Craig Silvey: Jasper Jones, Australia

Madrid.- «Jasper Jones», la nueva novela del escritor australiano Craig Silvey, propone una historia cargada de odio e hipocresía ambientada en un tranquilo pueblo australiano donde nada es lo que parece, y donde sólo un Hacleberry Finn moderno, Jasper Jones, se alza como voz disonante.
«Madurar es muy diferente a hacerse adulto», ha explicado Craig Silvey hoy en una entrevista con Efe, y de madurar y de lo que «hay dentro» de las personas y de la sociedad habla la novela.
«Jasper Jones» (Seix Barral) arranca cuando Jasper, un mestizo rebelde y marginado que sufre la discriminación de la comunidad, visita durante la noche a Charles Bucktin, un chico poco popular que quiere ser escritor, para pedirle ayuda.
Charles acompañará a Jasper hasta un claro del bosque, donde se convertirá en cómplice de su horrible descubrimiento, un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
«Es una novela dura y cargada, en cierto sentido, de furia, pero muchos buenos libros lo están. También hay esperanza, puede que sea triste, pero creo que al final hay redención; y luz», ha explicado Silvey.
La voz del libro, conducido por el propio Charlie Bucktin, analiza desde ese primer encuentro cómo la burbuja de su infancia «explota» ante el lector, y cómo los protagonistas empiezan a descubrir el mundo «como realmente es».
«Todo el mundo se convierte en un adulto, adquieres derechos, tienes que pagar impuestos y ser un ciudadano responsable; todo el mundo puede hacer eso. Madurar es muy diferente, porque es algo que sucede cuando aprendemos a mirar más allá de nosotros mismos», remarca Silvey.
Para el autor, que considera que esa capacidad de «entender» que da el madurar es lo que hace «rico» al ser humano, los personajes de la novela se enfrentan al mundo «según su valentía».
Charlie es para él el ser «insatisfecho» que no comprende el comportamiento de los adultos.
«Aprende durante la novela cosas horribles y no sabe qué hacer con ello, y no entiende por qué tantos adultos viven sus vidas tratando de ignorar esas cosas. Hay momentos de absoluto pánico cuando rompes con la infancia, pero tienes que hacerlo, porque la otra vía es fingir que el mundo es algo diferente a lo que es», subraya.
Frente a la inocencia que se rompe de Charlie está el personaje de Jasper, que «da sentido a la historia» porque representa «todo» de lo que trata el libro: la dignidad, la integridad y la honestidad.
«Jasper es lo que Charlie está buscando, y lo que falta en la ciudad. Es algo que le falta también a mucha gente, más allá del libro», confiesa Silvey.
Con un marcado estilo «southern gothic» -utilizado por escritores como William Faulkner («El ruido y la furia») o Harper Lee («Matar un ruiseñor»)- «Jasper Jones» parte de un hecho inusual para desarrollar una historia que va más allá del misterio y explora la sociedad revelando sus características culturales.
«He crecido adorando estas historias del sureste americano, y creo que los pueblos pequeños de Australia tienen la misma atmósfera, con comunidades donde siguen existiendo las tradiciones arraigadas, los estereotipos y la discriminación por ser diferente», destaca el autor.
Comparado con clásicos como «Hucleberry Finn», «Matar a un ruiseñor» o «El guardián entre el centeno» por su temática, «Jasper Jones» da ahora el salto internacional a 15 países precedido por el éxito de crítica en Australia y la venta de los derechos para hacer una película.
«Las comparaciones son excesivas, las hacen por la temática, porque el género es el mismo, pero sería ridículo sentirme mínimamente comparable a esos autores», concluye SilveyVera blanco

https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/literatura/un-huckleberry-finn-moderno-llamado-jasper-jones_DKm9Zmf1tjlJFMGhjrjWw1/

CraigSilveyAustralia

Escritor y músico australiano, Craig Silvey está considerado como uno de los mejores jóvenes autores de su país.

Con su segunda novela, Jasper JonesSilvey dio el salto al mercado internacional, llegando a ser publicado en Inglaterra, España, Italia y Francia.

Además, Silvey es el cantante del grupo musical The Nancy Sikes!

En el 2017 es llevada al cine

https://www.imdb.com/title/tt5091014/videoplayer/vi1657648665?ref_=tt_ov_vi

 

 

Epitafio con humor

«Al fin polvo», epitafio en la tumba de una solterona en el cementerio de Madrid, es una de las divertidas frases plasmadas en lápidas que seleccionamos de personas que se tomaron con humor lo que la mayoría ve con temor.

Alegoria a la muerte

Posada

https://www.eldefinido.cl/actualidad/mundo/2386/Epitafios_para_morirse_de_la_risa_Esta_permitido_burlar_a_la_parca/

El enano

Dormía al lado de los bonsái… Soñaba que un ejercito de hombrecillos lo sujetaban con cuerdas, y lo herían con afiladas lanzas. Despertaba con madres y chingaos en la boca, y quitándose las hormigas.
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Dormidos David Lagmanovich

Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás m al». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
Tomado del Fb

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Costumbres raras de Daniel frini

— ¡Ahí viene otra vez! ¡Escóndanse! — dijo el sapo más viejo
— ¡Te llena la jeta de saliva! — acotó un sapito
— ¡Repugnante! —sentenció el sapo educado
La princesa, etérea y radiante, iniciaba su ronda habitual de besos.
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Es viernes y el cuerpo lo sabe

La Sonora Santanera e invitados

 

 

La Sonora Dinamita e invitados

 

Para descansar y oír  dos veracruzanos Natalia y Agustín Lara

 

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El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. de José Luis añvarado

