El Hayku según Ocatavio Paz

En palabras del propio Octavio Paz, el haiku es “un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo. Desde un punto de vista formal, el haikú se divide en dos partes. Uno da la condición general y la ubicación temporal y espacial del poema (otoño o primavera, un ruiseñor); la otra, relampagueante, debe contener una elemento activo. Una es descriptiva y casi enunciativa; la otra, inesperada. La percepción poética surge del choque entre ambas. La índole misma del haikú es favorable a un humor seco, nada sentimental. El haikú es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente”.

Si lo que quieres es escribir un haiku, estos son algunos consejos que puedes seguir.

  • Sé natural.
  • No te preocupes por las antiguas reglas gramaticales, la puntuación, etc.
  • Escribe para ti; si lo que escribes no te agrada ¿cómo esperas que agrade a los demás?
  • Ten en cuenta la perspectiva. Las cosas grandes lo son, sin duda, pero también las pequeñas pueden ser grandes si se ven de cerca.
  • Un haiku no es una proposición lógica y no debe mostrar el proceso reflexivo.
  • Sé conciso; omite cuanto no es útil.
  • Omite al máximo los adverbios, verbos y preposiciones.
  • Emplea imágenes tomadas de la fantasía y de la realidad, pero prefiere estas últimas. Si empleas imágenes irreales puedes lograr haikus buenos y malos, pero los primeros serán escasos. Si empleas imágenes reales aún te será difícil lograr un haiku excelente, pero te será relativamente fácil componer el haiku del segundo tipo, que tendrá algún valor con el transcurso del tiempo.
  • Conoce todos los tipos de haiku, pero ten tu estilo propio.
  • Haz acopio directo de material; no lo tomes de otros haiku.
  • Conoce también algo de otros géneros literarios.
  • Conoce, un poco al menos, las demás artes.

Por último, el gran poeta mexicano muere de cáncer a los 84 años de edad en abril de 1998, seis meses antes que su primera esposa y amor de su vida, Elena Garro, quien en una entrevista tras el funeral de Paz comenta “Paz simplemente se me adelantó”.

El haiku es una forma poética que siempre me ha fascinado, ya que se necesita una habilidad especial para decir lo que quieres en tan pocas palabras, o letras según las sílabas que en ellas existan.

Como un aficionado a la poesía he de admitir que el haiku tiene características únicas que tocan esa fibra sensible en mi ser, alentando al poeta en mi interior a dar vida a esas figuras poéticas tan cortas y a la vez tan complejas.

Como crítico es mi deber mencionar que, si bien la poesía es para todo aquel que esté dispuesto a abrir su corazón, el haiku demanda más que una ofrenda de sangre, demanda apertura de mente, una sensibilidad extraordinaria para convertir a la naturaleza en palabras y una claridad imprescindible, para de esa forma, dejar una enseñanza e invitar a la reflexión, que a fin de cuentas es el propósito del haiku.

Biografia de Octavio Paz

 

El poema de Kobayashi Issa

Como adición al tradicional haiku, Kobayashi Issa (1763-1827) agrega al elemento de la naturaleza la interacción de animales y personas, como se puede apreciar en los siguientes ejemplos.

Para el mosquito
también la noche es larga
larga y sola.

Mi pueblo todo
lo que me sale al paso
se vuelve zarza.

Al Fuji subes
despacio
pero subes, caracolito.

Miro en tus ojos
caballito del diablo
montes lejanos.

https://wsimag.com/es/cultura/23060-haikus-con-acento-mexicano

Dicen los que saben: Gabo

Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime.

Es un embeleso que he sentido, pero que dura muy poco y es de vez en cuando. RGG

Gabo imprescindible: Tres obras Gabriel García Márquez que debes ...

La debutante de Leonora Carrington, pintora y escritora

En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.

-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

-No tienes más que ir en mi lugar.

-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.

-Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

-De acuerdo -dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

-Por supuesto -le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

-Sí -dije, perpleja.

-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.

-¿Y los huesos?

-También -dijo-. ¿Te parece bien?

-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

-Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: «Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.» A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Aunque Leonora Carrington no era mexicana, pero su amor por México era inmenso y fue bien correspondida. Leonora Carrington nació un 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra. La pintora y escritora surrealista llegó a vivir a México en 1942, se nacionalizó mexicana e hizo de este país su hogar.

La carrera de Leonora Carrington inició en 1936 cuando ingresó a la Academia de Arte Ozenfant en Londres con tan solo 20 años. En esa misma cuidad, en 1937, conoció al pintor alemán Max Ernst con quien años más tarde tendría una relación sentimental.

