Sendero

Alborada de verano.
Sobre el bosque…
un cielo borroneado
El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
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Alborada de verano.
Sobre el bosque…
un cielo borroneado
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Al contemplarte, para ti doblar y desdoblar nubes es cotidiano. Así como yo le doy de golpecitos a mi almohada para hacerla confortable, así lo haces con los celajes. Si estuviese dentro de tus ojos vería pasar de cerca gusanos presurosos, vacas echadas a la holganza o dinosaurios imponentes que lanzan en el ocaso llamaradas de cobre.
La noche, en ese campo de iridiscencias, quizá te descubra jugando ajedrez con la osa mayor. Tal vez podrías contarme que aroma tienen las estrellas, o cuantos secretos te ha dicho el conejo de la luna. Sin duda eres un ser celestial que todos los días miras a Dios. Qué terrible será para ti tener sed; tu cuerpo de pino tiene que inclinarse para beber el agua terrenal.
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Semanas después de la noche de exceso me encontré a Armenia en el parque. Al besarme en la mejilla, me dice hola en el lóbulo de mi oreja. Ella era, en mi mente, un algo que te hace daño, que te deshaces, pero de una u otra manera regresa. Hace más de un mes me dije que no era conveniente para mi salud volver a verla. Pero…
Quedamos de vernos. Enérgico me dije que no habría otra cita. Después de la comida que degustamos, cuando sorbía el café, me dijo seria, «ya sé porque te me hiciste conocido». El pulso de mis sienes dio de brincos y estuve a punto de soltar un pretexto para cortar de tajo aquella plática; la pregunta, tarde o temprano, llegaría como aguja en la piel rosada de una beba.
«Lo supe aquella noche en su departamento, que me confesó que era bisexual, y no fue impedimento para regodearme con sus caricias. Cuando ella se daba un regaderazo encontré una foto en su tocador. Tomada en un antro, besaba en los labios a una mujer cuyo rostro era ocultado por mechones de cabello oscuro. Pendía de su oreja un arete que dibujaba una media luna pringada de un rojo sangre. Fue un regalo que le hice a mi hija. cuando cumplió sus dieciocho años».

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Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que resaltaría el verde untado de las piernas. Después de cargar sus pilas al sol, colgaron en su cuello argollas de buena suerte.
Se fueron hacía el desfiladero sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y en las partes bajas del río muerto se quedaron quietas.
El cielo parecía una panza enlodada de cerdo. El día se hizo pardo y los truenos corrían de un lado a otro. El agua llegó ruidosa hinchando las rocas del desierto. El río muerto se levantó como si fuese un Lázaro adolescente y con él millones de moscas zumbaban sobre las espumas del río.
Las lagartijas con sus aros de la buena suerte comieron hasta el hartazgo ante las asombradas dunas. Bailaron y bailaron sobre las burbujas del río cuando noches atrás soñaban con un cinturón magenta que resaltaría sobre el verde untado de las piernas.
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Tarde de otoño.
Un niño cuida
a la abuela dormida.

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¡Con qué gracia lo hace!, ¡Qué espontáneo es ¡En eso coincidían políticos y actores de renombre. «…su forma de aplaudir es luz en los demás, ¡tiene tal fuerza infectante!». Si Fredy aplaude, los demás lo siguen; y se escucha una cascada que retumba. Fredy hizo nombre y fortuna con tal poder. Cuando la última palada cayó sobre su tumba cientos de globos blancos se elevaron al cielo y los dolientes guardaron un minuto de silencio.

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Cuando Lia contaba cuentos el tiempo era de humo. Nuestros hijos volaban a selvas y montañas de misterio. Para que ella nos contara más, las internas más bellas dejaban al descuido sus médanos y valles. Así, los custodios se olvidaban de las normas. Lía era un viento fresco y juguetón en aquella cárcel donde habían nacido nuestros hijos. Hijos del abuso, de nadie y de todos.

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Caminan, haciendo alharaca una docena de hombres. Van rumbo al río, a bañarse con la corriente fría de la montaña. Encuerados reciben el masaje del agua y con las manos entrelazadas en la nuca se pierden al descubrir el tablero brillante del cielo.
Los hombres descamisados regresan. Platican de mujeres y algunos se embroman tocándose las nalgas. En la oscuridad se oyen chillidos, aleteos y uno que otro ruido que se confunde con carcajada. Por un momento dejan la charla y beben dejando en el viento el dulce sabor de la caña. Regresan al pueblo, a la choza, a entibiarse las caderas con las caderas de la amada. Nadie piensa, que mañana el sol inclemente, de la hacienda, les barbechará la espalda.

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Llegó inesperadamente y penetró como navaja en un tomate. El mayo soleado dejó paso a una garúa invernal. Desaparecieron las moscas. Él naranjo esperaba un chubasco que lo refrescara y nunca la insolencia de este frío que lo estremece. Él viejo árbol no recuerda dónde guardó la gabardina, y tiemblan sus hojas Mi madre corre, lo cubre con una manta de plástico y protege su frutilla como si fuesen sus hijos.
Yo iba detrás de ella cuando su grito me detuvo: ¡No salgas porque te enfermas!
