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Senryu de la niebla
Baja la niebla;
fantasmas que regresan
de la montaña.

Metamorfosis
Abrió el libro, un enjambre de sílabas encimaron sus sentidos. Su corazón duro se hizo dulce y suave, empezó a latir; había terminado el tedio de los días.

Picasso
EL GÉNERO FANTÁSTICO por David González
EL GÉNERO FANTÁSTICO – LA DIFERENCIA CON OTROS GÉNEROS – VUELO HACIA LO INEXPLICABLE
El género fantástico relata una historia donde un acontecimiento insólito rompe la realidad cotidiana y, además, plantea una duda al lector: ¿el suceso tiene una explicación racional o extraordinaria? Ninguna de ambas posibilidades tiene que descartarse.
Los aviadores que vuelen hacia la literatura de género, y dentro de ésta opten por lo fantástico, deberían fijar el rumbo tomando las coordenadas exactas que definen este tipo de narraciones. El cuento fantástico sobrevuela un suceso extraordinario que rompe con la realidad establecida, pero que se apoya en lo cotidiano para hacernos creer que lo ocurrido puede ser inexplicable. Así, el vuelo hacia lo fantástico surca un historia que narra un hecho que se ubica entre la ambigua frontera de lo insólito y la explicación racional, sin que ninguna de ambas posibilidades pueda descartarse. De nuevo volvemos a los consejos que sobre este género dio Julio Cortázar. El escritor argentino, pródigo en estos vuelos literarios, sentía lo fantástico como el punto de unión entre dos cosas perfectamente delimitadas y separadas, entre las cuales había un hueco por el cual se colaba un elemento que no podía explicarse con las leyes de la lógica. De esta forma, el aviador que elija esta temática cuenta con varios recursos para iniciar el despegue. En primer lugar, lo importante no es el personaje del relato, sino el acontecimiento, el evento fantástico que afronta. Se trata de un suceso sorprendente que rompe con la realidad o que la transforma.
Esta ruptura (lo fantástico) debe ser creíble y, por tanto, lo mejor es que acontezca desde lo cotidiano. La mezcla entre lo cotidiano y lo ilusorio reporta al relato verosimilitud. Pero lo más importante no es el acontecimiento fantástico en el que se ve envuelto el protagonista, sino que este suceso puede (o no) ser explicado mediante las leyes de la física.
Entramos entonces en la esencia del cuento fantástico: la posibilidad. El suceso extraordinario se le plantea al lector como ambiguo durante toda la narración, desde el principio hasta el final. Es una duda creíble y posible (es real o es fantástico), una doble alternativa que sólo el lector resuelve. Si el relato no cuenta con estas características, lo que el aviador había trazado como fantástico caería en el género de lo maravilloso (los cuentos de hadas, por ejemplo) o en lo raro (la situación imaginaria que al final tiene aclaración lógica).
En cuanto a los recursos formales que sirven para sobrevolar con destreza hacia el género fantástico tenemos una serie de técnicas. Desde el punto de vista formal, la posibilidad de lo fantástico se narra casi siempre con el uso de modalizadores; es decir, transformando las afirmaciones en frases llenas de ambigüedad. Con ello no se cambia el sentido de las oraciones, pero si surge una duda razonable en lo que estamos contando.: pareció que… pudo ser que… creyó que… casi… tal vez… Levantó los pies del suelo, como si volara. Creo que levantó los pies del suelo, como si volara.
Otra de los recursos es el uso del imperfecto, pues esta conjugación verbal muestra un tiempo no acabado. Y, por último, la ambigüedad, que se fortalece con un final abierto en el que el lector queda a expensas de la doble alternativa, entre lo lógico o lo insólito.
Finalmente, el eje de la narración puede pivotar sobre un elemento de ruptura (suceso misterioso), una transformación (el personaje sufre una metamorfosis), una permuta (el personaje pasa de la realidad a lo que parece un sueño), una usurpación (al personaje le roban su mundo o su personalidad), una traslación (el protagonista entra en otro mundo) o una inversión de la realidad (la realidad no es un sueño, sino que lo real es lo soñado).
aviondepapel.com

Dónde las arañas tejen
La pelota de fútbol hizo una parábola. El portero paralizado la siguió con la mirada. El esférico rebotó en una fina y resistente malla tejida en el ángulo de la portería. La joven araña no reprimió un grito de alegría ante el jurado; había aprobado el examen final con honores.