En los mejores cuentos infantiles no hay ni un gramo de amor familiar: los padres son seres viles que dejan a sus hijos a merced del mal sin ningún arrepentimiento. Y sin embargo, para la mayoría de los niños esos cuentos han sido la puerta de la literatura y, en parte, de la vida. La escritora australiana Christina Stead (1902-1983) escribió un terrible cuento para mayores de padres bondadosos y abominables, de hijos tan inocentes que parecen monstruos irracionales. El hombre que amaba a los niños (The Man Who Loved Children, 1940) es una gran novela que hay que leer para recordar que las mayores aberraciones pueden cometerse de puertas hacia dentro, en el acogedor y asfixiante seno familiar.
La historia se desarrolla en un momento también terrorífico: 1936. Pero hay una persona que es capaz de ver lo que los demás se niegan a comprender por la ceguera de sus pensamientos: él es Sam Pollit, hombre éticamente intachable, padre de seis hijos, marido paciente, amante de las libertades y el progreso, defensor de la eugenesia: solo en un mundo tan perfecto como el que él concibe tienen cabida las mentes más preclaras, los espíritus más progresistas, las conciencias tan perfectas como la suya. El resto de la población, el 90%, debería ser gaseado.
A su lado, habitando una cómoda casa de Washington, su mujer, Henny, mujer caprichosa descendiente de una familia adinerada, abocada ahora a la miseria que gana su marido, derrochadora nata, siempre enferma, siempre metida en su habitación por tal de no soportar los discursos interminables y optimistas de su marido, deseosa de una vez por todas de acabar con Sam y toda su prole con un cuchillo de cocina.
Y entre ellos, los niños: la mayor, Louie, una chiquilla de doce años, hijastra de Henny, que se hace cargo de las tareas del hogar, de mantener la convivencia en esa casa donde cinco niños más viven inocentes escenas en las que su madre y su padre discuten sin cesar, se reprochan cualquier cosa, no se aguantan pero tienen que aguantarse porque para Sam la familia es la base de su tierra prometida y para Henny no es más que la cueva donde poder lamerse las heridas a la espera de que su adinerado padre muera para poder disfrutar de su herencia.
Si en Walt Whitman el amor a la democracia y a la libertad es un canto expansivo lleno de alegría, en Sam Pollit es un medio para civilizar el mundo según su criterio, ajeno a los fanatismos religiosos, a las viejas costumbres caducas. En la naturaleza y en la tecnología se haya el futuro del mundo, pero parece que nadie quiere darse cuenta: por eso es el mayor profeta de su casa, el que se dedica incansablemente a sermonear a sus hijos pequeños acerca de las excelencias de su propio padre. Es, según su mujer Henny, el Gran Yo Soy, el iluminado, el mesiánico padre que tarda en comprender que, si bien Cristo nunca llegó a habitar la tierra, él puede ser ese Hombre Deseado que proclamará la Verdad algún día a través de las ondas radiofónicas, como hubiera hecho Jesús en estos tiempos.
Sam siempre tiene una palabra nueva que inventar para tratar de descubrir el mundo a sus hijos pequeños; siempre tiene un diminutivo para nombrar las cosas o las personas. Todos los siglos pasados únicamente han servido para que un solo hombre en Norteamérica comprenda la Verdad, y esa Verdad la posee él. Y mientras, sus hijos lo escuchan embelesados, creyendo en las profecías de su padre y en el cariño de su madre.
Uno se adentra desprevenido en la novela, y entre tanta palabrería, tarda en entender que aquello a lo que está asistiendo es a una monstruosa representación del egoísmo, una vomitiva escena que no cesa y en la que esos niños participan engañados por el calor familiar. También es verdad que en muchos momentos esa palabrería da paso a otras escenas menos idílicas, cuando sus padres se abofetean, cuando su madre llama a todos sus pequeños hijos con un gong para que asistan al infierno y se enteren bien de la monstruosidad en que puede convertirse un matrimonio.
Esta novela no tiene trampa: nada es tremendo ni repulsivo en sí. Vemos crecer a los hijos en la creencia de que sus padres son las mejores personas del mundo y vemos a los padres en la seguridad de que están dando la mejor educación a sus hijos. Pero todo lo que puede ir mal, terminará mal: el viejo padre de Henny muere dejando en herencia a sus hijos una gran deuda que tardarán años en saldar; Sam se queda sin trabajo, envidiado por su insoportable fervor por el futuro. La familia tiene que dejar Washington, la capital del mundo libre y civilizado según Sam, para tomar una casita medio derruida en un barrio marginal de Baltimore.
Sin trabajo, Sam se dedica cada vez más asfixiantemente a sus hijos, los adiestra en los misterios de la Verdad, se convierte en sus sombras, y los hijos van creciendo y la mayor va adentrándose en la adolescencia entre la pobreza y el idealismo que le ha metido su padre en la cabeza, en el que no cree y por el que se pone de parte de su madrastra. No hay un solo papel, un solo poema o un pensamiento escrito en su diario que su adorable padre no encuentre entre sus pertenencias y muestre en público al resto de los hermanos, para demostrar que su querida y pequeña Louie es una mente atontada que se ha ido alejando de sus maravillosas enseñanzas. Ya quedan pocas salidas para la adolescente Louie: o abandona su casa con apenas trece años, o envenena a sus padres. Solo tiene que hacer lo que le han enseñado a hacer en su monstruosa familia, como si fuera un instrumento del destino: el resultado final de tantos discursos vacíos y tantas peleas contempladas.
El hombre que amaba a los niños es una obra maestra del suspense: sabemos que en esa familia se esconde una bomba de relojería que tarde o temprano terminará por explotar, pero en cambio solo encontramos empalagosas palabras del padre e indolentes gestos de la madre, unos niños que no saben por qué hacen lo que hacen y una miseria de la que inexplicablemente van saliendo sin ningún dólar que entre por la puerta familiar.
Cuesta trabajo llegar al final de esta deslumbrante novela porque es de un meloso terror insoportable. Al final comprendemos que esos padres de los cuentos infantiles que abandonaban a sus hijos en el tenebroso bosque formaban una familia como ésta, irreprochablemente feliz, conmovedoramente unida, abominablemente corrupta.
El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. Pre-Textos.

El hombre que amaba a los niños. Christina Stead: El Gran Yo Soy

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Mari Poppins cap uno de Pamela Lyndon Travers

Primer capítulo. El viento del Este.
Si queréis encontrar la calle del Cerezo, lo único que tenéis que hacer es preguntar al guardia que hay en el cruce. Cuando lo hagáis, se ladeará un poco el casco, se rascará pensativamente la cabeza y, señalando con un enorme dedo, enfundado en un guante blanco, os dirá:
 
—La primera a la derecha, luego la segunda a la izquierda, después otra vez a la derecha, y ahí está. Buenos días.
 
Y podéis estar seguros de que si seguís al pie de la letra sus instrucciones, ahí estaréis: en plena calle del Cerezo, con su hilera de casas a un lado, el parque al otro y, en medio, los cerezos que bailan mecidos por la brisa.
 
Si andáis buscando el número diecisiete —y lo más probable es que así sea, pues todo este libro trata precisamente de esa casa—, bien pronto lo encontraréis. En primer lugar, porque es la casa más pequeña de toda la calle. Y, además, porque es la única que está un tanto destartalada y a la que no le vendría nada mal una buena mano de pintura. Ocurre que el señor Banks, su dueño, le dijo un día a la señora Banks que podía tener una casa bonita, limpia y cómoda o cuatro hijos. Pero no las dos cosas, porque no se lo podían permitir.
 
Y la señora Banks, tras pensárselo un poco, llegó a la conclusión de que prefería tener a Jane, que era la mayor, a Michael, que era el siguiente, y a John y a Barbara, que eran gemelos y fueron los últimos en llegar. Así quedaron las cosas, y, por eso, los Banks se mudaron al número diecisiete, junto con la señora Brill, para que se ocupara de hacerles las comidas; Ellen, para que pusiera la mesa, y Robertson Ay, para que cortara el césped, limpiara los cuchillos, sacara brillo a los zapatos y, como solía decir el señor Banks, «malgastara su tiempo y mi dinero».
 
Y además, por supuesto, estaba tata Katie, aunque la verdad es que no se merece salir en este libro, porque en la época de la que estoy hablando acababa de irse del número diecisiete.
 
—Sin pedir permiso ni avisar. ¿Qué voy a hacer ahora? —dijo la señora Banks.
 
—Poner un anuncio, cariño —dijo el señor Banks, mientras se calzaba—. Y, por cierto, ya podía Robertson Ay irse también sin avisar, porque ha vuelto a limpiar una bota y la otra ni la ha tocado. Va a parecer que ando desnivelado.
 
—Eso no tiene ni la más mínima importancia —dijo la señora Banks—. Aún no me has dicho qué voy a hacer con tata Katie.
 
