Toda su vida quiso ventilar su cerebro enterrando a todos sus muertos, los de carne y los de hueso. No creía en la iluminación y era indiferente a las luces del aforismo. Fue geómetra. Vivió del ocio sagrado de los ángulos rectos y nunca su hipotenusa compartió habitación con el escaleno. Animoso, buscó novia durante tres meses. El enigma de la conquista nunca le fue revelado. Así que intentó primero con Ovidio, al ver que las muchachas ni siquiera volteaban, intentó con Neruda, pero cuando llego al verso “para que nada nos amarre que no nos una nada” como respuesta recibió miradas furibundas y despechadas. Resuelto a no dejarse intimidar buscó al infalible Bataille. Tanto se concentró en la lectura que cerró puertas y ventanas y llenó el espinazo del resto de sus días con la imaginacion.
Las malas lenguas, que son muchas y carnosas, dejaron crecer la culebra del chisme. Bipolar, alcohólico, misógino, pervertido, corrían calle arriba y calle abajo las explicaciones de su enclaustramiento.
Un día poligonal, que tenia rostro de febrero, lo vieron asomarse por la ventana. No profirió palabra. Los estudiantes de lingüística afirman que le vieron bajo el brazo, El Placer del Texto de Barthes. Algunas admiradoras, apasionadas de lo imposible, dejaron en el quicio de su puerta un ejemplar del Cantar de los Cantares, con la esperanza recóndita de convertirse en Sulamitas.
La mariposa Rubén García García La marip Había comprado un lote de libros viejos a insistencia de su esposa. Él confió en la intuición de ella y resolvió la operación obteniendo un préstamo con intereses altos y dejando en garantía el resto de sus propiedades. —Con una joya que te encuentres, será suficiente para hacernos ricos.
La biblioteca perteneció a una familia que llegó en el siglo antepasado proveniente de Europa. Se encerró días y noches entre libros viciados de tiempo. Los últimos meses los pasó alejado de los eventos sociales con el objetivo de encontrar un volumen que tuviese alto valor en el mercado y que le permitiese salir airoso de sus acreedores. Alicia, su compañera, lo asistía, motivándolo a que vendrían días de rosas, vino, placer. El cansancio, la lectura de veinte horas diarias hacia que algunas veces su esposa lo encontrase dormido sobre las pastas de los libros.
Esa noche, fatigado por la lectura y después del despertar en la hora que los gallos cantaban sin explicarse cómo, logró comprender un texto sobre recetas y hechizos escrito en latín. En la mañana, cuando su mujer llevaba café y panecillos, lo encontró ensimismado. Dejó a su lado el aromático y se retiró en silencio. Algo encontró.
Horas después había redactado dos cartas. En una decía lo que todo el que se va a suicidar dice: “No se culpe a nadie de mi muerte”; y al final: “dejo todos mis bienes, pólizas y seguros a mi amada esposa”. La segunda carta dirigida a su cónyuge: “Como sabes, nos casamos por bienes separados, así que no tienes por qué pagar mis deudas. Entiérrame de tal manera que tú, sin ayuda de nadie, puedas rescatarme. Estaré en un estado catatónico y al mes exacto, volveré a mi conciencia”. Destruye la carta y este viejo libro redactado en latín.
Entre los rezos, el novenario, los abrazos de condolencia se pasó el tiempo. Los acreedores se retiraron y el día previsto, ella rezaba bajo el oscuro velo. Cuando caminaba hacia el cementerio, el viento zarandeaba sus ropas. Casi al llegar a la tumba, llamó al mozo de la limpieza y ordenó que mantuviera limpia la tumba, que los floreros estuviesen relucientes y que nunca faltasen rosas blancas que eran de la preferencia del finado. La gente la veía con el rosario, los ojos hundidos y un manto de agua que humedecía el pañuelo; y cómo en los caminos solitarios, parecía a la distancia una enorme mariposa negra que se perdía entre la arboleda de aquella tarde de otoño.
No requería mucho tiempo. Teníamos un clima alimentado por caricias ocultas. Nuestro problema era distraer a la mamá.
Subir las burdas escaleras en la oscuridad del pasillo. Llegar al penúltimo escalón con el resoplo.
La mamá veía películas en inglés, era sorda.
Siempre apoltronada. Un mueble que por su tamaño servía de división entre la sala y la cocina. Nosotros preferíamos la cocina, sentados frente a frente en una mesa situado a espaldas de su mamá.
