Es la parada técnica, solo diez minutos, de media noche donde coinciden el tren de oriente y occidente. Muy ligeros de ropa en un recoveco del andén: se miran, se besan, gimen y se van. Tan idos por el placer que Julieta se va con los Montesco y Romeo con los Capuleto.
Veníamos de una barbacoa en el rancho de Walo, ganadero y terrateniente, cada quien montando su caballo.
—Ahora que venimos solos — yo iba detrás de ellos, y con el viento a mi favor. —me enteré por unos amigos, que por los suyos, le iba quitar la casa a Juan Domingo.
—Yo no lo dije así. El debe el predial y de seguir acumulándose el interés, el municipio reclamaría la propiedad.
—Usted sabe que es mi compadre y que yo respondo por él.
—El problema es que la orden ya se ha girado y se procederá.
—Le aconsejo que no lo haga.
—¿Me está amenazando? Le recuerdo que soy el presidente municipal.
—Eso no es amenaza, es consejo… —sonó un disparo, cerca de mis ojos el fogonazo.
—Me va dejar sordo teniente.
El próximo balazo, le aseguro, que ya no lo escuchará.
En ese lugar se dividían los caminos y cada quien agarró el suyo. Ya los pájaros chisteadores se oían en el enramado.
Me gustaría contarte mis quehaceres, los pormenores de mi vida de ama de casa. Saber si lo que preparo tiene el punto de sal, quedarme ida cuando limpio con papel periódico las ventanas. Si me baño me da por imaginar que lo hago contigo. En mi trabajo, platicarte lo que dicen mis compañeras de oficina, las que no me dejan textearte porque rondan como palomitas a mi alrededor. Me gustaría que estuvieras en mi regazo, hacerte mimos, morder tu piel morocha. Amo sollozar en silencio, fantasear que eres quien levanta mis piernas y se desploma dejando en mi oreja un te amo y en mi piel profunda la abundancia de tu semilla.
¡Te desperté!, tu cuerpo se tensa y se estira al escuchar el taconeo de mis pasos. Por un instante tus ojos se abren, pero vuelves al sueño. Pasaron los días en que comíamos ciruelas del mismo plato. Este ahora es de humo. Estamos, mas no nos vemos y es como si no estuviéramos. ¿quién ha cavado en nuestros cuerpos que solamente nos ha dejado soledad. El hijo que un día deseamos, quizá leyó que era mejor convertirse en una estrella fugaz.
Eran las tres de la mañana y el frío del altiplano se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un fino sudor brotaba de la nariz que hacía resaltar la negritud de sus ojeras. El cabello negro y rizado tenía miles de gotas que fulguraban al ser traspasadas por la luz mercurial. Cada vez que llegaba la ola del cólico se le veía más demacrada.
Mi compañero de guardia estaba arropado con una manta; dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico le daban al espacio un aroma de yodo, y el tufo de una sangre vieja.
Ella estudiaba para enfermera y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo nos encontramos en una ciudad vecina, paseamos por el parque y disfrutamos. De regreso en el autobús lo hicimos entre besos y suspiros. Eso fue, no pasó de ahí.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso, deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?
Poco a poco, se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar quien la llevó al baño y la ayudó a despojarse de su ropa. La situó en la mesa para que pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos. En cambio, en esta madrugada, mis manos buscaban en cada parte de su anatomía la razón de su sangrado. ¡Había que contener la hemorragia! El jefe de la guardia estuvo de acuerdo con mi diagnóstico y se le intervino de urgencia.
Por un momento, quedamos solos, miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas.
¿Qué por qué me fui con él? No me importo que fuese escritor y que tendríamos un futuro sin futuro. Después de veinte años sigo con él. Tuvo una sonrisa encantadora e hipnotizante, también era el hombre más cobarde ante un dentista, por lo que nunca se atendió. Con la boca chupada decidió comprarse sus placas y en un abracadabra se abrieron sus labios a una carcajada. Un día, serio, me dijo: “creo que me voy a morir” y lo cumplió. Por las noches, ante el vaso con agua que contiene sus placas, me parece ver su sonrisa.
lgunos buscaban los tamales de frijol, calabaza o de carne con chile. El grupo de los pacientes estaban cerca de la paila donde se fritaban los chicharrones. Los ojos se les movían en círculos, mismos que daba el carnicero con su remo para buscar el punto exacto en que el tostado del cuero quede esponjoso y crujiente. Yo salivaba por unos sesos con epazote envueltos en la hoja del maíz. A un lado salían esponjosas las tortillas y una salsa hecha en molcajete de chile verde pateado con ajo. Allá va la niña que trae atole de capulín y más lejos las aguas de horchata aderezada con canela.
Desde el atrio de la iglesia se veía el valle, los maizales y hacia arriba los cafetales en flor. Satisfecho de viento regresaba con mi bolsa de pan y totopos para esperar la tarde y darle la bienvenida al café.
