La soledad
es el grito profundo
del que se fue.

Sendero
La soledad
es el grito profundo
del que se fue.
El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
La soledad
es el grito profundo
del que se fue.

Sendero
La soledad
es el grito profundo
del que se fue.
Sendero
Me perturba con solo escuchar su voz. ¡ no lo aguanto! He decidido matar a mi marido.
Lo conozco bien. El momento idoneo es cuando toma su café por la tarde. Es gordo, de presión alta y azucarado.
Solo tenemos en común, que los dos estamos enfermos de la presión. Pero a él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón no es dificil.
Estos días lo atenderé como siemre: seria y amable.Y a esperar.., lo que venga primero. Un infarto es rápido.
He comprado un vestido negro discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Me queda mejor, que si me lo hubise hecho la modista…
.
Ese día calźé el vestido negró, maquillaje discreto. Al verme en el velatorio pensaron que estaba dormida. -¡ qué hermosa se ve! -Dijo mi vecina.
Debo de aclarar que mi esposo y yo no tan solo coincidiamos en la presión arterial, sino que teníamos la misma intención.


Sendero
Sendero
Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras escucho los horrores de aquel momento, aunque el el presente me propone un final cercano.
Sudoroso, tenso, percibo los tambores desordenados de mi corazón. Voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado.
Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua: me calma, me refresca; al beber, el ardor abdominal se vuelve tolerante. Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado, que vive gracias a Dios y a los inventos del hombre.
Sin embargo, ellos han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán. Cuchichean en los pasillos: si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Tengo deseos de abandonarme a la corriente al sufrir este duelo diario, pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.
Y entonces me veo en el recuerdo como un chamaco de diez años.
Vagaba descuidado por el malecón. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan y, a veces, yo llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos rotos.
— ¡Chamaco, chamaco!
La voz provenía de una señora robusta, acanelada, de mediana edad, con grandes ojos verdes, y un lunar que le abarcaba la mejilla derecha.
— ¿Qué haces chamaco?
– Nada.
— ¿No quieres ganarte unos centavos?
– ¿Cómo? —dinero era lo que necesitaba para ir a comprar comida.
— ¡Vente conmigo! Tengo una lonchería y necesito que me ayudes.
Me vio indeciso y continuó.
—Te ocuparás de llevarme agua y moler el maíz para hacer las tortillas. ¡Anda, súbete a la lancha que nos vamos!
La sorpresa me había dejado inmóvil, sólo hacía gestos.
— ¡Súbete! ¡Súbete, que nos vamos!
Salté al bote; creí que atravesaríamos el río, pero siguió corriente abajo para incrustarse en la desembocadura y adentrarse al mar abierto. Por allá estaba “El Esperanza”, un barco carguero de mediano calado. La señora se llamaba Ema y con el peine de sus uñas me acicalaba el pelo.
—No te asustes, te va ir bien conmigo —me decía al oído.
¿Asustado? Yo no lo estaba. ¡Lo que veía era grandioso! Montarme e imaginar que era un potro y cabalgarlo sobre su lomo líquido, me llenaba de fuego. ¡Estaba arrobado! ¡Tanta agua! Mi mano sentía la brisa chispeada de gotas minúsculas que me rociaban brazos, pecho y cara.
Había muchos hombres, pero pocas mujeres y todos dormíamos en la cubierta bajo una lona que servía para protegernos del sol o de la lluvia; tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala, me dijeron.
Ellos debían introducirse en la selva, subir a lo más alto del árbol del chicle y hacerle surcos, para que la resina bajara poco a poco y su leche blanca fuese transformada en dulces o pelotas.
Se acabó la travesía en el mar y, una vez en el puerto, me compró dos mudas de ropa, zapatos y unas botas que sobrepasaban mis rodillas. ¡Nunca había tenido tanto!
— ¿Ya llegamos? —quise saber.
—No, aquí tomamos el tren.
– ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
Subimos y pronto se puso en movimiento. El vaivén era suave y parecía que bailábamos. Las mujeres con sus crías y los hombres metiendo al vagón gallinas. De cuando en cuando veía la acrobacia de los cotorros y escuchaba el canto del cenzontle.