—No veo que puedas hacer gran cosa, dado que ha desaparecido —replicó el señor Banks—. Pero, de ser yo quien… bueno, quiero decir que lo que yo haría sería mandar a alguien a que pusiera un anuncio en el Morning Star, diciendo que Jane y Michael, y John y Barbara Banks, por no decir nada de su madre, necesitan la mejor niñera posible por el salario más bajo posible, y que la necesitan ya. Luego me sentaría a esperar a que las niñeras fueran haciendo cola frente a la puerta de entrada y me enfadaría mucho con ellas por haber interrumpido el tráfico y haberme obligado a darle al guardia un chelín de propina por todas las molestias que le habían causado. Bueno, yo me tengo que ir. ¡Caray, si hace más frío que en el Polo! ¿De dónde sopla el viento?
 
Y mientras lo decía, el señor Banks asomó la cabeza por la ventana y miró calle abajo en dirección a la esquina donde se encontraba la casa del almirante Boom. Era la casa más imponente de la calle, y la calle entera se sentía muy orgullosa de ella, porque estaba construida igual que si fuera un barco. Tenía un mástil en el jardín y una veleta dorada en forma de catalejo en el tejado.
 
—¡Ajá! —dijo el señor Banks, volviendo a meter rápidamente la cabeza—. El catalejo del almirante señala viento del este. Justo lo que yo pensaba. Tengo el frío metido en los huesos. Me pondré dos abrigos.
 
Y tras besar distraídamente a la señora Banks en un lado de la nariz y decir adiós a los niños con la mano, se marchó a la City.
 
La City era un lugar al que el señor Banks iba todos los días —excepto los domingos y los días de fiesta, por supuesto— y el tiempo que estaba ahí lo pasaba sentado en una gran silla, delante de una gran mesa de despacho, haciendo dinero. Se pasaba el día entero recortando peniques y chelines, medias coronas y monedas de tres peniques. Y cuando acababa, se los traía a casa en una cartera negra. A veces les daba a Jane y a Michael algunas monedas para sus huchas, pero cuando no podía desprenderse de ninguna, les decía, «el banco ha quebrado», y así se enteraban de que aquel día no había hecho mucho dinero.
 
Así pues, el señor Banks se fue con su cartera negra, mientras que la señora Banks se metió en el salón y se pasó el resto del día escribiendo cartas a los periódicos, rogándoles que le enviaran cuanto antes algunas niñeras, porque ella ya las estaba esperando. Entretanto, en el piso de arriba, Jane y Michael, asomados a la ventana del cuarto de los niños, se preguntaban quién vendría. Se alegraban de que tata Katie se hubiera marchado, porque nunca les había caído bien. Era vieja y gorda y siempre olía a agua de cebada. Cualquier cosa, pensaban, sería mejor que tata Katie, e incluso mucho mejor.
 
Cuando el sol comenzó a ponerse por detrás del Parque, la señora Brill y Ellen subieron a darles la cena y a bañar a los gemelos. Después de cenar, Jane y Michael se quedaron sentados junto a la ventana para ver venir al señor Banks, mientras escuchaban el sonido que hacía el viento del este al soplar entre las ramas desnudas de los cerezos de la calle. Envueltos en penumbra, los árboles se retorcían y se doblaban, como si se hubieran vuelto locos y fueran a arrancarse de raíz de tanto bailar.
 
—¡Ahí viene! —dijo Michael, señalando de pronto hacia una figura que había chocado contra la verja. Jane trató de distinguir algo en medio de la creciente oscuridad.
 
—Ése no es papá —dijo—. Es otra persona.
 
Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado contra la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa entera se estremeció.
 
—¡Qué cosa más rara! ¡Nunca había visto nada igual! —dijo Michael.
 
—¡Vamos a ver quién es! —dijo Jane, y cogiendo a Michael del brazo, le apartó de la ventana de un tirón y le arrastró por las habitaciones de los niños hasta llegar al descansillo. Desde allí siempre tenían una buena vista de todo lo que ocurría en el recibidor.
 
Iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra.
 
Al cabo de un rato, vieron salir a su madre del salón, seguida de una visita. Jane y Michael alcanzaron a ver que la visita tenía el pelo negro y brillante («igualito que el de una muñeca holandesa de madera», dijo Jane en un susurro). Y que era delgada, de manos y pies grandes, y con unos ojos azules que parecían escrutarlo todo.
 
—Ya verá que son unos niños encantadores —estaba diciendo la señora Banks.
 
Michael le dio un fuerte codazo a Jane en las costillas.
 
—Y que no dan ninguna guerra —prosiguió la señora Banks con un tono dubitativo, como si ella misma no se creyera lo que estaba diciendo.
 
Oyeron cómo la visita daba un resoplido, dando a entender que ella tampoco se lo creía.
 
—En cuanto a sus referencias… —continuó la señora Banks.
 
—Tengo por principio no dar nunca referencias —dijo la otra mujer con tono firme. La señora Banks la miró fijamente.
 
—Creía que era lo habitual en estos casos —dijo—. Quiero decir que… tenía entendido que siempre se hacía.
 
—En mi opinión se trata de una idea anticuada. Muy anticuada. Completamente desfasada, por así decirlo —la oyeron decir con voz severa.
 
Pues bien, si había algo que a la señora Banks no le hacía ni pizca de gracia era que la tuvieran por anticuada. Simplemente, no lo podía soportar. Así es que se apresuró a decir:
 
—Está bien. No tiene ninguna importancia. Si se lo pregunté fue por si acaso usted, ejem, lo prefería. Las habitaciones de los niños están en el piso de arriba… —Y abrió la marcha hacia las escaleras, sin parar de hablar ni un solo instante. Y fue precisamente por eso por lo que la señora Banks no se dio cuenta de lo que ocurría a sus espaldas, pero Jane y Michael, que lo observaban todo desde el descansillo, pudieron ver con toda claridad una cosa increíble que hizo entonces la visita.
 
Como es natural, siguió a la señora Banks escaleras arriba, pero no lo hizo de la forma acostumbrada. Agarrando su enorme bolsa con ambas manos, se sentó en la barandilla y, con mucho garbo, se deslizó hacia arriba y llegó al descansillo al mismo tiempo que la señora Banks. Eso era algo, Jane y Michael estaban seguros de ello, que no se había visto nunca. Hacia abajo sí, ellos mismos lo habían hecho miles de veces, pero… ¿hacia arriba? Jamás. Se quedaron mirando con curiosidad a tan extraño visitante.
 
—Bien, entonces todo está arreglado —dijo la madre de los niños, dando un suspiro de alivio.
 
—Completamente. Siempre y cuando, claro está, yo esté contenta —repuso la otra mujer, secándose a continuación la nariz con un gran pañuelo blanco y rojo.
 
—Pero niños, ¿qué hacéis ahí? —dijo la señora Banks, al advertir de pronto su presencia—. Ésta es Mary Poppins, vuestra nueva niñera. Jane, Michael, decid hola. Y éstos… —dijo, lanzando un saludo con la mano a la cuna donde estaban los bebés— son los gemelos.
 
Mary Poppins los fue observando a todos de uno en uno, como si tratara de decidir si le gustaban o no.
 
—¿Le valemos? —dijo Michael.
 
—Michael, no seas maleducado —dijo su madre.
 
Mary Poppins siguió observando atentamente a los cuatro niños. Luego, con un sonoro y prolongado resoplido, que parecía indicar que había tomado una decisión, dijo:
 
—Me quedo con el puesto.
 
—Cualquiera hubiera dicho que nos estaba haciendo un gran honor —le dijo más tarde la señora Banks a su marido.
 
