La montaña de Enrique Anderson Imbert

 

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sen-
tirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, in-
móviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
—¡Papá, papá! —llamó, a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
—¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Escalada en hielo - Wikipedia, la enciclopedia libre

.La última noche del mundo de Ray Bradburi

 

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Ray Bradbury: biogarfía, libros, frases, muerte y mucho más

Tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie Moberg Bradbury. En 1926, la familia se mudó a Tucson, Arizona, para volver a Waukegan en mayo de 1927.

En el año 1931 empezó escribiendo su propias historias. En 1932, después de que su padre dejó su trabajo como instalador de líneas telefónicas, la familia de Bradbury se mudó de nuevo a Tucson y otra vez volvió a Waukegan el año siguiente. En 1934, durante la Gran Depresión la familia se mudó a Los Angeles, California.


Vendió periódicos en las esquinas de Los Angeles de 1938 a 1942.

Durante su niñez, fue propenso a pesadillas y horribles fantasías que acabó por plasmar en sus relatos. Se graduó en 1938 en Los Angeles High School.

En sus inicios su obra esta fuertemente influenciada por Lovecraft y en sus relatos aparecen temas de terror y fantásticos. La primera historia de Bradbury publicada fue «El Dilema de Hollerbochen,» aparecida en 1938 en Imagination!, revista amateur. En 1939, publicó cuatro números de Futuria Fantasia, su propia revista amateur, donde la mayor parte del material era suyo. La primera publicación pagada de Bradbury fue «Pendulum» en 1941. En 1942, escribió «The Lake«, la historia en la qué descubrió su estilo de escritura distintivo.

Escritor de culto, genio de la ciencia-ficción, desde 1943 se dedicó plenamente a la literatura. Sus obras más famosas son Crónicas marcianas (1950), novela sobre la conquista de Marte, que le consolidó como autor de ciencia ficción, El hombre ilustrado (1951) y Farenheit 451 (1953) donde los libros están prohibidos y que inmortalizara en el cine François Truffaut. Ha trabajado escribiendo guiones de televisión, y es autor también de ensayos y poemas. Fue autor de más de 27 novelas, colecciones de cuentos y más de 600 relatos. En 1988 fue nombrado Gran Maestro Nebula y dio nombre a un asteroide: (9766) Bradbury.


Falleció el 6 de junio de 2012 en Los Ángeles.

Bibliografía

Relatos

Crónicas marcianas (1950)
El hombre ilustrado (1951)
Las doradas manzanas del sol (1953).
El país de octubre (1955)
Icarus Montgolfier Wright (1956)
Remedio para melancólicos (1960)
Las maquinarias de la alegría (1964)
Fantasmas de lo nuevo (1969)
Mucho después de medianoche (1974, 1975)
Cuentos de dinosaurios (1983)
Memoria de crímenes (1984)
El convector Toynbee (1988)
La bruja de abril y otros cuentos (1994)
Más rápido que el ojo (1996)
A Ciegas (1997)
De la ceniza volverás (2001)
Algo más en el equipaje (2003)
El signo del gato (2005)

Novelas

Fahrenheit 451 (1953)
El vino del estío (1957)
La feria de las tinieblas (1962)
El árbol de las brujas (1972)
La muerte es un asunto solitario (1985)
Cementerio para lunáticos (1990)
El ruido de un Trueno (1990)
Sombras verdes, ballena blanca (1992)
Matemos todos a Constance (2004)
El verano de la despedida (2006)
Ahora y siempre (2009). Now and Forever

Teatro

El maravilloso traje de color vainilla (1972)
Columna de fuego y otras obras para hoy, mañana y después de mañana (1975)

No ficción

Ayermañana. Respuestas evidentes a futuros imposibles (1991)
Zen en el arte de escribir (2002)
Bradbury habla (2008)

*buscabiografias.com

 

 Artículo: Biografía de Ray Bradbury 
 Autor: Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella Moreno y otros
 Website: Buscabiografias.com
 URL: https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/7710/Ray%20Bradbury 
 Publicación: 2013/08/21 
 Última actualización: 2019/11/28 

Kashtanka de Chejov

Obras completas (vol. IV, edición de Adolf Marks, 1899);

MALA CONDUCTA

      Una perrita rojiza, entre zarcera y podenca, de hocico muy semejante al de la zorra, corría de un lado a otro por la acera, mirando inquieta a su alrededor. De cuando en cuando, se detenía gimoteante, y, levantando tan pronto una pata como otra, parecía querer aclararse a sí misma cómo había sido posible que se hubiera perdido.
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado así: su amo, el carpintero Luka Aleksándrich, se encasquetó el gorro, se colocó debajo del brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo, y le gritó:
—¡Vamos, Kashtanka!
Al oír su nombre, la mixta de zarcera y podenca salió de debajo del banco, donde dormía sobre un lecho de virutas, desperezóse dulcemente y corrió tras el amo. Los clientes de Luka Aleksándrich vivían lejísimos; tan lejos, que antes de llegar a la casa de cada uno, el carpintero tenía que hacer escala en varias tabernas para reparar fuerzas. Kashtanka recordaba que se había portado muy mal todo el camino. Llena de júbilo porque la habían sacado de paseo, saltaba, ladraba a los tranvías tirados por caballos, penetraba en los patios y corría detrás de los perros. El carpintero la perdía de vista a veces, se paraba y le reñía enojado. En una ocasión llegó a agarrarla por una de sus orejas de raposa, y, con cara de pocos amigos, la zarandeó mientras gruñía, alargando las palabras:
—¡A-sí re-vien-tes, mal nacida!
Después de visitar a los clientes, Luka Aleksándrich pasó un momento por el domicilio de su hermana, donde se tomó unas copas y un bocado; de allí salió para la casa de un encuadernador conocido; luego entró en una taberna; de la taberna se fue a ver a su compadre; y así sucesivamente. Dicho de otro modo, cuando Kashtanka se vio en la acera desconocida, oscurecía ya; y el carpintero, más borracho que una cuba, agitando los brazos y jadeando profundamente, tartamudeaba:
—En el pecado me engendró mi madre dentro de las entrañas. ¡Oh pecados, pecados! Vamos andando por esta calle y miramos a los faroles; pero después de muertos arderemos en el gehena del fuego…
O bien, enternecido súbitamente, llamaba a la perrita y le decía:
—No eres más que un insecto, Kashtanka. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dotador comparado con un carpintero…
Mientras le hablaba de esta suerte, se oyó de repente el estruendo de una banda de música. Kashtanka miró en la dirección del ruido y vio venir hacia ella todo un regimiento. Como la música la enervaba, se puso a ladrar agitada. Pero, ante su asombro, el carpintero, en lugar de asustarse y de lanzar alaridos, sonrió con toda su cara, se cuadró y saludó llevándose los cinco dedos a la sien. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka arreció en sus ladridos y, sin reparar en lo que hacía, atravesó la calle a la carrera y se fue a la acera de enfrente.
Cuando quiso percatarse había desaparecido el regimiento con su música. Kashtanka corrió a la acera opuesta buscando a su amo; pero, ¡ay!, ya no le encontró allí. Corrió hacia adelante, corrió hacia atrás, tornó a cruzar la calle… Y el carpintero sin aparecer. Diríase que se le había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olfatear la acera con la esperanza de encontrarle por el olor de las huellas; mas algún canalla había pasado por allí con unos chanclos de goma y ahora todos los olores delicados se confundían con el acre hedor del caucho, de modo que era imposible sacar nada en limpio.
Kashtanka erró de acá para allá, sin dar con Luka Aleksándrich. Mientras tanto, iba oscureciendo. A ambos lados de la calle encendieron los faroles. Se iluminaron las ventanas de las casas. Caían gruesos copos de nieve, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y los gorros de los cocheros; y cuanto más se oscurecía el aire tanto más blancos se tomaban los objetos.
Junto a Kashtanka, limitando su campo visual y empujándola con los pies, pasaban sin cesar, en una y otra dirección, clientes desconocidos. (Ella dividía a toda la Humanidad en dos partes: dueños y clientes. Entre aquéllos y éstos existía una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle a ella, y a los segundos tenía ella derecho a morderles en las pantorrillas). Los clientes en cuestión iban de prisa, sin prestarle la menor atención.
Cuando oscureció del todo, la desesperación y el miedo se apoderaron de Kashtanka que, acurrucándose en un portal, se echó a llorar amargamente. Extenuada de caminar todo el día con Luka Aleksándrich; tenía, además, heladas las patas y las orejas, y un hambre voraz la martirizaba.
En toda la jornada había conseguido comer algo tan solo un par de veces: en casa del encuadernador tuvo ocasión de engullir un poco de cola de almidón; y en una de las tabernas visitadas por su amo, encontró un trozo de pellejo de embutido. De haber sido una persona, y no una perra, de fijo que hubiera pensado:
“Es imposible vivir así. Esto es para pegarse un tiro”.