Todo cambia
Hay un sol brillante
como la manzanilla.
En horas cambia
y el día esplendoroso
morocho se volvió.

El asesino de Stephen King
Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…
Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.
“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

https://narrativabreve.com/2013/10/cuento-breve-recomendado-el-asesino-de-stephen-king.html
Instantánea
Se oye el ventilador de la computadora. Afuera gritan, -es el vendedor de periódico- Hay una calma que no lo es. En los dormitorios se oye una alarma, al llegar solo escucho el silencio; por la ventana, el pájaro azul negro me mira. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros dejando su cuota de ruido. Muy a lo lejos, se abre un silencio y llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido, mientras el humo del café revolotea.

Senryu de las nubes
Por la montaña
volando van las nubes
en santa procesión.

Einstein y su premio Nobel — Espacio de Arpon Files
En noviembre de 1922 se anunció que el Premio Nobel de Física correspondiente al año 1921 sería otorgado a Albert Einstein por sus aportaciones a la Física Teórica, en especial por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico. Tras revolucionar la física en los inicios del siglo XX, parecía evidente que Einstein sería galardonado un […]
a través de Einstein y su premio Nobel — Espacio de Arpon Files
Senryu del capitán
Navega el barco,
entre un cielo de nubes.
¡oh! Capitán.

Un radio con frecuencia modulada
Los carpinteros tardaban en demasía. Había costado trabajo ahuyentar a los murciélagos, secar el musgo de las paredes y el olor de la humedad adosada a las paredes. Los carpinteros habían tomado medidas, y tardaría más si no hubiese madera de cedro ya seca. Solo contaba con una mesita, un banquito y un radio que al prenderlo solo escuchaba ruidos. Un radio con frecuencia modulada que vivía en la mudes. -¿Cómo sacarle al radio algo de musiquita? Buscaba algún alambre que sirviera de antena.
-¿Qué hace? estaba tan concentrado que me asusté. Lo miré, lo había visto platicar con mi vecina de enfrente.
– Soy el papa del niño que le ayudará. Cuando le di la mano para saludarlo, su piel era gruesa, áspera, callosa.
– Tratando de hacer que el radio suene, le contesté. Se acomodó el sombrero de palma, tomo el radio.
– Ese alambre no le servirá, voy a casa y regreso. Le haremos una antena.
Diez minutos después regresó, con una agilidad de mono se trepó hasta colocarse en las vigas que sostenían el tejado, fijo un alambre de cobre de pared a pared e hizo bajar otro que lo conecto a la radio. Llegaron no cinco ni diez sino muchas estaciones que provenían de la ciudad de México. Supe también que él se dedicaba a aserrar los árboles y que me conseguiría madera de cedro ya seca a buen precio. Lo despedí afectuosamente.
Acostado, a la luz del quinqué, escuchaba la voz de Carlitos Gardel, como si él estuviese a mi lado. Llegaba la señal con una nitidez increíble, igual o mejor, y estaba a cuatrocientos kilómetros de ella.