Cuando conoció a Leonora, Max Ernst ya tenía 47 años y era casado —además de gozar de bastante fama como surrealista—, por esta razón el padre de Leonora al saber del romance del pintor con su hija se opuso a la relación; sin embargo, al poco tiempo la pareja se reencontró en París para consolidar su relación.

Leonora entró en contacto con el movimiento surrealista gracias a Max y convivió con personajes notables como Joan Miró, André Breton, así como los pintores Pablo Picasso y Salvador Dalí.

Para 1938, Carrington escribió una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participó junto con Ernst en la exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Para 1939, declararon a Max Ernst enemigo del régimen de Vichy, fue detenido y llevado a la prisión de Argentière. La detención del pintor provocó que Leonora sufriera de una inestabilidad psíquica. Ante la invasión Nazi, Leonora se vio obligada a huir a España en donde fue internada por su padre en un hospital psiquiátrico de Santander, un hecho que marcó su vida y su obra.

En 1941 Leonora logró escapar del hospital psiquiátrico y llegó a Lisboa donde conoció al escritor mexicano Renato Leduc, quien se casó con ella y la ayudó a migrar a Nueva York y después a México, donde pasó el resto de sus días.

Leonora se separó de Leduc en 1943 y ya instalada en México mantuvo contacto con sus amigos surrealistas y se convirtió en inspiración de artistas como Luis Buñuel, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Además, fue amiga inseparable de Edward James, quien la ayudó a impulsar su obra.

En el mundo del arte conoce a la pintora surrealista Remedios Varo con quien comparte diversas aventuras, incluso en 1944 es Remedios quien le presenta a Emerico Chiqui Weisz, un fotógrafo que era compañero inseparable de Robert Capa, y con quien Leonora engendraría a sus hijos.

Gabriel y Pablo Weisz, los dos hijos de Leonora, aparecen constantemente en los cuadros de Carrignton y, en la actualidad, son los herederos del trabajo de la artista.

La obra de Leonora muestra además del mundo surrealista, su interés por la magia, la alquimia, el tarot y los cuentos de hadas que leyó de niña.

Rodrigo Román

La galería Mónica Saucedo describe en su blog el trabajo de la artista de la siguiente manera: “Las pinturas de Leonora Carrington se inspiran en un mundo personal, íntimo y subjetivo, que surge de una fértil imaginación, influenciada fuertemente por los surrealistas y estimulada por lecturas fantásticas y esotéricas que fue aprehendiendo a lo largo de su vida. Ella estaba familiarizada desde pequeña con los mitos celtas, muy presentes en sus cuadros y obras de teatro, a los que sumó los mundos mágicos y fantásticos que descubrió en México, un país que tuvo una enorme influencia en su obra por la variedad de culturas indígenas y prehispánicas”.

Los últimos años de su vida, Leonora los pasó en la Ciudad de México en su departamento en la colonia Roma ubicado en la calle de Chihuahua, en donde casi se mantenía en el anonimato.

En su libro Leonora, la escritora mexicana Elena Poniatowska señala que la figura de Carrington tomará más fuerza con el tiempo y que incluso llegará a ser tan grande como la de la propia Frida Kahlo.

El tiempo habla y actualmente ya se puede visitar el primer museo de la pintora en San Luis Potosí y muy pronto se abrirá uno en Xilitla, así como sus esculturas han visitado varios estados de la República y cada día hay más exposiciones con sus pinturas.

Leonora falleció a los 94 años el 25 de mayo del 2011 a causa de una neumonía.

Un trabajo sin cobrar por Marta Orrantia

–No tengo el dinero, Juan –dijo Carla, y encendió un cigarrillo.

Juan se quedó en silencio. Sabía que lo tenía. Era una chica rica, después de todo. Había llegado hasta su casa en un auto europeo blindado, manejado por un conductor macilento que la había despedido en la esquina, como cada jueves en la noche.

También, como todos los jueves, se iba a revolcar con él en su cama, exhibiendo impúdica un collar de platino, una argolla de bodas con siete diamantes diminutos y un anillo de compromiso con un diamante que ella llamaba Imaybé.

Tenía el pelo desordenado y unas cuantas canas le brillaban a la luz de los faroles de la calle. Era el único indicio de su edad, porque la piel parecía la de una adolescente y el cuerpo flexible, como de gato, le daba un aire infantil.

–¿Cuánto tienes? –preguntó por fin Juan.

Carla arrugó la nariz, asqueada por la pregunta. Tenía lo que quisiera, por supuesto, pero debía pedirlo. No era cuestión de sacarlo del banco. Si era honesta consigo misma, en su cuenta, a su nombre, no tenía nada. Quería ser escritora, pero su marido seguía diciendo que eso no era más que un pasatiempo, y ella había terminado por creerlo. Jamás se había atrevido a enviar un manuscrito a una editorial, así que se dedicaba a hacer traducciones comerciales del francés, un oficio que pagaba poco, mal y a destiempo.

