Sendero
Tarde oscura
Que envuelve los árboles.
Flor y aroma.

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Sendero
Tarde oscura
Que envuelve los árboles.
Flor y aroma.


«O poeta de haiku não busca obter um poema que se pareça com uma fórmula algébrica, um enigma ou uma síntese fulgurante de ideias. Pelo contrário, sua arte consiste em colocar na frente dos olhos ou entre as mãos do leitor, vivo e palpitante, um momento único, concreto, de plenitude sensória e emotiva.»
*
«El poeta de haiku no busca obtener un poema que parezca una fórmula algebraica, un enigma o una brillante síntesis de ideas. Al contrario, su arte consiste en colocar frente a los ojos o entre las manos del lector, vivo y palpitante, un momento único, concreto, con plenitud sensorial y emocional «.
–Paulo Franchetti 🇧🇷
–Trad. Gonzalo Marquina
Sendero
Escuché tu sombra caminando entre el olor de las espigas que caen del cedro
Pasa…platiquemos. La noche es tibia
Tal vez quieras tomar una siesta a mi lado.
Mi lecho es confortable;
arriba las margaritas no dejan de florear.

MIS OTRAS
Lorena Díaz Mesa
Las mujeres que me habitan han secuestrado a la escritora que
tengo dentro. La tienen en una pieza oscura, de manos atadas, sin
poder escribir las historias que me hacen eco en el cuerpo. Pero ni la
madre que soy, ni la esposa, ni la hija, ni la dueña de casa, saben que
la escritora que me habita escribe con los ojos, con los labios, con el
aliento. Escribe con la carne. Y mientras lavo loza, cambio pañales o
preparo la comida, voy creando en silencio mi mejor novela. La que
quizás, nunca llegue a publicar.

Sendero
La miraba sin que ella se percatara, fingía ver los rulos oscuros de su pelo y me detenía en los signos de su frente. ¡Qué feliz me haces! Y su mano buscaba la mía. No advertía que después de su sonrisa, frucía leve el entrecejo.
Movía mentalmente la testa. Las últimas veces, al despedirnos, notaba su urgencia por darme las buenas noches.
Comprendí que no era el varón que deseaba. Amablemente me despedí.
Hoy la vi fugazmente. Por delante caminaba el marido y ella atras con dos hijos. Esperaban el urbano.
No pude evitar mi reproche conmigo mismo por no ser perseverante. Sin duda la amé y lo que vi me duele. Los tiempos nunca vuelven igual.

Gota tras gota
La gota caé sobre,
la flor rosada.

Este invierno me trajo un deterioto en mi salud que desconozco su alcance. Lo o ocion afectada y dolores que pastoreo con reposo y farmacos
Seguiré colgando cosas pequeñas Porque la pc, archivo etc estan en mi oficina.
Buscaré causas de mi enfermedad con amigos calificados. Espero regresar como antes.
Attentamente sendero.
.
Argentina

