La puerta condenada Carlos Vitale

 

De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Des-conozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir.

Pies Del Hombre Flotando En El Mar En La Mañana De Verano ...

Micros argentinos, selección de Clara Obligado

Un día de estos análisis del cuento

Un día de éstos” pertenece al libro de cuentos “Los funerales de la mamá grande”, publicado en 1962.

Para ver el cuento: https://sendero.blog/2018/11/15/un-dia-de-estos-de-garcia-marquez/

Pertenece al género literario narrativo, ya que relata un suceso o acontecimiento ficticio que se desarrolla en el tiempo, en el cual quedan por fuera los sentimientos del autor. En cuanto al sub-género, la obra es un cuento, dado que es una narración breve que consta de pocos personajes y de un suceso o acontecimiento simple.

La estructura interna de este cuento está compuesta por tres momentos;

el planteo, que es la presentación del dentista y de su labor, el desarrollo, que abarca el diálogo entre el dentista y su hijo y la entrada del alcalde y su extracción de muela, y el desenlace, que es la despedida entre el alcalde y el dentista. El cuento es relatado por un narrador externo, omnisciente, narra en tercera persona, se muestra distante y contenido, pues no se detiene a opinar sobre los hechos.

El título de la obra es simbólico y tiene dos posibles interpretaciones, “un día de éstos” ¿sería algo habitual o extraordinario la violencia política y social en el pueblo?, o ¿Qué puede ocurrir “un día de éstos” con esta violencia dictatorial ejercida en el pueblo?

                El tema o idea central del cuento es claramente el enfrentamiento entre los personajes protagonistas, el dentista y el alcalde y la tregua que se produce entre ambos. Cabe mencionar que en esta obra aparece un tercer personaje, el hijo del dentista, quien tendrá el papel de personaje secundario. La obra se ubica espacialmente en la ciudad de Macondo, ciudad inventada por el autor. 

 

Análisis Dentista

                El dentista, cuyo nombre es Aurelio Escovar, representa a la clase obrera. Aparece vistiendo una camisa a rayas, sin cuello, cerrada con un botón dorado y sosteniendo sus pantalones con tiradores elásticos, de postura rígida y muy delgado. Interiormente es un individuo recto, estricto consigo mismo, ordenado y hasta obsesivo. El narrador nos muestra una persona muy profesional y dedicada a su trabajo, obsesiva con la limpieza y el orden de sus instrumentos, madrugador y responsable en sus tareas. Aurelio Escovar recibía en el pueblo el trato de “Don”, ya que en la época era muy común este trato hacia alguien apreciado y respetado, y él, por su dedicación, profesionalismo y solidaridad era muy bien considerado en el pueblo, razón por la cual también, pudo ejercer su profesión de dentista sin título, ya que contaba con la plena confianza de la gente.

El dentista es un buen profesional, y lo demuestra por el orden y la limpieza de sus instrumentos, la temprana hora a la que se levanta para trabajar, su dedicación y su concentración, por ejemplo cuando se higieniza antes de atender al alcalde o cuando se sienta a pulir la dentadura postiza.

Don Aurelio se muestra como un personaje calmo y a la vez muy valiente, un claro ejemplo es, que tras recibir la amenaza del alcalde de que si no lo atendía recibiría un tiro, éste tranquilamente y sin exaltarse, respondió a la amenaza encarando la situación de igual manera, tomando su revólver de un cajón y girando lentamente en el sillón, ubicándose de frente a la puerta por donde entraría el alcalde, diciéndole a su hijo, quien actuaba como mensajero, que lo deje pasar al alcalde para que vaya a pegarle el tiro; “Bueno, dile que venga a pegarmelo”, es decir, que el dentista no hace pasar al alcalde debido a la amenaza, lo hace pasar para hacerle frente a la misma.

                En uno de los principales puntos del cuento, se ven reflejados los valores y principios humanos de éste personaje, que pese a la enemistad con el alcalde, decide atenderlo para extraerle la muela en el momento que lo mira a los ojos y ve en ellos la desesperación que el alcalde había pasado noches anteriores, es aquí que compadeciéndose del enemigo, decide ayudarlo, muestra piedad.

Al momento de atenderlo el dentista le dice al alcalde un seco “siéntese”, aquí podemos denotar la enemistad, las diferencias ideológicas entre ambos personajes, ellos luchan por diferentes objetivos y pertenecen a distintas castas y clases sociales. Seguidamente, aumenta nuevamente la tensión en el cuento, se da la situación en donde el dentista no puede anestesiar al alcalde dada la infección; “Tiene que ser sin anestesia -dijo. -¿Por qué? -Porque tiene un absceso”, lo que aun siendo verdad y cierto, genera desconfianza en el alcalde.

                Segundos antes de que el dentista le extrajera la muela, le dice al alcalde “aquí nos paga veinte muertos, teniente”, en un claro reproche y de forma ofensiva. Social, política y moralmente, para el dentista el alcalde representa el abuso de poder, el autoritarismo y la desigualdad, le reprocha en la cara su profesión tan poco humana, y que veinte muertos no es nada en comparación con la cantidad de gente que habría matado el alcalde.

Una vez extraída la muela del alcalde, el dentista le dice “séquese las lágrimas”, lo que marca cierta ironía en el gesto del dentista, las lágrimas que provocó una muela y no provocó la muerte de tanta gente inocente, actos dados por la profesión poco humana e injusta del alcalde.

Análisis Alcalde

 

                El alcalde es uno de los dos personajes principales del cuento junto con el dentista Don Aurelio Escovar. Este, dentro del texto representa la fuerza política, la violencia, el abuso de poder sobre el pueblo, en fin, es uno de los pilares del gobierno totalitario.

El alcalde aparece en el cuento de forma abrupta a través del hijo del dentista, quien es el enlace entre los dos personajes. El alcalde es la cara opuesta de Don Escovar, son dos bandos contrarios tanto en su forma de pensar, como en su forma de actuar. Él, es una persona que acostumbra recurrir a la fuerza para lograr sus objetivos, y nos damos cuenta de ello por la manera en que se dirige hacia Don Aurelio. A través del niño se ve claramente la poca paciencia y respeto hacia los demás, pues al no tener una respuesta positiva en primer término, recurre a la violencia, amenazando al dentista, que, sin embargo, le responde con total serenidad.

                   Este personaje es atormentado por un dolor de muelas, por lo tanto, acude a Don Aurelio quien es el único dentista del pueblo. El alcalde demora en acudir al dentista, dada su posición y su orgullo, sin embargo no le queda mas remedio que buscar ayuda nada menos que con su enemigo, debiendo dejar toda diferencia, tanto política como moral, de lado.

                   Se crea una tregua entre los personajes, un pacto que comienza cuando el dentista ve el sufrimiento del teniente en sus ojos y decide atenderlo. Al entrar al consultorio de Don Aurelio, el teniente dice “buenos días”, como forma de apaciguar la situación, ya que hace unos instantes le había amenazado de muerte.

Cuando el dentista prepara todos los materiales para curar el dolor del alcalde, este no deja de mirarle, no le pierde rastro a cada movimiento, lo que demuestra una actitud de desconfianza por parte del mismo, como consecuencia del temor a que Don Aurelio tome venganza. Pero el dentista es una  persona de principios muy sólidos, es un individuo que posee valores muy humanos y de soliradidad hacia los demás, todo lo contrario al alcalde.