Su marido era rico y generoso, pero todo tenía un precio. Su padre era rico y tacaño y ella era pobre y estúpida. Los vestidos que Juan la veía desfilar día tras día estaban remendados y las medias tenían pequeños huecos en los talones. Si quería algo tenía que pedirlo, y a ella no se le daba eso de mendigar.

Pero lo que más le dolía no era su condición de prisionera. Lo peor era tener que pagar por sexo con Juan. Con cualquier otro habría sido fácil, después de todo era una mujer con unos códigos morales más bien laxos, unas piernas sensacionales y uno de los culos más eróticos de la ciudad. También era inteligente, y eso no es poco en un lugar donde las chicas prefieren un marido que una educación.

Ese pensamiento la hizo sonreír. Qué estúpidas son las mujeres inteligentes, decía su abuela, y ella apenas en ese momento había entendido el significado de esa frase.
–No tengo nada, en serio –respondió y apagó el cigarrillo en un cenicero de cobre que se encontraba en el piso junto a la cama.

Juan la vio sonreír y aunque no dijo nada, pensó que se estaba burlando de él. Después de tantos años él seguía en lo mismo, pobre como una rata, con sueños de grandeza y de dinero pero con deudas que le llegaban hasta el cogote. Cuando se conocieron, él le había dicho que algún día sería rico y se la llevaría muy lejos, a vivir como una princesa. Pero seguían ahí. En un piso ruinoso y a medio amoblar, viéndose una vez a la semana, él sin un peso y ella, bueno, ella sí vivía como una princesa, pero con otro hombre.

Claro que las cosas habían cambiado mucho, pensó Juan. En todo el tiempo que llevaban juntos, él le había mostrado quién llevaba los pantalones en la relación. Ella podía ser muy fina, pero él no era ningún tonto. Al comienzo moría de amor por Carla, y cuando le había hecho esas promesas de pasar la vida juntos lo decía en serio, pero luego se dio cuenta de que ella no estaba dispuesta a sacrificar nada por él, ni su ropa, ni sus joyas, ni su matrimonio. Entonces todo cambió. Decidió que iba a vivir su propia vida, así que comenzó a salir con chicas y tuvo lo suyo. Y cómo le dolió a Carla enterarse. Pobrecita. Pero a pesar de todo ahí estaba. En su cama de nuevo. Desnuda otra vez. Servil. Así son las mujeres, pensó Juan. Ahora quiere vengarse y por eso no me da lo que necesito.

–Si no consigo el dinero para mañana al medio día… –aventuró.

–¿Qué pasa mañana al medio día?

–Es mamá. Debo pagar su casa. Si no consigo dinero para mañana al medio día, mamá quedará en la calle.

–Es muy triste –dijo Carla.

Las historias de las madres la conmovían genuinamente. Repasó en su cabeza posibles contactos que lo ayudaran a conseguir el dinero, pero no encontró ninguno. Sus amigos jamás le darían nada a un desconocido. Encendió otro cigarrillo y tomó un trago de whisky, más para ganar tiempo y no decir nada que para satisfacer una necesidad. Tampoco tenía por qué ayudarlo. Él no había sido precisamente un buen hombre con ella. Le había hecho miles de promesas y a la primera oportunidad, había ido a buscar a otra. Claro que dolió. Aún mientras estaba en su cama, no podía decidirse si lo que le había dolido era que le mintiera o que la cambiara por otra. Había vuelto, pero las cosas no eran iguales así el sexo siguiera siendo fabuloso. Se había roto algo, probablemente en ambos.

Carla sabía perdonar, lo había hecho infinidad de veces con su marido. Y había perdonado la infidelidad de Juan, si es que lo que había hecho él se podía calificar como tal. Él era su amante, después de todo, no tenía cómo exigirle nada diferente. Lo que no podía resistir era aquella libreta. La que había encontrado hacía unos días en su cartera, y que permanecía allí mismo, como el peso de un pecado mortal. Al comienzo había pensado que era de ella. Total, ambas eran de cuero negro, con un pequeño caucho que servía para cerrarlas. Pero cuando la abrió para anotar algo, se dio cuenta de que no era su letra, sino la de Juan. Le costó un rato comprenderlo. La vio, al comienzo, como algo ajeno. Unos jeroglíficos, un descubrimiento casi satánico, que la hizo tirarla al piso en medio de la cocina, para asombro de la empleada, que corrió a recogerla mientras le preguntaba si se encontraba bien. Luego Carla tuvo que encerrarse en el baño, en un extraño intento por esconderse de sí misma, para poder leer la libreta. Al comienzo saltaba apartes porque no entendía la letra, pero lentamente fue aprendiendo a descifrar las eses, las tes, las eres, y descubrió que durante todo el tiempo no hablaba de ella sino de otra mujer. Una chica llamada Sara.