Un día después, estábamos en la estación. El pueblo tenía casas de tarro, palma, adobe y algunas con dos pisos hechos en madera.
— ¿Aquí es? —pregunté con curiosidad.
—Todavía falta, pero acá vamos a dormir.
Muy temprano en la mañana salimos a lomo de bestias; nunca había montado así que a las tres horas de viaje, sentía que un enorme tumor me iba creciendo en las nalgas y pedí seguir a pie.
Sólo escuché que alguien me decía: “¡cuidado con las víboras!”
Hubo un momento en el que no tuve más remedio que subirme a la mula ya que había partes donde el barro me hubiese llegado a la cintura. Un lodo tan apestoso que cuando los animales salían, el olor putrefacto se quedaba terco, en la nariz.
Arribamos al anochecer. Sin vestigios de casas ni de calles, estábamos en un claro comido a la selva entre la inmensidad de los árboles, donde habían hecho galeras enormes para descansar y dormir.
De pared a pared se tendían las hamacas; encima, el pabellón que nos protegería de los moscos. ¡Moscos, muchos moscos! Aplaudía sobre la cabeza y terminaban hechos puré entre mis palmas.
Antes de acostarnos, la gente quemaba hierba para hacer abundante humo y forzarlos a irse.
—Bueno, hijito, se nos acabaron las vacaciones – me ordenó levantar.
Era de madrugada
– Ahí están las cubetas, ¡ve al pozo y tráeme agua!
Después de cinco viajes, me hizo señas de que era suficiente. Aún no abría el día y pensé en dormir otro poco.
—Amorcito, el día apenas empieza —dijo con firmeza adivinando mi intención.
La señora tenía a su cargo veinte hombres, a quienes les daba un desayuno abundante casi al amanecer, el almuerzo para que después engulleran en lo profundo de la selva y un plato fuerte que los esperaba a su retorno, cayendo ya la tarde. Al volver tenían hambre, sueño y un intenso escozor ocasionado por las picaduras de insectos que solían mitigar con gelatina de sábila cocida en caña.
Por la mañana había que llenar los tanques de agua, cortar la leña, ponerla al sol, cuidarla de los aguaceros, cocer el maíz con cal, pasarlo al molino y obtener la masa para que cuando regresaran, hubiese tortillas.
En la vejez de la tarde –atontado y dispuesto a dormir– dejaba caer el pabellón y la hamaca se mecía con mi peso; a las tres de la madrugada, la voz de la señora me volvía a la realidad.
—Anda, ¡párate muchachito, ve a traer agua!
El domingo era el único día en el que los chicleros no se internaban en la selva; quisiera o no, tenía que moler el maíz, pero más de uno me ayudaba. Doña Ema debía guisar.
Al descender el sol, nos gustaba ir a una poza y retozar en el agua, o a los lodazales con resorteras para sorprender a las chachalacas desde algún escondite. Si nos sonreía la suerte, había alimento fresco para llevar a la boca y era un agasajo ya que estábamos hasta la coronilla de la carne salada.
Ese domingo, el Compa me invitó a pasear con él.
—Cerca de aquí hay un árbol de zapote, yo subo a cortarlos y tú los atrapas para que no se destruyan.
Le pedí permiso a doña Ema, salí alborozado.
—Ten cuidado con las víboras —le dije en el camino.
—Hay que cuidarse de todo, pero mucho más de los humanos —y se echó una carcajada.
Cerca del frutal, hizo señas para que me mantuviera cerca y sin hablar.
Prendió un cigarro y observó hacia dónde se dirigía el viento.
—Hay un puerco salvaje, lo mataré —susurró— súbete a un árbol, pero no hagas ruido.
Desde lo alto lo vi con el machete en la mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en el plano del fierro limado, zumbó en el aire y la oreja del jabalí salió despedida como si hubiese dado un brinco.
El puerco –que tenía una alzada de casi un metro– en vez de correr embistió al Compa y le metió su hocico entre las piernas. Cerca estaba la manada y seis de ellos se abalanzaron haciendo que perdiera el equilibrio; ya en el suelo, clavaron sus colmillos de media luna, rasgándole el cuerpo. La sangre manaba a borbotones, parecía una fuente y sus gritos de dolor laceraban mis oídos con un ¡ayúdenme!, que todavía sueño.