Yo llevaba bocadillos, refresco y cerveza fría.
Bajo la mesa teníamos un juego de pies. Ella ascendía por mis piernas, hasta localizar mis ingles y después frotaba y frotaba hasta que conseguía alterarme, se retiraba y seguía, se retiraba y seguía. Por mi parte respondía con fragor y pausa. Así que después de una hora de retozo los ojos brillaban, como un reflejo de lo que por dentro ardía.
La mamá la llamó, sin quitar los ojos de la televisión. Interrumpimos el juego y ella se recargó en el filo del sofá, quedando su cuerpo en forma de arco. Su cara pegada a la mejilla de su progenitora, que le daba indicaciones en voz baja. Traía una falda corta, que dejaba ver con alegría la redondez de sus muslos y por la posición en que estaba, se veían los pliegues y el color de las bragas.
Me situé detrás de ella, las yemas de los dedos las deslice por su piel blanca, dura. Volteó, me hizo una seña con la cara de que me calmara; eso levantó mis ansias y recargué mi cuerpo sobre el de ella. Con la mano quiso apartarme, topó con mi dureza y cuando creí que me daría un pellizco, empezó a deslizarme su mano de un extremo a otro dándome unos apretones prolongados, luego lo puso entre sus muslos y los abría y cerraba como las alas de una mariposa; mientras, seguía hablando con su mamá; su cuerpo ocultaba el mío.
Era casi la media noche, la mamá decidió ver otra película porque se le había ido el sueño. Con la efervescencia en mis ojos acepté que nada se podía hacer, así que al despedirme de la señora, sin que se percatara tomé un almohadón de la sala y me lo llevé hacia la salida. Me acompañó; en la oscuridad del pasillo no evitamos el contacto e iniciamos con frenesí una nueva ronda de caricias, besos sin control y abrazos asfixiantes. Minutos después su ropa interior quedaba sobre los escalones. Sus brazos recargaban sobre la pared y yo detrás de ella con las manos sujetando la cintura. No fue suficiente, el desnivel de la escalera se tornó molesto e incómodo. Así que tomando el almohadón le pedí que se hincara, ella entendió y justo cuando nuestros gritos se confundían se escuchó la voz de la mamá llamándola:
Para apreciar mejor el Shōfū Haiku (蕉風), es decir, el estilo poético desarrollado por Matsuo Bashō en sus composiciones, debemos de entender que su génesis se encuentra en una aspiración superior a la meramente literaria. Bashō concibió al Haiku como un camino de ascesis espiritual o lo que algunos autores contemporáneos llaman Dō (道): una senda, una vía, una manera, un medio, un verdadero camino de vida.
Esa palabra lo define todo: Dō, término esencial que podemos rastrear en distintas artes japonesas como, por ejemplo, la exigente y hermosa disciplina de la caligrafía: Shodō (書道) o el «camino de la escritura». El calígrafo frota la barra de tinta contra una bandejita de piedra que contiene agua (elemento cargado de espiritualidad en múltiples culturas) de manera él mismo «fabrica» su propia tinta, la cual se transforma en múltiples formas esparcidas gracias al contacto entre el pincel y la fina superficie de un papel inmaculado. Quiere decir que para los japoneses como Bashō, independientemente de su tiempo, un arte como la caligrafía no se basa únicamente en escribir con pulcritud cada uno de los caracteres, sino que existe algo que va mucho más allá de lo meramente tangible y que, como hemos visto, resulta casi un ritual. Pero hay un aspecto fundamental que no puede pasarse por alto: durante el desarrollo de su actividad, el calígrafo no pretende escribir bellamente, no basa su concentración en la finalidad del trabajo sino que busca encontrarse, reflejarse, expresarse a sí mismo mediante cada trazo. Y esto mismo ocurre con el Kyūdō o «camino de la arquería», el Chadō o «camino de la ceremonia del té» o el Karatedō, el «camino del Karate o de la mano vacía». En todas estas estas disciplinas hallaremos una enorme carga espiritual contenida que empuja al desarrollo de una técnica o un estilo y que basa toda su armonía en el proceso y muy por encima del acabado o el fin, es decir, en el recorrido y no en la meta, en el camino: en el Dō. Así pues, ni el arquero, ni el hacedor de té, ni el karateca buscan realmente acertar en el blanco, preparar una taza de té con un sabor determinado o asestar un golpe preciso, sino que trascienden su propio ámbito y empalman con un punto íntimo en donde se encuentran con su propia naturaleza como seres humanos. Y esto mismo ocurre en el Haiku.
