La letra con sangre entra por Rubén García García

Sendero

Los animales hicieron su tarea, menos él, que escuchó sobresaltado la orden de la maestra: «¡Escribe!: “El ave canta, aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas”»*

«No puedo» dijo, casi al lloro el correcaminos.

• Salvador Día Mirón, poeta mexicano.

Haiku por Rubén García García

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Frederick Childe Hassam (Boston 1859 – 1935) fue un pintor impresionista estadounidense. En 1886 viajó a París para estudiar arte en la Académie Julian (1886-1889). Tuvo como maestros a Gustave Boulanger y Jules Joseph Lefebvre. Hassam regresó a Estados Unidos en 1889, residiendo en Nueva York.

Después del aroma por Rubén García García

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La tierra apelmazada se suelta por las afiladas navajas del pico de un ave rapaz. En el cielo, una nube gorda y perezosa simula una vaca negra echada bajo el pirul. Llueve, llueve a cántaros, y por un breve momento, el ejido se humedece. El aroma dormido despierta. Es un olor a tierra mojada que se esparce entre el bosque de tréboles, un olor viejo de vida, cavernícola. Un aroma que hasta los muertos excita y les lleva a recordar cuando retozaban entre los aguáchales. El cielo puerco se va limpiando, dejando ver el azul juvenil. El sol irrumpe poderoso, despertando a las alimañas que duermen en la oquedad del árbol. El correcaminos suelta pequeñas nubes de polvo entre los mezquites y la nopalera. Las iguanas sobre las rocas no dejan de mirar algo inasible que se me escapa. Mi memoria se cierra, para volver a la eternidad del silencio.

Florencia Böhtlingk . salto la bonita

La alborada por Rubén García García

Autor del oleo: D.Luis Ernesto Ortiz

Una mañana, a la mitad del invierno, me levanté a escuchar la alborada. Respiré el aire frío, que llevaba el aroma de la tierra húmeda y de hojas podridas. Estaba en el fondo del patio, a metros había una cañada, por donde corrían las aguas pluviales y sucias. La oquedad rocosa ampliaba el rumor de la corriente y algunas veces el griterío de los cotorros. Entre la enramada de una buganvilia el sinsonte silbó. Levanté la mirada; el cielo olía a rosa, teñido de un suave color que se desvanecía en el horizonte. En un instante, el silencio profundo envolvió todo como un manto de calma. En el patio, las hojas bajo el rocío susurraban desde la lejanía. Me castañeaban los dientes, no solo por el frío, sino por la emoción de estar solo en aquel momento perfecto. Antes de estornudar y romper el encanto, el gallo joven del vecino quebró su canto con hipos agudos. La voz ronca de mi madre resonó, mezclando preocupación y regaño: «Chamaco, ¿qué estás haciendo? Métete, que te vas a enfermar.» Su regaño me trajo el recuerdo de las inyecciones. En casa, el maullido de nuestra gata «Flora» parecía decirme «te lo dije».

Tres días en el paraíso por Rubén García García

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Ayer, casi se fundieron las piedras del río difunto. Los “mocos de guajolote” yacían marchitos. El cielo borroneado de oscuridad se encendió con los relámpagos, un rayo rasgando la sequía. Después de los truenos, cayeron chorreras sin parar por días. Los niños, que nunca habían visto llover, corrieron asustados buscando las faldas de sus madres. Enloquecidos por el agua, el pueblo bailaba y las parejas retozaban como gusarapos. Los ancianos dejaron las sillas y se encendieron como cocuyos. La vieja laguna, que solo los centenarios recordaban, volvió a sembrarse de espejos. Tres días duró la fiesta. Cuando se fue el agua, solo quedó el pueblo árido, tan polvoriento como un fantasma en el sótano.

No todo puede ser tan bueno por Rubén García García

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Cada día, al mirarse al espejo, sonreía al jalarse los vellos. De buena fuente supo que la mujer que deseaba le gustaban los hombres con barba y pelo en el pecho.

Un papel arrugado, yacía sobre la mesa de la cocina. El nombre, casi impronunciable, resonaba en su mente como un conjuro para dejar de ser lampiño.

Meses después veía con satisfacción el crecimiento de la barba, pero al mirarse el tronco, vio con horror dos pequeños bultos peludos, que reclamaban un corpiño.

Un día será de Rubén García García

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Era ósea, fría. Su mano larga golpeó mi hombro y me dijo: «ya es hora».

Volar es peligroso por Rubén García García

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Afuera, en el jardín,

veo a la perra perseguir a una mariposa.