Sobre el final, uno de los cerdos le tumbó una oreja; pude verlo cuando arremetió alzándolo por el aire: le faltaba un ojo y uno de sus mofletes había desaparecido, dándole la falsa apariencia de estar sonriendo.
Ya no pude resistir y lloré, ocultando mi cara sobre el brazo. Sólo respiraba el hedor del miedo cada vez que sollozaba.
Ahí quedé hasta que me encontraron y fui cargado hasta las cabañas; allí sentí que amarraban mi cabeza a un camastro para frotarme el cuerpo con alcohol mientras me hacían tomar caña con azúcar para curar el espanto; horas después, dejé de temblar. Ese día permitieron que durmiera hasta entrada la mañana. Ya repuesto, pude seguir; después, nada me asustaba.
¡Cuántos años! Nada más triste que ver cómo la familia se quita las máscaras y sus sentimientos quedan descarnados.
La lucha sorda entre ellos, su actitud felina de restregar el lomo en la entrepierna o el ósculo que se dan en la mejilla.
Esperan mi muerte y nada más fácil que dejarme sin medicinas. Sólo murmuran, hacen señas entre ellos, guiñan el ojo y se frotan las manos.
¡Oh, Dios! ¡Otra vez el sudor! Mi frente es pequeña para tanta agua, parece que el aire es menos y una losa multiplica su peso en el centro del pecho.
Simulé dormir profundamente, tomé la reserva oculta de medicinas, documentos de identidad, dinero que tenía en un viejo pantalón y salí de la casa con el resguardo de la noche, la suerte y mi voluntad.
¡Ahí estaba el niño!
El viento fresco del río me produce cosquillas y por las márgenes van en paralelo las mariposas . La lejanía tiene un cielo ocre mientras que los montes rompen en rojos eléctricos y azules en floración. Hay olor de vida.
Estoy dentro del mar; es bello ver cómo brincan los delfines y salpican de elípticas. Es bello. Sólo tendré que ajustar el acelerador de la embarcación,
pienso mientras lustro con la mirada el peso del ancla que amarraría con doble nudo al cuero de mis botas. Pronto platicaré con la sirena de mis sueños.
El niño me dice que no, que él no desea morir.
Ahora puedo ver bien, como si a mi corazón lo bañara la luz de la mañana. Ordeno el pensamiento y vuelvo a la ciudad.
En el acuario que está en la sala del hospital, los peces mueven la cola espantando imaginarias moscas; algunos se quedan mirándome: el pulpo de plástico me observa oculto tras los corales, y una pequeña sirenita de juguete sonríe, cómplice.
Apoltronado, espero el resultado de los estudios a los que fui sometido ya que el tratamiento inicial me ha devuelto la fuerza y el ánimo.
Voy en un crucero, llevo de la mano al niño; llegaremos al puerto donde hace sesenta años, él caminó en la búsqueda de sí mismo.
Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar y sentir la majestuosidad de la selva; mañana… será otro día.


Sendero
Reminiscencia
Durante decenas de años
esperé un copo de nieve
mi cuerpo que ardía como una brasa
se apagó
«O poeta de haiku não busca obter um poema que se pareça com uma fórmula algébrica, um enigma ou uma síntese fulgurante de ideias. Pelo contrário, sua arte consiste em colocar na frente dos olhos ou entre as mãos do leitor, vivo e palpitante, um momento único, concreto, de plenitude sensória e emotiva.»
*
«El poeta de haiku no busca obtener un poema que parezca una fórmula algebraica, un enigma o una brillante síntesis de ideas. Al contrario, su arte consiste en colocar frente a los ojos o entre las manos del lector, vivo y palpitante, un momento único, concreto, con plenitud sensorial y emocional «.
–Paulo Franchetti 🇧🇷
–Trad. Gonzalo Marquina
Sendero
Es media noche
Aquí siempre es más de noche.
Cavan los topos.
Duerme la niña
en hojas de palma seca.
Será una reina.

Sendero
Sendero
Eres tortura,
abismo de mi pulso;
pasión y celos,
al mirar tus caderas
Rosadas por el viento.