Por eso, para apreciar la profundidad del estilo cultivado por Bashō es imprescindible la noción de Haikudō (俳句): el «camino del haiku». Solo así, podremos paladear mejor haikus tan enigmáticos pero hermosos como:
. 初雪や水仙の葉のたわむまで
Liviana nieve primera: apenas dobla las hojas del narciso. (Trad. Fernando Rodríguez-Izquierdo) .
枯枝にからすのとまりたるや秋の暮
Se posan los cuervos sobre una rama seca. Tarde de otoño. (Trad. Gonzalo Marquina) .
古池 蛙飛びこむ水の音
Un viejo estanque: salta una rana, ruido del agua. (Trad. O. Paz & E. Hayashiya) .
Con su estilo Bashō nos exhorta no solo al deleite estético producido por el poema, sino desarrollar una actitud de especial concentración en donde las energías del espíritu y del cuerpo se sumergen en el mundo y sus cosas continuamente. Es una invitación, pues, a recorrer con calma el camino del haiku.
De día te ocultas y de noche atisbo y leo las reacciones y tus pensamientos. Me siento y aplaudo tu exhibición de arte gatuno. baile de callejones que poco a poco te despojas de los prejuicios y das una excelsa. función de tu libido. Al día siguiente tímida te escondes. Rubén García García 4 de la mañana.
Si te interesa e Senryu y el hay-ku El arte de escribir senryū
Manuel Sauceverde
Lo finito no está sino relativamente separado de lo infinito:
en su esencia, está unido y es idéntico a él.
Leo Schaya
En la actualidad, todos tenemos prisa: por hacer (¿qué?), por ser (¿quién?), por estar (¿dónde?), por irnos o llegar (¿cuándo?). Como escribió Octavio Paz: no nos detenemos nunca, aunque no nos movamos de nuestra silla, ni nos levantemos de la cama. Una voz que parece cientos, dentro y fuera de nosotros, nos grita una y otra vez: ¡más rápido!, ¡más rápido!, ¡más rápido! Al acelerarnos perdemos el sentido del tiempo, incluso del espacio; más aún, de la vida. En esta carrera contrarreloj, tarde o temprano, sentimos que giramos sin control mientras todo a nuestro alrededor se desplaza con lentitud. Es entonces que buscamos un sitio y/o un momento en que podamos estar libres de prisa: Antonio Deltoro afirma que la poesía es una vía de escape y, al mismo tiempo, una manera de frenarnos. Sin embargo, al hacerlo percibimos que, de repente, todo a nuestro alrededor comienza a dar vueltas mientras que nosotros nos movemos con pesadez. De manera natural, para contrarrestar el vértigo respiramos lenta y profundamente hasta desahogar el cuerpo, la mente y, con un poco de suerte, el alma. Equilibrio es el nombre que el Budismo Zen otorgó al estado de relajación simultánea y armónica entre las dimensiones física, intelectual y espiritual. Para lograr el equilibrio de forma consciente se necesitan dos elementos: meditación (Zen) y libertad del ser, los cuales pueden encontrarse en el acto de escribir y/o leer poesía. Debido a que la literatura japonesa está íntimamente relacionada con el Budismo Zen, se presentan a continuación algunas de las estructuras poéticas con las cuales el poeta/lector puede recobrar o ejercitar su propia armonía en el mundo moderno; en particular, a través del senryū.
Las estructuras poéticas japonesas
Las estructuras poéticas japonesas más populares hasta nuestros días, tanto en Japón como en el resto del mundo, son cuatro: haiku, senryū, tanka y renga. Cada una de estas estructuras representa por sí misma un género literario y un objeto de estudio riguroso. En primer lugar, el haiku (俳句) es una composición poética sin título, ni ritmo ni rima, formada por tres ku[1] (versos) de cinco, siete y cinco on[2](sílabas), respectivamente.La poética tradicional del haiku (haimi) se basa en cristalizar el regocijo breve pero intenso (aware) que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza. Debido a que sólo se disponen diecisiete sonidos, la economía del lenguaje es muy importante; por esta razón, existen dos recursos líricos imprescindibles: kigo y kireji. El primero es una palabra clave que ubica espacial y temporalmente al poema[3]; el segundo, una palabra que divide el flujo de ideas o induce una pausa rítmica y gramatical para relacionar dos (máximo tres) imágenes contrastantes. En español, el guion largo o los puntos suspensivos pueden funcionar como kireji. Además, al ser percepciónpura, el haiku debe escribirse en tiempo presente, pero sin llegar ser una proposición lógica que surja de una reflexión profunda: ocurre aquí y ahora. Si un poema no contiene estos elementos, no se le puede considerar un haiku. Por esta razón, la mayoría de los “haiku” no japoneses, desde Erza Pound o José Juan Tablada hasta Octavio Paz yOmer Tarin, son en realidad senryū.