Juan se refería a Sara con una devoción que antes solo guardaba para ella. Decía que era el amor de su vida y, a juzgar por lo que escribía, también a Sara le había hecho promesas que había incumplido.

–Carla…

–Mmmmhhh –respondió ella, sin ganas de que Juan la sacara de sus pensamientos.

–El dinero. Necesito el dinero.

–Mi cuenta está vacía, querido –dijo, aún ensimismada.

–¿No te deben un cheque de tu última traducción? Me habías hablado de ello el otro día…

Las pupilas de Carla se achicaron levemente, un gesto que solo un hombre observador como Juan podría notar. Ahí había algo. Juan sonrió. Sabía que tenía dinero. En esta ocasión había sido difícil. Había tenido que jugar la carta de su madre, pero había valido la pena. El solo pensamiento del dinero le dio tranquilidad y lo excitó. Deslizó sus dedos por los senos de Carla, que gimió. Siguió bajando y metió la yema de su índice en la vagina, y la encontró expectante. Te lo ganaste, muñeca, pensó. Carla abrió la boca un poco, como si fuera a decir algo, pero se contuvo, apagó el cigarrillo y se acomodó para recibir mejor la mano de Juan, que acariciaba con maestría su clítoris. Arriba. Abajo.

La libreta hablaba de ella dos veces. En la primera, aparecía justo debajo de una fecha, un día de enero. Decía “agradezco que estoy en paz y salvo con Carla y con la renta”. La comparaba con el arriendo de su casa.

Arriba. Abajo. Arriba. Era difícil de entender, por lo menos al comienzo, y tuvo que leerlo varias veces para saber que no se equivocaba, pero ahí estaba. Su nombre y la palabra renta. Como si ella fuera un bien inmueble. ¿Qué significaba paz y salvo? Tal vez era la venganza de Juan. Esa venganza ejecutada en cabeza de otras mujeres, a lo mejor con Sara.

La segunda vez, su nombre aparecía en una lista de posibles personas que podían darle dinero. El encabezado decía algo así como inversionistas o posibles contribuyentes. Había otros nombres en la lista, todos de hombres, algunos de los cuales ya había mencionado Juan en otras conversaciones. Amigos, compañeros de trabajo, conocidos. No estaba Sara.

Juan se acomodó y comenzó a lamerla. Carla gimió aún más duro y agarró las sábanas entre sus manos.
–Me gusta que te excites conmigo –dijo Juan y siguió jugando con su lengua.

Eso mismo decía en la libreta, pensó Carla. Le gusta que Sara se excite con él. Lo decía en letras de molde.
Es hermosa en realidad, pensó Juan. Hermosa y rica. ¿Qué más puede pedir un hombre? Tal vez un poco más de astucia, es cierto. Con seguridad, más juventud, pero todas envejecen. Yo mismo lo hago, y además engordo, se dijo. Siguió lamiendo con técnica, despacio, con paciencia, mientras pensaba en lo que haría con el dinero.

No había mentido, o no del todo.

Parte de ello iría al cuidado de su madre, es cierto que debía dinero al hogar de ancianos donde vivía y que el gerente había amenazado con sacarla si no pagaba pronto, por lo menos una parte. Pero con seguridad le sobraría un poco, que podría gastar en su guardarropa o tal vez en la cena del viernes. Había una mujer que le gustaba y quería invitarla a salir. A lo mejor podría hacer las dos cosas. Comprar unos zapatos nuevos y llevar a Rosa a cenar, ya vería lo que costaban los zapatos.

Por supuesto, siempre era molesto que Carla le preguntara por su vestuario todo el tiempo. ¿De dónde sacaste esa camisa? ¿Es nuevo ese abrigo? Y luego arrugaba la nariz y decía, es que como nunca tienes dinero… y cambiaba convenientemente el tema, dejando todo en el aire. Era una mojigata para tantas cosas. No para el sexo, no. Verla ahí, de piernas abiertas, gimiendo, era un espectáculo digno de filmar, pero no se atrevía. Ella no lo dejaría ni siquiera tomarle una foto. Antes sí. Le había tomado algunas, pero pronto descubrió que había chicas más hermosas que ella y decidió fotografiarlas. No tenían nada qué esconder, podían mostrar su rostro sonriendo a la cámara, y además eran suyas.