Sendero
El nuevo día
promete un sol tibio.
Hay olor de pan.

Sendero
Una multitud observa como se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle a su madre enferma otra porción. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, y con una fiera recién nacida.

Sendero
Me acosté con
a un lado de tus pies. Llevé a mi boca el dedo gordo de tu pie.
— ¿Sientes cosquillas?
Trataste de retirarlo, lo impedí. me pregunté si alguno te había provocado de ese modo. Levanté el vestido, Besé tu tobillo. Sentí la tibieza de tus muslos y la erección del vello.
Desististe. No retirarste el múslo y suspiraste.
—Me place lo que haces. Me dices.
—Nada malo pensaran si te hago un moretón.
Cerraba los ojos y visioné una escena, en la que tú platicabas con algunas mujeres.
LA ESCENA ES EN UNA CALLE. DE MAÑANA 8.10 ELLA DE FALDA PLATICA CON DOS SEÑORAS.
SEÑORA UNO — ¿Y cómo se lastimó?
SEÑORA DOS — Mire que feo se le ve ese moretón en el tobillo.
ELLA — Tendía la sábana cuando me golpeé con la esquina de la base de madera. Me sobé y después puse una compresa fría.
SEÑORA UNO — Con lo que duele esa parte.
Doblé el cuerpo y tu braga, pero, al instante regresé. Acaricié la rótula con la lengua, y decidí abarcarla con mi boca.
—¡Súbete! Escuché.
No te hice caso. Seguí sorbiendo. Mi placer me lo dabas con tu respuesta y me seducía dejarte maculada. Seguí, seguí y hubo gritos y suspiros que se elevaron y otros quedaron en la sabana
UNA CALLE UNA MAÑANA 8.15 DOS VECINAS
SEÑORA DOS Levanta la falda ¡Dios no había visto sus rodillas!
SEÑORA UNO—Y fueron las dos, Santo dios, pero una está más lastimada que otra. Hasta parece que le untaron violeta de genciana.
SEÑORA DOS—A una amiga se le hizo así por cumplir una promesa. Llegó de rodillas ante el santo cofre de Atochi.
ELLA— Me dolió mucho, caí de golpe, más apoyada en una rodilla que en otra. Ahogué mi dolor mordiendo la manga de la camisa. Me dije, este día no es el mío, pues poco antes me había lastimado el tobillo.
Luego de varias horas en la cabaña, la respuesta a las manchas está en el quehacer intenso que vivimos.
Una parte fue debido a que mi boca chupaba más una de tus rodillas, la otra fue cuando en un abrir y cerrar de ojo dijiste:
— ¡Párate!
Te hice caso y quedaste arrodillada frente a mi vientre. Desataste el cinturón y bajaste mi jean, luego el bóxer y mirándome dijiste:
—Siente como recorro con boca y garganta la península de tu cuerpo.
Tu sapiencia fue increíble y cada vez que me tocaba el orgasmo, —te percatabas por mis gemidos— y sin previo aviso apretabas los testículos y el dolor anulaba mis sensaciones y entonces volvías con tu tarea de lactante. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo supe. Sólo jugábamos. Alguna vez, recordé haberte dicho que tus caderas eran mi punto débil y comprendí que nunca lo olvidaste y esa tarde te arrodillaste; tu cabeza se apoyó en la alfombra y levantaste los glúteos.
— Mírame. Exclamaste.
Me situé detrás. El sudor parecía una fina escarcha sobre el río de tu espalda y deslicé mis manos desde la nuca hasta tus caderas. Besé tus nalgas, las apreté y les di palmadas, pues me seduce verlas enrojecidas. Mi boca daba golpes de tea en ellas desde el borde hasta el centro. La palma de mi mano se ajustó a tu pubis y el remolino de tu esfínter. Sentí el ardor, la humedad, que animaron al medio a introducirse, deslizándose en un lúdico dentro y afuera, mientras que mi boca trastornada campeaba en la geografía roja de tus glúteos. Los abrí, con la punta de mi lengua lo humedecí.
No esperabas ese movimiento, y te estremeciste. Tus movimientos se hivieron involuntarios y los quejidos salían de tu vientre.