SendMe jubilé. Los hijos se fueron lejos y la mujer fue siguiéndolos y no regresó. Comía en fondas y la ropa la depositaba en la tintorería. Descuidé el aseo, y en el patio las hojas se podrían.
Me enfermé. Nada grave, quedé como perro de carnicería. Agua, pan duro y una bolsa de papas o de maní era mi alimento. Un día, se presentó una mujer que rondaba por los cincuenta años. Vestía con falda larga oscura, blusa lisa parda y sobre la cabeza, un velo. Parecía sacada de algún convento. Vendría tres veces por semana: limpieza, lavado de ropa y prepararía alimentos para ella y para mí. Estaba satisfecho de sus servicios, pero su atuendo me ponía con un humor de perro viejo.
El velo lo traía sujeto al cuello, empapado de sudor. Le pregunté por qué no se lo quitaba. “Es una manda que tengo que cumplir”. Pidió una escalera para limpiar los vidrios de la ventana y atisbé, sin que lo notara, la lozanía de su piel almendrada. Al terminar sus quehaceres, quedaba en la vivienda un discreto aroma a lavanda y un orden femenino.
Recargado en la poltrona miraba el patio. Las plantas habían recobrado su verde joven. El durazno aclimatado al calor enseñaba sus botones rosados. Salí a caminar. Supe que la señora Otilia me ponía de malas; no ella, sino el atuendo oscuro que le cubría casi todo. Para colmo, los pocos amigos que aún me visitaban para jugar y tomarnos las copas, me jodían con sus bromas.
Una de esas tardes de bochorno, dijo:
– Dentro de un mes termino mi manda.
-¡Por fin descansará de tanto trapo que se pone! Acoté.
– Si viera que ya me he acostumbrado.
– Entonces, ¿no se quitará el hábito?
No la dejé responder y le lancé otra pregunta aprovechando el espacio que me daba.
– ¿La manda, por qué fue?
Ella se quedó callada. Tal vez, removí algo y pequé de imprudente. Así que agregué:
– No me conteste, sino desea.
– Le diré que después de casi veinticinco años de vivir con mi marido, se fue, no sé si con otra mujer o simplemente, se cansó de mí. Me dije que lo esperaría un año.
Se quedó en silencio y se fue a la cocina a lavar trastos.
Para no verla con su atuendo le dejaba víveres y salía a visitar a mis amigos o a sentarme en el parque leyendo algún libro de interés. Llegaba a la hora de la comida y de reojo veía su cara, enmarcada por el velo y el vestido cerrado desde el cuello hasta la punta del tobillo. Estaba contento. Sin embargo, me horrorizaba contemplarla con el atuendo de monja medieval.
-¿Se quitará su vestido de monja? -Se lo dije en tono de broma.
– Ya me acostumbré a éste y, tal vez, me sea difícil.
-Le propongo un trato, ¿qué le parece, si al menos en casa se viste como yo deseo? El hábito parece que le pone diez años más.
Tragó saliva, arrugó la frente y sonrió forzadamente.
-Por supuesto que usted no comprará nada. Todo se lo daré yo.
-¿Me está pidiendo que me vaya?
-De ninguna manera. Solamente, deseo verla diferente, menos monja., más ¿Qué me dice? Terminando su labor, vuelve a ponerse su ropa.
Destensó su frente. Su mirada se iba hacía el patio donde el durazno se había cubierto de flores.
–
Bajó los ojos, y las manos se sujetaban una a la otra. A veces, movía imperceptiblemente, la cabeza. Entendí que tenía una lucha interior. Así que saqué de mi chistera otra propuesta.
-Le aumentaré el sueldo, pero si acepta, será la ropa que yo elija y esto incluye un nuevo look.
-Déjeme pensarlo.
No fue al siguiente día, y estuve de malas. Pensé que a lo mejor ya no vendría, pero una semana después llegó. Creí que vendría a pedirme el dinero que le correspondía, pero grande fue mi sorpresa cuando me dijo:
– ¿Y mi uniforme?
Este día lo dedicaremos a hacer compras -le dije. También, deseo dejarla en un centro de belleza para que usted disponga de un nuevo corte de cabello y lo que le sugieran las encargadas. Mientras, yo iré a una central de uniformes y le escogeré su ropa de trabajo.
Cuando regresamos a la casa, estaba por anochecer. Ella volvía con su traje de monja, su velo cubriéndole la cabeza y sólo los ojos oscuros dejaban ver una lucecilla juguetona. Nos bajamos en silencio.
-Si gusta bañarse, ya sabe donde está todo. Le dejé su ropa en la cama. Tengo una reunión de amigos. Luego, regreso. Le dije.
En realidad, iba a hacer tiempo a un café para darle su espacio de intimidad que toda mujer requiere. Le había comprado su uniforme. También, otro vestido estampado de un estilo juvenil. Así como otros artículos de belleza. En el trayecto, adquirí una docena de rosas rojas, que se verían bien en el centro de la mesa. Como no se había hecho comida, pedí que llevaran una pizza.
Puse las rosas en el florero. Ella apareció minutos después, tapándose la cara. Era evidente el cambio. Las del centro de belleza, le habían dejado con un corte moderno, con un color acorde a su piel, arreglaron sus cejas, y ella puso algunas sombras que resaltaban sus ojos negros. El uniforme verde enmarcaba sus formas y sólo ella sabía que no tenía sujetador, pero era evidente que los años habían respetado la vitalidad de sus senos. La hice darse una vuelta y encontré una mujer dotada de sensualidad.
-¡Se ve estupenda! ¡Qué cambio! ¿Ya se vio en el espejo? ¡Mírese! ¡Está usted irreconocible! Hoy es un día diferente, así que le invito a comer.
-Pero… Si no he hecho la comida.
-No se preocupe, ya viene en camino una pizza.
Los días siguientes, hacía sus quehaceres con otra energía. La cadencia al caminar volvió, y la sonrisa perdida -aún tímida- abría la ventana. Mis amigos me visitaban con más frecuencia, y ella se daba cuenta de que sus miradas la recorrían. En confianza, le decía que no se avergonzara que si el Señor le había dado esa armonía que, entonces, la luciera.
Hoy, cuando estoy sentado y ella limpia las ventanas, ayudándose de una escalera, veo de reojo sus muslos cálidos. Ella lo sabe y de vez en cuando me lanza una mirada viva y una sonrisa cocoroca.

