Hace una semana servía la comida a los vaqueros. Sus manos grandes y callosas parecían pinzas. Vi un brillo en su pupila y casi derramo la sopa al sentir su mirada. En la cena me hizo una seña: cerró el puño y lo balanceó, al tiempo que penduleaba su cabeza; algo que solo yo podía entender.
Tocan quedo. La noche es oscura y fría. Él es el novio de mi tía. Es algo parecido al miedo, pero no es miedo. Es miedo y deseo entrelazados, un anhelo que me aterra y me atrae. Es la tercera vez que lo escucho. Tiemblo y las piernas no me obedecen. Me muevo con torpeza; entreabro la puerta.
Ya no está. Pero su presencia sigue aquí. El olor a campo y sudor agrio, el peso invisible de su sombra. Afuera, en la oscuridad se oye el cacaraqueo de las gallinas que duermen al fondo del patio y en la lejanía el relincho de un caballo. Mañana saldrá muy temprano a dejar un hato de ganado, y regresará por la noche. Y sé que volverá a tocar.
Buscaba a un carpintero. Tímido, toqué la puerta. La brisa movía los árboles, el aroma a tabla desnuda se untó en mi olfato. Una mujer de pelo canoso abrió y me invitó a pasar, ofreciéndome una silla cómoda.
Dentro, la frescura era agradable. La sencillez y el orden disimulaban la pobreza. Los cojines de la sala, hechos con retazos de tela, formaban un cuadro cubista. Las paredes encaladas, el olor a madera, barro y café se mezclaban en el aire. Un juguetero servía de división en la vivienda, con una colección de figuras labradas: animales, trasteros, cajitas, baúles, decorados con colores vivos.
Una poltrona al fondo llamó mi atención. Los rayos del sol caían sobre el respaldo, reflejándose nebulosos en el suelo. La mecedora se movía al compás de la brisa, suave y apacible como si el tiempo se hubiese quedado dormido.
—Su esposo es excelente.
—Sí, se nota, ¿verdad? —respondió, acariciando la medalla, con la figura de cristo en caoba, que colgaba de su cuello.
Tomé un águila con las alas extendidas; sus ojos parecían llenos de furia. Eran tan imponente que volví a colocarla en su lugar.
—Mi esposo, cada mes decía: «Hoy es tu cumpleaños», y me ofrecía una figura. «¡Estás loco!», le gritaba, y él, sonriendo, me contestaba que sí, que era por haberme encontrado. Yo me reía y lo besaba, luego me arremolinaba en su pecho lleno de aserrín, para que no me viera llorar.
No pude más. Me paré y caminé hacia la poltrona con el deseo de dejarme caer. Un grito agudo me detuvo.
—¡No lo haga! Mi esposo tiene tres años de muerto, pero para mí sigue vivo y está allí. Cuando yo me siento, es porque él desea cargarme en sus piernas… y, créame, el sillón rechina y se mueve.
La larga fila de las hormigas no intuyó que, a la vuelta del cedro, arribaría intempestivo el aguacero. Las hierbas menguadas se levantaron con florecillas resplandecientes. De un barranco sombrío surgieron en fila las mariposas amarillas, como minúsculos canguros que rozaban el brillo de la hierba. El aire bochornoso se hizo fragante, olía a tierra recién nacida. La nopalera polvosa dejó ver el verde, y entre las espinas del cactus brotaron blancas flores jaspeadas por minúsculos arcoíris.
Ese fue el día en que llegaste. Cansada, me pediste agua. Día a día te fui dando mi silencio, mi palabra y la soledad de mi silbido. Un día te di todo. «No será para siempre» —me dijiste—. Aun así, yo era feliz sin nada; bastaba una caricia de tus ojos para sentir que volaba como una pandorga.
Ahora que ya no estás, el cactus ha vuelto a cerrarse, y el polvo del camino, día a día, le teje una capa. De las mariposas, aquellas gotas de sol, solo queda el rastro fugaz de su vuelo. El gato, cansado de buscarte, solo aleja su mirada hacia el horizonte.
—Ya no mires tanto —le digo, acariciando su cabeza—. Mientras mis ojos buscan en la lejanía, los del corazón peinan tus trenzas y me traen el aroma de manzanilla.
Me desperté sin piernas, solo dos muñones enrojecidos. Repté hasta la patineta de mi hijo, y apretando los dientes, me lancé a buscarlas. Un chamaco trepó en contra de mi voluntad. Pronto me di cuenta de que era un experto en el manejo y guardé silencio. Revisamos media ciudad, hurgando por calles nunca visitadas. No había rastro de ellas. Desesperado, en un callejón, vimos a un tipo que salía de un circo y tiraba unas piernas al contenedor.
