Ganas de dormir de Anton Chéjov

Es de noche. La niñera Varka, una muchacha de unos trece años, mece la cuna en la que está acostado el niño y canturrea con voz apenas audible:
Duérmete, niño,
al son de la nana…
Ante el icono arde una lamparilla verde; una cuerda, de la que cuelgan pañales y unos grandes pantalones negros, se extiende de un extremo al otro de la habitación. La lamparilla dibuja en el techo una gran mancha verde, mientras los pañales y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka. Cuando la lamparilla empieza a parpadear, la mancha y las sombras se animan y se ponen en movimiento, como azuzadas por el viento. El ambiente es sofocante. Huele a sopa de repollo y a material de zapatería.
El niño llora. Hace ya un buen rato que se ha quedado ronco y agotado de tanto llorar, pero sigue chillando y no hay manera de saber cuándo se calmará. Y Varka tiene sueño. Los ojos se le cierran, la cabeza se le dobla, el cuello le duele. No puede mover los párpados ni los labios y tiene la impresión de que su rostro está seco y rígido, de que su cabeza se ha vuelto tan pequeña como la de un alfiler.
-Duérmete, niño -canturrea-, y te prepararé la papilla…
En la estufa canta el grillo. En la habitación contigua, al otro lado de la puerta, roncan el dueño y el aprendiz Afanasi… La cuna emite quejumbrosos chirridos, Varka canturrea y todo se funde en esa música nocturna y adormecedora tan grata de oír cuando se va uno a la cama. Pero en ese momento esa música sólo consigue irritar y enfadar a la muchacha, porque la adormece y ella no debe dormirse; si Varka se quedara dormida, Dios no lo quiera, los dueños la azotarían.
La lamparilla parpadea. La mancha verde y las sombras se ponen en movimiento, se insinúan en los ojos entornados e inmóviles de Varka y se transforman, en su cerebro medio dormido, en nebulosas ensoñaciones. Ve nubes oscuras que se persiguen en el cielo y gritan como el niño. Pero, de pronto, se levanta una ráfaga de viento, las nubes desaparecen y Varka ve una ancha carretera, cubierta de barro líquido, por la que avanzan carros, se arrastran hombres con alforjas al hombro y se desplazan sombras arriba y abajo; a ambos lados, a través de la fría y sombría niebla, se divisan bosques. De pronto, los hombres de las alforjas y las sombras se desploman en el barro líquido.
-¿Por qué hacéis eso? -les pregunta Varka.
-¡Para dormir! -le responden.
Y un sueño profundo y dulce se apodera de ellos, mientras los grajos y las urracas posados en el hilo del telégrafo gritan como el niño y tratan de despertarlos.
-Duérmete, niño, al son de la nana… -canturrea Varka, viéndose ahora en una isba oscura y sofocante.
En el suelo se revuelve su difunto padre Yefim Stepánov. Ella no lo ve, pero oye cómo se retuerce de dolor y gime. Como dice él, “la hernia está haciendo de las suyas”. El dolor es tan intenso que no puede pronunciar palabra y sólo es capaz de aspirar grandes bocanadas de aire y de rechinar los dientes en una especie de redoble de tambor.
-Bu-bu-bu…
Su madre, Pelagueia, ha ido corriendo a la hacienda para decir a los señores que Yefim Stepánovich está muriéndose. Hace tiempo que se ha marchado y ya debería haber regresado. Varka está tumbada sobre la estufa, sin dormir, escuchando el “bu-bu-bu” de su padre. De pronto, se oye el rumor de un coche que se acerca. Los señores envían a un joven médico de la ciudad que está de visita en su casa. El médico entra en la isba; la oscuridad vela su rostro, pero se le oye toser y abrir la puerta con un chirrido.
-Necesito luz -dice.
-Bu-bu-bu… -responde Yefim.
Pelagueia se precipita sobre la estufa y se pone a buscar el pedazo de barro en donde se guardan las cerillas. Pasa un minuto en silencio. El médico, tras rebuscar en los bolsillos, enciende una de las suyas.
-Ahora mismo, padrecito, ahora mismo -dice Pelagueia; sale corriendo de la isba y vuelve al poco rato con un cabo de vela.
Yefim tiene las mejillas sonrosadas, los ojos acuosos y una mirada especialmente penetrante, que parece atravesar la casa y el médico.
