La gripe española !Larga vida al rey! Exclamaron los presentes, cuando el rey estornudó
Rubén García García.
Eran tiempos de guerra y, en Rusia y México, de revolución. La muerte era un evento tan común que posiblemente abarató la vida y endureció los corazones. Sólo esto puede explicar que esta devastadora pandemia haya ocupado tan pequeño y oscuro espacio en la memoria colectiva. La extraordinaria Historia de la Salud Pública de George Rosen, publicada en 1958, y la 13°edición de la Enciclopedia Británica, publicada en 1926, no hacen la más mínima mención a esta tragedia. No es de extrañar que uno de los mejores libros sobre el tema, escrito por Alfred Crosby, se titule justamente La Pandemia Olvidada. La mayoría de los registros coinciden en afirmar que la influenza española de 1918 mató alrededor de 60 millones de personas en dos años, seis veces el número de individuos que fallecieron en combate en la Primera Guerra Mundial (9.2 millones) y cuatro veces los que murieron en la se-gunda de las grandes guerras del siglo pasado (15.9 millones). Debida posiblemente a una mutación de la influenza porcina, esta enfermedad alcanzó dimensiones pandémicas como resultado de las migraciones masivas asociadas a la guerra. Si hoy se infectara con aquel virus de la influenza un porcentaje parecido de la población de Estados Unidos al que se infectó en 1918 (28%) y la tasa de letalidad alcanzara la cifra de aquel año (2.5%), se producirían alrededor de 1.5 millones de decesos en este país, cifra superior al número de muertes en un año por enfermedades del corazón, cáncer, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, SIDA y Alzheimer sumadas. Es la historia de esta pandemia la que cuenta Gina Kolata en el libro que aquí se reseña y también la historia de la identificación del virus que la produjo. ¿Quién iba decir que la clave de esta misteriosa epidemia habría de encontrarse en una pequeña aldea de Alaska y que el letal microorganismo que la produjo guardaría un asombroso parecido con el virus de la influenza aviar que amenaza con convertirse en el agente causal de la primera pandemia del siglo XXI? En los siglos XVII y XVIII los es- tudiosos atribuyeron esta enfermedad a la influencia (del italiano influenza) de las estrellas, algunos, y del frío, otros. Produce un cuadro caracterizado por fiebre, coriza, tos, cefalea, malestar e inflamación de la mucosa respiratoria. En casos complicados da lugar a bronquitis hemorrágicas y neumonías, que en ocasiones conducen a la muerte. Su agente etiológico es un ortomixovirus que fue identificado en 1933, pero el cuadro clínico y las epi- demias que produjo se describieron desde épocas muy remotas. Tucídides reseña algunas de éstas y las responsabiliza de las derrotas de Grecia frente a Esparta y la Liga del Peloponeso. Por lo general este virus produce epidemias agudas cada tres años, a finales del otoño o principios del invierno, y cada diez años se presentan cambios en el tipo antigénico prevalente del virus A que en ocasiones danorigen a grandes pandemias. Las más recientes se produjeron en 1957-58, “la gripe asiática”, y 1968-69, “la gripe de Hong Kong”. Ambas involucraron cepas que al parecer proceden indirectamente de las aves, pero en términos de los daños generados poco tuvieron que ver con la pandemia de 1918. A esta última se le terminó de- nominando influenza española, pero la verdad es que a la fecha se desconoce el sitio en donde se originó. En la primavera de 1918 aparecieron brotes en diversos países de Europa y Asia, y en Estados Unidos. La primera ola de influenza fue muy contagiosa, pero en muy pocos casos tuvo consecuencias fatales. La segunda ola apareció pocos meses después y hacia octubre se había diseminado a prácticamente todo el mundo, incluso a las remotas aldeas esquimales. Sólo algunas islas de Australia se libraron de este mal. Esta segunda ola además de contagiosa fue extraordinariamente letal. Alrededor de 20% de los afectados sufrieron de una gripe moderada, pero el resto presentó uno de dos cuadros. Algunos cayeron gravemente enfermos en cosa de horas, literalmente ahogados, con los pulmones llenos de líquido. Los otros cursaron con un cuadro típico de gripe, pero a los cuatro o cinco días desarrollaron neumonías que los mataron o los dejaron crónicamente convalecientes. Era poco lo que se les podía ofrecer, más allá de intervenciones paliativas. La pandemia de gripe española llegó a su fin sin que nada se supiera sobre su agente causal. Durante algunos años