Eveline de James Joyce
Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
-Ahora vive en Melbourne.
Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era esta una decisión inteligente? Trató de sopesar las partes del problema. En su casa por lo menos tenía techo y comida; estaban aquellos a los que conocía de toda la vida. Claro que tenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Tal vez dirían que era una idiota, y la sustituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría. La tenía tomada con ella, sobre todo cuando había gente delante.
-Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estas señoras?
-Por favor, miss Hill, un poco más de viveza.
No iba a derramar precisamente lágrimas por la tienda.
Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño, no pasaría lo mismo. Luego -ella, Eveline- se casaría. Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinte años, a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.
Cuando se fueron haciendo mayores, él nunca le levantó la mano a ella, como sí lo hizo a Harry y a Ernest, porque ella era mujer; pero últimamente la amenazaba y le decía lo que le haría si no fuera porque su madre estaba muerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernest muerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siempre de viaje por el interior. Además, las invariables disputas por el dinero cada sábado por la noche habían comenzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempre entregaba todo su sueldo -siete chelines-, y Harry mandaba lo que podía, pero el problema era cómo conseguir dinero de su padre. Él decía que ella malgastaba el dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el dinero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirara por ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados por la noche siempre regresaba algo destemplado. Al final le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía intención de comprar las cosas de la cena del domingo. Entonces tenía que irse a la calle volando a hacer los recados, agarraba bien su monedero de cuero negro en la mano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casa ya tarde cargada de comestibles. Le costaba mucho trabajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentaran con regularidad. El trabajo era duro -la vida era dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear.
Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank. Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con él en el barco de la noche, y ser su esposa, y vivir con él en Buenos Aires, en donde le había puesto casa. Recordaba bien la primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de la calle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que no habían pasado más que unas semanas. Él estaba parado en la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, con el pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a conocerse bien. Él la esperaba todas las noches a la salida de la tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La muchacha de Bohemia, y ella se sintió en las nubes sentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se enteró de que la enamoraba, y, cuando él cantaba aquello de la novia del marinero, ella siempre se sentía turbada. Él la apodó Poppens, en broma. Al principio era emocionante tener novio, y después él le empezó a gustar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empezado como camarero, ganando una libra al mes, en un buque de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le recitó los nombres de todos los barcos en que había viajado y le enseñó los nombres de los diversos servicios. Había cruzado el estrecho de Magallanes y le narró historia de los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, decía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente. Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo y le prohibió que tuviera nada que ver con él.
-Yo conozco muy bien a los marineros -le dijo.
Un día él sostuvo una discusión acalorada con Frank, y después de eso ella tuvo que verlo en secreto.
En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. La blancura de las cartas se destacaba en su regazo. Una era para Harry; la otra para su padre. Su hermano favorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se había dado cuenta de que su padre había envejecido últimamente: le echaría de menos. A veces él sabía ser agradable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardar cama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y le hizo tostadas en el fogón. Otro día -su madre vivía todavía- habían ido de picnic a la loma de Howth. Recordó cómo su padre se puso el gorro de su madre para hacer reír a los niños.
Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada a la ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirando el olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida, podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extraño que la oyera precisamente esa noche para recordarle la promesa que le hizo a su madre: la promesa de sostener la casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre: de nuevo regresó al cuarto cerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera tocaban una melancólica canción italiana. Mandaron mudarse al organillero dándole seis peniques. Recordó cómo su padre regresó al cuarto de la enferma diciendo:
-¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí!
Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de su madre la tocó en lo más vivo de su ser –una vida entera de sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Temblaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con insistencia insana:
-¡Dedevaun Seraun! ¡Dedevaun Seraun!
Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Escapar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Le daría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir. ¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad. Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos. Sería su salvación.
* * *
Esperaba entre la gente apelotonada en la estación en North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él le hablaba diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto negro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillas iluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y, en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara, que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un largo y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, mañana estaría mar afuera con Frank, rumbo a Buenos Aires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echaría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella? Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó moviendo los labios en una oración silenciosa y ferviente.
Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaban en su seno. Él tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos en la barandilla de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.
-¡Eveline! ¡Evvy!
Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento.

Dublineses (Dubliners, 1914), trad. Guillermo Cabrera Infante, Madrid, Alianza, 2001, págs. 34-39
Chokka
La hoja cobriza,
sube remonta vuela.
cae en el pozo.
La niebla inexorable
vuelve gris el paisaje.

Choka a la cascada
Se alza la espuma
al caer la cascada,
son trenzas de agua,
canciones de sirena
o rezos de montaña.