En segundo lugar, el senryū(川柳)[4] es una composición poética atribuida a Hachiemon “Senryū” Karai (1718-1790) con una estructura y métrica semejante a la del haiku, pero su objetivo es condensar el aware que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza humana. A través del senryū se pueden explorar todos los temas que se deseen: cínicos, eróticos, humorísticos, obscenos, sarcásticos, etc. Por tanto, todos los recursos poéticos se permiten; incluso, experimentar con otras métricas afines a la tradicional (5/7/5). En tercer lugar, el tanka (短歌)[5] es una composición poética sin título, ni ritmo ni rima que extiende la estructura y métrica del haiku/senryū al añadir dos versos de siete sílabas cada uno. Sin embargo, la exposición del tema elegido es diferente: a través de los tres primeros versos o estrofa superior (kami-no-ku), ésta se inicia y desarrolla; los dos últimos versos o estrofa inferior (shimono-no-ku), concluyen. En términos históricos, el tanka antecede y origina al haiku; su trasfondo es plenamente musical. Cabe destacar que los máximos exponentes de este género literario han sido mujeres. Finalmente, el renga (連歌)[6] es un diálogo lírico entre dos o más poetas; es decir, una canción a dos o más voces. Al igual que el tanka, esta composición poética sin título, ni ritmo ni rima, también extiende la estructura y métrica del haiku/senryū de la siguiente manera: un poeta presenta un tema específico a través de los tres primero versos o estrofa inicial (hokku); luego, un segundo poeta escribe dos versos de siete sílabas cada uno; después, el primer poeta responde con tres versos de siete, cinco y siete sílabas, respectivamente; en seguida, el segundo poeta con dos versos de siete sílabas cada uno; y así sucesivamente. Para evitar el sinsentido, las estrofas pares deben formar un poema tanto con la estrofa predecesora como de la sucesora. Con base en las habilidades de los “jugadores” involucrados, en promedio, un renga puede tener 100 estrofas encadenadas.
Un camino: tres senderos
Como se mencionó anteriormente, la literatura japonesa está íntimamente relacionada con el Budismo Zen, que busca la liberación del sufrimiento humano para alcanzar la iluminación. Uno de los caminos para lograr este estado de conciencia es la poesía porque su realización (el acto de escribir y/o leer) necesita de dos elementos: la meditación (Zen) y la libertad del ser. Además, este camino tiene tres diferentes senderos que pueden llegar a cruzarse: el espiritual, el intelectual y el mundano.
Por un lado, Matsuo Bashō (1664-1694), considerado como el primer haijin[7], sugiere que el poeta/lector alcanzará la iluminación espiritual cuando aprenda del pino a través del pino y del bambú a través del bambú. Con base en una extrospección reflexiva disciplinada, el poema se conformará por sí mismo si el haijin y la naturaleza se convierten en una sola cosa. Como señala Octavio Paz: “Poema y poeta se funden porque ambos términos son inseparables: el poeta es su palabra”.
Por otro lado, por medio de la poesía también es posible alcanzar una iluminación intelectual. Por ejemplo, Yosa Buson (1715-1783) definió a la creación poética como un arte cuyo fin es la belleza a partir de una introspección reflexiva disciplinada. La creación poética es la comprensión de la naturaleza humana para superar sus límites; como sugiere Bodhidharma: “La mente es nuestra propia naturaleza”.
Finalmente, el regocijo por lo mundano puede considerarse una forma de iluminación. En ese sentido, Kobayashi Issa (1763-1828) afirmó que la poesía era la manifestación de su amor por las personas, los animales, las cosas y los espacios; es decir, por todos los elementos que coexisten en la vida cotidiana. Cada poeta/lector es el buda de su propio microcosmos; un buda que no sólo ríe, sino que lo hace a carcajadas.