-¿Y bien? ¡Mira que ponerte enfermo! -dice el médico, inclinándose sobre él-. ¡Ah! ¿Hace tiempo que estás así?
-¿Qué? Ha llegado mi hora, excelencia… No saldré de ésta…
-Deja de decir tonterías… ¡Te curarás!
-Como usted diga, excelencia, se lo agradezco humildemente, pero me parece que… Cuando llega la muerte, no se puede hacer nada.
El médico examina a Yefim durante un cuarto de hora; luego se pone en pie y dice:
-No puedo hacer nada… Hay que llevarte al hospital, allí te operarán. Vete enseguida… ¡Vete sin falta! Es algo tarde y en el hospital todo el mundo duerme, pero no importa, te daré una nota. ¿Me oyes?
-¿Y cómo va a ir, padrecito? -pregunta Pelagueia-. No tenemos ningún caballo.
-No importa, se lo pediré a los señores y ellos os lo darán.
El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye: “Bu-bu-bu…”. Al cabo de media hora llega un coche enviado por los señores para llevarlo al hospital. Yefim se prepara y se marcha…
Al poco rato nace una hermosa y despejada mañana de verano. Pelagueia no está en casa: ha ido al hospital para saber qué ha pasado con Yefim. Un niño llora en algún lugar y Varka oye que alguien canta con su propia voz:
-Duérmete, niño, al son de la nana…
Pelagueia regresa; se santigua y susurra:
-Esta noche le pusieron todo en su sitio, pero por la mañana ha entregado el alma a Dios… Que el Señor le conceda el Reino de los Cielos, descanse en paz… Dicen que era demasiado tarde… Habría que haberlo llevado antes…
Varka va al bosque para llorar, pero, de pronto, alguien la golpea en la nuca con tanta violencia que su frente choca con un abedul. Levanta la vista y ve delante de ella a su amo, el zapatero.
-¿Qué haces, sarnosa? -le dice-. ¡El niño está llorando y tú duermes!
Le tira con fuerza de la oreja; ella sacude la cabeza, mece la cuna y entona su canción. La mancha verde, las sombras del pantalón y los pañales se balancean, le hacen guiños y pronto vuelven a apoderarse de su cerebro. De nuevo vislumbra una carretera cubierta de barro líquido. Los hombres de las alforjas al hombro y las sombras se han tumbado y duermen profundamente. Al verlos, Varka siente unos deseos enormes de dormir; de buena gana se iría a la cama, pero su madre Pelagueia camina a su lado y le mete prisa. Ambas se dirigen a buen paso a la ciudad para buscar colocación.
-¡Una limosna, por el amor de Dios! -pide la madre a las personas que le salen al encuentro-. ¡Tengan compasión, buenas gentes!
-¡Dame al niño! -le responde una voz conocida-. ¡Dame al niño! -repite la misma voz, esta vez con enfado e irritación-. ¿Me oyes, miserable?
Varka pega un brinco, mira a su alrededor y comprende lo que sucede: no hay ninguna carretera, Pelagueia no está a su lado, no se cruzan con nadie; en medio de la habitación sólo está el ama, que ha venido a amamantar al pequeño. Mientras el ama, gruesa y de anchas espaldas, da el pecho y calma al niño, Varka, de pie, la mira y espera a que termine. Fuera, el aire se tiñe ya de azul, las sombras y la mancha verde del techo palidecen a ojos vistas. Pronto llegará la mañana.
-¡Toma! -dice el ama, abotonándose la camisa-. Está llorando. Seguro que le han echado mal de ojo.
Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y vuelve a mecerlo. La mancha verde y las sombras desaparecen poco a poco y ya nadie se desliza en su cabeza ni enturbia su cerebro. No obstante, tiene tantas ganas de dormir como antes, ¡unas ganas enormes! Varka apoya la cabeza en el borde de la cuna y se balancea con todo el cuerpo para vencer el sueño, pero los ojos se le cierran y a cada instante siente un peso mayor en la cabeza.
-¡Varka, enciende la estufa! -le grita el amo desde el otro lado de la puerta.
Eso significa que es hora de levantarse y ponerse a trabajar. Varka deja la cuna y va corriendo al cobertizo a por la leña. Se siente contenta. Cuando corre o camina, no tiene tantas ganas de dormir como cuando está sentada. Trae la leña, enciende la estufa y siente que los músculos rígidos de su cara se desentumecen y que sus ideas se aclaran.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