               Mientras Don Escovar le sustraía la muela al teniente, éste observa en el techo del consultorio una tela araña polvorienta, insectos muertos y los huevos de la araña, lo que tiene una fuerte carga simbólica. La araña, aunque no mencionada de forma directa, representa la autoridad, el alcalde, el poder y la violencia ejercida sobre el pueblo. La tela araña polvorienta, el sistema ejercido; en este caso en concreto una dictadura militar, un sistema corrupto que reprime y limita la libertad del pueblo. Por otra parte, los insectos muertos simbolizan todas aquellas personas que han sido víctimas de las injusticias llevadas a cabo por el gobierno y, finalmente, los huevos de araña, representan la continuidad de esa cruda realidad.

               Una vez solucionado el problema del dolor de muela, el alcalde toma nuevamente su actitud de militar, dado que ya no sufre de dolor. Por lo tanto todo vuelve a la normalidad, se termina la tregua, los roles de cada personaje se restablecen y el distanciamiento entre ellos se presenta nuevamente, pues las razones que los obligaban a mantener la tregua ya no están.

                Cuando el dentista termina su trabajo, le pregunta al alcalde a quien le pasa la cuenta, a lo que este último le contesta “es la misma vaina”. A través de esta afirmación se puede ver claramente por un lado, el interés del alcalde por el dentista, que luego de haber conseguido su propósito se marcha, y por otro, la indiferencia ante quien va dirigida la “cuenta”, pues tanto el municipio como el alcalde, forman parte de la misma unidad.

Del sacamuelas al odontólogo - LA GACETA Tucumán

Análisis «Un día de estos» de Gabriel García Márquez»

Abrazo

El primer beso, El que ella puso en mis labios. En el segundo saboreamos la humedad. El tercero acompañara el momento de acariciar tu rostro. Tus manos peinaran el pelo y llevarás mi cara a tu pecho. Me hago viento, tierra, fuego. Llamarada que viene de los pastizales secos de soledad, que pulsa el deseo de lo inevitable. RGG

7 maneras de superar el Estrés (con imágenes) | Buenas fotos ...

El clima da sorpresas

Mayo llegó de invierno, gotas afiladas caen sobre el naranjo, que no sabe dónde guardó la gabardina; él esperaba un chubasco que lo limpiara del polvo cotidiano y no la insolencia de un gota fría y nebulosa que lo estremece.RGG

 

 

Las 14 mejores imágenes de Fotografía By. Jessy Sandoval ...

Olvido César Antonio Alurralde

 

Busco a mi perro que lo apodamos Olvido, cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme. Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria, traté de llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de solo pensarlo, él viene.

Las emociones dificultan el olvido de recuerdos indeseados

Escribir David Lagmanovich

 

Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia. Cada párrafo es un logro más en la búsqueda de la negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ese que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo.

Sonría si le apetece

El Novio dice : pero… ¡Tú no eres virgen! Ella al botepronto le contesta: ¡Ni tú San José!, ¿venimos a tener sexo o a armar un pesebre?

Estas son las preguntas sobre sexo más extrañas que se buscaron en ...

Amor que mata

Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo la lluvia y su huella indeleble
que se deshace en la arena y esculpe la roca,
lluvia que hiere, hasta ablandar el limo.

Temo la lluvia que se fosiliza
sobre las sienes de los relámpagos;
con su hiriente belleza quebradiza.

MJ Beristain

Avatar de Maria Jesus BeristainMJB Maria Jesus Beristain

Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo
su huella indeleble
que esculpe la roca
y se disuelve
en la arena, y hiere
la ladera de las montañas,

y se engrandece en los ríos
y despunta riscos
o ablanda el limo

Temo la lluvia que se fosiliza
en las sienes de los relámpagos
y en su hiriente belleza quebradiza.

@mjberistain

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La catedral de Raymond Carver

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le ayudaba a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.

«Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara»

Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.

En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. Él le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó.

Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial -¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?- llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrando toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto se lo contó al ciego. Se lo contaba todo. O me lo parecía a mí. Una vez me preguntó si me gustaría oír la última cinta del ciego. Eso fue hace un año. Hablaba de mí, me dijo. Así que dije, bueno, la escucharé. Puse unas copas y nos sentamos en el cuarto de estar. Nos preparamos para escuchar. Primero introdujo la cinta en el magnetófono y tocó un par de botones. Luego accionó una palanquita. La cinta chirrió y alguien empezó a hablar con voz sonora. Ella bajó el volumen. Tras unos minutos de cháchara sin importancia, oí mi nombre en boca de ese desconocido, del ciego a quien jamás había visto. Y luego esto: “Por todo lo que me has contado de él, sólo puedo deducir…”. Pero una llamada a la puerta nos interrumpió, y no volvimos a poner la cinta. Quizá fuese mejor así. Ya había oído todo lo que quería oír.

Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa.
-A lo mejor puedo llevarle a la bolera -le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió.

-Si me quieres -dijo ella-, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto.

Se secó las manos con el paño de los platos.

-Yo no tengo ningún amigo ciego.

-Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además -dijo-, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer!

No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra.

-¿Era negra su mujer? -pregunté.

-¿Estás loco? -replicó mi mujer-. ¿Te ha dado la vena o algo así?

Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón.

-¿Qué te pasa? ¿Estás borracho?

-Sólo pregunto -dije.

Entonces mí mujer empezó a suministrarme más detalles de lo que yo quería saber. Me serví una copa y me senté a la mesa de la cocina, a escuchar. Partes de la historia empezaron a encajar.

Beulah fue a trabajar para el ciego después de que mi mujer se despidiera. Poco más tarde, Beulah y el ciego se casaron por la iglesia. Fue una boda sencilla -¿quién iba a ir a una boda así?, sólo los dos, más el ministro y su mujer. Pero de todos modos fue un matrimonio religioso. Lo que Beulah quería, había dicho él. Pero es posible que en aquel momento Beulah llevara ya el cáncer en las glándulas. Tras haber sido inseparables durante ocho años -ésa fue la palabra que empleó mi mujer, inseparables-, la salud de Beulah empezó a declinar rápidamente. Murió en una habitación de hospital de Seattle, mientras el ciego sentado junto a la cama le cogía la mano. Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos -y hecho el amor, claro- y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor. Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas -me lo estoy imaginando-, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: “él nunca ha sabido cómo soy yo”, en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético.

Así que, cuando llegó el momento, mi mujer fue a la estación a recogerle. Sin nada que hacer, salvo esperar -claro que de eso me quejaba-, estaba tomando una copa y viendo la televisión cuando oí parar al coche en el camino de entrada. Sin dejar la copa, me levanté del sofá y fui a la ventana a echar una mirada.

Vi reír a mi mujer mientras aparcaba el coche. La vi salir y cerrar la puerta. Seguía sonriendo. Qué increíble. Rodeó el coche y fue a la puerta por la que el ciego ya estaba empezando a salir. ¡El ciego, fíjense en esto, llevaba barba crecida! ¡Un ciego con barba! Es demasiado, diría yo. El ciego alargó el brazo al asiento de atrás y sacó una maleta. Mi mujer le cogió del brazo, cerró la puerta y, sin dejar de hablar durante todo el camino, le condujo hacia las escaleras y el porche. Apagué la televisión. Terminé la copa, lavé el vaso, me sequé las manos. Luego fui a la puerta.

-Te presento a Robert -dijo mi mujer-. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.

Estaba radiante de alegría. Llevaba al ciego cogido por la manga del abrigo.

El ciego dejó la maleta en el suelo y me tendió la mano. Se la estreché. Me dio un buen apretón, retuvo mi mano y luego la soltó.

-Tengo la impresión de que ya nos conocemos -dijo con voz grave.

-Yo también -repuse. No se me ocurrió otra cosa. Luego añadí:

-Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.