Sentado en el alfeizar de la ventana

te veo apresurada.

Ya no tarda el taxi de la empresa para llevarte a tu trabajo.

Los tréboles se arrejuntan en la sombra

y la mariposa se esconde entre las flores de la buganvilla.

 Tus botas resuenan en la duela.

Entras y sales, de tu recámara al espejo.

Te repincelas, reacomodas el rulo.

Y si tomásemos un café mirando

como el viento hace piruetas con la libélula

sería perdernos entre los bucles del tiempo.

Con tu olor a “Chanel 5” me diste un beso cerca de mis labios;

yo resbale mi palma por el meandro de tu cintura.

Los dos, los dos…

sabemos que volar es peligroso.

 

La montaña de colores por Rubén García García

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Tengo deseos de dormir con él, ver que bosteza, que se le cierran los ojos después de quedar exhaustos. Sentir que me rodea. Enlazo mi mano a su mano y a la luz del velador dormimos como una pareja que disfruta el espacio. Verlo dormir, hacerle caricias mientras sueña. Antes de que abra el día me reacomodo, para sentir que su palma recorre mi cadera. Me hago… y lo dejo. Eriza mi piel. El hueco de su mano lo ha llenado. Si continúa no podré simular que estoy en el sueño. Preguntaría, ¿esto es el mañanero? Estoy sola en mi dormitorio. A lo lejos, un gallo citadino canta, y muerdo la sábana; ansiosa, cerca, muy cerca de la cima de colores.

La ruta por Rubén García García

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Tomé el taxi. Le di la dirección al chofer. Consultó con el sistema y me dijo:

—Malas noticias. Por la ruta directa no se puede, hay una manifestación de maestros.

—¿Alguna otra ruta?

—Pasaríamos por lugares complicados.

—¿Qué quiere decir?

—Peligrosos y “putañeros”.

Pasamos los peligrosos y nos internamos en lo que él llama “putañeros”.

—Aquí, si mira usted, los de aquella banqueta son mujeres, y en la contraria son varones vestidos de mujeres. Vea cómo mueve la bolsa cada quien. La mujer caderea y la bolsa sigue el compás. En la de los varones no sucede. Fíjese en la cantidad de clientes que hay; la de ellos está abarrotada, por la de ellas transitan pocos clientes. ¿Por qué será? —se preguntó a sí mismo—. Me limité a levantar los hombros. Siguió hablando y se contestó.

—Tal vez sea porque los “mujercitos” tienen las nalgas más duras.

—¿Usted cree? —le pregunté, mirando las calles con curiosidad. De inmediato me contestó, como deseando encestar en el último segundo.

—Eso fue lo que me dijeron unos clientes. Aquí se suben todo tipo de personas.

El sueño de Rubén García García

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No recuerdo lo que sueño, pero ayer sí. Tenía en mis brazos un bebé de pocos meses, frágil y lo trataba como si fuera un mueble sin vida. Estábamos en un cuarto de hotel, con paredes desnudas y un aire de abandono. No le daba de comer, desesperado porque no llegaba su madre. Salí furioso, dejándolo en un montículo de ropa desordenada, con la creencia de que la madre se percataría, anduviese por donde anduviese. Salí a vagar por las calles, y por un tiempo, me olvidé de él.

De repente, un puño me dobló el pecho, haciéndome detener. Un presentimiento oscuro retumbó en mi cabeza: la madre no lo vería. Volví frenético, corriendo hacia el lugar donde lo había abandonado. Lo encontré sano y salvo, respirando suave entre la ropa. Sentí como si se hubiese abierto el día después de meses sin ver el sol; me envolvió una tibieza de un sol de invierno.

Corrí con él en mis brazos, como un loco en busca de agua y alimento. Esos instantes fueron de lo más bello, la preocupación legítima de que el bebé me necesitaba. Sonreía con él, apretándolo en mi regazo, sintiendo su pequeña vida contra mi pecho. Corría bajando por caminos de lodo, resbaladizos y traicioneros, y después por escalones de laja y madera, buscando en aquel pueblo un puesto donde comprar agua y leche.

Cuando finalmente lo vi comer, fue un momento de gloria, una paz indescriptible. Desperté sudoroso, oliendo a bebé,con el pulso gustoso y brincando.

Tormenta en el trópico de Rubén García García

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El ruido de las gotas en las láminas de zinc parecía un zapateado de baile huapanguero. Era tanto que sofocaba los gemidos de la esposa y los ronquidos del esposo, que tenía espacios de asfixia por la abultada papada; lo resolvía moviendo el cuello y la respiración se hacía silbante, volviendo a su ritmo.