No me encajaban bien, pero tras varios intentos las adapté a mis muñones. Vacilante, di unos pasos. Pronto, caminé con seguridad. Regresé a casa, sin poder darle las gracias al chamaco.
Pasaba por una construcción, los albañiles me silbaron: «¡Qué guapa, mamacita! ¡Qué buen trasero!». Al cruzar frente a un escaparate, me vi. Las piernas venían con sus nalgas, ¡seguro que eran de la asistente del mago! Apreté los puños de coraje y vergüenza.
El niño volvió, esta vez con ojos que no reconocí. «¿Qué tal, caminas bien? ¡Vaya, qué grande se te ve el trasero!». Estallé. «Es mejor no tenerlas, mejor morir, que aguantar las groserías de los albañiles y alguna nalgada de una mano que no sé de dónde salió». El mozalbete, sonriendo, replicó: «No seas bruto, tendrás que hacer ajustes, pero de lo perdido lo que aparezca». De afuera llegaba un viento fresco y la música de los Beatles cantando Hey Jude. A lo lejos, le oí: «No te achiques; a mi hermana le gustan los hombres nalgones. Seguramente no es la única».
Vengo sola con mi hija enferma; apenas puede respirar. Rezo para que Dios bendito me ayude a llegar al consultorio del médico. Es como media hora de camino. Si no llega un transporte, el doctor cerrará su consultorio, y entonces, ¿qué haré? Llevarla al hospital sería lo único, pero nos tratan tan mal y siempre hay mucha gente. Escucho el resuello de mi hija, y tengo miedo de que se le acaben las fuerzas. Hace dos días empezó; todos los chilpayates tuvieron gripa y se curaron, pero ella, la más chiquita, no aguantó.
Gracias a Dios, allá viene el autobús. Le dije al chofer: «Mi hija viene muy grave, ¡no se detenga por su mamacita!». El médico aún estaba allí. La observó desde la cabeza hasta los pies. Yo lo veía y suplicaba al cielo que supiera qué enfermedad estaba matando a mi niña. Sonrió, sacó de su maletín una inyección y me dijo: «Que no se mueva la niña». Una hora después, mi hija ya respiraba bien, como si no hubiese estado enferma.
«¿Ya no se acuerda de mí, doctor?» Me miró, se rascó la cabeza y frunció el ceño. «Soy la mamá de la niña que atendió hace años, la que estaba muy grave y la inyectó. Mire, que buen tino tiene, porque ya no se ha vuelto a enfermar. Soy del Sauce». Veo en sus ojos una lucecita.
«Tú eres, la traías en brazos… Ya recordé. ¿Cómo está la niña?»
Mírela. «Saluda al doctor, Leticia.» Ya está grande, dijo el médico, al tiempo que le peinaba el cabello.
«¿Y qué andan haciendo? No me digas que está enferma».
«Ni Dios lo quiera. Vine a comprar cuadernos, porque mañana entra al primer año de kínder. Anda, niña, dale un abrazo al señor médico, porque gracias a él estás aquí».
Busqué con afán y no encontré el libro donde aparecía un texto de mi autoría. Una semana antes, lo había tenido entre mis manos y lo dejé sobre la cubierta del escritorio.
— ¿No has visto mi libro, donde aparece mi cuento?
—No sé. Sé de mis cosas, de las tuyas sólo puedes saberlo tú. me contestó molesta mi mujer.
—Hace una semana lo dejé sobre mi escritorio. Debiste verlo cuando hiciste la limpieza.
—Recuerda que la limpieza la hizo la muchacha que viene cada ocho días. Mañana, vendrá. Pregúntale a ella.
Guardé silencio, mientras ella trabajaba haciendo artículos navideños que entregaría a sus pupilos. Estaba ensimismada con los ojos puestos en la tela de campanitas impresas, en el pegamento. O quizá, fingía. Mi vida era una secuencia de tumbos y de ocasionales victorias. El libro de cuentos era una evidencia que me proporcionaba ánimos para seguir escribiendo. Desaparecer mi libro, constituía un golpe duro a mi persona. Ella lo sabía.
Me acerqué poco a poco hacia ella. Cada vez, un escozor daba vueltas en mi coronilla y bajaba por mi cuello, produciéndome un calor que se desparramaba por todo el cuerpo. Retumbando en mis sienes los martillos del pulso. Cruzó por mi mente enfrentarla, tomarla de los hombros y encajarle mis dedos en su tórax, obligándola a confesar dónde había escondido el libro. Me contuve.
