La poeta es la sexta mujer en recibir este reconocimiento que está dotado de 125 mil euros. Si deseas conocer más sobre esta excelente escritora, cliquea donde esta escrito en “negrita”. Muchas gracias. MADRID. — Cristina Peri Rossi recibió dos días antes de su 80 cumpleaños una maravillosa noticia. La autora uruguaya acaba de ser […]
Entre aromas de comida rápida, luces intensas, ella camina al son de la cumbia. Calza un vestido flojo, que no esconde la sinuosidad de su cuerpo. Lo sabe, y sonríe. Espera a un macho, un macho alfa, de una sola pieza. A ella le excitan esos varones. Se deja conducir. Es el encuentro de la arcada y la pera madura. Él, no esconde su deseo y lo expresa ¡Qué buena estás morena!, ¡será tu noche! No se equivocó, él es intenso, brutal. Vive para satisfacerse y después se enciende de odio y mata con saña. —Aun sabiendo eso—, … Sí. Me preparé para tal, jamás imaginó que lo sometiera. Lo dejé con vida y en su soledad. Por la madrugada, el alfa se levantó a orinar. No encontró su apéndice, por más que hurgó en el bóxer y tuvo que sentarse en el W.C. Imagínate un macho castrado que se acuesta como varon y se despierta como mujer. Mueve la cabeza: «esto es una pesadilla” pero el tiempo le dice que no, que es una mujercita, con pechos erectos. ¿Te apetece que grite de furia y se desquite con todo lo que está a su paso lector? Tiene dos opciones: matarse o aceptar lo que ya es, generalmente pasa lo segundo y al tiempo algunas se convierten en lesbianas, otras, transforman y subliman su realidad y las encuentras como excelentes muchachas que disfrutan del retozo y que luchan por conseguir un trato igual al de los varones. Defienden lo que antes tanto asco y odio les causaba.
Algo siento perdido jugando entre romeros en busca de esos labios donde nacen los besos Transcienden por el alma los gestos de su imagen cual movimiento dulce de la nube en el aire. Perdido entre las hierbas del monte, se complace en recrear deseos que rozan lo salvaje. Encuentra en el silencio de una brisa […]
. Acabo de encontrar una imagen tomada de Twitter. En ella, el profesor Felipe Natri dice: «Suena raro, pero soy docente de una Universidad privada. Ayer me notificaron mi despido por la cantidad de reclamos de alumnos estresados en mi ramo. Según ellos, trasnochar no es parte de una buena educación. Despidieron a varios, menos […]
Sus amigas, del club, le dijeron que su proceder era una actitud sumisa. Dejó de hacerlo. Por mi torpeza me herí. Días después mi primer dedo, el pie y la pierna cambió a un azul marmóreo. Ahora camino con el apoyo de una muleta. Para complementar la mesada, ella arregla las uñas desus amigas.
Una mujer frente a mí, descruza la piernas y no puedo evitar verle su ropa interior. Ruborizada me dice » ¡ay ya lo retraté! » expresión que me hizo recordar mis días de escolar. Con picardía le contesté -Sígale y me animo con un clos-up. Al terminar la espera, la invité a un estudio fotográfico, para hacernos una de cuerpo completo.
“Amor secreto”, a pesar de todos los ingredientes románticos, se salva por su sinceridad y por su técnica. Hoy día, la trama puede parecer ridícula: el amor es imposible porque Alfredo es humilde y Carolina rica; la fatalidad impide que él se declare; la idealiza tanto que continúa queriéndola aun después de saber que ha tenido ocho amantes; la sigue a la tumba y vive sumido en la mayor tristeza por un amor que nunca se atrevió a confesar. La trama sentimental va acompañada de las descripciones netamente románticas, las exaltaciones, las exclamaciones y los desmayos. Sin embargo, el cuento no deja de tener interés. Aunque nos cuesta identificarnos con Alfredo, su actitud es completamente sincera. El descubrimiento de la frivolidad de Carolina podría ser el desenlace, pero la persistencia del amor de Alfredo convierte lo que sería un cuento de final ingenioso en un cuento de emoción verdadera. A diferencia de muchas novelas sentimentales, la acción es rápida debido a las pocas descripciones, al uso frecuente del pretérito y a los diálogos que forman un marco alrededor del cuento. Para un cuento escrito en la etapa primitiva del género, “Amor secreto” tiene una estructura muy bien planeada. En el primer párrafo, el autor narra la historia en primera persona. Entra Alfredo y en el diálogo que sigue, poco a poco Alfredo va dominando la escena hasta sustituir al autor como narrador. Durante la narración, sólo dos veces se siente la presencia del autor (“has experimentado…”; “como te he