se pensó que había sido una bacteria, el bacilo Pfeiffer, el responsable de esta calamidad. Esta hipótesis pronto se descartó, pero tuvo que pasar mucho tiempo antes de que se caracterizara al virus que había diezmado pueblos y ciudades enteras. La aventura que lleva a su descubrimiento, que Kolata narra con maestría y un asombroso manejo de los detalles, da inicio en una cena en 1950 en la ciudad de Iowa, en la que William Hale, un conocido virólogo de los Laboratorios Nacionales de Brookhalen, comentó: Se ha hecho todo por elucidar la causa de la epidemia, pero simplemente no sabemos qué fue lo que la produjo. Lo único que queda es ir alguna parte del norte del mundo, buscar cuerpos sepultados en permafrost que estén bien conservados y averiguar si contienen el virus de la influenza. A esa cena había acudido un joven estudiante sueco que estaba particularmente capacitado para llevar a cabo esa titánica tarea, y además, enormemente dispuesto. El comentario de Hale no cayó en saco roto. El desenlace de esta historia, sin embargo, se produce casi 50 años después, en 1997. La historia del descubrimiento del virus de la pandemia de influenza de 1918 está documentada en la literatura científica y popular, y ha dado origen a reportajes especiales de numerosos noticieros y a múltiples documentales. Los protagonistas, Johan Hultin y Jeffery Taubenberger, son ya celebridades. Pero el libro de Kolata tiene el gran valor de reunir prácticamente todas las piezas de un rompecabezas que pudo haberse armado de manera totalmente distinta. El escenario de la solución del enigma pudo haber sido Spitsberger, Noruega, y no la comunidad de Brevig en Alaska, y la heroína pudo haber sido Kirsty Duncan, una geógrafa que trabajaba en las Universidades de Windsor y Toronto. Pero por algo suceden las cosas de cierta manera, dirían los fatalistas. Hultin tuvo el enorme mérito de identificar en 1951 las pocas comunidades en Alaska que reunían las condiciones para posiblemente hallar cuerpos con el virus de la famosa influenza. Se trataba de comunidades que habían sido afectadas por la pandemia de 1918, contaban con registros aceptables de sus muertes y habían establecido cementerios en terrenos con permafrost. En Brevig encontró lo que quería, pero lamentablemente las muestras de tejido pulmonar que tomó de un cuerpo bastante bien conservado no permitieron recuperar el tan ansiado virus. Hultin tendría que esperar más de 40 años para que se desarrollaran las técnicas que permitirían recuperar virus de tejidos maltratados por el paso del tiempo. Fue Taubenberger quien en los años noventa pudo empezar a caracterizar al agente causal de la influenza usando técnicas de recuperación e identificación de RNA viral en el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas de Washington. Buscó y encontró en los más de 3 millones de especímenes almacenados desde 1917 en dicho laboratorio muestras de pulmón de soldados muertos por influenza en 1918. Después de varios meses de búsqueda infructuosa, a mediados de 1996, pudo recuperar, de una sola de las muestras, fragmentos del virus de la influenza. En octu-bre de 1996 envió su trabajo a publicación. Nature ni siquiera quiso mandarlo a revisión y Science lo hizo sólo después de que varios expertos virólogos intercedieron a favor de este desconocido patólogo que no contaba con las credenciales para atreverse a generar un descubrimiento de esa magnitud. A pesar del éxito alcanzado, Taubenberger sabía que era necesario confirmar sus hallazgos con otras muestras de tejido de víctimas de la influenza de 1918, muestras que tal vez le permitirían recuperar todas las secuencias de los genes del virus, pero ¿dónde encontrarlas? Y es aquí donde entra de nuevo en escena, 45 años después, Hultin. Retirado en San Francisco, el pa-tólogo sueco, al conocer los hallazgos de Taubenberger, se volvió a entusiasmar con la posibilidad de regresar a Alaska a tomar nuevas muestras de pulmón en los cuerpos del cementerio de Brevig y, con las nuevas técnicas, recuperar y caracterizar al virus que había llenado cientos de sus horas de insomnio. No tardó en establecer contacto con Taubenberger y a las pocas semanas organizar por cuenta propia un viaje a Alaska. Lo entristeció la vida en Brevig. En 45 años, la hermosa comunidad que practicaba técnicas ancestrales de caza y pesca de ballenas había terminado sometida a la beneficencia. Familias enteras vivían en el ocio recibiendo dinero de una compañía petrolera que les pagaba por la explotación