II
EL DESCONOCIDO MISTERIOSO

      Pero Kashtanka no pensaba nada. Limitábase a llorar. Cuando la nieve, blanda y esponjosa, le cubrió totalmente el lomo y la cabeza, y cuando ella, exhausta, comenzaba a sumirse en un pesado sopor, se abrió de pronto la puerta entre chirridos, golpeándole un costado. El animal pegó un salto. Por la puerta salió un hombre perteneciente a la categoría de los clientes. Como Kashtanka, al saltar, chilló y se enredó en las piernas del desconocido, éste no pudo por menos de advertir su presencia. Agachándose un poco, le dijo:
—¡Oh, qué perrilla! ¿De dónde has salido? ¿Te he hecho daño? ¡Pobrecita, pobrecita! No te enfades. Perdóname.
Kashtanka miró a través de los copitos de nieve pendientes de sus pestañas, y vio a un individuo grueso y chaparrete, de cara rasurada y redonda, sombrero de copa y abrigo desabrochado.
—¡No te apures! —continuó el desconocido, quitándole la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? ¿Te has extraviado? ¡Pobre perrilla! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido una nota cálida y afectuosa, Kashtanka le lamió la mano y reanudó sus gemidos con más fuerza que antes.
—¡Hombre, qué gracia tienes! —dijo el hombre—. Pareces enteramente una zorra. Bueno, qué le vamos a hacer… Vente conmigo. A lo mejor sirves para algo. ¡Hala, hala!
Acompañó sus palabras con un chasquido de los labios y un ademán que solo podía significar una cosa: “¡Vamos!”. Y Kashtanka obedeció.
Antes de media hora, ya estaba tendida en un aposento grande y claro; con la cabeza ladeada, miraba curiosa y conmovida al desconocido que, sentado a la mesa, cenaba y le echaba alguna que otra cosilla… Empezó dándole pan y corteza verde de queso; luego le tiró un trozo de carne, media empanadilla, huesos de pollo… Y ella, impulsada por su hambre canina, lo devoró todo con tal rapidez, que ni siquiera se dio cuenta de su sabor. Y cuanto más comía, tanto más se acrecentaba su hambre.
—Muy mal te alimentaba tu amo —comentó el desconocido al verla engullir con tanta voracidad, sin masticar siquiera lo que le llegaba a la boca—. ¡Qué canija estás! No tienes más que huesos y pellejo…
Kashtanka comió como una bárbara; pero, lejos de hartarse, lo único que hizo fue embriagarse con la comida. Terminada la cena, se estiró en el suelo; y, notando en el cuerpo una pesadez grata, meneó el rabo. Mientras su nuevo amo, repantigado en una butaca, fumaba un hermoso habano, ella movía la cola y se preguntaba dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el carpintero. En la nueva casa todo era pobre y feo: quitando las butacas, el diván, la araña del techo y las alfombras, no había nada más; y la habitación parecía estar vacía; en cambio, el piso del carpintero estaba lleno de cosas atractivas: una mesa, un banco de trabajo, un montón de virutas, escoplos, formones, sierras, un pardillo en una jaula, una tinaja… El aposento del desconocido no tenía ningún olor, mientras que en casa del carpintero flotaba siempre una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Eso sí: el desconocido poseía una gran ventaja: daba mucho de comer y, además, había que reconocerlo, cuando Kashtanka, sentada junto a la mesa, le miraba suplicante, él no le pegaba, no le daba puntapiés, ni le gritaba: “¡Fuera, maldita!”.
Una vez que se fumó el cigarro puro, su nuevo dueño pasó a otra habitación y regresó al instante trayendo un colchoncito.
—¡Eh, perrilla, acuéstate aquí a dormir! —la invitó, extendiendo el colchón en un rincón al lado del diván.
Hecho esto, apagó la luz y se marchó, Kashtanka se acomodó en su cama y cerró los ojos. De pronto oyó un ladrido procedente de la calle. Quiso responder, pero se sintió embargada de súbita tristeza. Se acordó de Luka Aleksándrich, de su hijo Fediushka, de su confortable dormitorio debajo del banco… Recordó que en las largas veladas del invierno, mientras el carpintero cepillaba madera o leía el periódico, Fediushka solía jugar con ella. Tirándole de las patas traseras, la sacaba de debajo del banco y hacía tales diabluras, que a ella se le nublaban los ojos y le dolían todos los huesos. La obligaba a andar en dos patas: le hacía “la campana”, es decir, la suspendía del rabo, moviendo el brazo y riéndose de sus gritos y alaridos; le daba rapé; y la peor de las “bromas” era la siguiente: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo echaba a Kashtanka y, cuando ella se la había tragado, tiraba de la cuerda y se lo sacaba del estómago entre risotadas estruendosas. Cuantos más fuertes eran los recuerdos, tanto más y con tanta mayor tristeza gemía la pobre.
Mas el cansancio y el calor no tardaron en imponerse a la melancolía… Kashtanka se adormiló. Vio con la imaginación perros que corrían. Entre ellos pasó un lulú viejo y lanudo al que había visto por la tarde: tenía una nube en un ojo y mechones de lana rodeándole el hocico. Fediushka, con un cincel en la mano, se puso a perseguir al lulú; pero, de pronto, él mismo se cubrió de hirsuta lana, rompió a ladrar con alegría y apareció junto a Kashtanka. Los dos se olfatearon amigablemente los hocicos y se fueron a la calle…

III
NUEVOS Y AGRADABLES CONOCIDOS

      Despertó Kashtanka ya con luz. De la calle le llegaron ruidos propios del día. En la habitación no había ni un alma. La perrita se desperezó, bostezó y dio unos paseos por el aposento, enojada y triste. Olfateó los rincones y los muebles, se asomó al recibidor y no encontró nada digno de interés. Además de la puerta que daba al recibidor había otra. Tras un breve instante de indecisión, Kashtanka la arañó con las dos manos, la abrió y pasó al cuarto vecino. Allí estaba, durmiendo en su cama y cubierto con una manta, el cliente de la víspera.
—¡Brrrr! —gruñó el animal, pero al acordarse de la cena del día anterior, se puso a menear el rabo y a olfatear todo cuanto tenía a su alcance. Aplicó el hocico a la ropa y a las botas del desconocido, percibiendo un olor muy semejante al de los caballos. Otra puerta, cerrada también, conducía desde el dormitorio a algún sitio. Kashtanka se apoyó de manos en ella, la empujó con el pecho, la abrió y notó, en seguida, un olor extraño y sospechoso. Temerosa de un encuentro desagradable, gruñendo y mirando recelosa, penetró en un cuartito empapelado y sucio, pero retrocedió asustada. Acababa de ver algo espantoso: un ganso gris avanzaba hacia ella con la cabeza a ras de tierra, abiertas las alas y siseando. A poca distancia, sobre un jergoncillo, yacía un gato blanco que, al ver a Kashtanka, se levantó de un brinco, arqueó el lomo, metió el rabo entre las patas, erizó el pelo y soltó un “¡fu!” nada tranquilizador. La perrita se atemorizó muy en serio; mas, para guardar las formas, ladró fuertemente y se lanzó hacia el gato. Éste combó más aún el lomo, exhalo un bufido y asestó; un manotazo a la agresora. Kashtanka reculó, agazapándose sobre las cuatro patas; y, alargando el hocico hacia el minino, emitió unos ladridos penetrantes y largos. En esto, el ganso llegó por detrás y le atizó un doloroso picotazo en la rabadilla. Kashtanka se revolvió arremetió contra él.
—¿Qué pasa aquí? —se oyó la voz enojada del desconocido, entró envuelto en una bata de casa y con un habano entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio todo el mundo!
Acercándose al gato le dio un papirotazo en el arqueado lomo y le dijo:
—¿Qué es esto, Fiódor Timófeich? ¿Una pelea? ¡Oh, viejo canalla! ¡Tiéndete!
Y dirigiéndose al ganso, le gritó:
—¡Iván Ivanich, a tu sitio!
El felino se acostó dócilmente en su jergón y cerró los ojos. A juzgar por su hocico y sus bigotes, no parecía muy satisfecho de haberse calentado más de la cuenta y de haber entrado en riña.
Kashtanka gimió ofendida; y el ganso, alargando el cuello, se puso a hablar a la carrera, con vehemencia y sonoridad, aunque no se le entendía.
—Está bien, está bien —bostezó el amo—. Hay que vivir en paz y armonía. —Y después de acariciar a Kashtanka, prosiguió—: Y tú, pelirroja, no tengas miedo… Esta es buena gente y no te hará daño. Espera: ¿qué nombre vamos a ponerte? No puedes seguir sin nombre, hermana.
El desconocido estuvo pensativo un momentito y decidió:
—Pues mira, te llamarás Tiotka. ¿Me has entendido? ¡Tiotka!
Después de repetir el nombre varias veces, salió. Kashtanka sentóse y se puso a observar. El gato, inmóvil en su jergón, fingía dormir. El ganso, alargando el cuello y pataleando en el mismo sitio, continuaba hablando rápidamente, como enojado. Debía de ser muy sabio. Al final de cada parrafada retrocedía, sorprendido; y daba la impresión de admirarse de su discurso. Después de oírle y de responderle con un gruñido, Kashtanka comenzó a husmear por los rincones. En uno de ellos, dentro de un barreño, vio guisantes húmedos y un poco de salvado. Probó los guisantes y no le gustaron; probó el salvado y se puso a comérselo. El ganso no se molestó al ver que la perra intrusa se comía el almuerzo. Por el contrario, empezó a parlotear con más calor todavía; y, para patentizar su confianza, se acercó al barreño y engulló unos cuantos guisantes.

IV
MILAGROS

       A poco tardar, regresó el desconocido trayendo un objeto extraño, parecido a una puerta o a la letra A. En el travesaño de aquella tosca A de madera pendía una campana y había una pistola atada. Del badajo de la primera y del gatillo de la segunda salían sendas cuerdas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo un buen rato atando y desatando algo; y, por último, miró al ganso y le dijo:
—Iván Ivánich, tenga la bondad.
El ganso se le aproximó y se le colocó en posición de espera.
—A ver —ordenó el desconocido—. Comencemos desde el principio. Ante todo, haz la reverencia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, miró en tomo suyo, inclinándose, y terminó cuadrándose.
—¡Magnífico! Ahora muérete.
El ganso se tendió boca arriba pataleando. Después de varios trucos de tan poca monta como éste el desconocido se llevó las manos a cabeza, puso cara de horror y comenzó a gritar:
—¡Socorro, fuego, socorro!
Iván Ivánich corrió a la A, agarró la cuerda con el pico y se puso a repicar la campana.
El desconocido quedó muy contento. Acarició al ganso y le felicitó:
—¡Bravo, Iván Ivánich! Y, ahora, figúrate que eres joyero y que tienes una tienda donde hay alhajas, oro y brillantes. Un buen día llegas y encuentras en ella ladrones. ¿Qué harías en semejante caso?
El ganso tiró con el pico de la otra cuerda y sonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le hizo gracia el tañido de la campana; pero el disparo le produjo tal júbilo, que empezó a corretear ladrando alrededor de la A.
—¡A tu sitio, Tiotka! —le gritó el desconocido— ¡A callar!
El trabajo de Iván Ivánich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no le quitaba ojo; ladrando de alegría, corrió muchas veces alrededor de Iván Ivánich. Cansados ya el ganso y el desconocido, éste se enjugó el sudor de la frente y gritó:
—María, que venga Javrona Ivánovna.
Antes de un minuto se oyeron gruñidos. Kashtanka rugió, adoptó una posición belicosa; y, por si acaso, se colocó lo más cerca posible del desconocido. Abrióse la puerta, asomó la cabeza una vieja y, pronunciando unas palabras, dio paso a un cerdo muy feo. Sin reparar en los rugidos de Kashtanka, el cochino levantó el hocico y emitió alegres gruñidos. Diríase que le complacía ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al felino, empujándole con la cabeza en la barriga, y luego, cuando se puso a conversar con el ganso, sus movimientos, su voz y la vibración de su minúsculo rabo denotaron un gran afecto. Kashtanka comprendió en seguida la inutilidad de rugir o de ladrar a semejantes sujetos.
El dueño retiró la A y ordenó:
—Tenga la bondad de venir, Fiódor Timófeich.
Levantóse el gato, se desperezó cansino; y, a regañadientes, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
—Empezamos por la pirámide de Egipto —dijo el dueño.
Se pasó un buen rato dándoles explicaciones, al cabo de lo cual gritó:
—¡Una, dos, tres!
Al oír la última palabra Iván Ivánich abrió las alas y subió de un vuelo al lomo del cochino. Una vez que, equilibrándose con ayuda de las alas y del cuello, logró asentarse en la peluda espalda, le llegó el tumo a Fiódor Timófeich: flojo y perezoso, con evidente desgana y aire despreciativo para su propio arte, se subió, primero al lomo de Javrona Ivánovna; a renglón seguido, también como contra su voluntad, se encaramó encima del ganso; y una vez allí, se puso en pie sobre las patas traseras. Era lo que el desconocido llamaba “pirámide de Egipto”. Kashtanka chilló de júbilo, pero en aquel mismo instante, el viejo minino bostezó; y, perdiendo el equilibrio, cayó del ganso; Iván Ivánich, a su vez, también se vino por los suelos. El desconocido, vociferante, agitó los brazos y se puso a dar nuevas explicaciones. Después de dedicar una hora a la pirámide, el infatigable dueño procedió a enseñar a Iván Ivánich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, y así sucesivamente.
Los ensayos terminaron cuando el desconocido, enjugándose el sudor de la frente, se marchó. Fiódor Timófeich bufó con hastío, se tumbó en el jergón y cerró los ojos. Iván Ivánich se encaminó al barreño, y al cerdo se lo llevó la vieja. Gracias a las muchas impresiones, el día pasó casi sin que Kashtanka lo sintiera. Por la tarde, la perrita fue trasladada, con su jergón, a la habitacioncilla empapelada y sucia. Durmió en compañía de Fiódor Timófeich y del ganso.