Entonces, formando un pequeño grupo, pasamos del porche al cuarto de estar, mi mujer conduciéndole por el brazo. El ciego llevaba la maleta con la otra mano. Mi mujer decía cosas como: “A tu izquierda, Robert. Eso es. Ahora, cuidado, hay una silla. Ya está. Siéntate ahí mismo. Es el sofá. Acabamos de comprarlo hace dos semanas”.

Empecé a decir algo sobre el sofá viejo. Me gustaba. Pero no dije nada. Luego quise decir otra cosa, sin importancia, sobre la panorámica del Hudson que se veía durante el viaje. Cómo para ir a Nueva York había que sentarse en la parte derecha del tren, y, al venir de Nueva York, a la parte izquierda.

-¿Ha tenido buen viaje? -le pregunté-. A propósito, ¿en qué lado del tren ha venido sentado?

-¡Vaya pregunta, en qué lado! -exclamó mi mujer-. ¿Qué importancia tiene?

-Era una pregunta.

-En el lado derecho -dijo el ciego-. Hacía casi cuarenta años que no iba en tren. Desde que era niño. Con mis padres. Demasiado tiempo. Casi había olvidado la sensación. Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? -preguntó el ciego a mi mujer.

-Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert -dijo ella-, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!

Finalmente, mi mujer apartó la vista del ciego y me miró. Tuve la impresión de que no le había gustado su aspecto. Me encogí de hombros.

«A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente»

Nunca he conocido personalmente a ningún ciego. Aquel tenía cuarenta y tantos años, era de constitución fuerte, casi calvo, de hombros hundidos, como si llevara un gran peso. Llevaba pantalones y zapatos marrones, camisa de color castaño claro, corbata y chaqueta de sport. Impresionante. Y también una barba tupida. Pero no utilizaba bastón ni llevaba gafas oscuras. Siempre pensé que las gafas oscuras eran indispensables para los ciegos. El caso era que me hubiese gustado que las llevara. A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente. Demasiado blanco en el iris, para empezar, y las pupilas parecían moverse en sus órbitas como si no se diera cuenta o fuese incapaz de evitarlo. Horrible. Mientras contemplaba su cara, vi que su pupila izquierda giraba hacia la nariz mientras la otra procuraba mantenerse en su sitio. Pero era un intento vano, pues el ojo vagaba por su cuenta sin que él lo supiera o quisiera saberlo.

-Voy a servirle una copa -dije-. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.

-Solo bebo whisky escocés, muchacho -se apresuró a decir con su voz sonora.

-De acuerdo -dije. ¡Muchacho!

Claro que sí, lo sabía. Tocó con los dedos la maleta, que estaba junto al sofá. Se hacía su composición de lugar. No se lo reproché.

-La llevaré a tu habitación -le dijo mi mujer.

-No, está bien -dijo el ciego en voz alta-. Ya la llevaré yo cuando suba.

-¿Con un poco de agua, el whisky? -le pregunté.

-Muy poca.

-Lo sabía.

-Solo una gota -dijo él-. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.

Mi mujer se echó a reír. El ciego se llevó la mano a la barba. Se la levantó despacio y la dejó caer.

Preparé las copas, tres vasos grandes de whisky con un chorrito de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y hablamos de los viajes de Robert. Primero, el largo vuelo desde la costa Oeste a Connecticut. Luego, de Connecticut aquí, en tren. Tomamos otra copa para esa parte del viaje.

«Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro»

Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque, según dicen, no pueden ver el humo que exhalan. Creí que al menos sabía eso de los ciegos. Pero este ciego en particular fumaba el cigarrillo hasta el filtro y luego encendía otro. Llenó el cenicero y mi mujer lo vació.

Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, tomamos otra copa. Mi mujer llenó el plato de Robert con un filete grueso, patatas al horno, judías verdes. Le unté con mantequilla dos rebanadas de pan.

-Ahí tiene pan y mantequilla -le dije, bebiendo parte de mi copa-. Y ahora recemos.

El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.

-Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría -dije.

Nos pusimos al ataque. Nos comimos todo lo que había en la mesa. Devoramos como si no nos esperase un mañana. No hablamos. Comimos. Nos atiborramos. Como animales. Nos dedicamos a comer en serio. El ciego localizaba inmediatamente la comida, sabía exactamente dónde estaba todo en el plato. Lo observé con admiración mientras manipulaba la carne con el cuchillo y el tenedor. Cortaba dos trozos de filete, se llevaba la carne a la boca con el tenedor, se dedicaba luego a las patatas asadas y a las judías verdes, y después partía un trozo grande de pan con mantequilla y se lo comía. Lo acompañaba con un buen trago de leche. Y, de vez en cuando, no le importaba utilizar los dedos.

Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro. Al fin nos levantamos de la mesa, dejando los platos sucios. No miramos atrás. Pasamos al cuarto de estar y nos dejamos caer de nuevo en nuestro sitio. Robert y mi mujer, en el sofá. Yo ocupé la butaca grande. Tomamos dos o tres copas más mientras charlaban de las cosas más importantes que les habían pasado durante los últimos diez años. En general, me limité a escuchar. De vez en cuando intervenía. No quería que pensase que me había ido de la habitación, y no quería que ella creyera que me sentía al margen. Hablaron de cosas que les habían ocurrido -¡a ellos!- durante esos diez años. En vano esperé oír mi nombre en los dulces labios de mi mujer: “Y entonces mi amado esposo apareció en mi vida”, algo así. Pero no escuché nada parecido. Hablaron más de Robert. Según parecía, Robert había hecho un poco de todo, un verdadero ciego aprendiz de todo y maestro de nada. Pero en época reciente su mujer y él distribuían los productos Amway, con lo que se ganaban la vida más o menos, según pude entender. El ciego también era aficionado a la radio. Hablaba con su voz grave de las conversaciones que había mantenido con operadores de Guam, en las Filipinas, en Alaska e incluso en Tahití. Dijo que tenía muchos amigos por allí, si alguna vez quería visitar esos países. De cuando en cuando volvía su rostro ciego hacia mí, se ponía la mano bajo la barba y me preguntaba algo. ¿Desde cuándo tenía mi empleo actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Tenía intención de conservarlo? (¿Qué remedio me quedaba?). Finalmente, cuando pensé que empezaba a quedarse sin cuerda, me levanté y encendí la televisión.

Mi mujer me miró con irritación. Empezaba a acalorarse. Luego miró al ciego y le preguntó:

-¿Tienes televisión, Robert?

-Querida mía -contestó el ciego-, tengo dos televisores. Uno en color y otro en blanco y negro, una vieja reliquia. Es curioso, pero cuando enciendo la televisión, y siempre estoy poniéndola, conecto el aparato en color. ¿No te parece curioso?

No supe qué responder a eso. No tenía absolutamente nada que decir. Ninguna opinión. Así que vi las noticias y traté de escuchar lo que decía el locutor.

-Esta televisión es en color -dijo el ciego-. No me preguntéis cómo, pero lo sé.

-La hemos comprado hace poco -dije. El ciego bebió un sorbo de su vaso. Se levantó la barba, la olió y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Localizó el cenicero en la mesa y aplicó el mechero al cigarrillo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas, poniendo el tobillo de una sobre la rodilla de la otra.

Mi mujer se cubrió la boca y bostezó. Se estiró.

-Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert -dijo.

-Estoy cómodo -repuso el ciego.

-Quiero que te sientas a gusto en esta casa.

-Lo estoy -aseguró el ciego.