—Bueno, puede que sí —dijo el señor Banks, asomando un instante la nariz por detrás del periódico, para luego volver a retirarla de inmediato.
 
En cuanto se fue su madre, Jane y Michael empezaron a arrimarse poco a poco a Mary Poppins, que permanecía quieta como una estatua y con los brazos cruzados.
 
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Jane—. Parecía como si el viento te hubiera traído en volandas.
 
—Y así es —respondió escuetamente Mary Poppins. Acto seguido se desenrolló la bufanda y se quitó del sombrero, dejando este último colgado de uno de los postes de la cama.
 
En vista de que Mary Poppins no parecía dispuesta a decir nada más al respecto —aunque no paraba de dar resoplidos—, Jane decidió permanecer también en silencio. Pero cuando Mary Poppins se inclinó para deshacer su bolsa, Michael ya no pudo contenerse más.
 
—¡Vaya bolsa más rara! —dijo; y acercándose a la bolsa, le dio un pellizco.
 
—Es de alfombras —dijo Mary Poppins, mientras metía la llave en la cerradura.
 
—¿Quieres decir que es para llevar alfombras?
 
—No. Que está hecha de alfombras.
 
—Ah, ya entiendo —dijo Michael; pero la verdad es que no entendía nada.
 
Cuando abrió la bolsa, Jane y Michael se quedaron sorprendidísimos al comprobar que estaba completamente vacía.
 
—Pero ¡si no hay nada dentro! —dijo Jane.
 
—¿Cómo que nada? —repuso Mary Poppins, incorporándose y mirándola como si se sintiera muy ofendida—. ¿Qué no hay nada dentro, dices? blanco, todo almidonado, y se lo ató a la cintura. A continuación, extrajo una gran pastilla de jabón, un cepillo de dientes, un paquete de horquillas, un frasco de perfume, una pequeña butaca plegable y una caja de pastillas para la garganta.
 
Jane y Michael lo miraban todo como hipnotizados.
 
—Pero, si yo lo vi —susurró Michael—. Estoy seguro de que estaba vacía.
 
—¡Calla! —dijo Jane, mientras Mary Poppins sacaba un frasco bien grande, con una etiqueta en la que ponía: «Una cucharadita antes de acostarse».
 
El frasco llevaba una cuchara atada al cuello, y Mary Poppins vertió en ella un líquido de color carmesí oscuro.
 
—¿Es tu medicina? —preguntó Michael, muy interesado.
 
—No, la vuestra —dijo Mary Poppins, alargando la cuchara hacia él. Michael la miró un momento y, luego, arrugó la nariz y empezó a protestar.
 
—No la quiero. No la necesito. ¡No me la voy a tomar!
 
Pero Mary Poppins tenía los ojos clavados en él y, en ese preciso instante, Michael se dio cuenta de que era imposible mirar a Mary Poppins y desobedecerla. Había en ella algo extraño y asombroso, algo que daba miedo y, a la vez, resultaba la mar de emocionante. La cuchara se le acercó un poco más. Contuvo el aliento, cerró los ojos y tragó. Un sabor delicioso le inundó la boca. Rebañó con la lengua por dentro y, al tragárselo del todo, se le iluminó el rostro con una sonrisa de felicidad.
 
—Helado de fresa —dijo, extasiado—. ¡Más, más, más!
 
Pero Mary Poppins, cuyo rostro había vuelto a adquirir la expresión severa de antes, ya estaba vertiendo una dosis para Jane. Un hilillo de tonos plateados, amarillos y verdosos cayó en la cuchara. Jane lo probó.
 
—Refresco de zumo de lima —dijo, relamiéndose de gusto. Pero al ver que Mary Poppins se dirigía hacia los gemelos con el frasco, salió corriendo detrás de ella.
 
—No, por favor. Son demasiado pequeños. No les
 
 
Y al momento sacó de la bolsa vacía un delantal sentará bien. ¡Por favor!
 
Mary Poppins, sin embargo, no la hizo ni caso y, mientras fulminaba a Jane con una mirada de advertencia, inclinó la cucharilla hacia la boca de John. El bebé la chupó con ansia y, por las pocas gotas que cayeron en el babero, Jane y Michael adivinaron que, esta vez, la sustancia que había en la cuchara era leche. Le dio luego una ración a Barbara, que se la tragó con un gorgoteo y rebañó dos veces la cuchara.
 
A continuación, Mary Poppins vertió otra dosis y, con mucha solemnidad, se la tomó ella misma.
 
—Ponche de ron —dijo relamiéndose, mientras ponía el tapón al frasco.
 
Los ojos de Jane y de Michael estaban a punto de salírseles de las órbitas de asombrados que estaban, pero no tuvieron tiempo de seguir maravillándose, porque Mary Poppins, tras dejar aquel frasco milagroso en la repisa de la chimenea, se volvió hacia ellos, y dijo:
 
—Y ahora, corriendo a la cama.
 
E inmediatamente empezó a desvestirlos. Les llamó mucho la atención que los mismos botones y corchetes que tanto se le resistían a tata Katie, Mary Poppins conseguía que se desabrocharan casi sólo con mirarlos. En menos de un minuto ya estaban metidos en la cama, observando a Mary Poppins a la tenue luz de la lamparilla mientras deshacía el resto de su equipaje.
 
De la bolsa salieron siete camisones de franela y cuatro de algodón, un par de botas, un juego del dominó, dos gorros de baño y un álbum de postales. Lo último en salir fue una cama plegable —mantas y edredón incluidos— que Mary Poppins desplegó entre las cunas de John y de Barbara.
 
Jane y Michael, acurrucados en la cama, no le quitaban ojo. Todo aquello era tan sorprendente que no se les ocurría qué decir. Pero los dos sabían que algo extraño y maravilloso había sucedido en el número diecisiete de la calle del Cerezo.
 
Mary Poppins se metió por la cabeza uno de los camisones de franela y empezó a desvestirse por debajo, como si estuviera metida dentro de una tienda. Michael, fascinado con la llegada de tan extraña novedad, no pudo seguir callado, y la llamó:
 
—Mary Poppins, ¿verdad que no nos dejarás nunca?
 
Ninguna respuesta surgió de debajo del camisón. Michael no lo pudo soportar e insistió con ansia:
 
—¿Verdad que no nos dejarás?
 
La cabeza de Mary Poppins emergió por la parte de arriba del camisón. Su cara tenía una expresión feroz.
 
—Si me llega de ahí una sola palabra más, llamo al guardia —dijo con tono amenazador.
 
—Yo sólo quería decirte —empezó a decir Michael mansamente— que nos gustaría que te quedaras mucho tiempo con nosotros y… —Se sonrojó y, de confundido que estaba, fue incapaz de seguir.
 
Mary Poppins, sin decir ni una palabra, miró primero a Michael y luego a Jane y, finalmente, dio un resoplido.
 
—Me quedaré hasta que cambie la dirección del viento —se limitó a decir y, acto seguido, sopló la vela y se metió en la cama.
 
—Bueno, está bien —dijo Michael, hablando en parte para sí y en parte para Jane. Pero Jane no le escuchaba. Estaba pensando en todo lo que había ocurrido y haciéndose un montón de preguntas.
 
Así fue como Mary Poppins se quedó a vivir en el número diecisiete de la calle del Cerezo. Y aunque a veces se echaban de menos los tiempos más tranquilos y corrientes, cuando era tata Katie quien llevaba la casa, en conjunto, todo el mundo quedó contento con la llegada de Mary Poppins. El señor Banks estaba contento, porque, al venir por sus propios medios, no había creado problemas de tráfico, y así él no se había visto obligado a darle una propina al guardia. La señora Banks estaba contenta, porque pudo contarles a todas sus amigas que su niñera estaba tan a la última que no creía que hubiera que dar referencias. La señora Brill y Ellen estaban contentas, porque podían pasarse el día entero tomando té bien cargado en la cocina y no tenían que presidir las comidas de los niños. Y Robertson Ay también estalla contento, porque Mary Poppins sólo tenía un par de zapatos y, además, ella misma se los limpiaba. Pero nunca nadie supo qué era lo que Mary Poppins sentía, porque Mary Poppins nunca le contaba nada a nadie.

 

Pamela Lyndon Travers la creadora de Mari Poppins

La vida de la autora de la famosa novela superó sus creaciones literarias. Su padre era alcohólico, peleó con Walt Disney cuando vio la adaptación de su libro y su vida personal fue más que complicada por ser lesbiana y haber adoptado un niño.

La vida de la escritora de Mary Poppins, Pamela Lyndon Travers Julie Andrews, Walt Disney y P.L. Travers la noche del estreno de Mary Poppins. Emily Blunt le daría vida 54 años después a la niñera mágica. Foto: CORTESÍA DISNEYFOTO – ARCHIVO PARTICULAR – PARTICULAR

Hace poco estrenaron la secuela de Mary Poppins. Esta vez, con la impecable interpretación de Emily Blunt y Lin-Manuel Miranda, tuvo un reparto que cualquiera envidiaría: Meryl Streep, Colin Firth, Angela Lansbury y Emily Mortimer. Los pequeños sorprendidos por la niñera mágica no son menos destacados, en especial el adorable Joel Dawson.

La película apela a la nostalgia. Los niños que cuidó hace 54 años Mary Poppins ya son adultos y tienen el reto de salvar de un embargo la casa donde siempre han vivido. Mientras tanto, la niñera con un bastón que habla y un maletín de artilugios inexplicables vivirá grandes aventuras. La cinta revive la pulcritud y el carácter de Mary Poppins. La escenografía, las coreografías y la música homenajean la primera versión de la película. En cuanto a efectos, recuerdan los de 1964. Algunos críticos han visto todo ello como una virtud y otros como un despropósito.

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A propósito del regreso de esta fascinante historia, vale la pena recordar a quien le dio vida a Mary Poppins: la actriz, poeta, escritora y periodista Pamela Lyndon Travers, quien tuvo una vida que para algunos supera la de las creaciones de su mente. Nació en Australia en 1899, la mayor de tres hermanos. Su padre era Travers Robert Goff, un banquero que quedó en la quiebra y quien tenía graves problemas con el alcohol. Su madre, Agnes Morehead, era sobrina de un presidente de Queensland (Australia).

P.L. Tra-vers estaba tan desilusionada con la película de su obra que dejó escrito en su testamento que “ningún norteamericano podría adaptar Mary Poppins”. A la derecha, en su juventu

Cuando la pequeña Pamela tenía 7 años, su padre murió en medio de un ataque de epilepsia, pero ella siempre pensó que falleció por el exceso en la bebida. La familia quedó en la ruina, así que se vieron obligados a mudarse con una tía rica. Cuando era una adolescente, Pamela empezó a escribir para algunos medios locales. La apoyaron las principales figuras del Celtic Twilight, entre ellos William Butler Yeats.Tiempo después viajó con una compañía de teatro shakespeariana por Australia y Nueva Zelanda.

Mary Poppins para los expertos es más una colección modernizada de fábulas antiguas e historias de enseñanza, que lo que se ha visto en la pantalla grande.

Más tarde, en 1924, se mudó a Inglaterra, donde empezó a escribir con el seudónimo L.P. Travers. Allí dejó volar su imaginación. Pero solo 10 años más tarde publicó Mary Poppins. El libro, que ella nunca consideró para niños, fue un éxito en ventas. Así que Travers siguió escribiendo sobre esa nana mágica y salieron siete secuelas. La última de la serie, Mary Poppins y la puerta de al lado, fue publicada en 1988.

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En esa época pasaron muchas cosas en su vida personal, y en la profesional, por supuesto. Vivió varias relaciones sentimentales con hombres, pero tuvo su relación más estable con la hija de un dramaturgo inglés, Magde Burnand. Estuvieron juntas 30 años. Las críticas y los cotilleos de la gente eran implacables. Pero a Travers poco le importaban.

A principio de los años cuarenta, cuando ya gozaba de tranquilidad económica, decidió que quería ser madre. Fue a uno de los suburbios de Dublín y encontró a una pareja de abuelos que tenían a su cargo seis pequeños cuyos padres habían muerto. Se enamoró de un niño que no tenía más de un año. Los abuelos le insistieron que no se lo llevara porque tenía un hermano gemelo. Travers no aceptó quedarse con los dos. Decidió entonces consultar a una astróloga para ver cuál de los dos bebés “le traería menos problemas”. De ese modo escogió a Camillus. Cuando el niño fue creciendo le dijo que ella era su madre biológica y que su padre era un empresario exitoso y que había fallecido en un accidente.

Pero a los 17 años el adolescente se enteró de todo. Recibió su golpe más duro al descubrir que mientras él vivía con comodidades, su hermano gemelo aguantaba hambre y vagaba en las calles, al igual que sus otros hermanos. Ni qué decir de la suerte de sus abuelos. Fue tan duro el shock que, como el padre de Travers, el joven Camillus se refugió en el alcohol. En su momento a Travers la llamaron “la mala madre de Mary Poppins”.

Eso no es todo. En esa misma época en que Travers le hablaba a su pequeño hijo de la tragedia de su padre, Walt Disney escuchaba a su pequeña Diane reírse mientras leía. Un día le preguntó: “¿Qué te causa tanta gracia?”. La pequeña, que en ese momento tendría unos 8 años, le dijo: “Mi libro favorito, ‘Mary Poppins’ ”. Disney, quien ya poseía el emporio de la producción de dibujos animados, intentó en repetidas ocasiones lograr que la señora Travers le vendiera los derechos para llevar a Mary Poppins a la pantalla grande. Ella se negó porque temía que distorsionaran la esencia de su libro.

La versión protagonizada por Julie Andrews hizo famoso al personaje.

Solo 20 años más tarde Travers accedió a la oferta de Disney. Lo hizo cuando le propusieron que la película tendría personajes vivos y que ella aprobaría el guion. Se trataba de una negociación sin precedentes para Disney. Los autores de películas como Cenicienta habían muerto hace tiempo y no pudieron hacer objeciones.

La película apela a la nostalgia. Los niños que cuidó hace 54 años Mary Poppins ya son adultos y tienen el reto de salvar de un embargo la casa donde siempre han vivido.

De ese modo, en 1964 Julie Andrews le dio vida a Mary Poppins. Sin embargo, detrás de esta producción hay varias anécdotas poco agradables pero interesantes. Tanto así que en 2012 la empresa hizo una película sobre las negociaciones entre Disney y L.P. Travers, titulada El sueño de Walt. La protagonizó Tom Hanks, como Walt Disney, y Emma Thomson en la piel de la escritora.