Varka parte unas astillas, pero apenas ha tenido tiempo de encenderlas y ponerlas en el samovar cuando oye una nueva orden:
-¡Varka, limpia los chanclos del amo!
Se sienta en el suelo, limpia los chanclos y piensa en lo agradable que sería apoyar la cabeza en uno de ellos, grande y profundo, y echar una cabezadita… De pronto, el chanclo crece, se hincha y ocupa toda la habitación; Varka suelta el cepillo, pero enseguida sacude la cabeza, abre mucho los ojos y trata de mirar las cosas de manera que no crezcan ni se muevan delante de ella.
-¡Varka, friega la escalera; está tan sucia que da vergüenza cuando viene algún cliente.
Varka friega la escalera, limpia las habitaciones, luego enciende la otra estufa y va corriendo a la tienda. Tiene tanto trabajo que no le queda ni un solo minuto libre.
Pero nada le cansa tanto como estar de pie en un mismo sitio, ante la mesa de la cocina, pelando patatas. La cabeza se inclina sobre la mesa, la patata gira ante sus ojos, el cuchillo se le escapa de las manos, mientras a su alrededor la gruesa y colérica ama, arremangada, va de un lado para otro, hablando tan alto que los oídos le zumban. También le causa mucha fatiga servir la mesa, lavar la ropa, coser. Hay momentos en que siente ganas de tumbarse en el suelo y dormir, sin reparar en nada.
El día pasa. Al ver cómo las ventanas se oscurecen, Varka se aprieta las sienes entumecidas y sonríe sin saber por qué. La neblina de la tarde le acaricia los ojos semicerrados, prometiéndole un sueño próximo y reparador. Por la noche llegan invitados.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
El samovar de los amos es pequeño, de manera que hay que calentarlo cuatro o cinco veces antes de que los invitados se sacien. Después del te, Varka pasa una hora entera en el mismo sitio, mirando a los invitados y esperando órdenes.
-¡Varka, vete a comprar tres botellas de cerveza!
Ella sale a toda prisa y corre con todas sus fuerzas para ahuyentar el sueño.
-¡Varka, vete por vodka! Varka, ¿en dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia los arenques!
Por fin los invitados se marchan; las luces se apagan y los amos se van a dormir.
-¡Varka, acuna al niño! -oye aún una última orden.
El grillo canta en la estufa; la mancha verde del techo y las sombras del pantalón y los pañales vuelven a deslizarse por los ojos entornados de Varka, haciéndole guiños y enturbiando su cabeza.
-Duérmete, niño -canturrea Varka-, al son de la nana…
El niño chilla hasta no poder más. Varka vuelve a ver una carretera embarrada, hombres con alforjas; reconoce a Pelagueia y a su padre Yefim. Lo entiende todo, reconoce a todo el mundo; sólo una cosa le resulta incomprensible en medio de ese duermevela: la fuerza que le sujeta los brazos y las piernas, la oprime y le impide vivir. Mira a su alrededor, la busca para librarse de ella, pero no la encuentra. Por último, extenuada, haciendo acopio de todas sus energías y aguzando la vista, contempla la mancha verde y parpadeante y, prestando oídos al grito, descubre al enemigo que le impide vivir.
Su enemigo es el niño.
Se ríe. Se sorprende: ¿cómo es posible que no se haya dado cuenta antes de algo tan evidente? La mancha verde, las sombras y el grillo también parecen reír y sorprenderse.
Varka se deja ganar por una alucinación. Se levanta del taburete y, con una amplia sonrisa, sin parpadear, pasea por la habitación. La idea de que en ese mismo instante va a librarse del niño que le inmoviliza los brazos y las piernas, le causa un agradable cosquilleo… Matar al niño y luego dormir, dormir, dormir…
Riendo, haciendo guiños y amenazando a la mancha verde con el dedo, Varka se acerca con sigilo a la cuna y se inclina sobre el niño. Nada más estrangularlo, se tumba en el suelo, riendo de alegría ante la perspectiva del sueño; al cabo de un minuto duerme ya profundamente, como una muerta…
CHEJOV
Cuentos, trad. Víctor Gallego Ballesteros, Barcelona, Alba, 2004, págs. 351-357