V
¡ARTE! ¡ARTE!

      Transcurrió un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a que todas las tardes le diesen bien de comer y a que la llamasen Tiotka. También se habituó a vivir con el desconocido y con sus compañeros de habitación. La vida transcurría plácidamente.
Todos los días comenzaban de la misma manera. El primero en despertarse era Iván Ivánich, que se acercaba inmediatamente a Tiotka o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.
Fiódor Timófeich era otra clase de caballero. Al despertarse no hacía el menor ruido, ni se movía, ni abría los ojos siquiera. De buena gana, ni se hubiera despertado, porque estaba clara su aversión a la vida. Nada le interesaba; su actitud era siempre descuidada y desidiosa; despreciaba al mundo entero, e incluso mientras engullía su sabrosa comida, bufaba con asco.
Al despertarse, Kashtanka daba un paseo por las habitaciones, olfateando los rincones. A ella y al gato se les permitía recorrer todo el piso. El ganso no tenía derecho a salir del cuartucho empapelado. Y Javrona Ivánovna vivía en una zahúrda en el patio, presentándose en la habitación solamente a la hora de los ensayos. El dueño se despertaba tarde; y, después de desayunar, la emprendía con sus trucos. A diario traían la A, el látigo y los aros; y siempre se hacía lo mismo. Los ejercicios duraban tres o cuatro horas, de modo que, a veces, Fiódor Timófeich se tambaleaba de cansancio, como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, jadeante; y el amo, rojo como un tomate, no daba abasto a limpiarse el sudor de la frente.
Los ejercicios y el almuerzo amenizaban el día. En cambio, las tardes resultaban un poco aburridas; como regla general, el dueño salía, llevándose al ganso y al pato. Al quedarse sola, Tiotka se tendía en el colchoncillo y se ponía triste. La tristeza llegaba imperceptiblemente y se apoderaba de ella poco a poco, como las tinieblas de la habitación. Empezaba por perder la gana de ladrar, de comer, de corretear por el piso y hasta de mirar a cualquier parte; luego aparecían en su imaginación dos figuras imprecisas, quizá perros o quizá personas, de caras simpáticas y atractivas, aunque incomprensibles; Tiotka, al verlas, movía el rabo, creyendo haberlas visto en alguna parte y haberles tenido cariño alguna vez. Y mientras se adormilaba, percibía el olor de aquellas figuras: olor a cola, a virutas y a barniz.
Ya acostumbrada a la nueva vida y convertida, de una perrilla escuálida y huesuda, en una perra alimentada y rolliza, el dueño la acarició una vez, antes de los ensayos, y le dijo:
—Va siendo hora de que hagamos algo, Tiotka. Basta de comer la sopa boba. Quiero hacer de ti una artista. ¿Te gustaría serlo?
A partir de entonces comenzó a instruirla en varias ciencias. Durante la primera lección, aprendió a mantenerse y a andar con las dos patas traseras, cosa que le gustó muchísimo. En la segunda, el dueño la hizo saltar y atrapar con la bota un trozo de azúcar que el maestro le mostraba a buena altura. En lecciones posteriores, bailó, dio vueltas atada a una cuerda, aulló acompañada de música, tocó la campana y disparó el revólver.
Al cabo de un mes estaba ya en condiciones de sustituir a Fiódor Timófeich en la “pirámide de Egipto”. Ponía aplicación y se alegraba de sus progresos. Las vueltas atada a la cuerda, los saltos por el aro y los paseos a caballo sobre el viejo cerdo, le causaban un placer enorme. Acompañaba cada cosa que aprendía con ladridos de contento.
El maestro se asombraba, lleno también de alegría, y se frotaba las manos.
—¡Arte, arte! —exclamaba— Tienes arte. No cabe duda de que triunfarás.
Y Tiotka se acostumbró de tal modo a la palabra arte, que, cuando la pronunciaba el dueño, ella volvía la cabeza, como si se tratase de su nombre.

VI
UNA NOCHE INTRANQUILA

      Tiotka soñó —sueños perrunos— que el guarda de una casa la perseguía con una escoba. Y se despertó asustada.
La habitación estaba silenciosa y oscura. Hacía bochorno. Picaban las pulgas. Tiotka nunca temió a la oscuridad; pero en esta ocasión, sin que se sepa el motivo, sintió miedo y deseo de ladrar. En la habitación contigua suspiró profundamente el amo. Al poco rato, gruñó el cerdo en su pocilga; y tornó a hacerse el silencio. Cuando uno piensa en la comida nota cierto alivio. Tiotka recordó que aquella tarde había robado una pata de pollo, a Fiódor Timófeich, escondiéndola luego en la sala de estar, entre el armario y la pared, donde abundaban las telarañas y el polvo. No estaría mal ir a cerciorarse de si seguía en el mismo sitio, pues podía haberla encontrado el dueño y habérsela comido. Pero hasta el amanecer no se permitía salir. Era una regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse antes, porque sabía, por experiencia, que cuanto más pronto se duerme uno tanto antes amanece. De repente, a poca distancia, resonó un grito extraño que la hizo temblar y ponerse en pie. Había gritado Iván Ivánich: y su grito no era persuasivo y charlatanesco, como de costumbre, sino salvaje, penetrante, antinatural, parecido al chirriar de las puertas cuando se abren. Como no distinguiera nada en las tinieblas ni comprendiera nada, Tiotka se atemorizó más aún y soltó un rugido:
—¡Jrrrr!
Transcurrió algo de tiempo, el necesario para roer un buen hueso; y el grito no se repitió. Poco a poco, Tiotka se tranquilizó y se adormiló. Vio, en sueños, dos enormes perros negros, con mechones de lana en las ancas y en los costados, comiendo en una gran tinaja desperdicios que exhalaban un humillo blanco y un olor exquisito. De cuando en cuando, los perros miraban a Tiotka, le enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te damos!”. En esto, salió de la casa un muzhik vestido con una pelliza y los echó a latigazos. Tiotka aprovechó la oportunidad y se puso a comer en la tinaja; pero, apenas el muzhik desapareció tras el portalón, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella, rugientes; y volvió a oírse el grito penetrante.
—¡Kiii! ¡Kiii! —chilló Iván Ivánich.
Tiotka despertó, incorporándose; y, sin salirse del jergón, comenzó a lanzar aullidos. Ahora se le antojaba que no había gritado Iván Ivánich, sino un extraño. Y el cerdo tornó a gruñir en su pocilga, por no se sabía qué razón.
Por fin, se oyó ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo. Entró el dueño con una palmatoria en la mano y envuelto en una bata. La oscilante luz deshizo las tinieblas y revoloteó, en pequeños resplandores, por el sucio empapelado y por el techo. Tiotka comprobó que no había en la habitación un solo extraño. Iván Ivánich, posado en el suelo, no dormía. Tenía las alas y el pico abiertos, y por su aspecto parecía muy cansado y deseoso de beber. El viejo Fiódor Timófeich también estaba en vela. Acaso le habrían despertado los gritos.
—¿Qué te pasa, Iván Ivánich? —preguntó el amo al pato—, ¿por qué chillas? ¿Estás enfermo?
El pato quedó callado. El dueño le palpó el cuello, le acarició la espalda y le dijo:
—¡Qué tonto eres! Ni duermes ni dejas dormir.
Cuando el dueño salió de la habitación llevándose la palmatoria, volvieron a reinar las tinieblas. Tiotka sentía miedo. Aunque el ganso no chillaba, ella seguía imaginándose que en la oscuridad acechaba un extraño. Y lo peor de todo era que no había modo de morder al intruso por ser invisible y no tener forma concreta, Tiotka intuía algún mal para aquella noche. Fiódor Timófeich también se mostraba intranquilo: se le oía removerse en el jergón, bostezar y sacudir la cabeza.
Allá, en la calle, llamaron a una puerta; y en la zahúrda gruñó el marrano. Tiotka exhaló un aullido, estiró las patas delanteras y apoyó en ellas la cabeza. En las llamadas a la puerta, en el gruñir de Javrona Ivánovna, en las sombras y en el silencio, se le antojó percibir algo triste y pavoroso, como en el graznido de Iván Ivánich. Todo era inquietud y alarma; pero ¿por qué? ¿Quién era aquel ser extraño e invisible? A un palmo de Tiotka relumbraron, de pronto, dos chispas verdes y mortecinas: los ojos de Fiódor Timófeich, que se le acercaban por primera vez desde que trabaron conocimiento. ¿Qué necesitaría? Tiotka le lamió una pata; y, sin preguntarle el motivo de su aproximación, se puso a aullar por lo bajo y en diversos tonos.
—¡Kiii! ¡Kiii! —graznó Iván Ivánich.
Abrióse de nuevo la puerta y penetró el dueño con la vela. El ganso continuaba posado como antes, abiertos el pico y las alas, pero con los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó el señor.
El ganso no se movió. Sentóse el amo a su lado, en el suelo; le estuvo contemplando cosa de un minuto, y dijo:
—¿Qué viene a ser esto, Iván Ivánich? ¿Te nos mueres? ¡Ay, ahora recuerdo! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ya sé lo que ha sido! ¡Esta tarde te pisó un caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía las palabras del dueño; pero, por su cara, notaba que iba a suceder algo horrible. La perrita alargó el hocico hacia la oscura ventana, por la que, según ella creía, estaba mirando el ser extraño; y se puso a dar alaridos.
—¡Se está muriendo, Tiotka! —le dijo el amo juntando las manos apenado—. Sí, sí, se muere. Ha venido la muerte a vuestra habitación. ¿Qué vamos a hacer?
Pálido y alarmado, el amo se volvió a su dormitorio suspirando y moviendo la cabeza. Tiotka, temerosa de quedarse sola en la oscuridad, le siguió. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—¡Dios mío! ¿Qué hacer ahora?
Tiotka daba vueltas junto a sus pies, sin comprender la tristeza y la intranquilidad de él; y, deseosa de desentrañar el misterio, seguía atentamente todos sus movimientos. Fiódor Timófeich, que rara vez abandonaba su jergón, también vino al dormitorio del dueño; y no hacía más que restregarse los costados por sus piernas. Sacudiendo la cabeza, como si quisiera arrojar de ella pensamientos amargos, miraba, receloso, debajo de la cama.
El amo cogió un platillo, echó en él un poco de agua de la palangana y se la llevó al ganso.
—Toma, bebe —le dijo cariñosamente, poniéndole el plato por delante—. Bebe, salado.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El dueño le llevó la cabeza hasta el plato y le metió el pico en el agua; mas la pobre ave, lo único que hizo fue extender más las alas mientras el pico, inmóvil, quedaba dentro del agua.
—No, no hay nada que hacer —suspiró el amo—. Se acabó. Nos podemos despedir de Iván Ivánich.
Por sus mejillas resbalaron unas gotas brillantes como las que solían aparecer en las ventanas cuando llovía. Sin comprender lo que pasaba, Tiotka y Fiódor Timófeich se apretujaron contra él, mirando horrorizados al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —se lamentó el señor, suspirando tristemente—. ¡Yo que pensaba llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la hierba verde! ¡Simpático animal y buen compañero mío! ¿Cómo voy a arreglarme sin ti?
Tiotka se figuró que a ella le sucedería lo mismo; es decir, que sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca y todos la mirarían con horror. Al parecer, los mismos pensamientos bullían en el cerebro de Fiódor Timófeich. Nunca había estado tan sombrío y tan lúgubre el viejo gato.
Amanecía; y ya no estaba en la habitación el extraño ser invisible que tanto atemorizaba a Tiotka. Cuando aclaró por completo, entró el dvornik [el encargado de la limpieza en las casas], agarró de las patas al ganso y se lo llevó. Y a poco tardar apareció la vieja y se llevó el barreño.
La perrita fue a la sala y miró detrás del armario: el dueño no se había comido la pata de pollo, que continuaba en su sitio entre polvo y telarañas. Mas no por ello se alegró Tiotka: estaba aburrida, triste, con ganas de llorar. Ni siquiera olió la pata; se refugió debajo del diván, se echó allí y comenzó a gemir con aullidos lastimeros:
—¡Jiii! ¡Jiii!

VII
UN “DEBUT” INFORTUNADO

      Un buen día, el amo entró en la habitación de los animales; y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quería añadir algo, pero se marchó sin hacerlo. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su cara y su entonación, adivinó que estaba inquieto, preocupado y quizá mohíno. Al poco rato regresó el amo diciendo:
—Hoy me llevo a Tiotka y a Fiódor Timófeich. Tú, Tiotka, sustituirás al difunto Iván Ivánich en la “pirámide de Egipto”. ¡Menuda faena! No tenemos nada preparado ni aprendido… Como hemos ensayado tan pocas veces… ¡Podemos fracasar, cubrirnos de ridículo!
Salió de nuevo; y un minuto más tarde regresó con el abrigo y la chistera puestos. Acercándose al gato, lo agarró de las patas delanteras, lo levantó en vilo y se lo metió en el pecho bajo las solapas del abrigo, siendo de notar que Fiódor Timófeich se mostró indiferente y ni siquiera se tomó el trabajo de abrir los ojos. Al parecer, le daba igual estar tendido que ser levantado por las patas, revolcarse en su jergón que reposar sobre el pecho y bajo el abrigo del señor.
—En marcha, Tiotka —la invitó el dueño.
Sin comprender nada, y haciendo fiestas con el rabo, Tiotka le siguió; minutos después iba sentada en un trineo, a los pies del dueño, oyéndole decir mientras tiritaba de frío y de nerviosismo:
—¡Fracasaremos! ¡Haremos el ridículo!
El trineo se detuvo ante una casa grande y rara, semejante a una sopera boca abajo. Entraron en un largo pasillo, con tres puertas de cristales, alumbrado por una docena de refulgentes faroles. Las puertas se abrían tintineando; y, como bocas gigantescas, se tragaban a la gente que iba y venía de un lado para otro. El público era mucho; llegaban con frecuencia caballos; pero no se veía un solo perro.
Agarrando a Tiotka, el amo la metió en el mismo sitio en que se hallaba Fiódor Timófeich. Aquello estaba oscuro y era difícil respirar; pero no hacía frío. Por un instante, brillaron dos resplandores verdosos y mortecinos: el gato había abierto los ojos, inquieto al sentir junto a él las frías y ásperas patas de su vecina. Tiotka le lamió una oreja; y, queriendo acomodarse lo mejor posible, se removió, aplastó al minino con sus heladas extremidades y sacó la cabeza impensadamente; pero acto seguido volvió a ocultarla bajo el abrigo con un gruñido de irritación. Creía haber visto una habitación enorme, mal alumbrada y llena de monstruos: tras las vallas y las rejas que se alzaban a ambos lados asomaban las caras más horribles —de caballo, con cuernos, orejudas— y un enorme hocico con un rabo gordísimo en lugar de nariz y dos largos huecos completamente roídos colgando de la boca.
El gato emitió un ronco maullido bajo las garras de Tiotka, pero en aquel preciso instante se abrió el abrigo, el dueño gritó: “¡Hop!”, y los dos animales saltaron al suelo. Se encontraban en un cuarto de grises paredes de madera. Todo el mobiliario consistía en una mesilla, un espejó, un taburete y unos trapos colgados por los rincones; en lugar de lámpara o de vela ardía una luz muy clara, en forma de abanico, adherida a un tubo que salía de la pared. Fiódor Timófeich se alisó con la lengua la piel despeinada por Tiotka, se fue bajo el taburete y se tendió. El dueño, nervioso todavía y frotándose las manos, comenzó a desnudarse. Se quedó como solía quedarse en casa para dormir; es decir, en ropas menores, tras de lo cual tomó asiento en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a hacer cosas la mar de peregrinas. Ante todo se puso una peluca con una raya en medio y dos rizos semejantes a cuernos; luego se embadurnó la cara con una pintura blanca, sobre la cual se dibujó unas cejas largas y unos bigotes; y se coloreó de rojo la cara. Mas no terminaron aquí sus rarezas: después de ensuciarse los caprinos y el cuello, se enfundó en un traje estrafalario y disparatado, que Tiotka no había visto nunca, ni en la calle ni en las casas. Figúrense ustedes unos pantalones anchísimos, de percal, con flores muy grandes, como las que se usan en muchas casas para las cortinas y para la guarnición de los muebles, que se abotonaban junto a los sobacos. Una pernera era color castaño y otra amarillo claro. Después de desaparecer en el descomunal pantalón, el dueño se puso una blusa de gran cuello con muchas puntas y una estrella de oro en la espalda, dos medias de colores distintos y unas botazas verdes…
A Tiotka se le nublaron los ojos y el alma. Aquella figura de saco tenía el olor del amo y su voz era también parecida; pero había momentos en que la perrita, hecha un mar de dudas, hubiera huido de la abigarrada figura y se hubiera puesto a ladrarle. El cambio de casa, la luz en abanico, el olor y la metamorfosis del amo, le infundían un temor vago, acompañado del presentimiento de que a cada paso podía encontrarse con algo tan horrible como el enorme hocico que tenía un rabo descomunal en lugar de nariz. Para colmo de males, a cierta distancia, al otro lado de la pared, tacaba la odiosa música y resonaba un rugido incomprensible. Lo único que la tranquilizaba era la impasibilidad de Fiódor Timófeich, que dormitaba, muy a su sabor, bajo el taburete, sin abrir los ojos ni siquiera cuando lo movían.
Un caballero de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció:
—Ahora sale miss Arabella. Después le toca a usted.
El dueño no respondió. Sacando de debajo de la mesa un maletín, se sentó y quedo a la espera. Sus labios y sus manos denotaban turbación; y Tiotka advirtió la trémula irregularidad de su respiración.
—Ha llegado su turno, monsieur George —gritó alguien en el pasillo.
Levantóse el amo, se persignó tres veces, agarró al gato de debajo del taburete y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender palabra, se dejó elevar. El dueño la besó en la frente y la puso al lado de Fiódor Timófeich. Tras esto siguió la oscuridad. La perra pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín; y el miedo le impedía producir el menor sonido. El maletín se balanceaba como si fuera a merced de las olas.
—¡Aquí estoy! —se oyó gritar al amo—. ¡Aquí me tienen ya!
Tiotka notó que después de este grito, el maletín chocó contra un objeto duro y dejó de balancearse. Resonó un gran estruendo: a alguien le tocaban palmas; y este alguien, que, por lo visto, era el del hocico con un rabo en lugar de nariz, aullaba y se reía con tanta fuerza que hacía temblar las cerraduras del maletín. Respondiendo al estruendo, sonó una risa, estridente y chillona, del dueño, una risa que no era la de casa.
—¡Ja, ja, ja! —trató de sobreponerse con sus carcajadas al ruido que se oía—. Respetable público: acabo de llegar de la estación; ha fallecido mi abuela dejándome una herencia. Traigo en el maletín algo muy pesado. De seguro que es oro. ¡Ja, ja, ja! A lo mejor hay aquí millones. Abriremos para verlo…
Chasqueó la cerradura del maletín. Una luz muy intensa impresionó a Tiotka, que saltó al suelo; y, ensordecida por el estruendo, se puso a corretear asustada en tomo a su amo, ladrando con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Ja, ja! —gritó el amo— ¡Querido tío Fiódor Timófeich! ¡Adorada tía! ¡Inapreciables parientes! ¡Así os llevara el diablo!
Acto seguido se tiró de bruces sobre la arena y comenzó a abrazar al gato y a Tiotka. Ésta, mientras él la abrazaba, echó un vistazo a aquel mundo al que la había arrastrado el destino; y, asombrada de su grandiosidad, permaneció un instante como embelesada de júbilo; pero luego escapó de los brazos del dueño y, desconcertada por tan fuertes impresiones, se puso a dar vueltas como una peonza, en el mismo sitio. El nuevo mundo era grande y lleno de luz brillante: a dondequiera que dirigía la vista, desde el suelo hasta el techo, no había más que caras y más caras.
—¡Haga el favor de sentarse, tía! —le rogó el dueño.
Acordándose del significado de esta orden. Tiotka saltó a una silla y se sentó en ella. Al mirar al amo encontró que sus ojos tenían la habitual expresión de seriedad y dulzura: pero su cara, y en particular la boca y los dientes, estaba deformada por una sonrisa amplia e inmóvil, Como le veía reír, saltar, mover los hombros y fingir alegría, Tiotka creyó que verdaderamente estaba contento. Y de pronto, percatándose de que la contemplaban miles de ojos, levantó el hocico de zorra y exhaló un alegre aullido.
—Estese quieta, tía —dijo el amo—, mientras el tío y yo bailarnos una kamarinskaia [el tema musical del folclore ruso, compuesto en 1848 por Mijaíl Glinka].
Fiódor Timófeich, en espera de que le obligaran a hacer tonterías, examinaba los alrededores con indiferente mirada. ¡Bailó desganado, sin entusiasmo, tristemente, y tanto en los movimientos de su cuerpo como en los de su cola y sus bigotes se advertía desprecio por el gentío, por la luz, por el amo y por sí mismo! Después de ejecutar unas danzas, bostezó y se sentó en el suelo.
—Y ahora, tía —propuso el amo—, usted y yo cantaremos y, después, bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y se puso a tocar. Tiotka, tan refractaria a la música, se removió alterada en la silla y comenzó a aullar.
Alrededor resonaron gritos aprobatorios y aplausos. El amo hizo una reverencia; y, restablecido el silencio, volvió a tocar. En el momento de tomar una nota muy alta, alguien lanzó una exclamación en las filas de arriba:
—¡Pero si es Kashtanka! —gritó una voz infantil.
—¡Sí, es Kashtanka! —asintió otra, aguardentosa—. ¡Es Kashtanka! ¡Que Dios me castigue si no lo es, Fediushka!
Se oyó un silbido entre el público; y dos voces —una de niño y otra de hombre— llamaron, a voz en grito:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró al lugar donde habían sonado las voces. Dos rostros —uno barbudo, con sonrisa de borracho, y otro redondo, rosado, temeroso— impresionaron al animal, como antes le impresionara la luz. Reconociendo aquellas caras, saltó de la silla, dio con todo su cuerpo en la arena, levantóse y, chillando alborozada, se lanzó en la dirección de donde la llamaban. Estalló de nuevo un griterío ensordecedor mezclado con silbidos. Y en medio de aquel fragor, destacaba una penetrante voz infantil:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka saltó la barrera de la pista, pasó por encima de alguien y fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente había que superar una alta pared. Tiotka dio un salto, pero no llegó arriba. Después pasó de hombro en hombro, lamió manos y caras, ascendió poco a poco y, por fin, llegó hasta el paraíso…