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Pero la película dista mucho de lo que pasó en la vida real. Travers aseguró en varias entrevistas que no estaba de acuerdo con muchas de las concesiones que hacía en el guion. Según ella, lo único que logró que no se modificara era que no habría una historia de amor entre Mary Poppins y el limpiachimeneas Bert.

Era tal el malestar que finalmente Travers desistió. El día del estreno no la invitaron, pero ella llegó de todas formas. Según reveló el escritor Jerry Griswold en The Washington Post, Travers salió llorando de la desilusión: “Sintió que Disney había trivializado su libro, transformándolo en un musical empalagoso (…) todo estaba tan distorsionado que sentí que nunca volvería a escribir” –me dijo–.

La película que tanto odió la escritora de Mary Poppins, en cambio, le aseguró su prosperidad económica, logró un recaudo impresionante y ocho nominaciones al Óscar, de los que obtuvo cinco.

Pero eso no fue suficiente para Travers. Tanto así que no aceptó hacer las adaptaciones de las siguientes secuelas de su obra y en su testamento dejó escrito que “ningún norteamericano podrá hacer adaptaciones de ‘Mary Poppins’ ”. En otra entrevista dijo: “Es como si tomaran una salchicha, tiraran el contenido pero mantuvieran la piel y llenaran la piel con sus propias ideas, muy lejos de la sustancia original”.

Según han dicho varios conocedores de la obra de Travers, el libro original es un camino al pensamiento mitológico, con referencias a la Biblia, las deidades griegas y las parábolas sufíes. La compararon con obras de William Blake, el budismo zen y las creencias sobre la diosa hindú Kali. Mary Poppins para los expertos es más una colección modernizada de fábulas antiguas e historias de enseñanza, que lo que se ha visto en la pantalla grande.

Pamela Lyndon Travers pasó los últimos días de su vida sola en Londres. Falleció a los 96 años en 1996. Antes de morir dijo en una entrevista: “Mary Poppins no está perdida. Ella todavía está en alguna parte. Solo tienes que ir a buscarla”.

https://www.semana.com/gente/articulo/la-vida-de-la-escritora-de-mary-poppins-pamela-lyndon-travers/596783

“El hombre que amaba los niños” de Christina Stead

Christina Stead.

Reseña con fragmentos literarios

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Mi silencio desde agosto clama al cielo. Me refiero a mi silencio sobre esta novela, que ha sido, sin lugar a dudas, una de las mejores lecturas del año. De este año. Y del anterior, y del anterior. Y del anterior.  
Lo repetiré para los que leen demasiado rápido: NOVELÓN.
El hombre que amaba a los niños es mejor que buena. Es excepcional. No será el caso, porque todo es relativo, pero quisiérala, por aquello de hacerles a ustedes un inmenso favor, imprescindible o, si fuera posible, de obligada lectura.
* * * * *
Tengo la novela en la cabeza pero no sé cómo sacarla de ahí, cómo dibujarla para que vean lo que quiero decir, para que sepan exactamente a qué me refiero cuando digo que esta novela es una auténtica maravilla. No sé cómo hacer, no sé qué decir para que obligarles, a ustedes, a…

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Depresión en el castillo

Todas las noches, por una razón que ignoro despierto y me levanto a caminar por los salones de la casa. Me he sorprendido mirando el cielo. Quizá sean los azahares los que avivan mi vigilia. No sé qué me pasa, cuando regreso, rumo con la idea de quemar mi futuro. Me digo: ¿para qué sirve?, ¿puedo vivir sin éste? Tiendo el lecho, lo golpeo para hacerlo confortable y antes de que salga el sol, cierro ruidosamente el ataúd.
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Christina Stead, el poder de la satira, Australia

Tomado de letras libres:https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/christina-stead-el-poder-la-satira

 

Inaccesible, extraña e iracunda. Una mujer tan celosa de su intimidad y tan increíblemente malhumorada que terminó convirtiéndose en su peor enemiga. Tormentosa, excéntrica, polémica. De sexualidad ambigua fruto de una infancia llena de carencias emocionales no resueltas. Talentosa, sí, pero también desorbitada, impúdica y tan rencorosa que sus novelas están impregnadas por la crueldad y el deseo de venganza. Nada femenina. Nada estable. Conclusión: una nota a pie de página en la narrativa del siglo XX.

Este fue el diagnóstico que la crítica hizo sobre la personalidad de Christina Stead (Sídney, 1902-1983) y ese su veredicto. Qué peso tuvo en ello su condición de mujer es complicado de saber. Lo que sí es innegable es que, a pesar de haber escrito una de las novelas más originales, turbadoras, brillantes e inclasificables del siglo –El hombre que amaba a los niños, publicada por primera vez en Estados Unidos en 1940–, Stead protagoniza uno de los capítulos más llamativos de los errores de la historia de la literatura contemporánea.

Errores, malentendidos o prejuicios: las fronteras entre unos y otros se confunden. A menudo, el primer juicio público es determinante, porque de él beben todos los demás. También cuentan las biografías, en especial las que se atreven a especular y sesgar. Y cómo no, los escrúpulos y convenciones de la época, los tabúes y las suspicacias. Un poco de todo esto se produjo en el caso de la australiana, reconocida hoy día como una de las grandes escritoras en lengua inglesa del pasado siglo pero aún poco leída y casi no traducida al español.

Christina Stead fue la única hija del primer matrimonio de David George Stead, un biólogo marino y conservacionista avant la lettre que se casó dos veces más y tuvo otros cinco hijos. A los veintiséis años, Stead se marchó de Australia, al parecer escapando del carácter autoritario y controlador de su padre, y ya no regresó hasta ser una anciana. Vivió en Francia, en España, en Inglaterra y, sobre todo, en Estados Unidos, donde escribió gran parte de su obra –un total de doce novelas y varios volúmenes de cuentos, además de guiones para Hollywood en los años cuarenta–. Fue pareja del escritor y economista marxista William J. Blake, con quien se casó en 1952, cuando él al fin obtuvo el divorcio de su anterior esposa. Su primera novela, Seven poor men of Sydney (1934), cuenta la historia de siete estibadores desde la perspectiva del realismo social; la última,I’m dying laughing: The humourist (publicada de manera póstuma en 1986) se inspiró en la vida de la escritora Ruth McKenney y quedó inacabada. La dedicación de Stead a la escritura fue total –se documentaba de forma exhaustiva para cada uno de sus libros–; aunque, de toda su obra, la única novela que ha obtenido resonancia es The man who loved children, de fuerte componente autobiográfico.

En las fotos que han quedado de ella destacan su expresión sarcástica y la mirada inteligente. Los labios permanecen apretados, las cejas arqueadas y predomina cierta adustez en su porte. Solo en algunas se permite una ligera sonrisa, más bien como una mueca. Su aspecto, su actitud, el hecho de no tener hijos, la escasa atención que le prestó la crítica e incluso sus simpatías políticas contribuyeron, no hay duda, a que se forjara una imagen estereotipada de ella que tuvo su mayor exponente en la biografía de Hazel Rowley de 1993. Según Rowley, las privaciones emocionales a las que se vio sometida Stead de niña dificultaron sus siguientes relaciones sociales, en especial con otras mujeres. La destrucción de muchos de sus papeles privados y la imposibilidad de acceder a entrevistarla parecen dar carta blanca a Rowley para elucubrar sobre estos vacíos y crear la leyenda de una mujer de genio excesivo, en todos los sentidos. También resulta llamativa otra biografía posterior, The enigmatic Christina Stead: a provocative re-reading (1997), de Teresa Petersen, en la que se insinúa un lesbianismo reprimido a partir del análisis de sus personajes femeninos y de las relaciones heterosexuales que aparecen en sus libros, siempre negativas y frustrantes. Su largo matrimonio con Blake, especula Petersen, podría obedecer más a la necesidad de encontrar una figura paterna que una pareja sentimental. No hay pruebas que sustenten estas afirmaciones, pero el morbo, obviamente, está servido.