Cuando salió de la habitación, escuchamos el informe del tiempo y luego el resumen de los deportes. Para entonces, ella había estado ausente tanto tiempo, que yo ya no sabía si iba a volver. Pensé que se habría acostado. Deseaba que bajase. No quería quedarme solo con el ciego. Le pregunté si quería otra copa y me respondió que naturalmente que sí. Luego le pregunté si le apetecía fumar un poco de mandanga conmigo. Le dije que acababa de liar un porro. No lo había hecho, pero pensaba hacerlo en un periquete.

-Probaré un poco -dijo.

-Bien dicho. Así se habla.

Serví las copas y me senté a su lado en el sofá. Luego lié dos canutos gordos. Encendí uno y se lo pasé. Se lo puse entre los dedos. Lo cogió e inhaló.

-Reténgalo todo lo que pueda -le dije.

Vi que no sabía nada del asunto.

Mi mujer bajó llevando la bata rosa con las zapatillas del mismo color.

-¿Qué es lo que huelo? -preguntó.

-Pensamos fumar un poco de hierba -dije.

Mi mujer me lanzó una mirada furiosa. Luego miró al ciego y dijo:

-No sabía que fumaras, Robert.

-Ahora lo hago, querida mía. Siempre hay una primera vez. Pero todavía no siento nada.

-Este material es bastante suave -expliqué-. Es flojo. Con esta mandanga se puede razonar. No le confunde a uno.

-No hace mucho efecto, muchacho -dijo, riéndose.

Mi mujer se sentó en el sofá, entre los dos. Le pasé el canuto. Lo cogió, le dio una calada y me lo volvió a pasar.

-¿En qué dirección va esto? -preguntó-. No debería fumar. Apenas puedo tener los ojos abiertos. La cena ha acabado conmigo. No he debido comer tanto.

-Ha sido la tarta de fresas -dijo el ciego-. Eso ha sido la puntilla.

Soltó una enorme carcajada. Luego meneó la cabeza.

-Hay más tarta -le dije.

-¿Quieres un poco más, Robert? -le preguntó mi mujer.

-Quizá dentro de un poco.

Prestamos atención a la televisión. Mi mujer bostezó otra vez.

-Cuando tengas ganas de acostarte, Robert, tu cama está hecha -dijo-. Sé que has tenido un día duro. Cuando estés listo para ir a la cama, dilo. -Le tiró del brazo-. ¿Robert?

Volvió de su ensimismamiento y dijo:

-Lo he pasado verdaderamente bien. Esto es mejor que las cintas, ¿verdad?

-Le toca a usted -le dije, poniéndole el porro entre los dedos.

Inhaló, retuvo el humo y luego lo soltó. Era como si lo estuviese haciendo desde los nueve años.

-Gracias, muchacho. Pero creo que esto es todo para mí. Me parece que empiezo a sentir el efecto.

Pasó a mi mujer el canuto chisporroteante.

-Lo mismo digo -dijo ella-. Ídem de ídem. Yo también.

Cogió el porro y me lo pasó.

-Me quedaré sentada un poco entre vosotros dos con los ojos cerrados. Pero no me prestéis atención, ¿eh? Ninguno de los dos. Si os molesto, decidlo. Si no, es posible que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que os vayáis a acostar. Tu cama está hecha, Robert, para cuando quieras. Está al lado de nuestra habitación, al final de las escaleras. Te acompañaremos cuando estés listo. Si me duermo, despertadme, chicos. Al decir eso, cerró los ojos y se durmió. Terminaron las noticias. Me levanté y cambié de canal. Volví a sentarme en el sofá. Deseé que mi mujer no se hubiera quedado dormida. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca abierta. Se había dado la vuelta, de modo que la bata se le había abierto revelando un muslo apetitoso. Alargué la mano para volverla a tapar y entonces miré al ciego. ¡Qué coño! Dejé la bata como estaba.

-Cuando quiera un poco de tarta, dígalo -le recordé.

-Lo haré.

-¿Está cansado? ¿Quiere que le lleve a la cama? ¿Le apetece irse a la piltra?

-Todavía no -contestó-. No, me quedaré contigo, muchacho. Si no te parece mal. Me quedaré hasta que te vayas a acostar. No hemos tenido oportunidad de hablar. ¿Comprendes lo que quiero decir? Tengo la impresión de que ella y yo hemos monopolizado la velada.

Se levantó la barba y la dejó caer. Cogió los cigarrillos y el mechero.

-Me parece bien -dije, y añadí-: Me alegro de tener compañía.

Y supongo que así era. Todas las noches fumaba hierba y me quedaba levantado hasta que me venía el sueño. Mi mujer y yo rara vez nos acostábamos al mismo tiempo. Cuando me dormía, empezaba a soñar. A veces me despertaba con el corazón encogido.

En la televisión había algo sobre la iglesia y la Edad Media. No era un programa corriente. Yo quería ver otra cosa. Puse otros canales. Pero tampoco había nada en los demás. Así que volví a poner el primero y me disculpé.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. A mí me parece bien. Mira lo que quieras. Yo siempre aprendo algo. Nunca se acaba de aprender cosas. No me vendría mal aprender algo esta noche. Tengo oídos.

«En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios»

No dijimos nada durante un rato. Estaba inclinado hacia adelante, con la cara vuelta hacia mí, la oreja derecha apuntando en dirección al aparato. Muy desconcertante. De cuando en cuando dejaba caer los párpados para abrirlos luego de golpe, como si pensara en algo que oía en la televisión.

En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios. Los demonios llevaban máscaras de diablo, cuernos y largos rabos. El espectáculo formaba parte de una procesión. El narrador inglés dijo que se celebraba en España una vez al año. Traté de explicarle al ciego lo que sucedía.

-Esqueletos. Ya sé -dijo, moviendo la cabeza. La televisión mostró una catedral. Luego hubo un plano largo y lento de otra. Finalmente, salió la imagen de la más famosa, la de París, con sus arbotantes y sus flechas que llegaban hasta las nubes. La cámara se retiró para mostrar el conjunto de la catedral surgiendo por encima del horizonte.

A veces, el inglés que contaba la historia se callaba, dejando simplemente que el objetivo se moviera en torno a las catedrales. O bien la cámara daba una vuelta por el campo y aparecían hombres caminando detrás de los bueyes. Esperé cuanto pude. Luego me sentí obligado a decir algo:

-Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, en Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.

-¿Son pinturas al fresco, muchacho? -me preguntó, dando un sorbo de su copa.

Cogí mi vaso, pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pude.

-¿Me pregunta si son frescos? -le dije-. Buena pregunta. No lo sé.

La cámara enfocó una catedral a las afueras de Lisboa. Comparada con la francesa y la italiana, la portuguesa no mostraba grandes diferencias. Pero existían. Sobre todo en el interior. Entonces se me ocurrió algo.

-Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir? ¿Me sigue? Si alguien le dice la palabra catedral, ¿sabe usted de qué le hablan? ¿Conoce usted la diferencia entre una catedral y una iglesia baptista, por ejemplo?

Dejó que el humo se escapara despacio de su boca.

-Sé que para construirla han hecho falta centenares de obreros y cincuenta o cien años -contestó-. Acabo de oírselo decir al narrador, claro está. Sé que en una catedral trabajaban generaciones de una misma familia. También lo ha dicho el comentarista. Los que empezaban no vivían para ver terminada la obra. En ese sentido, muchacho, no son diferentes de nosotros, ¿verdad?

Se echó a reír. Sus párpados volvieron a cerrarse. Su cabeza se movía. Parecía dormitar. Tal vez se figuraba estar en Portugal. Ahora, la televisión mostraba otra catedral. En Alemania, esta vez. La voz del inglés seguía sonando monótonamente.

-Catedrales -dijo el ciego.