* * *

       A la media hora, Kashtanka iba ya tras dos personas que olían a cola y a barniz. Luka Aleksándrich se tambaleaba; e, instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse a distancia de la cuneta.
—Por mi culpa me encuentro en el abismo del pecado —balbucía—. Y tú, Kashtanka, no representas nada. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dolador comparado con un carpintero.
A su lado caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba por detrás, le parecía que llevaba mucho tiempo siguiéndoles, y se alegraba de que la vida no se hubiera interrumpido un solo instante.
Recordaba la habitación con el empapelado sucio, al ganso, a Fiódor Timófeich; recordaba también las suculentas comidas, los ensayos, el circo; pero todo se le representaba como una larga pesadilla.

Retrato de Antón Chéjov, 1903 de Valentin Alexandrovich Serov ...

https://www.literatura.us/idiomas/ac/ac_kash.html

Un sabio cuentero ruso. Un dios del cuento.

Lauro zavala entrevista en café Chejov

Biografía de Lauro Zavala

s profesor-investigador en la Universidad Autonóma Metropolitana (Xochimilco) desde 1984. Cursó el doctorado en Literatura Hispánica (El Colegio de México) y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 1994. Es autor de 6 libros y 14 antologías, entre las que destaca la conocida serie Teorías del cuento (UNAM). En 1998 organizó el Primer Encuentro Internacional de Minificción, y es director de la revista de investigación El cuento en Red. Estudios sobre la Ficción Breve, http://cuentoenred.org. Es coautor de 36 libros publicados en Estados Unidos, Inglaterra, Francia y otros países , y sus trabajos han sido citados en más de 200 libros y revistas de investigación. Sus libros sobre cuento más recientes son Borges múltiple, (en colaboración con la P. Brescia, UNAM), La palabra en juego. Antología del nuevo cuento mexicano (3a. ed., UAEM), Lecturas simultáneas. La enseñanza de lengua y literatura con especial atención al cuento ultracorto (UAM-X) y Relatos vertiginosos. Antología de cuentos mínimos (Alfaguara).

 

Amigos aburridos de Lydia Davis

Sólo conocemos a cuatro personas aburridas. El resto de nuestros amigos nos parecen muy interesantes. A pesar de eso, la mayoría de nuestros amigos interesantes creen que somos aburridos: para los más interesantes somos los más aburridos. Los pocos que andan en algún  lugar intermedio, con quienes tenemos un interés recíproco, nos provocan desconfianza: en cualquier momento, sentimos, pueden pasar a ser demasiado interesantes para nosotros o nosotros demasiado interesantes para ellos.

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Lydia Davis (Northampton, Massachussets, 1947) publicó en el 2011 sus Cuentos completos (Seix Barral), en versión del poeta y narrador Justo Navarro, que aparecieron en inglés en el 2009. Pero, además, Lydia Davis ha traducido a su lengua a autores tan significativos como Flaubert, Proust, Maurice Blanchot o Michel Leiris. De todas formas, donde dice cuentos completos, debería decir cuentos y microrrelatos completos, género este último en el que también es una auténtica maestra. Una autora en ambos géneros muy recomendable.

Davis es hija de Robert Gorham Davis, profesor de inglés, y de Hope Hale Davis. Estudió inglés y latín; estuvo un año en Austria y aprendió alemán. Estuvo casada con Paul Auster, entre 1974 y 1978, y tuvieron un hijo, Daniel Auster. Luego, se casó con el artista Alan Cote, y de esa unión nació Theo Cote.
Recibió un fuerte influjo inicial de Samuel Beckett, al que estudió de muy joven. Su padre era profesor de inglés, y conoció así a un escritor muy diferente de lo que había leído (en la primera página encontró: “I’m lying here. I’ve dropped my pencil”). Ya de estudiante superior, fue leyendo novelista tras novelista; Nabokov, Thomas Hardy, George Eliot, Dostoevsky o Joyce, y siguió con voracidad lectora.
Es profesora de creación literaria en la Universidad de Albany (SUNY). Además de escribir, ha traducido del francés toda su vida, entre otros, a escritores y ensayista como Vivant Denon, Gustave Flaubert, Marcel Proust, Maurice Blanchot, Michel Leiris, Pierre-Jean Jouve o Michel Foucault.
Davis ha publicado seis libros de cuentos habitualmente breves (o brevísimos), con un toque de humor, entre los que destacan: The Thirteenth Woman and Other Stories (1976), Break It Down (1986) o Varieties of Disturbance (2007). Han aparecido varias antologías suyas; y en 2009 recopiló sus cuentos en The Collected Stories of Lydia Davis, traducida al español.
Se dice que sus relatos son poéticos, filosóficos, prosas varias o simplemente retratos de vidas a menudo derrotadas. Es conocida asimismo como crítica literaria.
Davis es miembro de la American Academy of Arts and Sciences desde 2005. Ganó el MacArthur Fellows Program, de 2003; y fue finalista del National Book Award Fiction, en 2007. Por sus traducciones ha sido galardonada en Francia.

El anillo de Elena Garro

  —Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la figura de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. «Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos», me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando una es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes, señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia, cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.
«¡Ándale, Camila, un anillo dorado!». y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: «Se lo daré a Severina, mi hijita mayor». Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del comal.
—¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?
—Aguardando su vuelta —me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.
—Enciendan la lumbre, vamos a cenar.
Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.
—¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! —dije yo preparando la sorpresa—. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!
—Sí, qué suerte… —dijeron mis muchachitos.
—¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! —dije.
Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabaja más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de El Capricho mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hija Aurelia.
—¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.
—Sí, joven —le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.
La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.
—Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.
Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre, señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quien nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. «¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre»… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a El Capricho. «¿Dónde fue mi hija, que no ha vuelto?». Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.
—Aquí tiene su refresco —me dijo con una voz en la que acababan de sembrar a la desdicha.
Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada y que el anillo no lo llevaba.
—¿Dónde está tu anillo, hija?
—Acuéstese, mamá.
Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.
—¿Quién le hizo el mal? —preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.
Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Sólo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.
—Doctor, mi hija se está secando…
El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas. Camila sacó unos papeles arrugados.
—¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? —me preguntó Aurelia.
—No, hija, ¿quién?
—Adrián, para quitarle el anillo.
¡Ah, el ingrato!, y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.
—Pasa, Camila.
Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.
—Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.
—¿Qué anillo?
—El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en El Capricho y desde entonces ella está desconocida.
—No vengas a ofender, Camila. Adrián no es hijo de bruja.
—Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.
—¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.
Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriela, aquí presente, me dijo: «Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho». Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.
—Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal —dijo.
Y así fue señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: «¡Ayúdeme, mamacita!». Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía al animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.
—Mira —me dijo Fulgencia— ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.
Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.
—Mira, Adrián el desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con el que le haces el mal.
—¿Qué anillo? —me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.
—El que le quitaste a mi hijita en El Capricho.
—¿Quién lo dijo? —y se ladeó el sombrero.
—Lo dijo Aurelia.
—¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?
—¡Cómo lo ha de decir si está dañada!
—¡Humm…! Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!
—Entonces ¿no me lo vas a dar?
—¿Y quién dijo que lo tengo?
—Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia —le prometí.
Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.
—¿Ya te dieron el anillo?
—No.
—Las crías están creciendo.
Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.
—Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.
—Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.
—No se acuerda… —me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.
—Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.
—¿Qué barranca?
—En la que tiraste el anillo.
—¿Qué anillo?
—¿No te quieres acordar?
—De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.
—¿La hija de tu tía Leonor?
—Sí, con esa joven.
—Es muy nueva la noticia.
—Tan nueva de esta mañana…
—Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.
Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.
—Eso sí que no se va a poder…
Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa, Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.
—Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.
Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó al segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda de él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban las campanas.
—¿Qué es ese ruido, mamá?
—Campanas, hija…
—Se está casando Adrián —le dijo Aurelia.
Y yo, señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hija moría.
—Ahora vengo —dije.
Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.
—Pasa, Camila.
Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.
—Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.
Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.
—Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…
Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.
—Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!
—Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.
Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella del gozo, ni el recuerdo de la risa.
—El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.
Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. «Se va a desaparecer», me fui diciendo, mientras caminaba hacia adelante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. «Va a mi casa a matar a Severina», le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja. No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…
Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de tule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.
Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.
—Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.
—Yo no sé firmar.
Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas desechas.
—¿Por qué lo mató, mamá…? Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella… Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.
La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.
—¡Mamá, me dejó usted el camino solo…!
Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, ésta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa acarició la sangre seca de Adrián Cadena.
—Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… —dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.
Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido: cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: «Adrián y Severina gloriosos».