de sus tierras. Repuesto de la impresión, restableció contactos, repitió la labor de convencimiento que llevó a cabo en esos mismos parajes en su juventud y con la ayuda de cuatro entusiastas esquimales cavó hasta encontrar el cuerpo bien conservado de una mujer de 40 años de la que pudo tomar muy buenas muestras de tejido pulmonar. Alos pocos días Taubenberger las tuvo en sus manos y una semana después identificaba las secuencias del afamado virus. Hoy la pandemia de influenza de 1918 empieza a recuperar el sitio que le corresponde en la historia de la salud pública. Las pandemias de 1957- 58 y 1968-69 contribuyeron sin duda a sacar del ostracismo a tan extraordinario evento. Lo mismo hicieron la amenaza infundada de influenza porcina de 1976 y, más recientemente, los trabajos de Hultin y Taubenberger Y ahora la posible pandemia de influenza aviar ha puesto en boca de literalmente todos el tema de las grandes gripes. El libro de Kolata, que también contribuye a remediar el olvido, no pudo haberse publicado en momento mejor. Octavio Gómez Dantés
Lo que sé Sé un par de cosas. Lo digo con toda modestia y también, con algo de no fingida inmodestia: Sé un par de cosas. Porque eso, después de todo, es lo que tienen que dejarnos los años: alguna cicatriz, un par de moretones, varias arrugas en las comisuras de los labios, un […]
La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del
universo. El conflicto con
el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.
Mi forma personal de
escribir un cuento es evidentemente una manera particular deexpresarme; quizá un
poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma.
Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad
por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la
morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones
encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los
sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla
de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta
clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes
maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walterde la Mare; verdaderos
clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo. Sólo hay una forma de
escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una
trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo
general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en
mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos
capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental
de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo
a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden ser motivadas por la forma,
imagen o idea elegida.
Mi actual proceso de
composición es tan variable como la elección del tema o el desarrollo de la
historia; pero si la estructura de mis cuentos fuese analizada, es posible que
pudiesen descubrirse ciertas reglas que a continuación enumero:
1) Preparar una sinopsis o
escenario de acontecimientos en orden de su aparición; no en el de la
narración. Describir con vigor los hechos como para hacer creíbles los
incidentes que van a tener lugar. Los detalles, comentarios y descripciones son
de gran importancia en este boceto inicial.
2) Preparar una segunda
sinopsis o escenario de acontecimientos; esta vez en el orden de su narración,
con descripciones detalladas y amplias, y con anotaciones a un posible cambio
de perspectiva, o a un incremento del clímax. Cambiar la sinopsis inicial si
fuera necesario, siempre y cuando se logre un mayor interés dramático. Interpolar
o suprimir incidentes donde se requiera, sin ceñirse a la idea original aunque
el resultado sea una historia completamente diferente a la que se pensó en un
principio. Permitir adiciones y alteraciones siempre y cuando estén lo
suficientemente relacionadas con la formulación de los acontecimientos.
3) Escribir la historia
rápidamente y con fluidez, sin ser demasiado crítico, siguiendo el punto (2),
es decir, de acuerdo al orden narrativo en la sinopsis. Cambiar los incidentes
o el argumento siempre que el desarrollo del proceso tienda a tal cambio, sin
dejarse influir por el boceto previo. Si el desarrollo de la historia revela
nuevos efectos dramáticos, añadir todo loque pueda ser positivo, repasando y
reconciliando todas y cada una de las adiciones del nuevo plan. Insertar o
suprimir todo aquello que sea necesario o aconsejable; probar con diferentes comienzos
y diferentes finales, hasta encontrar el que más se adapte al argumento.