Se incorporó, moviendo la cabeza de atrás adelante.

-Si quieres saber la verdad, muchacho, eso es todo lo que sé. Lo que acabo de decir. Pero tal vez quieras describirme una. Me gustaría. Ya que me lo preguntas, en realidad no tengo una idea muy clara.

Me fijé en la toma de la catedral en la televisión. ¿Cómo podía empezar a describírsela? Supongamos que mi vida dependiera de ello. Supongamos que mi vida estuviese amenazada por un loco que me ordenara hacerlo, o si no…

Observé la catedral un poco más hasta que la imagen pasó al campo. Era inútil. Me volví hacia el ciego y dije:

-Para empezar, son muy altas.

Eché una mirada por el cuarto para encontrar ideas.

-Suben muy arriba. Muy alto. Hacia el cielo. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo. Para sostenerlas, por decirlo así. El apoyo se llama arbotante. Me recuerdan a los viaductos, no sé por qué. Pero quizá tampoco sepa usted lo que son los viaductos. A veces, las catedrales tienen demonios y cosas así en la fachada. En ocasiones, caballeros y damas. No me pregunte por qué.

Él asentía con la cabeza. Todo su torso parecía moverse de atrás adelante.

-No se lo explico muy bien, ¿verdad? -le dije. Dejó de asentir y se inclinó hacia adelante, al borde del sofá. Mientras me escuchaba, se pasaba los dedos por la barba. No me hacía entender, eso estaba claro. Pero de todos modos esperó a que continuara. Asintió como si tratara de animarme. Intenté pensar en otra cosa que decir.

-Son realmente grandes. Pesadas. Están hechas de piedra. De mármol también, a veces. En aquella época, al construir catedrales los hombres querían acercarse a Dios. En esos días, Dios era una parte importante en la vida de todo el mundo. Eso se ve en la construcción de catedrales. Lo siento -dije-, pero creo que eso es todo lo que puedo decirle. Esto no se me da bien.

-No importa, muchacho -dijo el ciego-. Escucha, espero que no te moleste que te pregunte. ¿Puedo hacerte una pregunta? Deja que te haga una sencilla. Contéstame sí o no. Sólo por curiosidad y sin ánimo de ofenderte. Eres mi anfitrión. Pero ¿eres creyente en algún sentido? ¿No te molesta que te lo pregunte? -Meneé la cabeza. Pero él no podía verlo. Para un ciego, es lo mismo un guiño que un movimiento de cabeza.

Supongo que no soy creyente. No creo en nada. A veces resulta difícil. ¿Sabe lo que quiero decir?

-Claro que sí.

-Así es.

El inglés seguía hablando. Mi mujer suspiró, dormida. Respiró hondo y siguió durmiendo.

-Tendrá que perdonarme -le dije-. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho.

El ciego permanecía inmóvil mientras me escuchaba, con la cabeza inclinada.

-Lo cierto es -proseguí- que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en la televisión a última hora de la noche. Eso es todo.

Entonces fue cuando el ciego se aclaró la garganta. Sacó algo del bolsillo de atrás. Un pañuelo.

Luego dijo:

-Lo comprendo, muchacho. Esas cosas pasan. No te preocupes. Oye, escúchame. ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos juntos una catedral. Trae papel grueso y una pluma. Vamos, muchacho, tráelo.

«El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado. Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.»

Así que fui arriba. Tenía las piernas como sin fuerza. Como si acabara de venir de correr. Eché una mirada en la habitación de mi mujer. Encontré bolígrafos encima de su mesa, en una cestita. Luego pensé dónde buscar la clase de papel que me había pedido.

Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de la compra con cáscaras de cebolla en el fondo. La vacié y la sacudí. La llevé al cuarto de estar y me senté con ella a sus pies. Aparté unas cosas, alisé las arrugas del papel de la bolsa y lo extendí sobre la mesita.

El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado.

Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.

-Muy bien -dijo-. De acuerdo, vamos a hacerla.

Me cogió la mano, la que tenía el bolígrafo. La apretó.

-Adelante, muchacho, dibuja -me dijo-. Dibuja. Ya verás. Yo te seguiré. Saldrá bien. Empieza ya, como te digo. Dibuja.

Así que empecé. Primero tracé un rectángulo que parecía una casa. Podía ser la casa en la que vivo. Luego le puse el tejado. En cada extremo del tejado, dibujé flechas góticas. De locos.

-Estupendo -dijo él-. Magnífico. Lo haces estupendamente. Nunca en la vida habías pensado hacer algo así, ¿verdad, muchacho? Bueno, la vida es rara, ya lo sabemos. Venga. Sigue.

Puse ventanas con arcos. Dibujé arbotantes. Suspendí puertas enormes. No podía parar. El canal de la televisión dejó de emitir. Dejé el bolígrafo para abrir y cerrar los dedos. El ciego palpó el papel. Movía las puntas de los dedos por encima, por donde yo había dibujado, asintiendo con la cabeza.

-Esto va muy bien -dijo.

Volví a coger el bolígrafo y él encontró mi mano. Seguí con ello. No soy ningún artista, pero continué dibujando de todos modos.

Mi mujer abrió los ojos y nos miró. Se incorporó en el sofá, con la bata abierta.

-¿Qué estáis haciendo? -preguntó-. Contádmelo. Quiero saberlo.

No le contesté.

-Estamos dibujando una catedral -dijo el ciego-. Lo estamos haciendo él y yo. Aprieta fuerte -me dijo a mí-. Eso es. Así va bien. Naturalmente. Ya lo tienes, muchacho. Lo sé. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora vas echando chispas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Verdaderamente vamos a tener algo aquí dentro de un momento. ¿Cómo va ese brazo? -me preguntó-. Ahora pon gente por ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?

-¿Qué pasa? -inquirió mi mujer-. ¿Qué estás haciendo, Robert? ¿Qué ocurre?

-Todo va bien -le dijo a ella.

Y añadió, dirigiéndose a mí:

-Ahora cierra los ojos.

Lo hice. Los cerré, tal como me decía.

-¿Los tienes cerrados? -preguntó-. No hagas trampa.

-Los tengo cerrados.

-Mantenlos así. No pares ahora. Dibuja.

Y continuamos. Sus dedos apretaban los míos mientras mi mano recorría el papel. No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta aquel momento.

Luego dijo:

-Creo que ya está. Me parece que lo has conseguido. Echa una mirada. ¿Qué te parece?

Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.

-¿Y bien? -preguntó-. ¿Estás mirándolo?

Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada.

-Es verdaderamente extraordinario -dije.

 

Catedral Metropolitana – Alcaldía Cuauhtémoc

 

Catedral, un cuento de Raymond Carver

Una noche en el paraiso por Miguel Lorensi

Los cuentos de Lucia Berlin son cargas de profundidad. Esenciales y auténticos. Golpes secos y directos de literatura sin aditivos ni aspavientos. Relatos de turbadora belleza de una gran narradora cuyo talento brilló tras su muerte. Publicado hace dos años, ‘Manual para mujeres de la limpieza’, supuso su deslumbrante rescate. Un inesperado y sorprendente regalo para el lector que tiene ahora su continuación en ‘Una noche en el paraíso’ (Alfaguara), que reúne veintidós relatos inéditos que aparecen de forma simultánea en Estados Unidos y en España.

La crítica sitúa Berlin entre Raymond Carver , Alice Munro y otros gigantes del cuento estadounidense como Hemingway o Bukowski. Seduce por su estilo descarnado, no exento de ternura y de un humor sutil, y conectado con el realismo sucio. Con ‘Manual para mujeres de la limpieza’ el boca oreja funcionó mejor que la promoción editorial. Farrar Strauss and Giroux lo editó en EE UU y situó a Berlin en el lugar que merecía y la convirtió en narradora de culto a la autora de apenas un centenar de cuentos. En España se vendieron más de 100.000 copias de un libro considerado como el mejor del año por varios suplemento literarios y galardonado con el Premio Llibreter.