Seguías de rodillas, coloqué entonces la cabeza entre tus piernas y abracé tu cintura; mi boca rodaba por tus estaciones.
Tus movimientos se hicieron vehementes y el sudor formó regatos que caían sobre mi pecho.
—ya no aguanto—Súbitamente dijiste
Erecté mi lengua, exploré tu canal. La culminación se extedió y tu cuerpo en espasmos arremetió con violencia.
Fue allí cuando insultaste las rodillas; fueron cilindros que iban y venían con fuerza animal machacando la alfombra.
LA ACERA, LA MAÑANA 8.17 LAS SEÑORAS
SEÑORA UNO AGACHANDOSE — ¡Ay, válgame dios!, pero qué feo se le ven sus rodillas, una más que otra.
SEÑORA DOS AGACHANDOSE—¡Ay, lo que debe de estar sufriendo! ¿Y ya se puso miel?
ELLA.- Sólo me he puesto glicerina y fomentos de agua fría.
Después de tu orgasmo, pensé que te recostarías, pero te dio por volver a las oraciones. Yo me senté en la cama y tú seguías de rodillas, recuerdo que gateaste y volviste a lamer mis compañeros. Tu cara tenía placidez, pero en tus ojos seguía viva la flama. Así que tus caricias orales tenían esa doble emoción, la suavidad de un agradecimiento y el resabio de un ardor ¿Sería la recompensa por tu orgasmo? ¿ o la búsqueda de más intensidad?
Con una seña de mi mano y de mis ojos, te invité a que te subieras a la cama. Pero me diste a entender que me situara detrás de ti y golpeaste tu trasero. Cuando estuve, te fuiste doblando, como un camello lo hace en las arenas del desierto. Tu cabeza descansó en la suavidad de tus brazos y tus pechos en simulaban dos tazas sobre la alfombra. Curvando el cuello me preguntaste:
— ¿Te gusta como me ves?
Hinqué la mirada en esa línea viva que sale de la nuca y termina debajo de la espalda, luego en la estrechez de tu cintura, que más abajo abre hacia tus caderas: caí arrodillado. Apoyé mis manos en tus flancos y sembré de besos a tu espalda, tus glúteos y a tu centro lo rellené de glosas. Restregué mi apéndice por la piel de las grupas acaloradas y rojas, y después lo froté en tu isla eréctil, y decías…
—Dale, dale. Hazlo.
Mientras movías como una sierpe tu cuerpo. No te hice caso. Y seguía rodándolo sobre tu triangulo húmedo.
—Dale, dale. Hazlo
Entonces sin decirte nada y abrazándote de la cintura dejé que se fuese, lo hice cuando tu no esperabas y sólo escuché tu gimoteo.
— ¿Te dolió.
— es más grande el placer.
De lado veía el bamboleo de los pechos como un eco de nuestro movimiento. Poco a poco abriste los brazos y quedaste boca abajo , pero con tu centro expuesto. El sudor abundante hacía que mi cuerpo resbalase sobre el tuyo y me daba el impulso para recorrer tu canal de principio a fin. Excitado, recuerdo haberte dicho:
— Puedo irme por otro lado…
— ¡Me vale! Ese es el riesgo, pero sigue y quédate inmóvil, deseo que sientas mis latidos y también como te muerdo.
La blancura de tu cuerpo contrastaba con mi piel. jadeabas y aumenté el cadereo. Sobrevino el infinito placer. Tu cuerpo se tensó como resorte. Los gritos se quedaron en ñla alfombra.
Nos dimos un baño y de vuelta a la cama te hiciste bolita y te metiste en mi pecho. Cerramos los ojos. Yo seguí el curso de la imaginación.
MAÑANA 8.20 ELLA DOS SEÑORA EN LA CALLE.
SEÑORA UNO. — ¡Ay mi niña como debes de sufrir! Pero un día malo todos lo tenemos.
SEÑORA DOS. —Ya la llevó su marido con el médico. Sería bueno que le tomaran una radiografía.