Mis ojos encontraron debajo de la tela de pinos y campanitas, un destello que provenía de la afilada punta de la tijera. Me aproximé a la mesa. Las piernas duras, mis dedos engarrotados. Había comenzado a sudar y el tac de mi cabeza se multiplicaba. El brillo del metal me atraía, así que tomé las tijeras y… en el instante que iba a levantar el brazo, escuché su voz.
—¿Verdad que me odias?
—¡Cómo crees! Simplemente me perturba no encontrar mi libro.
tomando las tijeras, le dije:
—Estaban escondidas entre la tela y seguro las vas a necesitar. Abrí la puerta del jardín y respiré profundo.
Escucho el río; su rumor me place, serena mis abruptos, y mi piel se abraza a su chapoteo. El murmullo envuelve; lo percibo como una cascada de granos que caen de una enorme ceiba, susurro abuelo que te acompaña. La brisa trae el aroma de los pinares de la sierra. ¡Han sido tantos años de convivir con él! Conozco sus enojos, también su serenidad, con la que irrumpe en un cuadro de estrellas. Su eterno ir se llevó mis ojos de niño, mis recuerdos de hombre amante, y la carcajada de mis nietos en su retozo. Desde mi choza, lo escucho en su fluir. Pulsa la piedra y la raíz del manglar, calmando la sed del grillo, la libélula y el jaguar.
Diré a mis hijos que me envuelvan con su agua, que el rezandero y las lloronas guarden silencio, para que mis oídos de difunto lo atiendan solo a él, en su divino rezo.
La casa está sola, se siente sola. Solo silencio. El enorme mango duerme. El sopor de la tarde, asfixia. Hago llevadero el instante con largos tragos de cerveza y con las ráfagas del ventilador, que gime al rotar.
La estridencia de un rock metálico llega en oleadas de la casa del vecino.
Tiene tres días que no estás. Te llevaste el ruido de los trastes, la tonadilla de la estación que escuchabas, el taconeo de tus pasos en la duela, el aroma de hierbas de tus trenzas. Hay un vacío enorme…
Muy temprano se fue mi esposa a una comunidad lejana. Antes de irse me dijo «Dame suerte para que consiga otra muchacha que nos ayude»
Como único médico en el pueblo de Cox, me reconocían como «principal» no porque fuese autoridad, sino porque me necesitaban. Recibía invitaciones, pero no iba; en esta no pude negarme, ya que la festejada me había invitado personalmente. Chalo, el cacique, organizó la fiesta en honor a su esposa. Al terminar, volvimos por la misma ruta: el presidente municipal, el capitán y el jefe de la zona militar. La noche estaba en silencio, roto solo por el resonar de los cascos en la laja. El cielo era un tablero de luz.
—Ahora que venimos solos… —dijo el capitán, su voz firme, aprovechando el viento a su favor—. Me enteré por unos amigos que usted le va a quitar la casa a Juan Domingo.
El presidente frunció el ceño, mirando hacia la hondonada, sin detenerse.
—Capitán, no es mi orden, es una decisión del Cabildo. El señor debe cinco años de predial, más los intereses. El municipio tiene derecho a reclamar.
—Usted sabe que es mi compadre y yo respondo por él —respondió el capitán, haciendo cabrear al potro alazán.
—La orden ya se ha girado y se procederá según la ley.
—Mire, presi, no me chupo el dedo. Esto es por orden suya.
—Le dije que es decisión del Cabildo.
—Le aconsejo que no lo haga.
—¿Me está amenazando? Le recuerdo que soy el presidente municipal.
—No es amenaza, es consejo…
Lejos, se oyó el relincho de un caballo. La brisa trajo el aroma del huele de noche, similar al jazmín del patio de la casa de mi madre. De repente, un disparo rompió el aire, tan cerca que vi el fogonazo. Luego, un silbido calló a los pájaros chisteadores.
—Me va a dejar sordo, teniente —dijo el presidente, con una mueca entre dolor y susto.
—El próximo balazo, le aseguro, no lo escuchará —replicó el capitán, con una sonrisa oscura.
Antes de llegar al pueblo, los caminos se dividieron. Cada quien tomó su rumbo. Los pájaros chisteadores volvían a cantar. Me hacen reír, parece que te llaman, y cuando vuelves la cara, no ves a nadie. Así es mucha gente por aquí. Creo que el capitán no.
Los animales hicieron su tarea, menos él, que escuchó sobresaltado la orden de la maestra: «¡Escribe!: “El ave canta, aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas”»*
Frederick Childe Hassam (Boston 1859 – 1935) fue un pintor impresionista estadounidense. En 1886 viajó a París para estudiar arte en la Académie Julian (1886-1889). Tuvo como maestros a Gustave Boulanger y Jules Joseph Lefebvre. Hassam regresó a Estados Unidos en 1889, residiendo en Nueva York.