El sudor le corría desde la frente hasta las comisuras. El cabello oscuro reunía miles de gotas que al mesclarse con la luz hacía resplandecer sus ojeras. La palidez y el gesto de su cara se contraía cada vez que apretaba el dolor.
Eran las tres de la mañana en la sala de urgencias obstétricas. En el cubículo estaba ella y yo.
Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico daban al espacio olores del yodo, de mercurio.
Nos conocimos en la Cruz Roja. La invité a salir a una ciudad cercana y disfrutamos de un fin de semana diferente. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos de ver y ahora ella se encontraba frente a mí, en un cubículo médico.
— ¿Eres el único médico aquí? —Sí. — ¿No hay nadie más que tú? —No a esta hora. —Debe de haber otro médico. —¡Claro que sí!, los médicos jefes se encuentran en el área de descanso. Mi compañero de guardia aprovecha para reposar y si tengo suerte en una hora me tocará a mí. ¿Por qué no te quieres atender conmigo? —Me da vergüenza. — ¿Vergüenza? ¿Por qué? —Tú sabes… no puedo contártelo, por lo que pasó entre nosotros. —Por eso deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco se fue relajando. Más resignada que conforme, aceptó la asistencia de la enfermera quien la llevó al privado y la ayudó a despojarse de su ropa interior. Ya situada en la mesa pude explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos con un abrazo estrecho. En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en cada parte de su anatomía buscando la causa del sangrado; había que contener la hemorragia. Me comuniqué con el jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con el diagnóstico. La llevarían a quirófano.
Miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí el agua de sus lágrimas resbalar por mí cuello. —Por si no te vuelvo a ver —me dijo.
Me perturba con solo escuchar su voz. ¡ no lo aguanto! He decidido matar a mi marido.
Lo conozco bien. El momento idoneo es cuando toma su café por la tarde. Es gordo, de presión alta y azucarado.
Solo tenemos en común, que los dos estamos enfermos de la presión. Pero a él le sube, a mí me baja. Unas gotas de mi medicina en su café no lo notará. Sustituir sus tabletas por unas de almidón no es dificil.
Estos días lo atenderé como siemre: seria y amable.Y a esperar.., lo que venga primero. Un infarto es rápido.
He comprado un vestido negro discreto. Suelto, tres cuartos, de buen algodón, fina caída. Me queda mejor, que si me lo hubise hecho la modista… . Ese día calźé el vestido negró, maquillaje discreto. Al verme en el velatorio pensaron que estaba dormida. -¡ qué hermosa se ve! -Dijo mi vecina.
Debo de aclarar que mi esposo y yo no tan solo coincidiamos en la presión arterial, sino que teníamos la misma intención.
Sendero Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches oscuras escucho los horrores de aquel momento, aunque el el presente me propone un final cercano.
Sudoroso, tenso, percibo los tambores desordenados de mi corazón. Voy al baño, orino sobre la blancura de la taza; y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado.
Camino a oscuras hacia la cocina para tomar agua: me calma, me refresca; al beber, el ardor abdominal se vuelve tolerante. Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano débil, subordinado, que vive gracias a Dios y a los inventos del hombre. Sin embargo, ellos han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán. Cuchichean en los pasillos: si me llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.
Tengo deseos de abandonarme a la corriente al sufrir este duelo diario, pero una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no. Y entonces me veo en el recuerdo como un chamaco de diez años.
Vagaba descuidado por el malecón. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan y, a veces, yo llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos rotos.