ELLA…— Sí. Todos tenemos días malos “yo desearía tener más de esos”. Ya , ya me llevó “ joder es tan despistado que ni cuenta se ha dado de mis moretones, tuve que decirle que me caí y sin dar importancia me dijo que fuese a ver al médico, que por eso pagaba el seguro” “ Me encabroné, que me bajo la falda, y mis pantaletas y le enseñe mis nalgas que aún estaban enrojecidas y arqueando la ceja me recriminó que es por las cremas que me echo” Me fui al baño a llorar, porque si me quedo allí, no se qué más le hubiese enseñado”.
SEÑORA UNO. — ¿Y qué le dijo el médico?
ELLA — Aún no me dice nada, pues regresará pasado mañana; pero ya aparté mi cita.
Creo haberme dormido un instante, pues el ovillo que estaba en el hueco de mi pecho desapareció y cuando me di cuenta ya tu boca hacia migas con mi ombligo y tu mano exploraba la geografía de mi pubis. Entonces acaricié la textura de tu pelo, luego escuché tu voz aniñada:
—Me das mi chupón
Lo bésate como quien besa a un oso de peluche.
—Es la entrega más bella que he tenido desde hace mucho tiempo.
Te subiste y dijiste al oído…
— ¿Te gustaron mis caderas? Debo de tener las nalgas como si me hubiese dado sarampión. Sabes, cada vez que me ponías la palma de tu mano, tenía placer. Era una manera de decirte lo bien que me hacías sentir. Le diré a mi esposo, si es que acaso se da cuenta, que el bronceador me hizo reacción.
Te seguías moviendo, sólo por el deseo de sentirme dentro de ti, pues yo sabía que eran actos más de ternura que de sexo. Luego volvías a besarme y decías, eres el primero que me ve el ano en todo esplendor… sólo tú lo conoces. Bueno, ¡ni yo me lo he visto! Pensé que teníamos una especie de sobrecama de forma activa.
— Lo tienes bonito, redondo, apretado.
—¿Te gusta? Le pregunté.
—Me gusta. Quiero que me poseas por allí, de esa manera no habrá nada que no sea dado para ti. Mi esposo lo pide, pero no lo merece. Me prepararé para dos cosas, una para no sentir ningún remordimiento y la otra para ser de ti las veces que me desees y por donde desees.
—Ponte de lado, abrázame.
Esta cueva, no tiene nada de diferente, se coge cuando la mujer lo dese y ahora ya no lo estás, sólo le daremos un avance y empecé a besarla con ternura.
LA MAÑANA LA CALLE DOS MUJERES RUMBO A LA IGLESIA PLATICAN
SEÑORA UNO— Que feo tiene las rodillas la señora
SEÑORA DOS —Sí, pero ella lo buscó
SEÑORA UNO —Cómo que lo buscó
SEÑORA DOS.— Qué, no se dio cuenta. Que si fuesen golpes ella no podría caminar, o lo haría con mucho dolor, cada vez que doblara las rodillas. Además cuando le levanté la falda para verle mejor me di cuenta que había otro moretón en la parte de arriba. Si hubiese sido golpe, el derrame se hubiese bajado.
SEÑORA UNO.— El marido la ha de amar con mucha pasión.
SEÑORA DOS. —No sea tonta, los maridos tienen fecha de caducidad y le aseguro que antes de los diez años se les cansa el caballo.
SEÑORA UNO— ¿Y usted cómo sabe tanto?
SEÑORA DOS— La vida, la vida me ha enseñado. Ah “si esta buena mujer me hubiese visto en mis mejores días, seguramente no platicaría nunca conmigo”.
CONSULTORIO MEDICO TARDE
ENFERMERA— Señora por favor pásele.
Ella— entra al consultorio donde la madera, los libros y las artesanías hacen el decorado. Una música de saxo se escucha suave.
MÉDICO— Señora que gusto verla de nuevo. Siéntese por favor. Dígame. Se siente usted mal?
ELLA— doctor vengo a que me revise las rodillas
Él le ayuda con esmero y casi la carga para subirla a la mesa de exploración. Ella se apoya en los hombros y cuando recuesta
ELLA—Usted cree que sea grave lo que tengo?
MÉDICO— secreteando le susurra al oído: nada que el tiempo no pueda curar.
y le chupa el lóbulo donde cuelga un arete de madera.

Sendero
El sol radiante,
se tiende en el maizal.
Un ratón huye.