—¿Llovió anoche? —preguntó al día siguiente.

—Sí, creí que se rompía el cielo —respondió ella, acomodando la ropa recién guardada.

—¿Soñé? Sentí que te levantabas.

—No soñaste, me levanté a meter la ropa —dijo ella, sonriendo al recordar su carrera bajo la lluvia.

—¿Soñé que alguien se quejaba? —insistió él, frotándose los ojos.

—Era el gato de don Hilearón que maullaba —contestó ella, mientras servía café.

—Ese gato hay que matarlo —gruñó él, buscando sus pantuflas.

—Tienes razón, si no voy se lleva la pollita que recién compraste. Al final cazó un ratón que corría bajo la lluvia —dijo ella, con alivio.

—Me pareció escuchar, no sé si un suspiro hondo o un gemido —dijo él, recordando la sensación extraña.

—Era yo, que aproveché el agua de la chorrera para bañarme. El agua estaba fría y era una cascada la que me cayó en la espalda; si no lo hago, seguro que ya estaría resfriada —explicó ella.

—Ah, hiciste bien —asintió él, tomando un sorbo de café y sonriendo levemente.

¿Qué se puede hacer en diez minutos? por Rubén García García

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—¿Qué se puede hacer en diez minutos? —preguntó a su examante, con voz dulce y desafiante.

Ricardo no la esperaba, de hecho, no esperaba nada. Así que fue una sorpresa. Era la misma de siempre: fina en sus formas, con un perfil de barro tallado con delicadeza. No le dio tiempo a contestarle.

—Esto —respondió ella con una sonrisa indefinida.

Abrió la blusa lentamente, dejando que cada botón suelto incrementara el brillo en los ojos de Ricardo. Él sonrió con socarronería y le dio a su respuesta una tonada musical.

—¿Entonces solo tengo diez minutos…? — Amelia sostenía la sonrisa. Fue hacia ella, con ese caminar felino que conocía.

Él había sido el único que la vio dormirse en su pecho, envuelta en una silenciosa satisfacción. Para él, el encanto fue efímero. Para ella, la frialdad tuvo consecuencias; comprendió que solo había sido una estación en el tránsito de su vida.

El departamento estaba igual que cuando ella lo vio por primera vez, un desorden apenas disimulado. Mientras él dormía, ella aprovechaba para organizarlo y dejarlo medianamente limpio. Las paredes seguían del mismo color, y un cuadro, que ella le había regalado permanecía en su lugar. Escuchó de nuevo sus murmullos y el vuelo de las palomas al llegar al dintel de la ventana. Se lo agradecía sinceramente; la llevó a las alturas y la hizo danzar entre las copas de los majestuosos pinos.

Aquella noche lo soñó y no tuvo dudas: para liberarse, tendría que volar de nuevo y jamás regresar a su lado. Probar una vez más y decir adiós.

—En diez minutos se pueden hacer tantas cosas —se dijo Ricardo. No pudo evitar recordar el momento en que la convenció de subir a su departamento y hacerla despedir tantas chispas como el herrero que esmerila un lingote de hierro. Él fue quien la inició en la artesanía del fuego. Era una mujer hermosa, lástima que no entendiera que lo obtenido no tiene el mismo sabor que lo deseado. Se volvió pesada y celosa.

Besó el sendero de su piel, el sabor a café con leche. Eran tan delicadas como burbujas tornasoladas en el viento. Oía su respiración como el batir de un ave contra el aire. Sabía entonces que la voluntad de ella era la que deseaba.

La parvada de susurros de él voló hacia el abismo cuando sintió el piquete de una aguja que penetraba en su cuello. El frío se extendió como una cascada sorpresiva, que llega sin previo aviso. Te coge, y después de una bocanada de todo, llega la mudez.

—¡Esto es lo que se puede hacer! —exclamó ella con una amarga satisfacción, poco antes de que la sordera de él llegara y todo se volviera oscuridad.

Amelia se retiró, reacomodando su ropa con una calma inquietante, dejando tras de sí una mezcla de alivio y dolor. Tuvo la curiosidad de mirar la herida, las gotas de sangre que armaron un hilo bermellón que salían del cuello de Ricardo. Al cerrar la puerta percibió un calambre en el vientre y la expulsión de un líquido que fluía del cuello de su matriz. «es el adiós» se dijo y siguió su camino hacia la salida.