A las doce del día los pasillos del mercado se atestaban de gente. De las rancherías aledañas al pueblo llegaban para vender y otros a comprar. Las muchachas se prendían por el color de las telas, o ajuares de belleza. El campesino por un sombrero de palma. El vaquero por los botines de piel, espuelas, o porta navajas. Las señoras iban por chile, semillas, verdura recién cortada; tela para vestido, zapatos, o hilos para costura. El cacique llegaba con su caballo brioso, monturas de plata y oro, vestido para fiesta. Su esposa traía una fina yegua y tras de ellos un séquito de vaqueros. Se instalaban en la casa del presidente municipal donde lo esperaban cerveza en mano los principales del pueblo.
Me olvidé de las miradas sin mirar, de las libretas, las cartas y lo único que hice fue adquirir un pizarrón que sobrepuse sobre la puerta recién descubierta. Estaba a pocos días de los exámenes finales. En mis años de escolar dejé el ballet por las artes marciales y el atletismo. Ambas me preparan física y mentalmente. Nadie sabe cuando tienes que enfrentar o correr. Mi madre me reprochó por dejar la danza clásica. A mí me preocupaba no saber cómo defenderme. Todos los días la violencia se ha incrustado como un hongo y se le mira como parte de la realidad. El atletismo era para disfrutarlo, nunca para romper marcas. Es hermoso trotar por las mañanas en el estadio o ir por una ruta sombreada y ser acariciada por el viento con los aromas de la hierba e ir percibiendo como el sudor corre por tu cuello, como chilla tu respiración en alguna cuesta y sentir que vuelas cuando desciendes de alguna loma. Es tambien una forma de platicar contigo misma. Mi madre pegó un grito cuando le dije que deseaba entrar a una secundaria del gobierno. Ella pretendía inscribirme en una escuela religiosa. Me opuse con las fuerzas que posee una escolar, por fortuna mi padre me apoyo (no ve con buenos ojos a los curas) e ingresé a una escuela que recibe apoyo del gobierno, y el alumnado da una mesada y contribuye con los servicios de computación. Es una escuela que me queda cerca de mi domicilio. El edificio constantemente se remoza, hay limpieza y posé canchas deportivas y diferentes talleres. El alumnado es mixto. Hombres y mujeres compartimos el salón. Mi primer novio fue un muñequito de pastel. Siempre bien prendidito que no dejaba de hablar de los juegos del pc y un especialista en marcas de carros. Los únicos besos que recibí fueron en mi frente y osadamente de vez en cuando me daba uno en la mejilla. Cuando terminaba de contarme de sus temas favoritos, que siempre eran los mismos, se le metía la mudez. Me aburrí y di terminada la relación. Poco después conocí a Andrés, un moreno simpático con habilidades en tocar varios instrumentos. Fue el grupo musical a dar un concierto de rock, y una amiga en común nos presentó. Reconozco que el me enseñó a besar, a sentir que mi piel se enchinase cuando sus manos caían por mis caderas o rozaba mis pezones. No se anduvo por las ramas, me dijo que yo lo excitaba mucho y deseaba llevarme a la cama. Intuía que yo era facil y quizá pensó que le diría que sí. Lo peor de él lo supe por el mismo, me contaba algunas intimidades de sus novias. El hombre puede tener muchos defectos, pero ser chismoso es el peor. Así que lo corté, antes de que me anotara en su lista. Deje el diario que me regaló mi madre de tal manera que si alguien lo quitara de su sitio me daría cuenta. Por la tarde, madre me preguntó si ya había escrito algo. Le dije que no, que no tenía idea de cómo hacerlo. “Yo recordaba lo que me sucedía y en mi cuaderno apuntaba la idea y luego en el diario la desarrollaba. De esa manera me obligue a escribir. En un principio fue difícil, pero con el tiempo se te hace hábito”. Me dijo mi madre. Regresé a mi dormitorio, observé que mi diario estaba en el mismo lugar, pero no como lo dejé. Madre estuvo en mi pieza. “Lo que tengo que esconder ya no se encuentra aquí”. Tomé mis libros y fui a mi estudio. “Tengo deseos de dormir con él, con mi desconocido, ver que bosteza, que se le cierran los ojos después de intimar varias veces y quedar exhaustos. Sentir que me rodea con su abrazo, y con la yema roza mis pechos, o que enlazo mi mano a su mano y a la luz del velador dormimos como una pareja que disfruta del momento. Verlo dormir, hacerle caricias mientras sueña. Antes de que abra el día me reacomodo, para sentir su mano que recorre mi cadera, baja a mis muslos y me acerca a su vientre. Me hago… y lo dejo. Me besa la nuca, los hombros. El hueco de su mano se llena con el pómulo de mi pecho. Si continúa no podré simular que me hago la dormida, mucho menos ahora que tengo entre mis piernas un fuste que me altera. Su boca es una nave que ondula en mi cadera, y rueda por mi vientre. No puedo fingir más, me quito la máscara, desabotono la bata y me entrego a esa divina búsqueda de explorar con labios y yemas todos los escondites de nuestro cuerpo. Si bien el orgasmo es el instante que teniendo entre las manos un ave la dejas en libertad. También te vas con el ave. asciendes explotas y te haces lluvia. Preguntaría, ¿esto es lo que llaman el mañanero? Sé que estoy en mi dormitorio, sola. A lo lejos un gallo citadino canta y muerdo la sábana, mientras mi mano está cerca de terminar su quehacer. Escucho mis gemidos. Aflojo mi mandíbula, me destenso y vuelvo a mi almohada dispuesta a dormir».