Cuentos breves recomendados

Metamorfosis

Abrió el libro, un enjambre de sílabas encimaron sus sentidos. Su corazón duro se hizo dulce y suave, empezó a latir; había terminado el tedio de los días.

picasso

Picasso

 

EL GÉNERO FANTÁSTICO por David González

EL GÉNERO FANTÁSTICO –  LA DIFERENCIA CON OTROS GÉNEROS – VUELO HACIA LO INEXPLICABLE
El género fantástico relata una historia donde un acontecimiento insólito rompe la realidad cotidiana y, además, plantea una duda al lector: ¿el suceso tiene una explicación racional o extraordinaria? Ninguna de ambas posibilidades tiene que descartarse. 
Los aviadores que vuelen hacia la literatura de género, y dentro de ésta opten por lo fantástico, deberían fijar el rumbo tomando las coordenadas exactas que definen este tipo de narraciones. El cuento fantástico sobrevuela un suceso extraordinario que rompe con la realidad establecida, pero que se apoya en lo cotidiano para hacernos creer que lo ocurrido puede ser inexplicable. Así, el vuelo hacia lo fantástico surca un historia que narra un hecho que se ubica entre la ambigua frontera de lo insólito y la explicación racional, sin que ninguna de ambas posibilidades pueda descartarse. De nuevo volvemos a los consejos que sobre este género dio Julio Cortázar. El escritor argentino, pródigo en estos vuelos literarios, sentía lo fantástico como el punto de unión entre dos cosas perfectamente delimitadas y separadas, entre las cuales había un hueco por el cual se colaba un elemento que no podía explicarse con las leyes de la lógica. De esta forma, el aviador que elija esta temática cuenta con varios recursos para iniciar el despegue. En primer lugar, lo importante no es el personaje del relato, sino el acontecimiento, el evento fantástico que afronta. Se trata de un suceso sorprendente que rompe con la realidad o que la transforma.
Esta ruptura (lo fantástico) debe ser creíble y, por tanto, lo mejor es que acontezca desde lo cotidiano. La mezcla entre lo cotidiano y lo ilusorio reporta al relato verosimilitud. Pero lo más importante no es el acontecimiento fantástico en el que se ve envuelto el protagonista, sino que este suceso puede (o no) ser explicado mediante las leyes de la física. 
Entramos entonces en la esencia del cuento fantástico: la posibilidad. El suceso extraordinario se le plantea al lector como ambiguo durante toda la narración, desde el principio hasta el final. Es una duda creíble y posible (es real o es fantástico), una doble alternativa que sólo el lector resuelve. Si el relato no cuenta con estas características, lo que el aviador había trazado como fantástico caería en el género de lo maravilloso (los cuentos de hadas, por ejemplo) o en lo raro (la situación imaginaria que al final tiene aclaración lógica).
En cuanto a los recursos formales que sirven para sobrevolar con destreza hacia el género fantástico tenemos una serie de técnicas. Desde el punto de vista formal, la posibilidad de lo fantástico se narra casi siempre con el uso de modalizadores; es decir, transformando las afirmaciones en frases llenas de ambigüedad. Con ello no se cambia el sentido de las oraciones, pero si surge una duda razonable en lo que estamos contando.: pareció que… pudo ser que… creyó que… casi… tal vez… Levantó los pies del suelo, como si volara. Creo que levantó los pies del suelo, como si volara.
Otra de los recursos es el uso del imperfecto, pues esta conjugación verbal muestra un tiempo no acabado. Y, por último, la ambigüedad, que se fortalece con un final abierto en el que el lector queda a expensas de la doble alternativa, entre lo lógico o lo insólito. 
Finalmente, el eje de la narración puede pivotar sobre un elemento de ruptura (suceso misterioso), una transformación (el personaje sufre una metamorfosis), una permuta (el personaje pasa de la realidad a lo que parece un sueño), una usurpación (al personaje le roban su mundo o su personalidad), una traslación (el protagonista entra en otro mundo) o una inversión de la realidad (la realidad no es un sueño, sino que lo real es lo soñado).
aviondepapel.com 

fantastico

Dónde las arañas tejen

La pelota de fútbol hizo una parábola. El portero paralizado la siguió con la mirada. El esférico rebotó en una fina y resistente  malla tejida en el ángulo de la portería. La joven araña no reprimió un grito de alegría ante el jurado; había aprobado el examen final con honores.