repetido”) pero esas dos ocasiones son necesarias para justificar la pregunta del autor en la última página y en la oración final del cuento. Dentro del marco, algo artificial, de los diálogos entre Alfredo y el autor, la narración de Alfredo tiene una unidad muy estrecha basada en la primera y la última noche que éste vio a Carolina y en el resumen de una sola frase que hace de su amor en la última página: “la seguí a la tumba, como la había seguido a los teatros y a las máscaras”. La mención del título en la primera frase que dice Alfredo y otra vez, pasada la mitad del cuento, también sirve para reforzar la estructura. Un rasgo estilístico que da al cuento no sólo unidad, sino también cierto ritmo artístico es el uso de series o frases paralelas de tres. Sirvan de ejemplo: “Es una tontería, un capricho, una quimera…”; “esta pasión ardiente, pura y santa…”; “Carolina bailó, platicó con sus amigas, sonrió…”; “Que no siente, que no ama, que ni aun conoce…”; y “tan hermosa, tan alegre y tan contenta…”. Teniendo en cuenta que la María de Isaacs y todas sus imitaciones no se publicaron hasta unos veinticinco años después de “Amor secreto”, el cuento de Payno tiene que ser considerado como una de las muestras más importantes da la fase sentimental del romanticismo. Además, el predominio de los sentimientos por encima de la razón del protagonista y la expresión sincera de esos sentimientos son rasgos que contribuyeron a formar toda una tradición dentro de la prosa narrativa de México.Anuncios
El cazador Gracchus (1917) (“Der Jäger Gracchus”) Beim Bau der Chinesischen Mauer (Berlin, 1931)
Dos niños estaban sentados en el muelle y jugaban a los dados. Un hombre leía un periódico en el peldaño de un monumento, a la sombra del héroe, que blandía un sable. Una muchacha en la fuente llenaba un cubo de agua. Un vendedor de fruta permanecía junto a su mercancía y miraba hacia el mar. A través de las ventanas y de la puerta de una taberna se podía ver a dos hombres bebiendo vino. El tabernero estaba sentado más adelante, frente a una mesa. Una barca surcaba silenciosa el mar, como si fuera llevada sobre el agua, y se dirigía al pequeño puerto. Un hombre con una camisa azul saltó a tierra y amarró la barca. Otros dos hombres con chaquetones oscuros, provistos de botones plateados, portaban una camilla detrás del piloto, en la que parecía yacer un hombre bajo un gran paño de seda con franjas y motivos florales. En el muelle nadie prestaba atención al recién llegado, ni siquiera se acercó alguien cuando bajaron la camilla y esperaron al contramaestre, aún ocupado con la amarra; nadie les hizo tampoco ninguna pregunta, nadie quiso fijarse. El jefe se detuvo un poco a causa de una mujer, que se mostró en la cubierta con el pelo suelto y un niño al pecho. Luego se acercó, indicó una casa amarilla de dos pisos que se levantaba recta a la izquierda, próxima a la orilla. Los portadores levantaron su carga y la transportaron a través de una puerta baja formada por dos columnas delgadas. Un muchacho abrió una ventana, pero tan pronto observó que el grupo desaparecía en la casa la cerró rápidamente. También se cerró la puerta, de madera de roble cuidadosamente ensamblada. Una bandada de palomas que hasta ese momento había estado sobrevolando el campanario se posó ahora en la plaza, ante la casa. Como si en esa casa se almacenase su comida, las palomas se reunieron ante la puerta. Una de ellas voló hasta el primer piso y picoteó el cristal de la ventana. Eran animales de color claro, bien cuidados y vivaces. La mujer, desde la barca, les arrojó con ímpetu un puñado de granos, y las palomas volaron hacia ella. Un hombre viejo, tocado con una chistera adornada con una cinta de luto, bajaba por una de las callejuelas estrechas y empinadas que conducían al puerto. Miraba con atención a su alrededor, todo le preocupaba, la visión de basura en una esquina le hizo contraer el rostro, en los peldaños del monumento había cáscaras de fruta, las lanzó con su bastón hacia abajo conforme pasaba. Llamó a la puerta de las columnas y, al mismo tiempo, sostuvo la chistera en su mano enguantada de negro. Abrieron en seguida, alrededor de cincuenta muchachos formaban una hilera a lo largo del pasillo y se inclinaron. El contramaestre bajó las escaleras, saludó al señor, lo condujo hasta arriba; en el primer piso atravesaron un patio rodeado de sencillas galerías y, finalmente, ambos entraron, mientras los muchachos los seguían a una distancia respetuosa, en una amplia y