Roncas muy angustiado amor, verás que mañana por la noche tu respiración entrecortada y sibilante dejará de molestar. Un pedazo de pan envuelto en gel será el mejor remedio para tu conflicto. Quedarás con un silencio crónico.
Si Romualdo Jodínez se hubiese levantado de su tumba, él mismo volvería a la cueva, pero con seguridad iría hasta su domicilio para reclamarle con patadas a la desconsiderada de su esposa que tuvo la osadía de poner justo año de su muerte la siguiente inscripción: «Ami marido, al año de su muerte. De su esposa, con profundo agradecimiento»
En la entrada anterior hablé muy brevemente de los migrantes y del problema del Otro. El tema es demasiado extenso y sólo puede ser tocado en sus aspectos básicos; pero vale, al menos, como inicio de un diálogo o debate con el cual empezar a tocar el tema.
Es muy común, por ejemplo, considerar al migrante como un Otro totalmente ajeno a nosotros: las fronteras, los idiomas, la cultura, la religión, los hábitos, el aspecto, todo ello nos permite diferenciarnos de aquello que no queremos ser (en ese sentido el migrante no es más que un espejo que nos muestra lo que podríamos llegar a ser, llegado el caso) o con lo que no queremos tener nada que ver porque no nos conviene. Es así que solemos decir «que los devuelvan a su país» y ya, nos sentimos tranquilos ante el trabajo hecho (mal hecho, pero hecho al…
Los puercos chillan. Los llevan al matadero. Los cuidadores llevan al grande amarrado, sujeto, como si le hubiesen puesto una corbata. Les gritan, atosigan, chicotean. Los puercos chillan, quizá se hablan o lloran…
Leningrado. «Mi abuela siempre decía que ella, mi madre y yo, su hija, sobrevivimos al duro bloqueo y al hambre sólo gracias a nuestro gato Vaska. Si no fuera por este animal pelirrojo, mi hija y yo habríamos muerto de hambre como muchos otros. Todos los días Vaska salía a cazar y mi abuela preparaba un guiso con lo que traía. Al mismo tiempo, el gato siempre se sentaba cerca y esperaba la comida, y por la noche los tres nos tumbábamos bajo una manta y él nos calentaba. Sintío el bombardeo mucho antes de que se anunciara el ataque aéreo, empezó a dar vueltas y a maullar lastimosamente, mi abuela consiguió recoger las cosas, el agua, la madre, el gato y salir corriendo de la casa. Cuando huyeron al refugio, como un miembro más de la familia, lo arrastraron con ellos y vigilaron que no se lo llevaran y se lo comieran. El hambre era terrible. Vaska estaba hambriento como todos los demás y flaco. Durante todo el invierno y hasta la primavera, mi abuela recogía migas para los pájaros, y a partir de la primavera se iban de caza con el gato. La abuela echaba migas y se sentaba con Vaska en la emboscada, su salto era siempre sorprendentemente preciso y rápido. Vaska estaba hambriento con nosotros y no tenía suficiente fuerza para quedarse con el pájaro. Cogió un pájaro y la abuela salió corriendo de los arbustos y le ayudó. Así, desde la primavera hasta el otoño, también comían pájaros. Cuando se levantó el bloqueo y apareció más comida, e incluso después de la guerra, mi abuela siempre le daba al gato el mejor trozo. Lo acariciaba cariñosamente, diciéndole: eres nuestro sostén. Vaska murió en 1949, mi abuela lo enterró en el cementerio y, para que la tumba no fuera pisoteada, puso una cruz y escribió Vasily Bugrov. Luego mi madre puso a mi abuela al lado del gato, y después enterré a mi madre también allí. Así que los tres yacen detrás de la misma valla, como en la guerra, bajo una misma manta». Svetlana Shaov. Fuente: Svetlana Alexiévich. Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra MUndial.
Los hermanos salen de la casa con cara de pocos amigos. Todos se creen con derechos de poseer la propiedad. Algunos ya tienen su vivienda, otros viven en lugares lejanos. Alguno de ellos puso candado a la mansión y ha dejado dentro las acuarelas pintadas por el finado, en el cajón algunos sonetos de una mujer que amó a destiempo y la foto de un perro que nunca le pidió nada…