dos personas
platican de su soledad
y si se se queden calladas se comprenden.
Española
Secuestrador de caracolas*
EL SECUESTRADOR de caracolas no pretende rescates: caracola que le arrebata a un mar la devuelve en otro. Con su mochila llena de conchas va persiguiendo el rastro del verano. Su nombre está
conservado en sal.
A ROSA la desean de Este a Oeste, sin importar su asimetría en esa dirección, bien disimulada por el aire de sus hombros al caminar. Del Norte poco saben, pues ella es apenas silbido. Del Sur todo lo imaginan, en las noches en las que no descansa el viento.
CADA VERANO vuelven con el bálsamo para aliviar el ardor de la tierra que nos abrasa. Año tras año tienen que ir más al norte en su cacería, pierden hombres y reclutan niños, pero siguen trayendo el hielo. Son venerados por su valor, temidos por su silencio. No parecen envejecer. A algunos el verano ya no les alcanza a derretir la coraza que se solidifica sobre sus pieles, en los ojos, dentro.
EN CUANTO dejé de someterla, la historia me tragó de una pieza.

GABO
José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: ‘¿Qué día es hoy?’ Aureliano le contestó que era martes. ‘Eso mismo pensaba yo’, dijo José Arcadio Buendía. ‘Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes.’ Acostumbrado a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. ‘Esto es un desastre –dijo–. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.’ Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando por Prudencio Aguilar, por Melquíades. Por los padres de Rebeca, por su papá y mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte…Gabriel G.Márquez, Cien años de soledad

Mexicano
Así me llaman. Llega una hora del día en que lamo mi pelaje con el
cepillo de mi lengua. Lamo mis patas y con ellas me froto la cara.
Limpio bien entre los dedos y también otras partes, todas las que
alcanzo. La cosa es estar presentable, bien peinado. Si el humano me
toca: me lamo; si el viento me despeina o la lluvia me moja: me lamo; si
termino de comer, también me lamo. Cualquiera diría que es la vanidad
la que me mueve. Ysi fuera así, tiene su precio.
No es lindo que, por tanto lamer, dentro de la panza se me
formen bolas de pelo. Por eso, de vez en vez, como hierbitas, de
preferencia pasto. Entonces vienen las arcadas. Me transformo en el
monstruo vomitapelos, y hay que ver el horror y el asco en la cara del
humano cuando la bola sale: se le olvida que lo salvo de los ratones, de
las arañas, se le olvida que cazo moscas y cucarachas, se le olvida que
de noche protejo a sus niñas y niños para evitar duendes y malos
sueños. Pero, monstruo, duro menos de un minuto. Los humanos
grandes me acarician de nuevo; niñas y niños, ellos siempre me aman,
ellos se bañan con jabón y agua.
Me subo a tomar el sol en la ventana. Ahí, me lamo y me
relamo. Somos felices en esta casa. Hasta la próxima bola de pelos,
hay que estar lindos, limpios y bien peinados.
Marti Lelis (México, 1968). Escritor para niños grandes y pequeños,
cuentos cortos o largos y, de vez en vez, poemas. Publicó en 2016 el
libro A propósito de San Juan y otras miniaturas, Premio Estatal
“Beatriz Espejo” en 2015 en Tlaxcala, México. También obtuvo el
Premio “Dolores Castro” por su libro de poemas Salvar caracoles con
palabras en 2016 (Tlaxcala, México). Comparte sus escritos en su
página de ceremoniadepalabras.com.mx

Sendero
Dormí, soñé,
logré atravesar
la confusión.