Carla no era suya. No era de nadie.

No soy de nadie, pensaba, mientras Juan le metía el pene y agarraba con fuerza sus caderas. Por supuesto le hubiera gustado ser de alguien, entregarle todo el dinero a Juan, segura de que estaría en buenas manos, pero sabía que no era para nadie más que para él, y ella tenía otras necesidades. El mercado, un viaje que quería hacer, unas resmas de papel para escribir. Tonterías, al fin y al cabo, pero era su dinero y se lo había ganado. Juan no había hecho nada para ganárselo… nada, además de estar encima suyo.

Fingió un orgasmo para que él se sintiera tranquilo y se viniera y luego quedaron tendidos el uno al lado del otro, jadeando. Cuando recobró el aliento, Carla prendió otro cigarrillo y se sentó frente a Juan.

–No te puedo dar el cheque –dijo, y le dio una calada al cigarrillo. Por más que intentó, no pudo mantenerle la mirada y tuvo que bajar los ojos. A pesar de todo, aún se sentía responsable por él.

Juan comenzó a temblar de rabia. Sus ojos se encendieron y trató de contenerse, pero su voz salió demasiado aguda cuando preguntó por qué.

Carla dudó un instante. Estuvo a punto de decirle lo de la libreta, pero decidió callar. Ya se daría cuenta él de alguna forma. Tal vez con el tiempo. Tal vez leyéndolo en algún lugar. Al fin y al cabo, Carla era escritora.

–Al final, ese trabajo tampoco me lo pagaron.

Marta Orrantia
Bogotá, Colombia (1970). Escritora. Trabajó en El Tiempo. Fundó y editó la revista Gatopardo y dirigió la revista Rolling Stone para la zona Andina. En 2009 publicó la novela Orejas de pescado, en 2013 el libro de periodismo Todopoderosos de Colombia y en 2016 la novela Mañana no te presentes. Es profesora en la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y en la Maestría de Creación Literaria de la Universidad Central.

 

Relato seleccionado y enviado por Marta Orrantia. Publicado con autorización de Marta Orrantia. Este material también fue publicado en el Especial Autores Colombianos de Aurora Boreal® – Número 23-24, Mayo / Septiembre 2018. Publicado con autorización de Marta Orrantia. Fotografía de Marta Orrantia © Ricardo Pinzón.

SOLO PERIODISMO: Periodista trabajando como 'masajista erótica'

POR QUÉ NOS DESPERTAMOS: rincones oscuros de la formación reticular

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Dejándonos profundamente dormidos, de todas maneras guardamos las esperanzas que sí o sí nos vamos a despertar. ¿Por qué estamos tan seguros? Facil. Porque eso nos muestra, confirma y re-confirma nuestra experiencia. La mayoría de las personas se sumergen en el mundo oscuro de los sueños y regresan sanos y salvos después de unas horas. Otros, claro, no regresan. Mueren. Y todos estamos de acuerdo, que es la muerte más deseada por todos cuando ya son suficientemente maduros para entender que vamos a morir, algún día.

El tallo del cerebro y el autismo | Cortical Chauvinism

Pero por más básico y simple que parece este cambio del sueño a la vigilia y viceversa, detràs de ello existe un interesante cuadro de acción. Para manejar estos dos estados bàsicos en uno del cual participa la conciencia, y en el otro no (aunque, recordemos que el sueño tambièn tienes dos diferentes estados) tenemos los centros cerebrales(del sueño, y de vigilia). El de…

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Cuál es el árbol más alto del mundo?

Paisaje con perro — El Blog de Arena

Una pregunta que occidente recién está empezando a plantearse, es si los animales piensan o no; es decir, si sólo actúan por instinto o hay algo más que los impulse (primer problema: ¿Qué es pensar? ¿Lo que hacemos los humanos? Miremos a nuestro alrededor… ¿Estamos seguros de que todos nosotros pensamos? Si no es así […]

a través de Paisaje con perro — El Blog de Arena

Por debajo de la mesa de Manzanero con Luis Miguel

 

Luis Miguel y los boleros viven encadenados desde que en la década de los noventa el artista mexicano penetrara en este estilo musical y descubriera su hábitat.

‘Por debajo de la mesa”, original de Armando Manzanero, es la canción que mejor refleja el idilio entre ambos. Convertido en menos de veinte años en un clásico del género que nunca pasará de moda.

Si tuviera que elegir un adjetivo para calificar ‘Por debajo de la mesa’  optaría por sensual. Despierta lo que nos imaginanos pero no conocemos. Puro deseo al son de los violines y de una impecable ejecución del oboe en la introducción.

Los arreglos y la dirección musical a cargo del desaparecido Bebu Silvetti, junto con la garganta y la elegancia interpretativa de Luis Miguel, dieron el brillo que precisaba esta genial composición de Manzanero, construida sobre un romanticismo a flor de piel. De cualquier forma, ‘Por debajo de la mesa’ es una obra que prueba empíricamente que el instrumento musical mas preciado es la voz.

La salida al mercado  topó inicialmente con las críticas negativas de la prensa musical, pero no opinó así el público y los seguidores de Luis Miguel, que se lanzaron en avalancha a las tiendas de discos.

Finalmente, obtuvo también numerosos galardones. Además fue nominada a canción pop del año en Estados Unidos, donde alcanzó el número uno en la lista latina de la prestigiosa revista Billboard.

Ejemplo evidente de que las baladas viven mientras haya dos personas enamoradas. Poco más de tres minutos bastan para hacer sufrir y soñar al mismo tiempo.

Manzanero, como autor, cosechó el premio anual Lo Nuestro y el Premio América gracias a este poema con música de fondo. Perfección desde la letra hasta el arreglo. Manos, roces, pies traviesos… son las imágenes que nos evoca nuestra mente cuando escuchamos su melodía. ¿Quién no quisiera vivir una historia así? El amor es un arte y Manzanero lo domina. El maestro lo considera su creación favorita, como confesó en varias ocasiones.

Definitivamente, se tiene que amar para poder sentir plenamente esta canción.

VÍDEO

Filmado en blanco y negro, tiene como escenario un famoso restaurante neoyorquino que retrocede varias décadas para retratar el ambiente de los locales de los años cuarenta. Pareja guapa, cantante atractivo, música encandiladora… Ingredientes que garantizan el cielo.

Pero el trasfondo es otro. Generemos polémica. ¿No es ‘Por debajo de la mesa’ un himno a la infidelidad? ¿Un relato de un amor prohibido? De esos que se viven con intensidad, pero que nunca tienen final feliz. Placer y sufrimiento en igual medida.

Vean las imágenes. Las miradas cómplices y sutiles de Luis Miguel con la mujer de la mesa. Ella intercambia un mensaje con el artista solamente escrito con los ojos. Él le corresponde. Deseo expresado con elegancia. Ella parece dispuesta a dar un paso más, pero, por contra, no permite que su pareja se insinúe a la camarera. Los celos duelen, pero no nos damos cuenta de que también dañan cuando el perjudicado es otro.

LETRA

Cada frase de ‘Por debajo de la mesa’ transmite un sentimiento profundo y cargado de sentimientos. Nuestra alma sufre un movimiento con cada expresión escrita por Manzanero con una sutilidad tan sensual como carnal.

Por debajo de la mesa acaricio tu rodilla

y bebo sorbo a sorbo tu mirada angelical

y respiro de tu boca esa flor de maravilla

las alondras del deseo

cantan, vuelan, vienen, van

Y me muero por llevarte

al rincón de mi guarida

en donde escondo un beso

con matiz de una ilusión

se nos va acabando el trago

sin saber, qué es lo que hago

si contengo mis instintos

Oh! Jamás te dejo ir

Y es que no sabes lo que tú me haces sentir

si tu pudieras, un minuto estar en mi

tal vez te fundirías

a esta hoguera de mi sangre

y vivirías aquí, y yo abrazado a ti

Y es que no sabes lo que tú me haces sentir

que no hay momento, que yo pueda estar sin ti

me absorbes el espacio

y despacio me haces tuyo

muere el orgullo en mí

y es que no puedo estar sin ti

 

Desde <https://blogs.elcorreo.com/musica-callada/2016/10/31/luis-miguel-por-debajo-de-la-mesa/>

 

No se mueve ni una hoja de Julio Llamazares

   Mi padre y Teófilo están sentados debajo del corredor. Llevan así una hora, mirando los árboles y las estrellas, sin cruzar una sola palabra.

     Mi padre y Teófilo no necesitan hablarse. Pueden pasarse así horas enteras, sentados en cualquier sitio, contemplando el fuego o el paisaje, sin sentir necesidad de decir nada. Es como si ya lo supieran todo el uno del otro o como si las pa- labras les sobrasen. A mi padre y a Teófilo les basta con estar juntos para sentirse a gusto y acompañados. ..

     Mi padre y yo llegamos esta tarde. Llegamos más tarde que de costumbre, esperando que el verano se asentase. Otros años, por ahora, hacía ya un par de semanas que estábamos en La Mata. Pero, este año, el verano se retrasó, llovió hasta el final de junio y en la montaña el sol tarda en calentar las casas. Los vecinos del pueblo pronostican un verano intermitente, con cambios bruscos e inesperados. Como dice Teófilo: el verano es como las mujeres; si entran bien, pueden torcerse, pero, como entren atravesadas, no las endereza ni Dios.

     Como cada verano, Teófilo estaba esperándonos. En realidad, llevaba esperándonos desde el otoño pasado, cuando mi padre y yo nos fuimos de La Mata con los primeros fríos de octubre, como los pájaros. Siempre nos vamos los últimos, cuando todos los veraneantes ya hace tiempo que se han ido. Cuando nos vamos, Teófilo se queda solo, esperando a que pase otro año. En La Mata, en invierno, apenas queda gente y la que hay no sale apenas de casa. Aurelia, su mujer, dice que, cuando nos vamos, Teófilo se queda triste, como enfadado. Se pasa varios días sin hablar.

     En realidad, Teófilo no es de La Mata. Vive allí desde hace solamente algunos años, desde que se casó con Aurelia, por segunda vez en su vida, cuando ya estaba jubilado. Aurelia también estaba viuda y ninguno de los dos tenía hijos. Así que un día se sentaron y lo hablaron. Ya vamos siendo mayores, le dijo Teófilo mientras merendaban, los dos estamos solos y podemos hacemos compañía, y además, así, no incordiamos a nadie. Aurelia no dijo nada, pero tampoco hizo falta. Al día siguiente, fueron a hablar con el cura y a las pocas semanas se <asaron. Fue todo tan sencillo como eso, como un trato.

     Desde entonces, Teófilo vive en La Mata. Con la pensión de la mina y lo que sacan del huerto, Aurelia y él viven con desahogo y sin incordiar a nadie. A veces, los parientes van a verlos o van ellos a visitarlos, pero ya no, como antes, preocupados por si se sentirán muy solos o, en el caso de las hermanas de Teófilo, por cómo tendrá la casa. Cuando se casó, Teófilo se la vendió a un sobrino y lo demás lo repartió entre sus hermanas. Cuatro tierras y una huerta, que era todo lo que tenía. Desde entonces, sólo ha vuelto a su pueblo un par de veces, sin contar el día de la fiesta, a la que nunca falta. Le va a buscar el sobrino en el coche y le trae al día siguiente o va él en el tren hasta Boñar y allí bajan a buscarlo. A veces, le acompaña Aurelia, pero, otras, ella se queda en casa. Aurelia prefiere ver la televisión, que es lo que más le gusta, aparte de su casa y de La Mata.

     A Teófilo, la televisión también le gusta, sobre todo las telenovelas, pero un rato. En seguida se queda dormido y prefiere andar por la calle. Pero, en invierno, apenas se encuentra a nadie y los que hay están trabajando. Así que muchos días baja hasta la estación, aun con lluvia o con nieve y sabiendo que después tiene que volver andando. Por eso se alegra tanto cuando llega el verano y, con él, mi padre y yo, fieles a nuestra cita de cada año.

     Este año, ya digo, hemos llegado más tarde. Teófilo nos esperaba desde hace días y ya empezaba a extrañarse. Temía, nos confesó, que hubiese pasado algo. Lo encontramos a la entrada de La Mata, en el desvío de la carretera, sentado en un tronco (este invierno cortaron los chopos y la carretera parece distinta, como si hubiesen cambiado el paisaje), y, cuando nos vio llegar, en seguida nos reconoció, pese a que él no distingue un coche de otro. Por el olfato. Teófilo tiene un sexto sentido para saber quién llega en cada coche y hasta el negocio o el motivo que le trae. Son muchos años de estar sentado, viendo pasar la vida y a la gente por delante.

     Ya en casa, nos ayudó a descargar las cosas y, luego, mi padre y él se fueron a dar un paseo hasta el Carvajal, que es su sitio preferido por las tardes. Desde allí se ve La Mata y todo el valle de La Vecilla hasta las cárcavas de La Cándana. Volvieron a las dos horas, a las ocho y media en punto, que es la hora de la cena de mi padre. Teófilo cena más tarde. Antes va a echar un vistazo al huerto o se queda un rato hablando conmigo antes de volver a casa. Este invierno, me contó, el médico le ha puesto a régimen y, aunque sigue estando gordo (más que gordo, yo diría reposado), ha adelgazado seis kilos y se siente mucho mejor. Se cansa, dice, menos que antes.

      En cuanto cena, vuelve a mi casa. Suele hacerlo ya de noche, incluso ahora que las tardes duran tanto, y se queda ya con mi padre hasta la hora de ir a la cama. Normalmente hasta las doce, pero, a veces, si están bien, hasta la una de la mañana.  Si hace bueno, como hoy, se sientan junto a la puerta, debajo corredor, o al lado de los rosales. Si refresca, a finales de agosto sobre todo, y en septiembre, cuando comienza a hacer frío, en el salón, al lado de la chimenea.

     Mi padre apenas le habla. En realidad, desde hace ya varios años -_desde que murió mi madre_, mi padre apenas habla con nadie. Se encoge sobre sí mismo, como si estuviera enfermo, y se pasa así las horas, concentrado en sí mismo o en el paisaje. Lo hace así todo el año, en León, donde vive, o en el lugar en que esté (las pocas veces que sale), pero en La Mata se le acentúa, como si la casa en la que nació y en la que mi madre y él pasaban parte del año le trajera recuerdos muy antiguos. Pero a Teófilo no le importa que mi padre no le hable. A veces, habla él solo, para nadie (como cada año que pasa está más sordo, ni siquiera se entera de si le escuchan), y otras se queda dormido, con la cabeza colgando. Vistos desde el corredor, a la luz de la ventana y de la luna, parecen dos sombras más entre las de los rosales.

     Cuando conoció a mi padre, Teófilo en seguida intimó con él. Los dos habían vivido en el mismo sitio, en el valle de Sabero, y tenían amigos comunes, aunque ellos no llegaron a conocerse entonces. Cuando mi padre llegó allí de maestro, Teófilo ya había dejado la mina y se había ido a trabajar a otro lado. Luego, los dos siguieron rumbos distintos, cada uno por su camino, hasta que coincidieron en La Mata. Pero la casualidad de haber vivido en el mismo sitio y de conocer lugares y a gente que los demás vecinos desconocían, junto con la circuns- tancia de ser ambos forasteros en La Mata (Teófilo por ser de fuera y mi padre por ir sólo los veranos), les hizo amigos inseparables. Aunque sólo se vean un par de meses al año.

      Cuando murió mi madre, su amistad se acentuó, pese a que mi padre estuvo dos años prácticamente sin hablar con nadie. Teófilo ya había pasado por ese trance y, aunque con otro talante (él, lejos de deprimirse, se dedicó a buscar viudas, hasta que encontró a Aurelia, para volver a casarse: yo no valgo para estar solo, me dijo un día, refiriéndose a mi padre), sabía ya lo que era eso. Así que empezó a aparecer por casa y a hacer compañía a mi padre sin importarle que éste a veces no le hiciera ningún caso. Él se sentaba ahí, debajo del corredor, o en el salón, si hacía frío, y si mi padre le hablaba él hablaba y, si no, se quedaba callado. Y, cuando le parecía, se marchaba.

      Poco a poco, sin embargo, a medida que los veranos fueron pasando, Teófilo consiguió lo que ni los psiquiatras ni la familia pudimos, pese a que lo intentamos de todas las maneras y por todos los medios a nuestro alcance: que mi padre volviera a interesarse por el mundo. Teófilo fue quien consiguió, por ejemplo, hacia el segundo o tercer verano, que mi padre empezase a hablar de algo que no fuera mi madre, o relacionado con ella o con su recuerdo, y quien le convenció más tarde para que le acompañase en sus paseos por el pueblo, algo que mi padre siempre había hecho, pero que había abandonado por completo desde entonces. Cuando acabó aquel verano, mi padre ya no era ni la sombra del que llegó a principios de julio y hasta había engordado algo. Poco, pues, al contrario que Teófilo, siempre ha sido muy delgado. A veces, cuando los veo venir desde lejos, caminando entre las casas de La Mata, los dos me recuerdan al Gordo y el Flaco.

     Pero ahora están ahí, debajo del corredor, contemplando los árboles y las estrellas, como todas las noches de verano. Es la primera de éste, que ha comenzado más tarde. Aunque no ha cambiado nada: el olor de la hierba, los sonidos del pueblo, el color azul de la noche y el resplandor de la luna sobre los árboles. Hasta la frase de Teófilo sigue siendo la misma de cada año cuando se despierta al cabo de un rato y dice a mi padre:

     _No se mueve ni una hoja.

http://ficus.pntic.mec.es/~jmas0085/juliollamazares.htm

(Vegamián, León, 1955) Escritor español. Repartió su actividad literaria entre la poesía, la novela y los artículos periodísticos. Aunque se le sitúa en la Generación poética de los ochenta, antologada por Luis Antonio de Villena en Postnovísimos (1986), fue reconocido fundamentalmente a raíz de su trabajo como novelista. Licenciado en derecho, abandonó muy pronto el ejercicio de la abogacía para dedicarse al periodismo escrito, radiofónico y televisivo en Madrid, ciudad donde estableció su residencia.