Elena Garro, una escritora contra sí misma | Babelia | EL PAÍS

Elena Garro nació en Puebla, México, el 11 de diciembre de 1916. Durante la Guerra Cristera, su familia se trasladó a Iguala, en el estado de Guerrero. Se trasladó a Ciudad de México para estudiar literatura, coreografía y teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde conoció a Octavio Paz, con quien se casó en 1937. Lo acompañó a España y fruto de ese viaje fue el libro testimonial Memorias de España 1937. Tuvieron una hija, Helena, y se divorciaron en 1959. Vivió varios años en Europa antes de regresar a México en 1963. Se había graduado tanto en la Universidad de California en Berkeley como en la Universidad de París.

A raíz de la masacre de Tlatelolco en 1968, fue al exilio primero en Estados Unidos y España, luego en Francia, donde permaneció veinte años. Al regresar a México vivió en Cuernavaca en donde murió de cáncer de pulmón el 22 de agosto de 1998.
Algunos críticos la consideran la segunda escritora mexicana más importante, tras Sor Juana Inés de la Cruz. A ella le molestaba la etiqueta de realismo mágico, sin embargo, numerosos autores señalan su novela Los recuerdos del porvenir (1963) escrita cuatro años antes que Cien años de soledad como el inicio de este movimiento literario. Publicó las novelas: Los recuerdos del porvenir, 1963; Testimonios sobre Mariana, 1981; Reencuentro de personajes, 1982; La casa junto al río, 1983; Y matarazo no llamó…, 1991; Inés. 1995; Busca mi esquela & Primer amor. 1998; Un traje rojo para un duelo 1996; Un corazón en un bote de basura, 1996; Mi hermanita Magdalena, 1998 y La vida empieza a las tres; 1997.

 

Poesía japonesa más allá del haiku: el chöka y el tanka

Publicado por  | 24 Abr, 2018 |  | 28 

Poesía japonesa más allá del haiku: el chöka y el tanka
En un artículo previo conversábamos de los diversos poemas japoneses breves de métrica tei kei (5-7-5). Dentro de éstos se incluye el haiku, el más conocido comúnmente, aunque también se mencionaron el senryu, el hokku y el müki.

La poesía japonesa, sin embargo, posee una rica variedad de formas poéticas que permitieron a esta milenaria cultura cubrir diversidad de temas, no solamente el de la naturaleza. Algunas de estas formas son específicas para expresar temas espirituales mientras que otras sirven para expresar opiniones sarcásticas sobre el amor o el trabajo, otras fueran hechas para escribirse por dos poetas (y más) y algunos otros, en lo que respecta al tema a cubrir, gozan de mucha libertad.

Muchos de estos poemas tienen tan solo unos pocos versos más; pero otros, en cambio, pueden contener buena cantidad de ellos para construir poemas muy largos, como el chöka, que veremos en breve.

De la diversidad de poemas japoneses que existen, en este artículo hemos decidido conversar sobre el chöka y el tanka.

Chöka

El origen del chöka como forma poética se remonta a la época medieval del Japón. Siendo este tipo de poema un cauce principal de buena parte de la poesía lírica de la época, en el año 759 D.C., Otomo no Yakamochi lo recoge en la antología Manyōshū.

Al parecer, en esta antología los autores masculinos escribieron poemas chöka bastante largos, entre 50 y 100 versos, con un marcado tono externo, dejando poco lugar a los asuntos íntimos, sentimientos y emociones. Las mujeres escritoras, sin embargo, prefirieron el tanka, pues sintieron que este era mejor instrumento poético para desplegar su sensibilidad femenina. El chöka no prohíbe sin embargo el tema emocional, sentimientos y asuntos íntimos; su contenido puede ser variado y amplio en general.

A partir del siglo VIII, desafortunadamente, este tipo de poema dejó de cultivarse.

Las pautas para escribir un chöka son las siguientes:

  1. No lleva título (en esto se parece a los de métrica tei kei)
  2. No lleva rimas consonantes
  3. Es posible usar rimas asonantes
  4. Admite todo tipo de recursos líricos y retóricos
  5. La cantidad de versos es variable:
    1. Puede ser tan largo como el poeta guste
    2. La cantidad mínima de versos, dada su configuración métrica, es de 7 versos, para diferenciarlo de un tanka, como ya veremos más adelante
  6. Un chöka debe terminar en un katauta de 3 versos con métrica 5-7-7 y contener 2 o más pares de versos 5-7; de esta cuenta, su métrica mínima es: 5-7, 5-7,5-7-7

Veamos el siguiente ejemplo de chöka:

Llueven sakura
cual lágrimas en pétalos,
nostalgia rosa
inundando el asfalto,
y llora mi alma
que el reencuentro quiere;
melancolía
en acento pastel
y sabor a cereza.

Tanka

De alguna manera es posible decir que el tanka tiene al menos unos 1500 años de existir, no en su forma directa, pero sí como parte de otros formatos de poesía japonesa. Uno de los formatos en que existía era el somonka, que es también un poema japonés muy antiguo.

El tanka en su forma particular y definida lo creó Masaoka Shiki, y comparte origen  con el hokku, pues ambos nacen del renga (un tipo de poesía colectiva japonesa). Un renga lo inicia un poeta con un hokku (5-7-5) y lo responde otro poeta con un par de versos 7-7. De allí que los primeros 5 versos de un renga (aunque escrito por 2 poetas) dieran origen, más tarde, al tanka.

Como indicamos antes, las poetas japonesas incluidas en la antología Manyōshū, eligieron el tanka para desplegar su belleza poética adornada de gran sensibilidad femenina. De hecho, en un principio, el tanka se usaba como una manera de enviar mensajes codificados entre amantes secretos. La codificación yacía en el uso de metáforas en lugar de lenguaje sencillo y directo. Esto para evitar, si el mensajero sabía leer, que éste pudiera pecar de indiscreto.

Hoy día el tanka se puede usar para diversidad de temas.

En un tanka los primeros 3 versos se conocen como kami-no-ku, de los cuales, el tercero, se denomina verso pivote. Los últimos 2 versos son el shimo-no-ku. El verso pivote debe contener palabras que sean afines (sinónimos o aspectos comúnmente relacionados a) a una o más palabras del shimo-no-ku y de los primeros versos del kami-no-ku.

Las pautas generales para escribir un tanka son:

  1. No lleva título (igual que el chöka)
  2. Esquema métrico: 5-7-5-7-7
  3. No lleva rimas consonantes
  4. Puede llevar rimas asonantes
  5. Admite todo tipo de recursos líricos y retóricos
  6. Debe tener los enlaces entre el pivote y shimo-no-ku y primeros versos del kami-no-ku

Veamos el siguiente ejemplo de tanka:

Tu roja boca
candado de mis labios,
carmín cerrojo;
soy tu esclavo en cadenas,
mi calabozo… tú.

Notad que el verso 3 (pivote) contiene las palabras clave de enlace: carmín, cerrojo. Los primeros versos del  kami-no-ku contienen los enlaces correspondientes: “roja” con “carmín”, “candado” con “cerrojo”.  El shimo-no-ku (versos 4 y 5) contiene los enlaces correspondientes: “cadenas” con “cerrojo”, “calabozo” con “cerrojo”.

Finalmente, para ejercitar lo aprendido en este artículo, quiero invitarte a escribir un tanka o un chöka en Poémame.com, en nuestra nueva sección de poesía japonesa.

Poesía japonesa más allá del haiku: el chöka y el tanka

Notas

  1. Los poetas japoneses consideraban que la rima asonante reducía la calidad del poema, a mi parecer, como si lo hiciera menos puro. Personalmente, en un chöka, prefiero una proporción mínima de rimas asonantes y, si el poema es muy corto, ninguna rima asonante.
  2. En un tanka, siendo tan corto, personalmente prefiero evitar a toda costa las rimas asonantes por las consideraciones de calidad poética de los japoneses, aunque no están prohibidas.

La simplicidad de Henri Michaux, 1899-1984

Lo que ha faltado sobre todo hasta el presente a mi vida, ha sido simplicidad. Poco a poco comienzo cambiar.
Ahora, por ejemplo, siempre que salgo, llevo mi cama conmigo, y cuando una mujer me agrada, la tomo y me acuesto con ella al instante.
Si sus orejas o su nariz son feas y grandes, se las quito juntamente con la ropa y las pongo debajo de la cama. Allí las encontrará ella al partir. Sólo guardo lo que me agrada.
Si su ropa interior ganara al ser cambiada, la cambio en seguida. Ese será mi regalo.
Si entretanto veo a otra mujer más agradable que pasa, me excuso ante la primera y la
hago desaparecer inmediatamente.
Personas que me conocen sostienen que no soy capaz de hacer eso que digo; que no tengo suficiente temperamento para ello. Yo también lo creía así, pero era porque no hacía todo como se me antojaba.
Ahora, paso siempre muy lindas tardes. (Por la mañana trabajo.)

