

Durante las primeras pandemias ya se había observado que el riesgo de enfermar aumentaba al aproximarse a los enfermos o, dicho de otra manera, que los enfermos irradiaban el mal. Nació así el concepto del contagio aéreo. Avicena, el famoso médico del siglo XI, había reparado en que, antes del inicio de la peste, las ratas comenzaban a morir en las calles, pero ni él ni nadie en mucho siglos encontró una explicación, aunque Atanasius Kircher en 1659, vio los animaliculus al microscopio. Luego se observó que las ropas usadas por quienes habían fallecido también podían trasmitir la enfermedad. Estas observaciones fueron confirmadas ampliamente durante la peste negra, dada su duración y extensión, que permitieron hacer muchas constataciones. Las consecuencias fueron dos conceptos profilácticos: el aislamiento (huida) y el acordonamiento (cuarentena, protección de fronteras) (Tabla 2). ¿Contagio?

Eludir a los enfermos

Sepultar o quemar muertos

Abandonar los lugares

Acordonar los lugares

Del aislamiento tomamos tempranamente nota en Bocaccio. Recordemos como unas nobles damas y gentiles caballeros huyen de la ciudad y se aíslan en una villa, donde matan el tiempo relatándose historias picarescas. Huyen así del mal aire que rodea a los enfermos y a los muertos. Mucho más tarde, Daniel Defoe, autor conocido más que todo por su Robinson Crusoe, aporta otros antecedentes en El año de la peste, donde relata cómo Inglaterra, que hasta entonces se había escapado de la enfermedad por su insularidad, fue finalmente afectada por una gran epidemia en 1665. Algunos ingleses, imitando a los personajes de Bocaccio, pusieron agua por medio y se fueron a los buques anclados mar afuera, donde perecieron igual, pues llevaban la bacteria con ellos. Defoe relata las crueles prácticas de aislamiento adoptadas, que condenaban a muerte a familias enteras, obligándolos a permanecer encerrados en sus casas junto a los moribundos, con guardias en las puertas delantera y trasera, los que muchas veces fueron asesinados.

Cordón sanitario y cuarentena

La cuarentena nació en 1374, con el edicto de Reggio, ciudad de Módena, Italia. En realidad fue un cordón sanitario, pues el término cuarentena derivó en término marítimo, aplicándose un período de aislamiento a los buques que llegaban de puertos de mala fama médica. Este período llevaba implícita la idea del período de incubación. El primer puerto en que se decretó cuarentena (que fue sólo treintena: luego se ampliaría) fue Ragusa (hoy Dubrovnik, Bosnia-Herzegovina, sobre el Adriático) en 1377. Seis años después, Marsella aumentó el plazo a los cuarenta días. En el siglo XV este período de observación o cuarentena hizo nacer el lazareto, también en Marsella, 1476, lugar complementario donde los pasajeros debían permanecer en espera que pasase el período de contagio arbitrariamente establecido. Con el tiempo llegaron a establecerse complejos reglamentos. Según el puerto de procedencia o los puertos que hubiera tocado en su viaje, el barco se calificaba de patente ‘limpia’ o ‘sucia’. Si era ‘sucia’, los objetos debían quedar en la cubierta del barco, oreándose ‘ al sereno’ (período de sereinage), los pasajeros sanos cumplir cuarentena en el lazareto y los enfermos ir al hospital. Según la enfermedad, los plazos variaban entre 8 y 30 días. ¡En 1784, Marsella imponía 50 días de cuarentena a los buques procedentes de Túnez y Argel ! Luego del período de serenaige, barco, bártulos y enseres se desinfectaban con vapores de cloro (Tabla 3).

¿Contagio?
Eludir a los enfermos
Sepultar o quemar muertos
Abandonar los lugares
Acordonar los lugares

Del aislamiento tomamos tempranamente nota en Bocaccio.
Recordemos como unas nobles damas y gentiles caballeros huyen de la ciudad y se aislan en una villa, donde matan el tiempo relatándose historias picarescas. Huyen así del malaire que rodea a los enfermos y a los muertos. Mucho más tarde, Daniel Defoe,
autor conocido más que todo por su Robinson Crusoe, aporta otros antecedentes en El año de la peste, donde relata cómo Inglaterra, que hasta entonces se había escapado de la enfermedad por su insularidad, fue finalmente afectada por una gran epidemia en 1665. Algunos ingleses, imitando a los personajes de Bocaccio, pusieron agua por medio y se fueron a los buques anclados mar afuera, donde perecieron igual, pues llevaban la bacteria con ellos. Defoe relata las crueles prácticas de aislamiento adoptadas, que
condenaban a muerte a familias enteras, obligándolos a permanecer encerrados en
sus casas junto a los moribundos, con guardias en las puertas delantera y trasera, los que muchas veces fueron asesinados.

Cordón sanitario y cuarentena

La cuarentena nació en 1374, con el edicto de Reggio, ciudad de Módena, Italia. En realidad fue un cordón sanitario, pues el término cuarentena derivó en término marítimo, aplicándose un período de aislamiento a los buques que llegaban de puertos de mala fama médica. Este período llevaba implícita la idea del período de incubación. El primer puerto en que se decretó cuarentena (que fue sólo treintena: luego se ampliaría) fue Ragusa (hoy Dubrovnik, Bosnia-Herzegovina, sobre el Adriático) en 1377. Seis años después, Marsella aumentó el plazo a los cuarenta días. En el siglo XV este período de observación o cuarentena hizo nacer el lazareto -también en Marsella-, 1476, lugar complementario donde los pasajeros debían permanecer en espera que pasase el  período de contagio arbitrariamente establecido. Con el tiempo llegaron a establecerse complejos reglamentos. Según el puerto de procedencia o los puertos que hubiera tocado en su viaje, el barco se calificaba de patente ‘limpia’ o ‘sucia’. Si era ‘sucia’, los objetos debían quedar en la cubierta del barco, oreándose ‘ al sereno’ (período de sereinage), los pasajeros sanos cumplir cuarentena en el lazareto y los enfermos ir al hospital. Según la
enfermedad, los plazos variaban entre 8 y 30 días. ¡En 1784, Marsella imponía 50
días de cuarentena a los buques procedentes de Túnez y Argel ! Luego del período
de serenaige, barco, bártulos y enseres se desinfectaban con vapores de cloro.

Historias de las epidemias Dr Lederman

Walt Witman, mañana, aniversario luctuoso

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú
puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre.No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.

Resultado de imagen de Walt Whitman

Walter Whitman nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, un caserío rural de Huntington, en el centro de Long Island, Nueva York. Descendiente de varias generaciones de americanos con orígenes ingleses y holandeses, fue el segundo de nueve hijos del matrimonio formado por el carpintero y granjero Walter Whitman y Louisa Van Velsor Whitman. Desde su nacimiento, el poeta sería llamado “Walt” para evitar confusiones con su progenitor. Walt creció en un hogar con una religiosidad cercana a las ideas de los cuáqueros, según los cuales cada persona lleva en su interior una brizna de divinidad. El poeta nunca abandonaría esa convicción. El sincero patriotismo del padre se reflejó en los nombres escogidos para tres de sus vástagos: Andrew Jackson, George Washington y Thomas Jefferson. El poeta bromearía más adelante, asegurando que mantenía un estrecho parentesco con los padres fundadores de la nación.