— ¡Chamaco, chamaco! La voz provenía de una señora robusta, acanelada, de mediana edad, con grandes ojos verdes, y un lunar que le abarcaba la mejilla derecha. — ¿Qué haces chamaco? – Nada. — ¿No quieres ganarte unos centavos? – ¿Cómo? —dinero era lo que necesitaba para ir a comprar comida. — ¡Vente conmigo! Tengo una lonchería y necesito que me ayudes. Me vio indeciso y continuó. —Te ocuparás de llevarme agua y moler el maíz para hacer las tortillas. ¡Anda, súbete a la lancha que nos vamos! La sorpresa me había dejado inmóvil, sólo hacía gestos. — ¡Súbete! ¡Súbete, que nos vamos! Salté al bote; creí que atravesaríamos el río, pero siguió corriente abajo para incrustarse en la desembocadura y adentrarse al mar abierto. Por allá estaba “El Esperanza”, un barco carguero de mediano calado. La señora se llamaba Ema y con el peine de sus uñas me acicalaba el pelo. —No te asustes, te va ir bien conmigo —me decía al oído. ¿Asustado? Yo no lo estaba. ¡Lo que veía era grandioso! Montarme e imaginar que era un potro y cabalgarlo sobre su lomo líquido, me llenaba de fuego. ¡Estaba arrobado! ¡Tanta agua! Mi mano sentía la brisa chispeada de gotas minúsculas que me rociaban brazos, pecho y cara. Había muchos hombres, pero pocas mujeres y todos dormíamos en la cubierta bajo una lona que servía para protegernos del sol o de la lluvia; tocaríamos tierra cerca de la frontera con Guatemala, me dijeron. Ellos debían introducirse en la selva, subir a lo más alto del árbol del chicle y hacerle surcos, para que la resina bajara poco a poco y su leche blanca fuese transformada en dulces o pelotas.
Se acabó la travesía en el mar y, una vez en el puerto, me compró dos mudas de ropa, zapatos y unas botas que sobrepasaban mis rodillas. ¡Nunca había tenido tanto! — ¿Ya llegamos? —quise saber. —No, aquí tomamos el tren. – ¡Ahí viene! ¡Ahí viene! Subimos y pronto se puso en movimiento. El vaivén era suave y parecía que bailábamos. Las mujeres con sus crías y los hombres metiendo al vagón gallinas. De cuando en cuando veía la acrobacia de los cotorros y escuchaba el canto del cenzontle. Un día después, estábamos en la estación. El pueblo tenía casas de tarro, palma, adobe y algunas con dos pisos hechos en madera. — ¿Aquí es? —pregunté con curiosidad. —Todavía falta, pero acá vamos a dormir. Muy temprano en la mañana salimos a lomo de bestias; nunca había montado así que a las tres horas de viaje, sentía que un enorme tumor me iba creciendo en las nalgas y pedí seguir a pie. Sólo escuché que alguien me decía: “¡cuidado con las víboras!” Hubo un momento en el que no tuve más remedio que subirme a la mula ya que había partes donde el barro me hubiese llegado a la cintura. Un lodo tan apestoso que cuando los animales salían, el olor putrefacto se quedaba terco, en la nariz. Arribamos al anochecer. Sin vestigios de casas ni de calles, estábamos en un claro comido a la selva entre la inmensidad de los árboles, donde habían hecho galeras enormes para descansar y dormir. De pared a pared se tendían las hamacas; encima, el pabellón que nos protegería de los moscos. ¡Moscos, muchos moscos! Aplaudía sobre la cabeza y terminaban hechos puré entre mis palmas. Antes de acostarnos, la gente quemaba hierba para hacer abundante humo y forzarlos a irse.
—Bueno, hijito, se nos acabaron las vacaciones – me ordenó levantar. Era de madrugada – Ahí están las cubetas, ¡ve al pozo y tráeme agua! Después de cinco viajes, me hizo señas de que era suficiente. Aún no abría el día y pensé en dormir otro poco. —Amorcito, el día apenas empieza —dijo con firmeza adivinando mi intención. La señora tenía a su cargo veinte hombres, a quienes les daba un desayuno abundante casi al amanecer, el almuerzo para que después engulleran en lo profundo de la selva y un plato fuerte que los esperaba a su retorno, cayendo ya la tarde. Al volver tenían hambre, sueño y un intenso escozor ocasionado por las picaduras de insectos que solían mitigar con gelatina de sábila cocida en caña. Por la mañana había que llenar los tanques de agua, cortar la leña, ponerla al sol, cuidarla de los aguaceros, cocer el maíz con cal, pasarlo al molino y obtener la masa para que cuando regresaran, hubiese tortillas. En la vejez de la tarde –atontado y dispuesto a dormir– dejaba caer el pabellón y la hamaca se mecía con mi peso; a las tres de la madrugada, la voz de la señora me volvía a la realidad. —Anda, ¡párate muchachito, ve a traer agua! El domingo era el único día en el que los chicleros no se internaban en la selva; quisiera o no, tenía que moler el maíz, pero más de uno me ayudaba. Doña Ema debía guisar. Al descender el sol, nos gustaba ir a una poza y retozar en el agua, o a los lodazales con resorteras para sorprender a las chachalacas desde algún escondite. Si nos sonreía la suerte, había alimento fresco para llevar a la boca y era un agasajo ya que estábamos hasta la coronilla de la carne salada.