fut

El asesino de Stephen King

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
 
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…
Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.
“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

StephenKing

 

https://narrativabreve.com/2013/10/cuento-breve-recomendado-el-asesino-de-stephen-king.html

Instantánea

Se oye el ventilador de la computadora. Afuera gritan, -es el vendedor de periódico- Hay una calma que no lo es. En los dormitorios se oye una alarma, al llegar solo escucho el silencio; por la ventana, el pájaro azul negro me mira. Es un día nublado, los cotorros en el patio chiflan fiu-fiu a mujeres inexistentes. Desde la avenida se oye el ir y venir de los carros dejando su cuota de ruido. Muy a lo lejos, se abre un silencio y llega el canto de la primavera. Me encimo en su silbido, mientras el humo del café revolotea.

paisaje urbano

Einstein y su premio Nobel — Espacio de Arpon Files

En noviembre de 1922 se anunció que el Premio Nobel de Física correspondiente al año 1921 sería otorgado a Albert Einstein por sus aportaciones a la Física Teórica, en especial por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico. Tras revolucionar la física en los inicios del siglo XX, parecía evidente que Einstein sería galardonado un […]

a través de Einstein y su premio Nobel — Espacio de Arpon Files

Un radio con frecuencia modulada

Los carpinteros tardaban en demasía. Había costado trabajo ahuyentar a los murciélagos, secar el musgo de las paredes y el olor de la humedad adosada a las paredes. Los carpinteros habían tomado medidas, y tardaría más si no hubiese madera de cedro ya seca. Solo contaba con una mesita, un banquito y un radio que al prenderlo solo escuchaba ruidos. Un radio con frecuencia modulada que vivía en la mudes. -¿Cómo sacarle al radio algo de musiquita? Buscaba algún alambre que sirviera de antena.
-¿Qué hace? estaba tan concentrado que me asusté. Lo miré, lo había visto platicar con mi vecina de enfrente.
– Soy el papa del niño que le ayudará. Cuando le di la mano para saludarlo, su piel era gruesa, áspera, callosa. 
– Tratando de hacer que el radio suene, le contesté. Se acomodó el sombrero de palma, tomo el radio.
– Ese alambre no le servirá, voy a casa y regreso. Le haremos una antena.
Diez minutos después regresó, con una agilidad de mono se trepó hasta colocarse en las vigas que sostenían el tejado, fijo un alambre de cobre de pared a pared e hizo bajar otro que lo conecto a la radio. Llegaron no cinco ni diez sino muchas estaciones que provenían de la ciudad de México. Supe también que él se dedicaba a aserrar los árboles y que me conseguiría madera de cedro ya seca a buen precio. Lo despedí afectuosamente.
Acostado, a la luz del quinqué, escuchaba la voz de Carlitos Gardel, como si él estuviese a mi lado. Llegaba la señal con una nitidez increíble, igual o mejor, y estaba a cuatrocientos kilómetros de ella.

indigena

 