¿Una escritora intimista?

El problema de las biografías tendenciosas no está en sus conclusiones –que no escandalizan a nadie–, sino en el achatamiento de la lectura y la banalización de una obra que contiene muchos otros elementos que parecen no importar porque no apoyan las tesis de partida. Es lo que dice Anne Pender en Christina Stead: satirist (2000), un estudio en el que se ponen de relieve las implicaciones políticas y la importancia de la sátira en la obra de Stead. Los análisis intimistas, que diseccionan la sexualidad y la interioridad emocional de las escritoras, desprecian o infravaloran otras dimensiones atribuidas por lo regular a los escritores hombres, como el impacto crítico o el alcance político y social de sus libros. En este sentido, Pender recuerda que la tercera novela de Stead, House of all nations (1938), abordaba la corrupción de la banca europea en la década de los treinta y el clima paralelo de corrupción moral que llevó al ascenso del nazismo, y que con Letty Fox: her luck (1946), uno de sus libros más polémicos, Stead dio comienzo a una historia satírica de Estados Unidos que va desde inicios del XXhasta la misma Guerra Fría. Stead fue una de las escritoras más radicales del siglo y nunca se frenó ante los tabúes de su época, afirma Pender: si hubiera querido explorar la homosexualidad en sus libros, lo habría hecho sin subterfugios.

La aparición en 2002 en Camberra de una caja de cartas personales también vino a demostrar que la escritora vivió con el pie puesto en su realidad y que intervino activamente en ella, difuminando así la imagen de mujer reprimida y vengativa que vivía mirando solo sus traumas interiores. Asimismo, estas cartas desmienten que se tratara de una persona desagradable y con dificultades para relacionarse, ya que contó con amistades literarias tanto en Estados Unidos como en Australia, se carteó con ellas y fue bien considerada por su entorno. Se ha recuperado parte de la correspondencia que mantuvo, por ejemplo, con Arthur Miller y Nathanael West, así como con la editora y activista por los derechos humanos Cyrilly Abels, con la que Stead hablaba de asuntos políticos y sociales en los años sesenta –en especial sobre el movimiento de liberación negro– con el fin de documentarse para sus libros.

Jonathan Franzen, el defensor más sonado de su obra, insinúa que la posible razón por la que Stead permaneció excluida del canon durante tanto tiempo es que su ambición no fue la de escribir “como una mujer”, sino “como un hombre”, una posición que debió incomodar a ambas partes, por lo que supone escapar del territorio asignado como propio para entrar en el considerado como ajeno. Franzen señala que en House of all nations hay más semejanzas con William Gaddis, o incluso con Thomas Pynchon, de las que cabría esperar de una escritora de habla inglesa en los años treinta. Y en particular le resulta sorprendente que la crítica académica –en especial los estudios de género que con tanta fuerza comenzaron a desarrollarse a partir de los sesenta– no considerase un texto central su obra maestra, El hombre que amaba a los niños. A este respecto, menciona un estudio realizado en 1980 en el que se recogía a los cien autores del siglo XX más citados en textos académicos, y en el que aparecían mujeres como Margaret Atwood, Gertrude Stein y Anaïs Nin… pero no Christina Stead.

El inigualable clan de los Pollit

El hombre que amaba a los niños cuenta la historia de una familia, los Pollit, encabezada por Sam Pollit, un narcisista misógino y charlatán que pregona su amor por la naturaleza y por toda la humanidad al tiempo que se comporta como un déspota con su mujer y sus seis hijos. Sam se autocompadece continuamente y culpa a los demás de que sus sueños no se cumplan: “Madre Tierra, te amo, amo a los hombres y a las mujeres. A los niños pequeños y a todas las cosas inocentes. Siento que soy el amor personificado… ¡Cómo pude elegir a una mujer que iba a llegar a odiarme tanto!” Este imitador de Walt Whitman cree estar llamado a una gran misión, por lo que todos han de plegarse a sus manías y excentricidades. Su megalomanía no tiene límites; su imbecilidad, tampoco. Alterna insultos y golpes con ñoñerías y juegos santurrones; exige que lo admiren en cada una de sus teorías y creencias; es insaciable y caótico; con su egoísmo arrastra a su familia a la miseria económica y moral.

Si bien Sam Pollit, que se autodenomina Sam el Intrépido, se configura como un personaje esencial, también es fundamental Henny, su segunda mujer, que una vez fue una chica bien de Baltimore pero que ahora rebosa odio y resentimiento por su desgraciada vida, detestándose a sí misma tanto como detesta a sus propios hijos: “Todo el día babeando a mi alrededor y llamando amor a eso, llenándome de niños mes tras mes y año tras año, mientras yo te odiaba y te detestaba y te gritaba al oído que te apartaras de mí, pero no me soltabas […] He tenido que aguantar tus repugnantes animales y tus colecciones idiotas y tu fertilizante orgánico apilado en el jardín y tus charlas interminables. ¡Tus charlas y charlas y más charlas, que tanto me aburrían y que me saturaban los oídos!” La guerra entre el matrimonio es tan feroz como soterrada, y se desarrolla fundamentalmente a través del lenguaje. Los hijos son enviados como emisarios de los reproches y los insultos. Por el camino, también se llevan lo suyo.

El tercer personaje clave, una especie de alter ego de Stead niña, es Louie, la hija mayor fruto del primer matrimonio, una preadolescente gorda, fea y patosa que no puede echar de menos el cariño porque “no lo había conocido”. Louie es la hija peor tratada, pues tiene una madrastra a la que le repugnan todos sus defectos –y que no se priva de decírselo– y un padre que ha puesto en ella todas sus esperanzas y que la castiga a diario porque no cumple sus insensatas expectativas. “Papá, no quiero ser como tú”, protesta Louie en uno de los sublimes diálogos de la novela, pero Sam ridiculiza sus deseos, se mofa de sus aficiones, la manipula y le corta las alas privándola de ir a la escuela cuando ve que se le va de las manos.

Contado así, parecería que El hombre que amaba a los niños es, básicamente, un drama cruel y aterrador, y aunque sin duda hay crueldad y terror en la historia, el singular tratamiento que hace Stead del lenguaje, así como la abundancia de diálogos delirantes y de situaciones estrafalarias en la trama, la asemejan más a una ácida sátira de esos cantamañanas con poder que buscan redimir a quienes los rodean –llámense padres de familia de altos ideales, líderes religiosos o dirigentes políticos–. Sam Pollit, por ejemplo, tiene una solución para acabar con los males de la humanidad: exterminar a los débiles de una manera selectiva, esto es, la eugenesia. Su manera de exponer este método pone los pelos de punta a cualquiera –sobre todo cuando pensamos en el año de publicación del libro, 1940–, pero también mueve a la risa por el patetismo ridículo del personaje, que en verdad se cree un redentor: “Mi sistema, que he inventado yo mismo, podría denominarse Homohombre o bien Homohumanidad […] Homohombre sería el estado en que quedaría el mundo después de eliminar a los inadaptados y a los degenerados […] Esta gente sería adiestrada y estaría ansiosa por crear al nuevo hombre y, con él, al nuevo estado de la perfección social del hombre.” El asesinato, insiste Sam repetidas veces, “quizá sería algo hermoso, una abnegación, el sacrificio de alguien cercano y querido por el bien de los demás. ¡Yo lo entiendo así, Lulu! […] Quizá haya que asesinar a miles, pero no se haría de manera indiscriminada como en la guerra, sino eligiendo a los no aptos y metiéndolos en cámaras letales, sin causarles dolor. Esta solución beneficiaría a la humanidad, al dejar el camino libre para lograr una raza eugenésica”.

Sam Pollit se asemeja a Hynkel, la caricatura de Hitler en El gran dictador de Charles Chaplin –y seguimos en 1940–, cuando juega con la bola del mundo y suelta sus aterradores discursos entremezclados con tosecitas afeminadas. Como Hynkel, Sam es un niño grande, cruel y con poder y, como él, está inflamado de delirios de grandeza. De ahí que invente su propio lenguaje, lleno de neologismos, rimas, juegos de palabras y apelativos de pretensiones ingeniosas que esconden un inmenso deseo de control, porque, al crear un idioma nuevo manipulando el antiguo, alcanza –piensa él– la categoría de demiurgo. Sus hijos, en especial los más pequeños, tratan de imitar ese lenguaje para congraciarse con él, y responden a su llamada a pesar de la deformación de sus nombres: “Nes-Paine (Ernest), Ratón-Venado (Evie), Géminis-Rareza (los gemelos), Cabeza de Toro (Tommy), seguid a tuan Pollit a ver a los janimales.” Es de justicia, por cierto, reconocer la labor de los traductores de esta novela de setecientas páginas, tarea nada fácil teniendo en cuenta la palabrería de Sam el Intrépido… y del resto de la familia –la edición española en Pre-Textos cuenta con la traducción de Silvia Barbero y prólogo de Felipe Benítez Reyes.

La novela se sitúa en Washington, y no en Sídney –tal como fue escrita en un principio–, por imperativo de los editores, que creyeron que así sería más comercial –pues, ¿quién querría leer la historia de una loca familia australiana?–. No fue precisamente buena idea, ya que, debido al cambio de localización, la novela fue criticada por su falta de verosimilitud en la recreación de la mentalidad estadounidense, y se le reprocharon numerosos errores en las descripciones geográficas. La crítica de Mary McCarthy en The New Republic fue negativa en este y otros aspectos, al tildarla de incoherente, desorbitada y llena de anacronismos. McCarthy calificó a la autora de vengativa por el tratamiento que da a los personajes y, aunque admitió que la novela es impactante, el efecto creado, dijo, no es literario: su hechizo es el “hechizo de la monstruosidad”. Difícil de leer, larga, disparatada, fueron otros de los calificativos que la novela recibió en críticas posteriores, por lo que pasó inadvertida y apenas reunió unos pocos lectores.

El renacer de una escritora híbrida

Veinticinco años después, en 1965, el poeta y crítico Randall Jarrell escribió un largo y laudatorio prólogo para una nueva edición de El hombre que amaba a los niños, ocasionando el renacer de esta novela que ya parecía del todo olvidada. No obstante, y a pesar de este valioso empujón, Stead continuó siendo una autora de culto, muy minoritaria, y hubo que esperar un poco más, en concreto hasta 2005, cuando la revista Time incluyó El hombre que amaba a los niños entre las cien mejores novelas publicadas en inglés desde 1923. El aldabonazo definitivo llegó algo más tarde, en 2010, cuando Jonathan Franzen, rendido de admiración, escribió un encendido elogio en The New York Times, calificándola de obra maestra. En su artículo “Rereading The man who loved children”, Franzen confiesa la extraña fascinación que le produce este libro, a pesar de ser incómodo, largo, difícil y que, a su lado, Revolutionary road suene como Todo el mundo quiere a Raymond. Ni siquiera el final de esta novela –su extraño happy ending– satisface a nadie y hasta su planteamiento podría ser considerado retrógrado, dado que el abuso doméstico se presenta como parte consustancial y casi inevitable de la familia. Sin embargo, el libro atesora méritos incontables que consiguen que la historia mueva a la compasión y la risa, forjando una experiencia lectora para la que no es fácil encontrar parangón. “Muchos novelistas consiguieron hacer obras maestras construyendo un personaje imborrable”; Stead construyó tres: Sam, Henny y Louie, afirma Franzen. Para él, Sam Pollit es, en realidad, un prototipo muy estadounidense –una especie de Gran Padre Blanco o de Tío Sam–, mientras que Louie se configura como la némesis de Sam, la hija que ter- minará inventando también su propio lenguaje para poder escapar del clan de los Pollit.

Hay sin duda una perspectiva feminista en la historia, pero desde un feminismo rabioso, complejo y contestatario que tiene su exponente en la trayectoria y ulterior liberación de Louie –no exenta de crueldad–. Los personajes femeninos de Stead ansían dar un giro a sus vidas, tanto que son capaces de hacerlo caiga quien caiga. Algo de esto sucede en otra de las obras más conocidas de Stead, la polémica Letty Fox: her luck, una suerte de novela picaresca protagonizada por una chica que encadena una con otra sus aventuras sexuales. La narración en primera persona y la explicitud de una historia llena de engaños y traiciones resultó tan incómoda en la época que la novela estuvo prohibida durante años en Australia por considerarse “vulgar” y “escabrosa”.

Stead fue una escritora marginal en muchos sentidos: por el tipo de libros que escribió, por la actitud que tomó ante su profesión y también por sus propios orígenes. La profesora Louise Yelin, en su ensayo From the margins of empire (1998), la relaciona con Doris Lessing y Nadine Gordimer en el sentido de que las tres se sitúan en la intersección de lo colonial y lo poscolonial, lo moderno y lo posmoderno, además de la frontera que de por sí establece el género –fueron mujeres blancas que nacieron y crecieron en colonias o excolonias británicas–. La obra de Stead, como la de Lessing y la de Gordimer, es de carácter híbrido y refleja, explícita o implícitamente, la cuestión de la identidad nacional, así como los cambios que supuso el nuevo orden político y cultural que vio nacer. Sería interesante conocer esa otra dimensión de su obra aún no traducida al español. ~

Christina Stead.

Sucesos del diluvio

La lluvia arreciaba. Eran los primeros días del diluvio y el arca bamboleaba a mitad del océano. Quedaban algunos promontorios visibles.Rachas de viento, olas coronadas de espuma se levantaban, cuando Noé salió a la cubierta sus oídos se llenaron de un bello canto que envolvía la nave. La sirena cantando le suplicó que le diera posada. La tibia luz enmarcó la perfección de sus pechos y la fina cintura que hacía resaltar la voluptuosidad de sus caderas. Le volvió a pedir refugio, invocando el nombre de Dios. Noé estuvo tentado a decirle que sí, pero recordó su hermoso y perturbador canto, las sinuosidades y redondeces de su cuerpo y la amenaza de los felinos que estarían tras ella. Ya se retiraba sollozando, cuando Noé le gritó: “¡detente!, cerrando los ojos la recorrió con sus manos y poco después la agregó en el mascarón de proa.

sirenaaa.