fría estancia de la parte trasera de la vivienda, frente a la cual ya no se veía ninguna otra casa, sino sólo una pared rocosa desnuda y de color negro grisáceo. Los portadores estaban ocupados colocando y encendiendo unos cirios en la cabecera de la camilla, al arder se sobresaltaron las inmóviles sombras y flamearon por encima de las paredes. Habían retirado el paño de la camilla. En ella yacía un hombre con pelo y barba espesos, completamente descuidados, de piel bronceada, con el aspecto de un cazador. Permanecía inmóvil, aparentemente sin respirar, con los ojos cerrados; sin embargo, todo lo que le rodeaba indicaba que tal vez se trataba de un muerto. El señor se acercó a la camilla, colocó su mano en la frente del yacente, se arrodilló y rezó. El piloto hizo un gesto a los portadores para que abandonasen la habitación; salieron, echaron a los muchachos, que se habían reunido allí, y cerraron la puerta. Sin embargo, al señor no pareció bastarle ese silencio, así que miró al piloto, éste comprendió y se retiró por una puerta lateral a la habitación contigua. El hombre de la camilla abrió los ojos al instante, giró el rostro con una sonrisa dolorosa hacia el señor y dijo: —¿Quién eres tú? El señor abandonó su postura orante sin mostrar asombro y respondió: —El alcalde de Riva. El hombre de la camilla asintió, señaló un sillón con el brazo débilmente estirado y dijo, después de que el alcalde hubiera aceptado su invitación: —Ya lo sabía señor alcalde, pero al principio siempre lo olvido todo, todo me da vueltas y es mejor que pregunte aunque lo sepa todo. También sabrá probablemente que soy el cazador Gracchus. —Cierto —dijo el alcalde—, esta noche me anunciaron su llegada. Dormíamos desde hacía un rato, cuando mi mujer, a eso de la medianoche, gritó: «¡Salvatore!» —así me llamo—. «Mira la paloma en la ventana». Realmente se trataba de una paloma, pero grande como un gallo. Voló hasta mi oído y dijo: «¡Mañana viene el cazador muerto Gracchus, recíbelo en nombre de la ciudad!». El cazador asintió y sacó la punta de la lengua entre los labios. —Sí, las palomas me preceden. Pero ¿cree usted, señor alcalde, que debería permanecer en Riva? —Eso aún no se lo puedo decir —respondió el alcalde—. ¿Está usted muerto? —Sí —dijo el cazador—, como usted puede ver. Hace muchos años, deben de ser ya una cantidad enorme de años, me despeñé en la Selva Negra, eso está en Alemania, cuando perseguía a una gamuza. Desde aquel suceso estoy muerto. —Pero usted también vive —dijo el alcalde. —En cierta manera —dijo el cazador—, en cierta manera también sigo vivo. Mi barca de la muerte erró el camino, una maniobra equivocada con el timón, un instante de descuido por parte del piloto, una distracción causada por mi bella patria natal, no sé lo que ocurrió, sólo sé que permanecí en la tierra y que mi barca, desde aquel instante, surca las aguas terrenales. Así, yo, el que sólo quiso vivir en sus montañas, viajo ahora por todos los países del mundo. —¿Y no tiene ningún contacto con el más allá? —preguntó el alcalde frunciendo el entrecejo. —Siempre permanezco en la gran escalera que conduce hasta allí —respondió el cazador—. En esa infinita escalinata no ceso de buscar, ya sea hacia arriba o hacia abajo, hacia la derecha o hacia la izquierda, siempre en movimiento. Pero si tomo un gran impulso y ya me ilumina la puerta allá arriba, despierto en mi barca, en cualquier páramo de aguas estancadas. El error fundamental de mi muerte resuena sarcásticamente en mi barca; Julia, la mujer del piloto, toca la puerta y me trae a la camilla la bebida matutina del país que estamos costeando. —Un destino cruel —dijo el alcalde alzando una mano en actitud defensiva—. ¿Y no tiene ninguna culpa en ello? —Ninguna —dijo Gracchus—. Yo era cazador, ¿eso es ser culpable de algo? Estaba empleado como cazador en la Selva Negra, donde aún quedaban lobos. Yo acechaba, disparaba, acertaba, despellejaba, ¿hay alguna culpa en ello? Mi trabajo fue bendecido. Yo era el gran cazador de la Selva Negra. ¿Hay alguna culpa? —A mí no me corresponde decidirlo —dijo el alcalde—, pero tampoco me parece que haya culpa alguna. Pero ¿quién si no tiene la culpa? —El piloto —dijo el cazador.
“Friné frente al Areópago” de Jean-Léon Gerôme, una de las muchas obras de arte que inspiró esta historia. Las cosas no iban bien para la defensa en el Areópago, ese lugar donde, según la leyenda, Ares, el dios de la guerra, había sido juzgado por los dioses y exonerado de ser condenado por dar muerte […]