Eveline de James Joyce

Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.
Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al final de la manzana regresaba a su casa; oyó los pasos repicar sobre la acera de cemento y crujir luego en el camino de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas de ladrillo rojo. En otro tiempo hubo allí un solar yermo en donde jugaban todas las tardes con los otros muchachos. Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyó allí casas -no casitas de color pardo como las demás, sino casas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados. Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar en ese placer: los Devine, los Water, los Dunn, Keogh el lisiadito, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padre solía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastón de endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se ponía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre no iba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estaba viva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y hermanas ya eran personas mayores; su madre había muerto. Tizzie Dunn también había muerto y los Water habían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella también se iría lejos, como los demás, abandonando el hogar paterno.
¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando todos los objetos familiares que había sacudido una vez por semana durante tantísimos años, preguntándose de dónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las cosas de la familia, de las que nunca soñó separarse. Y, sin embargo, en todo ese tiempo nunca averiguó el nombre del cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared, sobre el armonio roto, al lado de la estampa de las promesas a Santa Margarita María Alacoque. Fue amigo de su padre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante, su padre solía alargársela con una frase fácil:
-Ahora vive en Melbourne.
Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era esta una decisión inteligente? Trató de sopesar las partes del problema. En su casa por lo menos tenía techo y comida; estaban aquellos a los que conocía de toda la vida. Claro que tenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Tal vez dirían que era una idiota, y la sustituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría. La tenía tomada con ella, sobre todo cuando había gente delante.
-Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estas señoras?
-Por favor, miss Hill, un poco más de viveza.
No iba a derramar precisamente lágrimas por la tienda.
Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño, no pasaría lo mismo. Luego -ella, Eveline- se casaría. Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinte años, a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.
Cuando se fueron haciendo mayores, él nunca le levantó la mano a ella, como sí lo hizo a Harry y a Ernest, porque ella era mujer; pero últimamente la amenazaba y le decía lo que le haría si no fuera porque su madre estaba muerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernest muerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siempre de viaje por el interior. Además, las invariables disputas por el dinero cada sábado por la noche habían comenzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempre entregaba todo su sueldo -siete chelines-, y Harry mandaba lo que podía, pero el problema era cómo conseguir dinero de su padre. Él decía que ella malgastaba el dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el dinero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirara por ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados por la noche siempre regresaba algo destemplado. Al final le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía intención de comprar las cosas de la cena del domingo. Entonces tenía que irse a la calle volando a hacer los recados, agarraba bien su monedero de cuero negro en la mano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casa ya tarde cargada de comestibles. Le costaba mucho trabajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentaran con regularidad. El trabajo era duro -la vida era dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear.
Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank. Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con él en el barco de la noche, y ser su esposa, y vivir con él en Buenos Aires, en donde le había puesto casa. Recordaba bien la primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de la calle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que no habían pasado más que unas semanas. Él estaba parado en la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, con el pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a conocerse bien. Él la esperaba todas las noches a la salida de la tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La muchacha de Bohemia, y ella se sintió en las nubes sentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se enteró de que la enamoraba, y, cuando él cantaba aquello de la novia del marinero, ella siempre se sentía turbada. Él la apodó Poppens, en broma. Al principio era emocionante tener novio, y después él le empezó a gustar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empezado como camarero, ganando una libra al mes, en un buque de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le recitó los nombres de todos los barcos en que había viajado y le enseñó los nombres de los diversos servicios. Había cruzado el estrecho de Magallanes y le narró historia de los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, decía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente. Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo y le prohibió que tuviera nada que ver con él.
-Yo conozco muy bien a los marineros -le dijo.
Un día él sostuvo una discusión acalorada con Frank, y después de eso ella tuvo que verlo en secreto.
En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. La blancura de las cartas se destacaba en su regazo. Una era para Harry; la otra para su padre. Su hermano favorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se había dado cuenta de que su padre había envejecido últimamente: le echaría de menos. A veces él sabía ser agradable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardar cama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y le hizo tostadas en el fogón. Otro día -su madre vivía todavía- habían ido de picnic a la loma de Howth. Recordó cómo su padre se puso el gorro de su madre para hacer reír a los niños.
Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada a la ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirando el olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida, podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extraño que la oyera precisamente esa noche para recordarle la promesa que le hizo a su madre: la promesa de sostener la casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre: de nuevo regresó al cuarto cerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera tocaban una melancólica canción italiana. Mandaron mudarse al organillero dándole seis peniques. Recordó cómo su padre regresó al cuarto de la enferma diciendo:
-¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí!
Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de su madre la tocó en lo más vivo de su ser –una vida entera de sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Temblaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con insistencia insana:
Dedevaun Seraun! ¡Dedevaun Seraun!
Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Escapar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Le daría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir. ¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad. Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos. Sería su salvación.
* * *
Esperaba entre la gente apelotonada en la estación en North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él le hablaba diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto negro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillas iluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y, en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara, que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un largo y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, mañana estaría mar afuera con Frank, rumbo a Buenos Aires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echaría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella? Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó moviendo los labios en una oración silenciosa y ferviente.
Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaban en su seno. Él tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dos manos en la barandilla de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron frenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia el mar.
-¡Eveline! ¡Evvy!
Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento.

 

 

Renoir Tejedora

Dublineses (Dubliners, 1914), trad. Guillermo Cabrera Infante, Madrid, Alianza, 2001, págs. 34-39

Cuento breve recomendado: «Eveline», de James Joyce

Choka a la cascada

Se alza la espuma
al caer la cascada,
son trenzas de agua,
canciones de sirena
o rezos de montaña.

cascadas