(Henri o Henry Michaux; Namur, 1899 – París, 1984) Escritor francés de origen belga, una de las personalidades más relevantes de la literatura moderna. En 1922, bajo la influencia de la literatura de Lautréamont, empezó a escribir y a publicar en Bélgica. En 1924 se estableció en París y, en pleno clima surrealista, se sintió más atraído por la pintura (Max ErnstSalvador DalíGiorgio de Chirico, y luego Paul Klee) que por la literatura; sus obras de este período, sin embargo, todavía discurren paralelamente a las experiencias de André Breton; incluso, según algunos, el verdadero surrealista era Michaux. Más tarde, se acercó cada vez más a RimbaudKafka y a los existencialistas.

Descubierto por el crítico francés Jean Paulhan, Henri Michaux publicó en 1927 Qui je fus, narraciones, aforismos y poesías donde ya aparecían algunas constantes de su obra (los temas de la angustia y la fuga) y el lenguaje «inventado» que constituyó su originalidad más visible. Más adelante publicó Ecuador (1929), diario de viaje y diario íntimo, y Un bárbaro en Asia (Un barbare en Asie, 1933), narración de su viaje a la India y a China, quizá su libro más ameno y objetivo. Le siguieron Mes propiétés (1929), Un certain Plume (1930), La nuit remue (1935), Plume précedé de Lointain intérieur (1938), obras todas ellas formadas por textos breves y variados, poesías y prosas poéticas.

Inició después un ciclo de relatos de sus viajes por países imaginarios: Voyage en Grande Garabagne (1936), Au pays de la magie (1941) y Ici, Poddéma (1946), reunidos más tarde en Ailleurs (1948). Entre 1938 y 1939 dirigió la redacción parisina de la revista Hermès. Mientras, André Gide le dedicó el opúsculo Découvrons Henri Michaux (1941), que centró en él la atención del público; pero durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación, el artista se vio obligado a soportar un largo aislamiento, lleno de actividad: Je vous écris d’un pays lontain (1942), Adversidades, exoscismos (Épreuves, Exorcismes, 1945) y La vie dans les plis (1948).

Después de 1950, por el contrario, Henri Michaux se dedicó cada vez más a la pintura, con resultados muy notables (en 1955, gran exposición retrospectiva en el Museée National d’Art Moderne). En 1956 empezó a utilizar la mezcalina; en su cuarta experiencia, un error en el cálculo de la dosis le llevó al límite de la locura. Desde entonces, durante cinco años, intensificó sus experiencias con las drogas, no como un paraíso artificial, sino como un medio de conocimiento: Misérable miracle (1956), L’infini turbulent (1957), Connaisance par les gouffres (1961).

En sus obras posteriores, el escritor persiguió sistemáticamente y con un discurso más orgánico su registro de acontecimientos interiores y exteriores, su crítica de la realidad a través del lenguaje, y la búsqueda continua de una forma de vida posible, contra la soledad y la dificultad de las relaciones, siempre confiada exclusivamente a la literatura y a la palabra (Vents et poussières, 1962; Las grandes pruebas del espíritu, 1966). En 1966 se publicó una hermosa antología de sus obras, L’espace du dedans, y se representó la obra teatral Le drame des constructions.

Untitled (MP 1577), 1977 - Henri Michaux

Henri Michaux

En las olimpiadas de la fe RGG

Ha causado mucha expectación la carrera de las montañas. Las apuestas favorecen al representante del Tibet, pero no descarte al Mula del  medio oriente.Los momios para occidente están muy abajo; pero todo puede pasar… seguiremos informando.

Montañas nubes paisajes naturaleza roca rocas del desierto del ...

Cuento contemporáneo de Beatriz Espejo

No conduzcas tan aprisa. Los volkswagen no deben correrse a más de cuarenta. En el velocímetro la aguja marca setenta, a veces se inclina hacia la derecha según oprimes el acelerador. Setenta, ochenta, setenta, ochenta, noventa, cien. La vegetación tropical de
Cuernavaca, buganvilias e hibiscos manchando de rojo los camellones. Luego, una curva pronunciada, rocas abiertas en dos a fuerza de dinamita y pinares apuntando un cielo sorprendido. ¿Por qué preferir este coche? En el garaje dejaste el otro grande y estable
para correr sin problemas. Cien, ciento veinte, ciento cuarenta. Te hablan y no contestas, tienes la costumbre. Razonas en cosas ajenas como si te salieras del mundo. Desde el viernes pasado te sientes mal, duermes con dificultad. Te levantas para buscar pastillas que sólo te amodorran. Abres los ojos, esperas ardientemente el sol de las nueve y hallas la oscuridad de la madrugada. Por la cortina se filtra la luz del farol de la calle. Sientes un hueco en el estómago, una especie de inquietud semejante a un ardor por dentro. Te volteas bocabajo. Recuerdas la mirada de Ricardo irritada por los coñacs que tomó en tu compañía. Experimentas una repentina frialdad lejana al agradecimiento que te inspiró cuando lo creíste una especie de milagro. “La pureza del corazón consiste
en querer una cosa”. ¿Escribió eso Kierkegaard? Perdiste la pureza porque no deseas cosa alguna, aunque el hueco en el estómago te hace extrañar a Ricardo. Echas de menos su conversación chispeante, llena de contrasentidos, de ideas tergiversadas y sin embargo divertida. Conformas su imagen en traje de baño y en aquella alberca donde ambos se asoleaban y de pronto necesitas acariciar su espalda. “La pureza del corazón
consiste…” Ciento cuarenta, ciento sesenta. ¿Por qué conduces tan rápido? No hay prisa por llegar. En el asiento trasero duerme tu perrita. Sentada junto a ti, tu madre dice algo. No la escuchas, no le contestas.
Es aburrido permanecer contigo cuando te alejas estando presente. ¿Rememoras entonces tu infancia?¿Una especie de felicidad inverosímil en la cual te supusiste predestinada para lo mejor? Te preguntas cómo empezaste a fallar y en qué momento al presentarse la disyuntiva preferiste la ruta errada. Piensas en Ricardo, antes había sido Pablo y antes Mauricio y antes Enrique y antes. Varios de ellos opinarían que eres humorista, alabarían tu sentido de la alegría. Ninguno adivinó que te reías mucho como una obligación. Ninguno sospecharía tampoco lo cansada que
te encuentras. Bostezas, los párpados casi se te cierran y, al mismo tiempo, sabes que al llegar la noche no podrás dormir, no controlarás un temblor interno y constante. Sube el velocímetro, aceleras. En las curvas pierdes el carril, coqueteas con las pendientes.
Tú, la del rostro honesto, convertida en lo que cualquier mujer de treinta años quisiera ser. Disciplinada, trabajadora, luminosamente limpia, capaz de ganar dinero con tanta facilidad como lo gastas; pero ahora las pelucas, el maquillaje exagerado y las pestañas
postizas te aburren hasta la náusea. Te enfermas con la idea de enfrentarte a tu fotógrafo siempre insatisfecho, el mismo que te inculcó miedo a que los años pasen denunciando su inevitable saldo de arrugas y deformaciones. Tu secretaria considera trágica una herencia de clase media que no logras superar. Conservas todavía puritanismo demudado. Ricardo intentó cualquier medio para llevarte a su cama. Se pregunta por qué no aceptaste. Ignora tu miedo a esta sensación imprecisa con la cual regresas. Al planear el viaje alentabas el propósito de verlo, sin embargo desde el hotel cancelaste la cita que acordaron para cenar. Hacía poco te entusiasmaba aquel hombre alto
y elegante exasperándote con sus talentos de seductor. Algo así como sostenerse en el rojo mientras la ruleta marcaba el negro. Quizá ya te deprimen los  moteles, los riesgos y las aventuras furtivas. No corras tanto. En los coches pequeños la velocidad es
más peligrosa y a lo mejor por un accidente ni se muere uno y queda inválido o contrahecho. Reconstruyes la caricatura del gato empeñado en comerse un
canario vivaracho. Hubieras anhelado que te atraparan, que al cesar el asedio surgiera un sorpresivo silencio. Para entonces el gato se consideraba vencido. Las nubes coronan las montañas como algodones plomizos puestos allí para ensombrecer el panorama
luminoso unos kilómetros atrás. Mauricio te buscó en Cuernavaca. La semana anterior le confiaste que irías. Dio contigo porque regresas siempre a los lugares conocidos. Bastó con telefonear a la Hostería de las Quintas preguntando si habías tomado una suite. Otra
vez más lo juzgaste conceptuoso y frío. Te asustan sus labios duros; pero cuando bebió unos martinis adoptó una risita entre picara e insinuante. Comieron pollo al curry en un restaurante cuyos jardines estaban concurridos por norteamericanos ataviados como
para rivalizar con los pavos reales que el dueño del establecimiento mantiene cebados. Notaste la delicadeza de los geranios sobre la voz de tu madre emitiendo notas agudas en la referencia oficial de los agraristas que les quitaron la hacienda, los otoños del abuelo en Europa cuando no se viajaba a plazos, los turistas empeñados en visitar semanalmente la casa museo de la tía Emilia, el monumento fúnebre que la
familia conserva en prueba de sus antiguas glorias.
Mauricio seguía el casi monólogo con una expresión que interpretaste como de paciencia infinita, hasta que irónico y chocante —la frase fue un zarpazo—,
dijo que las mujeres carecen de espíritu. Tu madre se interrumpió desconcertada. Durante un segundo insonoro pareció aludirse; sin embargo lo pasó por alto y
celebró las excelencias del postre. Miraste las bellas manos de tu anfitrión, sus ojos incisivos. Te inquietó lo que ocultaban sus facciones regulares. Se apoyaba
en ideas rígidas y preconcebidas tomadas de Uspensky, un filósofo que detestas porque simpatizas con Katherine Mansfield. Evocas la anécdota ¿dónde la  leíste? sobre la escritora tuberculosa y moribunda en un establo parisiense, y el momento en que su maestro Gurdjieff le apagó la vela que la alumbraba, su último asidero a este mundo. Le preguntaste a Mauricio si realmente creía que las mujeres carecen de espíritu. Te respondió que las considera divinas y lo suficientemente encantadoras para ilustrar, como lo has hecho, la portada de Vogue y sonrió atusándose el bigote, mientras miraba a una señora de senos ostentosos ubicada en una mesa contigua y jugueteaba un
cigarrillo entre los dedos de la mano libre. Ricardo te contestaría que lo tiene deformado por el sistema económico. Suele tomarla con el comunismo entre comillas. Una noche intentaste explicarle esto que sientes. Se burló de ti. No entiende que se padezca
ostentando un broche de esmeraldas sobre un vestido de Pucci, como si tales cosas resultaran unos amuletos infalibles. Te examinó las piernas y retornó a su
actitud de gato perseguidor. Fatigada quisiste dejarte pescar; te aburren las promesas de nuevos encuentros epidérmicos que por otra parte siempre propicias. Acudió al socorrido argumento de que nada reciben los avaros, sin intuir que lo veías como un playboy con las armas rotas y que no procuras transacciones románticas. Te felicitó. Encontraba sincera tu expresión en el comercial donde anunciabas lavadoras ante
los televidentes, y se interesó por tus planes futuros. Respondiste que tal vez tomarías un respiro, una tregua. Noventa, cien, ciento veinte. Llueve torrencialmente, graniza. El coche patina un par de veces. Aceleras. De propósito coges mal las curvas, casi te despeñas. Tu madre enciende la calefacción, te pide nerviosa que
no vayan tan rápido porque se pueden matar. Dejaste de dormir desde que el papel de canario empezó a cansarte. Tu apariencia lo acusa. Bajaste de peso y se te estragó la cara. Pierdes la frescura del cutis por el cual te escogieron los dirigentes de Estée Lauder para
la publicidad de sus artículos de belleza; además trabajas mucho. Inventas quehaceres, asistes a todas partes, a los cocteles, a las galerías de pintura. No pierdes la oportunidad de aparecer en público aun  sabiendo las consecuencias. Una regla fundamental en
tu profesión radica en no popularizarse demasiado. Hablas de abrir una boutique con tu nombre, derrochas la suma destinada para el proyecto. ¿Cuánto transcurrió desde que en la escuela disfrutabas aquellas tonterías infantiles, premios, triunfos, competencias?
Escuchas de pronto un trueno. El volante vibra, te aferras a él; apenas controlas el auto. Huyen unos minutos violentos, logras detenerte en la cuneta. Tu madre habla del percance, recuerda que te lo había advertido. Esperas. Aparece la grúa que ayuda a los
viajeros en problemas. Amaina la lluvia. Persisten unas gotas. Hombres uniformados te cambian la llanta. Tu madre les agradece sus esfuerzos. Baja del automóvil, se aleja varios metros. La sigue tu perrita en
la que no reparas. Permaneces sentada. El mecánico te asegura que el incidente sólo fue un susto. Enciendes el motor. Buscas el espejo, te prodigas una mirada dolorosa y capturas dos imágenes amadas disponiéndose a regresar. Furtivamente ves en la guantera el catálogo que hiciste para la Ford Model Agency, tú, optimista e
internacionalizada. Ves también el precipicio. Oprimes un pedal y no importa ya que en la disyuntiva escojas el camino equivocado.