Dos de los hijos de la escritora son los responsables de esta colección de inéditos. Jeff Berlin se encarga de selección y Mark Berlin firma un prólogo que encadena anécdotas que retratan el indómito carácter de su progenitora. «Era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile», escribe. Advierte que su madre escribía «historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco».

Portada del libro.
Portada del libro.

Lucia Brown Berlin (Juneau, Alaska, 1936 – Marina del Rey, Los Ángeles, 2004) tuvo una vida azarosa y difícil. Hija de un ingeniero de minas y un ama de casa «fría, racista y alcohólica», vivió una infancia errante por Idaho, Montana, Kentucky y Texas, hasta que la familia se trasladó a Santiago de Chile. En 1968 regresó a la Universidad de Nuevo México, donde sería alumna del escritor español Ramón J. Sender.

Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Sus historias se inspiran en sus recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras, su feliz y chic adolescencia en Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California. También en sus tres matrimonios fallidos, su batalla contra el alcoholismo, o los trabajos alimenticios que desempeñó para mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en varias universidades y en una cárcel. El cáncer de pulmón segó su vida a los 68 años.

Movidas increíbles

«Si intentara contar las peripecias de Lucia, incluso desde mi punto de vista (ya fuera o no objetivo), pasaría por realismo mágico», ironiza su hijo Mark. «Nadie se creería esas movidas», advierte. Relata cómo «recogió a Smokey Robinson en la Avenida Central de Albuquerque, y lo llevó fumando un canuto al concierto que daba en el Tiki-Kai Lounge». O cómo en la familia, «todos aprendimos a bailar en la playa, en los museos, en restaurantes y clubes como si fuéramos los dueños del lugar, en centros de desintoxicación y cárceles y galas de entregas de premios, con yonquis, chulos, príncipes e inocentes». «Nos reíamos del primer precepto budista: la vida es sufrimiento. Y de la actitud mexicana de que la vida no vale mucho, pero desde luego puede ser divertida», recuerda de una vida itinerante, «con un promedio de nueve meses en cada escala».

En los veintidós relatos de ‘Una noche en el paraíso’ vuelve a brillar el estilo claro de Berlin que «no juzga y exhibe su singular capacidad para representar la belleza y el dolor de las rutinas de la vida», destacan sus editores. También «su extraordinaria honestidad, su magnetismo, la familiaridad de sus personajes y su sutil y abrumadora melancolía».

Con seis libros de cuentos, no logró en vida un reconocimiento que no buscó. Su empeño era escribir y lo hizo mientras cuidaba a sus hijos y encadenaba empleos precarios, borracheras y resacas. «El hogar era siempre ella. Sobrevivió por lo menos a tres maridos y sabe Dios a cuántos amantes… ¡y eso que a los catorce años los médicos le dijeron que nunca podría dar a luz y que no pasaría de los treinta! Trajo cuatro hijos al mundo, de los que soy el mayor y el más problemático, y criarnos le costó horrores. Pero lo hizo. Y bien», agradece su promogénito. «Mucho se han cargado las tintas en su alcoholismo y ella tuvo que luchar contra la vergüenza de ese estigma, pero al final vivió casi dos décadas sobria, en las que produjo lo mejor de su obra, e inspiró a buena parte de la nueva generación con sus clases. Eso no sorprende, porque desde los veinte años enseñaba de manera intermitente», concluye Mark Berlin.

https://www.hoy.es/culturas/libros/lucia-berlin-una-noche-paraiso-20181108110908-ntrc.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

La sonrisa maldita de Lucia Berlin

«Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.»

Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.

Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal… con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.

Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.

—Sentaos, queremos que estéis en el ajo.

Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.

—Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.

—¡Joyeros a mansalva! —dijo Jake con una risita.

—Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

—Sí —dijo Hope—. ¿Y?

—Pues vosotras os lleváis un cuarto de dólar por cada cartón vendido, y nosotros nos llevamos otro cuarto. O sea que iremos a medias.

—No podrán vender todos esos cartones —dijo Jake.

—Claro que podemos —contesté. Detestaba a Jake. Gamberro adolescente.

—Claro que pueden —dijo Sammy. Le dio los cartones a Hope—. Lucha queda a cargo del dinero. Son las once y media. Poneos en marcha, os cronometraremos.

—¡Buena suerte! —nos gritaron. Se empujaban uno a otro en la hierba, riéndose.

—Se ríen de nosotras, ¡creen que no lo conseguiremos!

Llamamos a la primera puerta… Abrió una señora y se puso las gafas. Compró el primer nombre. ABE. Escribió su nombre y dirección al lado, nos dio cinco centavos y nos regaló su lápiz. Primores, nos llamó.

Fuimos casa por casa siguiendo la acera de Upson Drive. Cuando llegamos al parque, habíamos vendido veinte nombres. Nos sentamos en el muro del jardín de los cactus, sin aliento, triunfales.

A la gente le parecíamos adorables. Las dos éramos muy pequeñas para nuestra edad. Siete años. Si abría una mujer, hablaba yo. Mi pelo rubio y rizado abultaba el doble que mi cabeza, parecía un rastrojo rodante amarillo.

—¡Algodón de azúcar dorado!

Estaba mellada y sonreía sacando la punta de la lengua, como si fuera tímida. Las señoras me daban palmaditas y se agachaban para oírme.

—¿Cómo dices, cielo? ¡Vaya, me encantaría!

Si era un hombre, le tocaba a Hope.

—Cinco centavos…, elija un nombre —decía arrastrando las palabras, y les entregaba el cartón y el lápiz antes de que pudieran cerrar la puerta. A los hombres les gustaba su temple y le pellizcaban las mejillas morenas y huesudas. Ella los miraba con sus ojos centelleantes a través del tupido velo de pelo negro.

Ahora solo nos preocupaba el tiempo. Resultaba difícil saber si había alguien en casa. Llamábamos al timbre, esperábamos. Lo peor llegaba cuando éramos las únicas visitas «desde hacía una eternidad». Eran todos muy viejos. La mayoría debieron de morir pocos años después.

Además de los que se sentían solos y de los que se enternecían al vernos, había algunos —dos aquel día— que realmente creían que el azar llamaba a su puerta ofreciéndoles una oportunidad, una elección. Se tomaban su tiempo, pero no nos importaba… Esperábamos también con emoción contenida, mientras hablaban consigo mismos. ¿Tom? Condenado Tom. Sal. Mi hermana me llamaba Sal. Tom. Sí, me quedo con Tom. ¿Y si gana?

Ni siquiera cruzamos a la acera de enfrente. Vendimos el resto en los apartamentos del otro lado del parque.

La una. Hope le entregó el cartón a Sammy, yo vacié el dinero sobre su pecho.

—¡Dios! —dijo Jake.

Sammy nos dio un beso. Estábamos radiantes, sonriendo en el césped.

—¿Quién ha ganado?

Sammy se incorporó. Tenía las rodilleras de los Levi’s verdes y mojadas, los codos teñidos de hierba.

—¿Qué pone? —Hope no sabía leer. Había suspendido el primer curso.

ZOE.

—¿Quién? —nos miramos—. ¿Cuál era ese?

—Es el último del cartón.

—Oh.

El hombre del ungüento en las manos. Psoriasis. Fue una desilusión, había dos personas encantadoras que nos hubiera gustado que ganaran.