“Tengo deseos de dormir con él, con mi desconocido, ver que bosteza, que se le cierran los ojos después de intimar varias veces y quedar exhaustos. Sentir que me rodea con su abrazo, que con la yema de sus dedos roza mis pechos, o que enlazo mi mano a su mano y a la luz del velador dormimos como una pareja que disfruta del momento. Verlo dormir, hacerle caricias mientras sueña. Antes de que abra el día, mientras me reacomodo, para sentir que su mano recorre mi cadera, baja a mis muslos y me acerca a su vientre. Me hago… y lo dejo. Me besa la nuca, los hombros. El hueco de su mano lo llena con el pómulo de mi pecho. Si continúa no podré simular que me hago la dormida, mucho menos ahora que tengo entre mis piernas un fuste que me altera. Su boca es una nave que ondula en mi cadera, y ya rueda por mi vientre. No puedo fingir más, me quito la máscara, mi bata de dormir y me entrego a esa divina pelea de explorar con labios y yemas todos los escondites de nuestro cuerpo. Si bien el orgasmo es el instante que teniendo entre las manos un ave la dejas en libertad. También te vas con el ave. asciendes explotas y te haces lluvia.
Preguntaría, ¿esto es lo que llaman el mañanero? Sé que estoy en mi dormitorio, sola. A lo lejos un gallo citadino canta y muerdo la sabana, mientras mi mano está cerca de terminar su quehacer. Escucho mis gemidos. Aflojo mi mandíbula, me destenso y vuelvo a mi almohada dispuesta a dormir.
Soy el mascarón de proa. He viajado por los siete mares. Los mejores días son los encrespados, cuando el mar se irrita; sin ser violento. Es cuando la quilla se hunde y el agua cubre mis pechos y nunca faltan delfines atrevidos.
Supo que a ella le gustaban los hombres barbudos y con pelos en el pecho. Leía que aquel fármaco tenía como efecto secundario el hirsutismo. «esto es lo que necesito» se dijo. Meses después veía con satisfacción el crecimiento de la barba, pero al mirarse el tronco, vio con horror dos pequeños bultos peludos, que reclamaban un corpiño.
Se quedó en silencio, como pensando y como si disparara me preguntó:
— ¿No le salió un perro?
Le iba a contestar, pero llegó el camión. Abordamos. La señora se acomodó cerca de la puerta. Intrigado por lo del perro, me acerqué y pregunté. Insistió en saber si me había encontrado un perro corriente y con manchas negras. Le dije que sí.
Se levantó de su asiento. Pidió que la dejaran en la siguiente parada, y sin preguntarle, se acercó al oído y me dijo: es que el perro anda en pena.
—Entonces ¿mataron al dueño del perro?
—No. El dueño salvó su vida y se fue. A quien mataron fue al perro.
Con el parabrisas estrellado, reclamé el seguro. La secretaria me dio un formato que tendría que llenar. En uno de los apartados, con suficiente espacio, te solicitan que describas el accidente.
Era una tarde tibia, caía el sol tras los montes arbolados. El asfalto parecía una piel morena que se perdía entre los vericuetos, cuando un objeto desconocido impacto contra el parabrisa quedespués semejaba los hilos plateados de una telaraña.
Le di los papeles a la secretaria. Después de darle lectura me dijo con seriedad. «realismo señor, realismo, el modernismo pasó de moda»
Escucho el motor de una “Honda” que pasa veloz a mi lado. y se vuelve diminuta, de juguete. El sol cae sobre mi espalda y sobre el asfalto goteo el asma y regatos de sudor. Al llegar a la loma se mira el río. ¡Qué ganas de meter la cabeza y limpiarme el cansancio en los meandros donde la corriente se estanca!
La “Honda” viene de regreso, rugiendo, tan veloz que en un hipo se pierde en la curva y reaparece montada en las tiras del cielo. Es un caballito poni trotando sobre las nubes.