Ese domingo, el Compa me invitó a pasear con él. —Cerca de aquí hay un árbol de zapote, yo subo a cortarlos y tú los atrapas para que no se destruyan. Le pedí permiso a doña Ema, salí alborozado. —Ten cuidado con las víboras —le dije en el camino. —Hay que cuidarse de todo, pero mucho más de los humanos —y se echó una carcajada. Cerca del frutal, hizo señas para que me mantuviera cerca y sin hablar. Prendió un cigarro y observó hacia dónde se dirigía el viento. —Hay un puerco salvaje, lo mataré —susurró— súbete a un árbol, pero no hagas ruido. Desde lo alto lo vi con el machete en la mano. Cuando lo hacía caer, la luz del sol se reflejó en el plano del fierro limado, zumbó en el aire y la oreja del jabalí salió despedida como si hubiese dado un brinco. El puerco –que tenía una alzada de casi un metro– en vez de correr embistió al Compa y le metió su hocico entre las piernas. Cerca estaba la manada y seis de ellos se abalanzaron haciendo que perdiera el equilibrio; ya en el suelo, clavaron sus colmillos de media luna, rasgándole el cuerpo. La sangre manaba a borbotones, parecía una fuente y sus gritos de dolor laceraban mis oídos con un ¡ayúdenme!, que todavía sueño. Sobre el final, uno de los cerdos le tumbó una oreja; pude verlo cuando arremetió alzándolo por el aire: le faltaba un ojo y uno de sus mofletes había desaparecido, dándole la falsa apariencia de estar sonriendo. Ya no pude resistir y lloré, ocultando mi cara sobre el brazo. Sólo respiraba el hedor del miedo cada vez que sollozaba. Ahí quedé hasta que me encontraron y fui cargado hasta las cabañas; allí sentí que amarraban mi cabeza a un camastro para frotarme el cuerpo con alcohol mientras me hacían tomar caña con azúcar para curar el espanto; horas después, dejé de temblar. Ese día permitieron que durmiera hasta entrada la mañana. Ya repuesto, pude seguir; después, nada me asustaba.
¡Cuántos años! Nada más triste que ver cómo la familia se quita las máscaras y sus sentimientos quedan descarnados. La lucha sorda entre ellos, su actitud felina de restregar el lomo en la entrepierna o el ósculo que se dan en la mejilla. Esperan mi muerte y nada más fácil que dejarme sin medicinas. Sólo murmuran, hacen señas entre ellos, guiñan el ojo y se frotan las manos.
¡Oh, Dios! ¡Otra vez el sudor! Mi frente es pequeña para tanta agua, parece que el aire es menos y una losa multiplica su peso en el centro del pecho. Simulé dormir profundamente, tomé la reserva oculta de medicinas, documentos de identidad, dinero que tenía en un viejo pantalón y salí de la casa con el resguardo de la noche, la suerte y mi voluntad. ¡Ahí estaba el niño! El viento fresco del río me produce cosquillas y por las márgenes van en paralelo las mariposas . La lejanía tiene un cielo ocre mientras que los montes rompen en rojos eléctricos y azules en floración. Hay olor de vida. Estoy dentro del mar; es bello ver cómo brincan los delfines y salpican de elípticas. Es bello. Sólo tendré que ajustar el acelerador de la embarcación, pienso mientras lustro con la mirada el peso del ancla que amarraría con doble nudo al cuero de mis botas. Pronto platicaré con la sirena de mis sueños. El niño me dice que no, que él no desea morir. Ahora puedo ver bien, como si a mi corazón lo bañara la luz de la mañana. Ordeno el pensamiento y vuelvo a la ciudad.
En el acuario que está en la sala del hospital, los peces mueven la cola espantando imaginarias moscas; algunos se quedan mirándome: el pulpo de plástico me observa oculto tras los corales, y una pequeña sirenita de juguete sonríe, cómplice. Apoltronado, espero el resultado de los estudios a los que fui sometido ya que el tratamiento inicial me ha devuelto la fuerza y el ánimo.
Voy en un crucero, llevo de la mano al niño; llegaremos al puerto donde hace sesenta años, él caminó en la búsqueda de sí mismo. Hemos planeado comernos una nieve, ver el mar y sentir la majestuosidad de la selva; mañana… será otro día.