Sammy dijo que podíamos quedarnos los cartones y el dinero hasta rifarlos todos. Saltamos la cerca y nos los llevamos al porche. Encontré una vieja panera donde guardarlos.

Cogimos tres cartones y salimos por el callejón de atrás. No queríamos que Sammy y Jake pensaran que estábamos demasiado ansiosas. Cruzamos la calle y corrimos de casa en casa, llamando a las puertas del otro lado de Upson hasta el final. Luego seguimos por una de las aceras de Mundy hasta el colmado Sunshine.

Habíamos vendido dos cartones enteros… Nos sentamos en el bordillo a tomar una gaseosa de uva. El señor Haddad nos metía las botellas en el congelador, así que salía granizada… como un polo derretido. Los autobuses tenían que hacer un giro cerrado en la esquina, pasándonos muy cerca, y tocaban el claxon. A nuestras espaldas el polvo y el humo se levantaban alrededor de la sierra del Cristo Rey, espuma amarilla en el atardecer de Texas.

Yo leía los nombres en voz alta, una y otra vez. Poníamos una X al lado de nuestros favoritos, una O al lado de los que nos caían mal.

El soldado descalzo. «¡Necesito un joyero musical!» La señora Tapia. «¡Bueno, pasad! ¡Cómo me alegro de veros!» Una chica de dieciséis años, recién casada, que nos enseñó cómo había pintado la cocina de rosa, ella sola. El señor Raleigh, que nos dio miedo. Mandó callar a dos dogos, a Hope la llamó «bomboncito».

—Oye… Podríamos vender mil nombres cada día si tuviéramos unos patines.

—Sí, necesitamos unos patines.

—¿Sabes cuál es el problema?

—¿Cuál?

—Siempre decimos: «¿Quiere elegir un nombre para la rifa?». Deberíamos decir «nombres».

—¿Y qué tal «quiere todo el cartón»?

Nos reímos, contentas, sentadas en el bordillo.

—Vamos a vender el último.

Doblamos la esquina, la calle por debajo de Mundy Drive. Era oscura, tupida de eucaliptos, higueras y granados, jardines mexicanos, helechos, adelfas y cinias. Las viejecitas no hablaban inglés. «No, gracias»,[1] y cerraban la puerta.

El cura de la parroquia de la Sagrada Familia compró dos nombres. JOE y FAN.

Después había una manzana llena de mujeres alemanas, con las manos embadurnadas de harina. Cerraban de un portazo. ¡Tsch!

—Vámonos a casa… Aquí no hay nada que hacer.

—No, subiendo por el Colegio Vilas hay muchos soldados.

Hope tenía razón. Los hombres estaban fuera, en pantalones militares y camiseta, regando la grama amarillenta y bebiendo cerveza. Le tocó a ella. Su pelo caía ahora en hebras lacias sobre la tez siria aceitunada, como una cortina de abalorios negros.

Un hombre nos dio un cuarto de dólar y su mujer lo llamó antes de que le devolviéramos el cambio.

—¡Dadme cinco! —nos gritó a través de la puerta mosquitera.

Empecé a escribir su nombre.

—No —dijo Hope—. Podemos venderlos otra vez.

Sammy rasgó los sellos.

La señora Tapia ganó con SUE, el nombre de su hija. Le habíamos puesto una X, era majísima. La señora Overland ganó el siguiente. Ninguna de las dos recordábamos quién era. El tercer ganador fue un hombre que compró LOU, cuando en realidad quien merecía el premio era el soldado que nos había dado el cuarto de dólar.

—Deberíamos dárselo al soldado —dije.

Hope se levantó el flequillo para mirarme, casi sonriendo…

—Vale.

Salté la cerca que daba a nuestro patio. Mamie estaba regando. Mi madre había ido a jugar al bridge, mi cena estaba en el horno. Con el boletín informativo de H. V. Kaltenborn a todo volumen dentro de la casa, tuve que leerle los labios a Mamie. No es que el abuelo estuviera sordo, era solo que le gustaba ponerlo muy alto.

—¿Puedo regar yo, Mamie? —no, gracias.

Golpeé la puerta de la entrada y el vidrio esmerilado reverberó contra la pared.

—¡Ven aquí ahora mismo! —gritó el abuelo para hacerse oír con el estruendo de la radio. Sorprendida, entré a toda prisa, sonriendo, y fui a sentarme en sus rodillas, pero me ahuyentó con un periódico lleno de recortes—. ¿Has estado con esos sucios árabes?

—Sirios —dije. Su cenicero resplandecía con una luz rojiza como el vidrio esmerilado de la puerta.

Aquella noche… Fibber McGee y Amos y Andy en la radio. No sé por qué le gustaban tanto. Siempre decía que odiaba a la gente de color.

Mamie y yo nos sentamos a leer la Biblia en el comedor. Todavía estábamos con los Proverbios.

—«Vale más reprender con franqueza que amar en secreto.»

—¿Por qué?

—No le des más vueltas.

Cuando me dormí, me acostó en la cama.

Me desperté cuando volvió mi madre… Me quedé despierta a su lado mientras ella comía palitos de queso y leía una novela de misterio. Años después, calculé que solo durante la Segunda Guerra Mundial mi madre se comió más de novecientas cincuenta cajas de palitos de queso.

Quería hablar con ella, contarle cosas de la señora Tapia, del tipo de los perros, que íbamos a medias con Sammy. Recosté la cabeza en su hombro, cubierto de migas, y me quedé dormida.

Al día siguiente, Hope y yo fuimos primero a los apartamentos de Yandell Avenue. Mujeres de soldados jóvenes con los rulos puestos, albornoces de felpilla, enfadadas porque las habíamos despertado. Ninguna quiso comprar.

—No, nena, no tengo cinco centavos.

Fuimos en autobús hasta la plaza, hicimos trasbordo a Kern Place. Un barrio de ricos…, paisajismo, campanillas en las puertas. Fue aún mejor que con las viejecitas. Amantes de las causas benéficas, bronceado, bermudas, pintalabios y melenas a lo paje estilo June Allyson. No creo que hubieran visto nunca niñas como nosotras, niñas vestidas con las blusas de gasa de sus madres.

Niñas con un pelo como el nuestro. Mientras que a Hope se le derramaba por la cara negro y espeso como la pez, a mí me crecía encrespado y rubio como una pelota de playa acolchada, chisporroteando al sol.

Siempre se reían al enterarse de lo que vendíamos, iban a buscar algo de «cambio». Escuchamos a una de ellas decirle a su marido: «Sal a verlas. ¡Auténticas pícaras!». El hombre salió, y fue el único que nos compró. Las mujeres simplemente nos daban dinero. Sus hijos nos miraban con curiosidad, pálidos, desde los columpios.

—Anda, vamos a la terminal.

Solíamos ir allí ya antes de las rifas… a deambular y a ver a todo el mundo besándose y llorando, a recoger las monedas caídas que se colaban debajo del puesto de los periódicos. En cuanto entramos por la puerta empezamos a darnos codazos y a reírnos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Millones de personas con centavos sueltos y nada que hacer salvo esperar. Millones de soldados y marineros que tenían una novia o una esposa o un crío con un nombre de tres letras.

Nos hicimos un horario. Por las mañanas íbamos a la estación de trenes. Marineros tumbados en los bancos de madera, los gorros doblados sobre los ojos, como paréntesis.

—¿Eh? ¡Ah, buenos días, preciosas! Cómo no.

Viejos sentados matando el rato. Pagaban cinco centavos para hablar de la otra guerra, de algún difunto con un nombre de tres letras.