Asegurarse de que ensamblan todas las partes de la historia desde el comienzo
hasta el final del relato.
Corregir toda posible
superficialidad -palabras, párrafos, incluso episodios completos-,conservando
el orden preestablecido.
4) Revisar por completo el
texto, poniendo especial atención en el vocabulario, sintaxis, ritmo de la
prosa, proporción de las partes, sutilezas del tono, gracia e interés de las
composiciones (de escena a escena de una acción lenta a otra rápida, de un
acontecimiento que tenga que ver con el tiempo, etc.), la efectividad del
comienzo, del final, del clímax, el suspenso y el interés dramático, la
captación de la atmósfera y otros elementos diversos.
5) Preparar una copia
esmerada a máquina; sin vacilar por ello en acometer una revisión final allí
donde sea necesario. El primero de estos puntos es por lo general una mera idea
mental, una puesta en escena de condiciones y acontecimientos que rondan en
nuestra cabeza, jamás puestas sobre papel hasta que preparo una detallada
sinopsis de estos acontecimientos en orden a su narración. De forma que a veces
comienzo el bosquejo antes de saber cómo voy más tarde a desarrollarlo.
Considero cuatro tipos
diferentes de cuentos sobrenaturales: uno expresa una aptitud o sentimiento,
otro un concepto plástico, un tercer tipo comunica una situación general, condición,
leyenda o concepto intelectual, y un cuarto muestra una imagen definitiva, o
una situación específica de índole dramática. Por otra parte, las historias
fantásticas pueden estar clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en
las que lo maravilloso o terrible está relacionado con algún tipo de condición
o fenómeno, y aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje con
un suceso o fenómeno grotesco.
Cada relato fantástico
-hablando en particular de los cuentos de miedo- puede desarrollar cinco
elementos críticos: a) lo que sirve de núcleo a un horror o anormalidad (condición,
entidad, etc,); b) efectos o desarrollos típicos del horror, c) el modo de la
manifestación de ese horror; d) la forma de reaccionar ante ese horror; e) los
efectos específicos del horror enrelación a lo condiciones dadas.
Al escribir un cuento
sobrenatural, siempre pongo especial atención en la forma de crear una atmósfera
idónea, aplicando el énfasis necesario en el momento adecuado. Nadie puede, excepto
en las revistas populares, presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible,
como si fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos extraordinarios
tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para lograr su credibilidad,
y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con cuidadoso realismo, excepto a
la hora de abordar el hecho sobrenatural. Este elemento fantástico debe causar
impresión y hay que poner gran cuidado en la construcción emocional; su aparición
apenas debe sentirse, pero tiene que notarse. Si fuese la esencia primordial
del cuento, eclipsaría todos los demás
caracteres y
acontecimientos, los cuales deben ser consistentes y naturales, excepto cuando
se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos espectrales deben ser
narrados con la misma emoción con la que se narraría un suceso extraño en la
vida real. Nunca debe darse porsupuesto este suceso sobrenatural. Incluso
cuando los personajes están acostumbrados a ello,
hay que crear un ambiente
de terror y angustia que se corresponda con el estado de ánimo dellector. Un
descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía seria.
La atmósfera y no la
acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica. En realidad, todo
relato fantástico debe ser una nítida pincelada de un cierto tipo de
comportamiento humano. Si le damos cualquier otro tipo de prioridad, podría
llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y poco convincente. El
énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones, sugerencias vagas que se
asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de la extraña realidad de lo
irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de sucesos increíbles que no sean
significativos.
Éstas han sido las reglas
o moldes que he seguido -consciente o inconscientemente- ya que siempre he
considerado con bastante seriedad la creación fantástica. Que mis resultados puedan
llegar a tener éxito es algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy
seguro es que, si hubiese ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis
relatos habrían sido mucho peores de lo que son ahora.
Tengo un amante 24 años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede darte dinero o lástima. Rex no me da dinero; tampoco lástima. Por eso dice que nuestra pasión, que ha rebasado los límites, corre el peligro de comenzar a extinguirse en cualquier momento.