De letras y maullidos: Alta costura - Beatriz Espejo (cuento)

Historia de un cascabel — Ceremonia de Palabras de Marti Lelis

Fragmento CXIII Historia de un cascabel El encanto del cascabel radica en su modestia —olla diminuta, occitana en la lengua del trovador—, su cuerpo y su alma son de metal, el sonido es por mor de su dualidad. Entre los de su especie, el cascabel es el más pequeño y, aun así, nunca se […]

a través de Historia de un cascabel — Ceremonia de Palabras

De noche soy tu caballo de Luisa Valenzuela

Sonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la señal, y me levanté con disgusto y con un poco de miedo; podían ser ellos o no ser, podría tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abrí la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con él, finalmente.
Entró bien rápido y echó los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de él, él el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-. Después me tomó en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emoción del reencuentro se le desbordara, diciéndome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les había tenido demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en formas de caricias.
Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de él, y pude decirle
te hacía peleando en el norte
te hacía preso
te hacía en la clandestinidad
te hacía torturado y muerto
te hacía teorizando revolución en otro país.
Una forma como cualquiera de decirle que lo hacía, que no había dejado de pensar en él ni me había sentido traicionada. Y él, tan endemoniadamente precavido siempre, tan señor de sus actos:
-Callate, chiquita ¿de qué sirve saber en qué anduve? Ni siquiera te conviene.
Sacó entonces a relucir sus tesoros, unos quizás indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaça y un disco de Gal Costa. ¿Qué habría estado haciendo en Brasil? ¿Cuáles serían los próximos proyectos? ¿Qué lo habría traído de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando? Después dejé de interrogarme (callate, chiquita, me diría él). Vení, chiquita, me estaba diciendo, y yo opté por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. ¿Qué sería de nosotros mañana, en los días siguientes?
La cachaça es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde más se la espera. Gal Costa canta cálido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acariciándonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensación. Seguimos reconociéndonos, reencontrándonos.
Beto, lo miro y le digo y sé que ése no es su verdadero nombre pero es el único que le puedo pronunciar en voz alta. El contesta:
-Un día lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar.
Mejor. Que no se ponga él a hablar de lo que algún día lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos.
“A noite eu so teu cavallo” canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos.
-De noche soy tu caballo -traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro:
-Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espíritu que la posee, es su montura.
-Chiquita, vos siempre metiéndote en esoterismos y brujerías. Sabés muy bien que no se trata de espíritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, así, así, y sólo de eso se trata.
Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima.
De noche soy tu caballo…

… campanilla de mierda del teléfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podría ser Beto, claro, que no estaba más a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice.
Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés -del que llamamos Andrés- empezó a decirme:
-Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.
-¡No, no puede ser Beto! -grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se me hizo tan impersonal, ajena:
-¿Te parece?
-¿Quién habla? -se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.
¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía? No me la esperaba pero claro, sí, ¿cómo podía no esperármela? Las manos de ellos toqueteándome, sus voces insultándome, amenazándome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya sabía ¿qué me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar placares?
No encontrarían nada. Mi única, verdadera posesión era un sueño y a uno no se lo despoja así nomás de un sueño. Mi sueño de la noche anterior en el que Beto estaba allí conmigo y nos amábamos. Lo había soñado, soñado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soñado con lujo de detalles y hasta en colores. Y los sueños no conciernen a la cana.
Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles.
Dónde está, vos lo viste, estuvo acá con vos, dónde se metió. Cantá, si no te va a pesar. Cantá, miserable, sabemos que vino a verte, dónde anda, cuál es su aguantadero. Está en la ciudad, vos lo viste, confesá, cantá, sabemos que vino a buscarte.
Hace meses que no sé nada de él, lo perdí, me abandonó, no sé nada de él desde hace meses, se me escapó, se metió bajo tierra, qué sé yo, se fue con otra, está en otro país, qué sé yo, me abandonó, lo odio, no sé nada. (Y quémenme nomás con cigarrillos, y patéenme todo lo que quieran, y amenacen, nomás, y métanme un ratón para que me coma por dentro, y arránquenme las uñas y hagan lo que quieran. ¿Voy a inventar por eso? ¿Voy a decirles que estuvo acá cuando hace mil años que se me fue para siempre?).
No voy a andar contándoles mis sueños, ¿eso qué importa? Al llamado Beto hace más de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareció, el hombre. Sólo me encuentro con él en sueños y son muy malos sueños que suelen transformarse en pesadillas.

Beto, ya lo sabés, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y podés venir a visitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas. Beto, en la cárcel sé muy bien que te soñé aquella noche, sólo fue un sueño. Y si ustedes encuentran en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaça casi vacía, por favor no se preocupen: decreté que no existen.

Luisa Valenzuela nació el 26 de noviembre de 1938 en Buenos Aires, Argentina.

Su madre era la escritora Luisa Mercedes Levinson, amiga de Bioy, Borges o Sabato  y su padre el médico Pablo Valenzuela Meabe.

Luisa se sintió atraída por la escritura desde joven y empezó a publicar textos en la adolescencia en diversos periódicos como Atlántida, El Hogar, Esto Es, y trabajaba también para Radio Belgrano.

Se casó con un hombre de negocios francés con tan solo veinte años y se fue a vivir a París, donde  trabajó para la Radio Télévision Française y escribió su  primera novela Hay que sonreír. Tuvo una hija, Anna-Lisa.

Volvió a Argentina como periodista en el diario La Nación en 1961. Se divorció de su marido en 1965.

En 1969 obtuvo la Beca Fulbright para la Universidad de Iowa, donde escribió El gato eficaz. Desde 1972 hasta 1974 vivió entre México, París y Barcelona, con una breve permanencia en Nueva York, donde investigó aspectos de la literatura marginal norteamericana como becaria del Fondo Nacional de las Artes.

A causa de la dictadura argentina que le impedía realizar tanto su trabajo periodístico como el literario con normalidad, se exilió a EEUU donde permaneció durante diez años en los que fue Escritora en Residencia en el Center for Interamerican Relations y en las universidades de Nueva York y Columbia, donde durante diez años dictó diversos seminarios y talleres de escritura. Fue Fellow del New York Institute for the Humanities, del Fund for Free Expression y miembro del Freedom to Write Comittee de PENAmericanCenter. Obtuvo la Beca Guggenheim en 1983.

En 1989 volvió definitivamente a Buenos Aires.

En la actualidad radica en Buenos Aires, donde suele ejercer el periodismo en calidad de columnista.

 

Los extremistas

La cochinilla es excelente para pintar de carmín alimentos veganos. Algunos veganos lo ignoran y cuando lo saben, sienten encontrarse en pecado. Lo expían: hincándose sobre las semillas del maíz y en cada mano una penca de nopal.

Nopales con tunas - México Los dos son una delicia, el nopal para ...

Háblame en silencio de tu alma

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

Cuando un sordomudo tiene una lesión cerebral que afecta sus áreas responsables por producción o comprensión del lenguaje, tiene mismas dificultades para expresar sus ideas o comprender lo que le transmiten otras personas que cualquier persona con habla y oído conservados. Y esto aunque no puede ni hablar ni escuchar de manera convencional. Un ciego que nunca vio a nadie ni nada en su vida, gesticula al hablar 🙂 incluso con otros ciegos :).  Todos somos diferentes, todos somos iguales. 

El lenguaje es una capacidad innata de un ser humano de comunicarse con demás utilizando uno o más estructuras simbólicas que llamamos lenguas o idiomas. Esta capacidad requiere desarrollo en un entorno social. Un pequeño humano nace con la capacidad de aprender cualquier idioma que le toque. Dentro de primeros años de vida el pequeño goza de unos mecanismos temporales que le ayudan a adquirir el idioma que será…

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