Entramos en la sala de espera para la gente DE COLOR, vendimos tres nombres antes de que un revisor blanco nos sacara agarrándonos del brazo. Pasábamos las tardes en la Organización de Servicios Unidos al otro lado de la calle. Los soldados nos daban almuerzos gratis, bocadillos rancios de jamón y queso envueltos en papel encerado, Coca-Cola, chocolatinas Milky Way. Jugábamos al ping-pong y a las máquinas del millón mientras los soldados rellenaban los cartones. Una vez ganamos veinticinco centavos cada una contando con un aparatito cuántos hombres de servicio entraban mientras la mujer que se ocupaba de eso iba a algún sitio con un marinero.

Llegaban nuevos soldados y marineros en cada tren. Los que ya estaban allí les decían que participaran en nuestra rifa. A mí me llamaban Cielo, y a Hope, Infierno.

Al principio el plan era quedarnos los sesenta cartones hasta venderlos todos, pero íbamos reuniendo más y más dinero y un montón de propinas y ni siquiera podíamos contarlo.

Además, nos moríamos de ganas por saber quién había ganado, aunque solo nos faltaban diez cartones. Recogimos las tres cajas de puros con el dinero y los cartones y se las llevamos a Sammy.

—¿Setenta dólares? —madre mía. Los dos se sentaron de golpe en la hierba—. Mocosas chifladas. Lo han conseguido.

Nos besaron y nos abrazaron. Jake se revolcaba de la risa, agarrándose la tripa, aullando.

—Dios…, Sammy, ¡eres un genio, un cerebro!

Sammy nos abrazó.

—Sabía que podíais hacerlo.

Hojeó todos los cartones, pasándose la mano por el pelo, largo y tan negro que siempre parecía mojado. Se reía al leer los nombres que habían ganado. Soldado raso Octavius Oliver, Fort Sill, Oklahoma.

—Eh, ¿dónde encontráis a estos tipos?

Samuel Henry Throper, Cualquier parte, EE. UU. Era un viejo de la zona DE COLOR que dijo que, si ganaba, nos podíamos quedar el joyero musical.

Jake fue al colmado Sunshine y nos compró unos helados de plátano. Sammy nos preguntaba por todos los nombres, cómo lo habíamos hecho. Le hablamos de Kern Place y las preciosas amas de casa con vestidos camiseros de batista, de la Organización de Servicios Unidos, de las máquinas del millón, del sátiro con los dogos.

Nos dio diecisiete dólares…, más de lo que nos tocaba al ir a medias. Ni siquiera cogimos un autobús, fuimos corriendo al centro hasta Penney’s. Lejos. Nos compramos patines y llaves para ajustarlos, pulseras de la suerte en Kress y una bolsa de pistachos rojos salados. Nos sentamos en la plaza cerca de los caimanes… Soldados, mexicanos. Borrachines.

Hope miró alrededor.

—Podríamos vender aquí.

—No, aquí nadie tiene dinero.

—¡Salvo nosotras!

—El problema será entregar los joyeros musicales.

—No, porque ahora tenemos patines.

—Mañana aprenderemos a patinar… Oye, hasta podemos bajar patinando por el viaducto y ver la escoria de la fundición.

—Si la gente no está en casa, podemos abrir la puerta mosquitera y dejarlos dentro.

—Los vestíbulos de los hoteles serían un buen sitio para vender.

Compramos té helado chorreante y zarzaparrilla con una bola de helado para llevar. Así se nos acabó el dinero. No nos tomamos nada hasta llegar al solar baldío al principio de Upson Drive.

El solar estaba al final de una cuesta tapiada, a una buena altura de la acera, abandonado y lleno de unas enredaderas desmadradas con flores violetas. Entre las plantas, por toda la parcela había vidrios rotos que el sol teñía de diferentes tonos de morado. A esa hora del día, al atardecer, los rayos caían oblicuos en el solar y la luz parecía venir desde abajo, desde el interior de las flores, de los cristales de amatista.

Sammy y Jake estaban lavando un coche. Un cacharro azul sin techo ni puertas. Echamos a correr desde la esquina, con los patines traqueteando dentro de las cajas.

—¿De quién es?

—Nuestro, ¿queréis dar una vuelta?

—¿De dónde lo habéis sacado?

Estaban lavando las llantas.

—De un tipo que conocemos —dijo Jake—. ¿Queréis dar una vuelta?

—¡Sammy!

Hope estaba de pie en el asiento. Parecía que se hubiera vuelto loca. Yo aún no lo entendía.

—¡Sammy! ¿De dónde habéis sacado el dinero para este coche?

—Bah, de aquí y de allá… —Sammy le sonrió, bebió de la manguera y se limpió la barbilla con la camisa.

—¿De dónde habéis sacado el dinero?

Hope parecía una de las viejas brujas de antaño, pálida y amarillenta.

—¡Tramposo hijo de puta! —chilló.

Entonces comprendí. La seguí al otro lado de la cerca hasta el porche.

—¡Lucha! —gritó Sammy, mi primer ídolo, pero me quedé con Hope, arrodillada junto a la panera.

Me pasó el fajo de los cartones rifados.

—Cuéntalos.

Tardé un buen rato.

Más de quinientas personas. Leímos los nombres que habíamos marcado con una X esperando que ganaran.

—Podríamos comprar joyeros musicales para algunos…

Hope me miró con desdén.

—¿Con qué dinero? De todos modos no existen, ¿alguna vez habías oído hablar de joyeros musicales?

Abrió la panera y sacó los diez cartones que quedaban por vender. Estaba ida, arrastrándose por el porche polvoriento como un pollo moribundo.

—¿Qué haces, Hope?

Jadeante, se agazapó en la madreselva que crecía hacia el patio. Sostuvo los cartones en alto, como el abanico de una reina demente.

—Ahora son míos. Si quieres, puedes venir. Iremos a medias. O puedes quedarte. Si vienes, significará que eres mi socia y no volverás a dirigirle la palabra a Sammy en tu vida, o te mataré con un cuchillo.

Se marchó. Me estiré en la tierra húmeda. Estaba cansada. Solo quería seguir ahí tumbada, para siempre, y no hacer nada nunca más.

Me quedé allí un buen rato y luego trepé la cerca de madera que daba al callejón. Hope estaba sentada en la acera en la esquina, su pelo como un balde negro sobre la cabeza. Inclinada, como una Pietà.

—Vamos —dije.

Subimos la cuesta hacia Prospect Street. Anochecía… Todas las familias estaban fuera regando el césped, hablando en murmullos desde las mecedoras del porche que chirriaban tan rítmicamente como las cigarras.

La sonrisa maldita de Lucia Berlin | Cultura | EL PAÍS

La mujer regalada de Julio y Edmundo de Gouncourt

Atacaban Constantinopla los ingleses y fracasaron en su empeño gracias a los consejos del general Sabastiani. Agradecido, el sultán Salim le dijo:

—Pídeme cuanto quieras y te lo concederé.

—Ruego a su alteza que me deje ver el harén.

—Está bien, lo verás.

Luego de haberlo visitado, le preguntó el sultán.

—¿Te agradó alguna de las mujeres que viste?

—Sí —respondió el general y señaló a una de ellas.

—Está bien —dijo nuevamente el sultán.

Y en la noche, el general Sebastiani recibió en un plato maravillosamente cincelado la cabeza de la mujer que lo cautivara, con este mensaje.

“En mi calidad de musulmán, no podía ofrecerte a ti, cristiano, una mujer de mi religión. Pero puedes estar seguro de que ésta, en la que demoraste tus miradas, ya no pertenecerá a nadie en la tierra”.

Constantinopla, la nueva Roma