Noche primera
Hasta antes de conocerlo yo había asistido a dos presentaciones de libros y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado cuando no ocurre nada es cuando realmente están ocurriendo las cosas. Y esa vez ocurrieron del siguiente modo:
Tengo tres días de haber parido al minotauro. El cuerpo hinchado y la matriz apuñalada que se contrae como si estuviese pariendo de nuevo. Escucho el lloro cuando se acerca la hora de alimentarlo. El cuarto es sobrio: una ventana pequeña, una mesa donde tengo agua y que sostiene algunas frutas frescas que Dédalo me hace llegar de la huerta del palacio. Ordené, como Reina que soy, que sería quien le amamante. Sin duda, todos lo ven como un monstruo, salió de mis entrañas y, por lo tanto, es mi hijo. Antes de parir, Minos llegó al dormitorio a echarme en cara el ultraje.
— ¿Estás disfrutando del embarazo? —Dijo irónico, cruzándose de brazos.
—Todos se disfrutan, aunque causen dolor; es nuestra matriz dadora de vida, la madre se pone a la altura de los dioses.
— ¿Debo de entender que te sientes satisfecha? —Tenía su mirada en mis ojos.
—Por supuesto que sí, —le contesté— enfrentándolo.
_ ¿Cómo puedes hablar, si eres comida de todo el pueblo, que demanda que seas recluida por toda la vida? – Alzaba la voz, ignorando a la servidumbre.
—Baja el tono. No tienes que gritar para que entienda. Piensan así porque el pueblo desconoce que cambiaste el toro nevado que te mando Poseidón por otro parecido que tenías en tus pastizales.
—Eso lo sabías tú y el cuidador nada más.
— ¡Qué ingenuo eres! ¿Acaso piensas que Poseidón no se iba a dar cuenta? ¿Qué puedes ocultar que no lo sepa Helios? El objeto de la venganza fuiste tú. Yo sólo fui un medio para que ellos castigaran tu arrogancia. Por el engaño y vergüenza sufrida al dios. ¿Acaso crees que él, quien te dio el reino de Asterión, se quedaría cruzado de brazos? ¿O es difícil imaginar que Afrodita me haya hechizado haciéndome sentir una pasión sobre natura por el miura, siguiendo recomendaciones de Poseidón? Pensarás que mi dolor será por los estiramientos y rupturas que sufriré en la vagina y la matriz, por la sangre que perderé por el minotauro que se gesta y que todo mundo ya desprecia. Fíjate que no, mi dolor inmenso está en otro cielo. Una entraña mía tiene un destino de horror y sangre, y no puedo cambiar; eso duele más que la muerte de una persona que amas sin límites. Duele porque estás atada ante el porvenir que le aguarda y nada puedo hacer más que implorar a los dioses que se apiaden de él. Mi cuerpo lo reordenará mi hermana Circe con alguna pócima, pero mi alma de madre, no habrá dios que me de consuelo…
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame
agua», «¿sabes manejar?,»se hizo de noche»… Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho…
Hoy me he despertado con 72 años y lo primero que hice fue tocarme el brazo para ver si estaba despierto totalmente porque llegar a esta edad es algo que cuando uno es chico no solo no imagina sino que ni considera…
No es que los 72 marquen un hito especialísimo en materia de cumplir años (“bodas” de plata, de oro o de diamante) pero para mí –como seguramente para muchos- significa un “llegar”, que se ha logrado pasar esa marca de 365 días y una vez más hay que dar gracias por eso.
A veces los baches de la Vida parecen presagiar un camino escabroso un poco más allá y sin embargo los días siguen transcurriendo, podemos esquivar las piedras, pasar encima de los obstáculos y continuar andando…
De pronto nos encontramos con que los primeros 71 años terminaron y queda lo que en…
Amado Chaucito: Ya no estoy contigo, me fui al terminar la noche. Mi cuerpo migró durante la luna llena que atrapaste. Poco he cambiado, ahora puedes atarte a mi sombra cuando quieras, llevarte en mis alas de ángel al mismo margen sin fin de las estrellas. Mi cuerpo no fue más desde que me lancé al […]
os pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba paA los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: –La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.
No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.
Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. «Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es síquico».
Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.
Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.
ra ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: – La leprosa. Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño. Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. «Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico». Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse. Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos. Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando. Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando. Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño. Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. «Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico». Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse. Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos. Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando. Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando. Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando